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lunes, 30 de abril de 2018

ILUSIONES

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor: Ivan Viripaev (versión de Helena Sánchez Kriukova) Director: Miguel del Arco Intérpretes: Marta Etura, Daniel Grao, Alejandro Jato y Verónica Ronda Duración: 1.30' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Daniel Grao, Verónica Ronda, Alejandro Jato y Marta Etura. La foto es de Pablo Ramos Escola para diariocritico.es

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:
Qué nos cuentan y cómo nos lo cuentan. Si decimos que Ilusiones nos cuenta los  más de cincuenta años de convivencia de dos parejas nos quedamos cortísimos, porque lo relevante es cómo nos los cuenta. Casi sin diálogos, los intérpretes relatan en tercera persona lo que cada personaje hizo y dijo. Hizo, dijo y –sobre todo- pensó. Suena a ladrillo, ¿verdad? Era lo que podía resultar semejante reto narrativo extendido hasta los noventa minutos. Pero Viripaev escribió un texto luminoso cuyos rayos penetran en los recovecos del amor. Del amor de verdad, no de esa cosilla desasosegante y viscosa de las comedias “frescas”. 

Y en esto llegó Del Arco.

    Del Arco, un pedazo de artista que necesita moverse constantemente, ha tenido la osadía de atreverse con un desafío del que no era fácil salir indemne. Armado con cuatro intérpretes en los que no sé si admirar más el oficio o la emoción, ha construido un objeto de definición complicada, pero que marcha como un reloj. No sabemos muy bien a qué viene la escenografía ni a qué viene el vestuario, pero da completamente igual. Si ellos están cómodos ahí mientras nos administran este flujo de ideas y emociones que tantas cosquillas nos hacen en el corazón y el cerebro, bien está todo. Sin las escenas de la piedra y la franja rosa, yo creo que hubiera aflojado la quinta estrella.

Lo que escribí ANTES de la crítica:

Del Arco se ha metido en un embolado de narices y ha salido indemne. Es un teatro narrativo de monólogos sucesivos, prácticamente no hay diálogo, y tenía que estar muy bien escrito y muy bien dirigido para dar el excelente resultado que ha dado. El contraejemplo perfecto de esto último se vio en el mismo escenario del Pavón hace unos meses: Ensayo, de Pascal Rambert. Cuatro monólogos sucesivos (estos sí, estrictos, sin sombra de diálogo ni de los interludios de Ilusiones) que constituían el gran festival de la banalidad, el esnobismo y la grandilocuencia sustentada en... nada. Del Arco ha elegido un texto que supera a Rambert a lo largo y a lo ancho y lo ha dirigido con una frescura oxigenada que para sí quisiera el francés (aunque aquel ladrillo estaba mejor dirigido que escrito).

Hay quien no soporta lo narrativo en escena. Mi admirado Kritilo, por ejemplo, y como él dice, es verdad que últimamente hay mucho de esto. El pasado fin de semana vi dos ejemplos -ambos recomendables- más narrativo el primero que el segundo: El corazón de las tinieblas de Facal y Tiempo de silencio, de Rafael Sánchez, un alemán descendiente de españoles que a lo mejor ha llegado para quedarse. Aunque a priori parezca que, al tratarse de adaptaciones de novelas, la narración está más justificada. Digo "parezca", y lo subrayo, porque no es nada inexorable: hemos visto adaptaciones perfectamente dramatizadas en su integridad.  Hay un curioso caso reciente: Bezerra decidió, al escribir Lulú, una de ésas que no colgué durante este largo paréntesis sin blog (ahora la cuelgo), contar media historia dramatizada y confiar la otra media a la pura narración (nada menos que el punto de vista de la víctima sobre los sucesos reales, que da al traste con toda la coartada ensoñada que durante la primera parte nos endilgan los criminales). Verán en la crítica (que ya he colgado) que me quejaba de eso, pero de ahí a condenar lo narrativo en bloque hay un trecho. Nos cargaríamos, por ejemplo, el Primer amor de Beckett / Arquillué, que es mucho cargarse.

De Ilusiones no sé si me gusta más la altura del texto o la ligereza (como les digo siempre, un resultado laboriosísimo de alcanzar en un escenario) con la que lo sirve su director.


