Mostrando entradas con la etiqueta Teatro María Guerrero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teatro María Guerrero. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de marzo de 2019

ESPEJO DE VÍCTIMA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Ignacio del Moral Director: Eduardo Vasco Intérpretes:  Eva Rufo y Jesús Noguero Duración: 1.40' (50´ + entreacto de 10' + 40') 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Jesús Noguero y Eva Rufo
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

EL CORAJE DE LA INTELIGENCIA

Es bien sabido: esta sociedad sufre un retroceso imparable de la libertad de expresión. Abrir la boca sobre los asuntos envenenados es un deporte de alto riesgo. Basta extraer una frase descontextualizada de un ensayo de quinientas páginas para convertir a su autor en indeseable. Los matices han muerto. Con semejante panorama, no sabe uno si admirar más en Ignacio del Moral la inteligencia o el coraje de afrontar uno de esos temas sacros e intocables: el de la condición de víctima, a la que tantos aspiran.

    Inteligencia, a secas, para ser capaz de suscitar vías de reflexión que pocos sabrían sugerir sin dar pie a su linchamiento público. Inteligencia dramatúrgica para escanciar los topetazos al espíritu crítico del espectador de forma amena, enganchando su atención. Un estilo propio que empieza por Mamet y por momentos roza a Hitchcock, y por el que asoman Lady Macbeth y Lady Gaga. Me resulta imposible no usar el término “elegante” cada vez que Vasco dirige, y también esta vez es insoslayable. Este montaje lo es, la formidable lección de interpretación de Jesús Noguero y Eva Rufo viene servida por Camacho, Caprile y Carolina González en un envoltorio en el que no sobra nada, y en el que el espacio sonoro del propio Vasco pone la guinda. Muchos talentos sumados.

Por el bien de todos, espero que gire y dé muchas vueltas. Es una de esas piezas que van ganando en el recuerdo a medida que pasa el tiempo.
P.J.L. Domínguez

          

lunes, 11 de marzo de 2019

EL IDIOTA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Fiódor Dostoievski (versión de José Luis Collado) Director: Gerado Vera Intérpretes: Alejandro Chaparro, Fernando Gil, Ricardo Joven, Jorge Kent, Vicky Luengo, Marta Poveda, Fernando Sainz de la Maza, Yolanda Ulloa y Abel Vitón Duración: 2.00'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Poveda, Gil, Kent y Luengo. Es la parte derecha de la escenografía. Les pongo la izquierda más abajo.
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

ENTRAÑABLE IDIOTA

Parece que el gusto decimonónico por llevar a las tablas los éxitos novelísticos revive. En poco tiempo, hemos visto versiones de El corazón de las tinieblas, Tiempo de silencio (que regresa), Jane Eyre, Moby Dick… Reflejar un mundo en un texto necesariamente mucho más breve que el original es siempre tarea compleja, no digamos meterse con El idiota, empresa de alto riesgo de la que José Luis Collado ha salido indemne. Este Idiota se desarrolla con fluidez, se entiende en el sentido más hondo y –sobre todo- se ubica en el cosmos de atormentada ética de su autor.

    No pude evitar la sensación de que faltaba una semana de ensayos. Esto no quiere decir que se perciba una torpeza generalizada, pero sí algunas réplicas que se podrían pulir, determinadas actitudes que rendirían más en otro tono. Son detalles, y es muy posible que el rodaje termine de pulirlos, pero no oscurecen la cuestión fundamental: la historia atrapa, los intérpretes se ensamblan con precisión, las idas y venidas (docenas de idas y venidas para contar tanto) están bien engrasadas. La composición que Fernando Gil hace de este idiota entrañable va creciendo a medida que pasan los minutos y termina por ganar el aprecio del espectador, como ha ganado el de la extraña sociedad que lo rodea. Yo diría que no sobra ni un minuto de las dos horas que Dostoievski demanda.

