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lunes, 6 de mayo de 2019

ANDREA PIXELADA

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autora: Cristina Clemente Directora: Marianella Morena Intérpretes: Borja Espinosa, Àssun Planas, Mima Riera y Roser Viajosana Duración: 1.10'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Mima Riera, Borja Espinosa, Àssun Planas y Roser Vilajosana

SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME


¿Esto ha salido de ese laboratorio de ideas e innovación que es la Sala Beckett? Es puritito teatro convencional. Ya saben que no tengo nada contra el teatro convencional, me encanta. Estaba viendo hoy -por placer- una grabación de RTVE de Nosotros, ellas y el duende, no les digo más. Pero no parece el género de la Beckett. Es cierto que la historia salta de la realidad a la novela que uno de los personajes está escribiendo, y regreso. Es cierto que los límites entre ambos mundos se difuminan, y que éste ilumina al otro y viceversa. Pero, a estas alturas, esto está más que digerido. No parece mucha dosis de innovación.

Dicho esto, el teatro convencional puede ser bueno o malo. Esto es malo de solemnidad. La protagonista (Roser Vilajosana) sale tan, pero tan impostada, sobreactuada, pasada de vueltas, comida por las patas por el personaje youtubero (ojo: no cuando está en pose youtube, sino también cuando va por su casa) que uno se pasa un buen rato (media hora, pensé yo; veinte minutos, dijo JM) esperando un giro radical de la historia que haga que este helicóptero desencadenado con las aspas girando en cuatro dimensiones se dé un tortazo (argumental, metateatral o lo que sea) para comenzar a parecer una persona creíble. Pero nones. Ahí se queda toda la función, hablando como si se hubiera caído de recién nacida en la olla de las anfetaminas. Y, probablemente, no es casual que Marianella Morena le haya permitido este error, que es el que las escuelas de interpretación tienen que anular en el primer trimestre del primer curso en la inmensa mayoría de los aspirantes a intérprete. Es algo que asoma la patita a menudo cuando los montajes de vanguardia (odio la terminología: ¿Prefieren "alternativo", "no convencional"...? Pongan lo que más les guste) pasan cerca o directamente desembocan -como es el caso- en teatro estándar. La interpretación realista (pongan "verosímil" si quieren) es, a menudo, prescindible cuando el eje de la función está en otro sitio. Pero esto es, casi literalmente, una sucesión de escenas de mesa camilla. O los personajes son creíbles o nos hemos caído con todo el equipo. Si quieren otro ejemplo reciente, léanse la crítica de El último rinoceronte blanco, que flojea exactamente en el mismo punto (con la diferencia de que allí lo performativo tiene un peso enorme, y el daño causado se minimiza).

Esto de la protagonista es una cuestión de relieve, pero no la única. El texto da posibilidades de matiz que la dirección ha ignorado olímpicamente. Por ahí anda perdida Àssun Planas intentando, me pareció a mí, encontrar el punto de la verosimilitud que nadie le ha transmitido. Mima Riera coloca alguna en su sitio (estuvo en aquel Caballero de Olmedo de Pasqual pero, ay, la recuerdo poco). Y a Borja Espinosa han debido de decirle que cualquier exceso es bueno. ¿Es el mismo Borja Espinosa de Las brujas de Salem? Porque aquél, bien dirigido, funcionaba de maravilla. En resumen: Andrea pixelada daría para una excelente comedia burguesa a estrenar, por ejemplo, en el Bellas Artes. Pero este intento de convertirla en lo que no es produce setenta minutos de aburrimiento por la vía del agobio.

Si se leen esta crítica de Martí Figueras verán que, en el fondo, viene a decir lo mismo: una directora empeñada en hacer del texto lo que no era.
P.J.L. Domínguez

          

lunes, 14 de enero de 2019

HERMANAS

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor y director: Pascal Rambert  Intérpretes: Bárbara Lennie e Irene Escolar Duración: 1.20'  
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Ochenta minutos gritando así. El espectador ni siquiera ve ese paisaje de listones de madera: fondo blanco y tubos fluorescentes. El marco está tan vacío como el texto. La foto es de Vanessa Rabade.


SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME


No sé si recordarán aquello de Aristóteles (¿de Aristóteles?) de cómo eran los procesos de degeneración de los regímenes políticos de su época. De su epoca, les aconsejo que no se pongan a trasponerlo a la nuestra porque se hacen un ovillo las neuronas. Me parece que la evolución era de monarquía a tiranía, de aristocracia a oligarquía y de democracia a demagogia (sobre esto último es sobre lo que les recomiendo que no reflexionen demasiado). En esto del teatro hay también degeneraciones cantadas. La comedia degenera en brocha gorda, el drama en Echegaray (pobre, hace decenios que nadie lo lee -de representarlo, ni hablemos- y lo seguimos usando de ejemplo negativo) y la tragedia en Muñoz Seca. Mire usted por dónde, éste es un ejemplo positivo. Se me ocurren algunos negativos que me voy a callar. 

¿A dónde va a parar el teatro con pretensiones intelectuales cuando se tuerce? A lo pretencioso. Pretencioso, pedante,  vacuo. O sea: Hermanas.

