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lunes, 11 de marzo de 2019

EL JARDÍN DE LOS CEREZOS

Sala: Teatro Valle Inclán Autor: Anton Chéjov (versión de Ernesto Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: Chema Adeva, Nelson Dante, Paco Déniz, Isabel Dimas, Karina Garantivá, Miranda Gas, Carmen Gutiérrez, Carmen Machi, Isabel Madolell, Fer Muratori, Tamar Novas, Didier Otaola y Secun de la Rosa Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Isabel Madolell, Secun de la Rosa, Carmen Machi, Miranda Gas, Tamar Novas y Nelson Dante

SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

NO SON DISPARATES

Esta vez entenderé a quien difiera de mi opinión y me diga que esto no va a ninguna parte. Yo mismo podría estar escribiendo que la puesta en escena va de disparate en disparate, pega bandazos en cada curva, acumula recursos escénicos (casa de muñecas, trenecito, proyecciones, vestuario, giratorio, músicas varias y mucho etcétera) como quien se aferra a lo que sea con desesperación… y estaría cerca de lo que me pareció ver.

    Pero, en este oficio de matices, la palabra clave en esa frase es “cerca”. Estuve a punto de ver eso, pero lo que vi fue otra cosa: que, por uno u otro lado, la catástrofe se orilla y, hasta cuando el hundimiento parece inminente (escena campestre, rotación del giratorio, desmantelamiento final), la tensión sube y concentra la atención en ese caleidoscopio de dramas personales superpuestos que es El jardín de los cerezos. No me aburrí ni un segundo. Yo diría que el chaleco salvavidas es, de principio a fin, la consistente dirección de actores que sabe encauzar el mucho talento interpretativo desparramado por el escenario. Imposible citar a todos, pero uno de los grandes aciertos de la función es el criado en travestí de Isabel Dimas, extraño eco del Mouton que Palmira Ferrer está haciendo en el Nekrassov de la Abadía (casualidades de la cartelera). Qué ternura, qué tristeza, qué gran final.


No recuerdo un montaje reciente que haya suscitado más unanimidad de opiniones, tanto entre las publicadas como entre las que me comentan por ahí. En rigor, lo que les he copiado más arriba. De los dos extremos (aaaaaay que se va la cosa / huuuuuy que vuelve a su sitio) hay quien pone más énfasis en lo primero (mal) y quien se queda con lo segundo (bien). Con intervalos un poco confusos, a veces poco hilvanados, decía Doncel en ABC. Liz Perales se despacahaba un poco más a gusto en El Cultural, pero rematando con un afortunadamente hay buenos trabajos interpretativos. También se ha dicho mucho algo que sugerí de pasada, pero en lo que no abundé por falta de espacio: la hipertrofia escenográfica (yo hablaba de elementos heterogéneos y casi todo el mundo ha mencionado la distancia excesiva que, a ratos, la escenografía impone a los intérpretes, y a la que yo aludía con lo del "desparrame"). Así que poco más voy a decir.

Uno: detallito sonoro. No sé si he oído alguna vez un efecto mejor logrado de fiesta en el salón de al lado. Ya saben, la reverberación de los graves. Le ha quedado perfecto a Luis Miguel Cobo. He oído lo mismo hace menos de dos semanas en otro sitio y no consigo recordar dónde. Pero nada como lo de Cobo.

Dos: texto del programa de mano. En el 90% de los casos (y me quedo corto) estos textos son infumables. Banalidades, declaraciones de intenciones que no vienen a nada, elucubraciones de individuos/as que como tienen que expresarse es con la pieza, y no con un texto anejo. No hace falta decir que el de la dirección de escena o la creación dramatúrgica (aunque este segundo un poquito más), son talentos que no tienen nada que ver con el de pergeñar un comentario atractivo y/o inteligente. El de Caballero en esta ocasión es interesante y tiene vida propia. Otra cosa es lo que les voy a decir en el párrafo siguiente.

