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sábado, 27 de mayo de 2017

ENSEÑANZA LIBRE - LA GATITA BLANCA

Sala: Teatro de la Zarzuela Autores: Enseñanza libre: Guillermo Perrín y Miguel de Palacios (libreto) y Gerónimo Giménez (música); La gatita blanca: José Jackson Veyán y Jacinto Capella (libreto) y Gerónimo Giménez y Amadeo Vives (música) Director de escena: Enrique Viana Director musical: Manuel Coves Intérpretes: Roko, Cristina Faus, Gurutze Beitia, María José Suárez, Ángel Ruiz, José Luis Martínez, Axier Sánchez, Iñaki Maruri, Mitxel Santamarina, etc.  Duración: 2.00
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Gerónimo Giménez (el de La tempranica) y Amadeo Vives (el de Doña Francisquita) son indiscutibles. Pero no es menos indiscutible que estas dos son piececitas menores. No por ello carentes de interés. Uno termina por ver docenas de Revoltosas en la vida, pero ¿cuántas veces se le van a poner a tiro títulos como éstos? Como en el chiste, una o ninguna. Si les ha tocado dedicarse a la historia de los géneros habrán leído aquello de que la zarzuela intentó todas las vías de salida posibles en los primeros decenios del siglo XX: el verismo, la opereta, el musical a la americana, la revista... también el acercamiento a los géneros ínfimos y lo sicalíptico. De esto último, casi lo único que ha pasado al repertorio es La corte de faraón, ejemplo de que géneros menores pueden dar obras mayores (y viceversa: no habrá óperas nefandas ni nada). Así que la programación de dos juguetes eróticos que hicieron las delicias de nuestros bisabuelos, para enterarnos de primera mano de qué iba todo aquello, me parece una estupenda iniciativa. Aquí termina casi todo lo estupendo. Y si sólo le interesa la crítica pura y dura (bastante dura) del espectáculo, salte hasta las estrellitas separa-párrafos, que me voy a enrollar.

PARA SALTARSE EL ROLLO E IR DIRECTAMENTE A LA CRÍTICA, BUSQUE UNAS ESTRELLITAS COMO ÉSTAS:
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Dice el programa de mano que los chistes que contienen los libretos serían incomprensibles en algunos casos y, en otros, podrían ser tachados de machistas. Dice también que esto ha movido al director y autor de la versión, Enrique Viana, a hacer lo que ha hecho. Tanta sinceridad me conmueve. Y me hace rogar a los dioses que no encomienden al redactor del programa y a Viana el Teatro de la Comedia, porque si se ponen a eliminar los pasajes que podrían ser tachados de machistas se nos quedan los clásicos en clás, y gracias. Y como les dé por eliminar también el clasismo, el racismo, la apología de la violencia y de la tiranía y unas cuantas cosas más que se merecen la eliminación, pues nos quedan los títulos.

Vamos por partes. Nada que objetar a la actualización de los chistes. Es una cosa que hay que hacer hasta con Shakespeare. Pero en esto tendríamos que ver qué quiere decir "actualizar". Yo entiendo que hay que adecuarse al tipo de humor, a la finta mental que hace reír a una generación y no a otra, a eso tan sutil que hace que los finlandeses se rían de unas cosas y los sicilianos de otras. O a sustituir referencias a situaciones sociales y tipos humanos ya inexistentes por los que tenemos alrededor. Porque si estamos hablando de reírse de un par de políticos en activo con chistecitos de patas cortas cortitas, eso ya lo vimos en Cómo está Madriz y es para morirse de pena. En fin, nunca sabremos si los chistes de estas dos obritas nos hubieran gustado, los que se han escrito en su lugar hacen bostezar.

Y ahora, vamos con el machismo. Tomar una obra del patrimonio cultural y alterarla porque va contra los valores mayoritarios en un momento concreto se llama censura. Es igual que se haga por un lado o por el otro. Si viene un reaccionario y le pone trapitos a los frescos de Miguel Ángel, es censura. Si viene un progresista y altera las tramas machistas, es censura. Y es curioso que estas censuras de uno y otro lado coincidan con admirable precisión en un asunto: el sexo. Vamos a toda velocidad hacia un puritanismo de nuevo cuño: teóricamente opuesto al anterior -de derechas- porque teóricamente éste es de izquierdas. Encontramos ahora estas voces que mutilan en nombre del progreso y hasta en mi propia generación hubo quien representó versiones mutiladas sólo para chicos en los colegios religiosos. ¿Cuánto ha durado el oxígeno? ¿Cuarenta años? La operación de Viana y la de los jesuitas -con objetivos supuestamente opuestos- terminan en el mismo sitio: la esterilización. Antes de no mucho tiempo veremos a alguien defendiendo en los tribunales -como Flaubert- que las opiniones de sus personajes no son las suyas. Ya les conté que, a la salida de La lista, dos señoras se preguntaban indignadas cómo se podía reproducir en el teatro la vida de un ama de casa tan alienada. Como si no existieran. Me pregunto si, para terminar con la alienación de las amas de casa, es mejor que salgan en las piezas de teatro o condenarlas a la invisibilidad. Lo que no vemos no existe. Me pregunto si, para acabar con el machismo (o avanzar pasito a pasito, que la cosa va a llevar generaciones) es mejor exhibirlo en la ficción o aplicarle la damnatio memoriae. ¿De qué me habla, si nunca existió? Eso nos lleva a 1984. La de Orwell, digo, y su Miniver o Ministerio de la Verdad.

