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miércoles, 27 de marzo de 2019

LA GEOMETRÍA DEL TRIGO

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor y director: Alberto Conejero Intérpretes:  José Bustos, Zaira Montes, Eva Rufo, José Troncoso, Consuelo Trujillo y Juan Vinuesa Duración: 1.20', creo recordar
(la función ya no está en cartel)





SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Prometí La geometría del trigo allá por El sueño de la vida, que ya es decir. En otras circunstancias, la dejaría correr, porque tengo docenas y docenas de cosas ahí arrumbadas en el baúl de los olvidos, pero creo que merece la pena escribir algo. Suelo poner título a la crítica en papel, pero no a las del blog; quizá debiera. Ésta, recurriendo a un estilo de otra época, podría encabezarla

EN DEFENSA DE CONEJERO

Uno.- No somos ni primos ni nada, quede claro. Ya detallé en El sueño de la vida lo que me gusta y lo que no me gusta de lo que ha hecho. Pero me parece de justicia resaltar que La geometría del trigo es un teatro impecable. ¿Y por qué esta necesidad de repetirlo ahora, a tanta distancia? Porque admito siempre que a alguien pueda no gustarle lo que a mí me parece excelente. (Llevo peor lo contrario, ya me conocen: veo cosas inmundas que se llevan elogios desmedidos y me quedo perplejo). Admito, digo, una crítica negativa que no comparto, pero en este caso concreto sólo he oído dos cosas: "Lorca otra vez" y "hemos oído esta historia tantas veces...".

Ya lo saben, me voy haciendo viejo. Una de las mejores (y peores a la vez) cosas de la edad, es que uno ya lo ha oído casi todo. Incluso se ha oído a sí mismo decirlo casi todo. Así que reconoce los trucos con facilidad. ¿Quieren uno? Bueno, sólo les resultará útil si son muy jóvenes, si no, ya se lo sabrán. Es el manido ¿qué necesidad había? Funciona SIEMPRE para demoler lo que haya que demoler. ¿Qué necesidad había de montar otra vez La vida es sueño? ¿Qué necesidad había de hacer un remake de Lo que el viento se llevó? Funciona siempre, porque la respuesta siempre es NINGUNA. Nunca hay ninguna necesidad. Pero si sale bien, nadie se hace la pregunta.

Confieso que yo también la he usado muchas veces. Pero ya les tengo dicho que el oficio de crítico consiste -fundamentalmente- en montar un aparato más o menos lógico alrededor de una opinión, que es algo que sale de las tripas y no tiene vertebración lógica. Es posible que sea el grito intuitivo de una racionalidad en estado de sopa primigenia, ahí, en el fondo de los abismos cerebrales. Pero, desde luego, su aspecto es el de un magma invertebrado. Así que uno se agarra a lo que puede, incluido el ¿qué necesidad había? Me tengo prometido no repetirlo nunca más.

"Lorca otra vez" (refiriéndose al carácter rural y pasional de la trama), "hemos oído esta historia tantas veces" (claro, chico encuentra chico, chico pierde chico) y "sí, está bien, pero bueno, lo de siempre" (refiriéndose, digo yo, al teatro de texto puro y duro con trama convencional), son muletillas exactamente del mismo tipo. No dicen nada en contra. Ya les dije por qué hace poco, en la crítica de El idiota. Como son perezosos en esto de los enlaces, les voy a copiar el párrafo que viene al caso:
Hay un par de avezados espectadores que me han sustentando su juicio negativo sobre este Idiota en consideraciones del tipo "es una cosa antigua". Hace unos veinte años, yo estaba sinceramente convencido de que el teatro de texto estaba muerto. No era memo (no más que la media, creo), era joven. Recuerdo a mis mayores mirándome con conmiseración. Tenían razón. Ni el teatro de texto ni Vera están muertos. Siempre habrá lugar para eso que las actrices mayores llaman en las entrevistas "el teatro de siempre", es un género indestructible. Pero está, además, la cuestión del tiempo y la perspectiva. El otro día, por pura casualidad, me endilgué uno de los conciertos para piano de Rachmaninov (ahora parece que hay que escribir Rajmáninov, paciencia). Les aseguro que hacia 1985 los espíritus más despiertos de la vanguardia musical lo consideraban, más o menos, un idiota, como a Myshkin. ¿Por qué? Porque siguió escribiendo como Tchaikovski (¿cuál será la grafía ahora?) en pleno siglo XX, haciendo caso omiso de los sucesivos últimos gritos. Treinta años después, cada vez importa menos que Rachmaninov muriera en 1943 y Tchaikovski en 1893. Cuanta más distancia tomamos, más cercanos parecen. Dentro de doscientos años serán estrictamente contemporáneos. 
    El tiempo y la perspectiva. Vamos con cada una de las muletillas:

