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sábado, 2 de febrero de 2019

NEKRASSOV

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Jean Paul Sartre (traducción de de Miguel Ángel Asturias, adaptación de Brenda Escobedo) Director: Dan Jemmett Intérpretes: GJosé Luis Alcobendas, Ernesto Arias, Carmen Bécares, Miguel Cubero, Palmira Ferrer, Clemente García y David Luque Duración: 2.20'  
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Ernesto Arias, como Cary Grant (lean el último párrafo), y Carmen Bécares. (foto de Álvaro Serrano Sierra)

SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Hala, otra vez. Coro unánime por Nekrassov. Vidales en El País, Losánez en La Razon y -creo, sólo pude echarle un vistazo- Villán en Metrópoli. Renuncio a buscar más. Coro unánime de la crítica, del público nunca conseguimos tener más que una visión intuitiva. En mi función de ayer había bastantes butacas libres, y me dio la sensación de que el sopor era generalizado. El señor a mi izquierda, roncó. Literalmente. Aunque luego se puso de pie para gritar bravo, acompañado de algunos otros. La naturaleza humana es fascinante.

En una de esas críticas mencionadas leo que la pieza se representa poco en España, o algo parecido. Bueno, en España, en Sierra Leona y... ah, sí, se me olvidaba un lugar que tiene cierta relevancia en este caso: en Francia. El único sitio del universo conocido en el que Nekrassov se representa menos que en el planeta Tierra es en Titán, la luna de Saturno célebre por su dedicación exclusiva al teatro de entretenimiento y la prohibición del teatro intelectual. Viene al caso una perogrullada muy útil que conviene no perder de vista: cuando un grande de la literatura mundial tiene obras de teatro que nadie en su sano juicio monta... lagarto, lagarto. Es difícil que tanta gente de talento a la búsqueda siempre de ideas originales rechace -no sabemos cuántas veces, porque lo hace en la intimidad de su hogar- las creaciones de los indiscutibles, sin que tal continuada unanimidad, que atraviesa las décadas y, a veces, los siglos, tenga algún fundamento. Nos zurraron hace poco una contundente demostración de este principio lagarterano (de lagarto) con aquella peregrina idea de mostrar el teatro completo de Vargas Llosa. Yo cito siempre El sí de las niñas (sin pretender que Moratín sea un grande de la literatura mundial): todas las generaciones de españolitos aficionados al teatro pasan por la experiencia de verla una vez... y entender por qué no se hace nunca. Y ya están todos ustedes pensando en Cervantes, así que para qué liarme.

No me voy a meter ahora en una valoración general del teatro de Sartre. Me limitaré a unas pocas preguntas. ¿Si Sartre hubiera dejado sólo su producción dramática ocuparía ese lugar de indispensable del XX que ocupa ahora? No. El teatro es secundario en el conjunto de su producción. No cuantitativa -que también- sino cualitativamente. En su teatro, ¿cabe distinguir lo importante de lo accesorio? Cabe. Seamos serios: lo único que está vivo (en el sentido de que se monta con cierta frecuencia) es À huis clos, La putain respectueuse Les mains sales. Y digo "cierta". Y digo en Francia, no en Manchuria. Y me atrevería a decir que, de las tres, la única que no necesita de intervenciones más o menos masivas para hacerla atractiva al público general de hoy en día (y no a los obsesos de la cosa como ustedes y yo) es la primera.

Y volvemos ahora a Nekrassov. Busquen, busquen representaciones, que no las encontrarán. Si, una en Thêatre 14 en 2007 (creo que es una sala muy dedicada a los raros, me fui yo una vez expresamente a ver La reine morte de Montherlant, una de mis manías). Sí, seguro que Noséquiénmuyimportante la montó en Quebec hace diez minutos y no me he enterado. Pero estamos hablando de cuestiones estadísticas, y les va a costar lo suyo encontrar algún fragmento en Youtube, por ejemplo. O simple reseñas críticas colgadas en la red. La búsqueda "Jean Paul Sartre A Huis Clos" arroja casi un millón de resultados. "Jean Paul Sartre Nekrassov", 29.000, deben de ser, más o menos, los que salen con "Maestro Churrero".

Ya, ya llego al asunto, no se me impacienten. Hace mucho frío fuera y la tele es un asco, lean con tranquilidad. Imaginen un espectador culto que va al teatro a ver... A SARTRE. Sabe que Sartre es un indiscutible, así que entra con la sumisión con la que entra uno a encontrarse con Esquilo o con Lorca. Y, claro, entre Sartre y un apellido tan impresionante como Jemmett, a ver quién es el guapo que se confiesa a sí mismo que se ha aburrido como una croqueta. Ahora viene Paco con la rebaja, como diría mi madre, y les quita la mala conciencia. Sartre es indiscutible por otros méritos, su teatro tiene un pase (sobre todo un valor de reflejo de su época y su trasfondo ideológico) y ha dejado al menos una obra relevante (A huis clos), pero Nekrassov es, sin duda, una pieza menor desde varios puntos de vista. Veamos cuatro:

1) Dos horas y veinte para este contenido, con una trama tirando a ingenua, eran masticables en 1955, en 2018 son insufribles. De todas formas, dense con un canto en los dientes: cuando comenzaron los ensayos del estreno la cosa se iba a las cinco horas. Esto mismo ya da idea de las dudas de Sartre respecto a lo que había parido. Además de eso, hay otro factor que avejenta considerablemente el impacto. El director del periódico, Palotin, era un retrato inconfundible y despiadado del director de France soir (les dejo una foto). La referencia está tan perdida como la actualidad del comunismo (vean el punto 4).

