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jueves, 17 de septiembre de 2015

BAJO TERAPIA

Sala: Teatros del Canal Autor: Matías del Federico Director: Daniel Veronese Intérpretes: Fele Martínez, Melani Olivares, Gorka Otxoa, Carmen Ruiz, Manuela Velasco y Juan Carlos Vellido Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Ruiz, Otxoa, Martínez, Vellido, Olivares y Velasco. Detrás, el horrible y siempre presente fondo gris. (Foto de Alfonso Pazos)
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Hace ya ocho años que el autor y director argentino Daniel Veronese irrumpió en Madrid con la excelente Mujeres soñaron caballos convirtiéndose, de una tacada, en un indiscutible. Tras otro texto propio (Teatro para pájaros) y varias personalísimas versiones de Ibsen y Chejov, dirige ahora una comedia. Matizo: hay que llamarla así, porque de comedia se trata durante el noventa y nueve por ciento de su duración. Pero el uno por ciento restante es cimiento de la función y, se me antoja, la grieta que explica esta súbita querencia de Veronese por lo cómico. No puedo contar más.


    Con o sin grietas, lo que uno tiene ante los ojos durante los cien minutos largos de espectáculo es una comedia de parejas: tres, cada una con su rosario de miserias. Todo se apoya en la respuesta ingeniosa, el tono justo, la frase colocada en su sitio, y el lujoso elenco ejecuta al milímetro tanto detalle de ojeada, de movimiento, de intención, que la mirada tiene que saltar de un extremo al otro del escenario para no perderse nada. Todos brillan, pero Carmen Ruiz confirma un talento insuperable para la comedia. El espectador avezado intuye que el autor está reservando su personaje para algo, aunque esté lejos de sospechar para qué. Le toca a ella sugerir sin mostrar, en un alarde de interpretación. Juan Carlos Vellido, quizá el menos mediático de todos, da perfecta talla de protagonista.

Y lo que no cabía allí:

Antes, unas líneas para contarles que el adelanto del tórrido verano (allá por el mes de junio) me dejó completamente incapaz de pensar, y no digamos de redactar. Con eso de la extensión del desierto del Kalahari hasta Madrid bajó también en picado mi asistencia al teatro, así que no se perdieron gran cosa. Nunca pasaron del estado de borrador Famélica, La excursión y Caza mayor. No pierdo la esperanza de escribir al menos un par de párrafos sobre cada una, pero eso es porque a veces se me despierta dentro un optimista incorregible que no tengo ni idea de dónde sale. Por si las moscas, mi habitual pesimismo me aconseja que les deje tres telegramas. Así, cuando consulte el blog dentro de diez años (que para eso lo tengo, para suplir a mi memoria), tendré algo a lo que atenerme:

   * Famélica. Me temo que sólo apta para friquis entusiasmados por la apasionante historia de las izquierdas. Que es mi caso, así que yo me entretuve bastante. Aparte de eso, la función es francamente mejorable.


   * La excursión. Hombre, una cosilla simpática, con chispazos de ingenio y detalles memorables (el mejor, el oso de peluche asesino), pero que apenas supera el umbral de lo planteable en una sala que cobra entrada. Dicho esto, ojo: cincuenta y cinco minutos entretenidos, algo que no se puede decir de muchísimas producciones con grandiosos elencos y costes de mafia rusa.

    * Caza mayor. Bueno, bueno, bueno (dígase con acento de señora mayor a punto de contar una gorda). Esto es difícil de despachar en un pispás. Concepto puro: un presentador, unos perros en off y cuatro personajes que se mueren docenas de veces cada uno. Sí, han leído bien. Durante la primera media hora larga cree uno que aquello es una insufrible tomadura de pelo, pero luego se le coge el punto. Las cuatro mamarrachas (dos pijas y dos poligoneras) repiten hasta la extenuación el bucle y se matan unas a otras con denuedo. Gallifante para el vestuario de Guadalupe Valero, que no falla una (véase Canícula).

*  *  *

    Vamos ya con lo prometido: la (reducida) ampliación de la crítica de Bajo terapia.