    1) "Lorca otra vez". ¿A alguien se la ha ocurrido usar con intención despectiva la frase "Shakespeare otra vez" para referirse a House of cards? No, ¿verdad? Pues eso. Vayan preparándose para "Lorca otra vez" durante unas cuantas generaciones. Es lo que tienen los genios, que siguen iluminando el camino durante muchísimo tiempo. Claro que Conejero es un lorquiano (La piedra oscura, El sueño de la vida), pero eso no inhabilita a nadie. Es lógico que Lorca, bajo determinadas circunstancias, provoque hastío. Qué me van a contar a mí, que lo veo invocado en la cartelera sopocientas veces cada viernes. Hasta perdices cansan. Les confieso que si el título, la sinopsis o el comentario adjunto dice "Lorca" voy con pereza. Y si luego la cosa funciona, me maravillo como todo hijo de vecino.

   2) "Hemos oído esta historia tantas veces". Sí, claro. Como Macbeth, Edipo o Caperucita roja. Si nos acercamos un poco, como Brokeback mountain. Salir del armario en el medio rural (¿El medio rural? Mira que nos volvemos chinos buscando perífrasis pijocultas). Tom en la granja. Salidas del armario y tensión entre el agro y la urbe. Juguetes rotos (puñeta, otra que no colgué, ahora mismo lo hago). Excurso: esto de los parentescos es siempre sorprendente y fructífero. (Acabo de darme cuenta de que el escenógrafo tanto de Tom en la granja como de Juguetes rotos fue Alessio Meloni. Queda un poco cabalístico). Las tramas son unas pocas peripecias tasadas (alguien que no recuerdo las tasó una vez) revueltas así o asá. No hay más. Llevamos miles de años girando alrededor de las mismas cosas, eso tampoco es un argumento válido contra nadie.

    3) "Lo de siempre". Ya lo he dicho más arriba, el tiempo y la perspectiva. Me pasaron el otro día en La Dos Mayores con reparos, adaptación al cine de una comedia de Juan José Alonso Millán (que allí estaba en el coloquio, tan pichi a sus 82, historia viva de nuestro teatro) perfectamente convencional y estrepitosamente viva. Pues eso. La peli es del 67, vamos a quedar a tomar algo en 2071 en algún VIPS del purgatorio y vemos si ha envejecido mejor La geometría del trigo o Un roble, por ejemplo. O Los cuerpos perdidos, que me la topé ayer por casualidad, y ha envejecido tan rápido en cuatro meses que ya no recordaba ni el título. 

Dos.- Otra cosita que precisa defensa. El personaje de Eva Rufo (superlativa en Espejo de víctima) es la novia catalana del hijo del criptogay rural. Hijo que nunca conoció a su padre, porque la madre huyó despavorida con él a Barcelona en cuanto se enteró de que su marido se veía con otro. De ahí que sea catalana. Algunas cosas las dice en catalán, él responde a veces en catalán. Y aquí se pone en marcha un mecanismo diabólico. Vamos primero con lo que a mí me parece de sentido común. 

En este país se hablan varias lenguas, y hay millones de personas (sí, millones, no es una hipérbole) que mezclan constantemente en su vida cotidiana dos lenguas: el castellano y otra. Si no lo ha visto nunca, créame. MEZCLAN. Incluso cuando hablan con una misma persona. Anoche vi un programa de entrevistas en ETB que se desarrolla, en principio, en vascuence (no me impidan usar esa eufónica palabra porque la usó el franquismo; durante el franquismo también se decía "paraguas" y nadie le pone pegas). Pues bien, los entrevistados introducían aquí y allá,  con toda naturalidad, expresiones en castellano. Esto ocurre siempre que dos lenguas coexisten, vayan a Nueva York y oigan hablar a los latinos. No es ya que se entremezclen frases, es que hay maravillosas frases Frankenstein que hacen picadillo la sintaxis, la gramática y el léxico de cada lengua para producir hamburguesas de exquisita factura exótica, prodigios de expresividad. Si un texto se pretende realista, lo artificioso no es introducir fragmentos en otra lengua, sino eliminarlos. ¿Me siguen? Quiero decir, simplemente, que si los personajes de La geometría del trigo hablan con acento meridional (con cuál es otro cantar, al 90% del público le basta y sobra con ese dato genérico) lo realista es que la novia catalana hable a veces en catalán, sobre todo en contextos de intensa emotividad. Mi bisabuelo decidió no hablar en vasco a sus hijos para evitarles discriminaciones futuras -aunque lo aprendieron igual- pero cuando se enfadaba se le escapaba.