2) Sartre intentó una incursion en un género -una comedia disparatada que tira a veces hacia el vodevil y a ratos hacia la farsa- que le resultaba ajeno, y el resultado está muy lejos de hacer diana. Quienes mejor podían apreciar eso -los espectadores que estaban hartos de ver los modelos originales en el bulevar de al lado- lo tuvieron clarísimo. El único defensor que encuentro en línea, inicia su "defensa" con el reconocimiento de la opinión general: "¿Por qué elegir una pieza que nunca ha tenido muy buena reputación? Nekrassov, efectivamente, fue el primer verdadero fracaso de Sartre en el teatro. La crítica, con la excepción de Roland Barthes, destrozó la pieza, que fue retirada tras apenas sesenta representaciones".

3) Tanto la literatura promocional como las críticas posteriores resaltan la prodigiosa concordancia entre esta trama que saca las vergüenzas al periodismo y la actualidad de las fake news. Perdónenme todos, pero tengo la sensación de que nos tragamos con mucha facilidad los textos promocionales. Claro que la trama exhibe el descaro de un periódico dispuesto a lo que sea con tal de alcanzar su objetivo (derrotar a los comunistas en las elecciones), pero -como siempre decimos- las intenciones no salvan al teatro. ¿Es bueno denunciar los manejos de la prensa canalla? Sí. ¿Es por eso buenísima Nekrassov? Ni Nekrassov ni nada es bueno por eso. Hay sopocientas películas americanas  que denuncian lo mismo y le dan mil vueltas. Me da mucha pereza ponerme a recordar ahora, así que sólo menciono El gran carnaval y me quedo tan ancho. Me aburre muchísimo esta táctica, vieja como la tos y previsiblemente inmortal, de agarrar el rábano por las hojas: esta pieza es buenísima, porque fíjense la que tenemos montada ahora con (el género, los carriles bici, la caza, los toros, el populismo, Venezuela, el procés... pongan lo que quieran) y, precisamente, va de eso. No es un mérito artístico, puñeta.

4) La intención de Sartre es evidente: pretende desenmascarar las formas burdas de anticomunismo imperantes en su época. (Bueno, y en la nuestra: a mí me llamaron una vez estalinista completamente en serio por escribir unas cuartillas que organizaban un asuntillo de gestión burocrática).  Estamos hablando de los años cincuenta, de la Guerra Fría, de los tiempos duros en los que los comunistas eran retratados como tipos que se comían a los niños crudos. Pero la época no estaba para sutilezas, y el comunismo era -para todo el mundo- la URSS (si es que aquello fue comunismo, que es otra copla). Y, como bien dice el programa de mano, la URSS invadió Hungría diez minutos después del estreno. Así que Sartre quedó como aquel personaje de Mel Brooks que llevaba media vida en la Bastilla por haber dicho una vez que los pobres no eran tan malos. Esa distinción elemental entre la idea y sus perpetradores podía desarrollarse en un ensayo, pero no se apreciaba en una farsa.
* * *
¿Y qué ha hecho Jemmett? Errar el tiro desde el primer segundo. No sé cómo sería el estreno (las poquísimas pistas de propuesta que veo en línea parecen hundirse en el mismo agujero de Jemmett), pero llamaron a Louis de Funes (lo echaron en los ensayos y tuvieron que pagarle 250.000 francos de indemnización), un maestro insuperable en encajar personajes inverosímiles en comedias pasadas de revoluciones, pero ancladas en lo verosímil. El tono, claro, me refiero al tono. Lo que hay detrás de Sartre son siglos de refinamiento y sutileza en el humor. Ya saben, Voltaire y todo eso. Nekrassov, que es menor, pero no un pestiño, está repleta de réplicas que demandan una caída de ojos, un encogimiento de hombros o un suspirito, no estos constantes alaridos, braceos y composiciones de personajes clownescos. En mi modesta opinión, esto sólo saldría adelante como una finíiiiiiiisima comedia de humor suave y explosiones aisladas. Y cortando un buen trozo, desde luego. Imagínense por un momento que lo monta Flotats. Pues eso.
* * *
Los intérpretes, estupendos. Hay talento a chorros en ese elenco. Palmira Ferrer hace, en travestí, un anciano que, incluso en medio de este show, tiene maravillosos destellos de realismo. David Luque, al que solo había visto en Las dos bandoleras (y no muy bien), y Alcobendas (uno de ésos que lo hacen todo bien siempre) son, en sus escenas juntos, los que más hacen añorar una dirección más delicada, hubieran hecho maravillas. Cubero está más cerca de Ferrer cuando hace de anciano y lamentablemente ubicado en el clown cuando hace del inspector Gadget. La culpa no es suya. Compone perfectamente al poli apayasado (se llama Gobelet, no Gadget, claro), probablemente como se lo han pedido, pero está fuera de lugar. Como Clemente García en el otro policía.

