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martes, 30 de octubre de 2018

MUNDO OBRERO

Sala: Teatro Español Autor y director: Alberto San Juan Intérpretes: Alberto San Juan, Luis Bermejo, Marta Calvó y Pilar Gómez  Duración: 1.30' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


LA IDEOLOGÍA Y EL TEATRO

Todo tiene debajo una ideología que lo sustenta: de los títeres de cachiporra a la gran ópera. Mucho más peligrosa la subliminal, por cierto. Pero cuando alcanza la categoría de evidente, nos resulta difícil separar la tesis de su plasmación escénica. Vemos, así, aplaudir a rabiar montajes con muy loables principios y horrorosos resultados. Hay muchos, y dedicados a todas las causas.


    Algo así me esperaba yo de Mundo obrero, la verdad.  Claro que hay ideología. Mucha. Pero nadie ha dicho que su sobrecarga deba anular por fuerza el peso de la experiencia teatral. Que se lo digan a Calderón. Mundo obrero está, para empezar, hábilmente escrita: es una colección de flashes sobre el movimiento obrero (y su represión) en España desde comienzos del siglo XX. Alguien comenta que sin matices. Por supuesto, es una sátira con un pie en la farsa, qué matiz va a necesitar. La música de Auserón -que desgrana el estilo de moda en cada momento, del pasodoble al pop y sumando- aporta una ligereza que se agradece. Y, sobre todo, las interpretaciones acaban perfilando una pieza bien equilibrada entre lo uno (la ideología) y lo otro (el teatro). Los cuatro funcionan a una. Calvó me hipnotiza siempre, Pilar Gómez tiene arranques soberbios y Bermejo… Bermejo no es de este mundo.


Les dejo, de propina, los enlaces a las apariciones en el blog de Luis Bermejo (Los mariachis, El minuto del payaso, Jugadores, Maridos y mujeres), Marta Calvó (La pechuga de la sardina, Marca España, Encierros) y Pilar Gómez (Cuando deje de llover, Emilia). Por cierto: Pilar Gómez salvó lo poco que se podía salvar de la función de Un roble que me tocó ver.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 22 de mayo de 2018

LOS MARIACHIS

Sala: Teatros del Canal Autor y director: Pablo Remón Intérpretes: Luis Bermejo, Israel Elejalde, Francisco Reyes y Emilio Tomé Duración: 1.25'
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Elejalde, Tomé, Reyes y Bermejo

Remón ha tenido una trayectoria interesantísima, con clímax en Barbados, etcétera. Si no les da pereza, salten un momento al enlace para leerse al menos la primera parte. Fue un éxito rotundo de crítica y público que tuvieron que reponer en el Pavón. Estrenó después, en el mismo teatro, El tratamiento, una de esos títulos que no mencioné en los meses de blog congelado. Interesante también, armada, con algo más de humor que el habitual espolvoreado aquí y allá... notablemente distinta de sus propuestas anteriores. Desplazada -en un imaginario continuo que fuera de la vanguardia rabiosa hasta Arturo Fernández- unos consistentes centímetros más hacia lo comercial. (Disculpen que despache el asunto en plan caricatura, pero encontrar una terminología más adecuada es fatigosísimo) Esto no es, a priori, ningún demérito. En lo que me concierne, aprecio muchísimo los productos (y perdón también por esta palabreja) que se sitúan en la tierra media y que lo mismo puede ver un moderno que un aficionado al teatro tradicional. Pospinteriano llamé alguna vez a Remón -ya saben que a un crítico le gusta más una etiqueta que un plato de croquetas de bacalao- y El tratamiento es cualquier cosa menos pospinteriano. 

Sin embargo, y al margen de ese deslizamiento de género, El tratamiento no estaba a la altura de sus obras anteriores. Me dio la sensación -y no sólo a mí, recibí varios comentarios parecidos- de que a su autor se le había atragantado un poco la abundancia de medios. No vayan a imaginar que aquello era Las Vegas, pero frente a sus trabajos precedentes -montados siempre con una austeridad extrema y pocos intérpretes- había allí mucha gente, mucho escenario, mucha producción. Tampoco quiero dejarles la sensación de que fuera una pieza fallida, los intérpretes estaban muy bien (descubrí a Ana Alonso, a la que no supe apreciar en La abducción de Luis Guzmán), la historia está narrada con talento estructural... Lo que ocurre es que cuando se es bueno, no siempre es fácil estar a la altura de uno mismo.