Y lo que escribo DESPUÉS:

Ya decía yo que Verónica Ronda me sonaba de algo. Nada menos que de Danzad malditos, de la que era uno de los pilares maestros (el otro era Rulo Pardo). Sólo queda desear verla más a menudo, y en algo gordo, a poder ser. Alberto Velasco hizo después Escenas de caza, una de esas docenas de funciones de las que no les he contado nada porque cayeron en pleno apagón del blog. Me parece que había mucha gente ansiosa por ver lo que le salía después de la fulgurante sorpresa de Danzad malditos, así que aquello fue un sonoro cortapedos (disculpen, a veces compensa apechugar con lo malsonante en aras de la expresividad). Todo lo que en la primera engarzaba como por arte de magia se desparramaba aquí, con las moderneces (vean el enlace a Danzad) tirando cada una para un lado.

Última cosilla: a algunos de mis conocidos les ha chirriado la escenografía y el vestuario de Ilusiones. No lo tengo muy claro. Es verdad que no viene mucho a nada. Igual que es verdad que los interludios jocosos / musicales tampoco vienen a mucho. ¿Y bien? Si cuela, cuela. Una de las leyes inmutables del teatro. Y yo creo que cuela todo.


Y lo que escribo CASI UN AÑO DESPUÉS:

Otros vendrán que bueno te harán. Del Arco no necesitaba que viniera nadie a hacerlo mejor, pero todo lo dicho más arriba aún resalta con más brillo después de que el arte de los monólogos sucesivos se enriqueciera con las aportaciones de Hermanas de Rambert y Tres canciones de amor de Benedicto (por si me leen menos de lo que creo, me apresuro a decir que esto es un sarcasmo). Si me apuran, casi hasta el Moby Dick de Lima podría incluirse en este subgénero del monólogo narrativo que parece ponerse de moda. Y les adelanto que la cantidad de sueño que produce está en relación directa con el tamaño de la ballena. Si no fuera porque Ilusiones demostraba lo contrario, igual estaríamos ahora postulando que es un subgénero imposible. Por cierto, mutatis mutandis, hacia ese lado se escoraba también el Vania de Rigola (Heartbreak Hotel). Quiero decir: hacia lo monologado, lo narrativo y, sobre todo,  hacia el sopor. No escribí nada, me dio una pereza insuperable.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 15 de octubre de 2017

LOS UNIVERSOS PARALELOS

Sala: Teatro Español Autor: David Lindsay-Abare (versión de David Serrano) Director: David Serrano Intérpretes: Malena Alterio, Daniel Grao, Carmen Balagué, Belén Cuesta e Itzan Escamilla Duración: 1.50' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Cuesta, Balagué, Alterio y Grao, intentando recomponer los pedazos después de la catástrofe.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


REGENERACIÓN

David Serrano se ha especializado en la importación de piezas norteamericanas, y ha demostrado tener ojo clínico. Puede parecer fácil esto de seleccionar, pero la cantidad de ladrillos que vemos traducidos demuestra que no lo es. Tras Buena gente, repite ahora con Lindsay-Abare, y acierta otra vez. Como en aquel, en este texto hay poco del meollo de la cuestión, menos aún que en el de Buena gente. La vida cotidiana fluye escena tras escena, la procesión va –casi exclusivamente- por dentro y deja así un amplísimo margen de confianza a los intérpretes, que deben hacer comprender qué está ocurriendo detrás de sus reacciones. Como en aquel, es imprescindible una protagonista femenina a la altura de la exigencia.

    Malena Alterio ha afrontado el retrato de esta madre que ha perdido un hijo (y no hay que asustarse, la función es todo menos lacrimógena) como una formidable composición de equilibrio entre la devastación del dolor y la fuerza regeneradora de los afectos, a los demás y a sí misma: una especie de análisis de la economía de los sentimientos. Estuve en el estreno, cosa que suelo evitar cuidadosamente, y me pareció que falta algún ajuste de tiempos: la escena entre ella y el jovencito, por ejemplo, se dilata en exceso. Supongo que el rodaje limará algunos minutos de aquí y de allá para dejar una gran función.


Y lo que no cabía allí:

Me ha costado más que nunca volver a la rutina después del verano. Una semana colgada de vacaciones en septiembre, y todos los intentos de volver a marcar el paso saltaron por los aires. A ver si esta vez es la buena. Ya tengo vistas un porrón de funciones, retrasadas ahí, en el maldito almacén de las cosas pendientes que a todos nos amarga la vida.