Pues bien. Estamos en que, en este contexto realista, los novios se dicen algunas cosas en catalán. Demos un pasito p'alante. Olvidemos que un hablante culto de castellano entiende el catalán a bastante más del 50%. Olvídemoslo, de verdad. El dramaturgo coloca eso en otra lengua perfectamente consciente de que parte del auditorio no lo va a entender. Es un recurso dramático tan elemental -ahórrenme tener que decir "lícito"- como el vestuario o la música. "Aparece un personaje que habla en otra lengua que los demás no entienden". Puro realismo. Y aquí se desata la maquinaria diabólica. Gente a la que le parece muy mal que alguien diga cosas que ellos no entienden. Pregunta: ¿y si hablara en sueco? ¿Si fuera la novia sueca del hijo? Respuesta: a todo el mundo le parecería de perlas. "Llega la novia sueca y le dice cosas en sueco que no entendemos". Recurso dramatúrgico. Ah, pero es en catalán, y es ofensivo que alguien diga cosas en catalán que yo no entiendo.

Voy a ser comedido en estos tiempo de tremendismo. Esa reacción es una forma suave de xenofobia. Suave, he dicho. Si la ha experimentado, le recomiendo amigablemente que reflexione al respecto. Del mismo modo que es perfectamente normal que en el metro de Madrid oigamos hablar euskera, catalán o gallego, es igual de normal que -alguna vez- un personaje diga algo en esas lenguas en la ficción, viven aquí, con nosotros, en el mismo país. Lo verdaderamente RARO es que, durante decenios, eso no ocurriera en el cine, la tele o el teatro. O no pasaran casi nunca: tengo un vago recuerdo de Saza renegando en catalán en La escopeta nacional. ¿Recuerdan que hasta hace unos treinta años no había gays en ninguna parte? Pues es un fenómeno idéntico. ¿Que no entiende lo que dicen? No se preocupe, el dramaturgo no es idiota. Él sabe si se va a entender o no. El efecto está calculado de antemano. Just relax.


Troncoso, de espaldas, transmutado. Hasta las manitas están en personaje.
Tres.- No voy a extenderme en la crítica propiamente dicha, que ya ha pasado mucho tiempo y eso -tiempo- es precisamente lo que me falta. Pero quiero destacar algo que sólo los que tenemos una cierta edad (qué triste eufemismo) podemos apreciar. El personaje de José Troncoso parece salido del túnel del tiempo. Yo vi a los homosexuales del franquismo con estos ojos que se ha de comer la tierra. ¿Qué edad tiene Miguel Ángel Milán, el figurinista? Por las fotos que veo por ahí, no los vio. ¿Cómo ha podido calcar de esa manera lo que este hombre llevaría puesto? Y más aún: ¿Qué edad tiene Troncoso? No los vio. ¿Cómo puede reproducir de esa manera la gestualidad, la forma de hablar? Es el oficio de ambos, me dirán. No me importa, alguien se lo ha contado o es un profundo olfato de artista el que los guía.
P.J.L. Domínguez

          

martes, 16 de febrero de 2016

MEDEA

Sala: Teatro Español Autor: Vicente Molina Foix Director: José Carlos Plaza Intérpretes: Ana Belén, Adolfo Fernández, Consuelo Trujillo, Luis Rallo, Poika Matute, Alberto Berzal, Olga Rodríguez, Leticia Etala, Horacio Colomé (y, turnándose, los niños Mogiel Moragón, Candela Mayor, Jaime Huerta y Noah Redondo)  Duración: no la apunté...
La función ya no está en cartel

"La salvo a ella y a la puerta". Me quedé con las ganas de saber cuál de las dos
era "ella".

¿Saben? A veces escribo para la posteridad. Con toda humildad, ahora les cuento. Gran montaje, gran protagonista mediática, que si patatín de Mérida, que si patatán de José Carlos Plaza (un director de escena al que conocen hasta quienes no conocen directores de escena). Me da una pereza enorme ponerme a buscar ahora las críticas, pero apostaría a que todo son ditirambos.

