Mostrando entradas con la etiqueta Paco Azorín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paco Azorín. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de marzo de 2019

EL JARDÍN DE LOS CEREZOS

Sala: Teatro Valle Inclán Autor: Anton Chéjov (versión de Ernesto Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: Chema Adeva, Nelson Dante, Paco Déniz, Isabel Dimas, Karina Garantivá, Miranda Gas, Carmen Gutiérrez, Carmen Machi, Isabel Madolell, Fer Muratori, Tamar Novas, Didier Otaola y Secun de la Rosa Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Isabel Madolell, Secun de la Rosa, Carmen Machi, Miranda Gas, Tamar Novas y Nelson Dante

SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

NO SON DISPARATES

Esta vez entenderé a quien difiera de mi opinión y me diga que esto no va a ninguna parte. Yo mismo podría estar escribiendo que la puesta en escena va de disparate en disparate, pega bandazos en cada curva, acumula recursos escénicos (casa de muñecas, trenecito, proyecciones, vestuario, giratorio, músicas varias y mucho etcétera) como quien se aferra a lo que sea con desesperación… y estaría cerca de lo que me pareció ver.

    Pero, en este oficio de matices, la palabra clave en esa frase es “cerca”. Estuve a punto de ver eso, pero lo que vi fue otra cosa: que, por uno u otro lado, la catástrofe se orilla y, hasta cuando el hundimiento parece inminente (escena campestre, rotación del giratorio, desmantelamiento final), la tensión sube y concentra la atención en ese caleidoscopio de dramas personales superpuestos que es El jardín de los cerezos. No me aburrí ni un segundo. Yo diría que el chaleco salvavidas es, de principio a fin, la consistente dirección de actores que sabe encauzar el mucho talento interpretativo desparramado por el escenario. Imposible citar a todos, pero uno de los grandes aciertos de la función es el criado en travestí de Isabel Dimas, extraño eco del Mouton que Palmira Ferrer está haciendo en el Nekrassov de la Abadía (casualidades de la cartelera). Qué ternura, qué tristeza, qué gran final.


No recuerdo un montaje reciente que haya suscitado más unanimidad de opiniones, tanto entre las publicadas como entre las que me comentan por ahí. En rigor, lo que les he copiado más arriba. De los dos extremos (aaaaaay que se va la cosa / huuuuuy que vuelve a su sitio) hay quien pone más énfasis en lo primero (mal) y quien se queda con lo segundo (bien). Con intervalos un poco confusos, a veces poco hilvanados, decía Doncel en ABC. Liz Perales se despacahaba un poco más a gusto en El Cultural, pero rematando con un afortunadamente hay buenos trabajos interpretativos. También se ha dicho mucho algo que sugerí de pasada, pero en lo que no abundé por falta de espacio: la hipertrofia escenográfica (yo hablaba de elementos heterogéneos y casi todo el mundo ha mencionado la distancia excesiva que, a ratos, la escenografía impone a los intérpretes, y a la que yo aludía con lo del "desparrame"). Así que poco más voy a decir.

Uno: detallito sonoro. No sé si he oído alguna vez un efecto mejor logrado de fiesta en el salón de al lado. Ya saben, la reverberación de los graves. Le ha quedado perfecto a Luis Miguel Cobo. He oído lo mismo hace menos de dos semanas en otro sitio y no consigo recordar dónde. Pero nada como lo de Cobo.

Dos: texto del programa de mano. En el 90% de los casos (y me quedo corto) estos textos son infumables. Banalidades, declaraciones de intenciones que no vienen a nada, elucubraciones de individuos/as que como tienen que expresarse es con la pieza, y no con un texto anejo. No hace falta decir que el de la dirección de escena o la creación dramatúrgica (aunque este segundo un poquito más), son talentos que no tienen nada que ver con el de pergeñar un comentario atractivo y/o inteligente. El de Caballero en esta ocasión es interesante y tiene vida propia. Otra cosa es lo que les voy a decir en el párrafo siguiente.

Tres: tanto de ese texto como de alguna entrevista leída por ahí, se deduce que la intención era devolver El jardín de los cerezos a la supuesta intención cómica original de su autor. Dos cosas respecto a eso. La primera, que yo no he visto ni rastro de comedia en el montaje. Un dramón de tomo y lomo, que no se aligera ni por los acentos cubano y argentino, el tono ligero en algún pasaje o el travestí del anciano sirviente (como me ha parecido entenderle a Vallejo). A mí, por lo menos, me generó la misma opresión angustiosa que me ha generado siempre que la he visto. Celebro que, si era ésa la intención de Caballero, no haya llegado a puerto. (O sea, que el interesante texto del programa de mano, aporta, pero poco ilustra respecto al par intenciones/resultado, como ocurre prácticamente siempre). La segunda, que la intención original del autor nos importa, a estas alturas de capas y más capas de connotaciones añadidas, un bledo. Y les voy a contar dos historietas.

Hace muchísimo tiempo, conocí de primera mano los intentos de dos personajes por reconducir la música del siglo XIX (o parte de ella) a su brillo original. Uno sostenía que las indicaciones metronómicas de las obras de Beethoven estaban falseadas en bloque, y proponía una ejecución acorde con las intenciones del compositor. El otro defendió con ardor que la emisión vocal de los tenores se había alterado completamente a lo largo del siglo XX, y planteaba una interpretación distinta y -supuestamente- fiel a la historia. ¿Creen ustedes que a alguien le importó si las respectivas tesis eran históricamente acertadas? No. Lo único que contaba era si el resultado colaba o no colaba. Y no coló. A la "recuperación" de la música preclásica (lo pongo entre comillas, porque vaya usted a saber) le pasó al revés. Moló mucho el resultado. Lo mismo que a la reconstrucción del gregoriano partida de Solesmes, que es hoy en día la única interpretación posible que reconocemos. Y "reconocer" es verbo que viene al pelo, porque ¿reconocerían su música los monjes del siglo IX o los compositores del XIV en estas exquisitas interpretaciones "históricas"? Me temo que no lo sabremos nunca y, además, no nos importa. ¿Preferiría Chéjov que nos partiéramos la caja con las desventuras de sus personajes? A mí, la verdad, me importa poco.