Me perdí La clausura del amor. Les seré sincero, no tenía yo los circuitos cerebrales para dramas de pareja. Supongamos que era, como todo el mundo dijo, la octava maravilla. Resulta que no me perdí Ensayo, así que con ésa no me la dan. Cuatro interminables monólogos sucesivos, de los que sólo uno (el de Orazi) tenía algún interés literario. Sí, ya sé que era un texto premiado y que aquí provocó los elogios más encendidos. Vale, no me crean, léanla si pueden y me lo cuentan. El interés dramatúrgico de la yuxtaposición de los cuatro monólogos era poco más que nulo. Su autor / director debe de tener tal fe en la potencia de su pluma que prescinde de cualquier artificio escenográfico o de iluminación, todo se reduce a un espacio espartano. El resultado era un ladrillo de cuidado.

Muy a menudo, las frases hechas vienen de perlas. Por eso son frases hechas. Parece que me encaja ahora ésa de que se puede engañar a muchos mucho tiempo, pero no a todos todo el tiempo (¿Era así? Me encanta inventarlas). Sólo he leído un par de cosas sobre Hermanas, pero mi admirado Kritilo (lo digo completamente en serio) ha pasado de elogiar Ensayo a escribir "conocimos Ensayo, e igualmente sondeó terrenos metateatrales, esta vez con cuatro intérpretes, que exprimió al máximo en la implosión de una compañía. Pero ahora, con Hermanas, tan solo se aprecia un manierismo. Una dejadez en las perspectivas dramatúrgicas, ya sin gestos metaficcionales, ni monólogos abusivos". Yo no veo la menor diferencia entre la dejadez y el ladrillismo de ambas, y -dicho sea de paso- diría que Hermanas es una sucesión de monólogos abusivos, pero da igual: la verdadera religión acoge con los brazos abiertos a cualquier converso. A ver si me acuerdo de ir mirando qué dicen los demás.

Despachados así los aspectos generales de la pieza, un par de notas más. Las dos intérpretes se pasan la hora y veinte gritando, prácticamente sin descanso. No haría falta añadir nada más, pero repetiré por si acaso esta obviedad: si empezamos a gritos y seguimos a gritos, al rato ya no es que no nos importe si Medea se carga a los niños, es que nos da igual hasta si hace salchichones con ellos. Aquí no hay niños muertos, los personajes pelean por si papá prefería a ésta o si el novio de la otra era un perfecto idiota. Lo siento, no da para tanto alarido. Claro, las pretensiones son tan altas que quién se va a parar a pensar en eso tan antiguo y tan pedestre del arco dramático. Hay UNA cesura digna de tal nombre, y mejor olvidarla: interludio musical bailado.

Segunda nota: la sucesión de monólogos deja algún pequeño resquicio, no diré al diálogo, pero sí a breves intercambios de palabras aisladas. Mal dirigidos.

A estas alturas, alguien habrá diciéndose a sí mismo "este pobre crítico de corta mirada convencional se ha creído que lo de Rambert es realismo y, claro, como realismo no le funcionan ni los monólogos ni los conatos de intercambio de palabrillas ni el bailongo intermedio ni...". Nones. El atractivo que lo de Rambert podría tener si tanta pretensión hubiera dado lugar a un trabajo más humilde es, precisamente, que intenta plantear un equilibrio imposible entre el realismo y el antirrealismo, una tensión constante entre lo verosímil y lo metateatral, entre el drama familiar convencional y el taller de interpretación, entre la narración y el psicodrama. Lo entendí, soy capaz de llegar hasta ahí. El problema no está en lo que uno quiere hacer sino en cómo consigue hacerlo. ¿Cuándo he dicho yo esto mismo? Ah, sí. Ayer. A propósito de Tres canciones de amor, otro sopapo en la capacidad de aguante con sorprendentes puntos de contacto con Hermanas. Como se ponga de moda lo de monologar en grupo me pego un tiro.

Observación final. Lo que hacen Lennie y Escolar es sobrehumano. El esfuerzo físico y psicológico que se les ha pedido tiene que ser agotador. No por estar metidas en un montaje radicalmente fallido dejan de hacer honor a su talla de actrices, que es superlativa. Lástima de tanto trabajo digno de mejor causa.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 23 de octubre de 2018

UN ROBLE

Sala: Teatro Pavón (ambigú) Autor: Tim Crouch (traducción de Luis Sorolla) Director: Carlos Tuñón Intérpretes: Luis Sorolla y Pilar Gómez (el segundo intérprete cambia en cada función) Duración: 1.30' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Israel Elejalde y Luis Sorolla. Si entienden lo que farfullo más abajo verán que Elejalde sólo hizo un función (y no la mía). La foto es de Luz Soria para El País.
¿Hay aquí más de Tuñón o más de Sorolla? Se preguntarán si la cuestión es pertinente. Les enumero los hechos objetivos. 1) A Tuñón le he visto otras dos cosas, ambas excelentes: La cena del rey Baltasar y Animales nocturnos. 2) A Sorolla le he visto otra mamarrachada bastante emparentada con ésta: Un cuerpo en algún lugar. 3) Sorolla es el autor de la traducción.