1.- Empieza esto exactamente como Toc-toc: las tres parejas llegan a una sesión a la que no acude el terapeuta. Se la tienen que montar solos, con ayuda de unos sobres de instrucciones. La coincidencia es casi más acusada con Nuestras mujeres: tres parejas, envoltorio de comedia en lo macro pero drama en lo micro. De acuerdo, en Nuestras mujeres sólo salen los hombres; no importa, prácticamente no hablan más que de sus relaciones de pareja. De acuerdo, se ríe uno tanto en la una como en la otra; no importa, en las dos está presente la íntima contradicción amarga de este empeño humano por compartir la vida con otro: estaría mejor solo, pero estaría peor solo. En cuanto a reírse, Nuestras mujeres es un texto dirigido a la carcajada, construido para tirar el teatro abajo, Bajo terapia es más de sonreírse (y, a menudo, de sonreírse para adentro, no vayan a darse cuenta los demás de que el sonreidor se está identificando con las pequeñas miserias desmenuzadas en escena). 

Ahora pónganse en mi lugar, aunque sólo sea por un momentito: no puedo decir nada sobre el rasgo fundamental de la pieza. Esperen, que voy a hacer lo que pueda.


ATENCIÓN: MINISPOILER

La función estalla por los aires poco antes del final. Nada era lo que parecía, y no diré más. Sin embargo, ese colapso final no llega sin aviso. La grieta que mencionaba en la crítica en papel está presente desde el primer momento. Si van a verla, les aconsejo que estén atentos desde el primer momento a cualquier cosa que les parezca que chirría. En muy diversos órdenes. Mientras asistimos a una función, nuestro monólogo interior es imparable: "es buena", "es mala"... En este caso, lo mío era un diálogo. Voz A: "Está bien, pero para ser una comedia tampoco es para partirse el bazo. Tiene que pasar algo que justifique que es un Veronese". Voz B: "Pues no, desengáñate, esto se aproxima a su final y es una comedieta". Grieta. El desacuerdo de mis voces interiores me estaba avisando. Otro tanto cabe decir de que uno/a de los intérpretes tenga -evidentemente- menos papel, en un texto muy equilibrado entre los cinco restantes. Etcétera. Resumiendo: hagan caso a cualquier pista que les indique que aquello tiene que reventar por alguna parte, porque son pistas correctas. Experimentarán un placer parecido (no completo, porque no les cuento el meollo del asunto) al que mi amiga A. consigue leyendo primero el final de las novelas de asesinato. Ríanse, encontró un error en una trama de Agatha Christie.

Del maravilloso mundo de los animales:
los corderos
Teatro para pájaros
Mujeres soñaron caballos
2.- Para los que gustan de las informaciones completas, detallaré que, además de Mujeres soñaron caballos, Del maravilloso mundo de los animales: los corderos y Teatro para pájaros (tres textos propios con una conexión infrecuente: idéntica escenografía, les pongo fotos), hemos visto de Veronese por estos pagos Cena con amigos (de Donald Margulies), Los hijos se han dormido (personal título para La gaviota), Un hombre que se ahoga (Tres hermanas de Chejov), Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo (o sea, Hedda Gabler) y El desarrollo de la civilización venidera (o sea, Casa de muñecas). Me perdí Del maravilloso... Todo lo demás, excelente teatro, con dos excepciones. La versión de Tres hermanas me pareció que podía haberse titulado, puestos a cambiar, Caja de grillos. Los personajes eran interpretados por actores y actrices del otro género (ya sé que hay más de dos, pero déjenme que economice). Nada que objetar en principio, pero aquí son muchos y el guirigay consecuente era de alivio. Como dijo Vallejo, puro arte y ensayo. Tampoco me gustó nada -pero nada, nada- Quién teme a Virginia Woolf que, simplemente, no parecía que hubiera dirigido él y que se iba por todas las tangentes (en esto, no se puede decir que Vallejo pensara lo mismo). En resumen, por si estas últimas frases han podido despistar: un gran director de escena.

Juan Carlos Vellido
3.- Y, especialmente, un gran director de actores. Decía en la Guía todos brillan, y lo hacen de dos maneras. La primera, claro está, porque son grandes intérpretes. Pero tienen también el brillo de lo mediático, del cine y la televisión a sus espaldas y son, por tanto, reclamos para el público. La gente de teatro suele decir esto con aire compungido, quejándose del hecho insoslayable de que las caras conocidas animan la taquilla. Es como quejarse de que haga frío en invierno. ¿Hay algo más lógico? ¿Usted prefiere irse de cañas (he dicho de cañas, nada de ligues) con su mejor amigo/a o con un/a primo/a de Ponferrada que le han presentado esta mañana en un entierro? Pues eso. El de menor fama televisiva es Juan Carlos Vellido, que tiene un papelón (en los dos sentidos del término) y que está a la altura de su mujer en la ficción, Carmen Ruiz, que ya es decir. Salvaba los muebles en El hijoputa del sombrero, que también es bastante decir. Un excelente actor que se ha encontrado un papel y una producción a su altura. A los demás se los tienen tan conocidos que me ahorro las glosas. Están estupendos. 


