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viernes, 19 de octubre de 2018

LUCES DE BOHEMIA

Sala: Teatro Maria Guerrero Autor: Ramón María del Valle Inclán Director: Alfredo Sanzol Intérpretes: Chema Adeva, Jorge Bedoya, Josean Bengoetxea, Juan Codina, Paloma Córdoba, Lourdes García, Paula Iwasaki, Jorge Kent, Ascen López, Jesús Noguero, Paco Ochoa, Natalie Pinot, Gon Ramos, Ángel Ruiz, Kevin de la Rosa y Guillermo Serrano. Duración: 2.15' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Juan Codina, Chema Adeva y Jorge Kent, con uno de los espejos citados más abajo.
Esta vez, Kritilo prácticamente me ha ahorrado el trabajo. Si quieren leer su crítica (aquí) podrían perfectamente saltarse la mía. Creo que si la hubiera visto (la función, no la crítica de Kritilo) hace treinta años saldrían fuegos artificiales de estos párrafos, pero ahora mismo... ahora mismo hay que decir que es un poco polvorienta. Vamos, viejuna. Como ocurre tantas veces, no soy capaz de indicar nada que esté mal, hay incluso algunas cosas muy bien planteadas (por ejemplo, la mayoría de las interpretaciones). Pero el conjunto queda un poco ladrillo. 

Kritilo se ha atrevido a meterse con Valle-Inclán y yo, que debo de ser un poco más pusilánime, me voy a limitar a encuadrar el comentario en un principio general. Casi todos los clásicos necesitan, para ser representados, de algún retoque. Como las Campos cuando se hacen la estética. Bromas aparte, un texto clásico es un monumento intocable. UN TEXTO, he dicho. Pero su representación es harina de otro costal. Prácticamente todo lo que vemos del Siglo de Oro -y no digamos del teatro griego- es profusamente recortado. Para empezar, porque el espectador actual, con una percepción profundamente alterada por todo lo que lleva digerido, no soporta los prolongados tiempos de la producción anterior (por decir algo) a la televisión. También por infinidad de otros motivos, como el de la caducidad de las referencias culturales. Pónganse Los elementos de Literes y ya me contarán lo que entienden del libreto. El bosque mitológico del teatro griego o el mundo del retruécano, la analogía o el simbolismo renacentista y barroco llegarían para dar de comer a varias docenas de Cirlots. Endilgue esos monumentos intactos a un espectador actual y me cuenta el resultado. Valle-Inclán no llega a esos niveles, pero incluso un espectador culto, o muy culto, se pierde una buena parte de las alusiones que, sin duda, mantenían despierta la atención de sus contemporáneos. Por poner un solo ejemplo entre toda esa maraña -y un ejemplo de los fáciles- me pregunto a cuánta gente le dice algo ahora mismo la Ley de Fugas, de infausta memoria.

El recorte no es la única posibilidad, claro está. El teatro tiene recursos que la literatura desconoce. Uno, es el escenográfico, y me temo que esta opción que tira al menos es más (unos bastidores móviles con espejos a caja escénica desnuda) no aporta nada que contribuya a aligerar la contundencia del plato que tenemos que meternos entre pecho y espalda. Un montaje "muy intelectual", me dijo alguien para alabarlo. Demasiado, diría yo. Hasta la música se ha reducido a un piano a la vista que -justo, justo- acompaña un poquillo.

El elenco funciona de maravilla, con una excepción estrepitosa que callaré (y es un secundario, así que no piensen maldades). Es una pena que Codina y Adeva realicen tamaño esfuerzo y que éste quede diluido en el duermevela generalizado entre el respetable. Me gustó mucho Ángel Ruiz, sin que esto sea una afirmación remarcable, porque nunca le he visto nada que no hiciera perfectamente. Tanto el Rubén Darío como Serafín el Bonito son antológicos. Y otro tanto diría de Jesús Noguero como Bradomín y Don Filiberto. Cada vez que uno de estos dos abre la boca en esos papeles, la función vuela un poco más alto. Dicho sea de paso, siempre que veo Luces me imagino una escena entre Serafín el ministerial y Filiberto el periodista desvelándose mutuamente su opinión sobre el affaire Estrella.

Proponía, en la crítica de Nine, la comercialización de entradas dobles para ver Katiuska y Anastasia en días sucesivos. Pasa lo mismo con Luces de Bohemia y Mundo obrero (cuya crítica he publicado hoy mismo en la Guía, ya les dejaré el enlace). En esa historia del movimiento obrero en España contada a los niños que es la propuesta de San Juan (lo digo sin asomo de burla, condensar es un talento infrecuente del que carezco por completo) no sólo se cuenta algo de lo que Vallé-Inclán está tratando, lógico tratándose de un panorama histórico. Además, sobrecoge un poco ver que, en determinadas cosas, seguimos en el mismo lugar.

Creo que les dije ya, a propósito de Jane Eyre, algo que me cuesta asimilar. La miseria es omnipresente en la literatura del XIX (y más: Luces de Bohemia se publica en los años veinte). No importa que los protagonistas sean duques o banqueros, la miseria sale. Ahora, ya no sale. No es que haya desaparecido, es que ya no la vemos. No me negarán que es un gran paso adelante. Es igual que esto de la súbida del Salario Mínimo Interprofesional. Ninguno de los miserables que conozco tiene un salario que le conste al Estado, ni visos de ir a tenerlo nunca. Les trae al fresco que el SMI suba a tres mil euros. De ésos no se acuerda nadie, porque nadie los ve. ¿Recuerdan el término "lumpenproletariado"? Huy, perdón, que esto lo acuñó Marx, y ya sabemos todos que era tontito.

Nota final: el sereno hace su entrada con una discapacidad física de relieve. Hace veinte años, el teatro se hubiera venido abajo con las carcajadas, porque se habría entendido como un recurso cómico. En mi función hubo risitas de tres o cuatro personas. Algo avanzamos.