* * *
Me voy a ponerles el enlace a Los hermanos Karamázov, también de Vera, y compruebo que nunca la colgué. Así que se la copio:

TRAGEDIA, FARSA, MELODRAMA

Primero, lo más evidente: tres horas y veinte de función que se sostienen. No aburrir en doscientos minutos tiene ya un mérito considerable. ¿Va la cosa más allá? Sí. ¿Está a la altura del reto autoimpuesto? A ratos. Mucha, muchísima novela Los hermanos Karamázov para subirla a un escenario. La adaptación de José Luis Collado narra con bastante soltura y evita hábilmente que los personajes tengan que rendir informes verbales de todo lo ocurrido fuera del teatro.

    Se le ha reprochado a Vera la vehemencia en el tono, el griterío sostenido. No me molestó. Me parece, más bien, que su lectura se acerca en muchos pasajes a lo trágico (aunque, como ha dicho Ordóñez, termine en melodrama), y que si uno piensa en Esquilo mientras ve a Dostoievski entiende mejor lo que ha hecho. La tragedia vira, empujada por Echanove, hacia la farsa. Quizá no representará al papá Karamázov que tenemos en mente, pero compone un Falstaff bien encajado en este XIX ruso. Disiento de algunos de los pareceres leídos y oídos: Poveda es una magnífica elección para una Grúshenka en alocado equilibrio entre la alegría de vivir y la destrucción. Y destaca Vilajosana, completamente transfigurado en su personaje. ¿Lo mejor? La escena en la iglesia con el padre Zosima. Y el alarde de escenografía e iluminación (Vera y Gómez-Cornejo) de enorme belleza.

* * *
1.- Lo primero que salta a la vista es que, esta vez, no hay la menor vacilación de género. Vera se instala en el drama, yo diría que acertadamente.

2.- Nota escenográfica. Tuve la constante sensación de que esto se iba todo el rato a la derecha (del espectador). La afirmación no es estadísticamente cierta, porque hay unos cuantos cuadros (los de la apacible vida familiar de los Epantchin y el nada apacible de Nastassia arrojando el dinero al fuego, por ejemplo) a la izquierda. Quizá el efecto se deba a que era yo el que intentaba no fijar la atención ahí, porque había algo que me perturbaba: un arco que no sé si tiene intención realista pero que me hacía un efecto como de las casitas de cartulina de recortar y pegar que me regalaban de niño cuando estaba enfermo (y que tuvieron un efecto decisivo sobre una de mis vocaciones). Lo ven en la foto.

Ulloa, Gil y Luengo. A la izquierda, el arco.
A diferencia de lo que ocurre en el otro lado, con ese estrepitoso rojo de la tela adamascada, aquí no hay apenas nada que distraiga del arco. Serán tonterías, pero su acabado-cartulina-plegada, que resalta sobre un lienzo de pared liso y extenso, gravitó sobre mi percepción durante las dos horas.

3.- No sé si debería empezar a preocuparme, pero tanto aquí como en El jardín de los cerezos mi opinión parece alinearse con el consenso de la crítica. ¿Será la edad? Divaguemos sobre eso. Hay un par de avezados espectadores que me han sustentando su juicio negativo sobre este Idiota en consideraciones del tipo "es una cosa antigua". Hace unos veinte años, yo estaba sinceramente convencido de que el teatro de texto estaba muerto. No era memo (no más que la media, creo), era joven. Recuerdo a mis mayores mirándome con conmiseración. Tenían razón. Ni el teatro de texto ni Vera están muertos. Siempre habrá lugar para eso que las actrices mayores llaman en las entrevistas "el teatro de siempre", es un género indestructible. Pero está, además, la cuestión del tiempo y la perspectiva. El otro día, por pura casualidad, me endilgué uno de los conciertos para piano de Rachmaninov (ahora parece que hay que escribir Rajmáninov, paciencia). Les aseguro que hacia 1985 los espíritus más despiertos de la vanguardia musical lo consideraban, más o menos, un idiota, como a Myshkin. ¿Por qué? Porque siguió escribiendo como Tchaikovski (¿cómo se escribirá ahora?) en pleno siglo XX, haciendo caso omiso de los sucesivos últimos gritos. Treinta años después, cada vez importa menos que Rachmaninov muriera en 1943 y Tchaikovski en 1893. Cuanta más distancia tomamos, más cercanos parecen. Dentro de doscientos años serán estrictamente contemporáneos. Esto es pertinente también respecto a ciertos comentarios sobre La geometría del trigo de Conejero. Que si "muy Lorca", que si "esta trama la hemos visto muchas veces". Ya, pero eso importa poco. Sólo importa si las cosas están bien hechas. La geometría y El idiota están bien hechas.