Los mariachis cuadran más con su producción anterior. Sobre todo su primera mitad, más de atmósfera que de progresión narrativa. Porque, soltemos cuanto antes el rasgo más marcado, la estructura A-B es evidente. Tomé, Reyes y Bermejo están muertos de asco en un pueblo diseñado para morirse de asco, recocidos en su propia salsa de fracasos de pareja, fracasos económicos y consumo de drogas durante las conversaciones domésticas, con el dudoso horizonte de las ilusiones colocadas en... ¡las próximas fiestas patronales! Desolador. Después, mucho después, llega la trama: Elejalde, una aparición espectral que arrastra su fracaso galáctico como político corrupto. Lo han pillado. La primera mitad funciona como el mejor Remón, la segunda se empantana hasta el punto de obligar a mirar el reloj.

Ello no obsta para que los cuatro intérpretes estén fantásticos. Puede parecer incongruente con lo que acabo de decir, pero es de lo mejorcito que le he visto a Elejalde, que ya es decir. Alguien escribía que Bermejo está a la altura de El minuto del payaso, que ya es decir. Y Reyes y Tomé consiguen siempre que uno no sepa decir dónde terminan ellos y dónde empiezan los personajes, que ya es decir. De Reyes aún no he colgado La autora de las Meninas, imperdonable.

Lo de Boromello empieza a ser un fenómeno paranormal, no falla una.

Ah, una cosa más. Siempre me queda la duda de si el lector percibe la sutil diferencia entre poner algo a caldo y señalar las deficiencias de un montaje, que aunque en conjunto pueda considerarse fallido, no carece de interés. No por las limitaciones del lector, sino por las mías. Por si acaso, lo voy a decir con todas las letras: Los mariachis está muy lejos de ser un desastre.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 25 de septiembre de 2015

EL MINUTO DEL PAYASO

Sala: Teatro Español Autor: José Ramón Fernández Director: Fernando Soto Intérprete: Luis Bermejo Duración: 1.10'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

El payaso espera el momento de salir a escena. Reniega, se cambia, sigue renegando. Entre esto y aquello nos cuenta algo de su vida, del chino de Burgos, de cómo Miliki tiene la culpa de que dejara de hacer de Augusto y, por tanto, de todo. Es un hombre amargado, guarda rencor a su padre, al jefe de pista cuya voz llega por unos altavoces. Se superponen los tics del neurótico y los toscos ejercicios de preparación. Un poco exagerado, piensa uno al principio, quizá demasiada contractura gestual y emocional.


    Pero hay que dejarle avanzar por esa vía del tipo avinagrado y… por las salidas que de pronto se abren a otro mundo: ¿ahora nos ve? ¿nos habla? ¿la pieza ya no es sobre un payaso sino la actuación de un payaso? Va emergiendo un gran monólogo enmarcado por la delicada escenografía de Boromello. El texto es, quizá, lo mejor que conozco de su autor. Bermejo se desata en la escena del plátano (para mí el plátano,  para ti el kiwi) o en la de la guitarra (shoooort / ¡déjate hacer! / Maricarmen sácame de aquí) y grita con el público “¡Papá Pancho!” en una invocación colectiva al espíritu de Jardiel. Antes desfilan, explícitos o implícitos, Grock, Charlie Rivel, Zampabollos, Viyuela, Chiquito o Gurruchaga. A Bermejo le van a pedir esta función, que nace siendo un clásico, durante el resto de su vida.

Y lo que no cabía allí:

1.- Me gustaría saber en detalle hasta dónde llega el texto y dónde comienzan los vuelos que intérprete y director han emprendido aquí y allá. Debería hacerme con él y leerlo, claro está, pero cada vez que empiezo a pensar en cuándo tendré tiempo, termino llegando mentalmente a la jubilación. Incluso eso me parecería aceptable, pero ya saben lo que dicen: en la misma tarde del día en que uno se jubila, no consigue recordar ni una sola de las cosas que se había propuesto hacer. 