Breaking news (del 26 de octubre): Ordóñez la ha puesto por las nubes.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 27 de mayo de 2017

ENSEÑANZA LIBRE - LA GATITA BLANCA

Sala: Teatro de la Zarzuela Autores: Enseñanza libre: Guillermo Perrín y Miguel de Palacios (libreto) y Gerónimo Giménez (música); La gatita blanca: José Jackson Veyán y Jacinto Capella (libreto) y Gerónimo Giménez y Amadeo Vives (música) Director de escena: Enrique Viana Director musical: Manuel Coves Intérpretes: Roko, Cristina Faus, Gurutze Beitia, María José Suárez, Ángel Ruiz, José Luis Martínez, Axier Sánchez, Iñaki Maruri, Mitxel Santamarina, etc.  Duración: 2.00
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Gerónimo Giménez (el de La tempranica) y Amadeo Vives (el de Doña Francisquita) son indiscutibles. Pero no es menos indiscutible que estas dos son piececitas menores. No por ello carentes de interés. Uno termina por ver docenas de Revoltosas en la vida, pero ¿cuántas veces se le van a poner a tiro títulos como éstos? Como en el chiste, una o ninguna. Si les ha tocado dedicarse a la historia de los géneros habrán leído aquello de que la zarzuela intentó todas las vías de salida posibles en los primeros decenios del siglo XX: el verismo, la opereta, el musical a la americana, la revista... también el acercamiento a los géneros ínfimos y lo sicalíptico. De esto último, casi lo único que ha pasado al repertorio es La corte de faraón, ejemplo de que géneros menores pueden dar obras mayores (y viceversa: no habrá óperas nefandas ni nada). Así que la programación de dos juguetes eróticos que hicieron las delicias de nuestros bisabuelos, para enterarnos de primera mano de qué iba todo aquello, me parece una estupenda iniciativa. Aquí termina casi todo lo estupendo. Y si sólo le interesa la crítica pura y dura (bastante dura) del espectáculo, salte hasta las estrellitas separa-párrafos, que me voy a enrollar.

PARA SALTARSE EL ROLLO E IR DIRECTAMENTE A LA CRÍTICA, BUSQUE UNAS ESTRELLITAS COMO ÉSTAS:
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Dice el programa de mano que los chistes que contienen los libretos serían incomprensibles en algunos casos y, en otros, podrían ser tachados de machistas. Dice también que esto ha movido al director y autor de la versión, Enrique Viana, a hacer lo que ha hecho. Tanta sinceridad me conmueve. Y me hace rogar a los dioses que no encomienden al redactor del programa y a Viana el Teatro de la Comedia, porque si se ponen a eliminar los pasajes que podrían ser tachados de machistas se nos quedan los clásicos en clás, y gracias. Y como les dé por eliminar también el clasismo, el racismo, la apología de la violencia y de la tiranía y unas cuantas cosas más que se merecen la eliminación, pues nos quedan los títulos.

Vamos por partes. Nada que objetar a la actualización de los chistes. Es una cosa que hay que hacer hasta con Shakespeare. Pero en esto tendríamos que ver qué quiere decir "actualizar". Yo entiendo que hay que adecuarse al tipo de humor, a la finta mental que hace reír a una generación y no a otra, a eso tan sutil que hace que los finlandeses se rían de unas cosas y los sicilianos de otras. O a sustituir referencias a situaciones sociales y tipos humanos ya inexistentes por los que tenemos alrededor. Porque si estamos hablando de reírse de un par de políticos en activo con chistecitos de patas cortas cortitas, eso ya lo vimos en Cómo está Madriz y es para morirse de pena. En fin, nunca sabremos si los chistes de estas dos obritas nos hubieran gustado, los que se han escrito en su lugar hacen bostezar.

Y ahora, vamos con el machismo. Tomar una obra del patrimonio cultural y alterarla porque va contra los valores mayoritarios en un momento concreto se llama censura. Es igual que se haga por un lado o por el otro. Si viene un reaccionario y le pone trapitos a los frescos de Miguel Ángel, es censura. Si viene un progresista y altera las tramas machistas, es censura. Y es curioso que estas censuras de uno y otro lado coincidan con admirable precisión en un asunto: el sexo. Vamos a toda velocidad hacia un puritanismo de nuevo cuño: teóricamente opuesto al anterior -de derechas- porque teóricamente éste es de izquierdas. Encontramos ahora estas voces que mutilan en nombre del progreso y hasta en mi propia generación hubo quien representó versiones mutiladas sólo para chicos en los colegios religiosos. ¿Cuánto ha durado el oxígeno? ¿Cuarenta años? La operación de Viana y la de los jesuitas -con objetivos supuestamente opuestos- terminan en el mismo sitio: la esterilización. Antes de no mucho tiempo veremos a alguien defendiendo en los tribunales -como Flaubert- que las opiniones de sus personajes no son las suyas. Ya les conté que, a la salida de La lista, dos señoras se preguntaban indignadas cómo se podía reproducir en el teatro la vida de un ama de casa tan alienada. Como si no existieran. Me pregunto si, para terminar con la alienación de las amas de casa, es mejor que salgan en las piezas de teatro o condenarlas a la invisibilidad. Lo que no vemos no existe. Me pregunto si, para acabar con el machismo (o avanzar pasito a pasito, que la cosa va a llevar generaciones) es mejor exhibirlo en la ficción o aplicarle la damnatio memoriae. ¿De qué me habla, si nunca existió? Eso nos lleva a 1984. La de Orwell, digo, y su Miniver o Ministerio de la Verdad.

Pero voy a dar un paso más. Tenemos DERECHO a reírnos con cosas que transgreden las normas morales, incluso las normas morales en las que creemos más firmemente. Para mí, la igualdad de todos los seres humanos es algo tan sagrado, y me toca de manera tan visceral, que de vez en cuando arruino alguna cena por parar los pies a alguien ante el horror de mi cónyuge. Si un taxista (pobres, la mayoría encantadores, y los usamos para cualquier ejemplo) me empieza a hablar de "las mujeres" o "los inmigrantes", lo paro y me bajo (no, mi heroicidad no da para más, no estoy muy orgulloso). Pero, como ya se encargó Sigmund Freud de enseñarnos, cuanto más serio consideramos algo, más risa nos da tomarlo a chacota. ¿Es alguien machista por reírse de un chiste sobre mujeres? ¿Es alguien antisemita por reírse de un chiste de judíos? ¿Homófobo por los chistes de mariquitas? ¿Odia a las madres, o las considera seres inferiores, por partirse la caja con los chistes de madres? Muchas mujeres, judíos, gays, madres... de la más fina inteligencia disfrutan de lo lindo con ese tipo de humor. Alguien que se ríe de un chiste machista puede ser machista, pero no todo el que se ríe lo es. Este asunto está plagado de silogismos incorrectos que terminan produciendo represión, censura... y en último término campos de concentración. Lo que diferencia a una tiranía de una democracia no es lo que se censura (ellos censuraban mal, nosotros censuramos bien) sino si se censura o no, a secas. Por no meternos en una más gorda: la confusión entre la desigualdad y la representación de la desigualdad. 