Me corrijo. He encontrado la de Vallejo, y no es ditirámbica, tira más bien a lo críptico. Ésta de Otheguy Riveira se va ya decididamente a la adoración. Paso de seguir buscando y paso a explicarles lo de la posteridad. Llegará un día y se encontrará con casos como éste, con todos esos nombres de respaldo y docenas de críticas sobre lo maravilloso que fue el montaje. Ahí se sentará la posteridad ante una pantalla para ver el vídeo (si es que los vídeos siguen necesitando pantalla) y no se enterará de nada, porque el teatro en vídeo es como la paella congelada. Y entonces escribirá tesis y libros con la Medea de Plaza y blablablá. Y yo me digo: deja una botellita con un mensaje dentro, a ver si el proceloso mar cibernético y el padre tiempo tienen a bien depositarla en algún sitio y sembrar, al menos, el germen de la duda en esa señora tan importante que llamamos posteridad. Por eso me pongo ahora (dos meses después de verla) a escribir al menos unos parrafillos.

Escúcheme, Doña Posteridad: la Medea de Plaza fue un pestiño infumable, muy fácil de resumir. La resumió JM -que sabe más de teatro que yo, lo diré siempre- que me susurró a media función: "Sólo salvo a la puerta y a ella". No pillé si "ella" se refería a Ana Belén o a Consuelo Trujillo, pero valen las dos interpretaciones. La Medea de Plaza son Ana Belén, Consuelo Trujillo y una inmensa puerta dorada en medio del escenario. Me saltaré todo lo que las acompaña con cierta dignidad (por ejemplo los secundarios, que no estaban mal) y me iré directo al horror.

La puerta está bien, metafórica y hermosa. Incluso el montículo, arbolito incluido, plantado a la izquierda del espectador está bien. Pero el montículo tiene un uso estelar para los dos momentos la-novia-de-frankenstein. De verdad, no puedo darles idea. Medea, la hechichera, se sube al risco, y entra el efecto relámpago como en una función escolar. La túnica ondea al viento y ella aguanta a pie firme los destellos que le hacen pensar a uno en Ed Wood. De verdad, inenarrable. Yo soy ella, y me niego a hacer el ridículo ahí en medio. Espantoso.

Más espantos: la ropa de ellos (Jasón y Creonte). El vestuario es de Pedro Moreno, un gran artista. Pero es evidente que un mal día lo tiene cualquiera. Ellas, pase. Una cosa convencional, en plan tragedia griega montada allá por 1980 con dignidad estándar. Lo de ellos... Virgen santa. Entre Mad Max y Star Trek. Y me falta Jasón joven, un personaje mudo, semidesnudo y musculado que aparece con... un faldellín de leopardo. Las fotos no reflejan la magnitud del espanto, pero aquí les dejo una.


Bien, todo esto no es lo más grave. Al fin y al cabo, uno puede estar magnífico en medio de los relámpagos Ed Wood y el vestuario vulcaniano. Lo más grave son Jasón y Creonte, que vienen de otros planetas, distintos del que ocupan el resto de los intérpretes. ¿Qué le ha pasado a Adolfo Fernández? Les recuerdo que es el excelente actor de Naturaleza muerta en una cuneta. ¿De dónde ha salido Poika Matute? Los dos sirven para una cosa: para demostrar que Ana Belén podría largar su parte en un túnel del metro o subida a la montaña rusa, y le saldría igual de bien. Lo que hace esta mujer, enfrentada a dos actores perdidos en el hiperespacio de sus contracturas, es milagroso. 
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 12 de diciembre de 2014

CUANDO DEJE DE LLOVER

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: Andrew Bovell (traducción de Jorge Muriel) Director: Julián Fuentes Reta Intérpretes: Jorge Muriel, Pilar Gómez, Consuelo Trujillo, Pepe Ocio, Susi Sánchez, Ángela Villar, Felipe G. Vélez, Ángel Savín y Borja Maestre es Andrew Price Duración: 2.00'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que la función ya no esté en cartel)





Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

El mayor espectáculo del mundo no es el circo. El mayor espectáculo del mundo es el sucederse de los seres humanos sobre el planeta formando un tapiz en el que se cruzan la voluntad y la necesidad, la intención y el azar, el interés y los afectos. Eso pretende reflejar Cuando deje de llover, una historia que se extiende durante cuatro generaciones y que guarda, además, un secreto ominoso en su interior. Viene a ser un cruce entre Agosto, en su vertiente de saga familiar anglosajona, y Celebración, en lo que hace al secreto escondido. 