Párrafo aparte para Ernesto Arias. Ya me impresionó en El corazón de las tinieblas. Me parecio uno de esos actores que, con la edad, parecen ir multiplicando sus capacidades. En Nekrassov se produce un efecto alucinante. Salta a la vista de tal modo, que me extraña que no lo haya dicho nadie. Hay momentos en los que está clavado a Cary Grant. Clavado. De físico, de actitud. La típica composición de golfo simpático. El momento en calzoncillos, ligas para los calcetines y batín de seda es tan estrepitosamente evidente que tiene que haber sido buscado. ¿Se imaginan lo que hubiera podido ser eso si se hubiera colocado en esa comedia fina dirigida por Flotats que he sugerido más arriba? Mucha atención a Arias, que cualquier día hace algo monumental.

martes, 25 de septiembre de 2018

TIERRA BAJA

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Àngel Guimerá (adaptación de Pau Miró y Lluís Homar, con la asesoría de Xavier Albertí)  Director: Pau Miró Intérprete: Lluís Homar Duración: 1.20' 
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Foto de David Ruano
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

DESNUDO AL POZO

Algo dije –con la Ifigenia de Hervás y el Primer amor de Arquillué- respecto a los proyectos sustentados en la iniciativa de un intérprete que se tira desnudo a un pozo, cuya profundidad desconoce, para encontrar un surtidor. Es atacado por una obsesión, para eso es artista, y termina arrastrando a todo el que tiene que arrastrar para materializarla: no es lo mismo pintar un cuadro que subirse a un escenario, para esto hay que implicar a mucha gente. He visto desastres con ese mismo guión, pero si la operación sale bien, huele de lejos a implicación, verdad y vida.

    Homar tuvo la marciana idea de representar Tierra baja él solito. La adaptó con Miró y (ojo al dato) buscó el asesoramiento de Xavier Albertí. No pillaríamos ni media sin la excelente adaptación, porque hace los cuatro papeles centrales de la función (el cruel amo, la querida utilizada, la amiga candorosa y el enamorado inocente) sin disfraces, sin vocecillas o vozarrones, con el mínimo apoyo de algún objeto. Ahora es éste, ahora es aquélla. Con una interiorización del texto y una maestría en el gesto tales que el espectador necesita apenas un instante para entender quién habla. Incluso quién mira. Me recordó a la Espert en aquella imborrable Violación de Lucrecia. La función es igual de memorable. Lástima (mucha) que no la veamos en catalán.

Y una sugerencia que no cabía ahí. Los teatros estatales hacen últimamente UNA representación en la lengua cooficial original de la función. Una no es gran cosa, pero ya es algo. Me encantaría ver esto en catalán en la Abadía, igual resulta que hay público suficiente y se llena la sala. Vemos teatro EN RUSO con sobretítulos. Y cualquier hablante culto de castellano entiende al menos el 80% del catalán pronunciado con dicción de actor. ¿Se imaginan poder entender el 80% de lo que nos dijera en ruso el tío Vania? ¿Imaginan un placer intelectual mayor que ése? La vida nos ha puesto gratis al alcance de ese 80 a Guimerá, la Cataluña profunda y las pasiones expresadas en la lengua en que se concibieron. Otra esfera, otro mundo. Y nos da lo mismo, preferimos que nos la remonten y nos den el trabajo hecho. En fin, para todo hay gustos.

Nota final: nada dije de la escenografía de Lluc Castells, y es casi media función. El cajón blanco que ven en la foto desvela al fondo, cuando se corre la cortina, un muro de mampostería con algo de vegetación y un estrecho corredor de tierra. Lo dice todo. Castells intervino también en Tierra de nadie, también de Albertí, y llamé a lo que hizo entonces "joya escenográfica". Tampoco es exagerado decirlo ahora. Hizo otra maravilla con Temps selvatge, también de Miró y Albertí, pero la vi en Barcelona, y como este blog se subtitula "teatro en Madrid" y soy tan rígido como el chiste de los Rólex y las setas, no les conté nada. Sólo me queda desear que Miró, Albertí y Castells sigan trabajando juntos.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 8 de mayo de 2018

TIEMPO DE SILENCIO

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Luis Martín-Santos (versión de  Eberhard Petschinka) Director: Rafael Sánchez Intérpretes: Sergio Adillo, Lola Casamayor, Julio Cortázar, Roberto Mori, Lidia Otón, Fernando Soto y Carmen Valverde Duración: 1.55' 
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Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

SIETE FANTÁSTICOS

Ahí estaba Tiempo de silencio, erguido en nuestro siglo XX como un gigantesco monolito en medio de un barrio de chabolas. Esperaba a que se atrevieran a ponerle carne en un escenario, cuando José Luis Gómez se sacó de la manga a Rafael Sánchez. A pesar de su nombre, un suizo que viene del teatro en alemán. Feliz idea. Con el concurso de un excelente adaptador -Eberhard Petschinka- este nieto de españoles ha conseguido una puesta en escena diáfana, comprensible y hermosa, adjetivo manido pero insoslayable.


    A golpe de intérpretes, porque no hay casi nada más (discretísimas escenografía e iluminación de Ikerne Giménez y Carlos Marquerie, sonidos de Nilo Gallego). Estos siete fantásticos saltan de personaje y de escena sin baches, salpicando alguna breve licencia gestual y apechugando con los brincos de lo narrativo a lo dialogado y regreso. Esto era, quizá, lo más complicado, y se resuelve felizmente: sin desgarros, con las voces de los sucesivos narradores acompañando y espesando la atmósfera. Me resulta muy difícil destacar a nadie, aunque es imposible no mencionar a Casamayor, una de las más grandes de nuestra escena. Pero hay una pregunta obligada: ¿de dónde sale Sergio Adillo? Como dicen que dijo una vez Javier Vallejo, este hombre dará que hablar. Ah, se me olvidaba: el giratorio mejor usado que he visto en mucho tiempo.