Por supuesto, todo esto termina cuando se da de bruces con la apología. Hay que prohibir la apología de la desigualdad, pero la risa no puede prohibirse, porque es una prohibición liberticida. El humor es algo complejísimo de imposible reducción a normas. Un ejemplo, para cerrar esta interminable digresión. Sigamos con el machismo. Esta situación de Enseñanza libre producía en 1901, sin duda, una hilaridad que llamaremos de primera instancia. Risas sobre las intenciones -o las acciones, no lo sé- de estos señores en el internado que compartían su visión del mundo. En 2017 esa lectura sigue siendo posible, pero estoy seguro de que buena parte de los espectadores se reirían en segunda instancia. O sea, algo así como "mira tú si eran animales estos bisabuelos nuestros". Sin compartir su visión. Y ahora: ¿quién es el juez que distingue entre los que se ríen porque son machistas y los que se ríen del machismo? Es como lo de Benny Hill, denostado como la quintaesencia del humor machista, cuando -precisamente- ridiculizaba a ese rijoso e imposible personaje que se inventó. ¿Ustedes se reían de la utilización de las mujeres o del impresentable patán? ¿Nadie se ha dado cuenta de que condensar tantos ismos condenables en un, pongamos por caso, Torrente (el de Santiago Segura) es una forma mucho más efectiva de condena que cualquier explicación racional? Es como si condenáramos a Chaplin por hacernos reír con un remedo de Hitler en El gran dictador. Si me río ahí, ¿soy filonazi? En fin, como tantas cosas, ésta de la libertad de expresión es una de esas cuestiones que dejaré para escribir un libro airadísimo cuando me jubile. La igualdad de género es una cosa demasiado seria y demasiado necesitada de acciones en innumerables órdenes de la vida como para que gastemos pólvora en salvas, creyendo que eliminar la representación del machismo de los escenarios eliminará el machismo. Por cierto, en este mismo escenario hemos visto hace nada Juan José y Las golondrinas. Dos la-maté-porque-era-mía. Imaginen a Viana aligerándolas. La "operación Viana" terminaría con el repertorio desde Sófocles hasta Mihura, por lo menos.

Coda: leo a Viana en hoyesarte.com que algunos de los chistes "pueden ofender particularmente al [público] femenino". Es una frase que resume perfectamente las paradojas que rodean estas cosas. Es profundamente machista esto de que el machismo ofenda a las mujeres. Es exactamente la actitud de enviarlas al salón para que los hombres nos quedemos fumando puros y diciendo cosas abominables. Por Dios. Me imagino a mis amigas (pro-fun-da-men-te feministas) escuchando esto de que no pueden oír chistes machistas de 1901, porque se van a ofender particularmente ellas.

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Luces, cristales, brillos, espejos... dan algunos de los momentos visualmente
más logrados de la función.
Volvamos al teatro. Perdonaría las tijeras de podar si, al menos, el resultado fuera a alguna parte. De Enseñanza libre no ha quedado ni la raspa. Se ha modificado el texto para simular que los personajes preparan una zarzuela que es La gatita blanca, como si el programa doble no se hubiera inventado nunca (miren lo bien que lo hizo Lima con De Madrid a París y El bateo). El resultado es que el texto avanza trabajosamente hacia no se sabe dónde y, de pronto, entran unos números musicales extraviados, como si a alguien se le hubieran caído libros y partituras en la biblioteca de la Zarzuela y hubiera recogido papeles al azar. La gatita blanca queda mejor parada, aunque no pude evitar echar de menos los suculentos chistes que, según el programa de mano, se le habrán censurado como Dios -y tanto la conferencia episcopal como los progresistas del progresismo del rábano por la hojas- manda.

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Lo más bonito que se le suele llamar al público de la Zarzuela es conservador. De ahí, para arriba. Me parece a mí que podríamos ir rebajándole grados de ferocidad, porque si me dicen que en el templo del género lírico nacional íbamos a ver a una protagonista cantando

AMPLIFICADA

y que el público no apedrearía la fachada a la salida, no me lo hubiera creído. Pues como si nada. Amables aplausos de compromiso. El Teatro de la Zarzuela es el buque insignia de un género. Eso sucede con contadísimos teatros en todo el planeta. Debe ser referencia absoluta. ¿Ustedes creen que se puede microfonar a una cantante porque no le da la voz? Será que no hay cantantes líricas con las condiciones necesarias para salir ligeras de ropa, como exigen el género y el personaje, y -además- aportar la picardía que Roko no ha sabido interpretar. Docenas. Les he dicho más de una vez que nuestro repertorio lírico exige a menudo actores que canten, más que cantantes de altura, pero... que canten. A esta chica no le llega la voz. Éste es un despropósito mayor que el de la versión, y espero que el escándalo evite que vuelva a producirse. Me extraña mucho -y demos tiempo al tiempo- no leer ya las protestas de los cantantes líricos.