Cuatro: no, no me puse a diseccionar interpretaciones. Sí, Dante está que se sale, como ya ha dicho todo el mundo. Ya se salía en En construcción y en Adentro. Me alegro de que haya llegado a los escenarios grandes. Machi no yerra una, ya se sabe. Nos acostumbramos, y ya no les damos mérito. Me gustó mucho, muchísimo, Miranda Gas, una actriz que interpreta tan en el sitio del personaje, tan a ras de tierra del calco de la realidad, tan... ESTUPENDAMENTE BIEN por decirlo de forma clara, que tiene siempre un tremendo hándicap (¿cómo castellanizo eso?) que arrastrar: todo el mundo recuerda el personaje, pero se le escapa la actriz. Lean eso que acabo de decir con atención, porque es un elogio inmenso. No crean que una observación tan sutil se me ocurrió a mi solo: me la sopló JM, que sabe más que yo de todo esto. Los que me parecieron fuera de onda: Secun de la Rosa y Carmen Gutiérrez. ¿Serán los únicos que se creyeron de verdad que esto iba de hacer reír? Buenos ambos (¿la vieron a ella en Un marido de ida y vuelta?), pero perdidos como pulpos en este inmenso garaje. El tío Gáyev es uno de los personajes más tristes de la historia del teatro, un filón del que aquí no se aprovecha nada.

Chéjov es el maestro de la nostalgia. Escribir esto me ha hecho añorar el Teatro del Arte y La Casa de la Portera (En construcción y El huerto de Guindos).
P.J.L. Domínguez

          

miércoles, 5 de julio de 2017

INCONSOLABLE

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Javier Gomá Director:  Ernesto Caballero Intérprete: Fernando Cayo Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Esto que leen aquí, en el encabezamiento de la crítica, estaba originalmente al final, pero lo que he venido encontrando en los últimos días me mueve a destacarlo. Ha sucedido algo curioso, que yo no había detectado nunca (esto no quiere decir que no haya ocurrido, vaya usted a saber). Todas las críticas en papel que he leído son elogiosas (analizando entre líneas las de Vallejo y Villán podría interpretarse que no les ha maravillado el texto, pero quizá sea buscar tres pies al gato). Todas las críticas digitales que he leído son negativas. ¿No es llamativo? ¿Tienen alguna hipótesis? Yo sí, pero me la callo.

LOS DE PAPEL A FAVOR:
Javier Villán en El Mundo (se la tienen que buscar en un tweet del CDN del 30 de junio, porque el contenido es de pago en su página original)

LOS VIRTUALES EN CONTRA:

Como el catálogo de opiniones sobre todo en general, y sobre la crítica en particular, es infinito, tengo algún lector al que no le gusta nada que cite, alabe o discuta las ajenas. No consigo entenderlo, la crítica es también -quiza, sobre todo- debate. ¿No vamos a poder comentarnos unos a otros? Me parece que lo que subyace en el fondo es nuestra incapacidad (nuestra, de los seres humanos quiero decir) de distinguir entre la discrepancia de ideas y la descalificación de las personas. 

Y, ahora sí, la mía.

QUE SALGAN LOS DELFINES

Caballero (director), Cayo (actor), Azorín (escenógrafo), Aníbal (iluminador), Cobo (músico) y Domínguez (figurinista) han hecho lo que han podido. Como me dijo JM ante alguno de los esfuerzos colectivos por levantar un monólogo imposible, sólo faltaban los delfines. En el momento en que me lo dijo ya llevaba yo unos minutos echando en falta a las alegres chicas de Colsada. Que entre el coro. Disparen los fuegos artificiales. Send in the clown. Que el actor se quede en tanga y haga unas piruetas en el trapecio (ojo: las piruetas acaban llegando), porque los espectadores comienzan a sufrir bajadas de tensión y está la plazuela que no caben más ambulancias.

He comenzado diciendo que Caballero (director) ha hecho lo que ha podido. No puedo decir lo mismo de Caballero en su faceta de seleccionador. Este texto no tiene ningún merecimiento para acabar representado, y mucho menos en la sala grande (!) del María Guerrero. En fin. El mundo es ansí, ya lo saben. Me pregunto si el autor conoce El año del pensamiento mágico, porque hay que tener mucho arrojo para estrenar esto después de aquello. Inconsolable es un texto pésimo en varios niveles:

1) El género. Es antidramático, no-teatral. Es un ensayo (un mal ensayo). Esto no lo digo porque su autor se haya dedicado a eso hasta ahora, sino porque es así. Y si no me creen, vayan a oírlo. No hay ni rastro de eso que llamamos arco dramático. Bueno, no. Es peor. Sí que hay rastro. Hay un intento al que se le ven todas las costuras: forzado y sin efecto. El personaje comienza diciendo que no se va a meter en cuestiones sentimentales exclusivamente suyas y que sólo hablará de conceptos universales. Declara que lo otro le parece una literatura maleducada, romanticismo trasnochado de andar restregando los propios mocos al respetable. Y luego, por supuesto, da rienda suelta a sus miserias para terminar otra vez pulcro y en registro de conferenciante. Un A-B-A clásico que podría firmar Mozart, si no fuera porque Mozart sí dominaba los tiempos dramáticos. El contraste entre ambas voces -las dos caras del personaje- se ve venir de lejos. Ayer mismo leía ese pasaje de Marsillach en el que dice que el teatro es ritmo y sorpresa. Cuanto más repite el monologuista que no irá por ahí -y lo repite cansinamente- más convencidos estamos de que en eso consistirá el giro: sorpresa, caput. ¿Y ritmo? Pues verán: el árido registro inicial dura... ¡cuarenta y cinco minutos! Está estirado hasta lo insoportable en el estilo descrito en el punto 3. No hay quien pueda. Llegados a ese lugar del hastío o salen los delfines vestidos de lentejuelas o ya no hay nada que hacer. A pesar de la trasmutación escenográfica (también, ay, previsible: las testas de las piezas metálicas que la hacen posible están incomprensiblemente a la vista).