[Empiezo a preocuparme con lo de Kritilo. El término "mamarrachada" me asaltó durante la función... ¡y me lo encuentro en su crítica! Les propongo un acertijo: ¿seremos una sola persona con dos blogs para despistar? O quizá... ¿Han visto ese capítulo de Padre made in USA en el que el extraterrestre se desdobla en dos personalidades? Tiene una frase ahí que ha excitado mi peor envidia: su contenido se deshilacha en su redundancia. Eso es dar en el clavo. Y si saben leerla, son tres períodos de cinco sílabas con acento siempre en la cuarta. Me pierde la forma]

Sin haber preguntado a nadie ni tener más información que la que acabo de soltarles, me parece posible que sea ésta una de esas iniciativas en las que el intérprete impulsa una producción para la que busca hasta director. Les voy a copiar lo que dije a propósito de eso en la crítica de Tierra baja:

Algo dije –con la Ifigenia de Hervás y el Primer amor de Arquillué- respecto a los proyectos sustentados en la iniciativa de un intérprete que se tira desnudo a un pozo, cuya profundidad desconoce, para encontrar un surtidor. Es atacado por una obsesión, para eso es artista, y termina arrastrando a todo el que tiene que arrastrar para materializarla: no es lo mismo pintar un cuadro que subirse a un escenario, para esto hay que implicar a mucha gente. He visto desastres con ese mismo guión, pero si la operación sale bien, huele de lejos a implicación, verdad y vida.

El fragmento que hace al caso es "he visto desastres con ese mismo guión". Todo esto es sólo una hipótesis, pertinente únicamente para asignar el castañazo a quien se lo haya dado: Sorolla con su iniciativa (si tal era), Tuñón (en el caso de que su mano haya intervenido de forma decisiva) y ambos, si estamos ante un montaje convencional en el que el primero interpreta y el segundo dirige.

Tanto me aburrí, que a partir de cierto momento me concentré en descubrir las virtudes del texto. Creo que las tiene. Allá por los noventa nos hubiera parecido el colmo de la posmodernidad: un relato (el de la niña muerta en un accidente de tráfico), metido en otro (el del destrozado padre que asiste al espectáculo de hipnosis del autor del atropello), metido en otro (el lío del hipnotizador alternando su papel con la irrupción de su yo real dando instrucciones al segundo intérprete). Alto. Las cursivas de lío y yo real precisan explicación. El papel del padre lo interpreta un actor (actriz en mi función) que no sabe nada de la función a priori y que va improvisando con las muletas de textos escritos que debe leer en voz alta y con las indicaciones del hipnotizador (en la ficción) / conductor-apuntador-regidor de la representación (en la realidad). Estas indicaciones se dan en voz alta ("ahora di estoy bien" o "ahora siéntate") o a través de un pinganillo, con el chivato fuera de escena y la actriz asumiendo el papelón de largar un texto que le están dictando a la oreja.

Entenderán que estas cosas pongan en fibrilación a los espíritus contraídos que disfrutan con el retruécano. Como el mío. Creo que el texto leído debe de hacer disfrutar de lo lindo a este tipo de receptor.

Otra cosita es su representación. Si han entendido la descripción de más arriba, se harán cargo de que en muchos momentos el alma atribulada del espectador anda cavilando si en tal momento es Sorolla quien habla a Pilar Gómez (la actriz improvisadora que me tocó) para darle indicaciones extradiegéticas o si es el hipnotizador el que habla al padre. Sumen, además, que como resultado de la hipnosis el personaje del padre acaba no estando muy seguro de quién fue el autor del atropello mortal, si el otro o él mismo. Y que, como siempre, todo lo pretendidamente real deja de serlo en un escenario. O sea: un pollo de tomo y lomo con incontables capas de decodificación. Con una que todo lo tapa, que es el trance en el que se halla la improvisadora. O sea: con todo el mundo más pendiente de cómo sale del berenjenal en el que la han metido que de la ficción escénica. Posmoderno a tope, si me permiten la expresión noventera acorde con el término.

Me permito dudar de la posibilidad de que esto se pueda montar bien. Y la primera conclusión es que lo primero a eliminar es el improvisador. "Hala, no ha entendido nada". Yo diría que sí lo he entendido, pero me pregunto si la función no ganaría varios enteros de golpe si el segundo intérprete fuera convencional y todo estuviera ensayado previamente. INCLUSO, al loro, si después en la representación se FINGIERA que se improvisa. ¿Restaría complejidad a la propuesta? Sí, pero me temo que lo restante ya es tan complejo que este añadido impide siquiera manejarlo convenientemente. Desde luego, es una fantástica idea de marketing. Un intérprete conocido que arrastra a cada función a sus seguidores. Y, sobre todo, un producto que parece expresamente cocinado para hacer las delicias de los profesionales de la interpretación. Durante la mayor parte del tiempo parece... No, no "parece", ES un taller de improvisación.