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Gurutze Beitia, sin duda, lo
mejor de la función.
¿Y la puesta en escena? Sepan que la acción se desarrolla en la platea (desprovista de butacas y con el piso alzado hasta medio antepecho de los palcos) y que se ha instalado un graderío en el escenario, donde se sienta el respetable. El respetable afortunado, porque los de los pisos ven una función que se desarrolla en su 80% dándoles la espalda (a pesar del giratorio). ¿Qué aporta esta disposición? Por mucho que me exprimo las meninges, la única ventaja que se me ocurre es que el público ve el suelo de espejos que, sentado en platea, no vería. Parece una flaca ventaja, pero debía de ser fundamental en las intenciones de los creadores, porque el resultado general recuerda mucho aquella frase de Chus Lampreave en La flor de mi secreto: "Esas sillas le gustan mucho a tu hermana. Como tienen dorao... ni que fuese gitana". No he apreciado una querencia parecida en mis queridos vecinos gitanos, pero si fuera cierta podríamos pensar que los autores del montaje, las acomodadoras (esto no es sexismo, sino descripción) y hasta el segundo flauta son de la raza calé, porque en mi vida he visto una función con más dorados, plateados, espejos, telas brillantes, cristales... Madre del Amor Hermoso. En fin, es verdad que es espectacular por momentos y que lo visual es el punto fuerte de una función más bien débil, pero termina por empalagar un poco (por ejemplo, en el momento en que los portadores de los poquísimos trajes medianamente discretos, el coro, despliegan unas... ¿cosas?... convenientemente doradas). Claro, el espejo del suelo lo multiplica todo por dos, así que para eso supongo que estábamos sentados en el escenario.

Para equilibrar esta ventaja -ya saben que no hay nada gratis en esta vida- se oye de pena desde ahí. La señora de mi izquierda se pasó la velada susurrando "pero si no se oye nada". En efecto. Añadan que -al menos en la representación que yo vi- las voces de todo el mundo provenían de la boca que las emitía, excepto la de Roko, que venía siempre de un punto situado a la izquierda, cercano al arco de proscenio. Mal balanceada.
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Para cerrar el catálogo, hay que mencionar la coreografía. Salvemos el número de las bañistas, en plan Busby Berkeley. La mayor parte de lo que queda es de una ramplonería apabullante. Subo el brazo derecho adelanto el pie izquierdo, subo el brazo izquierdo adelanto el pie derecho. Además de eso, cuando un cuerpo de baile está en funciones más bien de ilustrar, decorar, rellenar o llámenlo como quieran (que es el caso) dice el manual que el físico de los bailarines debe ser más o menos homogéneo y evitar los saltos de treinta centímetros en las estaturas. Y más: alguno, simplemente, no llega al nivel mínimo exigible.
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¿Qué nos deja esta doble función? Algunos momentos visuales construidos por la escenografía de Bianco y el vestuario de Corzo. La resurrección de la hilarante Habanera de los reyes godos de El trébol. Los esfuerzos de José Luis Martínez (un tipo que sirve para esto igual que para un Misántropo) y del gran Ángel Ruiz por encarrilar algunas escenas. El quinteto de cantantes del coro de la Zarzuela, que brilla en La gatita blanca. Y, sobre todo, la IMPRESIONANTE vis comica y la capacidad de colocar frases y caras de Gurutze Beitia. Hagan algo con esta mujer, cantando, no cantando, con Jardiel, con Coward, con Arniches o con Goldoni. Pero algo.

Viana es un tipo que sabe lo suyo de teatro, al que hay que respetar, y cuyo talento ha brillado en más de una ocasión (aún tengo pendiente la crítica de Le frigo). Una mala tarde la tiene cualquiera.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 28 de mayo de 2016

¡CÓMO ESTÁ MADRIZ!

Sala: Teatro de la Zarzuela Autores: La gran vía: Felipe Pérez González (libreto), Federico Chueca y Joaquín Valverde (música); El año pasado por agua: Ricardo de la Vega  (libreto), Federico Chueca y Joaquín Valverde (música); versión libre de Miguel del Arco Director: Miguel del Arco Intérpretes: María Rey-Joly, Luis Cansino, Amelia Font, Ángel Ruiz, Carlos Crokke, Pedro Quiralte, Isabella Gaudí, Amparo Navarro, Paco León, Manuela Paso, Natalia Huarte, Rocío Peláez, Ángel Burgos, Jorge Usón, Verónica Moreno, Nuria García, Miriam Montilla, Ana Goya, Esther Ruiz, Diego Molero, Carlos Martos, Manuel Moya, Ángel Perabá, Alberto Sánchez, Miguel Ángel Jiménez, Gonzalo Kindelán y Juan Ceacero  Duración: 2.40' (entreacto de 15')
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)



La idea era estupenda. En su empeño por empujar a la zarzuela al lugar que le corresponde, Pinamonti (anterior director del Teatro de la Zarzuela) dio entrada en su programación a Miguel del Arco, uno de los mejores directores de escena con que contamos. Era inyectar vida, sacar al género de la vitrina y echarlo a respirar el mismo aire que respiramos todos. Subir a ese escenario a Jorge Usón, Manuela Paso, Juan Ceacero... le hace mucho bien al propósito de oxigenación. Quienes adoramos la zarzuela y admiramos a Del Arco esperábamos la cita con muchas ganas.

Eso es lo que fue bien: las intenciones. Fin de la parte positiva.

El resultado es horroroso, sin paliativos. Muchas cosas mal, por muchos motivos. Pero nos centraremos en lo más grave que puede suceder en un teatro, como siempre les digo: el aburrimiento. ¡Cómo está Madriz! es un tostón superlativo. ¿Por qué? Vamos a hacer una breve excursión para responder a esa pregunta.
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La función se basa en La gran vía y El año pasado por agua. Muy libremente: se interpretan casi todos los números de la primera (incluso los añadidos tiempo después del estreno) y varios de la segunda (más algún añadido de otra procedencia). De la trama original, muy gaseosa, se conservan la estructura de revista (luego explicaremos esto) y fragmentos del texto. Y se añade mucho texto a base de chistes de actualidad política, aparición de personajes históricos, metachistes ("sigo hablando en verso", "vaya sueño más largo, ha tenido hasta intermedio", cito de memoria y mal). Ahora voy a repetir la frase con juicios de valor: se añade una cantidad obscena de texto a base de chistes sin la menor gracia. Lo que sigue es una larga explicación del término "obscena".

Tanto La gran vía como El año pasado por agua son ejemplos del género chico. Casi todos ustedes estarán pensando que me han entendido, pero aproximadamente la mitad se habrá equivocado. Hay una confusión muy extendida (lo dicen mal hasta los telediarios) entre la zarzuela y el género chico. Vamos a ponerlo en lenguaje matemático.