Pero voy a dar un paso más. Tenemos DERECHO a reírnos con cosas que transgreden las normas morales, incluso las normas morales en las que creemos más firmemente. Para mí, la igualdad de todos los seres humanos es algo tan sagrado, y me toca de manera tan visceral, que de vez en cuando arruino alguna cena por parar los pies a alguien ante el horror de mi cónyuge. Si un taxista (pobres, la mayoría encantadores, y los usamos para cualquier ejemplo) me empieza a hablar de "las mujeres" o "los inmigrantes", lo paro y me bajo (no, mi heroicidad no da para más, no estoy muy orgulloso). Pero, como ya se encargó Sigmund Freud de enseñarnos, cuanto más serio consideramos algo, más risa nos da tomarlo a chacota. ¿Es alguien machista por reírse de un chiste sobre mujeres? ¿Es alguien antisemita por reírse de un chiste de judíos? ¿Homófobo por los chistes de mariquitas? ¿Odia a las madres, o las considera seres inferiores, por partirse la caja con los chistes de madres? Muchas mujeres, judíos, gays, madres... de la más fina inteligencia disfrutan de lo lindo con ese tipo de humor. Alguien que se ríe de un chiste machista puede ser machista, pero no todo el que se ríe lo es. Este asunto está plagado de silogismos incorrectos que terminan produciendo represión, censura... y en último término campos de concentración. Lo que diferencia a una tiranía de una democracia no es lo que se censura (ellos censuraban mal, nosotros censuramos bien) sino si se censura o no, a secas. Por no meternos en una más gorda: la confusión entre la desigualdad y la representación de la desigualdad. 

Por supuesto, todo esto termina cuando se da de bruces con la apología. Hay que prohibir la apología de la desigualdad, pero la risa no puede prohibirse, porque es una prohibición liberticida. El humor es algo complejísimo de imposible reducción a normas. Un ejemplo, para cerrar esta interminable digresión. Sigamos con el machismo. Esta situación de Enseñanza libre producía en 1901, sin duda, una hilaridad que llamaremos de primera instancia. Risas sobre las intenciones -o las acciones, no lo sé- de estos señores en el internado que compartían su visión del mundo. En 2017 esa lectura sigue siendo posible, pero estoy seguro de que buena parte de los espectadores se reirían en segunda instancia. O sea, algo así como "mira tú si eran animales estos bisabuelos nuestros". Sin compartir su visión. Y ahora: ¿quién es el juez que distingue entre los que se ríen porque son machistas y los que se ríen del machismo? Es como lo de Benny Hill, denostado como la quintaesencia del humor machista, cuando -precisamente- ridiculizaba a ese rijoso e imposible personaje que se inventó. ¿Ustedes se reían de la utilización de las mujeres o del impresentable patán? ¿Nadie se ha dado cuenta de que condensar tantos ismos condenables en un, pongamos por caso, Torrente (el de Santiago Segura) es una forma mucho más efectiva de condena que cualquier explicación racional? Es como si condenáramos a Chaplin por hacernos reír con un remedo de Hitler en El gran dictador. Si me río ahí, ¿soy filonazi? En fin, como tantas cosas, ésta de la libertad de expresión es una de esas cuestiones que dejaré para escribir un libro airadísimo cuando me jubile. La igualdad de género es una cosa demasiado seria y demasiado necesitada de acciones en innumerables órdenes de la vida como para que gastemos pólvora en salvas, creyendo que eliminar la representación del machismo de los escenarios eliminará el machismo. Por cierto, en este mismo escenario hemos visto hace nada Juan José y Las golondrinas. Dos la-maté-porque-era-mía. Imaginen a Viana aligerándolas. La "operación Viana" terminaría con el repertorio desde Sófocles hasta Mihura, por lo menos.

Coda: leo a Viana en hoyesarte.com que algunos de los chistes "pueden ofender particularmente al [público] femenino". Es una frase que resume perfectamente las paradojas que rodean estas cosas. Es profundamente machista esto de que el machismo ofenda a las mujeres. Es exactamente la actitud de enviarlas al salón para que los hombres nos quedemos fumando puros y diciendo cosas abominables. Por Dios. Me imagino a mis amigas (pro-fun-da-men-te feministas) escuchando esto de que no pueden oír chistes machistas de 1901, porque se van a ofender particularmente ellas.

