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lunes, 27 de enero de 2014

AMANTES

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Álvaro del Amo (sobre el guión de C. Pérez Merinero, V. Aranda y A. del Amo para la película homónima) Director: Álvaro del Amo Intérpretes: Marta Belaustegui, Marc Clotet y Natalia Sánchez. Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Mis habituales recordarán quizá lo que decía el otro día a propósito de El gran favor. A veces, mete uno los ingredientes correctos en el caldero, y lo que sale nada tiene que ver con las lentejas de otros días. Es lo que le ocurre a mi madre con la bechamel. Verán, mi madre hace una exquisita bechamel, de ésas que uno se come con el dedo antes de que la convierta en croquetas. Siempre la hace igual. Nadie cambia su forma de hacer la bechamel. Sería como sonarse un día de repente con la mano izquierda (a no ser que sea usted zurdo, claro). He aquí que, muy de vez en cuando, la bechamel no le cuaja. Gran misterio, gran inquietud. Se analizan escrupulosamente todos y cada uno de los factores. La única hipótesis remotamente posible está ligada al revestimiento de tal cazuela, que difiere del de tal otra sartén. Se experimenta. Se desecha la hipótesis. Es consultada su cuñada, reconocida autoridad en asuntos culinarios. Ésta confirma que el cosmos no es cognoscible: a ella también se le estropea a veces la bechamel, no se sabe por qué.


No consigo achacar a ninguno de los ingredientes de Amantes la responsabilidad de que el resultado final sea, básicamente, tedioso. La escenografía de Paco Azorín, que tiene ahora mismo en cartel Julio César como director en el Bellas Artes, es simple, hermosa y funcional. Ahí la tienen, con los planos inclinados que parecen empujar a los tres protagonistas al mismo lugar una y otra vez. La iluminación de Fischtel, que no dio una en Los Cenci y que se pasó diez pueblos en El caballero de Olmedo (algo me dice que en, ambos casos, hizo lo que se le pedía), discreta, ajustada a la escenografía y eficaz. También discreto, y bonito, el vestuario de Juan Sebastián DOMÍNGUEZ (lo pongo en mayúsculas porque los créditos han olvidado consignar su apellido), con un par de piezas (la combinación de Trini y el traje del difunto marido de Luisa) que me gustaron especialmente. Hasta bolitas, me pareció verle al traje. La adaptación del guión tampoco tiene mucha pega. Iba a decir que quizá un poco larga, pero no veo por dónde meterle tijera para dejar la historia con el fuste necesario. 

Belaustegui, Clotet  y Sánchez.
Guapísimos en esta preciosa foto
de MarcosGfoto.
Los actores... pues qué quieren que les diga. Tampoco están tan mal. Al menos ellas. Marta Belaustegui tiene fondo suficiente para hacer esto, y yo creo que para desgarrarlo un poco si le dejan. Y Natalia Sánchez, que se las arregló para destacar en aquel pestiño de Los ochenta son nuestros allá por 2010, tiene el punto justo de candor y determinación que caracterizan al personaje. Contra lo que decía Javier Villán en El Mundo (no les puedo poner enlace, que es de pago), yo la veo madura. Si acaso, Clotet sí se queda corto. Al fin y al cabo, ellas son personajes unidireccionales: una obsesionada por casarse con él y vivir como Dios manda; la otra, obsesionada por acostarse con él y vivir como Dios no manda. Es él el que quiere una cosa y la otra a la vez. Y ya lo dice la canción, cómo querer a dos mujeres a la vez y no estar loco (ya saben que la canción popular es fundamentalmente conservadora). Así que el papel exige una cantidad de matices entre el quiero, pero no quiero, pero me vuelve loco, pero me vuelvo con la otra... que Clotet no alcanza a reflejar. Que no desespere. Ahí tiene a otro guapo, Martiño Rivas, al que di por imposible en La monja alférez y que, un año después, ha crecido bastante en Cuestión de altura.