Tres: tanto de ese texto como de alguna entrevista leída por ahí, se deduce que la intención era devolver El jardín de los cerezos a la supuesta intención cómica original de su autor. Dos cosas respecto a eso. La primera, que yo no he visto ni rastro de comedia en el montaje. Un dramón de tomo y lomo, que no se aligera ni por los acentos cubano y argentino, el tono ligero en algún pasaje o el travestí del anciano sirviente (como me ha parecido entenderle a Vallejo). A mí, por lo menos, me generó la misma opresión angustiosa que me ha generado siempre que la he visto. Celebro que, si era ésa la intención de Caballero, no haya llegado a puerto. (O sea, que el interesante texto del programa de mano, aporta, pero poco ilustra respecto al par intenciones/resultado, como ocurre prácticamente siempre). La segunda, que la intención original del autor nos importa, a estas alturas de capas y más capas de connotaciones añadidas, un bledo. Y les voy a contar dos historietas.

Hace muchísimo tiempo, conocí de primera mano los intentos de dos personajes por reconducir la música del siglo XIX (o parte de ella) a su brillo original. Uno sostenía que las indicaciones metronómicas de las obras de Beethoven estaban falseadas en bloque, y proponía una ejecución acorde con las intenciones del compositor. El otro defendió con ardor que la emisión vocal de los tenores se había alterado completamente a lo largo del siglo XX, y planteaba una interpretación distinta y -supuestamente- fiel a la historia. ¿Creen ustedes que a alguien le importó si las respectivas tesis eran históricamente acertadas? No. Lo único que contaba era si el resultado colaba o no colaba. Y no coló. A la "recuperación" de la música preclásica (lo pongo entre comillas, porque vaya usted a saber) le pasó al revés. Moló mucho el resultado. Lo mismo que a la reconstrucción del gregoriano partida de Solesmes, que es hoy en día la única interpretación posible que reconocemos. Y "reconocer" es verbo que viene al pelo, porque ¿reconocerían su música los monjes del siglo IX o los compositores del XIV en estas exquisitas interpretaciones "históricas"? Me temo que no lo sabremos nunca y, además, no nos importa. ¿Preferiría Chéjov que nos partiéramos la caja con las desventuras de sus personajes? A mí, la verdad, me importa poco.

Cuatro: no, no me puse a diseccionar interpretaciones. Sí, Dante está que se sale, como ya ha dicho todo el mundo. Ya se salía en En construcción y en Adentro. Me alegro de que haya llegado a los escenarios grandes. Machi no yerra una, ya se sabe. Nos acostumbramos, y ya no les damos mérito. Me gustó mucho, muchísimo, Miranda Gas, una actriz que interpreta tan en el sitio del personaje, tan a ras de tierra del calco de la realidad, tan... ESTUPENDAMENTE BIEN por decirlo de forma clara, que tiene siempre un tremendo hándicap (¿cómo castellanizo eso?) que arrastrar: todo el mundo recuerda el personaje, pero se le escapa la actriz. Lean eso que acabo de decir con atención, porque es un elogio inmenso. No crean que una observación tan sutil se me ocurrió a mi solo: me la sopló JM, que sabe más que yo de todo esto. Los que me parecieron fuera de onda: Secun de la Rosa y Carmen Gutiérrez. ¿Serán los únicos que se creyeron de verdad que esto iba de hacer reír? Buenos ambos (¿la vieron a ella en Un marido de ida y vuelta?), pero perdidos como pulpos en este inmenso garaje. El tío Gáyev es uno de los personajes más tristes de la historia del teatro, un filón del que aquí no se aprovecha nada.

Chéjov es el maestro de la nostalgia. Escribir esto me ha hecho añorar el Teatro del Arte y La Casa de la Portera (En construcción y El huerto de Guindos).
P.J.L. Domínguez

          