Sería un monólogo decente aun quedándose en el relato estándar que este señor nos hace de sus desventuras. Decente, recogido, con un cierto aire neorrealista a base de altavoz retro y andanzas circenses (el circo tiene siempre un no sé qué de neorrealista, hasta en Zampo y yo, de la que recuerdo sobre todo unos solares vacíos en la periferia sesentera de Madrid, paisajes muy De Sica, emparentados con el mencionado altavoz, la tablilla y el baúl de este escenario). Pero llegan los vuelos, y la altura del espectáculo sube de golpe. Creo recordar que el primero arranca cuando ese tipo, supuestamente solo en el sótano de un teatro, empieza a quejarse de tener que ignorar nuestra presencia. Para ser exactos: de que alguien (será el director) le insiste en que nos ignore... pero que nos incorpore. Jerga y quejas tópicas de actor. No sabemos si del actor Bermejo, porque las ha puesto él, o de un segundo personaje (el actor que encarna al payaso), porque ya estaban en el texto de Fernández. 

Creo también recordar que el siguiente vuelo comienza con la merienda. El payaso saca un plátano y un pulcro trapito para usar de mantel sobre el baúl, y ahí deja de ser ese tipo, profesional del circo, que está esperando a que le llamen a escena y comienza a comportarse como si estuviera ya actuando, en registro de payaso, con los comentarios sobre lo monísimo que es el trapo y lo mucho que le gusta el plátano (pa´mí) y lo poco que le gusta el kiwi (pa´ti). Y, ya al final, llega el vuelo estratosférico que mencionaba en la crítica en papel y que me dobló en dos de risa. Piensa uno "¿Este estupendo payaso es el mismo tipo de Maridos y mujeres, el mismo de Jugadores?" "Eso es un actor", estarán pensando, "alguien que cambia como los camaleones". Vale, lo que quieran, pero me sigue maravillando, por eso sigo yendo al teatro.

2.- Boromello demostró ser una excepcional escenógrafa en El señor Ye ama los dragones...

[Me paro aquí. Estaba pensando si contarles algo horrible que me ha sucedido mientras redactaba uno de los párrafos anteriores y había decidido que no, que esto es un blog de teatro. Pero aparece ahora casuamente El señor Ye, un maravilloso alegato contra la xenofobia, y es como si el azar me exigiera que se lo contara. Así que lo haré, más abajo.]

Todo aquella abundancia en lo extenso -gran escenario, larga pasarela, enorme pantalla- y lo intenso -minuciosa recreación de los salones de las protagonistas- se convierte aquí en unos pocos trazos de ambiente: altavoz, tablilla, baúl, silla, tiros con sus contrapesos. Acierta otra vez.

3.- El público, que cree asistir a un monólogo en el que se estará calladito en su asiento, termina por gritar una y otra vez "¡Papá Pancho!" (léase papapancho), espoleado por el payaso, que va entrando,  arrebatado por la musa, en un trance digno de un freneticlop en los últimos minutos. Esto es nada menos que una cita de Cuatro corazones con freno y marcha atrás de Jardiel y, por tanto, toda una declaración de principios. En este  enlace se encontrarán a Amparo Baró, que se lo pone en contexto. Cualquier cosa que se coloque bajo el amparo de Jardiel (y de Amparo, toma calámbur) tiene mi bendición, aunque a esas alturas ya estaba yo entregado. Le he visto a Fernando Soto esto y la estupenda Constelaciones, que se repone ahora en los Luchana, así que convendrá no perderlo de vista.

4.- Saben que me gusta andar buscando coincidencias entre las cosas que comparten cartelera. El texto de José Ramón Fernández hace referencia a la capacidad del payaso (y, por extensión, del espectáculo, diremos) para hacer olvidar las miserias de la vida que queda fuera. Ya saben, entrenerse, que al fondo siempre está la muerte, como diría Cortázar. Eso mismo ocurre en Reikiavik, en la que los dos personajes huyen de la vida (y de la muerte) en un rincón de un parque. Antes o después hay que regresar, pero que nos quiten lo bailao. Miren ustedes por dónde, yo voy a regresar ahora mismo. Quien quiera, que me acompañe.