Zarzuela  Género Chico
Zarzuela = Zarzuela grande + Género chico

Hay zarzuelas grandes y chicas. Son dos géneros muy distintos, pero durante muchísimo tiempo, en España se llamó zarzuela a cualquier cosa en la que se cantara y se hablara en castellano. Las diferencias entre ambos géneros son, más o menos, las que vamos a enumerar. Dicho mal y pronto (porque encontraríamos excepciones a todo): 

ZARZUELA GRANDE - ZARZUELA CHICA
DURACIÓN
larga / corta
EXIGENCIAS VOCALES 
importantes / modestas
TRAMAS 
dramáticas y complejas / simples y humorísticas
PERSONAJES
alta sociedad, aristocracia, etc./ populares

Antes de que se me eche alguien al cuello, insistiré en que esto es un esquema aproximado que sirve sólo para comparar el "tipo" característico de un género y del otro. El epígrafe que podría producir más candidatos a rebanarme la yugular es el de la exigencia vocal, porque hay, sin duda, papeles de zarzuela chica que exigen grandes cantantes. Sin embargo, hay otros para los que basta un actor que cante medianamente, cosa que difícilmente se encuentra en la grande. La única característica que distingue sine qua non los dos géneros es la duración: por eso se llaman "grande" y "chica". O sea: varios actos, un solo acto. Y a esto íbamos, precisamente: a que estas obritas son una maravilla y un encanto, porque duran una hora escasa. [Si alguien tiene ganas de seguir ilustrándose, en este enlace encontrará un breve resumen del fenómeno económico y social que impuso esta duración: el teatro por horas]
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El teatro es un arte del tiempo y, por tanto, la característica más importante de un espectáculo teatral es su duración. Es la madre del cordero de todo el resto. Unos determinados materiales de partida dan para cinco horas en 2666 de Rigola y otros para dieciséis minutos en 59' de Esteban Garrido. Chueca y Valverde -músicos- y Pérez González -libretista- sabían perfectamente cuánto podía estirarse La gran vía. Poco. La trama es prácticamente inexistente: un paseo por Madrid para dar pretexto a las intervenciones musicales de personificaciones de todo tipo (calles, barrios, conceptos... hasta publicaciones taurinas) y de personajes pintorescos. Ese tipo de estructura se llama revista y es el tipo de trama más ligero posible, apenas un peldaño por encima del espectáculo de variedades. Aderazada con la música dicharachera de Chueca y Valverde, la historieta daba para una horita. Una horita deliciosa, porque de más está decir que las cosas pueden ser breves y excelentes, como también breves y horrendas, largas y fantásticas o largas e insoportables.

La operación Del Arco ha consistido en figurar que todo esto es un sueño de Paco (el personaje de Paco León) y en inyectar texto, texto y texto. Síntoma: dos horas cuarenta de función (incluidos los quince de entreacto). Diagnóstico: una función del género chico estirada hasta más del doble de su duración original. Pronóstico: mortal de necesidad al 99%.

¿Y el 1% restante? Como les digo a menudo, todo es planteable. A) Ahí tienen la revista de lentejuelas, género que se apropió del nombre que designa, genéricamente, la estructura definida más arriba, y que consigue, casi sin trama, estirar los tiempos a base de explosiones visuales con plumas, escaleras, piernas y escotes. B) La otra posibilidad era, lógicamente, armar un texto con fuste. Pero no hay tal. El texto se mantiene en la ligereza propia de la duración breve y es, cosa grave, bastante peor que el original. C) La tercera posibilidad que se me ocurre es tontorrona, y se practica con frecuencia: interpretar dos zarzuelas, una tras otra. Es lo que hizo Lima con El bateo y De Madrid a París y le quedó estupendo.

Hasta aquí lo fundamental. La base del enorme error de ¡Cómo está Madriz! Lo restante, lo despacharemos con brevedad.
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Los daños producidos por ese error hubieran podido atenuarse, quizá, si la operación showman hubiera salido bien. Me explico: la función descansa de principio a fin sobre los hombros de Paco León, siempre presente. Pues bien, no sé si él hubiera sido suficiente para ese cometido, pero lo que parece evidente es que había que dirigirlo. Es Paco León en el registro Paco León que todo el mundo conoce, un tipo simpático. Una vez más, esto da para un cuarto de hora, pero no para llevar, encauzar, acompañar y liderar dos horas cuarenta. La cosa roza, como me dijo en el entreacto un gran hombre de teatro, la falta de respeto al género, y perdonen que me ponga tremendo. Todo el que haya hecho de gracioso en la zarzuela (o en la revista) entenderá lo que escribo.
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El resultado coreográfico es confuso. El de vestuario en su conjunto, también, salvadas algunas piezas estupendas (la Deuda, la Municipalidad, la Justicia...). La escenografía -las escaleras móviles que ven en la foto de más arriba y los paneles sobre los que se proyecta- tampoco ayuda lo más mínimo, con algún momento (las cortinas rojas del teatrillo) especialmente feo.
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El texto tiene muchos problemas, el primero de los cuales es la falta de gracia de todo lo que se supone que tiene que hacerla. Sin embargo, hay otro rasgo que creo que merece comentario. 

La gran vía nació como una rechifla crítica sobre la gestión municipal de la época. Esta libérrima versión se ha vendido como igualmente crítica y respondona, y corren por ahí infinidad de memeces sobre si los indignados y el 15-M tienen aquí una zarzuela hecha a su medida. Hasta tal punto se ha difundido esa voz, que ante la aparición en escena de Pablo Iglesias (primero sale el fundador del PSOE, pero luego el de la coleta), algún espectador soliviantado se puso a gritar en mi función, porque, al parecer, entendió que se le estaba haciendo propaganda. En otras palabras: la rechifla está tan, pero tan mal planteada, que buena parte del público ni siquiera entiende que la cosa vaya en broma. Pero volvamos a lo que iba. Si esto es una función crítica, vamos listos. No hay ni una sola línea que Carmena, Cifuentes, Rajoy o Juncker (máximos responsables de las cuatro administraciones que gobiernan Madriz) no pudieran oír sonrientes desde una butaca. No seré yo quien diga que la función debía ser crítica, pero que quede claro que no lo es. Al original de Chueca y Valverde hubo que cortarle a menudo algún número, pero los responsables de esta versión pueden estar tranquilos: ni con la Ley Mordaza va a toser nadie a este humor de parvulario.