Fuentes Reta dio la campanada en 2013 con Los iluminados y parece confirmar que no le gustan las cosas fáciles. Aquí, se suceden los saltos temporales y espaciales en una narración repleta de brincos hacia atrás y hacia delante. Las ha dado casi todas: está bien cogido el tono, las interpretaciones son coherentes, el planteamiento escenográfico –combinado con el complicado movimiento de actores– soluciona los retos que el texto plantea. 

Sin embargo, las dos horas hubieran exigido más momentos focales que puntuaran el flujo narrativo, más subidones de intensidad y hasta, quizá, alguna explosión. Pero, a pesar de todo, esta llanura de colinas suaves es placentera de recorrer. Subrayaría el bellísimo monólogo de Diderot a cargo de Pilar Gómez y el simple y hermoso artificio que figura la montaña.

Y algunas cosillas que no cabían allí:


1.- Por si no han caído, les diré que Andrew Bovell es el autor de Babel (Speaking in tongues, llevada al cine como Lantana). Por una vez, y no se me acostumbren, voy a ser humilde. No voy a afirmar que es mucho mejor ésta, pero sí, desde luego, que a mí me ha gustado bastante más. En este enlace pueden ver cómo dejé Babel hecha unos zorros en 2012. Cuando deje de llover avanza, camina hacia alguna parte e incluso llega. Tiene, a pesar de su estructura no lineal, una intención más clara. Alguien dirá que más elemental y que soy un simple. Es posible. En cualquier caso, y por los motivos apuntados en la crítica de 2012, es más fácil sacar partido de ésta que de aquélla (pondré esas tildes hasta que me muera, que diga la RAE lo que quiera; me ha salido un pareado coplero). Cierto que tiene otras dificultades: los continuos saltos temporales y espaciales. Pero está bien escrita, así que el espectador tarda un poco, pero al final se orienta y sabe dónde y cuándo suceden las cosas y cuáles son los parentescos entre los protagonistas.

Villar, García Vélez, Ocio, Sánchez, Maestre,
Trujillo, Muriel, Savín y Gómez.
2.- Esto de los saltos temporales y espaciales prácticamente no admite términos medios.  Se multiplican las referencias escenográficas (una por cada tiempo y lugar) o se anulan y se confía en la capacidad interpretativa y en la sagacidad del espectador. Fuentes Reta ha elegido lo segundo. En un escenario vacío y con el público en los cuatro lados. Es una verdad repetida a voces que las llamadas salas configurables se terminan usando el noventa por ciento de las veces en la configuración más cercana posible a un teatro a la italiana. No llevo la contabilidad (cualquier día empiezo, cada vez amontono más neurosis), pero son contadas las veces en que la sala grande del Matadero -donde se puede hacer cualquier cosa- no se usa con el público frente al espacio de la interpretación. Ahora mismo, apenas recuerdo el Hamlet de Pandur y Los últimos días de Judas Iscariote de Black como ejemplos de aprovechamiento reseñable de sus posibilidades, aun con la conformación tradicional del público frente a la escena. 

Fuentes Reta se ha planteado de entrada la formidable complicación de los cuatro frentes y ha salido airoso de ella. Perdonen una perogrullada necesaria: poner público en los cuatro lados quiere decir que hay que imprimir a todo lo que allí suceda una orientación de peso análogo hacia las cuatro direcciones. O sea, una locura. Es, en efecto, una perogrullada, pero hay veces en que vemos espectáculos con el público sentado de manera no convencional sin que se sepa muy bien para qué, porque lo que ocurre es perfectamente frontal. Aquí, no: los intérpretes entran y salen por las cuatro esquinas del cuadrilátero; ocupan tanto el lugar central como los ángulos; meten y sacan los elementos escenográficos (mesas, sillas, una cocina que ven en la foto de arriba, las piezas de la montaña) también desde las cuatro esquinas; construyendo a veces un delicado ballet con esos movimientos; se colocan mirando hacia cualquier parte. Se comportan -en suma- como nos comportamos los seres humanos, que vivimos rodeados por 360º de espacio y sin someternos a la convención de tener un público enfrente.