4.- Poco sitio tenía en la Guía para detallar lo que me pareció escaso de ensayos. Me pareció, por ejemplo, que Yolanda Ulloa -una superactriz que admiro sin reservas- estaba colocada en un lugar distante y frivolón que, adecuado como registro general, rentaría más con alguna grieta abierta hacia la implicación sentimental: la fragilidad que muestra en la última escena, con Myshkin en la silla de ruedas, sin ir más lejos. Algo parecido creí ver en Ricardo Joven y Abel Vitón. Marta Poveda, que es de esas actrices cuyos detractores y admiradores tienden al extremo (yo mismo soy un fan entregado) desplegaba todos los talentos que posee, pero con menos matiz que de costumbre. Insisto: si tuviera que apostar, yo diría que cuando publico esta entrada estará todo más ajustado.

5.- ¿Sobran las proyecciones, como me dice C.? No sé si sobran. Pero es verdad que el montaje sería idéntico si se eliminaran. No así, si se eliminara la música. Se me antojó oír a Prokofiev, a Shostakovich y hasta a Katchaturian en un momento, pero no se fíen mucho. Hace años que dejé de dominar el repertorio. Ya no hablo de oídas, que es lo bueno en este caso, sino de campanas que no sé desde dónde me llegan.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 19 de octubre de 2018

LUCES DE BOHEMIA

Sala: Teatro Maria Guerrero Autor: Ramón María del Valle Inclán Director: Alfredo Sanzol Intérpretes: Chema Adeva, Jorge Bedoya, Josean Bengoetxea, Juan Codina, Paloma Córdoba, Lourdes García, Paula Iwasaki, Jorge Kent, Ascen López, Jesús Noguero, Paco Ochoa, Natalie Pinot, Gon Ramos, Ángel Ruiz, Kevin de la Rosa y Guillermo Serrano. Duración: 2.15' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Juan Codina, Chema Adeva y Jorge Kent, con uno de los espejos citados más abajo.
Esta vez, Kritilo prácticamente me ha ahorrado el trabajo. Si quieren leer su crítica (aquí) podrían perfectamente saltarse la mía. Creo que si la hubiera visto (la función, no la crítica de Kritilo) hace treinta años saldrían fuegos artificiales de estos párrafos, pero ahora mismo... ahora mismo hay que decir que es un poco polvorienta. Vamos, viejuna. Como ocurre tantas veces, no soy capaz de indicar nada que esté mal, hay incluso algunas cosas muy bien planteadas (por ejemplo, la mayoría de las interpretaciones). Pero el conjunto queda un poco ladrillo. 

Kritilo se ha atrevido a meterse con Valle-Inclán y yo, que debo de ser un poco más pusilánime, me voy a limitar a encuadrar el comentario en un principio general. Casi todos los clásicos necesitan, para ser representados, de algún retoque. Como las Campos cuando se hacen la estética. Bromas aparte, un texto clásico es un monumento intocable. UN TEXTO, he dicho. Pero su representación es harina de otro costal. Prácticamente todo lo que vemos del Siglo de Oro -y no digamos del teatro griego- es profusamente recortado. Para empezar, porque el espectador actual, con una percepción profundamente alterada por todo lo que lleva digerido, no soporta los prolongados tiempos de la producción anterior (por decir algo) a la televisión. También por infinidad de otros motivos, como el de la caducidad de las referencias culturales. Pónganse Los elementos de Literes y ya me contarán lo que entienden del libreto. El bosque mitológico del teatro griego o el mundo del retruécano, la analogía o el simbolismo renacentista y barroco llegarían para dar de comer a varias docenas de Cirlots. Endilgue esos monumentos intactos a un espectador actual y me cuenta el resultado. Valle-Inclán no llega a esos niveles, pero incluso un espectador culto, o muy culto, se pierde una buena parte de las alusiones que, sin duda, mantenían despierta la atención de sus contemporáneos. Por poner un solo ejemplo entre toda esa maraña -y un ejemplo de los fáciles- me pregunto a cuánta gente le dice algo ahora mismo la Ley de Fugas, de infausta memoria.