viernes, 16 de septiembre de 2016

RUNNERS

Sala: Teatros Luchana Autora: Karina Garantivá Director: Ernesto Caballero Intérpretes: Reparto: Janfri Topera, Silvia Espigado, Daniel Moreno, Mara López y Karina Garantivá Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Silvia Espigado, Mara López, Daniel Moreno, Karina Garantivá y Janfri Topera.
La idea es buena. Un cincuentón que jamás ha practicado deporte alguno decide correr un maratón y cae en manos de un grupo entre gimnasio enrollado y secta satánica. Daba para uno de esos relatos que se han constituido en toda una corriente en la literatura contemporánea y que no sé adjetivar. Echen un vistazo a Residuos de Tom McCarthy, por ejemplo, y se hacen una idea. También algunos textos de Juan José Millás se mueven en esa órbita del... ¿realismo ampliado? Entiendan la expresión como análoga a la de "tonalidad ampliada". Narraciones a un paso de abandonar del todo la realidad, pero aún vagamente de este lado. He rebuscado un poco los comentarios a McCarthy a ver si encontraba alguna expresión más clara y he dado con algunas ilustrativas. "Gracias al interés de McCarthy por los detalles, la fantástica trama siempre mantiene un halo de autenticidad". "Atmósfera lúcida y al mismo tiempo algo desquiciada". "Siempre en la frontera de lo fantástico y lo excéntrico". Como ven, todas abundan en el contraste entre lo real y lo no real, mezclado en la misma trama y produciendo una emulsión inquietante de contrarios. "Halo de autenticidad" mola, frustra la expectativa del lector que, tras "halo", suele encontrar lo contrario: "irrealidad" o sus equivalentes. Creo que me la voy a apropiar.

No es el tipo de literatura que más me gusta, desde luego, debo de ser un tipo aburrido e inseguro, de esos que buscan certezas. Cuando he escrito inquietante me ha golpeado la memoria Pippi Langstrump, que me producía una intensa desazón ya en la infancia. Una narración de cosas que teóricamente podrían suceder, pero que nunca suceden, como que una niña viva sola con un mono y un caballo. No sé quién es el autor de la expresión "en la frontera entre lo fantástico y lo excéntrico", pero viene como anillo al dedo.

Volvamos a Runners. Esta Ciudad del Deporte (o algo parecido), estos programas de actividad física que se llaman Cadena Solidaria, estas irrupciones de la publicidad en el curso de la trama, esta relación desquiciada entre el gurú y la discípula aventajada en la manipulación... son elementos que, superpuestos al drama personal del protagonista que focaliza en el ejercicio físico su inmenso deseo de superar la mediocridad en la que vive, daban perfectamente para una historia del tipo que comentamos.


Mara López, lo mejor de la función
Pero ahí acaba lo bueno, en la idea, no hay nada más. Para ser escrupulosamente justos, Silvia Espigado coloca con intención algunas réplicas y Mara López muestra una encomiable frescura, sorprendente en medio de un texto de cartón y una dirección que parece mentira que provenga de la misma mano que montó Vida de Galileo hace nada o Montenegro hace unos años. Espero verla en algo más. [Por cierto: Mara se llama exactamente igual que una actriz porno. En la época de Google, y en mi modesta opinión, quizá debiera cambiarse el nombre artístico, ahora que está a tiempo] Janfri Topera, estupendo en la citada Montenegro y en Rinoceronte, y Daniel Moreno, un tipo solvente, se defienden como pueden. 

Vi Pedro y el capitán, Backstage y Runners la misma semana. Juzguen cómo acabé. También vi Mi madre, Serrat y yo y Viva el pasedoble español, pero -aunque ninguna pasará a la historia de las artes escénicas- el nivel de aburrimiento se mantenía en los límites de lo soportable. 

* * *
Escribí la entrada hace unos días, pero no la publiqué porque algo me rondaba el cerebro y no terminaba de emerger. Una resonancia. Ya la tengo: Los nadadores nocturnos. Un grupo de inadaptados que se reúnen para hacer ejercicio físico. No se me encocoren, que ya lo sé: como comparar a Dios con un hámster.
P.J.L. Domínguez

          

lunes, 12 de mayo de 2014

COMO GUSTÉIS

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: William Shakespeare (versión de María Fernández Ache) Director: Marco Carniti Intérpretes: Beatriz Argüello, Carmen Barrantes, Alberto Castrillo-Ferrer, María Victoria di Pace, Roberto Enríquez, Alberto Frías, Pedro G. de las Heras, Karina Garantivá, Iván Hermes, Carlos Jiménez Alfaro, Pedro Miguel Martínez, Manu Mencía Calvo, Sergio Reques, Verónica Ronda, Mitxel Santamarina, Edu Soto y Víctor Ullate Roche.  Duración: 3.05' (entreacto de quince minutos)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


 Los clásicos están para hacer con ellos lo que dicte el talento, sin los miramientos debidos sólo a las momias. Carniti ha hecho lo que ha querido, y su apuesta encandila, hasta emociona; presta chisporroteante coherencia a un texto complejo. Gracias a la escenografía y el vestuario -lujo visual- de Elisa García, a la iluminación de Felipe Ramos y a la música –sin mucha chicha pero de gran efecto dramatúrgico- de Annecchino. Gracias, sobre todo, a que la historia camina empastada y con paso sostenido, y a la energía que la compañía entera transmite.