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Luces, cristales, brillos, espejos... dan algunos de los momentos visualmente
más logrados de la función.
Volvamos al teatro. Perdonaría las tijeras de podar si, al menos, el resultado fuera a alguna parte. De Enseñanza libre no ha quedado ni la raspa. Se ha modificado el texto para simular que los personajes preparan una zarzuela que es La gatita blanca, como si el programa doble no se hubiera inventado nunca (miren lo bien que lo hizo Lima con De Madrid a París y El bateo). El resultado es que el texto avanza trabajosamente hacia no se sabe dónde y, de pronto, entran unos números musicales extraviados, como si a alguien se le hubieran caído libros y partituras en la biblioteca de la Zarzuela y hubiera recogido papeles al azar. La gatita blanca queda mejor parada, aunque no pude evitar echar de menos los suculentos chistes que, según el programa de mano, se le habrán censurado como Dios -y tanto la conferencia episcopal como los progresistas del progresismo del rábano por la hojas- manda.

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Lo más bonito que se le suele llamar al público de la Zarzuela es conservador. De ahí, para arriba. Me parece a mí que podríamos ir rebajándole grados de ferocidad, porque si me dicen que en el templo del género lírico nacional íbamos a ver a una protagonista cantando

AMPLIFICADA

y que el público no apedrearía la fachada a la salida, no me lo hubiera creído. Pues como si nada. Amables aplausos de compromiso. El Teatro de la Zarzuela es el buque insignia de un género. Eso sucede con contadísimos teatros en todo el planeta. Debe ser referencia absoluta. ¿Ustedes creen que se puede microfonar a una cantante porque no le da la voz? Será que no hay cantantes líricas con las condiciones necesarias para salir ligeras de ropa, como exigen el género y el personaje, y -además- aportar la picardía que Roko no ha sabido interpretar. Docenas. Les he dicho más de una vez que nuestro repertorio lírico exige a menudo actores que canten, más que cantantes de altura, pero... que canten. A esta chica no le llega la voz. Éste es un despropósito mayor que el de la versión, y espero que el escándalo evite que vuelva a producirse. Me extraña mucho -y demos tiempo al tiempo- no leer ya las protestas de los cantantes líricos.

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Gurutze Beitia, sin duda, lo
mejor de la función.
¿Y la puesta en escena? Sepan que la acción se desarrolla en la platea (desprovista de butacas y con el piso alzado hasta medio antepecho de los palcos) y que se ha instalado un graderío en el escenario, donde se sienta el respetable. El respetable afortunado, porque los de los pisos ven una función que se desarrolla en su 80% dándoles la espalda (a pesar del giratorio). ¿Qué aporta esta disposición? Por mucho que me exprimo las meninges, la única ventaja que se me ocurre es que el público ve el suelo de espejos que, sentado en platea, no vería. Parece una flaca ventaja, pero debía de ser fundamental en las intenciones de los creadores, porque el resultado general recuerda mucho aquella frase de Chus Lampreave en La flor de mi secreto: "Esas sillas le gustan mucho a tu hermana. Como tienen dorao... ni que fuese gitana". No he apreciado una querencia parecida en mis queridos vecinos gitanos, pero si fuera cierta podríamos pensar que los autores del montaje, las acomodadoras (esto no es sexismo, sino descripción) y hasta el segundo flauta son de la raza calé, porque en mi vida he visto una función con más dorados, plateados, espejos, telas brillantes, cristales... Madre del Amor Hermoso. En fin, es verdad que es espectacular por momentos y que lo visual es el punto fuerte de una función más bien débil, pero termina por empalagar un poco (por ejemplo, en el momento en que los portadores de los poquísimos trajes medianamente discretos, el coro, despliegan unas... ¿cosas?... convenientemente doradas). Claro, el espejo del suelo lo multiplica todo por dos, así que para eso supongo que estábamos sentados en el escenario.

Para equilibrar esta ventaja -ya saben que no hay nada gratis en esta vida- se oye de pena desde ahí. La señora de mi izquierda se pasó la velada susurrando "pero si no se oye nada". En efecto. Añadan que -al menos en la representación que yo vi- las voces de todo el mundo provenían de la boca que las emitía, excepto la de Roko, que venía siempre de un punto situado a la izquierda, cercano al arco de proscenio. Mal balanceada.
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Para cerrar el catálogo, hay que mencionar la coreografía. Salvemos el número de las bañistas, en plan Busby Berkeley. La mayor parte de lo que queda es de una ramplonería apabullante. Subo el brazo derecho adelanto el pie izquierdo, subo el brazo izquierdo adelanto el pie derecho. Además de eso, cuando un cuerpo de baile está en funciones más bien de ilustrar, decorar, rellenar o llámenlo como quieran (que es el caso) dice el manual que el físico de los bailarines debe ser más o menos homogéneo y evitar los saltos de treinta centímetros en las estaturas. Y más: alguno, simplemente, no llega al nivel mínimo exigible.
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¿Qué nos deja esta doble función? Algunos momentos visuales construidos por la escenografía de Bianco y el vestuario de Corzo. La resurrección de la hilarante Habanera de los reyes godos de El trébol. Los esfuerzos de José Luis Martínez (un tipo que sirve para esto igual que para un Misántropo) y del gran Ángel Ruiz por encarrilar algunas escenas. El quinteto de cantantes del coro de la Zarzuela, que brilla en La gatita blanca. Y, sobre todo, la IMPRESIONANTE vis comica y la capacidad de colocar frases y caras de Gurutze Beitia. Hagan algo con esta mujer, cantando, no cantando, con Jardiel, con Coward, con Arniches o con Goldoni. Pero algo.