Al margen de que se pueda o no se pueda montar bien -y algún vídeo que hay por ahí con el montaje del autor no me sugiere nada bueno- lo del Pavón es un desastre. Lleno de tiempos muertos y con un intérprete que no tiene ni un solo cambio de registro (¡con el panorama interpretativo que acabo de describir a trompicones!), bracea constantemente y abusa del tic de detenerse ante una palabra o, incluso, de pronunciar la primera sílaba, pararse, y soltarla entonces entera. Aunque quizá lo peor no sea eso, sino la actitud constante de intentar revestir de trascendencia la menor cosilla. Hacía lo mismo en Un cuerpo en algún lugar. Si algo creo entender de las críticas a Crouch cuando representa, es que su estilo reviste una cierta liviandad humorística que aquí brilla por su ausencia. Por cierto: el montaje del propio autor tiene elogios ditirámbicos allá por donde pasa. Ya saben: si uno dice que no le gusta un intento de exploración dramatúrgica alternativa es que es un carca. Pues no. Como en todo, hay experimentos delirantes coronados por el éxito y otros que ni a tiros.

Que no se me olvide Pilar Gómez, una actriz superlativa a la que me gustaría ver más, pero siempre les digo mismo: es un oficio injusto. El talento no garantiza el trabajo. Consiguió salir bien parada de este embolado el lunes, como consiguió brillar en el montaje peor que dudoso que fue Emilia. Como ya sugería más arriba, el riesgo de esta propuesta es que la performance del improvisador termine por comerse a todo el resto, porque tiene atractivo tanto circense como sádico. Si el improvisador funciona, casi peor para el conjunto. Es como si el marcador quedara Pilar Gómez 1 / Un roble: 0.
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 10 de octubre de 2018

LAS CRÓNICAS DE PETER SANCHIDRIÁN

Sala: Teatro Pavón Kamikaze (ambigú) Autor y director: José Padilla Intérpretes: Laura Galán, Antonia Paso, José Juan Rodríguez, Cristóbal Suárez, Ana Varela y Juan Vinuesa 
(la función ya no está en cartel)


Vinuesa, Galán y Suárez, atrás. Hervás (en mi función este papel lo hacía Ana Varela), Rodríguez y Paso, delante.
s
Sigo con las retrasadas: ésta la vi el 10 de junio.

MAGNÍFICOS GRITOS

 Vuelve Las crónicas de Peter Sanchidrián, como vuelven otros éxitos: Una habitación propia, La ternura, La cantante calva, Iphigenia en Vallecas. Gran noticia. Indica que Madrid genera público informado y mecanismos de exhibición propios de un sector maduro. A ver si consolidamos.
    Como dijo el ruso (las familias felices son todas iguales, las infelices lo son cada una a su manera), pero al revés: lo dramático siempre se parece, el humor es multiforme. 

Éste de Padilla tiene carácter, estilo propio. Metaboliza a Kierkegaard y a Pedro Salinas; a Spiderman y los gremlims; se apropia de La pata de mono, de Michael Bublé y de Lucho Gatica. Hace reír con ganas, pero no porque nadie resbale con una piel de plátano, sino por los continuos golpes de contraste extremo. Delicioso ver mezclados los parlamentos más sofisticados con las miserias de las relaciones humanas. “Pero… ¡si acaba de materializarse un ser maligno de ficción!”, se queja un personaje ante el triunfo de lo banal incluso frente a lo sobrenatural. Todo maravillosamente sobreactuado hasta el griterío (la sobreactuación es a veces imprescindible). Qué bien gritan Antonia Paso y Cristóbal Suárez. Y nada sería igual sin el magnífico envoltorio sonoro de Sandra Vicente, incluidos los truenos a lo Jovencito Frankenstein. 


Los tenía más o menos radiografiados a todos menos a José Juan Rodríguez y a Antonia Paso (confieso que no la recuerdo mucho en Carlota). Ambos fueron agradables sorpresas, especialmente los hilarantes momentos de exasperación de Paso. 
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 1 de octubre de 2018

MONTA AL TORO BLANCO

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor y director: Íñigo Guardamino Intérpretes: Sara Moraleda, Rodrigo Sáenz de Heredia, Fernando Sanz de la Maza y Gemma Solé Duración: 1.15' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Es la única imagen que encuentro del montaje.
No sé cuánto tiempo pasaré purgando los meses que dejé el blog de lado. He ido a enlazar Éste es un país libre y si no te gusta vete a Corea del norte y veo que tampoco la colgué en su día. Vamos a remediarlo copiando aquí la crítica publicada en la Guía del Ocio:


COSQUILLEO NEURONAL

Una golondrina no hace primavera, pero dos rarezas ya delatan un cerebro singular. Singularísimo debe de ser el de Guardamino, que estrenó en 2014 Castigo ejemplar yeah. Todo lo que allí se anunciaba –la escritura de filos cortantes, el humor entre negro y negrísimo, la capacidad para la greguería- se confirma en Este es un país libre y si no te gusta vete a Corea del norte. Digamos, de paso, que este hombre tiene un don para los títulos, más infrecuente de lo que suele creerse.