Subrayo, meses después, el detallito de economía escenográfica: el director tiene a su disposición, ahí en la mitad del medio, un jugosísimo giratorio al que pocas almas se resistirían. Pues bien, tiene el temple de esperar una hora y cuarto antes de hacerlo funcionar, y no vean el partido que le saca luego. Eso es dominio de los tiempos, y lo demás, chistes.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 20 de abril de 2018

EUROPA, QUE A SÍ MISMA SE ATORMENTA

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Andrés Laguna Directora: Ana Zamora  Intérprete: Juan Meseguer (música: Eva Jornet e Isabel Zamora) Duración: 1.00' 
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Juan Meseguer, en fotografía de Diego Conde

Siempre que veo algo así me pregunto si el responsable tiene amigos. Por "algo así" me refiero a un proyecto que, ya sobre el papel, mucho antes del primer ensayo, es evidentemente imposible. Por ejemplo, la versión de Sansegundo de El ángel exterminador que Portillo decidió poner en escena. Ni una Unión Temporal de Empresas entre los diez mejores directores de escena vivos hubiera sido capaz de disimular el tostón. Bueno, siempre hay medios, claro: el texto puede incluirse en off en la banda sonora y hacer una versión bailada.

Hipérboles aparte: ¿tiene amigos Ana Zamora? Veamos. Quién sabe a través de qué procesos, llega a la conclusión de que este discurso que Andrés Laguna pronunció en 1543 en la Universidad de Colonia encierra alguna posibilidad de desarrollo dramatúrgico. Ojito: dramatúrgico, digo. Resulta que el texto del programa de mano dice "sorprendente propuesta dramatúrgica", refiriéndose al acto de 1543, porque, al parecer, la conferencia (que no es otra cosa) se dictó a la luz de las antorchas y en una sala aderezada como para una ceremonia fúnebre. Esto indica ya una confusión entre churras y merinas. Una cosa es que se le diera un aspecto escénico y otra bien distinta lo dramatúrgico. Vamos al grano.

Es verdad que usamos "dramatúrgico" también para referirnos, en sentido extenso, a las cualidades de un texto literario no concebido para ser representado. Ritmo, cómo avanza el desarrollo, cómo se estructura el relato, dónde va el clímax... Basta, que ya me han entendido.  En ese sentido, el tostón de Laguna puede ser valorado "dramatúrgicamente". Vale, valorémoslo. Malo, malo, malo, como una vez me dijo un cirujano. Con todos los defectos de un siglo retórico y ninguna de sus virtudes. Vamos, que cuando lo largó en Colonia lo sorprendente de la propuesta en ningún caso podía estar en lo dramatúrgico sino, si me apuran, en lo escénico. ¿Me estoy poniendo en plan crítico chinche? Lo parece, pero no. Intento llegar a otro sitio. Claro que la palabreja despistada en el programa de mano no tiene, en sí, la menor importancia. Pero es un indicador del despiste mayúsculo, éste sí, "dramatúrgico". Sigamos por partes.

Potencialidad dramatúrgica del texto, cero pelotero. Por cierto, ni específicamente dramatúrgica ni genéricamente literaria ni nada. No pongo en duda que contenga conceptos precursores de la idea moderna de Europa (sobre la que se han escrito ríos de tinta, adoro esta manida imagen), pero no hará falta recordar a estas alturas que la buena literatura no lo es por lo acertado, excelso o precursor de lo que cuenta sino por CÓMO lo cuenta. El trasfondo de la obra de Dostoievski casi enterito se encuentra en toneladas de opúsculos píos de todo pelaje. El de la de Hugo en quintales de manifiestos sociales y políticos. El de ambos, en artículos filantrópicos publicados durante decenios en toda Europa que, amontonados, atascarían el Amazonas. Pero ningún bienintencionado autor de todo eso ha pasado a la historia de la literatura. Laguna podrá ser juzgado, por esta conferencia, un precursor del pensamiento político, pero no un gran autor literario. Ni, tanto menos, dramático. En este punto es donde me pregunto si Zamora tiene amigos, muy útiles en ese momento de "voy a poner esto en escena". Respuesta de amigo: "¿¿¿ESTO???"

Siguiente paso. Ya les decía más arriba que la UTE de grandes directores de escena siempre podría dejar un texto en off y bailarlo. En este siglo de literalidad (casi lo opuesto de la retórica del XVI arriba mencionada) comienza a ser oportuno decir que era una exageración irónica. Versión literal (y aburrida): siempre es posible una gran puesta en escena de un texto imposible. Es la famosa y eterna discusión sobre los Oscar al guión y a la película. ¿Hay alguna aportación dramatúrgica que esta puesta en escena sume al texto? Iba a decir "no", pero hay una: se intercalan breves interludios musicales (además de música de fondo) a cargo de dos intérpretes de órgano y diversos instrumentos de viento, que también cantan. No empiecen a hacer chistes, la del viento canta cuando no toca y, dicho sea de paso, es mejor que siga tocando y se abstenga de cantar en lo posible. (Por cierto: me extraña mucho que nadie lo haya observado, para gustos se hicieron los colores, pero esto no es opinable; y es menos de recibo en una compañía que hace gala de la exquisitez musical) En una escala de uno a cien, estos interludios aportan unos cinco puntos al interés dramatúrgico. No crean que es poco, piensen que todo el resto en conjunto no sumará más de diez. También agregan minutos, algo muy importante para los propietarios de la función, como comprenderán en el párrafo siguiente. En resumen, ¿qué añade la puesta en escena al deficiente material original de Europa que a sí misma se atormenta? Un pobre actor que se ha tenido que aprender el texto de memoria; unos compases por aquí y por allá; una túnica, una corona, un sombrero y un par de elementos de utilería; y un panel con proyecciones al fondo. Sí, me han entendido bien, el espectáculo teatral consiste en que nos largan la conferencia prácticamente tal cual, como si fuéramos el auditorio de Colonia. Sin antorchas. El riesgo de que algún espectador prendiera fuego al teatro era demasiado elevado.