2) El fondo. Es banal en sentido bidireccional. Ni ahorra una sola de las ideas comunes que nuestra cultura maneja sobre la muerte (desde la levedad de la tierra hasta el desplazamiento a primera línea ante el abismo que supone la desaparición de los padres; desde el consuelo que procura el afecto de los próximos hasta la perpetuación del difunto en la conciencia de los vivos; desde la cadena generacional que transmite el testigo hasta...). Ni aporta una sola idea original. Esto puede ser perfectamente tolerable en un texto dramático, que no está para aportar ideas originales sino para recrear el mundo (o una visión del mundo) en el escenario. Pero, como les he dicho, éste es marcadamente ensayístico. No hay drama (como sería preciso en el teatro), no hay ideas (como sería necesario en un ensayo). No hay nada más que sopor. Por cierto, la cosa termina autocondenada. Algo se dice al principio sobre la moralidad como refugio de los discursos vacíos. Así termina este discurso vacío: con una conclusión moral para la que no necesitábamos alforjas. Que la muerte debe impulsarnos a ser mejores. Toma.

3) El estilo. Pensé durante un rato que este estilo que combina la frialdad quirúrgica y la retórica más ramplona era un efecto buscado para reforzar el efecto de alejamiento que el personaje quería imponerse respecto a sus sentimientos profundos. Pero no. Sigue igual toda la función. Sin desaprovechar un solo sintagma trillado que saliera al paso. Por no hablar de hallazgos como "excesivismo" o "acostumbramiento". Soporífero.

El texto no tenía remisión, y mira que le han hecho de todo. Es como un abeto reseco que se han esforzado en tapar con espumillón (qué bonita palabra). El espumillón no está mal, pero al final sólo faltan los ya mencionadísimos delfines. Cae nieve, cae un árido, el suelo se levanta los pajaritos cantan... huy, perdón: el suelo se levanta, se abre una compuerta, entra música, entran ruidos, entra una discreta imagen proyectada, sube al fondo una línea horizontal verde, baja al fondo una línea horizontal verde, el iluminador despliega todo el catálogo de recursos que sabe ubicar atinadamente... Hubiera sido fantástico emplear toda esta potencia creativa en algo que mereciera la pena.

* * *
Miren ustedes por dónde, algo hay con lo que me identifiqué y que me da pie para este párrafo. Dice el personaje que no soporta en los demás sus propios defectos. Que los reconoce de inmediato y los odia. A mí me pasa lo mismo (aunque no siempre, otras veces me producen un efecto cómico y de compasión, del tipo de "éste es idiota de la misma manera que yo"). Si el texto me ha generado el rechazo que queda patente en las líneas anteriores es, en parte, porque comparte ampliamente los defectos de mi prosa. Qué les voy a contar: no sólo un deslizamiento constante hacia lo prolijo y lo repetitivo, sino también un echar mano sin cuento de las fórmulas estereotipadas, los adjetivos cantados, las expresiones hechas. Como esta misma enumeración de tres elementos de la frase anterior. A mí se me antoja que lo hago con una gran habilidad para la ironía, la autoironía y la parodia, pero digo "se me antoja", porque no es verdad. Lo que me termina saliendo es una cosa entre el BOE y el libro de texto que -alguna lucidez guardamos todos en el fondo- me aconseja no dedicarme a la literatura. Tanto menos a la dramática, que consume el tiempo del espectador a chorros. A lo mejor un día me da por estrenar algo y alguien me propina una coz calcadita a esta misma.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 14 de mayo de 2017

REFUGIO

Sala: Teatro María Guerrero Autor y director: Miguel del Arco Intérpretes: Israel Elejalde, Beatriz Argüello, Macarena Sanz, Raúl Prieto, Carmen Arévalo, María Morales y Hugo de la Vega Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)

Gran escenografía de Azorín, estupendamente iluminada por Gómez-Cornejo.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

BOFETADA

¿No se está entendiendo la intensidad de esta bofetada moral o es que ya no hay sopapo que nos despierte? Recordamos con horror el desprecio que los refugiados de nuestra guerra sufrieron, pero despreciamos a quienes ahora buscan auxilio. Esta familia en la que nadie está dispuesto a molestarse por el otro –bastante tiene cada uno con su minúsculo drama- se yuxtapone con total comodidad a la tragedia de un extraño sin ni siquiera olisquear un poco, fuera acaso por curiosidad, para saber qué le ha pasado. Sí, un retrato de Europa. Refugio grita contra una escala de valores que pone el exceso de azúcar en la dieta propia por encima de la muerte ajena. Como La lista de Tremblay, vista en la Cuarta Pared recientemente.


    Pero Refugio no es una excelente pieza de teatro por su altura moral, las buenas intenciones no salvan las propuestas estéticas. Lo es porque está montada con completo control de los tiempos narrativos; porque las interpretaciones encajan unas en otras con precisión quirúrgica; porque el uso de los elementos envolventes (la escenografía de Azorín, la luz de Gómez-Cornejo y la música de Vila y Wagner) es siempre de una hermosura dramatúrgicamente efectiva, sin que nada sea gratuito. El director Del Arco ha sabido contrapesar a las mil maravillas la densidad alegórica de algunos de los pasajes del autor Del Arco.