    La pieza es una sucesión de escenas, aisladas unas, otras con continuidad de historias al tresbolillo: la pareja que ha engendrado un dingo en vez de un niño, el desconsolado viudo que tiene que rodar en estudio los primeros planos del vídeo del entierro que no quedaron suficientemente patéticos. Muchos ecos, muy diversos: su primo Sanzol, su tío Azcona, su abuelo Ionesco… y todos los teatros de la crueldad imaginables. La habilidad como escritor se combina –pasa pocas veces- con la de director de escena, y una escenografía lograda (Meloni) y una iluminación esencial pero atinada (Guerrero) terminan con el resultado de un espectáculo ameno y picante, un cosquilleo neuronal entretenido. Con el concurso indispensable de tres excelentes intérpretes, que largan como si tal cosa una colección de textos que, a ratos, rozan lo endiablado.

O sea, que me gustaron las dos anteriores (y creo que me perdí una). Monta al toro blanco (tienen una excelente descripción de la pieza en el blog de Kritilo) muestra la misma capacidad de provocación y el mismo ingenio, pero algo hay que no rueda igual. La estructura de historias entreveradas (huy, he usado "entreverar" dos veces en una semana, voy a tener que vigilarme) es idéntica a la de Éste es un país libre y si no te gusta vete a Corea del norte, pero lo que allí parecía natural queda aquí forzado. O eso me pareció a mí. Y el filo, la capacidad de corte, de hacer sangre al frustrar lo que el espectador espera y salirse por otra tangente no es tan espectacular. Excepto, mira tú por dónde, en la escena que va de eso, de cortar, de la que tuve que desviar la atención en algún momento, porque me estaba poniendo malo.

Desde luego, éstas son cuestiones de matiz, y dependen hasta del humor con el que uno entra a la sala (aunque ese día entré, oh milagro, de buen humor). Hay muchas formas en las que una propuesta teatral no es buena y, desde luego, está no lo es de la misma (desastrosa) forma en que no lo es, por ejemplo, Otelo a juicio. Aquí, las intenciones tienen una relación evidente con el resultado, aunque el resultado se me haya quedado un poco corto. La pieza tiene algún momento memorable (el final musical es una excelente metáfora con punch y el momentazo cortante es, como dice Gabaldón en el primero de los enlaces que están a punto de llegar, una barbaridad). Las críticas que veo por ahí (en este enlace, una, y en éste, otra) son positivas. Así que tampoco me hagan mucho caso.

Nota del 15 de octubre: AAAAAANNNDAAAA, que me equivoqué. Se ve que copié mal los enlaces, porque el segundo no sólo no lleva a una crítica positiva, sino que me parece que su autor no entendió de la misa la mitad. Vamos, que se perdió la ironía, cosa que me dicen que ocurre cada vez más, sin que me decida a creérmelo, porque me da MIEDO. Dice Ayanz que "quiere creer" que el montaje busca la provocación. Hombre, pues claro.¿Qué va a buscar, si no? ¿La exaltación de la mutilación genital? Fíjense que terminamos compartiendo juicio estético, más o menos, pero no creía que a nadie se le pudiera ocurrir que estas barbaridades deban ser tomadas como otra cosa más que como exageraciones con fines dramatúrgicos. O "en clave surrealista", como de otra manera dice Losánez.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 30 de septiembre de 2018

UN ENEMIGO DEL PUEBLO

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor: Álex Rigola (versión libre del texto de Henrik Ibsen) Director: Álex Rigola Intérpretes: Nao Albet, Israel Elejalde, Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes Duración: 1.15' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

De la Fuente, Reyes, Albet, Escolar y Elejalde.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

CLARO QUE ES TEATRO

Todos presumimos de saber lo que es teatro y (ojo) lo que no. A propósito de la proliferación, la temporada pasada, de espectáculos más narrativos que dialogados -como el que nos ocupa- más de uno argumentó que eso no era teatro. No estoy precisamente de acuerdo, pero en este caso hay además improvisación, participación (intensa y extensa) del público, aire de taller de actores… cosas que, frecuentemente, terminan en catástrofe. En otras palabras: contada, la función corre el riesgo de parecer un espanto.

Sin embargo, algo hacen estos cinco (con Rigola al fondo) que arrastra. A estas alturas es difícil que me asalte un sentimiento violento en el teatro, y tuve el ataque de ira que se esperaba que tuviera ante la provocación. La jugada les ha salido bien: el teatro está para suscitar emociones. La provocación era el monólogo inteligentemente manipulado de Stockmann, que obliga al espectador a elegir: democracia apestosa o atractivo camino hacia el fascismo. Podría decirse que en este Ibsen Rigola amplía el enfoque emparentado de su Chejov (Heartbreak Hotel) añadiendo el ingrediente de provocación y consiguiendo hacer palpitar lo que allí a duras penas respiraba. Pensados juntos, ambos montajes provocan una estimulante reflexión sobre estas formas de (sí) teatro.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 20 de mayo de 2018