Viana es un tipo que sabe lo suyo de teatro, al que hay que respetar, y cuyo talento ha brillado en más de una ocasión (aún tengo pendiente la crítica de Le frigo). Una mala tarde la tiene cualquiera.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 10 de mayo de 2015

ANTÍGONA

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Sófocles (versión libre de M. del Arco) Director: Miguel del Arco Intérpretes: Manuela Paso, Ángela Cremonte, Carmen Machi, Santi Marín, Silvia Álvarez, José Luis Martínez, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Carmen Machi y Rául Prieto.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Lo accesorio es el ruido mediático que el Teatro de la Ciudad, iniciativa de Sanzol, Lima y del Arco, ha producido durante meses. Bienvenido sea el marketing si atrae al público, pero al espectador le interesa poco si el teatro se produce de esta o aquella manera. Lo esencial es el resultado. Mejor dicho: los tres resultados. A falta de ver a Sanzol, puedo decir que el balance se anota, al menos, una gran función y media. La media es la de Lima: gran función cuando actúa Aitana –que está impresionante-, gran patinazo cuando es él quien sale a escena.


    La gran función casi completa es la Antígona de Miguel del Arco. Digo “casi”, porque alguna cosa hay que desmerece del resto: un par de coros confusos, unas superfluas máscaras de luchador mexicano. 

En todo lo demás, brillan los actores y el enorme talento de quien los dirige. Carmen Machi es Creonte, pero no porque haga de hombre: Creonte es mujer. Está a su propia altura, y con esto lo he dicho todo. Grande en la confrontación con Manuela Paso, que le aguanta el pulso con bravura. Grandísima con Raúl Prieto, a quien nunca he visto mejor, y que enseña cómo se puede ser trágico sin perder la contención. La función gana vuelo a medida que avanza y alcanza su clímax con el vuelo literal de Antígona, que justifica a posteriori la escenografía y los tumultos del coro. 

Y lo que no cabía allí:

1.- A pesar de la enorme admiración que tengo por Miguel del Arco, el comienzo me asustó. "Es que los talleres son muy peligrosos", me dijo JM. Efectivamente, lo son. Metan a un grupo de personas a vomitar toda su potencia creativa en grupo, a dar rienda suelta a las ocurrencias, inventen entre todos gestos que simbolizan ideas que nadie más podrá deducir, pierdan de vista la necesidad de que alguien termine estableciendo dónde está el punto de llegada y... si se descuidan, les sale Capitalismo hazles reír. Esto del Teatro de la Ciudad tiene un parentesco evidente con aquel invento de Lima en el Price, de desastroso resultado. Tanto en el formato de los talleres como en su uso como herramienta de comunicación y publicidad (algo, lo de airear los procesos creativos con fines promocionales, que entre nosotros se inventó Almodovar). 

No seré yo quien niegue la utilidad de cualquier formato, incluido éste de los talleres en los que aporta hasta el Tato, dicho sea sin ánimo de ofender a nadie. Habitualmente, un director de escena reúne a un grupo de intérpretes y colaboradores (escenógrafo, iluminador, figurinista...) con una idea más o menos predefinida. Cada director y cada función son un mundo, y el grado en el que el director propicia y admite las sugerencias de los participantes es altísimamente variable. En esta ocasión -los responsables del proyecto se han encargado de explicarlo minuciosamente- la actitud era precisamente la de incorporar todo el caudal de aportaciones que se produjera en las sesiones de trabajo, vinieran de quien vinieran (si he entendido bien, incluso de quien pasara por ahí sin título de participante en la función).

No me cabe duda de que las acciones de este tipo pueden ser enriquecedoras en muchos aspectos. Son lugares de reencuentro de los artistas con su oficio, momentos de exaltación creativa, herramientas de formación de actores, y fomentan el ensamblaje de los actores entre sí y con el director. Pueden también suscitar el interés de determinado aficionado al teatro: el que se siente atraído no sólo por el espectáculo, sino también por cómo se crea. Hasta aquí, todo bien. Pero, y esto es una obviedad como un piano de cola, una cosa es, por ejemplo, un taller con intención formativa, y otra bien distinta un proceso encaminado a producir una función que se exhibe en un teatro, para público general y cobrando entrada. Quiero decir con esto que, desde ese momento, el juicio se desplaza necesariamente del proceso al resultado. Todo el interés que el proceso haya podido revestir no viene al caso cuando la luz se apaga y la función comienza.

