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domingo, 30 de septiembre de 2018

OTELO A JUICIO

Sala: Teatro Fernán-Gómez Autor: Ramón Paso, sobre la tragedia de William Shakespeare Director: Ramón Paso Intérpretes: Francisco Rojas, Ana Azorín, Jorge Machín, Inés Kerzan, Ángela Peirat, Felipe Andrés y Jordi Millán Duración: 1.35' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Francisco Rojas, Jorge Machín y Ana Azorín.
Tomamos algunas escenas del Otelo original -que se desarrollan allí y entonces- y las entreveramos con otras -éstas aquí y ahora- en las que el moro acude al despacho de una abogada inmediatamente después de haber estrangulado a Desdémona (porque era suya, claro). La motivación por la que acude no es su propia defensa, sino la voluntad de arrastrar a Yago en su caída.

Efectivamente, la altura del reto era descomunal, y ése es el único atenuante para el rotundo fracaso con el que salda. He dedicado un rato a pensar si hay algo que esté bien, para redactar al menos un párrafo amable, pero no se me ocurre por dónde tirar.  Voy a intentar no alargarme, vamos de mayor a menor.

La mayor es que la trama nueva (la del moro en el despacho de la abogada, con dos subtramas: la del pasado de ésta con el tiburón del derecho que le está enviando al cliente incómodo y la de la becaria rebotada) no le llega a la suela a la principal. Y ustedes se dirán "ya está el crítico haciéndose el listo y comparando a Paso con Shakespeare". Pues no. Con el debido respeto, es Paso quien se ha comparado sirviéndonos en el mismo plato una cosa y la otra. La tramilla del despacho se queda en nada insertada en esa monumental vivisección de... de mil cosas: de los celos, sí, pero también de la inseguridad, los mecanismos del poder, la opresión de género, etceterísima. Por cierto, vivisección de ese monstruo de ojos verdes, que es como William llamó a los celos. ¿Por qué se ha convertido aquí en un monstruo de ojos azules? Me temo que nunca lo sabré, a ver si resulta que hay un oscuro motivo histórico-filológico.

Saltando al escalón siguiente, nos damos de bruces con los diálogos del despacho. Con los insufribles diálogos, para ser exactos. Todo se repite, se calca, se repregunta, hasta la extenuación. Rollo "No lo soy / ¿No lo es? / Soy abogada / ¿es abogada? / Soy abogada y quiero hacerlo / ¿Así que quiere hacerlo? / Quiero hacerlo". Esto me lo acabo de inventar, pero ése es el tono, que acaba empalagando hasta la náusea. Además va picadito y el efecto final es de Las chicas Gilmore, dan ganas de decir "por Dios, relájense un momento, respiren, no repitan lo que acaban de oír". Digamos de paso que estas réplicas con verbo incluido (¿No lo soy?) son típicas de las malas traducciones del inglés, en castellano su frecuencia es mucho menor que las fórmulas tipo ¿Ah, no? ¿Seguro? ¿Ah, sí? y su repetición constante provoca una sensación de extrañamiento. Paso es un profesional, esto no es un error por inadvertencia. Lo ha hecho a sabiendas, y no funciona.

En tercer lugar, podría entenderse que la abogada esté profundamente enfadada con la becaria desde la primera frase (a saber lo que les ha ocurrido antes de que se abra el telón). Podría, aunque casi siempre funciona mejor ser más sutil y dejar que la cosa se vaya entendiendo con la colaboración de la inteligencia, tan minusvalorada, del espectador. Pero... ¿y con el cliente? ¿Por qué están enfadadísimos antes de haber cruzado dos palabras? Aurorita hija, que no ha pasado nada. La dirección ha colocado a Azorín en un registro que -supongo- quería ser el de abogada agresiva y sin escrúpulos -pongamos por caso,  Glenn Close en Damages- pero que se ha quedado en cotorra tensa y agresiva sin discriminación -un cruce entre las hermanas de Cenicienta y la madrastra de Blancanieves- que resulta agotadora (recuerden que además habla como hemos intentado explicar en el párrafo anterior).¿Definir un personaje femenino como cotorra podrá considerarse sexismo? Por si acaso, pongo la venda antes que la herida y proclamo a los cuatro vientos que he visto infinidad de personajes cotorra masculinos. ¿Cotorro?