    Lástima que este empuje se disuelva en el aire tras el entreacto, cuando queda medio espectáculo. En parte, porque la tralla de los efectos visuales se ha concentrado al comienzo, error de manual. Además, porque parecen agotarse los recursos (de interpretación, coreográficos) que prestaban continuidad, y se percibe un rosario de escenas en lugar del flujo anterior. Sin embargo, este severo descalabro estructural no anula el disfrute de lo mucho que hay que ver y escuchar. 

Espléndida, en alturas interpretativas de primera figura, Beatriz Argüello. Muy bien aprovechados Hermes y Garantivá. Perlas escondidas aquí y allá, como el pasaje del invierno benévolo de Pedro G. de las Heras, o las intervenciones de Edu Soto, que lleva camino, antes de los cuarenta, de maestro de actores: hizo que se me saltaran las lágrimas.

La ampliación llega cinco días más tarde de lo prometido. Siempre creí ser un hombre de palabra, pero parece que me sobrestimo siempre. Paciencia. Como expiación, voy a llenar esta entrada de fotos en las que se aprecien, en la medida en que los encuentre, los efectos de escenografía e iluminación.

Rojo. Un bonito rojo justificado. Esos brillos pop quedan de miedo, tanto en
rojo como en blanco. Dan al material de las tiras verticales una textura entre
Kyari Pamyu Pamyu y área de despiece en el apartamento de Dexter.
Las frases en negrita son los enlaces entre el texto publicado y éste. Para enterarse bien, mejor leer primero aquél y luego éste.

Gracias a la escenografía, el vestuario y la iluminación. Hay un buen rato inicial durante el que uno cree que la asfixiante jaula (ver foto) se va a quedar ahí las tres horas. No. Buen golpe. Merece la pena dejarla ese rato para provocar después al respetable la satisfacción de ver el bosque sin trabas y respirar a gusto. Bosque, por cierto, construido en lo fundamental con el mismo reciente artificio de La cortesía de España. Unas telas (o plásticos, brillan a veces con la iluminación) que se desenrollan desde lo alto simbolizando árboles. Simple y efectivo. Está también bien usada –porque hay quien planta cosas de éstas no se sabe muy bien para qué- la prolongación central del escenario hacia el pasillo del patio de butacas. Quizá quiera evocar los escenarios isabelinos en los que Shakespeare estrenaba. Algunas escenas se desarrollan ahí. Se aprovecha también para que algunos mutis por la platea se vean en su integridad. Me explico: ahora que está tan de moda que los actores entren y salgan por ahí (el noventa por ciento de las veces, sin justificación ni argumental ni estética), a menudo, y dependiendo de la inclinación del patio de butacas, hay un buen trecho durante el que van medio escondidos. Justo el trecho que salva esta ancha pasarela, gracias a la cual vemos, por ejemplo, la fantástica displicencia con la que se va Edu Soto. 

El ciervo se va directo a mi museo mental de la utilería, junto con la rata de 
El policía de las ratas. El efecto elfos, collares y babuchas se aprecia en el
señor de la izquierda. Es apabullante, en el mejor sentido, cuando sale así un montón de peña, pero no encuentro foto. 
El vestuario, también de Elisa Sanz (y no de una Elisa García que no sé de qué oscuro rincón de mi cerebro saltó a la crítica de la Guía, perdón) me gustó, y me gusta más cada día que pasa. Especialmente logrados el vestido de Himené, versión femenina del Himeneo del texto original, y el efecto de conjunto de la comunidad del bosque. Y eso que me imagino las pegas que habrá en más de un cerebro de más de una persona con gusto e información. Himené, a un paso de deslizarse hacia los figurantes de los vídeos de ese infame producto que versionaba música clásica en plan pop hace unos quince años (concerto no sé qué). La comunidad forestal, algo escorada hacia los Elfos Sidar, con cierta sobreabundacia de collares y babuchas (?) tendentes al Indostán, estas últimas achaparrando en exceso el aspecto de algún actor (de Ullate, por ejemplo, que trae de fábrica unas proporciones casi pefectas). Sí, es cierto que vira todo bastante hacia lo espectacular. Sí, es cierto que los luchadores del comienzo se van un poco hacia Mad Max. Sí, es cierto que, en resumen, el vestuario es efectista. Bien, ¿y qué? Mola. El efectismo puede ser criticable cuando es vacuo, no cuando encierra sustancia. Volveremos sobre esto en un momento, al hablar de la música.