¿Qué es lo que no va? Pues ya puesto en plan de revisar el revestimiento de la cazuela... ¿no será que la dirección se ha quedado un poco plana? Están pasando cosas bastante gordas en el escenario, y no parece que nadie les haya dicho a estos tres que se desmelenen un poco más aquí o allí. Sí, hay momentos de los que suelen calificarse como tórridos pero, ¿a quién le impresiona a estas alturas el sexo en un escenario? Quizá se ha confiado demasiado en la potencia de esas imágenes, dejando el resto tan moderado que, en hora y media, la cosa adormece. Mejor la peli.
P.J.L. Domínguez
           

viernes, 18 de octubre de 2013

EL CABALLERO DE OLMEDO

Sala: Teatro Fernán-Gómez Autor: Lope de Vega Director: Mariano de Paco Dirección estética: Felype de Lima Intérpretes: Javier Veiga, Marta Hazas, José Manuel Seda, Enrique Arce, Encarna Gómez, Jordi Soler, Andrea Soto y Alejandro Navamuel. Duración: 1.25' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Marta Hazas y Javier Veiga. Detrás, los toros, las lanzas y los dramáticos
efectos de iluminación.
ATENCIÓN: ÉSTA NO ES LA CRÍTICA DE EL CABALLERO DE OLMEDO QUE DIRIGE LLUIS PASQUAL EN 2014. LA TIENEN EN ESTE ENLACE.

A veces esto está bien, aquello está bien... y el conjunto es para salir corriendo. Bueno, empecemos por lo que es evidente que no funciona. El vestuario está, más que de El caballero de Olmedo, cerca de Juego de tronos: con todos esos cuellos de piel, parece que Ned Stark, el señor de Invernalia, va a aparecer en cualquier momento. Les pongo una foto, por si no lo tienen en mente.


El héroe se sostiene con la túnica (o como se llame) puesta; cuando se la quita, el jubón (o como se llame) le ciñe a la cintura la gonela (o como se llame), que se le acampana y le da un curioso aire a Las labradoras de Murcia, o similar. La heroína, un poco damisela encerrada en la torre, toda de blanco con ancho cinturón dorado; en fin, podría pasar. La que no pasa es la pobre Fabia, que mientras hace de sí misma parece que ha salido de un catálogo de tejidos distinto al resto, y que cuando comparece como virtuosa maestra de la falsa vocación de Doña Inés, ¡oh, sorpresa!, resulta que se ha escapado de un desfile de Agatha Ruiz de la Etc. y lleva un corazoncito tridimensional cosido en el pecho. Como lo oyen. Rojo.

En fin, repasado el vestuario, vamos con lo que estaría bien si no lo tuviéramos que ver todo junto. La escenografía, bien, da juego. Fíjense que, por una vez, casa hasta con el maldito escenario del Fernán-Gómez. Les pongo una foto en la que se aprecia que consiste en una simple tarima escalonada (los actores no paran un momento y no se tropiezan nunca; no es poco mérito). La foto está ahí no sólo por ese motivo. Está también para que aprecien el fondo, el desparrame de luz roja, los toros (!) y las lanzas. Paciencia, ahora vamos con todo. El fondo es una tela muy arrugada que se ilumina desde abajo para conseguir todo tipo de efectos dramáticos. Aquí la ven iluminada en rojo, en la imagen de arriba del todo algo ven de la fase azul. En la que sigue, aprecian bien de qué se trata.


La  música es, nada menos, que de Tomás Marco. Música "original" dice el programa de mano. Si es así, se trata de un alarde de producción. Hermosa en sí misma, colocada casi todas las veces como quien le pone a un Cristo dos pistolas.

Es evidente que la iluminación, de Fischtel, se ha cuidado hasta el extremo, tanto al sacar partido de ese fondo, como en el innumerable rosario de efectos que se suceden. Por ejemplo: ante determinados hechos, la acción se congela, Fabia gesticula de forma abracadabrante y, zas, efecto de luz. El maligno anda suelto y tal. No hacía ninguna falta.