No acaba todo aquí. Eso que les he descrito someramente (¿someramente?¿hay algo que yo describa someramente?) dura 48 minutos. Aaay, tenemos un problemilla. Según una regla no escrita pero que llevo decenios constatando, el 99% de lo que hay en el mercado -siempre me molesta la palabreja, pero es útil- dura más de 55. Esta norma tiene un curioso corolario: casi siempre que algo dura entre 55 y 60 minutos, la comunicación pública (o el responsable del teatro, si se le pregunta por teléfono) dice una hora, una hora y cinco o una hora y diez. Si dura hora y cinco, dirá hora y cuarto. Misterios del marketing. Volvamos a lo nuestro. Como el espectáculo ya era un prodigio de entretenimiento, diversión desaforada y jolgorio garantizado, a alguien se le ocurre endilgarnos una introducción histórica LEÍDA por un señor que la lee sin sombra de talento (también para leer hace falta) con una pomposidad digna de mejor causa que la vida y andanzas de Laguna en su carrera de médico en Europa. Repetiré lo que tantas veces les he dicho: el tiempo de cada uno de los espectadores es tan valioso que cederlo en el teatro sólo se justifica si lo que van a ver y oír aporta algo a la lectura realizada en la intimidad de su alcoba, cuando les sale del moño y al ritmo que les apetezca. Nueve minutos de historia minúscula leída en voz alta son una eternidad insufrible. Déjese un papelito en la butaca si tan importante se considera la introducción. Y ya que estamos: desconfíen de cualquier propuesta escénica cuyos responsables crean que la información periférica adicional es de vital importancia. El buen teatro no necesita de nada parecido. ¿Se imaginan una representación de Hamlet precedida por una lectura en voz alta de la biografía de Shakespeare o de un análisis del teatro de su época?

48 + 9 = 57. Así, sí. Superado el mágico listón de los 55 minutos ya es un espectáculo homologable a los estándares en vigor. Les desearía de corazón que esos nueve minutos iniciales hubieran sido un privilegio para los asistentes al estreno, pero me temo que no: salen en créditos.

Sí, siempre exagero. A veces más, a veces menos. Soy un cultivador de la hipérbole, porque me parece que en esta época sobresaturada de estímulos o va uno fuerte o se pierde en esa sopa tibia de las opiniones para salir del paso. Eso tiene un precio: cualquiera puede (porque no le alcanza el cacumen para entender dónde está el meollo y dónde el estilo o porque, interesadamente, le conviene) atribuir a mi mala uva o desaforado tono la opinión que pueda molestarle. Pero me consta que tengo lectores inteligentes que saben que si escribo "habría que colgar por los pulgares a este tipo y dejar que se seque al sol" estoy diciendo que no me gusta lo que hace y no le deseo el menor mal. Para ellos escribo. Pues bien, en los párrafos anteriores no hay la menor exageración voluntaria, o sea: cometida por motivos estilísticos. Si hay alguna, se me habrá escapado porque la pluma (o la tecla) también tiene rutinas. Europa que a sí misma se atormenta, cuyo único acierto es incluir el verbo "atormentar" en el título como pista de lo que le espera al respetable, no es malo en el sentido en el que otros muchísimos espectáculos criticados en este blog eran malos. Es más que eso. Es incomprensible. Procuren tener amigos sinceros que les avisen de los barrizales en los que no hay que meterse. (Anda, mira. Acabo de referirme, sin querer, a lo que yo mismo hago con ustedes: les aviso de dónde no deben meterse).

Les voy a proponer un delicioso ejercicio intelectual. Después de leer esto, vayan a lo de Carlos Herrera Carmona, que califica la misma función que yo vi de "osada y lírica, osada y combativa, osada y didáctica, osada y reivindicativa, osada y tierna". Cuando he pensado que en lo de OSADA estamos de acuerdo me ha dado un ataque de risa de los de carcajada limpia perfectamente solo. Luego lo llama "lección teatralizada o teatro aleccionador", que me parece espantosamente peor que lo mío, casi un insulto.  Luis de Luis Otero dice que es "una de las funciones de la temporada". Sin duda, aunque me temo que pensamos lo mismo por motivos opuestos. También le ha gustado a José Miguel Vila. Ahora que he descubierto este pasatiempo de buscar en quien opina lo contrario el detalle en el que estoy de acuerdo, encuentro que da en el clavo en lo de que el público estaba "absorto y atónito". Así mismo estaba yo. Acabo ya, que la risa no me deja seguir tecleando
P.J.L. Domínguez

Les dejo un extra: los responsables del espectáculo,  explicándolo. En realidad, lo pongo porque soy malo malísimo. Rara vez es capaz el vídeo de transmitir la verdadera esencia del teatro, pero estos fragmentos que han insertado ahí les van a anunciar perfectamente lo que les espera.
          

lunes, 22 de mayo de 2017

LA TERNURA

Sala: Teatro de la Abadía Autor y director: Alfredo Sanzol Intérpretes: Paco Déniz, Elena González, Natalia Hernández, Javier Lara, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)