Y, por cierto, vivan las sombrillas de los extremos en esas escenas de conjunto.

Otra de la jaula. En azul. Enríquez y Mencía Calvo. Se roza el riesgo de que parezca una escena de Mad Max en la corte del rey Arturo, pero el peligro se salva
con donaire. Todo controlado.
La iluminación Felipe Ramos aprovecha al máximo las posibilidades escenográficas, y ya es decir, algo que podría hacerse en pocos teatros como en el Valle-Inclán: allí donde hace falta, hay un foco. Bonitas, y mira que esto es difícil de encajar si no se trata de un burdel, las escenas en rojo. Más de lo que pueda decirles yo, les dirán las fotos que voy a diseminar por aquí. A pesar de que, lo saben bien, poco favor le hacen las fotos al teatro.

Garantivá y Enríquez. Al fondo, una chaise longue / balancín que en mi función
se... ¿rompió? No lo sabemos. No se sabía si se rompió o si era un efecto
extraordinariamente logrado, lo que me provocó otra reflexión sobre el realismo
teatral: un efecto demasiado logrado lo destroza. 
Música sin mucha chicha, pero de gran efecto dramatúrgico. Bien dosificada y bien puesta. Claro que no tiene mucha chicha, pero eso se puede decir del 90% de la música de cine, por ejemplo, y seguramente me quedo corto. En muchas ocasiones, la música de escena no puede tener gran personalidad: se comería cualquier cosa que estuviera sucediendo en el escenario. De hecho, es una de las trampas más usadas, y de mejor resultado, que se pueden ver en un teatro. ¿No sabes qué hacer con un final? Ponle a volumen atronador Soave sia il vento (una vez quise hacerlo, y no me dejaron) o la Música para los reales fuegos de artificio y ya está, salvado el final. Ojo que las trampas valen en teatro, ¿eh? De hecho, todo es trampa, valen siempre que no se note el artificio. Ésta la usó Óscar Miranda soltando al final de De noche justo antes de los bosques el triple concierto de Beethoven, y la emoción agrietaba los cimientos de la sala. 


El vestido de Himené, que no es un prodigio de
originalidad, pero que le va de perlas al papel que
Carniti le ha inventado al personaje. Un poco como
aquel chico en bolas del Hamlet de Pandur, pero
bien puesto.
Pero, la mayor parte del tiempo, lo que un director de escena sensato demanda es una música de acompañamiento -de amueblamiento, con término inventado por Satie- que vista pero no ciegue (¿han visto que juego de palabras digno del barroco?); que rellene pero no pise. Y así es lo que Annecchino ha hecho, unas canciones agradables que redondean los efectos. Lo más logrado desde ese punto de vista del efecto, quizá el final de la primera parte. Comentario prometido sobre el efectismo: nada más fácil de achacar a un italiano. Ya saben, obsesionados por lo visual (desde hace sólo unos cuantos siglos), todo apariencia, se pirran por el puro esteticismo... Es un tópico, basado, como todos los tópicos, en hechos reales, como las pelis de Antena 3. Este tipo de música podría ser perfectamente aplicado, por ejemplo, a esos gigantescos espectáculos de calle que un italiano (cuyo nombre se resisten a entregarme mis neuronas) ha paseado por medio mundo. Ya saben, ésos con las bailarinas suspendidas en el centro de esferas gigantes. Ideas que han sido vorazmente fagocitadas por inaguraciones olímpicas y demás celebraciones. Eso es puro efectismo. En primer lugar, nadie ha dicho que sea un pecado mortal, vale para cuando vale. En segundo lugar, es un reproche que no viene al caso cuando toda esta batería de efectos contribuye a... a que Como gustéis camine empastada y con paso sostenido. Ya perdonarán que me cite a mí mismo.