David Serrano tiene ahora mismo en cartel -me di cuenta hace poco, voy siempre muy por detrás de la realidad- Los universos paralelos, Cartas de amor y el musical sobre Billy Elliot. Estoy deseando ver este último, porque es una buena prueba de la versatilidad de cualquiera dirigir texto-texto (como creo que ha hecho hasta hora) y pegar un salto de género de este calibre. (Nota posterior: ya vi Billy Elliot, la crítica sale el viernes)

Les dejo primero los enlaces a funciones anteriores de Serrano: La venus de las pieles, Lluvia constante, Buena gente. Es evidente no sólo la vista para elegirlos, sino también que le gustan las historias con... no quiero decir moraleja, que queda simplón, digamos conclusión moral. Las cuatro plantean conflictos morales que atacan directamente a los principios básicos y de las cuatro sale uno preguntándose qué hubiera hecho en la mismas. La Venus roza incluso el territorio de la fábula moral.

Que repita con Lindsay-Abare es comprensible, porque Serrano es, sobre todo, director de actores, y -como decía en la crítica en papel- estos textos lo libran todo a la capacidad de interpretación de lo que no se dice. Cuando esta familia (la pareja que ha perdido a su hijo; la madre y la hermana de ella) habla de los regalos de cumpleaños o de la bronca en el supermercado, no están hablando de eso, están hablado de la ausencia, del dolor y, sobre todo, están haciendo esfuerzos enormes por salvar lo que queda, por seguir queriéndose a base de evitar todas las trampas de las responsabilidades posibles -"si yo no hubiera...", "si tú no hubieras..."- y de los resquemores que, a falta de diana, pueden estrellarse contra quien esté más cerca. La madre es una mujer rota por el dolor, pero no es sólo eso: es una mujer rota por el dolor que quiere seguir adelante y que va a esforzarse por seguir. Ahí tienen a la madre cuyos dos hijos asesinó su marido hace unos meses, asistiendo hace unas semanas a la sesión del Congreso que cambió la normativa para extender la protección social a casos como el suyo. Hay que tener cuajo, ¿eh? Como decían los de Aquarius, el ser humano es formidable.

Tampoco la madre que compone la Alterio está dispuesta a que sólo sea el dolor lo que gobierne el resto de su vida. En una escena memorable, pregunta a su madre -que perdió un hijo también- qué le espera, para que le ilumine el camino que va a tener que recorrer.

Sólo cité a la Alterio y sé por experiencia que las omisiones en las críticas suelen interpretarse como censura o con aquel famoso "es que le tiene manía a Fulano". Olvidando que el demonio jefe de la prensa es el espacio disponible. Para citar a Carmen Balagué tienes que dejar de recordar al espectador los antecedentes del director, y así con todo. Grao, que tiene recursos para llenar un escenario, está estupenda y acertadamente discreto, con un perfil estudiado para dejar espacio a la Alterio, lo que creo que se elogia en los futbolistas -no me hagan ni caso si hablo de fútbol, que no tengo ni idea- cuando pasan el balón generosamente para que el gol lo meta el compañero mejor situado. Carmen Balagué (a quien yo pondría a hacer ¿Qué fue de Baby Jane? con Lola Casamayor, pero yo no soy director de escena) está como dibujada para el papel. Ya les decia en la Guía que fui al estreno, algo que es siempre un error (por muchos motivos que ya les contaré otro día) y ella estaba algo despistada, dio la sensación de que se le iba la pinza en un par de momentos, pero no me cabe duda de que su composición final va a ser memorable, y así me lo confirman varios espectadores de representaciones posteriores.

Otra sensación que me confirman varios amigos es que no deben fiarse de la primera impresión que produce el personaje de Belén Cuesta, que en sus frases iniciales parece estereotipada, un poco en caricatura de la hermana locatis. De eso nada, monadas. Va creciendo en cada intervención y se monta un personaje con rango de persona, un tipo de persona que todos hemos conocido alguna vez y de cuya veracidad no queda la menor incertidumbre mediada la función. Escamilla tiene un papel corto que hace como debe. Ya es mucho no desentonar en medio de los otros cuatro. Es un papel maravillosamente escrito, con la reacción esperable -bienintencionada pero lejos de la comprensión cabal de la hondura de lo ocurrido- en alguien de esa edad. 