Y lo que no cabía allí:

Supongo que le pasa a todo el mundo, pero a veces me siento como un marciano, como si mis semejantes vivieran en otro planeta o mi sistema de visión fuera distinto y estuviéramos -ellos y yo- rodeados por una realidad decodificada de forma divergente. Como Predator, que en vez de percibir nuestro espectro visible captaba la temperatura (o algo así, ¿no?). Ya sé que todos tenemos vidas difíciles, que el tiempo no llega para nada y que bastante hacen millones de héroes y heroínas anónimos con sacar adelante a su prole, sobrevivir con la pensión o seguir adelante enlazando trabajos que apenas dan para alimentarse. Pero resulta que tenemos a unos profesionales especializados en analizar e intentar remediar los problemas comunes. Se llaman políticos. Y resulta que no hay ni un solo político de relieve en Europa -que yo sepa- que haya sido capaz de gritarnos a la jeta que lo peor que nos está ocurriendo ahora mismo no es el paro; no es el consumo de alcohol y drogas entre los menores; no es la discriminación por raza, género, orientación sexual o lo que sea; no es la violencia yihadista; no es nada de todo eso que llena sus discursos o que hace que se peleen entre sí. El mayor drama moral de Europa es el de los refugiados de una guerra que llegan a nuestras fronteras buscando auxilio y se encuentran alambradas, zancadillas, campos helados llenos de barro y mafias que los llevan al fondo del mar. Es repugnante por muchos motivos, pero quizá el más simple de explicar es que arreglar esa situación y organizar una atención -siquiera provisional y en barracones- al nivel de la dignidad humana costaría el equivalente del famoso chocolate del loro. Y, sin embargo, nadie es capaz de decirnos a los votantes que, si no asumimos esa responsabilidad -esa responsabilidad de, pongamos, dos euros por europeo al año, y me paso diez pueblos- confirmaremos nuestra bajeza moral y convertiremos a Europa en poco más que una llaga purulenta. Y no es que busquemos políticos hermanas de la caridad, sino que ni siquiera hay uno capaz de llegar al cálculo de que a veces es más rentable quedarse con los restos de la minoría que pegarse con otros mil para representar el egoísmo general. Como las cadenas de radio emitiendo fútbol todas a la vez, sin que ninguna apueste por quedarse con el total de quienes lo aborrecen.

El drama de los sirios que perecen a las puertas del refugio europeo ha terminado (no sé si será para siempre) con mi confianza en la política. Y me quedo perplejo, como les decía, ante la indiferencia de los demás.

Y en esto llegó Miguel.

Llevo meses esperando algún aldabonazo que sacuda las conciencias, y ha sido Del Arco el que lo ha propinado. Pero da igual, es como si nadie lo pillara. Espero que, al menos, le sirva a él para superar esa frustración de no poder hacer nada que muchos arrastramos. Yo se lo agradezco de corazón, hace que me sienta menos solo. Me enteré ayer (escribo esta frase el 20 de mayo) que Vanessa Redgrave ha dirigido un documental sobre el asunto. Otra que no ha tenido estómago para quedarse quieta.


* * *

La lista, de Jennifer Tremblay, confrontaba también una tragedia con las minucias de la vida, pero allí era una pequeña tragedia personal lo que aquí es una inmensa tragedia social. Como la protagonista de Tremblay, los personajes de Del Arco están demasiado ocupados con las miserias de todos los días para advertir lo que ocurre delante de sus mismas narices. Aunque todo ese reconcentrarse en sí mismos no les ayude a avanzar un centímetro en la superación de sus problemas. ¿O no es, precisamente, esa actitud la que los bloquea? El infierno son los otros, no cabe duda, pero la salvación, también. A riesgo de que me juzguen cruel, les diré que tengo alrededor algunas personas a las que quiero y que están perdidas en ese mundo de análisis y lamentación constante del yo, mí, me, conmigo. Personas que tienen la desgracia de no tener que cuidar de un padre anciano o de un hijo que demanda atención, o que simplemente no se ven en la necesidad de moderar las manías propias con las ajenas de un cónyuge siempre presente. Personas que terminan obsesionadas con el color de los cojines del salón, con su estado de ánimo o con el sarpullido que les ha salido en el brazo. Sólo se me ocurren dos consejos cuando me los piden: haz ejercicio y cómprate un perro enfermo. Eso es Europa: un lugar con millones de personas que no son capaces de medir los problemas propios y los ajenos, y tomar decisiones de acuerdo con la envergadura de los unos y los otros.



Yo no soy nadie para dar lecciones morales, pero Del Arco sí. Ésa es una de las funciones de los grandes artistas. Algunos grandes directores de escena saben mucho de organizar los tiempos; otros, de organizar los tiempos y los elementos visuales; otros, de reproducir las características de estilo de un género determinado; otros, de dirigir actores. Del Arco sabe hacer todo eso pero es, además, un profundo conocedor del alma humana. (Miren qué frase decimonónica me ha salido, me pasa cada vez más) En Refugio ese talento no lo exhibe sólo el director, sino también el autor. No es su primer texto, como alguien ha dicho: ya estrenó Deseo y Juicio a una zorra, y los tres son estudios sicológicos de envergadura (no conozco Youkali). Pero ese conocimiento ha brillado también en las versiones de los clásicos que ha dirigido, excepto quizá -nadie es perfecto- en ese Hamlet que lo mismo le va a valer un Max. Ya saben, los premios son a menudo absurdos y no hay quien supere en absurdo a los Max. En la terna de este año no está Incendios, pero sí Només son dones. Ver para creer.