Y llegamos al eslabón (bastante perdido) entre el allí-entonces y el aquí-ahora. Francisco Rojas, que es Otelo. Un buen actor, le vi otro Shakespeare dirigido por Vasco. Pero de aquí no era posible salir vivo. Salta constantemente de este despacho de todos-rebotados-hablando-rápido-y-repreguntándonoslo-todo a las escenas con texto original, vestuario (mejorable) de época y estilo interpretativo estándar (los estándares de representación del teatro clásico por estos pagos, que empiezan ya a aburrir a las vacas). O sea: un (deficiente) realismo de vida contemporánea versus un registro declamatorio de pieza de repertorio. O sea bis: imposible.

Mejor que seguir desparramando juicios de valor, voy a referir un hecho objetivo. En mi función, el público soltó la risa (y algunos llevaban un buen rato sujetándola por pura buena educación) en los siguientes momentos: 1) Cuando Otelo, comido por la rabia, exclama "¿Cómo lo mato?". Risas. 2) Cuando Yago le sugiere estrangularla en la cama. Risas. 3) Cuando la abogada le pregunta "¿Por qué ha hecho eso?". Risas. Confieso que no estoy completamente seguro de qué había hecho en ese momento (¿matar a Yago?), pero este despiste es otro hecho objetivo que califica la pieza. La vi hace veinte horas y ya no me acuerdo. En fin. El caso es que este ¿Por qué ha hecho eso? viene a ser el equivalente de ¿Qué hace aquí este burro? de la simpática Sueño de una noche de verano del Príncipe Gran Vía (ya les contaré) y del ¿Hace mucho que está así? del Hamlet de Miguel del Arco. La primera está para hacer reír. La segunda era como ésta: un síntoma del desastre, público desternillado en el colmo del drama. ¡Ah, olvidaba otra! Momentos antes del estrangulamiento los muertos se levantan como en los peores Tenorios. Risas.

Ya les he puesto el enlace a la crítica completa de Tierra baja. Con un poco de suerte, les cuelgo hoy la de Un enemigo del pueblo y -esto ya si me pongo en plan Speedy González- redacto la de Monta al toro blanco. Veo dentro de un rato Perfectos desconocidos, ya les contaré.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 28 de noviembre de 2015

EL MERCADER DE VENECIA

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: William Shakespeare (versión de Yolanda Pallín) Director: Eduardo Vasco Intérpretes: Arturo Querejeta, Toni Agustí, Isabel Rodes, Francisco Rojas, Fernando Sendino, Rafael Ortiz, Héctor Carballo, Critina Adua, Lorena López y Jorge Bedoya Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

El mercader de Venecia es una obra compleja, que yuxtapone acciones y emociones graves (envidia, odio, venganza) y una trama ligera, de amoríos y engaños. Nunca lo sabremos con seguridad, pero quizá al público de la época le resultaba menos violenta que a nosotros la cercanía entre el drama del judío –a quien destrozan la vida- y la rechifla con la que es urdido. Vasco carga las tintas del contraste, llevando algunas escenas livianas hacia la farsa desatada (Príncipe de Aragón con máscara de Comedia del Arte y acento paródico) o al humor apayasado (las idas y venidas en góndola). Es, sin merecer condena taxativa, quizá lo más objetable de la puesta en escena.


    Sin embargo, el grueso de la función se beneficia de la elegancia característica del director, maestro en la concertación de música (un piano en escena), vestuario (Caprile), iluminación (Camacho) y escenografía (gran rendimiento en su sencillez, la firma Carolina González). Querejeta es un Shylock al que comprendemos, no un monstruo de maldad irracional. Suyo es el mérito de que el personaje mantenga una cierta grandeza oscura y no desentone en medio del pitorreo. En un final felizmente añadido, él es quien cierra la historia tirando con estrépito una balanza al suelo: el comentario que a nuestra época le merece este remedo de justicia. Francisco Rojas le da la réplica a su altura.