Trancón, Déniz, Hernández y Lara

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

DE CARNE Y HUESO

Sanzol ha tomado las comedias de Shakespeare, ha deducido sus leyes y reproducido (que no parodiado) el estilo, y le ha salido La ternura. Podría esperarse un engendro ortopédico sin alma o, a lo sumo, un ejercicio de estilo, un pastiche culto. Es mucho más, porque, antes de esta operación, Sanzol compartía ya con su modelo una fecunda capacidad para el dibujo de los caracteres con el pincel de la comedia. Unos toques con ese instrumento le bastan para generar criaturas de carne y hueso que se agitan en sus pequeños dramas bajo la mirada compasiva de su creador. Y de la nuestra, porque nos reconocemos en las mismas manías y obsesiones de la trama sencilla, llena de magia y humanidad, en la que resuenan La tempestad, Cuento de invierno o El sueño de una noche de verano.


    Me veo al final rodeado de caras sonrientes que buscan las miradas ajenas, y es que La ternura provoca exactamente eso: una corriente de ternura hacia los personajes y –de rebote- hacia nosotros mismos. Sanzol ha escrito para sus intérpretes, y se nota: no hay uno que no tenga varios momentos de gloria. Pero son quizá los dos personajes de más edad los que más jugo sueltan, por su mayor contraste de sentimientos. Elena González da una lección magistral titulada “cómo hacer un papel cómico sin perder la seriedad un instante” y Lumbreras compone un payaso admirable.

Y lo que no cabía allí:


Mientras nadaba esta mañana pensando en la función, se me aparecía refulgente una cosa que ha pasado desapercibida. Esto no se podía hacer con otros actores. Estoy siendo irónico (mejor advertir): lo ha dicho todo el mundo. Es una manera de hablar, claro está, siempre se puede hacer con otros. Lo que queremos decir con esa expresión es que la pieza parece parida expresamente para los seis, porque los intérpretes se amoldan tan bien al texto que parece que sea el texto el que se les amolda. Bueno, en este caso, hasta probablemente será así, siquiera en parte. Sanzol ha trabajado con gente que conoce muy bien. En cualquier caso, escriba con los actores en mente o perfectamente a su bola, el efecto es muy intenso esta vez. Como si la pieza les perteneciera.

Se me ha ocurrido que tendré lectores a los que les apetecerá echar un vistazo a cosas que hayan hecho con anterioridad, así que voy a dejarles los enlaces a las entradas que los mencionan.

Paco Déniz: Jardiel, un escritor de ida y vuelta, Vida de Galileo, Esperando a Godot (lo único que no le he visto redondo a Sanzol).

Elena González: Serena apocalipsis, Enrique VIII . Como apunto en la crítica en papel, esta mujer se las ha arreglado para representar con la misma majestad la Catalina del Enrique VIII y la Reina Esmeralda de esta comedia. Sólo que aquí se las arregla para hacer reir sin mover una ceja. ¿Cómo? Misterios de la interpretación. Suelta lo de "Tengo un plan" como para convertirla en una de aquellas frases del Un, dos, tres que todo el país repetía el lunes.

Natalia Hernández: Carlota, El lindo Don Diego. La mujer de la voz mágica. Como Esperanza Pedreño, se la puede llevar a un registro casi grotesco de efecto cómico o a la modulación aterciopelada de las dobladoras de Lo que el viento se llevó. Si hubiera nacido en Wisconsin, la conocería todo el planeta. Una reina de la comedia esperando todavía -me temo- un grandísimo papel protagonista. ¿La Mujer asesinadita? Algo así.

Javier Lara: Todo el tiempo del mundo. Vaya, estoy seguro de haberlo visto en más cosas, pero he debido de olvidar etiquetarlo. No encuentro un maldito curriculum en red. Snif.

Juan Antonio Lumbreras: Esperando a Godot. Lo vi en El inspector, pero tengo esas críticas sin subir (qué pereza). También en Locos por el té -la pieza no estaba a su altura- y en la estupenda, extraña y desapercibida Canícula. Juraría que he visto más cosas suyas, pero no las encuentro ahora... qué desastre.

Eva Trancón: Estaba a punto de decir "no conocía a Trancón" cuando he pasado por Canícula. Miren lo que escribí sobre ella: "Las dos están de muerte, no me explico cómo no había visto nunca a Eva Trancón. Actúa en el Edipo de Sanzol, que evito desde antes del verano, porque me da una pereza tremenda una función que -por lo que me han dicho ya varios chivatos de mi confianza- no pasa de ser una lectura dramatizada. En fin, a lo mejor voy por confirmar esta excelente impresión sobre la actriz. Perdonen el tópico, pero no puedo evitar verlas a ambas en unas Criadas entre siniestras y bufas". No vi el Edipo, así que La ternura me ha servido para la confirmación: esta mujer es la bomba, qué aplomo.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 21 de mayo de 2017

SUEÑO

Sala: Teatro de la Abadía Autor y director: Andrés Lima Intérpretes: Chema Adeva, Laura Galán, Nathalie Poza, Ainhoa Santamaría y María Vázquez Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Me advirtieron, muchos y con insistencia. Pero allá que me fui. Ni pies ni cabeza. Una sucesión deslavazada de escenas pretenciosas, reiterativas y faltas de la menor chispa. He visto en Lima a un excelente director cuando se ha sometido a las normas de género, pero si da rienda suelta a la iniciativa -llamémosla así- experimental, el resultado es imposible. Lamentablemente, éste se parece mucho más a Capitalismo, hazles reír que a Las brujas de Salem (era un Lima estupendo, pero acabo de darme cuenta de que no colgué la crítica, a ver si lo hago mañana). Si hubiera que salvar algo -desde luego, el aspecto visual decididamente no- sería la música.