"Economía de los sentimientos" decía en la Guía, y creo que debí titular así, porque de eso va todo. Los cinco personajes calculan constantemente qué deben y no deben sentir, qué deben y no deben dejar salir al exterior -e incluso dejar entrar en el círculo interior de las cosas de las que somos plenamente conscientes- para salvar lo fundamental, para conseguir salir de la catástrofe con la nervadura central de la personalidad en estado capaz de seguir manteniéndolos en pie. La escena final, en la que la pareja prevé lo que ocurrirá al día siguiente, cuando por fin se encuentren de nuevo con los amigos a los que no ven desde la tragedia, está magistralmente escrita e interpretada.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 29 de enero de 2015

LA PIEDRA OSCURA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Alberto Conejero Intérpretes: Daniel Grao y Nacho Sánchez Director: Pablo Messiez Duración: 1.05'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que la función ya no esté en cartel)

Nacho Sánchez y Daniel Grao
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

  Lorca se invoca con tal frecuencia como santo patrón de cualquier cosa que otra variación lorquiana me hubiera asustado, si no fuera porque conocía un par de cosas de Conejero que me daban esperanzas. El otro firmante, Messiez, se ha afianzado en poco tiempo como uno de los directores emergentes más apreciados en Madrid.

  Sólo tengo elogios para esta exquisita pieza. El texto es notable: por su fluidez y por su impecable funcionamiento dramático. Huye de las explicaciones histórico-didácticas (peste de este género) y de la hagiografía. No evoca a Lorca como una pesada estatua de bronce, se limita a colocar la peripecia en su estela. Enorme acierto, que todo lo impregna, el del interlocutor –ingenuo, bienintencionado, atrapado en la barbarie- que escucha el relato del amante del poeta. Partiendo de ahí, al autor le ha bastado aferrarse a la naturalidad (la siempre difícil naturalidad) para construir el relato sobrecogedor de tres vidas: la acabada, la que termina, la que seguirá.

  Primorosa dirección de detalle, de matiz. Messiez no ha añadido casi nada: un pasodoble inicial, el cuidado vestuario de Elisa Sanz. Puro teatro de cámara intemporal, texto e intérpretes. Ambos, superlativos. Grao domina y contiene la fuerza de su personaje sin aflojar un segundo. Sánchez es un hallazgo. No sé si he visto alguna vez en un escenario un estupor tan convincente.

Y lo que no cabía allí:


1.- Sí, hay un género hagiográfico insoportablemente lastrado de didáctica e historicismo. La vida de fulano de tal explicada a los niños. Hemos visto algunos ejemplos en los últimos años, pero hoy no estoy en vena de conseguirme unos cuantos comentarios llamándome... ¿cómo era? Absurdo, creo. Y aprenda: siempre que escriba una buena crítica, alguien le dirá que es usted un crítico fantástico y una persona inteligente. Pero si le da por hacerlas negativas, serán legión los que le nieguen el pan y la sal de la inteligencia. Sobre todo si se atreve con algún nombre importante. En fin. El caso es que Conejero ha sabido dejar a Lorca en una nebulosa poética, presente en el amor y la admiración que Rafael le profesa. Desde ahí, otorga profundidad histórica e intelectual al drama que se está desarrollando en una miserable celda.

2.- Le conocía a Conejero dos cosas. Una brevísima, que formaba parte de un Banquete que más vale olvidar y en el que destacaban su aportación y la de Sergio Martínez Vila. La otra, una de las escasísimas que he visto en los últimos años sin darles cuenta en este blog: Cliff (acantilado). Un monólogo en el que Carlos Lorenzo daba vida a Montgomery Clift en La Pensión de las Pulgas. Éste sí, abiertamente biográfico. Bien construido; escrito, me pareció, con la intención de superar el efecto monólogo y la pericia suficiente para conseguirlo. Como sucede a menudo, La piedra oscura ilumina Cliff que, a posteriori, parece mejor. El Centro Dramático Nacional anuncia que la primera se repondrá la temporada que viene (hace días que no queda ni una sola entrada), estaría muy bien que Lorenzo, que la defendía con bravura, repitiera Cliff al mismo tiempo. Si tal cosa ocurre, les recomiendo que las vean seguidas.

3.- Como decía en La Guía, la gran idea de la función es el personaje de Sebastián. También lo ha dicho García Garzón (o algo parecido). Sin embargo, lo único objetable al texto está en sus parlamentos. En algún momento, sus reacciones, los recorridos de sus reflexiones, incluso su vocabulario, no se corresponden con el de un pobre campesino de diecisiete años. "Una licencia", me dirán ustedes. Una licencia, sí, pero en algún momento llama un poco la atención en un contexto acentuadamente realista. No es una objeción mayor, desde luego. Queda compensada, por ejemplo, por la habilidad de la escritura al plantear el modo en que Rafael -que viene de otro planeta intelectual- va revelando a este personaje lo que le ha ocurrido y lo que quiere de él. Ésta es la grandeza del texto, que todo surge espontáneo y como fruto de la necesidad narrativa, sin artificios.