3.- Estoy escribiendo este tercer párrafo dos o tres semanas después de haber visto la funcion. Tiempo suficiente para que los recuerdos se decanten y resalte lo que más nos impactó. Éste uno de esos montajes en los que la luz y la escenografía ocupan, al menos, tanto espacio en la memoria como la interpretación. Son, respectivamente, de Jesús Almendro e Iván Arroyo. Suyo es, en buena medida, el mérito de que la historia fluya con suavidad a pesar de los brincos espacio-temporales.


Pilar Gómez
4.- Las escuetas dimensiones de la crítica en papel me llevan a veces a tomar dolorosas decisiones. Como la de no nombrar a Susi Sánchez (una de mis debilidades) o a Consuelo Trujillo. Como cualquiera puede imaginar, están ambas estupendas. Preferí dedicar el espacio a Pilar Gómez, menos conocida, y de la que se me escapó Mejorcita de lo mío (y mira fue longeva). A ver si vuelve. Está perfecta, no sólo en el monólogo de Diderot y su bata, también en todo lo demás. Esto incluye la revelación del pastel, que corre principalmente de su cuenta. Ángel Savín abre y cierra la función; me gustó mucho, se lleva el personaje al naturalismo (y esto es también un acierto de dirección), a una especie de as himself que parece indicar: todo esto que ocurre en medio es la historia de mi familia representada en el teatro, pero yo soy real, yo estoy aquí en carne y hueso,  soy un señor gordito que se ha ido quedando solo, pero que tampoco se monta grandes dramas. Felipe García Vélez tiene un papel complicado: es supermajo y superbueno. Una cosa siempre difícil: lo compone con la hondura suficiente para que nadie olvide que eso de ser majo y bueno es una decisión consciente, jorobada de llevar a la práctica. Pepe Ocio es un tipo que me encanta (estaba fantástico en el Macbeth de Martret), pero me pareció que se quedaba un poco corto en el personaje de fondo más turbio. 

En fin, terminar esto me ha llevado casi un mes, pero tengan en cuenta que ha estado por medio el huracán de las entrañables fiestas. Ya pasaron. Prueba superada.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 20 de enero de 2014

EL HUERTO DE GUINDOS

Sala: La Casa de la Portera Autor: Anton Chejov (versión de R. Tejón) Director: Raúl Tejón Intérpretes: Felipe G. Vélez, Nacho Fresneda, Alicia González, David González Sabrina Praga, Consuelo Trujillo, Bárbara Santa-Cruz, Germán Torres y Carles Francino. Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Nacho Fresneda y Carles Francino.

Nada, parece que no hay remedio. Está definitivamente de moda cambiar los títulos. Me fui al Huerto de guindos convencido de que iba a ser una parodia de El jardín de los cerezos, y ni parodia ni nada (para parodia, involuntaria, parece que tenemos suficiente con Los áspides de Cleopatra). Como les decía a propósito de MBIG, ¿qué estarán haciendo los pobres documentalistas que tengan que archivar los programas de mano, la información en prensa...? Porque, aunque no lo crean, hay gente que se dedica a eso a jornada completa. 

La Casa de la Portera está íntimamente unida a Chejov: el exitazo de su apertura fue un Ivan-off (hala, otro título alterado) dirigido por Martret. Tejón recibió entonces numerosos elogios por su papel protagonista, y es el director ahora. No es de extrañar que se perciba un cierto aire de familia entre ambos montajes. ¿Estaremos asistiendo al nacimiento de una escuela? Nunca se sabe, el espíritu sopla donde le apetece. No me consta que haya dirigido antes. Si es su primer intento es, desde luego, notable. 


Además, tenía estilo el tío.
También la versión es suya. Ha eliminado algunos papeles menores y la ha dejado en cien minutos. Además de eso, hay un intento de ubicar la acción en nuestro país. Un intento inocuo, ni aporta ni molesta. Da exactamente igual que Lopakhin se llame López y que el diccionario se convierta en el Espasa-Calpe. Estos personajes son rusos hasta de perfil. Y, como bien saben, hay un tópico que asegura que nos resultan especialmente cercanos. Toda una ristra de afirmaciones por el estilo desde el siglo XIX sobre la supuesta vecindad del alma rusa a la del otro extremo del continente. Es posible, pero me pregunto si todos los demás europeos que quedan en medio no sienten a esta gente igual de próxima, por mucho que hoy pueda chocar tanta efusión sentimental o el promiscuo amontonamiento en el que ricos y pobres viven mezclados (y en el que el siervo besa a su señorito antes de acostarlo). ¿Chejov, a la vez, el último de los antiguos y el primero de los modernos? 