LA VALENTÍA

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor y director: Alfredo Sanzol Intérpretes: Jesús Barranco, Francesco Carril, Inma Cuevas, Estefanía de los Santos, Font García y Natalia Huarte Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Estefanía de los Santos e Inma Cuevas
Como a tantos, me encanta Sanzol. Uno de los imprescindibles, que se pueden contar con los dedos de una mano. Puedo equivocarme, pero creo que lo he visto todo desde Sí, pero no lo soy.  (Les dejo los enlaces a La ternura -no se la pierdan, que vuelve- Historias de Usera, La calma mágica, La respiración y Esperando a Godot, la única de la que no era también autor y la única que no me gustó. No tengo reseñas de la gloriosa Días estupendos ni de su gloriosísima aportación a El manual de la buena esposa). Siempre es difícil hacerse con las coordenadas de un creador y disfrutarlo al primer encontronazo, pero ya aquello me pareció una cosa estupenda. De esas cosas estupendas que satisfacen al mismo tiempo el hambre intelectual y las ganas de pasarlo en grande. Sanzol se las arregla siempre para soltar lo más relevante con el aire de quien hace un comentario en el ascensor, algo que agradezco con pasión, aplastado por tanto montaje pretencioso como se ve por ahí. Ha encontrado un lugar propio entre la comedia sentimental y la comedia costumbrista de réplica chisporroteante por el que transita con comodidad admirable.

Dicho todo esto, La valentía es -al menos en su estreno- un sonoro patinazo. ¿Por qué digo "al menos en su estreno"? Verán. Me aburrí a ratos, lo peor que puede pasar en un teatro. Pero estoy dándole vueltas al texto desde la noche del jueves, y me parece que es tan bueno como los anteriores. Con lugar para la carcajada, para el sentimiento y para su puntita de melodrama. Y, sin embargo, nada encaja. La primera escena ya anuncia lo que va a venir, con Estefanía de los Santos en ese realismo intenso que ella sabe bordar e Inma Cuevas instalada en el estereotipo. ¡Inma Cuevas! Inma Cuevas es la bomba hasta cuando la meten en ese pestiño infumable de Comedia multimedia, así que si está haciendo aquí de marioneta en las antípodas de cualquier construcción del personaje, si utiliza esa prosodia amanerada, si -en suma- se apunta a la construcción estilizada de una determinada pose cómica, no es porque se le ha ocurrido a ella solita. Sanzol debe de estar de acuerdo. Y, a lo mejor, esto hubiera funcionado si estuvieran todos ahí, pero es que no lo están. 

Cuando habla, podríamos estar perfectamente en un montaje de Lina Morgan (dicho sea sin sombra de menosprecio). En cuanto Estefanía de los Santos abre la boca más de dos minutos, viajamos a un melodrama pausado tirando a De Filippo. Si sale Francesco Carril, comedia disparatada. Jesús Barranco, Mihura. Digamos de paso que, en mi modesta opinión (no soy director de escena, eso que salen ustedes ganando) el tono que mejor le va al texto es uno de estos dos: el de Carril o el de Barranco.

En resumen, hay un gigantesco rompecabezas de tono, estilo y registro que impide que se ejecute en condiciones lo único imprescindible en una comedia de carcajadas: el control de tiempos. O las encajas en su sitio o no hay nada que hacer, y de esto nadie puede darle lecciones a Sanzol. Por eso decía "al menos en su estreno". A veces, a base de repetir funciones, los intérpretes van encajando. No me sorprendería nada que dentro de quince días todo funcionara como un tiro.

Se entiende, por tanto, a dónde quería llegar Sanzol, pero me temo que no ha llegado. Me pasé la función pensando en Paso. El primer whatsapp que me llegó a la mañana siguiente con comentarios sobre el estreno hablaba de Paso. Otros dos de mis interlocutores han mencionado a Jardiel. Si me lo permiten, esto es Jardiel - Mihura - Paso - Azcona... y un larguísimo etcétera en el que caben la citada Lina Morgan y hasta el José Luis López Vázquez de esas españoladas disparatadas de los sesenta y los setenta que tantas veces se despachan con displicencia y que dan más de una sorpresa cuando se detiene uno a mirar los créditos del guión. Nótese que esa tradición que esbozo está repleta de cadáveres y fantasmas, reales o ficticios (ah, es que de eso va la comedia, que no le he dicho aún). Puestos a repetirles lo que la gente comenta, también es casi unánime el reproche a los gritos. El arranque es así, en la primera escena ya citada, algo que casi siempre presagia desastre. La pasé pensando "bueno, ya llegará el sosiego", pero lo cierto es que se grita demasiado. Respecto a comentarios, y como hace nada les mencionaba aquello de oír algo en la puerta del teatro y ver después escrito exactamente lo contrario, sepan que me ha vuelto a pasar. Me llegó nítidamente a los oídos el juicio que alguien  hizo a la salida y leí unas horas después lo que escribió en la red. Sólo les diré que no es ningún desconocido. Debo de ser idiota, pero estas cosas me siguen descorazonando.