Otra: no consigo entender qué aportan Galdós, Barbieri, Baroja, Machado, Valle-Inclán, Benavente, Pardo Bazán, Tórtola Valencia, Max Estrella, Lerroux, Pablo Iglesias (a), Pablo Iglesias (b, qué pedazo de chiste), Cánovas, Sagasta y... ahora no recuerdo si también si salen Ramsés II y el Tato. También podrían. Los del 98 protagonizan una escena que parece salida de otra función que se estuviera ensayando en el mismo teatro y se hubiera quedado ahí por error. Por cierto, una bonita escena, con algo del garbo que le falta a todo el resto.  
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Jorge Usón
Algo se salva, sí. Casi todos los intérpretes están por encima del resultado general. Hay, sobre todo, dos que no hacen ni un solo gesto que no esté dibujado en estilo, que no caiga exactamente donde debe: Jorge Usón y Ángel Ruiz. Al primero le da igual salir de gran travestona que de Barbieri, las da todas. Ruiz es un regalo de los dioses al musical. Todo lo que hace aquí está simplemente perfecto, pero hay un par de minutos con Isabella Gaudí (Somos la crem) antológicos: ni un dedo fuera de donde tiene que estar ese dedo en una interpretación canónica. También memorable el Pobres amas de Amelia Font.
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Esta crítica puede compartirse o no, pero me gustaría que se entendiera el punto de vista desde el que está hecha. Me parece fantástico que el género se renueve, no tengo nada en contra de banderas gays, remedos de políticos reales, felaciones a prelados o cualquier otro producto del genio creativo escénico. Pero las cosas pueden salir bien o mal, y las intenciones -de renovación en este caso- no redimen a nadie. Esta función se ha puesto la venda antes de la herida, y el personaje de Barbieri le dice al público un par de cosas sobre la necesidad de puesta al día. Me parecen muy bien dichas, aunque me temo que responden a objeciones que nadie ha formulado. El público de la Zarzuela (del Teatro de la Zarzuela, quiero decir) será todo lo conservador que quieran. Pero cuando se marcha dando voces -se fue bastante gente de mi función, y me dicen que está siendo habitual- no lo hace por cuestiones morales o de carcundia escénica, sino porque el resultado es -clásico o moderno, conformista o crítico- malo y aburrido. Mi vecina de butaca se pasó la función diciendo a media voz "canten, canten, que es una zarzuela", y me parece un título perfecto para esta crítica.

Igual que la felación en primera línea de proscenio me parece la imagen perfecta de un proyecto que perdió el norte. Ojo: ni ofende mi sensibilidad religiosa ni es que mi moral sexual excluya este tipo de exhibición. Es, simplemente, que le pega al resto de la función como a un Cristo dos pistolas y que está fea y fuera de lugar (en sentido literal y figurado). Si sumamos que el obispo llega en patines y que se trata del mismo intérprete (o que lo parece, que es lo mismo) que ha llegado antes en patines caracterizado como la Deuda, lo que uno piensa mientras la felación se desarrolla es "anda, sólo tenían uno que sabía patinar ". Un desastre. 
P.J.L. Domínguez
          
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jueves, 8 de enero de 2015

MIGUEL DE MOLINA AL DESNUDO





Sala: Teatro Infanta Isabel Autor: Ángel Ruiz Director: Juan Carlos Rubio Intérprete: Ángel Ruiz (piano: César Belda) Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que la función ya no esté en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

   La España que pudo ser y no fue. La cara be de la Edad de Plata. Eso es lo que rezuma esta pequeña pieza biográfica –que nadie se asuste, no arrastra los defectos típicos del género- sobre uno de los artistas populares de más proyección en nuestro siglo XX. Miguel de Molina al desnudo (título mejorable) es, íntegramente, Ángel Ruiz: actor, cantante, autor ahora. 

Lo que ha escrito figura una rueda de prensa a la que el protagonista llega decidido a contarlo todo. Ha acertado de pleno al no incidir en la exhaustividad del relato, sino en el retrato y la construcción del personaje. No es tanto lo que se cuenta, sino cómo se cuenta: Ruiz no afloja ni un segundo el gracejo, el descaro; la gesticulación, el acento andaluz moteado de cadencia argentina. Este tipo, al que sobran talento y carisma por todas partes, hace virtud hasta de la necesidad de actuar ante el decorado de Cancún, que se representa en el mismo teatro.


    Rubio ha dirigido con eficacia y, me parece, modestia. La proyección en vídeo de uno de los episodios narrados –en la que asoman Dani Muriel, Kitti Mánver y hasta Vázquez, el productor- reproduce con gracia el cine mudo y encaja bien. El vestuario de Crespi, muy en su sitio. El pianista, intachable. El muchacho que representa al ayudante, simpático. Pero lo dicho: la función es Ruiz al cien por cien. Ah, se me olvidaba: canta de miedo.

P.J.L. Domínguez
          

lunes, 13 de mayo de 2013

LA MONJA ALFÉREZ


Sala: Teatro María Guerrero Autor: Domingo Miras Director: Juan Carlos Rubio Intérpretes: Ramón Barea, Carmen Conesa, Nuria González, Mar del Hoyo, Cristina Marcos, José Luis Martínez, Daniel Muriel, Martiño Rivas, Ángel Ruiz, etc. Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Primera escena en el camarote. Todo un poco En Flandes se ha puesto el sol.
Alguna vez leí que atribuían a Lenin aquello de que hay dos tipos de errores. Error tipo uno: "Dos más dos son cinco". Error tipo dos: "Dos más dos son un candelabro". Qué les voy a explicar, la fórmula lo dice todo.

Les contaba el otro día que el Godot de Sanzol en el Valle-Inclán no me gustó nada. Bueno, es un error de dos más dos, cinco. Nada que objetar al texto, nada que objetar al director. Sin embargo, montar esto en un teatro nacional es un candelabro. No pongo en duda que Domingo Miras tenga sobrados méritos para ser representado en el María Guerrero. Pero si los tiene, se deben sin duda a otros textos. Escribí hace poco que La chunga era una cosa más vieja que la tos. Esto es más viejo que la madre de la tos. No me refiero a la fecha de creación (1986), sino al enfoque. ¿Hay que rememorar un personaje histórico? Pues toma biografía empaquetada en casi dos horas. ¿Que ni en dos horas cabe? Pues nos saltamos la más antigua de las verdades de Perogrullo del teatro (el teatro es acción, no narración), y cada vez que toque un lance un poco largo, que lo cuente alguien. Y ya puestos, sumemos un narrador que rellene los huecos. Soporífero.