La pasarela central, que da juego. Como en esta escena de las manzanas (bonita idea la de las manzanas). El del fondo es Vïctor Ullate Roche.
Lástima que este empuje se disuelva en el aire después del entreacto, cuando queda medio espectáculo. Sí, lástima, y poco más se puede decir. Excepto que el inicio del declive está anunciado con trompetería por la primera escena tras el entreacto: la entrada de Corino y Silvio, que vienen de otra función. De un Esperando a Godot en clown, montado por un instituto de bachillerato, con una escalera de pintor recién comprada en una ferretería y carteles de "TE AMO". El anticlímax de comienzo de segunda parte es casi insoslayable siempre, y más con un cierre tan brillante de la primera como el de esta función, pero esto es un exceso. No sé si estarán de acuerdo en que suelo dar pocos consejos, pero creo que habría que repensar completamente el aspecto de estos dos. Por terminar con esto de la pérdida de fuelle, no me parece que tenga la mínima responsabilidad la ligera y transparente versión de María Fernández Ache.


Garantivá y Argüello. ¿No dirán que no molan ellas, la luz las tumbonas, los reflejos
rojos del fondo, la reja, el suelo...?

La energía que la compañía entera transmite. Beatriz Argüello estaba guapa, elegante, convincente, expresiva, verosímil, versátil -y no sigo porque tengo mucho que hacer- en Kafka enamorado. Para mi vergüenza, creo que no la había visto antes. ¿De qué la conoce Carniti? Ni idea. Pero menudo golazo. No me puedo imaginar una intéprete mejor de Rosalinda. Como gustéis es una de las funciones de género fluctuante que hay ahora mismo en cartelera. Es un texto poco etiquetable, si no francamente raro. Eso es un reto formidable para el director, pero no lo es menos para quien tiene que estar en escena cuando la cosa parece un drama, cuando parece una comedia o cuando parece un juguete bucólico, y componer pese a todo un carácter verosímil (incluido disfraz de hombre). Pues bien, insisto, no me puedo imaginar a nadie haciéndolo mejor. Argüello hace compatibles una encantadora ligereza y la más convincente de las honduras.


Soto y Hermes.
Decía en la Guía que Garantivá y Hermes estan muy bien aprovechados, y esto quizá exija explicación. La primera descarrilaba estrepitosamente tanto en En la vida todo es verdad y es mentira como en Doña Perfecta. Al segundo ni siquiera lo recuerdo en El mal de la juventud y estaba prácticamente inutilizado en Yerma. Ambos aguantan aquí todos los tirones; por citar sólo los de las fotos que ven, Garantivá el de Argüello y Hermes el de Edu Soto. Salen bien parados, incluso lucidos. La primera ha modificado una pronunciación que resultaba molesta. Me alegro. Pedro García de las Heras evita el amaneramiento de la ancianidad, que tan pocas veces se consigue evitar. Uno se va oliendo que va a hacer algo estupendo en cuanto le dejen, y efectivamente lo hace: en cuanto le dejan implorar a Orlando que le acompañe. Roberto Enríquez es un tipo que adquiere en escena una planta y un empaque rotundos. Estaba estupendo en lo último que le vi: Málagade Aitana Galán. Aquí, también. Tengo la sensación de que deslumbrará el día que le caiga un gran papel. Un papel de personalidad retorcida, le daría yo. O el de La Venus de las pieles que tan bien hace Diego Martín. Sería interesante ver la versión "tipo duro" opuesta a la de "tipo adorable", que Martín encarna. Pedro Miguel Martínez las clava todas, como siempre. El resto de papeles breves están bien, excepto los de Corino y Silvio, y no por su culpa, sino por cómo los hacen salir.


¿Por qué no aparece la caracterización en los créditos? ¿La ha hecho Elisa Sanz?
También contribuye.
Párrafo aparte para Edu Soto. No, no somos primos. Pero cualquiera que tenga ojos en la cara ha podido ver, en esta sucesión de El lindo Don Diego, Montenegro y Como gustéis que este individuo es un fuera de serie. Tiene aquí tres momentos que dan su verdadera talla: el monólogo de "el mundo es un escenario" (me gusta más como suena con "escenario" que con "teatro"); el de la melancolía ("Yo no tengo la melancolía del sabio, que es envidia...") y su mutis final, que en otros tiempos se habría aplaudido: un prodigio de leve desdén. 
P.J.L. Domínguez
           

sábado, 15 de diciembre de 2012

DOÑA PERFECTA


Sala: Teatro María Guerrero Autor: Benito Pérez Galdós (versión de E. Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: José Luis Alcobendas, Diana Bernedo, Lola Casamayor, Israel Elejalde, Karina Garantivá, Miranda Gas, Alberto Jiménez, Jorge Machín, Toni Márquez, Paco Ochoa, Belén Ponce de León, Vanessa Vega Duración: 1.40'

Información completa (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)  


Galdós, por Sorolla.