Estefanía de los Santos (La distancia, Siempre me resistí a que terminara el verano, Las plantas, Marca España), Francesco Carril (Furiosa Escandinavia, La cortesía de España) y Jesús Barranco (Historias de Usera, Los Mácbez, La cena del rey Baltasar) están de muerte (aunque, lamentablemente, cada uno en una comedia distinta). Todo el mundo sabe que Barranco y de los Santos llegan casi a la infalibilidad (yo diría que las mejores escenas son las del primero farfullando a solas y un monólogo de la segunda), pero atentos a Carril. Ya me pareció en Furiosa Escandinavia que podía ser un actor que estaba creciendo a marchas forzadas, y La valentía lo confirma. La función sube enteros cada vez que abre la boca. Huarte y Font pasan más bien desapercibidos.

Tampoco les ha gustado la cosa a Luis del Amo en Diarioabierto.es y a Kritilo (las dos primeras críticas que vi que salían, antes de que mi semana saltara por los aires y me dejara sin tiempo para seguir buscando). Aunque no estoy de acuerdo con el segundo respecto al texto. Yo creo que deja mucho margen para una excelente puesta en escena. A del Amo le parece indigno que, en lo más serio, salten las carcajadas. En esto no puedo estar más en desacuerdo: me parece uno de los rasgos más característicos y más interesantes del teatro de Sanzol. Llamémoslo la carcajada reflexiva.

Último apunte: la escenografía, sin estar mal, poco aporta. Imagínense la misma función a pecho descubierto, como La ternura. ¿No quedaría todo igual?
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 30 de abril de 2018

IPHIGENIA EN VALLECAS

Sala: Teatro Pavón Autor: Gary Owen (versión de María Hervás) Director: Antonio C. Guijosa Intérprete: María Hervás Duración: no la tengo apuntada
La función ya no está en cartel

Ahí tienen toda la escenografía, calendario de pared incluido. Foto de Marieta para La Voz de Avilés.
No iba a dejar sin colgar otra que, aunque muy retrasada, se llevó cinco estrellas. De lo mejorcito que he visto en Madrid en dieciocho años. Y, además, acaban de decirme que vuelve al Pavón (ya decía yo ahí abajo "me temo que tendrán que reponer por segunda vez"), así que estén atentos como aguiluchos para sacar entradas, porque volverá a ser un acontecimiento:

 Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

LOS PELOS DE PUNTA

Hablando de María Hervás en TeatroSolo, una función en la que el espectador la tenía para él durante media hora, desplegué algunos términos (presencia, encanto, glamour, chic) que vienen al pelo ahora para dar la justa medida del salto. Se ha trasmutado en una choni barriobajera a escasos milímetros de la marginalidad más completa. Pone los pelos de punta. He puesto “trasmutado” con plena conciencia, porque la composición es formidable. Hasta fea consigue estar en algún momento, mérito considerable partiendo de donde parte.


    Ese talento como intérprete se suma al aportado como autora de la impecable traslación del original a un castellano tan puro como poligonero. De Gales a Vallecas sin dejarse un solo pelo en la gatera. Antonio C. Guijosa, otro que avanza a saltos por el hiperespacio (de la política-ficción de Verónica Fernández a Maeterlinck; de Esteve Soler a este hiperrealismo sucio) ha obtenido un excelente resultado con una economía de medios interpretativos y escénicos que apenas precisa de un calendario de pared que ayuda a entender la progresión temporal. Entre otras cosas –por ejemplo, que el realismo no morirá nunca- Iphigenia en Vallecas demuestra que el teatro de denuncia funciona tanto mejor cuanto más se confía en la inteligencia del espectador y menos explícito es el alegato. Me temo que tendrán que reponer por segunda vez.

P.J.L. Domínguez

ILUSIONES

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor: Ivan Viripaev (versión de Helena Sánchez Kriukova) Director: Miguel del Arco Intérpretes: Marta Etura, Daniel Grao, Alejandro Jato y Verónica Ronda Duración: 1.30' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Daniel Grao, Verónica Ronda, Alejandro Jato y Marta Etura. La foto es de Pablo Ramos Escola para diariocritico.es

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:
Qué nos cuentan y cómo nos lo cuentan. Si decimos que Ilusiones nos cuenta los  más de cincuenta años de convivencia de dos parejas nos quedamos cortísimos, porque lo relevante es cómo nos los cuenta. Casi sin diálogos, los intérpretes relatan en tercera persona lo que cada personaje hizo y dijo. Hizo, dijo y –sobre todo- pensó. Suena a ladrillo, ¿verdad? Era lo que podía resultar semejante reto narrativo extendido hasta los noventa minutos. Pero Viripaev escribió un texto luminoso cuyos rayos penetran en los recovecos del amor. Del amor de verdad, no de esa cosilla desasosegante y viscosa de las comedias “frescas”. 

Y en esto llegó Del Arco.