El recorte no es la única posibilidad, claro está. El teatro tiene recursos que la literatura desconoce. Uno, es el escenográfico, y me temo que esta opción que tira al menos es más (unos bastidores móviles con espejos a caja escénica desnuda) no aporta nada que contribuya a aligerar la contundencia del plato que tenemos que meternos entre pecho y espalda. Un montaje "muy intelectual", me dijo alguien para alabarlo. Demasiado, diría yo. Hasta la música se ha reducido a un piano a la vista que -justo, justo- acompaña un poquillo.

El elenco funciona de maravilla, con una excepción estrepitosa que callaré (y es un secundario, así que no piensen maldades). Es una pena que Codina y Adeva realicen tamaño esfuerzo y que éste quede diluido en el duermevela generalizado entre el respetable. Me gustó mucho Ángel Ruiz, sin que esto sea una afirmación remarcable, porque nunca le he visto nada que no hiciera perfectamente. Tanto el Rubén Darío como Serafín el Bonito son antológicos. Y otro tanto diría de Jesús Noguero como Bradomín y Don Filiberto. Cada vez que uno de estos dos abre la boca en esos papeles, la función vuela un poco más alto. Dicho sea de paso, siempre que veo Luces me imagino una escena entre Serafín el ministerial y Filiberto el periodista desvelándose mutuamente su opinión sobre el affaire Estrella.

Proponía, en la crítica de Nine, la comercialización de entradas dobles para ver Katiuska y Anastasia en días sucesivos. Pasa lo mismo con Luces de Bohemia y Mundo obrero (cuya crítica he publicado hoy mismo en la Guía, ya les dejaré el enlace). En esa historia del movimiento obrero en España contada a los niños que es la propuesta de San Juan (lo digo sin asomo de burla, condensar es un talento infrecuente del que carezco por completo) no sólo se cuenta algo de lo que Vallé-Inclán está tratando, lógico tratándose de un panorama histórico. Además, sobrecoge un poco ver que, en determinadas cosas, seguimos en el mismo lugar.

Creo que les dije ya, a propósito de Jane Eyre, algo que me cuesta asimilar. La miseria es omnipresente en la literatura del XIX (y más: Luces de Bohemia se publica en los años veinte). No importa que los protagonistas sean duques o banqueros, la miseria sale. Ahora, ya no sale. No es que haya desaparecido, es que ya no la vemos. No me negarán que es un gran paso adelante. Es igual que esto de la súbida del Salario Mínimo Interprofesional. Ninguno de los miserables que conozco tiene un salario que le conste al Estado, ni visos de ir a tenerlo nunca. Les trae al fresco que el SMI suba a tres mil euros. De ésos no se acuerda nadie, porque nadie los ve. ¿Recuerdan el término "lumpenproletariado"? Huy, perdón, que esto lo acuñó Marx, y ya sabemos todos que era tontito.

Nota final: el sereno hace su entrada con una discapacidad física de relieve. Hace veinte años, el teatro se hubiera venido abajo con las carcajadas, porque se habría entendido como un recurso cómico. En mi función hubo risitas de tres o cuatro personas. Algo avanzamos.

Breaking news (del 26 de octubre): Ordóñez la ha puesto por las nubes.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 9 de octubre de 2018

ISLANDIA

Sala: Teatro María Guerrero Autora: Lluïsa Cunillé Director: Xavier Albertí Intérpretes: Lurdes Barba, Joan Anguera, Paula Blanco, Juan Codina, Oriol Genís, Jordi Oriol, Albert Pérez, Albert Prat, Lucía Quintana y Abel Rodríguez
(la función ya no está en cartel)


Sí, una notable escenografía de Glaenzel que consigue un efecto infrecuente: que el teatro deje de parecer un teatro.