Tampoco viene al caso quién haya podido implicarse. Lo digo, porque también se ha tenido buen cuidado en divulgar los nombres de las muchas e influyentes personas que han participado. Me cuidaré mucho de decir que el objetivo sea blindar de alguna forma el resultado (de dos maneras: apilando autoridad tras las espaldas de la autoría y consiguiendo que todos los implicados, como es natural, divulguen su opinión positiva), porque sería un insostenible juicio de intenciones. Pero es evidente que, con o sin intención, el efecto es ése. En otras palabras: el juicio equilibrado e imparcial con el que todos asistimos a la creación de un grupo de desconocidos es muy difícil de mantener cuando una de estas funciones "blindadas" arranca. En fin, hay que esforzarse por intentarlo.

Este primer punto casaba más en la crítica de la Medea de Lima, de la que algo les contaré, pero escribo esta primero y era imposible no decir nada. 

2.- Estábamos en que me asustó el comienzo: todos de negro, un grupo desordenado e intenso que va y viene, gesticulan, farfullan, se atropellan, se enredan con los cables que limitan el fondo del segmento circular que constituye la escena... todo muy de taller, todo muy de clásico rompedor de hace treinta o cuarenta años. "Oh, Dios mío, ha ocurrido, a del Arco se lo han comido los talleres y lo ha abducido el Lima de Capitalismo". Hasta que rompen a decir cosas de uno en uno, y comienza una función superlativa.  A la que le quedan algunos flecos prescindibles, ya se lo decía en la crítica en papel. El resultado global es muy fácil de sintetizar, y las tres o cuatro personas de mi confianza que me lo han comentado han coincidido en la misma fórmula: los coros no están bien pillados, pero el resto es magnífico. No he tenido tiempo de revisar a Sófocles, tengo la sensación de que del Arco ha hecho lo que le daba la gana, y ha hecho bien: el texto funciona como una serie de latigazos de intensidad creciente.


Debe de ser una foto de ensayo, pero da buena idea de lo que les digo de los coros.

3.- Cosas que ya se han dicho. a) La función es de la Machi. b) No importa absolutamente nada que Creonte haya cambiado de género (insisto, Machi NO hace de hombre; el nuevo tirano es una mujer). c) La escena con Raúl Prieto es completamente distinta con esta Creonte mujer. Más desgarradora. En esto no hay igualdad de género que valga. Por ahora, y me parece que por algunos siglos todavía, la relación de un hombre con su madre está mucho más cargada de energía explosiva que la que corresponde al padre. d) Por definición, cualquier buena función va a más, pero en ésta el efecto es especialmente evidente: Paso / Cremonte; Paso / Machi; Machi / Prieto. Al único que vi algo por debajo de sus capacidades fue a Santi Marín.

4.- Párrafo aparte para Raúl Prieto. Dije de él, cuando El misántropo: "Un actor excelente: estaba muy bien en la Señorita Julia de Narros, espléndido en La función por hacer, otra vez estupendo en Veraneantes... pero algo le pasa cuando no se controla. Estaba raro en El lindo Don Diego, abusando de una voz rasposa, y aquí amontona otros tics, como el de pasarse la mano por la cabeza insistentemente, como hacen algunos cuando están preocupados o nerviosos. Sí, el personaje podría hacerlo en la realidad, son de hecho gestos que uno ve a menudo en los noctámbulos que se han metido algo, pero en teatro lo real y lo verosímil se dan a veces de tortas." Pues bien, esta Antigona es quizá eso que suena tan relamido: la consagración de un gran actor. Uno respira con dificultad durante la conversación con su madre y deja de hacerlo definitivamente en el desenlace. No he visto a nadie suicidarse con más elegancia. Supongan que el montaje fuera un desastre y que todos los demás estuvieran de pena: les aconsejaría verlo, aunque sólo fuera por él. Después de esto, Prieto puede hacer lo que quiera.

5.- Del Arco es muy listo. Suficientemente listo como para esa "justificación a posteriori" que, a lo mejor, quedaba un poco críptica en las reducidas dimensiones de la crítica en papel. Ya les he dicho que los coros no están bien encajados. En alguno, apenas se entiende nada de lo que dicen. Pero entonces hay que encerrar a Antígona en una profunda cueva y, en un arranque de ingenio, en lugar de profunda cueva tenemos una aérea esfera que sobrevuela el escenario desde el principio (y que ahora se justifica), y la protagonista debe ascender, en lugar de descender, para ser encerrada en ella. El coro ata a Antígona a un arnés y evoluciona llevándola en vilo de uno a otro extremo del proscenio y elevándola en el aire en postura casi de crucifixión en una apoteosis paroxística. Por fin tiene sentido el delirio coral. No llega a redimir las apariciones anteriores, pero las dota de cierta significación dramatúrgica. Es como si "el taller" hubiera producido los tumultos y el director los dotara, en última instancia, de algún significado.