AQUÍ SE ACABÓ EL TEATRO
(lo que sigue es otra cosa, si sólo le interesaba la crítica, sálteselo)

Me he ido un rato a escribir esto al bar del Pavón. Muchos de ustedes lo conocerán, porque ha sido durante años la sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (el Pavón, no el bar). Hasta hace muy poco tenía un aspecto convencional de bar de siempre, tirando a cutre. Ahora se ha convertido en uno de esos lugares hipster, con wifi y decorados entre vintage y chamarilero. En ese barrio de progresía y tolerancia, en ese bar con una media docena de modernos (ordenadores portátiles, gafas de pasta), ha entrado la china del modestísimo negocio de enfrente. Una mujer de mediana edad, pequeñita, muy amable, que apenas habla castellano. Las que lo hablan son sus hijas, pero hoy no estaban. Ha entrado, porque -según he deducido- el camarero que atendía la barra había ido antes a comprarle algo, y no se habían entendido. Insisto: ha tenido la amabilidad de desplazarse. Como, al parecer, tampoco se entendían ahora, el camarero (medio metro más alto y quince años más joven que ella) se ha puesto a gritar como un energúmeno que cómo se puede alguien permitir tener una tienda y no hablar ni palabra de castellano. La señora se ha retirado del bar sonriente (!) y confusa, aguantando el torrente de improperios, que ha seguido soltando el camarero incluso después de que ella se ha ido. El resto de clientes ha mirado con un aire sorprendido, pero no ha dicho nada. He pagado y le he afeado la conducta.  Aunque se me ha olvidado decirle que esa señora puede ser perfectamente tía, o prima, de la excelente actriz china de El señor Ye, que es amiga de mi amiga D., o de la encantadora pareja que regenta el restaurante que frecuento en la Plaza del Ángel o de Pascal, el amigo chino de mi hijo que tiene nombre de filósofo francés. Supongo que le hubiera importado un bledo, pero he decidido escribir estas líneas (las primeras que no son de teatro en este blog) no por una militancia social que no practico, sino por ellos. ¿Qué es este asqueroso acuerdo general que recluye a "los chinos", así, en general, en el último peldaño de la consideración social?

Y me he vuelto a casa arrastrando el alma entre los pies, porque cada vez que asisto a un comportamiento de este tipo, en el que mis congéneres hacen alarde de una violencia verbal que uno imagina fácilmente transformándose en otra cosa si las circunstancias ayudaran, me dan ataques de impotencia y descorazonamiento. El domingo tuve primero una bronca con un amigo que llegó a asegurarme que "los chinos" gozan de una legislación específica que les hace tributar menos que los demás en los comercios que abren aquí. Abrió Google y descubrió en menos de un segundo que es una falacia como un piano (ya saben, los judíos comen bebés recién nacidos, etc.). Nos sentamos luego en la terraza de un bar, donde le tocó ser víctima a una florista (casualmente, latinoamericana) a la que dos energúmenos gritaron a placer, porque ella se quejó de que su perro le había destrozado una planta. Todo esto es xenofobia, así, con todas la letras, y si no nos quejamos en voz alta cada vez que veamos que asoma su pata negra, tendremos nuestra parte de culpa el día que se desboque. Ah, y nos tocará a todos: todos somos extraños para alguien.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 13 de septiembre de 2014

JUGADORES

Sala: Teatros del Canal Autor y director: Pau Miró Intérpretes: Luis Bermejo, Jesús Castejón, Ginés García Millán y Miguel Rellán Duración: 1.10' 
Información práctica (el enlace inoperante puede significar que la función ya no está en cartel)

Bermejo, Rellán, Castejón y García Millán.
[Si pasa de mis elucubraciones y quiere ver la crítica, sáltese tres párrafos y vayase al enlace. Y también un poco a la porra, dicho sea sin ánimo de faltar] 

Más de uno (o una) estaría ya pensando que se había librado de mí. Pues no. Aunque, antes o después, tiraré la toalla, No sé si hacen a la idea de lo que supone llevar una vida laboral, otra familiar y mantener un pequeño rescoldo de vida social, y sumar además las salidas al teatro, la crítica publicada en papel... y un blog. De verdad, quien no tenga un blog no sabe lo que come. Piénsenlo dos veces antes de liarse. Por no hablar de los resquemores que puede levantar hasta la palabra más inocente escrita en un momento de ingenuidad. ¿Quién decía algo así como que el éxito en la vida consiste en esconderse lo mejor posible? A veces pienso que tenía razón. Sólo a veces.