Repitan conmigo: Freud,
Marx y Marcuse... etc,
no eran completamente
idiotas.
Lo que no choca en absoluto es esa asfixiante atmósfera de fin de ciclo: él no lo sabía, pero nosotros sí, que cuando escribió esta obra faltaban diez años para que el mundo reventara en pedazos y se llevara por delante todos estos conflictos neurasténicos de sus personajes. ¿No notan una parecida sensación ominosa en el ambiente? Serán cosas de mi mal carácter, pero cada vez veo más gente alrededor que no sabe cómo disimularse a sí misma que no le gusta nada de lo que tiene, nada de lo que hace. Semejante abundancia sólo puede deberse, como en tiempos de Anton Pavlovich, a una contradicción (anda por Dios, perdón, se me ha escapado un término marxista, ya debo de tener a Echelon encima) cada vez más violenta entre nuestras necesidades y la vida que la corporación (digo, perdón otra vez, la sociedad quería decir) nos impone. Quién sabe. Lo peor de todo es, quizá, que, como Tropimov (que en la version de Tejón se llama Pedro y es Carles Francino), todo el mundo parece saber en el fondo lo que debería hacer para estar-en-el-mundo mucho mejor (si lo pongo así, con guiones, es como si entendiera de filosofía alemana), pero que casi nadie lo hace. Yo lo llamaría "surplús de represión", si no fuera porque Marcuse es otro apestado; si lo citas pareces idiota, y se ríen de ti hasta los que nunca han leído ni la voz correspondiente en la enciclopedia.

En fin, volvamos a lo nuestro. El Chejov de Tejón está bastante bien, tirando a muy bien. Pegas, lo que se dice pegas, no le encuentro ninguna, para ser excelente le falta sólo ese no-sé-qué que no se deja explicar con palabras. Quizá algo de tensión sostenida, más malestar, más... "egonezina". ¿Saben lo que es eso? Una fantástica palabra en vascuence para la que no conozco equivalente en otras lenguas: no-poder-estar. Desazón, podríamos decir. El jardín de los cerezos tiene que contagiar la neurastenia, la íntima inquietud que las falsas situaciones superpuestas provocan en los personajes.


Empezando por la última fila: González y Francino; González, Fresneda y Vélez; Santa-Cruz, Trujillo, Torres y Praga.
Algo que está superlativamente bien: todo el off que acompaña a las escenas. La Casa de la Portera casi impone la ficción de que el espectador está en el mismo lugar en el que se desarrolla la historia. En este caso, la casa de Liubov Andréievna Ranévskaya. El escenario no termina en la puerta del salón en el que uno está sentado, se prolonga por el pasillo, el otro salón, la puerta de entrada... Por tanto, pueden llegar ecos de todo lo que ocurre por ahí, o los personajes pueden atravesar el pasillo. Tejón ha explotado esto muy bien. Especialmente -pero no sólo- durante el tercer acto: la música y las risotadas de la fiesta suenan fuera, produciendo una fuerte sensación de ambiente real.


Bárbara Santa-Cruz
Los intérpretes bien; bien individualmente y bien en conjunto. Algunos, como si no hubieran abandonado el planeta Ivan-off desde que los vimos hace meses (ya les he dicho que el estilo de dirección está muy cercano). Es una sensación curiosa: parece que, mientras el tiempo pasaba, estos señores seguían viviendo en la Rusia prerrevolucionaria, pero en plena calle Abades. Me ha gustado mucho, pero mucho, Bárbara Santa-Cruz (Valeria / Varia), un mar en calma que todo lo lleva por dentro. Pero también Alicia González (Dunia / Duniasha), deliciosamente escandalosa, y Sabrina Praga (Ania). Consuelo Trujillo consigue sobrevolar la realidad sin parecer boba o hacerse odiosa, como pasa a veces con estas antiheroínas de Chejov (yo lo llamo el síndrome Melania). A Nacho Fresneda no lo había visto nunca en teatro, y el tipo es impresionante: qué aplomo. Sólo eché de menos algún matiz en Firs / Fer y en Piotr / Pedro, que van un poco a piñón fijo.

Nota final: fíjense en el fantástico repertorio de voces. 
P.J.L. Domínguez