El personaje y la actriz que lo representa (Carmen Ruiz, sentada en el centro) se
llevan la función de calle.



Sólo una nota sobre Gorka Otxoa. Lo van a encontrar quizá un pelín sobreactuado en su papel de metrosexual enrollado, moderno y cool. Descuiden, no es sobreactuación. Es otra grieta. La bomba final lo explica todo. A veces, las sorpresas en escena tienen este resultado de justificación retrospectiva que provoca un agradable cosquilleo en el intelecto.



Durante los más de cien minutos de función, los seis ejecutan un precioso ballet de reacciones a lo que ocurre y se dice. Imposible verlo todo, seguir todas las procesiones que van por dentro. Además, Veronese los desparrama bastante por el escenario, algo que si se hace mal suele ser insoportablemente falso (la gente no se habla a seis metros de distancia), pero que cuando está conseguido, como aquí, da un gran juego escénico: ahora desparrame, ahora amontonamiento... etc. Se van a pasar una bonita parte de la función repartiéndose entre la trama que avanza a la derecha y lo que le ocurre a la izquierda a Carmen Ruiz. Es complicado, pero intenten verlo todo. O vayan dos veces, si se lo pueden permitir.

4.- Para terminar, una curiosidad y una pega. Ya saben que los únicos ingredientes indispensables para el teatro son un intérprete y un espectador. Todo lo demás es optativo. En Bajo terapia la luz tiene dos posiciones: on y off. Se encienda al comienzo (en tres fases acompañadas de ese rotundo efecto sonoro que asociamos a un gran conmutador) y se apaga al final (otra vez en tres pasos). No hay diseño de iluminación, ni se echa en falta. Para ser más exactos: yo no me enteré de que lo hubiera, aunque está en créditos. Quizá sea sutilísimo.


La pega: la escenografía es horrorosa. Ya se ha cuidado bien Elisa Sanz (a la que he visto muchas cosas estupendas en los últimos tiempos) de señalar en el programa de mano que está sujeta al diseño de la versión original argentina. Claro que hay que recrear una sala impersonal y fea, alquilada en un edificio de oficinas, o algo así, pero ya saben que lo del realismo en el teatro es un asunto complicadísimo. Fíjense en los feos de las pelis americanas de gran consumo. Nunca son feos como los feos reales. Son feos estilizados, de rasgos regulares. Por eso nos sorprende luego tanto el sheriff del pueblo de Oregon donde fríen a tiros a diecisiete adolescentes, porque es feo de verdad. Pues en el teatro pasa algo parecido: el escenógrafo se las tiene que ingeniar para que entendamos que la sala es una fea sala de alquiler, pero el resultado no puede tirarnos de espaldas de lo feo que es. Sí, es difícil, pero nadie ha dicho que sea fácil ser escenógrafo.
 A ver si me pongo al trote y empiezo a subir todo lo que he visto y aún les debo: Tres mujeres, Canícula, Palabras encadenadas, Usted puede ser un asesino y Milagro en casa de los López. 
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 5 de julio de 2013

EL HIJOPUTA DEL SOMBRERO

Sala: Teatro Príncipe Gran Vía Autor: Stephen Adly Guirguis (versión de Miguel Hermoso) Director: Juan José Afonso  Intérpretes: Juan Díaz, Alberto Jo Lee, Bárbara Merlo, Raquel Meroño y Juan Carlos Vellido Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Celebro que la obra pueda titularse en Madrid El hijoputa del sombrero. El original -The motherfucker with the hatha sido censurado en ocasiones en los EE.UU. hasta quedarse en The motherf**ker with the hat The mother with the hat. Cualquier día empieza a pasar aquí, ya verán, inundados como estamos de memez por todas partes. Hoy he recibido un mensaje de correo que me proponía "una call" -o sea, una llamada- para el jueves. Sin comillas ni nada, se lo juro. 