Este verano me he dado cuenta de que el buscador de imágenes de Google da
(casi siempre) en el clavo con las cuatro o cinco primeras. Ahí tienen la primera para "bloguero": un tipo que se destroza la espalda sobre una máquina, en vez de disfrutar por ahí de la vida.
A raíz de esto último que acabo de escribir, el sosiego veraniego (¿a que mola el ripio?) me ha traído consejo. Les anuncié en twitter los premios #Cercadelacerca, pero lo que no revelé es que iba a publicar también los #Lejosdelacerca, con lo peor de la temporada. Ya saben, como aquellos Premios Naranja y Premios Limón que tanta guerra daban, y que ahora mismo no sé dónde se esconden. Sin embargo, me parece que no va a haber antipremios. Hay quien se me ha mosqueado hasta cuando lo he puesto bien, así que paso de meterme en arenas movedizas. Por ahora. A lo mejor en unas semanas me cambia el humor y lo largo todo.


Y no puedo ocultarles la tercera.
¿Cuántas veces lo han pensado?
En fin, bienvenidos de vuelta al blog. Y si llega por primera vez, créame: me podré equivocar, como todo hijo de vecino, pero lo que se va a encontrar es mi opinión sincera. Nunca he puesto mal a nadie porque me cayera mal. Nunca he puesto bien a nadie porque me cayera bien. Nunca he puesto bien a nadie porque sea mediático, indiscutible o super-cool. Cada vez que me pongo a escribir, me pego a brazo partido con mis prejuicios. En fin, que hago todo lo que puedo. Sin embargo, si tiene usted una experiencia consistente como espectador de teatro y lector de críticas, sabrá que uno debe elegir crítico como quien elige color para el sofá o pareja para el baile. Y que debe interpretar lo que el crítico le diga, según su experiencia con él en encuentros (o encontronazos) precedentes. O sea, que esto no va tanto de verdad / mentira como de sintonía. Pero qué les estoy contando, como si no fueran ustedes ya bastante mayorcitos. Al grano.


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Pau Miró debe buena parte de su fama a Llueve en Barcelona (2004), que vimos en Madrid puesta en escena primero por Mario Vedoya y después por Francesco Saponaro. También tuvo éxito la versión original catalana de Jugadores, que dirigió el autor. Repite ahora en la dirección, en castellano y con nuevos intérpretes.

    Una amistad basada en el juego: en el casino mientras alcanzó el dinero; en casa, ahora que el bolsillo no da para más. Leo por ahí que se trata de cuatro fracasados, pero me niego a llamar fracasado a un peluquero en paro, si resulta que el éxito es lo que han obtenido los pajarracos que los medios ensalzan. Digamos que a estos cuatro personajes la vida les ha pasado por encima como una apisonadora, como a casi todos. Se las arreglarán para encontrar una tómbola con más adrenalina que el casino.


    La función tenía un punto de partida difícilmente mejorable: los actores. Pero la dirección se queda más bien plana, atrapada en un realismo mate al que se intenta sacar algún brillo con licencias no muy logradas: postureo, canción en directo. Sin embargo, un texto de gran altura –e intenso perfume americano- y cuatro espléndidos intérpretes salvan en buena parte el espectáculo. Me quedo con los bien colocados aspavientos de Luis Bermejo y con los miedos de Jesús Castejón a perder lo poco (¿o mucho?) que aún conserva: la escasa compañía de una esposa distante. 

Y lo que no cabía allí:
[Las frases en negrita son el punto de enlace entre la crítica de la Guía y lo que sigue]

Puesta en escena por Francesco Saponaro y destrozada a conciencia por un actor que se hizo luego político. Un poco histriónico dijo alguien de buena voluntad. E impecable García Garzón. Parece que para gustos se hicieron los colores.

Me niego a llamar fracasado a un peluquero en paro, si resulta que éxito es lo que han obtenido los pajarracos que los medios ensalzan. Esto del éxito y el fracaso, el ganador y el perdedor (no digamos ya cuando alguien dice "looser") me pone de los nervios. Me pone de los nervios porque está exactamente en las antípodas de lo que entiendo que es la vida. De lo que entiendo yo, y de lo que entiende (o entendía) la cultura que me rodea. Claro que siempre se ha podido decir de alguien que era un fracasado, pero no con esta insistencia, con este carácter de vara universal de medir que el binomio éxito/fracaso tiene en la peor cultura americana de importación. Eres un perdedor, le dicen a alguien de dieciséis años en el instituto, como si la vida fuera un bingo. Lo preocupante es que ya empieza a haber por aquí gran cantidad de papanatas repitiéndolo. Por si se les ha olvidado, conviene recordar que este apestoso lugar común está estrechamente emparentado con la creencia pararreligiosa de te-mereces-lo-que-te-ocurre. Si eres virtuoso, la vida te premia. Si te va mal, es que eras un holgazán, un inútil o un idiota. Trompetería de iglesias reformadas e ideología de Te Party. Aquí -me refiero a los países católicos- ni los conservadores llegaban a mostrar semejante desprecio por el caído. Últimamente, como vamos sustituyendo el añejo tradicionalismo local por ese neoliberalismo de camisa de raya fina recién planchada y moral sexual tolerante que no puede esconder bajo la colonia de marca que es muchísimo más peligroso que la derechona de toda la vida, empieza a llevarse esta clasificación universal del género humano: ganador o perdedor. ¿Estás en paro? Será que eres idiota.