* * *
Básicamente, un artista es alguien que hace montones de veces lo mismo. A unos se les nota más (Vivaldi, Borges) y a otros menos (Frank Lloyd Wright, Rafael Sánchez Mazas). [Sí, los ejemplos son un batiburrillo un poco disparatado, pero a veces me divierte escribir así pensando en cuántos seguirán el hilo de lo que pienso y cuántos me dejarán por imposible. Perdonen] Miguel del Arco es más bien de los segundos (repasen la lista de sus montajes), pero me ha parecido ver, gracias a Refugio, una línea más o menos constante en sus intereses: la confrontación del individuo y el grupo. Hasta donde llego yo y dónde comienzan los demás. Qué les debo, por qué me amargan. Etcétera. Quizá por eso se ha quedado Teorema -inspiración inicial del texto, por lo que ha dicho su autor- tan lejos: por la deriva intensamente social. En Teorema lo social al fondo, pero más como referente de la alegoría que como elemento evidente de la trama dramática. Contrariamente a -diría yo a bote pronto- que en el resto de las películas de Pasolini, donde este contraste entre el individuo y la sociedad suele estar en el centro de la cuestión.
* * *
No se ha entendido la yuxtaposición -y, a veces, solapamiento- de registros, y es como decir que no se ha entendido nada, porque es el rasgo fundamental de la función. No uso "entender" en el sentido de, por ejemplo, "entender el teorema de Pitágoras", como si yo fuera el listo que lo ha entendido, sino más bien queriendo decir "compartir la apreciación de que funciona estéticamente".  Y vaya si funciona esta ensalada: realismo puro en la escena inicial del político ensayando una entrevista, realismo costumbrista hasta lo cómico en algunas réplicas de la encantadora familia del mismo político, pandurismo visual y auditivo en el monólogo de la esposa duplicada por el fantasma de la difunta mujer del refugiado y con fondo del Tristán, lirismo poético en las conversaciones entre el refugiado y el fantasma... Efectivamente, exige del espectador una notable flexibilidad de cintura para saltar de uno a otro ecosistema. Hay quien ha reprochado que las conversaciones de los refugiados en alta mar no se ciñan a lo que cabe esperar de la desesperación del momento, olvidando quizá que tampoco cabe esperar que se cruce el Mediterráneo en un sofá (que es el mueble que simula ser embarcación). O sea: que el realismo era en otro momentito. Desde luego, este planteamiento no se hubiera podido sostener sin estos intérpretes y sin las soluciones escenográficas.




Parece que todo el mundo está de acuerdo en el acierto del cubo transparente y móvil de Azorín. Yo añado que se ha usado de maravilla (menuda idea colocar encima la presencia constante de la mujer ahogada), se ha iluminado de maravilla y se ha sonorizado de maravilla, alejando la impresión auditiva de lo que ocurre dentro. El cubo me recuerda el giratorio de Deseo, como el sofá me recuerda la cama de Hamlet.

* * *

Elejalde es mucho Elejalde. No sólo es un gran actor, me parece -de lejos, no lo conozco- el tipo de artista comprometido con la creación. Un entusiasta. Me encantó su dirección de Sótano y no me gustó La voz humana (a ver si un día les cuento), pero tengo la sensación de que hará cosas interesantes sin parar. Otra cosa que he leído por ahí es que no tendría por qué echarse a llorar en esta función. ¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué no tiene que echarse a llorar? Hemos debido de ver funciones distintas, ¿qué más tiene que pasarle a alguien para que llore? Lo raro sería que no lo hiciera.

Raúl Prieto está superlativo, y que conste que es un hombre que no siempre me ha convencido. Pero su trabajo fue más fuerte que mis reparos en Antígona, y ahora sale airoso del comprometido trance de estar ahí en medio como ausente mientras los demás se desgañitan. No es fácil no parecer idiota. Es la viva imagen de la angustia. María Morales se ha ganado un puesto en mi álbum de favoritas: Como si pasara un tren, La distancia, Todo el tiempo del mundo. Beatriz Argüello y Macarena Sanz ya estaban en ese álbum (si pinchan sus nombres les salen las entradas que las mencionan en el blog, con ésta en cabeza), y la abuela (Carmen Arévalo) y el nieto (Hugo de la Vega) las dan todas en su sitio. No se puede pedir más, termino repitiéndome: creo que no se ha entendido bien. Yo le puse cinco estrellas.

P.J.L. Domínguez
 
 P.S. Olvidé mencionar una excepción relevante a ese "no se ha entendido bien". Ordóñez anunciaba al pie de su crítica de La ternura que pronto se ocuparía de esto, pero adelantaba: Una función furiosa y valiente, un diagnóstico actual que juega con tonos y ecos (la velocidad y la lucidez de Sorkin, el vuelo de Koltès, la desolación de Pasolini) y donde todo se combina a la perfección: la puesta, la luz, la escenografía, con un reparto brillante (Carmen Arévalo, María Morales, Macarena Sanz, Beatriz Argüello, Hugo de la Vega), encabezado por Israel Elejalde y Raúl Prieto.
 
          

jueves, 2 de febrero de 2017

JARDIEL, UN ESCRITOR DE IDA Y VUELTA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Enrique Jardiel Poncela (versión de Ernesto Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: Chema Adeva, Felipe Andrés, Raquel Cordero, Paco Déniz, Jacobo Dicenta, Luis Flor, Carmen Gutiérrez, Paco Ochoa, Paloma Paso Jardiel, Lucía Quintana, Cayetana Recio, Macarena Sanz, Juan Carlos Talavera y Pepa Zaragoza Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

REGATE A LA MELANCOLÍA

Un Jardiel montado con los medios necesarios es siempre motivo de alborozo. Incluso si se le agregan unos flecos al comienzo, al final y en los entreactos que maldita falta que le hacen y que dan pie al cambio de título. Porque, como todo el mundo adivina, la función es Un marido de ida y vuelta. Afortunadamente, son modestos y cortitos, y apenas molestan.

Apartada esa distracción, ahí está Jardiel, intacto en su salsa: un humor refinadísimo que oscila en­tre la pata de banco y el regate a la melancolía y el cinismo. La carcajada salta aquí o allá, pero el pla­cer se parece más a unas cosquillas suaves en el intelecto. Nunca terminaré de admirarme ante esta explosión de inteligencia.

Caballero acierta en la puesta en escena y, sobre todo, en la dirección de actores, perfectamente en estilo. Lucía Quintana ya lo estaba en la Maribel de la Extraña familia de Gerardo Vera, prima carnal de este teatro. Los maridos, Ochoa y Dicenta, y el mayordomo, Déniz, no dan una fuera. La amiga un poco torcidilla de Carmen Gutiérrez me recordó a Mónica Randall, y con eso están todos los elogios dichos. Paloma Paso Jardiel milimetra cada síla­ba en su lugar, una maravilla. La escenografía de Azorín no viene a nada, pero funciona que da gus­to, milagros del teatro. El vestuario de Domínguez, notable. Estupenda función.