No desvelamos nada a estas alturas al decir que Doña Perfecta es un pedazo de novela, en la que quizá lo más atractivo reside en la habilidad con que se le dosifica al lector una desazón que va creciendo a medida que se acerca el inevitable final. Vamos, que lo pasa uno de pena. Con un trasfondo ideológico de crítica al caciquismo y el clericalismo de una España hundida en un lodazal. Hablamos de 1876, pero es sorprendente lo viva que sigue la actualidad de la primera, en estos tiempos de la segunda Restauración. Por ejemplo: en ese año se funda la Institución Libre de Enseñanza, y en 2012 seguimos discutiendo el modo en el que la religión católica debe ser impartida en las escuelas. Qué cansina sensación de vivir en un país en el que los problemas de fondo no se superan nunca. Así que a la pregunta “¿tiene sentido representar Doña Perfecta?” hay que responder que sí.

Galdós dejó una versión escénica que no conozco, pero que se tiene por demasiado lastrada por convenciones teatrales que el público no soportaría ahora. Caballero ha hecho su propia versión, y no sé yo si para este viaje se justificaban las alforjas. El conjunto queda irremediablamente lastrado por la machacona reiteración de escenas destinadas a mostrar que el joven Pepe Rey es progresista y atolondrado, y que, desde su llegada, crecen sus enemigos cada vez que abre la boca en la polvorienta Orbajosa. Bueno, ya: a los veinte minutos del comienzo todo el mundo lo ha entendido perfectamente, no hacía falta seguir machacando. La función no levanta el vuelo después de ese rodillo adormecedor, y pierde pie del todo en el confuso momento de la invasión de la localidad por tropas gubernamentales.


No ayuda toda una serie de elementos que se acumulan sin que se entienda muy bien para qué. Me pasé media función esperando que la escenografía terminara sirviendo para algo. Pero no, no sirve para nada, sólo afea. Despiste también con el contraste entre el espantoso loro de utilería exhibido en escena, y el hiperrealismo de un loro gigantesco proyectado sobre las baldosas (por no hablar de los ajos, también proyectados). Un pelín cursi el trenecito que avanza solo por el proscenio. Y ya lo del vestuario… Resulta que los trajes (y el mobiliario) abarcan todo el período comprendido entre el XIX y la actualidad. Algo se habrá querido transmitir, pero sólo se provoca (más) confusión.

Israel Elejalde y Lola Casamayor
En cuanto a interpretación, se salvan Elejalde y Casamayor: Los únicos momentos con enganche de la función son los de sus duelos. El primero pone la vehemencia justa, y ella compone una señorona de provincias tan verosímil que salí con la sensación de haber conocido varias clavadas. No obstante, y esto es ya una simple opción de gusto, eché de menos al personaje original: más beaturrón, más falso, más cruel. Los demás salen muy tocados por opciones de dirección erradas. Las Troyas se ven en el brete de escenas absurdas, como la del incomprensible canturreo ante las máquinas de coser, y es una pena, porque las tres echan el resto. Alberto Jiménez, un excelente actor, ofrece una caricatura de cura atrabiliario emboscado tras un disfraz de adulación que crítica y público han apreciado, y con razón. El problema es que parece deambular por una función que no es la suya: está en otro registro. Toni Márquez, el esbirro violento, está mejor ubicado en el conjunto. En cuanto a la joven enamorada, recita y masca las palabras de una manera tan chocante que desbarata todos y cada uno de los momentos en los que tiene papel. La peor parada es la magnífica escena del crucifijo, que podía ser el momento cumbre, y acaba en menos que nada. A Alcobendas se le hace declamar un monólogo en un tono que poquísimo tiene que ver con la banalidad de lo que está diciendo.
P.J.L. Domínguez