Vázquez: éxito.
Bach: fracaso.
Pues verán. El político vivo que más tiempo ha mandado en España (o casi) ha resultado ser un chorizo. He perdido la cuenta de los deportistas de élite que residen fiscalmente en los anillos de Saturno y/o tienen serios problemas con el fisco. El profesional de mayor relieve en televisión (con una diferencia respecto a sus competidores que no sé si había dado alguna vez en la historia, ni con Kiko Ledgard) es Jorge Javier Vázquez (si el teatro más culto puede citar Mujeres y hombres y viceversa, ¿por qué no voy a poder citar yo Sálvame?). En fin, que triunfo, ganador, éxito, son términos que hay que mirar con profunda sospecha. Déjenme pensar en alguien que admiro. Ya. Me han salido dos de golpe: Bach y Tchaikovsky. El primero murió arrinconado en una sacristía. El segundo, cubierto de ignominia. ¿Quieren alguien vivo? Venga: Rodrigo García y Angélica Liddell. ¿Cuál será la proporción de españoles que los conocen respecto a los que conocen al presentador de Sálvame? ¿Quién ha tenido más éxito en la vida, el apenas difunto Botín, que heredó de su padre un banco (pequeñito, nos recuerdan ahora) o mi abuela, que crió a dos hijos viuda y sin recursos? ¿Les parece demagogia todo esto?

Me ha costado lo mío llegar hasta donde quería llegar: estos cuatro personajes me parecen cuatro tipos formidables. Y más a medida que pasan los días desde que vi la función. Héroes de la tremenda lucha que todos sostenemos contra el paso del tiempo y la inevitable decadencia de las cosas. Pobres seres humanos que, en vez de concentrarse en reventar al prójimo -como muchísimos triunfadores-, se buscan lo que pueden para mantenerse vivos: una puta ucraniana, un resto de esposa, un casino, un... Bueno, resulta que ahora no puedo contar lo que se buscan entre todos, porque les reviento la historia. Sí les revelaré que reaccionan. De una forma que me pregunto cómo es que no se le ocurre a más gente. Es mérito de Miró haber sabido construirlos dignos, a pesar de sus miserias.

Un texto de gran altura. La historia se va entendiendo a medida que los retazos de conversación van iluminando zonas progresivamente más amplias, sin que las costuras narrativas llamen la atención del espectador. Me extraña que Ordóñez le hiciera un reproche (aquí tienen su crítica), precisamente en este sentido, a la obra original en catalán. Es posible que se haya corregido luego, porque, al menos tal y como está ahora, cuenta mucho y muy bien, en relativamente poco tiempo. En un registro de realismo cotidiano que, sin embargo, no excluye el lirismo, a veces por omisión o a través de los silencios. Dibuja los personajes con gran nitidez: mediada la función, es como si fueran conocidos del espectador. Tendría que pensar con más detenimiento de dónde procede el "perfume americano" al que aludo en la Guía. Así, de sopetón, le veo dos fuentes. Por una parte, esta estructura cinematográfica de escenas extraídas como al azar del discurrir de la vida. Por otra, el ambiente de amistad masculina al borde de la marginalidad, Es probable que haya más cosas.

Licencias no muy logradas. Afortunadamente, pocas. Una canción de Bermejo y unos paseos culminados en poses Tarantino en el proscenio (ver imagen más abajo) que están metidos con calzador. No ayudan a elevar el tono de la direccion, no vienen a nada.




Los  bien colocados aspavientos de Luis Bermejo. También fue el que más me gustó en Maridos y mujeres. Castejón es un grande, no se entiende que lo veamos tan poco. Me impresionado el certero análisis de Ordóñez sobre el trabajo de Ginés García Millán, que no terminé de pillar. Tendría que verlo de nuevo desde ese punto de vista, es verdad que va a mejor. Y, por supuesto, Rellán es maestro de maestros, pero después de verlo en Novecento mi capacidad de pasmo estaba ya colmada. Esto es un elogio, que no sé si entiende bien. 