Y alguna cosilla que no cabía allí:

1.- Supongo que algunos de mis lectores me imaginarán como el espíritu de la contradicción, disfrutando cada vez que algo me parece el exacto contrario de lo que todo el mundo dice, pero resulta que no, que me encanta coincidir. Según y con quién, claro. Hoy he leído la crítica de Ordóñez en Babelia a este Jardiel y me ha puesto de excelente humor comprobar que él y yo (que es como decir Dios y un hámster) hemos visto lo mismo: una excelente reconstrucción del modo en que estas comedias deben decirse. Él sabe más que yo de esto, desde luego, pero ¿es literalmente cierto que "la tradición se ha perdido", como dice? Elogia, y no es para menos, la certera puntería de Paloma Paso Jardiel para colocarlas todas, y me pregunto si la tradición no está ahí vivita y coleando. Ya que hablamos de tradiciones más o menos vivas, y después de verla en el Alfil en La madre que me parió me pregunto cómo estaría la Ayuso en un Jardiel después de que mostrara en aquel espanto de Los caciques que hay quien recuerda cómo se hacían las cosas. Escribo esa frase, me pongo a buscar diez segundos y -por supuesto- la Ayuso no sólo ha hecho a Jardiel, ¡sino que ha protagonizado Un marido de ida y vuelta! En la tele, el 69, aquí la tienen joven y guapa.

2.- Un montaje que se pliega a un estilo es el síntoma de la modestia del director. Una modestia bien invertida. Es lo mismo que ha hecho Lima en Las brujas de Salem, y también le ha salido bien. El viernes lo publico.

3.- La pieza es un bombón para un buen figurinista y una trampa mortal para uno malo, con ese montón de disfraces del primer acto que, si no se resuelven bien, se convierten en un carnaval barato. Juan Sebastián Domínguez, un tipo de gusto certero -y que no es primo mío- ha sabido aprovechar el fondo escenografico neutro. ¿Neutro?, se dirá más de uno. ¿Neutro, unos palcos y galerías calcadas del historicismo sui generis del María Guerrero? Pues sí. En cualquier otro sitio (por ejemplo, el escenario del Valle Inclán) sería un cañonazo visual, pero aquí no cabe imaginar nada más neutro que este espejo tridimensional. Es un decorado de camuflaje. Los trajes lucen como si estuvieran enmarcados. 


A pesar del forzoso torero que parece que el autor puso para hacer el empeño imposible, los disfraces iniciales (véase foto) evitan el tradicional efecto de función de instituto. ¿Y cómo? Muy simple. Engañando, que es como hay que hacerlo todo en el teatro. En el primer acto hay una fiesta de disfraces. ¿Cuál es la primera regla del vestuario teatral? Que no debe parecer disfraz, sino traje. Si pongo un montón de disfraces que parecen disfraces, es el horror. "¡Pero si tienen que ser disfraces!", dirán ustedes. Da igual. No puede ser. Así que llega Domínguez y hace unos señores trajes (vean ahí a Macarena Sanz de Catalina de Médicis arrodillada o a Lucía Quintana de Cleopatra) y añade alguna cosilla para sugerir el efecto disfraz, como los detalles dorados en el juglar o plateados en la dama (o el remate del peinado de la japonesa, que no me resisto a reproducir en fotografía).


En otras palabras: unos buenos trajes pueden hacer las veces de disfraces en la fiesta de disfraces representada en el escenario. Unos reales disfraces de baratillo parecen en escena... simplemente un horror. Estas paradojas de lo real y el engaño saltan constantemente en el teatro, a ver si esta semana les cuento la de El cartógrafo.

Después del baile hay que seguir vistiendo a un montón de gente, incluidos señores en pijama, bata y zapatillas. Con un par de piezas de résistance, el negligé y el vestido plisado final de la protagonista, Domínguez no da punto sin puntada (así lo decía mi abuela, y era modista, así que a callar).

4.- Repasando el archivo (una de las ventajas de la edad, estoy haciendo una lista para superar todas las desventajas que se encargaron de refregarme por los morros en La velocidad del otoño) me encuentro lo que escribí cuando Mara Recatero dirigió este mismo título, y se lo copio ahora para ahorrarme unas líneas:
    Como en cualquier forma de teatro cómico, lo esencial aquí es dar con el tono. La sutileza de la comicidad de Jardiel se apoya en eso o se diluye en la nada; pasa tan desapercibida que es como si las frases no se oyeran. Y me parece, después de vista la versión, que uno de los puntos cruciales de este teatro es que los personajes no son caracteres sino tipos. Esto es: la protagonista debe ser la coqueta frívola (si ésa es la decisión adoptada sobre el personaje, caben otras) todo el tiempo y por encima de cualquier obstáculo, por mucho que la frase se preste al drama o al sentimiento.
En los diez años que han pasado desde entonces mi pensamiento se ha hecho más rígido (claro, ¿qué esperábamos?) y me arrepiento ahora del "caben otras". Dudo de que quepan muchas interpretaciones, tanto de la protagonista como del resto de personajes. Son tipos, como los de la Comedia del Arte o los estereotipos de los teatros orientales. Más se acerca la interpretación al tipo, más hilaridad produce. Ése es todo el secreto de Paloma Paso Jardiel y la tía Etelvina: es la vieja tía faltona que ha hecho toda la vida lo que le pasaba por la peineta.

5.- Me encantó Carmen Gutiérrez. Miro su curriculum y veo que  es prácticamente como si la hubiera ido esquivando. Tengo que repasar mañana las notas sobre La condesa de Malfi a ver si la señalé. Espero topármela de vez en cuando. Imposible terminar sin citar el enorme encanto de Lucía Quintana, que sabe dosificarlo, ahí está la gracia.