4.- Es verdad que no es presentable, pero no llego a todo. Lo único que le he visto a Messiez es Las plantas. Ni Los ojos ni Los brilantes empeños ni... Encima, la función me pareció un poco tramposa. Pues bien, tenían razón todos lo que decían que Messiez es un gran director. La piedra oscura no puede salir por casualidad. Hay un dominio completo de los tiempos (lo fundamental), de la dirección de actores y del aparato escénico. Esto último, delicadísimo. Ya he mencionado en la crítica en papel a Elisa Sanz, autora de escenografía y vestuario, y hay que citar la iluminación de Paloma Parra.  El aspecto visual está tan perfectamente cuidado -espectacular el atrezado del vestuario- y es tan hermoso, que me obliga a mencionar un detalle minúsculo: el tapón de la cantimplora no puede ser de plástico. Es fácil de arreglar: aún las venden de aluminio. También cambiaría la silla por otra más fea. La que está ahora colaría perfectamente en uno de esos bares con wifi, hipsters y extrañas infusiones.

5.- Grao y Sánchez, Sánchez y Grao, tanto monta. Seguramente, leerán elogios más numerosos para el primero, y es lo natural. Es, a priori, el papel fundamental, el actor más experimentado, el protagonista, en una palabra. Y no tengo nada que chistar, no se me ocurre por dónde hubiera podido enfocarse mejor el personaje. Hay que tener narices para simular a dos metros del espectador que acaban de comunicarle a uno que le quedan unas horitas de vida, y que no nos dé la risa. Es obvio decirlo, pero cuando las cosas salen bien estas obviedades se olvidan. Tampoco es ése el mayor mérito de Grao. Como decía, larga toda esta carga dramática, esta concentración de información y emociones condensada en sesenta y cinco minutos con un admirable esfuerzo de mesura, algo que redobla siempre el efecto en el espectador (parece mentira que algo tan elemental se olvide siempre, pero es así). Resultado: estuve en primera fila y oía los sollozos que llegaban desde la filas de atrás. Un trabajo impecable y que no olvidarán quienes lo vean.

Dicho todo esto, me enamoré del personaje de Sebastián. Y Nacho Sánchez está para comérselo. Va de estupor en estupor, de boca abierta en boca abierta... su propia tragedia se superpone a las que le toca contemplar, y ésta es especialmente lejana, especialmente complicada para su elementalidad. Nunca he visto a nadie balbucear mejor.

Se me ha ocurrido la función perfecta para que la protagonizaran juntos, pero como quiero que la monte alguien muy cercano a mí, no se la voy a contar. Lo siento. Permítanme que, de vez en cuando, me reserve algo.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 18 de enero de 2014

EMILIA

Sala: Teatros del Canal Autor y director: Claudio Tolcachir Intérpretes: Gloria Muñoz, Malena Alterio, Alfonso Lara, Daniel Grao y David Castillo. Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Muñoz, Alterio, Lara y Castillo.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Tolcachir deslumbró, en La omisión de la familia Coleman, con su maestría en el manejo de un complicado procedimiento constructivo: la sensación inicial de confusión se desvanecía una vez que el espectador armaba el rompecabezas con la información completa. Retrospectivamente, todo lo ocurrido era perfectamente realista, por bizarro que hubiera parecido. Emilia es un paso adelante respecto a la trilogía entonces iniciada. Casi desaparecen los chispazos de comedia y en el drama / melodrama de esta nueva familia desestructurada abundan las licencias: diálogos y actitudes que se desvían del realismo, subrayados por la fantasía escenográfica.


  La fuerza de impacto de este doble creador, que perdió empuje en Todos eran mis hijos, su primer montaje con actores españoles, se recupera tanto en el texto como en la puesta en escena, en la que brilla la mayor virtud que puede poseer un director: el sentido del ritmo. Ha sabido dar también con un elenco que casi me atrevería a calificar de inmejorable. Los cuatro papeles centrales son complicadísimos, forzosamente intensos pero obligados a detener su intensidad a un centímetro de pasarse de vueltas. Los cuatro están soberbios, aunque no puedo dejar de decir que Gloria Muñoz demuestra, otra vez, que es una de nuestras mejores actrices. El quinto, Grao, cuyo papel es el más natural, no desmerece. Gran función.