Y lo que no cabía allí:

1.- Si sigo unos años escribiendo estas cosas, llegará un momento en que no hará falta que me lea nadie. La elegancia, no hay vez que no la saque de paseo si tengo que hablar de Vasco. Pues perdonarán, pero es que me resulta inevitable. Yo no tengo la culpa de que sea elegante siempre. Estoy recordando La fuerza lastimosa con Noviembre Teatro o Las bizarrías de Belisa con la Joven Compañía Nacional de Teatro (un montaje hecho con unas pocas sillas y punto, ¿lo recuerdan?). Es elegante hasta cuando le salen más las cosas. Miren la Hedda Gabler, tan poco conseguida, pero tan hermosa de mirar. Por eso repite muchos los colaboradores, porque se tienen pillado el punto (esto era un modismo hace tres o cuatro mil años, pero ya no sé ni si se entiende): Camacho ilumina el Mercader, y es una contribución de relieve al resultado de conjunto. Un conjunto que da gusto ver. La escenografía se limita, durante la mayor parte de la obra, a una tarima alargada y con patas, colocada inicialmente en paralelo a la línea imaginaria de proscenio y que luego los actores hacen girar a capricho. El propio mueble es hermoso, con aspecto sólido y elegancia (hala, ya salió otra vez) antigua, y es explotado a conciencia.

2.- Destaqué en la crítica en papel a Querejeta y Rojas, pero no me cupo Lorena López, que se maneja a maravilla en el breve papel de Nerissa: simpática, espabilada, un pelín burbujeante. Tengo la sensación de haberla visto en algo, pero por más que busco no doy con ello. Todos los demás están integrados con efecto coherente, excepto – diría yo- Agustí, que tiene a su cargo a Bassanio: masca, separa frases, multiplica los subrayados… Quise verlo en Penev, pero se me pasó. Lo vi en Platonov, pero no lo recuerdo. Así que es posible que tenga otras formas de hablar. Si es un efecto buscado (el tipo tiene que ser un poco chulito), a mí me parece que no funciona.

El montaje no se detiene en la atracción que Bassanio ejerce sobre Antonio. No hace falta ser muy espabilado para entender que tanta amistad de un señor de mediana edad (soltero para más señas) por un jovenzuelo alocado es difícil de concebir exenta al cien por cien de otro tipo de atracción. No me vengan con lo de que nuestra época ve homosexualidad por todas partes, porque eso que, otras veces, es perfectamente cierto, no parece de aplicación. En primer lugar, no estamos hablando de ambientes estrechos que, a base de eliminar las impurezas de la vista, terminan por conseguir galácticas ingenuidades (como aquélla, proverbial, de la censura convirtiendo a los amantes de Mogambo en hermanos, porque no podía ni imaginar una lectura incestuosa). Shakespeare escribía en un lugar y una época que no cerraban los ojos a la pluriforme actividad humana. Y el propio autor era sensible a los encantos de una y otra acera, así que es difícil sostener que su Antonio no mire con ternura a Bassanio. Es posible que Rojas haya incorporado algún matiz de este tipo, pero a mí se me escaparon, y creo que la función gana con ese subtexto (que bien queda poner “subtexto” de vez en cuando). Eché de menos alguna mirada intensa.

3.- Hay un excelente fotógrafo, Enrique Toribio, que hace –entre otras muchas cosas- series shakespearianas, y que tiene una sobre el Mercader. Echen un vistazo a las fotos, porque no tienen desperdicio.


4.- Me niego a hablar de si Shakespeare fue o no antisemita, porque me saca de mis casillas que, en estas cosas, estemos como en lo peor del proceso a Flaubert. A ver, niños: lo que hagan, digan o piensen los personajes no es lo que hace, dice o piensa el autor. Esto, que parece el abecé, es una cosa que los seres humanos no terminamos nunca de asimilar. No soporto la narrativa de Vila-Matas, pero tolero sus columnas. Hablaba esta semana de Alejandro Rossi, y lo recordaba diciendo “Cuántas veces la crítica literaria –aun la mejor- olvida la escritura y sólo busca al autor” […] El autor sería el único personaje interesante”. El mismo Vila-Matas tenía que recordar dos días más tarde (en El País del 26) que su yo literario es un personaje inventado. Es como si, a fin de cuentas, fuéramos un gigantesco Sálvame con alguien vociferando “Sí, sí, está muy bien todo esto de Shylock y Antonio, pero ¿William? ¿William era antisemita o no? ¿Y era gay o no era gay?”. De más está recordar que William habló por boca de antisemitas y judíos, adúlteros y ejemplos de pureza, espíritus abnegados y ratas, asesinos y víctimas, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales. Ah, y también –pequeño detalle- que la obra contiene –en el celebérrimo monólogo de Shylock- uno de los más altos alegatos por la igualdad jamás escritos. Si fue antisemita, aún sería más admirable la capacidad para ponerse en el lugar del otro y hablar con coherencia desde ese lugar.
P.J.L. Domínguez