Aquí la tienen, la propia
Catalina de Erauso.
Eso, respecto a la forma. Respecto al fondo, hay para seguir bostezando. Tomen un bombón de personaje del calibre de una mujer que, allá por el siglo XVII, decide comportarse como un hombre. Pónganse ustedes a escribir después de todo eso que se ha ido llamando derechos de la mujer, cuestión femenina, liberación de la mujer, feminismo... y hasta enfoque de género. Y decidan que todo les da igual, y que lo que les apetece es escribir una biografía de las de verdad, hala, de las de antes: que si fue, y mató, y volvió, y se encontró, y luego vio al otro, y tal, y tal, y tal. Ni rastro de una mirada que pudiera datarse, pongamos, después de 1950.

En fin, un texto trillado en el fondo, aburrido en la forma e imposible de representar sin dormir a las butacas. Me parece que llevaba más de veinticinco años sin estrenar. Si es así, no debería extrañarle a nadie. Pero para terminar este apartado, prefiero dejar que hable el propio autor, en entrevista al CDN.

Pregunta: Quizá por la misma razón ha dicho que su teatro es más para ser leído que representado. Respuesta: Por lo menos hasta ahora, los que lo han leído tienen mejor impresión que los que lo han visto. Sobre todo los profesores de universidad.

Pocas veces habrán visto mostrar tanta lucidez a nadie sobre su propia obra. Lo que he dicho yo en los párrafos anteriores se queda en nada al lado de esto. Vamos, que es mejor leerlo, y además les gusta a los profesores de universidad. Sin comentarios. Pasemos a otra cosa.

Encargarle esto a un director de escena es hacerle un flaco favor. Supongo que, enfrentado al texto, se habrá dicho "algo que habrá que hacer". Y ha optado por poner hasta el neperiano (si es usted nuevo en el blog, siga este enlace para enterarse de qué hablo). Como me resulta imposible redactar de forma coherente el amontonamiento incoherente de elementos, he optado por un resumen. Ahí va, échenle paciencia.


La escena del convento. Comedia de monjas.
Escena en un camarote de barco (foto de más arriba). Realismo. Catalina (1) es Carmen Conesa. Empiezan a hablar, y temo lo peor: En Flandes se ha puesto el sol. Flashback. Se abre el camarote por la mitad, cada mitad se va por su lado, y lo que queda es (pasmo) una especie de entrada al circo, con el cartelón superior rodeado de bombillas, como mandan los cánones (los cánones de Moulin Rouge version 1952 o, mejor, Carnivale). Escena en el convento. Catalina (2) es Mar del Hoyo. Otra función distinta: adiós a Flandes, toca (hablando de tocas, me encantan las de Cristina Marcos) humor blanco de monjas, más Melocotón en almíbar o Luis Lucia que Entre tinieblas, claro. Dios mío, hay narrador. Ramón Barea (pobre), que se supone que sigue leyendo las memorias de la heroína en el camarote del principio, escondido abajo a la derecha del cartel de circo. Engañoso alivio transitorio: la escena funciona. Funciona, luego resultará evidente, porque la sacan adelante Cristina Marcos, Nuria González y Mar del Hoyo. 

Escena en Chile. Los tres mosqueteros.
Al fondo, la entrada al circo de Carnivale.
A la izquierda, la sombra de la cruz de
Beckett o el honor de Dios.
Escena en Chile (creo). Catalina (3) es Martiño Rivas (sí, muy guapo, pero más verde que un pino verde; a este chico le queda camino por recorrer) y está acogida a sagrado en un convento, porque ya va matando por ahí a quien le busque las cosquillas. Otra función distinta: más bien hacia Los tres mosqueteros (la de Gene Kelly), si no fuera porque el fraile (pobre Ángel Ruiz) está en otra función distinta (entre El jovencito Frankenstein y Jeromín) y la gran cruz colgada en lo alto en otra función distinta (Beckett o el honor de Dios, por ejemplo). Al final de la escena, Catalina (o sea, Manu) nos narra lo que acaba de perpetrar en una correría fuera del convento (mata más gente, incluido su propio hermano). Como ya estamos todos hasta el moño de narraciones (y queda más de una hora de función), feliz idea: se abre el telón rojo de la entrada del circo y se proyecta el lance en sombras chinescas. Como lo oyen. Sobre una pantalla lisa y pura, pantallazo central como en el cole. Feo, y de otra función distinta, tan mala que no encuentro referente. 

Escena en los Andes. Topos del sufrimiento en los
vastos espacios de las Indias. Hasta que llega el
humo y la cruz se ilumina, y ya no sabemos ni
dónde estamos. 
Escena atravesando los Andes hacia Tucumán. Catalina (4) es Cristina Ramos. En alguna de los momentos de transición, aparecen los figurantes en función de utileros, que están, a la vez, en otras dos funciones distintas: Piratas del Caribe (vestuario) y El mayor espectáculo del mundo (volatines). Ahora que lo pienso, hay precedente: El temible burlón. Otra función distinta: la cruz se tumba en el suelo, desprende luz, entra el humo. Catalina (o sea, Cristina Marcos) vive un calvario agónico de frío, hambre y agotamiento. Pero hace equilibrios sobre la cruz tumbada. Ahora estamos casi conceptuales, cuando la cruz de nuevo en pie, e invertida, es un árbol. ¿Querrá decir algo?, nos pregunta nuestro lado de exégeta. No, nos responde nuestro lado sensato, no quiere decir nada. No me pregunten cómo, pero a pesar de todo eso, y de la plasta de texto, Marcos sale airosa. La cruz la ha puesto en pie un otomano de la guardia de la Sublime Puerta (se quita la camisa de pirata del caribe y el efecto es ése) que viene de otra función distinta (Los pescadores de perlas). En el momento de mayor dramatismo, zas, cambio de iluminación, y vemos perfectamente el decorado circense, que viene al pelo para destrozar lo que Marcos estaba intentando hacer. 