    Del Arco, un pedazo de artista que necesita moverse constantemente, ha tenido la osadía de atreverse con un desafío del que no era fácil salir indemne. Armado con cuatro intérpretes en los que no sé si admirar más el oficio o la emoción, ha construido un objeto de definición complicada, pero que marcha como un reloj. No sabemos muy bien a qué viene la escenografía ni a qué viene el vestuario, pero da completamente igual. Si ellos están cómodos ahí mientras nos administran este flujo de ideas y emociones que tantas cosquillas nos hacen en el corazón y el cerebro, bien está todo. Sin las escenas de la piedra y la franja rosa, yo creo que hubiera aflojado la quinta estrella.

Lo que escribí ANTES de la crítica:

Del Arco se ha metido en un embolado de narices y ha salido indemne. Es un teatro narrativo de monólogos sucesivos, prácticamente no hay diálogo, y tenía que estar muy bien escrito y muy bien dirigido para dar el excelente resultado que ha dado. El contraejemplo perfecto de esto último se vio en el mismo escenario del Pavón hace unos meses: Ensayo, de Pascal Rambert. Cuatro monólogos sucesivos (estos sí, estrictos, sin sombra de diálogo ni de los interludios de Ilusiones) que constituían el gran festival de la banalidad, el esnobismo y la grandilocuencia sustentada en... nada. Del Arco ha elegido un texto que supera a Rambert a lo largo y a lo ancho y lo ha dirigido con una frescura oxigenada que para sí quisiera el francés (aunque aquel ladrillo estaba mejor dirigido que escrito).

Hay quien no soporta lo narrativo en escena. Mi admirado Kritilo, por ejemplo, y como él dice, es verdad que últimamente hay mucho de esto. El pasado fin de semana vi dos ejemplos -ambos recomendables- más narrativo el primero que el segundo: El corazón de las tinieblas de Facal y Tiempo de silencio, de Rafael Sánchez, un alemán descendiente de españoles que a lo mejor ha llegado para quedarse. Aunque a priori parezca que, al tratarse de adaptaciones de novelas, la narración está más justificada. Digo "parezca", y lo subrayo, porque no es nada inexorable: hemos visto adaptaciones perfectamente dramatizadas en su integridad.  Hay un curioso caso reciente: Bezerra decidió, al escribir Lulú, una de ésas que no colgué durante este largo paréntesis sin blog (ahora la cuelgo), contar media historia dramatizada y confiar la otra media a la pura narración (nada menos que el punto de vista de la víctima sobre los sucesos reales, que da al traste con toda la coartada ensoñada que durante la primera parte nos endilgan los criminales). Verán en la crítica (que ya he colgado) que me quejaba de eso, pero de ahí a condenar lo narrativo en bloque hay un trecho. Nos cargaríamos, por ejemplo, el Primer amor de Beckett / Arquillué, que es mucho cargarse.

De Ilusiones no sé si me gusta más la altura del texto o la ligereza (como les digo siempre, un resultado laboriosísimo de alcanzar en un escenario) con la que lo sirve su director.


Y lo que escribo DESPUÉS:

Ya decía yo que Verónica Ronda me sonaba de algo. Nada menos que de Danzad malditos, de la que era uno de los pilares maestros (el otro era Rulo Pardo). Sólo queda desear verla más a menudo, y en algo gordo, a poder ser. Alberto Velasco hizo después Escenas de caza, una de esas docenas de funciones de las que no les he contado nada porque cayeron en pleno apagón del blog. Me parece que había mucha gente ansiosa por ver lo que le salía después de la fulgurante sorpresa de Danzad malditos, así que aquello fue un sonoro cortapedos (disculpen, a veces compensa apechugar con lo malsonante en aras de la expresividad). Todo lo que en la primera engarzaba como por arte de magia se desparramaba aquí, con las moderneces (vean el enlace a Danzad) tirando cada una para un lado.

Última cosilla: a algunos de mis conocidos les ha chirriado la escenografía y el vestuario de Ilusiones. No lo tengo muy claro. Es verdad que no viene mucho a nada. Igual que es verdad que los interludios jocosos / musicales tampoco vienen a mucho. ¿Y bien? Si cuela, cuela. Una de las leyes inmutables del teatro. Y yo creo que cuela todo.


Y lo que escribo CASI UN AÑO DESPUÉS:

Otros vendrán que bueno te harán. Del Arco no necesitaba que viniera nadie a hacerlo mejor, pero todo lo dicho más arriba aún resalta con más brillo después de que el arte de los monólogos sucesivos se enriqueciera con las aportaciones de Hermanas de Rambert y Tres canciones de amor de Benedicto (por si me leen menos de lo que creo, me apresuro a decir que esto es un sarcasmo). Si me apuran, casi hasta el Moby Dick de Lima podría incluirse en este subgénero del monólogo narrativo que parece ponerse de moda. Y les adelanto que la cantidad de sueño que produce está en relación directa con el tamaño de la ballena. Si no fuera porque Ilusiones demostraba lo contrario, igual estaríamos ahora postulando que es un subgénero imposible. Por cierto, mutatis mutandis, hacia ese lado se escoraba también el Vania de Rigola (Heartbreak Hotel). Quiero decir: hacia lo monologado, lo narrativo y, sobre todo,  hacia el sopor. No escribí nada, me dio una pereza insuperable.
P.J.L. Domínguez