Espero que mi sacrificio sirva para algo: ni se les ocurra. Avisados quedan.


Ah, olvidaba mencionar algo que me resulta muy antipático. El name dropping en el programa de mano. Es como suscribir una póliza de seguro, de manera que sea muy difícil toserle a algo que tiene (o simula que tiene) el respaldo de tanta gente importante. Sé que puede estar hecho con la mejor de las voluntades (agradecer, como se indica), pero termina pareciendo -como podía ocurrirle a la mujer del César- otra cosa.
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 29 de marzo de 2017

HE NACIDO PARA VERTE SONREÍR

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Santiago Loza Director: Pablo Messiez Intérpretes: Isabel Ordaz y Nacho Sánchez Duración: 1.20'
La función ya no está en cartel




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

INMERSIÓN

Messiez ya movía Todo el tiempo del mundo en regiones lindantes con el melodrama, para el que suponemos que los argentinos tienen una proverbial habilidad. Santiago Loza, también argentino, desarrolló en He nacido para verte sonreír una situación no menos proverbialmente melodramática: una madre se despide del hijo al que debe ingresar en un hospital siquiátrico. Messiez se arremanga y monta un melodrama con todas las de ley. Ojo, no pretende acongojar a base de bramidos de sceneggiata napolitana (y estoy pensando en Festen), sabe que en este género la congoja está a un milímetro de la carcajada. Como le piden los cánones, adoba el invento con música (un bolero, Bizet, Bach…) sin cortarse en la dosis. Y el invento funciona.

    Ordaz brilla como lo que es: una estrella de primera magnitud. Hay tal inmersión en el personaje, un buceo a tanta profundidad, que me pregunto cuánto tiempo le cuesta salir después a su propia superficie. La estrella blanca tiene a su lado a otro intérprete que, sin texto, emite una radiación tan intensa como la de un agujero negro. Nacho Sánchez se reveló en La piedra oscura y no precisa aquí de palabras para confirmarse. Director, escenógrafo e intérpretes han parido un montaje que me parece que planea bastante por encima del texto que le da cimiento.

Y alguna cosilla que no cabía allí:


1.- Como les digo siempre, la memoria, esa encantadora mentirosa, hace prodigios con lo visto en un escenario. Subraya esto, difumina aquello. Sería fantástico hacer un modelo animado de cómo se va construyendo el recuerdo que acaba fosilizado para siempre. La vi hace exactamente veinticinco días, y lo que emerge ahora con más fuerza es la sensación de que no se podía hacer más y mejor que lo hecho por Messiez. También es verdad que, si me ponen Los pescadores de perlas, ya está la mitad del camino superada.

2.- Puse "escenógrafo" y era "escenógrafa". Eso fue un simple lapsus calami (¿lapsus clavis?), pero fue mayor estupidez no nombrar a Elisa Sanz (pinchen aquí y encontrarán referencias a unos cuantos de sus trabajos, aunque por cosas del etiquetado saldrá en primer lugar ESTA entrada; sáltensela). La escenografía representa una cocina hiperrealista rodeada por un ramaje seco con el que se ha confeccionado también la gran lámpara suspendida sobre la mesa. Una referencia cristalina al nido en el que esta madre ha criado a su hijo y del que ahora lo expulsa. La lámpara coprotagoniza -con Nacho Sánchez y la música- el que es quizá el momento más impactante de la función: una prolongada escena muda en el que el muchacho se sube a la mesa para escudriñarla (la lámpara) con ojos de pasmo ante la novedad absoluta de lo que ve. Es como si su cerebro no fuera capaz de recomponer la información fragmentaria que percibimos del mundo, para dar el paso siguiente de reconocer y nombrar.

3.- Le dije a la salida a JM "este chico va a ser un gran actor". Respuesta: "Ya es un gran actor". En efecto. Como ocurrió en La piedra oscura -donde conseguía destacar en posición secundaria-, no hay discusión posible sobre el protagonismo de Ordaz en la pieza, entre otras cosas porque él ni siquiera abre la boca. Pero no es menos cierto que vuelve a revelarse como un intérprete de primer orden. Estos papeles que incluyen discapacidad (desde el grado mínimo de una simple tartamudez hasta los grandes desórdenes mentales, como es el caso) se prestan a composiciones apabullantes e invasoras. Suelen ser vía privilegiada a los premios. A mí -que debo de ser un raro- me resultan cargantes casi siempre, porque omiten que, muy frecuentemente, la discapacidad no es evidente todo el tiempo. Sánchez ha dado con la dosis perfecta. Supongo que no tardaremos mucho en verle hacer un gran protagonista.