Y lo que no cabía allí:

1.- Si no las vieron, recuerden los títulos, por si alguna vez les pasan cerca: La omisión de la familia Coleman, Tercer cuerpo, El viento en un violín. Si no las vieron, lo siento por ustedes. Produjeron en Madrid una violenta conmoción y enorme admiración por Tolcachir. Desde luego, no todo el mundo compartió mi opinión sobre Todos eran mis hijos (estuvo nominada al Max al mejor espectáculo, aunque a menudo eso quiera decir bastante poco, como pasa con cualquier premio), pero a mí me pareció que la radical diferencia de estilo entre sus habituales de Timbre 4 y los actores españoles -y eran dos monstruos de la categoría de Gloria Muñoz y Carlos Hipólito- pudo con su capacidad de adaptación. No era una mala función, desde luego, pero estaba muy lejos de la trilogía. Emilia recupera mucho de esa energía que nos maravilló.


2.- Lo que en la Guía del Ocio he llamado "fantasía escenográfica" es una preciosidad cuya autoría los créditos reparten entre Elisa Sanz y Gonzalo Córdoba Estévez. No encuentro fotos que muestren con claridad los dos amasijos de muebles colgados sobre el escenario. En ésta aprecian algo, pero el resultado no es tan hermoso como en el teatro, pinchen y la verán más grande. El efecto es, además, perfectamente coherente con la atmósfera levemente inquietante e incomprensible que domina la pieza.

3.- Leo por ahí a Tolcachir que su primera intención era, con Emilia, reflejar el más incondicional de los amores. Estoy de acuerdo con él: el de cuidar a un niño sin ninguna garantía de mantener la relación en el tiempo es el amor gratuito por excelencia, el que no espera nada a cambio. Recuerdo a una señora que me daba piedras de Lourdes (unos caramelos que quizá alguno de ustedes recuerde) en la que, ya de niño, advertía la excepcionalidad de su interés por mí. Todos hemos conocido alguna de esas maestras entregadas a cientos de niños, conscientes de que serían olvidadas en cuanto llegara la pubertad. Y la historia de amor más triste del mundo (al menos de mi mundo) va de esto. En el pueblo de mis abuelos, una señora soltera se quedó dos huérfanos, calculo que allá a principios del siglo XX. Dedicó su vida a criarlos. Se mató a trabajar para sacarlos adelante. Se hicieron mayores y se fueron a América, prometiendo escribir, volver... Nunca volvió a saber nada. Nada de nada, ni una sola carta. Tengo que preguntar a mis tías cómo se llamaba esa mujer para dejar aquí, al menos, memoria de su nombre. Snif. Así es el amor de Emilia: ella está dispuesta a dar cualquier cosa a Walter, aunque él no le dé ni un vaso de agua.

4.- Malena Alterio. ¿Alguien la ha visto mal alguna vez? Yo no. La recuerdo prácticamente perfecta, y muda, en la Madre coraje de Vera. O en Los hijos se han dormido (La gaviota) de Veronese. Aquí había que estar ida sin estar zumbada, un matiz delicado conseguido con virtuosismo. Alfonso Lara. A su personaje, y al niño, les pasa algo que a todos nos pasa en mayor o menor medida. Quiere mantener a toda costa lo mantenible y lo no mantenible, el dolor del amor lo lleva hasta la violencia. Otra de matices: hay que estar intenso sin sobreactuar. Prueba superada. David Castillo. Hizo de un niño de muy corta edad en la fantástica Munchhausen de Salva Bolta, salvando admirablemente ese horrendo peligro de terminar como en El chapulín colorado. Aquí hace también de un chico de menor edad de la que tiene. Está anunciando a voces el gran actor que va a ser un día, me parece que hay pocas dudas. Y esto habla bien de mucha gente. En primer lugar, de él mismo. Pero también del entorno familiar de este niño que hizo millones de capítulos de Aída en edad escolar, y del entorno profesional de la serie, que le ha hecho amar en serio la profesión. En otros lugares, ya son ex-toxicómanos a esta edad. Daniel Grao tiene la única escena contrastante, con Castillo, y un papel más realista. A Javier Vallejo le ha parecido un soplo de aire fresco y de tensión verdadera. A mí, por el contrario, me pareció la más complicada, precisamente porque se sale del registro general de la función. Se salva porque ambos mantienen la convicción, si no el patinazo estaba a centímetros. Respecto a Gloria Muñoz, no hace falta que diga nada más: denle el Nacional de Teatro o algo parecido.

En fin. Vean Emilia. Angustiosa, ¿eh? Pero preciosa.
P.J.L. Domínguez