6.- Del Arco es muy listo. Ah, que ya lo había dicho. Se las ha arreglado hasta para introducir un comentario (escénico, claro, es como deben comentar los directores de escena) a todo el invento. Aparece Tiresias (Cristóbal Suárez) y empieza a soltar sus burradas retorciéndose, hablando con una extraña voz y -creo recordar- con un efecto de proyecciones. Yo -que me paso de listo a menudo- pico como el director espera que pique y pienso: "Oh Dios mío, vuelven los talleres, este chico ha propuesto esta voz colocada quién sabe dónde y hala, todos entusiastas", etc. Y en esto llega la Machi y le da el alto: "Con tanta puesta en escena no se entiende el mensaje". Se para la tontería, y Suárez se pone a hablar con naturalidad. No puede estar más claro. Del Arco habrá sido o no consciente -esto es lo de menos en una obra de arte- pero esto es una patada en toda regla en los bajos de un cierto modo de hacer teatro sobrecargado de intenciones y simbolismos de todo tipo que emerge con facilidad de estos procesos creativos de grupo. Le ha salido un chiste metateatral donde más convenía, en dos sentidos: en la progresión dramatúrgica de su pieza y en pleno centro del Teatro de la Ciudad. Autocrítica, humildad, humor. Repito: que es muy listo.

Este tipo de crítica suele terminar con la recomendación "vayan", pero no creo que sea posible a estas alturas. Me parece que no quedan entradas. Supongo que se repondrá.

¡Se me olvidaba! Una interesantísima versión alternativa de la misma historia en Eterno Creón. Está muy bien verlas seguidas.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 27 de abril de 2014

MISÁNTROPO

Sala: Teatro Español Autor: Molière (M. del Arco) Director: Miguel del Arco Intérpretes: Israel Elejalde, Raúl Prieto, Cristóbal Suárez, Bárbara Lennie, José Luis Martínez, Miriam Montilla y Manuela Paso Duración: 1.50' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)





Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Este Misántropo camina sostenido por dos elementos contrapesados en complicado equilibrio. En realidad, dos caras de una sola moneda. Sobre todo, una versión que se acerca al lenguaje y los asuntos de nuestro tiempo sin renunciar a buena parte de la retórica original: vemos a menudo quedarse en nada a los clásicos despojados de ella. Pero también una ambientación que funciona como una locomotora y que insufla energía constante a la dramaturgia. Escenografía, iluminación, vestuario (qué vestidazo, el de la Lennie), proyecciones y, de forma destacada, sonido, hacen verosímil la mencionada retórica en el callejón trasero de una discoteca. Gracias a una cosa, la versión, y a la otra, la ambientación, del Arco puede permitirse incrustar una poesía de Cernuda en medio de Molière –y en medio del callejón- sin que nada chirríe. Espectacularmente bien resueltas las cuestiones técnicas, que no son menores.


    Todo esto, por supuesto, sin olvidar el espléndido trabajo actoral que caracteriza a la compañía desde La función por hacer y Veraneantes. Sólo pondría algún pero a un Filinto quizá un poco sobrado de intensidad. Sin desmerecer a nadie, y menos que a nadie a Elejalde y Lennie, me quedo con la perfidia hipócrita de la Arsinoé que Manuela Paso encarna. No le hace falta abrir la boca, le basta con arreglarse un poco la blusa o el pelo para que sigamos la torcida senda de lo que piensa.

Y lo que no cabía allí:

1.- No sé si se les habrá pasado por la cabeza que Alcestes es uno de los santos patrones de los críticos. Un tipo que no está dispuesto a suavizar su opinión, por más que todas las consideraciones prácticas se lo aconsejen. Una vez me preguntó un amigo: "¿Tú por qué haces esto?"  Porque no puedo evitarlo. Porque está en mi naturaleza. Lo mismo que le pasa a Alcestes. La cosa no es ni buena ni mala en sí, es como decir que a éste le gusta el billar y aquel otro no soporta el pimiento verde. Molière presenta al personaje sin apenas consideraciones morales. No toma partido. Elianta y Filinto aprecian al tipo, pero en ningún lugar queda claro que esto de tener una boca chancla incapaz de contemporizar sea especialmente loable. Tampoco a mí, que en general tiendo a apreciar la función social de la mentira, me parece admirable en sí misma esta manía de decirle a la gente a la cara que lo que acaba de hacer es deleznable. Aunque sí creo a pies juntillas que es una función de gran relevancia. "Los críticos también se equivocan", dice el tópico. Inmenso error. Uno sólo puede equivocarse si la respuesta es indiscutible. "Dos más dos son cinco" o "Copérnico descubrió América" son equivocaciones. No es que los críticos se equivoquen, es que emiten opiniones, y su opinión no vale ni un gramo más o menos de la de una persona similarmente informada y de similar inteligencia. Que la opinión se publique o no, no aporta ninguna diferencia. ¿Dónde está su valor? Exclusivamente, en su independencia. Nadie dice lo que de  verdad opina a los creadores, si lo que cree es negativo. Prácticamente nunca. Viven rodeados de nubes de incienso. Se parecen en eso a los políticos. El valor de una crítica está en el alejamiento personal del crítico respecto al objeto criticado. Es, después, el soberano lector el que otorga mayor o menor credibilidad a la firma. Y, desde luego, todo se va al garete, todo pierde cualquier valor que pudiera tener, en cuanto el crítico establece vínculos afectivos de cualquier tipo con lo criticado. 