NOTA DEL DÍA SIGUIENTE: Es maravilloso cuando a la realidad le da por ser coherente. Miro mi crítica de 2003 de La condesa de Malfi y me encuentro lo siguiente: Sólo se salvan en alguna medida las dos actrices y, sobre todo, Carmen Gutiérrez que, en el papel protagonista, consigue dar réplicas cabales a pies imposibles. Ya me gustó entonces.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 11 de octubre de 2016

ESCUADRA HACIA LA MUERTE

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Alfonso Sastre Director: Paco Azorín Intérpretes: Jan Cornet, Iván Hermes, Carlos Martos, Agus Ruiz, Unax Ugalde y Julián Villagrán  Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Ahí se desarrolla casi toda la acción. Entran y salen por arriba (hay otra escala y otra trampilla en el espacio superior), y ahí arriba reciben lo que parece una ducha desinfectante cada vez que vuelven del exterior. Los muertos se van instalando a la derecha (fuera de cuadro), donde  les esperan los instrumentos musicales.


Escuadra hacia la muerte casi no se ha representado en contexto profesional. Digo "en contexto profesional", porque fue muy representada por grupos de aficionados. Las pruebas en contrario son siempre sospechosas, pero cabe hacerse una pregunta: ¿Hay algún motivo para que un texto de uno de nuestros dramaturgos más relevantes del siglo XX -texto, además, que todo el mundo ha leído o del que ha oído hablar- prácticamente no se represente? Sí, lo hay: es un ladrillo imposible. ¿No me creen? Léanlo. Una cosa deshilachada, sin sentido dramatúrgico, con diálogos hinchados de significados explícitos o sobrentendidos acerca de  la existencia, la muerte, la libertad, la soledad... no falta nada.



Quizá se estén haciendo la pregunta contraria. ¿Por qué, entonces, tuvo tanto éxito en el teatro aficionado o universitario? Yo diría que por el mismo motivo que llevó a su prohibición tras tres representaciones: porque se estrenó bajo una dictadura. Si alguno de ustedes tiene el arrojo de pasarse por el María Guerrero, le animo a que se pregunte el porqué de la prohibición. Vista hoy, Escuadra hacia la muerte no parece antinada, apenas si un pelín antimilitarista, el drama existencial se come a todo lo demás, incluida la ambientación bélica. Pero bajo un régimen autoritario, las connotaciones antiautoritarias borraron cualquier otra cosa. Vista en 1953 -y muchísimo después-, era fundamentalmente una historia en la que los soldados oprimidos por el cabo, se lo cargan. O sea, una historia de rebelión frente al poder injusto. De ahí la prohibición, de ahí el éxito entre los grupos de jóvenes aficionados. Me temo que hoy en día sólo quienes recuerden la dictadura con sus propias tripas serán capaces de percibir la relevancia de este factor. Desvanecido el efecto, no queda nada. Recordemos eso que tantas veces se dice en este blog: el teatro no es mejor o peor por la tesis que defienda.


La versión de Raúl Hernández Garrido en Estudio 1 (2006). Críspulo Cabezas y Peris-Mencheta jovencísimos.
No entiendo cómo ha podido caer en esta trampa Azorín, un hombre de teatro que sabe bien lo que hace (aquí tienen el enlace a las menciones en el blog). ¿Habrá sido un encargo? Si la intención era programar a Sastre, había infinidad de títulos donde escoger. En cualquier caso, Azorín ha entendido que el texto no se sostenía solito y le ha puesto un par de muletas. Lo más invasor, unos poemas de Brecht encajados entre cuadro y cuadro. Horrible, no hacen más que confundir. Por si no hubiera suficiente significado desparramado, vagando huérfano por el escenario, toma más palabras - palabras - palabras noqueando al respetable. El segundo invento consiste en ir acumulando los muertos a la derecha (del espectador) del proscenio, haciendo cositas con unos instrumentos musicales que allí les esperaban. Horroroso.


Fíjense en lo que he encontrado por ahí: una lectura de Escuadra hacia la muerte en una emisora local a finales de los cincuenta. Durante mi infancia, todavía había lugares (lugares que ahora no existen: locales parroquiales, asociaciones culturales...) en los que abundaban los cuadros de esos estilos.
Los actores están, en general, mejor de lo que todo lo anterior podría hacer pensar. Esforzados en la tarea -imposible- de transmitirnos algún conflicto interesante. Hay momentos en que consiguen que el artefacto parezca a punto de despegar. Con la notable excepción de  Villagrán, que con idéntico gesto podría componer un oficinista y que deambula con aspecto de no creerse nada de lo que ocurre. No me extraña. Se salva el aspecto visual: la escenografía, del propio Azorín, las proyecciones de Pedro Chamio y el vestuario de Juan Sebastián Domínguez.
P.J.L. Domínguez

          

lunes, 22 de febrero de 2016

VIDA DE GALILEO

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Bertolt Bercht (traducción de Miguel Sáenz, versión de Ernesto Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: Chema Adeva, Marta Betriu, Paco Déniz, Ramón Fontserè, Alberto Frías, Pedro G. de las Heras, Ione Irazabal, Borja Luna, Roberto Mori, Tamar Novas, Paco Ochoa, Macarena Sanz, Alfonso Torregrosa y Pepa Zaragoza  Duración: 2.05'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Ahí tienen el giratorio.
Ésta fue mi crítica en la Guía:

Prefiero empezar por lo que me sobra: alguna espumilla que flota sobre la sustancia. Primero, eso de “¿Dónde está Fontseré?” (se supone que el primer actor ha desaparecido y que es el propio Brecht el que actúa). Luego, el interludio, cantado con desparpajo por una pareja a la que no se sabe muy bien qué se le ha perdido en la función. Y no estoy muy seguro de que la música en directo aporte gran cosa.

    Ni el texto ni la puesta en escena necesitan tales distracciones ni para contraste con la manifiesta austeridad de todo lo demás: la escenografía es muy poco más que el plano del suelo, el vestuario no se sale del negro, la interpretación no despliega grandes alharacas, especialmente en lo que atañe al protagonista. Está bien así: un marco más que adecuado para el nervio narrativo de un texto perfectamente estructurado (no sé cuántas versiones le costó a su autor) y dicho impecablemente por un elenco que parece creérselo. Pocas veces más justificada la metafórica escenografía de simetría central, muy bien usada en entradas y salidas y en el movimiento general de actores.