Aquí lo voy a dejar, que se me amontona el trabajo. Tengo que colgar Sé de un lugar (sí), El largo viaje del día hacia la noche (créanme: no) y Excítame (tampoco), y veré dentro de un rato Villa Puccini. Me ha alegrado volver a encontrármelos por aquí.
 P.J.L. Domínguez

           

lunes, 28 de enero de 2013

MARIDOS Y MUJERES

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Woody Allen (versión de A. Rigola; traducción de José Luis Guarner) Director: Àlex Rigola Intérpretes: Luis Bermejo, Israel Elejalde, Miranda Gas, Elisabet Gelabert, Alberto Jiménez y Nuria Mencía. Duración: 1.25' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la obra ya no está en cartel)


Primero un telegrama, que me parece que esto va a ser largo:  NOTABLE TRABAJO DE DIRECCIÓN DE ACTORES stop NOTABLE TRABAJO DE INTERPRETACIÓN stop TEXTO QUE SE PRESTA POCO A ESTE TIPO DE REALISMO stop EXCESO DE AMANERAMIENTO EN LA PUESTA EN ESCENA stop.

Y ahora, al toro. Este espectáculo va a recibir críticas más que elogiosas por todas partes. Ya han empezado: la de Miguel Gabaldón o la reseña de todosalteatro.com, por ejemplo, que resalta la "maestría habitual" de Rigola. (Nota del día siguiente: ya van dos mas, García Garzón en ABC y Javier Vilán en El Mundo). No quiero ni pensar en lo que será la de Marcos Ordóñez. ¿Por qué es esto previsible? Porque, aparte de que hay aciertos notables, como decía en el telegrama, se dan todas las circunstancias extracualitativas, por así decir, a su alrededor. Para empezar, el prestigio acumulado de Rigola, que no es poco: su 2666 es quizá de lo mejorcito que he visto y que veré en toda mi vida. Además, el de Woody Allen. Y, desde luego, el de los actores: Israel Elejalde, por ejemplo, es un actor en la cresta de la ola del aprecio entre sus colegas. Pero hay más. La puesta en escena de Maridos y mujeres sigue un modelo identificado con el éxito desde La función por hacer de Miguel del Arco.  En todo hay modas, también en esto. Énfasis en el trabajo actoral, escenografía esencial, naturalismo, ubicación de los intérpretes entre el público... Incluso la expectación previa en el medio, que fue enorme en La función por hacer, no sé si de forma espontánea o planificada, se ha reproducido ahora en cierta medida. Todo eso dio excelente resultado en La función, y muy buen resultado en Veraneantes. Aquí, mucho menos.

Me parece, humildemente, que el texto no es para echar cohetes.  A veces pienso que debo de tener una incapacidad congénita para apreciar estas narraciones hechas de retazos de vida (Closer o Babel, por citar dos recientes). Pero luego me acuerdo de Chejov, y concluyo que la incapacidad no es mía, y que algo les falta. Aquí la diferencia es evidente: todo lo que Allen cuenta y recuenta, machaca y remachaca (cómo no van a verbalizar hasta la saciedad estos personajes, hijos del psicoanálisis) es en el ruso silencio, reticencia. Otra cosa es la combinación del texto con la dirección y la interpretación del propio Allen en la película, pero el cine y el teatro son artes tan complejas que es perfectamente posible parir una obrón con una base literaria endeble. Es ésta una discusión eterna que se repite constantemente a raíz de los Oscar, o de cualquier otro premio de esa naturaleza, en su forma "¿Cómo le pueden dar el premio al mejor director y a la mejor película, y no al mejor guión?" (con todas las combinaciones posibles en las cursivas). Yo soy de los que creen que tiene su lógica. Ahí están los guiones de Chaplin, incurriendo a veces en el melodrama más tópico, que dieron lugar a obras inolvidables e interpretaciones excepcionales. Y si nos metemos en el teatro musical , desde la ópera hasta el musical actual, los buenos textos son más bien la excepción. Podríamos amontonar docenas de ejemplos. En resumen: me parece mucho más valioso el Allen inicial, incluidos los relatos cortos de Sin plumas o Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, que parecen a primera vista una tontería, pero que descabezan hasta al Padre Eterno y tienen una prodigiosa capacidad de infectar la visión del mundo del incauto lector, convencido de estar pasando un ratillo agradable. Es lo que tiene el humor.