Todas las consideraciones que siempre rodean a este asunto están en Molière y, en esta versión, muchas de sus variaciones contemporáneas. Como cuando del Arco pone en boca de alguno de los personajes, yo diría que con profunda ironía, el reproche rey de los que un crítico suele recibir: hay crítica constructiva, pero lo que hace Alcestes es destructivo. Llevo años dándole vueltas a esto, sin encontrar una definición satisfactoria de estas categorías. Las puedo entender en lo familiar, en la pareja, en el trabajo... donde la intención puede tener su valor. No en la crítica artística. Entiendo la diferencia entre una buena crítica y una mala crítica. Habrán constatado (oh, sorpresa) que las críticas destructivas son siempre las malas (nadie ha oído hablar de una buena crítica a la que se le achacara ser destructiva, cuando, mira tú por dónde, es una categoría que yo considero abundantísima: la buena crítica destructiva, podría poner ahora mismo una docena de ejemplos). Y, además de eso, parece evidente que se pueden cargar más o menos los adjetivos. Por ejemplo, en España sería ahora mismo casi imposible publicar la citadísima “Katherine Hepburn recorrió toda la gama de emociones, de la A a la B”. Lo permitido sería algo así como "la protagonista está, quizá, un poco corta de expresión". (Vean otras frases gloriosas de este tipo citadas por Marcos Ordóñez). 

Dejemos la construcción para FCC, las críticas pueden ser positivas o negativas, inteligentes o estúpidas, crueles o suaves... pero lo único que se les puede exigir es sinceridad. Si son sinceras, construyen; es prácticamente una tautología construida sobre la definición de la crítica.


Qué-bue-nas Lennie y Paso. Vaya par de lagartas. Ana López las ha vestido
con lo que parecen emanaciones del alma de cada personaje.
En fin, estábamos con Misántropo, no sé si recuerdan. Hay un pasaje con el que me identifico tan completamente que no puedo resistirme a pensar que salga del sentimiento del propio Molière. No porque Molière se tuviera que parecer a mí, que las musas me perdonen, sino porque mi identificación me hace apreciar la nitidez con la que se dibuja la sensación, y se me antoja que tal dibujo no es posible si el autor no la ha sentido en sus carnes. Es cuando Filinto narra qué es lo único que han conseguido arrancar a Alcestes los encargados -de oficio- de calmar las querellas entre los nobles, para evitar duelos. Esto es lo que ha consentido pronunciar como excusa:

"Monsieur, je suis fâché d'être si difficile,
et pour l'amour de vous, je voudrais, de bon coeur,
avoir trouvé tântot votre sonnet meilleur". 

En traducción de andar por casa: "Señor, me fastidia ser tan difícil / y por el amor que os tengo querría, de buen grado / haber encontrado antes vuestro soneto de mi agrado". Esto es exactamente lo que yo siento a menudo cuando algo me parece horrible. No se lo crean si no quieren.

2.- La actualización de del Arco no se limita al lenguaje. Es muy habitual, y perfectamente legítimo, que las versiones de los clásicos que vemos representar pongan el lenguaje al día, o al menos retoquen las aristas más problemáticas, sin tocar el fondo de las situaciones o los personajes. Aquí no sólo se ha entrado a saco en las primeras (que se han convertido en las propias de las élites, por llamarlas algo, de nuestros días) sino también en los segundos. De ahí, supongo, el "basado libremente" del programa de mano. Me explico. Los caracteres también tienen un componente histórico, uno no es como quiere, tiene que diseñarse a sí mismo tras elegir una de las siluetas que los tiempos le presentan en su catálogo. La beaturrona de corte contemporánea de Molière, en tiempos en los que uno de los partidos que se contendían el poder era el llamado devoto, era un tipo muy característico que está reflejado con todo el vigor del estereotipo en Éliante. La Elianta de del Arco no es menos hipócrita, pero no es un personaje del XVII, sino una tiparraca adaptada a nuestro tiempo y que todos hemos conocido. Más descarada, que se permite mostrar un nivel de violencia explícita mayor que el de sus ilustres predecesoras. Esta operación se ha practicado sobre todos los personajes, con notable acierto. Quizá el menos alterado, por lo mucho que tiene de arquetípico, es el del protagonista.