No menos habilidad se ha desplegado en la utilería: primorosas máscaras de toro que los actores se ponen cuando no les toca escena. Y lanzas. Omnipresentes lanzas. No están mal cuando el texto pide una verja, por ejemplo. El resto del tiempo molestan bastante. Molestan tanto como las primorosas máscaras de toro, el fondo, la excelente música, los millones de efectos de trabajada iluminación, las idas y venidas sin cuento de los actores sin parlamento arriba y abajo por los escalones (y por detrás), la madeja de lana roja, la cinta roja, la tela roja (ya lo hemos entendido, por Dios) y, ya está dicho, el vestuario de Juego de tronos. El conjunto es horroroso, y cualquier cosa menos El caballero de Olmedo. Cuidado, que para gustos se hicieron los colores (también el rojo), y puede que haya quien vea esto perfecto. A mí me parecía oscilar entre puesta en escena de tragedia griega en los setenta (Minotauros y lanzas que baten el compas) y vestíbulo de discoteca en los ochenta (telas iluminadas desde abajo).

Aquí ven las máscaras de toro y, en parte, el efecto acampanamiento de la gonela
del protagonista. A ratos es peor. Juraría que en mi función llevaba un juboncillo que terminaba en la cintura, pero puedo equivocarme.Ven también dos caballeros de Invernalia detrás.



Esto de amontonar todo tipo de elementos incongruentes lleva a un par de situaciones grotescas con los toros. En una, los hombres pelean mientras las bestias observan. El efecto es cómico. En otra, la separación de la pareja se simboliza con un grupo de toros en medio, que se van incorporando a medida que la pareja se va separando. Cómico. Claro, que no menos arbitrario es el inicio, en el que Fabia recorre el escenario dando vueltas en las manos a la madeja de lana mientras repite "que de noche le mataron al caballero / la gala de Medina, la flor de Olmedo". Esto también se repite a coro por todo el elenco como un millón de veces. El paseo de Fabia recuerda (gracias a los dioses, es más corto) a aquel horrible inicio del Tito Andrónico de Animalario. El espectador no puede dejar de pensar: "pero si ya sé lo que va a ocurrir exactamente hasta que termine el recorrido". 



Por resumir lo dicho hasta ahora, ésta es una función completamente arruinada por los elementos ajenos a la interpretación. De uno en uno, y para otra pieza, podrían ser hasta hermosos. Todos juntos y en Olmedo, un desastre. ¿Hay interpretación? Bueno, algo queda, entre iluminación dramática y utilería bovina. ¿Y cómo va? Pues entre nubes y claros. Las dan todas en su sitio Jordi Soler y Andrea Soto, papeles breves. A los protagonistas (que estaban estupendos en Amigos hasta la muerte) se les adivina la loable intención -me parece- de intentar un registro más bien ligero, sin melodrama. Hay momentos en que el verso fluye liviano de esa manera, pero la cosa no cuaja. A Fabia la ponen a hacer de todo, y hace lo que puede, pero se desquita en el rato del fingimiento, que coloca de perlas con corazoncito de trapo y todo. Entregados Arce y Seda, más flojo el compañero de fatigas de este último.

P.J.L. Domínguez
Les dejo enlaces a otros comentarios:

           


lunes, 4 de febrero de 2013

LOS CENCI

Sala: Teatro Español Autor: Antonin Artaud (versión de S. Sebastián) Dirección: Sonia Sebastián Intérpretes: Celia Freijeiro, Celso Bugallo, Maru Valdivielso, Daniel Holguín, Ronaldo San Martín, etc. Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)
Celso Bugallo, Maru Valdivielso y Celia Freijeiro.


Artaud tomó esta anécdota histórica de una tragedia de Shelley y de un relato de Stendhal incluido en las Crónicas italianas (1836-1839): unas historias rebosantes de violencia que convenían tanto a la necesidad de paliar el aburrimiento del funcionario Henri Beyle como, un siglo más tarde, a la poética de crueldad desatada del dramaturgo. Estrenada en 1935, Les Cenci no pasó de las diecisiete representaciones. 


Francesco Cenci, un noble brutal y despiadado del siglo XVI, maltrata sistemáticamente a su familia, hasta llegar a la violación de su propia hija. Beatrice, su hermano Giacomo, y su madrastra Lucrezia Petroni, incapaces de seguir soportando al sadico, lo asesinan, y terminan ejecutados por la justicia del Papa, que hace caso omiso de las protestas del pueblo de Roma. El caso, como tantas veces ocurre, se instaló como arquetipo, primero en la conciencia popular, y después en la literatura y el arte: pieza teatral de Moravia, ópera de Ginastera, ensayo de Dumas... Su figura ha seguido viva y bien viva a lo largo de los siglos. Aquí al lado tienen un supuesto retrato de la joven, nada menos que de Guido Reni. A poco que busquen, encontrarán muchas más referencias.