Yo creo que la intención de Rigola es abiertamente realista. Digo "creo", porque mi habitual JM sostiene que, por el contrario, hay una pretensión de alejamiento brechtiano con la ruptura de la cuarta pared, los parlamentos al público, y todo ese blabla que ustedes conocen. A mí me parece que no. Si no es realismo esto de sentar a los actores en unos sofás en los que también hay público, y hacerles hablar exactamente como uno habla en su casa, que venga Dios y que lo vea. Y aquí viene una paradoja: en teatro, el realismo no siempre se consigue con un texto realista y una interpretación naturalista. El cine es otra cosa. Pero en el teatro, todos sabemos todo el tiempo que el vino es agua, o que la supuesta puerta de la calle da al vestíbulo de la sala. Esta verdad de Perogrullo tiene una consecuencia brutal: la sensación de realidad (más bien debería decir la sensación de verdad) no está garantizada, por mucho que los elementos sean realistas. Pocos momentos de esos cacé yo: el foco no concentra la mirada del espectador sobre la verdad de la historia, sino más bien sobre la pericia en su interpretación. (Por cierto, la inversa es cierta también: la sensación de realidad se produce a menudo a partir de la combinación de elementos no realistas. Para no aburrir con ejemplos, me basta el que el azar me ha puesto a mano: el mismo fin de semana he visto el monólogo de Marta Fernández Muro en La Casa de la Portera, cuya crítica el amable lector puede consultar en este enlace).

Álex Rigola
Y ahora diré algo a primera vista contradictorio (lo siento, el teatro es así). Si la opción realista se hubiera mantenido de forma sostenida, quizá la sensación de verdad sería mayor. Pero está entreverada de detalles que parecen boutades de dirección o, casi peor, opciones de taller de actores. (Por cierto: toda la función está impregnada de ese aire de taller, algo que será otro motivo para su éxito entre la profesión). Por ejemplo: los paseos entre las filas de butacas (¿para qué?); el largo silencio con la música del móvil (¿para qué?); la escena en la que, con Álex de pie detrás de Carlota inclinada, ambos intercambian frases como puñales sin parar de reír (¿para qué?); el monólogo de Álex subido a una mesa (¿para qué?). Es como si alguien hubiera dicho: "A ver, ahora repetid la escena pero sin parar de reír, y vemos qué sale". Insisto, aire de taller de interpretación. Me gustaría ver la misma función, en teatro a la italiana y sin esas escapadas tangentes.

Mencía y Bermejo en la mejor escena de la función
Los actores están bien, desde luego. A ratos muy bien. Luis Bermejo, excelente. Pero, en conjunto, esta sucesión de frases que cualquiera se oye pronunciar a sí mismo o escucha decir a sus amigos en las cenas de fin de semana, servidas en un contexto de interpretación naturalista salpimentada con las licencias mencionadas, se hace larga. Si por mi fuera, veinte minutos menos irían de perlas. Una observación final: la prueba de que la función podría ser mucho mejor está dentro de la misma función. La escena de la ruptura entre Bermejo y Nuria Mencía es realmente antológica. Durante unos minutos, zas, se produce un pico de tensión e irrumpe potente esa sensación de verosimilitud que, al menos yo, no fui capaz de percibir con intensidad el resto del tiempo. Si no la han visto todavía, agudicen la atención en ese momento. En conjunto, y con todas las pegas expresadas, la visión de Maridos y mujeres es interesante.


 
Julia Caba Alba
José Luis López Vázquez
Reminiscencias: ¿Se han dado cuenta de que la dicción y prosodia de Nuria Mencía se parecen extraordinaramente a las de la gran Julia Caba Alba? Otra: cuando a José Luis le preguntan qué tal va el sexo en su matrimonio, Elejalde debe mostrarse incómodo. Me pareció ver al no menos grande José Luis López Vázquez. No se me va la olla, fíjense bien. Que conste que esto son elogios.

Nota del 4 de febrero: ¿Recuerdan? Lo dije, está ahí arriba: Este espectáculo va a recibir críticas más que elogiosas por todas partes. Por fin salió la de Marcos Ordóñez, aquí la tienen.Para que nadie diga que no difundo opiniones con las que no comulgo.


P.J.L. Domínguez
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