No me he vuelto loco. Voy hacia atrás, colgando todo lo que no colgué durante el annus horribilis.
DICKENS 2.0

El protagonista ha puesto, desde el sector financiero, su granito de arena en el estallido de la crisis. Terminada la juerga, y tras cambiar privilegios por precariedad, viaja a Nueva York para visitar a su madre. Aquí es donde Cunillé imprime un giro imprevisible: llegará a destino reconvertido en el adolescente que fue. La operación empuja la crisis económica al trasfondo y convierte la pieza en un viaje iniciático como los del Julien Sorel de Stendahl, el Lucien de Rubempré de Balzac, o el Frédéric Moreau de Flaubert. El duro camino de la educación sentimental, quizá más cercano en la atmósfera –si no en las peripecias- a Dickens.

    Montar esto sin un protagonista creíble era imposible, pero Albertí ha dado con él: Abel Rodríguez, que no abandona el escenario y es el interlocutor perfecto para el rosario de vidas hundidas con las que se va cruzando. No sé ni si ha alcanzado la mayoría de edad, así que mejor estar atentos a este talento al que le queda una vida por delante. Hay quien ha reprochado una cierta lentitud, pero creo que la historia bien vale este ritmo pausado que da mucho espacio a las interpretaciones, todas de gran altura. Envuélvase en la escenografía de Glaenzel, única y diversa, y se obtendrá un espectáculo en el que el espectador se sumerge con interés por el relato y un punto de inquietud por la suerte del muchacho. Dickens.


Albertí es mucho Albertí. Citado en los créditos como "asesor dramatúrgico", supongo que su mano ha tenido bastante que ver con el enorme acierto de la versión de Miró y Homar de Tierra baja. Tengo la sensación, ahora que cuelgo esto con cuatro meses de retraso, de que Islandia suscitó menos entusiasmo del que hubiera debido.
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 5 de julio de 2017

INCONSOLABLE

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Javier Gomá Director:  Ernesto Caballero Intérprete: Fernando Cayo Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Esto que leen aquí, en el encabezamiento de la crítica, estaba originalmente al final, pero lo que he venido encontrando en los últimos días me mueve a destacarlo. Ha sucedido algo curioso, que yo no había detectado nunca (esto no quiere decir que no haya ocurrido, vaya usted a saber). Todas las críticas en papel que he leído son elogiosas (analizando entre líneas las de Vallejo y Villán podría interpretarse que no les ha maravillado el texto, pero quizá sea buscar tres pies al gato). Todas las críticas digitales que he leído son negativas. ¿No es llamativo? ¿Tienen alguna hipótesis? Yo sí, pero me la callo.

LOS DE PAPEL A FAVOR:
Javier Villán en El Mundo (se la tienen que buscar en un tweet del CDN del 30 de junio, porque el contenido es de pago en su página original)

LOS VIRTUALES EN CONTRA:

Como el catálogo de opiniones sobre todo en general, y sobre la crítica en particular, es infinito, tengo algún lector al que no le gusta nada que cite, alabe o discuta las ajenas. No consigo entenderlo, la crítica es también -quiza, sobre todo- debate. ¿No vamos a poder comentarnos unos a otros? Me parece que lo que subyace en el fondo es nuestra incapacidad (nuestra, de los seres humanos quiero decir) de distinguir entre la discrepancia de ideas y la descalificación de las personas. 

Y, ahora sí, la mía.

QUE SALGAN LOS DELFINES

Caballero (director), Cayo (actor), Azorín (escenógrafo), Aníbal (iluminador), Cobo (músico) y Domínguez (figurinista) han hecho lo que han podido. Como me dijo JM ante alguno de los esfuerzos colectivos por levantar un monólogo imposible, sólo faltaban los delfines. En el momento en que me lo dijo ya llevaba yo unos minutos echando en falta a las alegres chicas de Colsada. Que entre el coro. Disparen los fuegos artificiales. Send in the clown. Que el actor se quede en tanga y haga unas piruetas en el trapecio (ojo: las piruetas acaban llegando), porque los espectadores comienzan a sufrir bajadas de tensión y está la plazuela que no caben más ambulancias.