Terminemos el apartado señalando la extrema dificultad, salvada airosamente, de hacer convivir estos caracteres y situaciones contemporáneos con buena parte del florido verbo original, sin que la cosa se descacharre.

3.- Situar la historia en la salida trasera de una discoteca donde se celebra una fiesta es un rasgo de genialidad. Por muchos motivos. Primero: por el contraste con el virtualmente presente entorno noble original. Exacto envés de este ambiente de ratas y orines. Segundo: por su evidente, aunque no menos efectivo, valor metafórico. Mucha élite, mucho glamour, pero ahí están todos, en el arroyo. Tercero: por su evidente aportación a la verosimilitud. Como todo el mundo sabe, en ese lugar, a esas horas, con esa gentuza, y con lo que cada uno llevará consumido, puede ocurrir literalmente cualquier cosa. Permite entrar en escena en cualquier actitud, nada será sobreactuado o inverosímil si sale uno directamente de la pista de baile por la puerta de emergencia. Cuarto: porque permite una banda sonora prácticamente continua que presta apoyo fundamental a la acción. Quinto: éste es el más importante y el más difícil de expresar. Probemos: porque todo está ocurriendo ahí mismo, a un paso, a la vez y a toda prisa. Si me apuran -ay, que me perdonen las musas- la solución es mejor que la de Molière, que tiene que enviar a sus personajes allá lejos -y que vuelvan- o hacerlos llegar de visita. Éstos están todos amontonados y revueltos justo detrás de la puerta. Si aún no la han visto, fíjense en este aspecto de la ubicación de la historia: cuanto más lo pienso, más me parece que es el punto clave del éxito de la puesta en escena.


4.- Filinto. Filinto es Raúl Prieto. Un actor excelente: estaba muy bien en la Señorita Julia de Narros, espléndido en La función por hacer, otra vez estupendo en Veraneantes... pero algo le pasa cuando no se controla. Estaba raro en El lindo Don Diego, abusando de una voz rasposa, y aquí amontona otros tics, como el de pasarse la mano por la cabeza insistentemente, como hacen algunos cuando están preocupados o nerviosos. Sí, el personaje podría hacerlo en la realidad, son de hecho gestos que uno ve a menudo en los noctámbulos que se han metido algo, pero en teatro lo real y lo verosímil se dan a veces de tortas. Recuérdenme que les hable de la hamaca de Como gustéis, que se rompe pero no se rompe, y de la distorsión que introduce. Filinto no está en el mismo registro que los demás, y eso distorsiona. Me extraña que se le haya escapado a del Arco, gran director de actores.

5.- Ya mencionaba más arriba que, de los elementos acompañantes, es el sonido el que más relevancia tiene. Demuestra Sandra Vicente, por si hiciera alguna falta, que puede ser un elemento dramatúrgico de primer orden. La genialidad de colocar el magma de la discoteca a la distancia de una simple puerta la percibimos -porque ver, no vemos nada- por el estruendo que deja escapar la susodicha cada vez que se abre. El efecto está primorosamente diseñado y, al menos en mi función, primorosamente ejecutado. No sólo subraya la verosimilitud, también escancia la acción con más rotundidad que las entradas de actores convencionales.


Montilla y Prieto.
6.- Aparte de las convenciones ya glosadas que del Arco nos hace tragar sin que casi nos demos cuenta, no hay muchas licencias: alguna cámara lenta (parecen estar de moda) y el poema de Cernuda citado en la crítica de la Guía. Un poema (Si el hombre pudiera decir lo que ama...) que, consideradas fríamente sus características, debería ser ñoño, pero que leído doscientas veces conserva la frescura de la lectura adolescente. Si alguien viene a contarme que ha visto un Molière en el que se recita a Cernuda en un callejón, lo mando a paseo. Pero para eso están los del Arco, para hacer lo que les pase por el Arco y que les quede de miedo.

Ah, perdón, le parece a uno tan obvio después de verlos, que olvidaba recalcar que Elejalde y Lennie están como para que les caigan cien o doscientos Max (¿Maxes?). Elejalde, consiguiendo no parecer el repelente niño Vicente, que es la maldición del papel. Y Lennie... en fin, lo de Lennie empieza a no parecer de este mundo. Provoca ese efecto mágico, antiguo como el teatro: sale el espectador del teatro pensando que Lennie es así, confundiéndola con el personaje. A Miriam Montilla, con esa maravillosa voz de actriz antigua, no puedo dejar de verla todo el tiempo en un Tennesssee Williams, pongamos por caso en De repente, el último verano. De Manuela Paso ya les he hablado en la crítica de la Guía, tengo debilidad por ella. 


Si me leen desde fuera de Madrid (los hay, los hay que me leen) no desesperen. Este verano, Misántropo pasará hasta por Torralba de Calatrava. Búsquenla.
P.J.L. Domínguez