J**n P**l S**tre
Me pregunto qué van a hacer en el futuro allende los mares con, por ejemplo, La puta respetuosa, tradicionalmente titulada en inglés The respectful prostitute. Quizá les guste The respectful p**stitute. Aunque es posible que las fuerzas bobas de la moral encuentren más peligrosa en este sintagma la palabra "respetable" y prefieran The resp**tful prostitute. The resp**tful p**stitute comenzaría ya a salir del terreno de la censura para pisar abiertamente el de la vanguardia, y llevaría con la fuerza de un torbellino hasta T** resp**tful p**stitute. Leo en la wikipedia que la censura del título de Guirguis dio problemas al plantear el marketing. Se me ocurre, tras este descuartizamiento de la puta de Sartre, que algo así como T** m**herf**ker **th th* h*t podría ser un excelente cebo de publicidad viral. "Dos entradas gratis a quien acierte...". Etcétera.

Estas cosas me recuerdan siempre el comentario de "una madre" que, cuando el escándalo de Like a virgin, declaraba horrorizada que, tras oír la canción en la radio, su hija le había preguntado qué era una virgen. ¿Esperaba que su hija muriera feliz algún día sin conocer el significado de la palabra? ¿O prefería que se enterase en el patio del colegio? Me moriré queriendo habérselo preguntado a la desconocida. Hace unas semanas, Madrid vivió un escándalo en el Teatro de la Zarzuela: parte del público protestaba y abandonaba airado la platea por los desnudos en una escena orgiástica. Con los tiempos que corren, semejante reserva de ingenuidad me parece digna de admiración. ¿La gente se indigna por ver una persona desnuda en un escenario? Deberían vender entradas para ver eso. Para ver al indignado, no al desnudo. Yo pagaría.


Juan Díaz (de muchacho encantador, no cuadra) y Bárbara Merlo.
Estábamos en que en Madrid la obra puede titularse El hijoputa del sombrero, al menos de momento. Casi terminan aquí las buenas noticias. El texto de Guirguis... ¿qué quieren que les diga? Yo no le veo nada. Diré, para ser honesto, que reconocer un buen texto en una versión escénica mediocre es más difícil de lo que parece. Puede ser que no tenga yo la necesaria habilidad. Diré también que, siendo quizá estupendo, pertenezca a ese grupo de obras aclamadas por aquí y por allá, a las que, por algún ignoto motivo, yo no soy capaz de ver el atractivo (siempre les pongo a Closer como ejemplo). Como siempre que mi sensación choca con la opinión general, someto a mi sensación a todo tipo de torturas: por ejemplo, a imaginarme El hijoputa interpretado por Al Pacino y Colin Farrell (la pareja de La prueba). Y entonces me digo: "sí, sería estupendo". Y luego me redigo: "¿hay algo que no quede estupendo si lo dicen esos dos?". Y concluyo que sólo puedo quedarme con mi sensación. Por mucho riesgo que suponga, no tengo otra cosa: El hijoputa del sombrero no me parece un texto para echar cohetes.


Con mirada de zumbado. Así, cuadraba.
La versión que se puede ver en el Príncipe Gran Vía nace, a mi modesto entender, lastrada por un error de casting. Juan Díaz da perfectamente el aspecto de angelote de melena rubia (a lo Vidal Sassoon, como decía la canción), del muchacho que toda madre querría que fuera amigo de su hijo. Pero resulta que hace falta un exconvicto y (más o menos) exadicto creíble, que soporte media función sobre sus hombros. ¿Tiene Juan Díaz culpa de tener el físico que tiene? No. ¿Se podría haber superado el escollo? Claro. Todo es posible, después de ver a Paco Martínez Soria salir airoso del trance de convertirse en la tía de Carlos. ¿Se intenta superar? No. Afonso mantiene a Díaz -y Díaz se deja mantener- en el escenario casi a piñón fijo, luciendo sonrisa y melena. No hay quien se lo trague. Vean que, sin embargo, esto lo entendió perfectamente quien hizo las fotos promocionales (Paco Navarro): la mirada turbia de Díaz ahí (tienen la foto embutida en este párrafo) tiene poco que ver con el aspecto del actor en la función (foto de más arriba).


Raquel Meroño
Mejor Juan Carlos Vellido y Bárbara Merlo (ya saben que no se puede ser argentina y mala actriz, además se parece a Ann Baxter), aunque dan la sensación de andar un poco buscándose la vida por el escenario como pueden, o como les han dejado. De Alberto Jo Lee, mejor no digo nada. Descubrimiento de la noche: Raquel Meroño, aunque el papel sea breve. Durante los primeros minutos, me pareció otro error de casting: demasiado alta, demasiado guapa y... demasiado photocall (disculpen mis prejuicios) para el ambiente que se pretende retratar. Pero luego abre la boca y no da una fuera de sitio. A tenerla en cuenta.
P.J.L. Domínguez