He comenzado diciendo que Caballero (director) ha hecho lo que ha podido. No puedo decir lo mismo de Caballero en su faceta de seleccionador. Este texto no tiene ningún merecimiento para acabar representado, y mucho menos en la sala grande (!) del María Guerrero. En fin. El mundo es ansí, ya lo saben. Me pregunto si el autor conoce El año del pensamiento mágico, porque hay que tener mucho arrojo para estrenar esto después de aquello. Inconsolable es un texto pésimo en varios niveles:

1) El género. Es antidramático, no-teatral. Es un ensayo (un mal ensayo). Esto no lo digo porque su autor se haya dedicado a eso hasta ahora, sino porque es así. Y si no me creen, vayan a oírlo. No hay ni rastro de eso que llamamos arco dramático. Bueno, no. Es peor. Sí que hay rastro. Hay un intento al que se le ven todas las costuras: forzado y sin efecto. El personaje comienza diciendo que no se va a meter en cuestiones sentimentales exclusivamente suyas y que sólo hablará de conceptos universales. Declara que lo otro le parece una literatura maleducada, romanticismo trasnochado de andar restregando los propios mocos al respetable. Y luego, por supuesto, da rienda suelta a sus miserias para terminar otra vez pulcro y en registro de conferenciante. Un A-B-A clásico que podría firmar Mozart, si no fuera porque Mozart sí dominaba los tiempos dramáticos. El contraste entre ambas voces -las dos caras del personaje- se ve venir de lejos. Ayer mismo leía ese pasaje de Marsillach en el que dice que el teatro es ritmo y sorpresa. Cuanto más repite el monologuista que no irá por ahí -y lo repite cansinamente- más convencidos estamos de que en eso consistirá el giro: sorpresa, caput. ¿Y ritmo? Pues verán: el árido registro inicial dura... ¡cuarenta y cinco minutos! Está estirado hasta lo insoportable en el estilo descrito en el punto 3. No hay quien pueda. Llegados a ese lugar del hastío o salen los delfines vestidos de lentejuelas o ya no hay nada que hacer. A pesar de la trasmutación escenográfica (también, ay, previsible: las testas de las piezas metálicas que la hacen posible están incomprensiblemente a la vista).

2) El fondo. Es banal en sentido bidireccional. Ni ahorra una sola de las ideas comunes que nuestra cultura maneja sobre la muerte (desde la levedad de la tierra hasta el desplazamiento a primera línea ante el abismo que supone la desaparición de los padres; desde el consuelo que procura el afecto de los próximos hasta la perpetuación del difunto en la conciencia de los vivos; desde la cadena generacional que transmite el testigo hasta...). Ni aporta una sola idea original. Esto puede ser perfectamente tolerable en un texto dramático, que no está para aportar ideas originales sino para recrear el mundo (o una visión del mundo) en el escenario. Pero, como les he dicho, éste es marcadamente ensayístico. No hay drama (como sería preciso en el teatro), no hay ideas (como sería necesario en un ensayo). No hay nada más que sopor. Por cierto, la cosa termina autocondenada. Algo se dice al principio sobre la moralidad como refugio de los discursos vacíos. Así termina este discurso vacío: con una conclusión moral para la que no necesitábamos alforjas. Que la muerte debe impulsarnos a ser mejores. Toma.

3) El estilo. Pensé durante un rato que este estilo que combina la frialdad quirúrgica y la retórica más ramplona era un efecto buscado para reforzar el efecto de alejamiento que el personaje quería imponerse respecto a sus sentimientos profundos. Pero no. Sigue igual toda la función. Sin desaprovechar un solo sintagma trillado que saliera al paso. Por no hablar de hallazgos como "excesivismo" o "acostumbramiento". Soporífero.

El texto no tenía remisión, y mira que le han hecho de todo. Es como un abeto reseco que se han esforzado en tapar con espumillón (qué bonita palabra). El espumillón no está mal, pero al final sólo faltan los ya mencionadísimos delfines. Cae nieve, cae un árido, el suelo se levanta los pajaritos cantan... huy, perdón: el suelo se levanta, se abre una compuerta, entra música, entran ruidos, entra una discreta imagen proyectada, sube al fondo una línea horizontal verde, baja al fondo una línea horizontal verde, el iluminador despliega todo el catálogo de recursos que sabe ubicar atinadamente... Hubiera sido fantástico emplear toda esta potencia creativa en algo que mereciera la pena.