Escena en La Paz. Catalina (5) es Nuria González. Aparece una mujer que huye de la venganza de su marido, y que, al entrar, le pega un golpe al muerto de la escena anterior, para recordarle que tiene que salir. Éste lo recuerda y sale. Es un ademán de otra función distinta, hasta ahora el tono no permitía esas licencias. Catalina (o sea, Nuria González) requiebra a la señora y le asegura su ayuda. Llaman a la puerta del convento, que está detrás. Se abre el torno. Dentro está la cabeza de una monja (pobre Ángel Ruiz) embutida en un prisma que (supongo) figura el espacio interior del torno (pasmo). La escena ha vuelto más o menos a Los tres mosqueteros, pero la monja es prima del fraile que estaba en El jovencito Frankenstein. Cuando sale del convento lleva puesto el prisma en la cabeza (pasmo). Entre tanto, la mujer ha narrado (no faltaba más, no se imaginan la cantidad de cosas que se han narrado ya) una escena de "cielos, mi marido" que mima con la ayuda de un figurante-amante y (oh pasmo de los pasmos) con Dani Muriel, que hace una gloriosa entrada desde otra función distinta (La venganza de Don Mendo - Monty Pithon - Martes y Trece) incluido apuñalamiento múltiple del amante a cámara rápida, que recuerda a Miriam Díaz-Aroca en Tacones lejanos. Además mueve la boca acompañando el texto que su mujer declama. Inenarrable. Lo siento, ya no hay fotos de las escenas que quedan.

Escena en Cuzco. Catalina (6) es Ángel Ruiz. El bar está por la derecha en otra función distintaCurro Jiménez en el siglo XVII. Por la izquierda, roza Mad Max, gracias al atavío de el Cid, un matón que por allí anda. Quizá para aligerar el tostón insoportable de la narración (otra vez) de las hazañas de Catalina (o sea, Ángel Ruiz), y por si faltara heterogeneidad, sus tres compañeros de juego introducen una novedad de otra función distinta: hacen simultáneamente los mismos movimientos (ahora me suena que hay detalles de este tipo en los citados Tres mosqueteros, pero no estoy seguro). Ruiz pone realmente todo lo que está en su mano por hacer pasar el trago.

Escena en Huamanga. Catalina (7) es Daniel Muriel. En el preámbulo de los amanerados clérigos, Martiño Rivas sirve vino en una copa que, abandonada a su bola, se sostiene sola en el aire (pasmo, miradas entre los espectadores en las filas de delante). La otra función distinta de este ratito es La jaula de las locasEl obispo ofrece asilo a Catalina (o sea, a Daniel Muriel) y le suelta una arenga para que se arrepienta de sus fechorías. Aquí hay unos pocos minutos de teatro gracias a Ángel Ruiz. Pero, para que no duren demasiado, zas, otra función distintaVértigo. Sobre la arrepentida Catalina se proyecta la consabida espiral giratoria. La escena incluye la grotesca irrupción de una dueña vestida como para la rechifla de una despedida de soltero, y la de Muriel de monja. No sé si me siguen. Es un hombre que hace de mujer vestida de hombre, hasta que en este momento es un hombre que hace de mujer vestida de mujer. Sólo que parece un hombre mal vestido de mujer en la fiesta de Nochevieja.

Escena en Roma. Catalina (7) es José Luis Martínez. Aquí hay cardenal y papa (ambos mujeres), trampilla, elevador y superefecto de vestuario. Cuando el papa (papisa) ataviado con la enorme túnica en que se han convertido las cortinas de entrada al circo (se lo juro) se eleva en el aire de otra función distinta y es dramáticamente iluminado... ya no sé qué decirles, se me agota la capacidad de analogía. Me pasa por la cabeza Dune, la materialización de la diosa sangrienta de True Blood... y no sé qué más, pero entiendan cómo tengo el cerebro después de contar todo esto. También hay desmaterialización. El papa y el cardenal nos dan la espalda y se alejan. Por el camino, alguien le pone al segundo una capa entre Las amistades peligrosas y El fantasma de la ópera. Cuando el papa se gira a mirarnos y retira su mano del hombro de su compañero, pof, la capa cae al suelo: el cardenal ya no está dentro. Creo que es el momento de decirles que los créditos incluyen un asesor de magia. Como lo oyen. 

Escena final. Catalina es otra vez Carmen Conesa (1), qué descanso. Vuelta a En Flandes se ha puesto el sol. Gran derroche de imaginación: en el rótulo circense de lo alto se tapa una ene y leemos "La mona alférez", para introducir el parlamento de la protagonista, que se queja exactamente de ser una mona de feria. Cuánta sutileza. Ahí se nos confirma a todos la hipótesis de que el toque escenográfico circense que la pobre función ha tenido que soportar durante ciento diez minutos, como un Cristo soportaría dos pistolas, se justifica por esto. Fin.





Que conste que que les he largado sólo un resumen, y que me dejo unos cuantos millones de cosas más: proyecciones de crepúsculos y cielos estrellados (estrellados en los dos sentidos del término), enormes velas al viento, pañuelos de prestidigitador que se inmiscuyen en un diálogo...

Se salvan de este naufragio casi todos los actores -ya hemos citado la excepción- que ciertamente trabajan como condenados por sacar la cosa adelante. Es tremendo ver en tal pastel a gente a la que aprecio tanto como a Cristina Marcos, Ramón Barea, Ángel Ruiz, Daniel Muriel, Nuria González o Carmen Conesa. Mi función estaba muy floja de público. Se oían comentarios airados a la salida (ya saben que me gusta poner la oreja). Y esto tiene que tirar hasta el 2 de junio. Para que no me acusen de sectario, les dejo más abajo los enlaces a otras críticas. En general, ha sido más benévola la crítica en papel que la digital. Curioso.
P.J.L. Domínguez


P.S. (del 10 de junio): la vida es perfecta a veces. Habrán leído ahí arriba que no tenía referencia para la elevación del papa. Ya la tengo: la canción moldava del Festival de Eurovisión. Vayan al 3'40''.