4.- Hay un reloj bien visible, que marcha con la función. O sea: mide en tiempo real lo que la función dura. Esto es una proeza que sólo puede calibrar quien ha intentado hacer algo parecido. La madre hace continuas referencias al tiempo que queda para que llegue el padre, así que el asunto no pasa desapercibido. Es una apuesta arriesgada, porque estas cosas pueden despistar al espectador y salir muy mal, pero sale muy bien.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 8 de diciembre de 2016

PREMIOS Y CASTIGOS

Sala: Teatro de la Abadía Autor y director: Ciro Zorzoli Intérpretes: Mamen Duch, Carolina Morro, Jordi Oriol, Marta Pérez, Carme Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico, Ágata Roca y Marc Rodríguez Duración: 1.20' 
(la función ya no está en cartel)


La foto de David Ruano no es del escenario de La Abadía, pero nos sirve. Son Mamen Duch, Carme Pla, Jordi Rico, Ágata Roca, Jordi Oriol (detrás), Albert Ribalta (delante), Marc Rodríguez y Marta Pérez. Falta Carolina Morro.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

 T de Teatre no es una compañía que se quede parada mucho tiempo en el mismo sitio. Por mencionar lo más reciente, después de Jet-lag, una sit-com televisiva que duró seis temporadas, atravesaron las regiones de Sanzol (Delicadas, Aventura) y Pau Miró (Dones com jo). El salto al planeta Zorzoli da la medida de sus ganas de aventura.

    Zorzoli cosechó un éxito estrepitoso en 2011 con Estado de ira, desternillante retrato de una compañía que debe adiestrar a la sustituta de la primera actriz en un montaje de Hedda Gabler. Premios y castigos es otro ejercicio metateatral que bucea en las relaciones entre la verdad y la verosimilitud, la realidad y la ficción, mostrando los ejercicios de interpretación de un grupo de actores. No hay un relato completo que preste una estructura de soporte, como era el caso del Ibsen mencionado. Sólo hacia el final, en el momento oportuno para ofrecer al espectador un hilo narrativo al que agarrarse, aparece un dramón rural uruguayo (Barranca abajo) cuyo texto se larga entre innumerables trompicones. Quizá por eso el aspecto general es más conceptual y menos amable. Pero la formidable pericia de los intérpretes y la sutilísima trama de interrelaciones entre los personajes consiguen armar un espectáculo excelente partiendo de una idea que haría temblar a cualquiera.  

Y lo que no cabía allí:

Como sucede a menudo, mi recuerdo de Premios y castigos ha ido variando a medida que pasaba el tiempo. A mejor. Lo decía en la crítica reproducida más arriba, pero no sé si la idea central quedaba suficientemente resaltada. La repito. El procedimiento es, en lo esencial, el mismo que en Estado de ira. Pero sin armadura narrativa. Allí, a trompicones y entre carcajadas, se reproducia la peripecia de Hedda Gabler. Aquí no hay tal apoyo. Se trata de un grupo de actores que salta de uno a otro ejercicio de interpretación, y esa ausencia de dramaturgia macro acaba pesando un poco. Así que, aunque mi consideración global por la pieza era buena y ahora es mejor, me parece -es sólo es una conjetura- que habrá gustado más a todo el que tenga que ver con el teatro que al público en general. Yo, que soy un cobarde, habría metido Barranca abajo antes.

¿Por qué habrá gustado más a "la profesión"? Primero, porque va precisamente de eso, y a todos nos engancha más lo que nos toca. Segundo -y en esto es posible que esté yo minusvalorando al público general- porque el aprecio de la dramarturgia micro apuntalando una función sin narración exige un metagusto de cierta sofisticación. Tercero, sobre todo, porque toda la pieza es un merodear constante alrededor de lo que la interpretación es o no es, con todos los personajes buscando -y reclamándose unos a otros- más verdad en las actuaciones. Nada más y nada menos que la cuestión central del teatro.

Pocas cosas más difíciles para un actor que encarnar a un actor que está actuando. Casi siempre, el remedo de actuación es la caricatura de una mala actuación. ¿Cómo hacer una buena interpretación de un actor haciendo una buena interpretación? ¿Cómo distinguirá el espectador el trabajo real del actor real del trabajo fingido del actor representado? Es una paradoja sin fin, un juego de espejos. Lo pensaba ayer viendo a Manuela Paso en La noche de las tríbadas, sin sospechar que hoy me pondría - por fin- a escribir sobre Premios y castigos, que, de principio a fin, no es otra cosa. Sólo se podía sostener sobre nueve estupendos intérpretes. Mencionaré primero a Carolina Morro para hacer un poco de justicia poética: tiene un papel mudo y lo borda. Es el último mono, entre regidora y asistente, y ya coloca la función en atmósfera antes de que comience, con su presencia fastidiada y rebotada en el escenario. Andújar ha acertado con la escenografía y el vestuario, pero me quedo con lo que le ha puesto a Muleta (así llaman todos al personaje): una cosilla vaporosa con mucha pierna vista que contrasta con la rigidez del resto del vestuario y subraya que a esta pobre la tienen con rancho aparte y sugiere una sensualidad espontánea frente a la gestualidad actuada y compuesta del resto. Me he vuelto loco buscándola en red, y nada hasta dar con Karolina Morro (con ka). Me temo que este curriculum está obsoleto, pero algo es algo. Es también la asistente de dirección. A ver si la vemos hacer otras cosas.

Ordóñez ha glosado mejor de lo que yo lo haría por dónde van los demás. A Ágata Roca la vi estupenda en Barcelona en Els veïns de dalt , en el papel que luego hizo en Madrid Candela Peña en Los vecinos de arriba. Allá donde Peña apenas pudo contra una dirección morosa, ella quedaba bastante más airosa. Con esas caras de mirada transparente que pone se cree uno cualquier cosa que diga. No sabría con quién quedarme del resto, todos están para comérselos en más de un momento. Citaré sólo a Jordi Oriol (otro del que apenas encuentro rastro en internet), que no estaba en la versión comentada por Ordóñez. También para comérselo.
P.J.L. Domínguez