Es obvio que el texto exige un montaje tirando a lo estrepitoso. Vamos, que no admite medias tintas. La opción de Sebastián ha sido la de amontonar todo tipo de artificios. Cuando digo todo tipo quiero decir todo tipo. Sólo le falta el neperiano (para entender esta críptica referencia, consulte este enlace). A ver si soy capaz de redactar una enumeración más o menos comprensible. Uno: la madrastra (pobre Maru Valdivielso) se pasa más de media función colgada (en los dos sentidos del término) de una barra de pole dance. Dos: personaje mudo, a veces ruge, que se contorsiona durante toda la función. Tres: heterogéneo vestuario de fantasía, pero tirando en la mayoría de los trajes hacia Mad Max. Cuatro: los actores deambulan por el pasillo del patio de butacas y ocupan los palcos de proscenio.


Cinco: algunas palabras del texto son pronunciadas simultáneamente por varios actores. Seis: otras veces, de forma consecutiva, o sea, en eco. Siete: música y otros sonidos tanto en vivo como grabados. Ocho: lugar destacado para una piscina transparente; el público ve a todo el que se sumerge en ella, como en un acuario (algo que estuvo muy de moda hace unos años). Nueve: parones de la acción, para dar lugar a escenas de intención plástica, con música a todo volumen y profusión de efectos de iluminación. Diez: el criado atraviesa un par de veces el escenario de parte a parte, lentamente y encorvado sobre un escobón. Once: la criada, provista del cubo correspondiente, salpica el proscenio de agua. Doce: tres esculturas, más o menos antropormórficas y de tamaño mayor que el de una persona, son paseadas por los actores en la escena de la fiesta. Trece: éste o aquel personaje escalan de vez en cuando el enrejado que rodea tres lados de la escenografía (y que pueden entrever en la foto de más arriba). Catorce: ...uff, igual ya basta para dar una idea, ¿no? Claro que Artaud, cuyo parentesco con el Grand-Guignol es evidente, pide a gritos baterías de efectos. Él mismo dijo de Les Cenci que pretendía representarla "en un baño constante de luz, de imágenes, de movimiento y de ruidos". Pero para atreverse a apilar toda clase de extravagancias en un escenario hay que tener una mano muy firme, un sentido superlativo del conjunto y del avance de la acción dramática, hay que... Bueno, no nos liemos, hay que ser Pandur, y punto. El resultado, en la función que nos ocupa, es un guirigay sin pies ni cabeza.

Eso en cuanto a todo lo que se ha puesto adrede. Enumeremos ahora lo que ha salido así, porque ha salido así. Uno: Francesco Cenci parece un anuncio de Respibién, antes de que el actor del anuncio se aplique el nebulizador. Es posible que esté acatarrado, y lo siento, pero no se puede ocultar que el efecto es grotesco. Además, no se le ha colocado en el registro que la bestia demanda. Dos: toda la habilidad desplegada en la iluminación de las superescenas citadas desaparece durante la mayor parte de los diálogos, dejando a los personajes bañados por una luz anodina y uniforme que parece de ensayo. Extraño, tratándose de Fischtel. Tres: Camilo, el monseñor, habla con un acento que parece que acaba de bajarse del rápido de Pontevedra. Cuatro: Hay notables altibajos entre los actores. Giacomo no da la talla y, además, cecea a ratos. 

Todos estos factores -deseados y no deseados- terminan sumando lo que el lector puede imaginar. En medio de este maremágnum, se acierta a ver que Celia Freijeiro es una buena actriz (ya se veía en Homicidios, a pesar de que la serie era espantosa). Y, de forma incomprensible, Maru Valdivielso acierta a colocar algunas frases, incluso sujeta a la maldita barra. Holguín se defiende. Hurra por la percusionista (no sé si en mi función era Neus Fontestad o Esther Tortosa).

           
P.J.L. Domínguez