Fontseré, que a muchos nos costaba ver en el papel, da en el clavo con una interpretación que dosifica heroicamente las ganas de retranca que el actor y el personaje llevan dentro. Me gustaron todos, pero sobre todo Torregrosa, Déniz, Irazabal y Macarena Sanz.

Y alguna cosilla que no cabía allí:

1.- En primer lugar, ya tenía yo ganas de coincidir con el sentir mayoritario, después de tanta discrepancia en los últimos días. Parece que las alabanzas a este Galileo son unánimes. Alguien creerá que me encanta ir contra corriente, ser el pitufo gruñón y poner a caldo a cuanto profesional consagrado me caiga entre las garras, y no: me quedo mucho más tranquilo cuando las cosas me gustan. Como les voy a propinar en nada la crítica sobre el Hamlet de Miguel del Arco que es un fiasco notable -y bien que lo siento- dejen que me regodee un poco en esta armonía galileica.

2.- Alguna vez les he dicho esto de que Brecht debe de ser el autor que más influye -después de muerto- en las puestas en escena de sus obras. Tanto teorizar con el extrañamiento, a ver quién es el guapo que se ponga a montar sin demostrar que se sabe la lección. Las opiniones de Shakespeare, de Molière o de Lope traen perfectamente al fresco a los directores que usan (y pongo "usar" adrede) sus textos, pero ojo con Brecht. En esta versión, es él mismo quien aparece (representado por Fontserè) y quien tiene que asumir el papel protagonista, porque Fontserè ha desaparecido. También la música en directo obedece, en la estética brechtiana, a la intención de que el espectador tenga bien claro en todo momento que se trata sólo de teatro y evite sumergirse emocionalmente. Muy bien, la teórica aprobada. Pero esto al espectador le importa, y debe importarle, un bledo, y sólo cuenta el resultado en su conjunto. Aparte del valor de oír la música original de Eisler, creo que la función ganaría en ritmo sin los interludios, y se acortaría en esos quizá diez minutos que aún me parece que le sobran (ya le hicieron algún corte antes de que yo la viera). Digo esto respecto a las transiciones cantadas. En cuanto a la irrupción de la pareja, ya glosada en la crítica en papel, sería más tajante: no viene a nada. Me parece que logra el efecto de extrañamiento, precisamente cuando no era buscado (ya que está integrada en el flujo narrativo). Pero al crítico le pasa como al director: si dice que le sobra la música en escena, parece que nunca se enteró de qué va la copla histórico-estética. Un ignorantuelo. Más de uno pensará eso si sólo ha leído la crítica en papel.

3.- Escenográficamente, el diseño de Paco Azorín apenas se despega del suelo. Incorpora un giratorio; algo que estuvo muy de moda hace unos pocos años. Aparecían donde menos se lo esperaba uno, pero éste está más que justificado, con Tolomeo, Copérnico y Galileo en danza. Aunque también hay quien ha dicho que da demasiadas vueltas (creo que La razón, es curioso, a mí me pareció que giraba más bien poco). La combinación de diseño y uso dramatúrgico (los dos aspectos de toda escenografía) es un acierto. El par sirve de curioso contrapunto (a veces parece que las casualidades las orquesta alguien) al Sócrates de Gas. Sobre el plano, dos simetrías centrales sin tacha. Si me apuran, más central la de Azorín, ya que la otra tiene unas gradas al fondo sin contrapartida simétrica. Pues bien: el uso de Gas se limita al aburrido ensalzamiento del centro, en el que se ubica el asiento para el protagonista, que se pasa ahí quietecito buena parte de la función, pontificando. Casi el cien por cien del tiempo las figuras que el resto de intérpretes combina son simétricas. Estático y estéril. Caballero ha usado la centralidad con cintura, orquestando un diálogo dinámico entre las evoluciones de los actores y la corriente de atracción del centro, que alcanza los espacios fuera del círculo central, por donde entran y salen los actores. Es uno de los principales atractivos de la función.

4.- Si tengo que decir de verdad de la buena cuál es la interpretación que me llevaría a casa, creo que sería la de Torregrosa como cardenal Barberini -lleno de suficiencia y aristas-, pero subrayando que el doblete con el amigo de Galileo (Sagredo) le da fantástica oportunidad de lucimiento. Otro paralelismo, esta vez positivo en ambos términos de la comparación, de Fontserè y Torregrosa con Pou y Canut. Me gustó la escena de los cardenales Barberini y Bellarmino. Este último es Paco Déniz, al que recuerdo muy bien plantado en el Godot de Sanzol. Juraría haberlo visto en algo más, pero no caigo ahora. Repasando mentalmente la función, casi diría que me van gustando más todos a medida que el tiempo decanta el recuerdo. Roberto Mori, el monje astrónomo, un humilde saber estar en escena; Tamar Novas, el discípulo, también muy en su sitio en las conversaciones con Fontserè, receptivo y escuchando de verdad lo que Galileo dice (¿Les parece esto una tontería? ¡Ja! Escuchar es una de las cosas más difíciles de hacer bien en un escenario; Ione Irazabal, qué buena la tía. La interpretación de esta última es buen ejemplo del estilo, muy coherente, de todo el elenco: de andar por casa (que es por donde anda el personaje durante toda la función). Desprenden tranquilidad, como si supieran en todo momento dónde apoyan los pies. ¿Me siguen? A veces no me entiendo ni yo mismo (como en Qué sabe nadie). 

5.- Sale una esfera armilar, y la llaman astrolabio. Minucias de crítico picajoso.

A ver si mañana soy capaz de colgar Hamlet. Creo que el viernes saldrá, por fin, la crítica en papel de De algún tiempo a esta parte, pero no esperen y saquen entradas.
P.J.L. Domínguez
          
Seguir actualizaciones