* * *
Miren ustedes por dónde, algo hay con lo que me identifiqué y que me da pie para este párrafo. Dice el personaje que no soporta en los demás sus propios defectos. Que los reconoce de inmediato y los odia. A mí me pasa lo mismo (aunque no siempre, otras veces me producen un efecto cómico y de compasión, del tipo de "éste es idiota de la misma manera que yo"). Si el texto me ha generado el rechazo que queda patente en las líneas anteriores es, en parte, porque comparte ampliamente los defectos de mi prosa. Qué les voy a contar: no sólo un deslizamiento constante hacia lo prolijo y lo repetitivo, sino también un echar mano sin cuento de las fórmulas estereotipadas, los adjetivos cantados, las expresiones hechas. Como esta misma enumeración de tres elementos de la frase anterior. A mí se me antoja que lo hago con una gran habilidad para la ironía, la autoironía y la parodia, pero digo "se me antoja", porque no es verdad. Lo que me termina saliendo es una cosa entre el BOE y el libro de texto que -alguna lucidez guardamos todos en el fondo- me aconseja no dedicarme a la literatura. Tanto menos a la dramática, que consume el tiempo del espectador a chorros. A lo mejor un día me da por estrenar algo y alguien me propina una coz calcadita a esta misma.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 14 de mayo de 2017

REFUGIO

Sala: Teatro María Guerrero Autor y director: Miguel del Arco Intérpretes: Israel Elejalde, Beatriz Argüello, Macarena Sanz, Raúl Prieto, Carmen Arévalo, María Morales y Hugo de la Vega Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)

Gran escenografía de Azorín, estupendamente iluminada por Gómez-Cornejo.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

BOFETADA

¿No se está entendiendo la intensidad de esta bofetada moral o es que ya no hay sopapo que nos despierte? Recordamos con horror el desprecio que los refugiados de nuestra guerra sufrieron, pero despreciamos a quienes ahora buscan auxilio. Esta familia en la que nadie está dispuesto a molestarse por el otro –bastante tiene cada uno con su minúsculo drama- se yuxtapone con total comodidad a la tragedia de un extraño sin ni siquiera olisquear un poco, fuera acaso por curiosidad, para saber qué le ha pasado. Sí, un retrato de Europa. Refugio grita contra una escala de valores que pone el exceso de azúcar en la dieta propia por encima de la muerte ajena. Como La lista de Tremblay, vista en la Cuarta Pared recientemente.


    Pero Refugio no es una excelente pieza de teatro por su altura moral, las buenas intenciones no salvan las propuestas estéticas. Lo es porque está montada con completo control de los tiempos narrativos; porque las interpretaciones encajan unas en otras con precisión quirúrgica; porque el uso de los elementos envolventes (la escenografía de Azorín, la luz de Gómez-Cornejo y la música de Vila y Wagner) es siempre de una hermosura dramatúrgicamente efectiva, sin que nada sea gratuito. El director Del Arco ha sabido contrapesar a las mil maravillas la densidad alegórica de algunos de los pasajes del autor Del Arco.

Y lo que no cabía allí:

Supongo que le pasa a todo el mundo, pero a veces me siento como un marciano, como si mis semejantes vivieran en otro planeta o mi sistema de visión fuera distinto y estuviéramos -ellos y yo- rodeados por una realidad decodificada de forma divergente. Como Predator, que en vez de percibir nuestro espectro visible captaba la temperatura (o algo así, ¿no?). Ya sé que todos tenemos vidas difíciles, que el tiempo no llega para nada y que bastante hacen millones de héroes y heroínas anónimos con sacar adelante a su prole, sobrevivir con la pensión o seguir adelante enlazando trabajos que apenas dan para alimentarse. Pero resulta que tenemos a unos profesionales especializados en analizar e intentar remediar los problemas comunes. Se llaman políticos. Y resulta que no hay ni un solo político de relieve en Europa -que yo sepa- que haya sido capaz de gritarnos a la jeta que lo peor que nos está ocurriendo ahora mismo no es el paro; no es el consumo de alcohol y drogas entre los menores; no es la discriminación por raza, género, orientación sexual o lo que sea; no es la violencia yihadista; no es nada de todo eso que llena sus discursos o que hace que se peleen entre sí. El mayor drama moral de Europa es el de los refugiados de una guerra que llegan a nuestras fronteras buscando auxilio y se encuentran alambradas, zancadillas, campos helados llenos de barro y mafias que los llevan al fondo del mar. Es repugnante por muchos motivos, pero quizá el más simple de explicar es que arreglar esa situación y organizar una atención -siquiera provisional y en barracones- al nivel de la dignidad humana costaría el equivalente del famoso chocolate del loro. Y, sin embargo, nadie es capaz de decirnos a los votantes que, si no asumimos esa responsabilidad -esa responsabilidad de, pongamos, dos euros por europeo al año, y me paso diez pueblos- confirmaremos nuestra bajeza moral y convertiremos a Europa en poco más que una llaga purulenta. Y no es que busquemos políticos hermanas de la caridad, sino que ni siquiera hay uno capaz de llegar al cálculo de que a veces es más rentable quedarse con los restos de la minoría que pegarse con otros mil para representar el egoísmo general. Como las cadenas de radio emitiendo fútbol todas a la vez, sin que ninguna apueste por quedarse con el total de quienes lo aborrecen.

El drama de los sirios que perecen a las puertas del refugio europeo ha terminado (no sé si será para siempre) con mi confianza en la política. Y me quedo perplejo, como les decía, ante la indiferencia de los demás.

Y en esto llegó Miguel.

Llevo meses esperando algún aldabonazo que sacuda las conciencias, y ha sido Del Arco el que lo ha propinado. Pero da igual, es como si nadie lo pillara. Espero que, al menos, le sirva a él para superar esa frustración de no poder hacer nada que muchos arrastramos. Yo se lo agradezco de corazón, hace que me sienta menos solo. Me enteré ayer (escribo esta frase el 20 de mayo) que Vanessa Redgrave ha dirigido un documental sobre el asunto. Otra que no ha tenido estómago para quedarse quieta.


* * *

La lista, de Jennifer Tremblay, confrontaba también una tragedia con las minucias de la vida, pero allí era una pequeña tragedia personal lo que aquí es una inmensa tragedia social. Como la protagonista de Tremblay, los personajes de Del Arco están demasiado ocupados con las miserias de todos los días para advertir lo que ocurre delante de sus mismas narices. Aunque todo ese reconcentrarse en sí mismos no les ayude a avanzar un centímetro en la superación de sus problemas. ¿O no es, precisamente, esa actitud la que los bloquea? El infierno son los otros, no cabe duda, pero la salvación, también. A riesgo de que me juzguen cruel, les diré que tengo alrededor algunas personas a las que quiero y que están perdidas en ese mundo de análisis y lamentación constante del yo, mí, me, conmigo. Personas que tienen la desgracia de no tener que cuidar de un padre anciano o de un hijo que demanda atención, o que simplemente no se ven en la necesidad de moderar las manías propias con las ajenas de un cónyuge siempre presente. Personas que terminan obsesionadas con el color de los cojines del salón, con su estado de ánimo o con el sarpullido que les ha salido en el brazo. Sólo se me ocurren dos consejos cuando me los piden: haz ejercicio y cómprate un perro enfermo. Eso es Europa: un lugar con millones de personas que no son capaces de medir los problemas propios y los ajenos, y tomar decisiones de acuerdo con la envergadura de los unos y los otros.



Yo no soy nadie para dar lecciones morales, pero Del Arco sí. Ésa es una de las funciones de los grandes artistas. Algunos grandes directores de escena saben mucho de organizar los tiempos; otros, de organizar los tiempos y los elementos visuales; otros, de reproducir las características de estilo de un género determinado; otros, de dirigir actores. Del Arco sabe hacer todo eso pero es, además, un profundo conocedor del alma humana. (Miren qué frase decimonónica me ha salido, me pasa cada vez más) En Refugio ese talento no lo exhibe sólo el director, sino también el autor. No es su primer texto, como alguien ha dicho: ya estrenó Deseo y Juicio a una zorra, y los tres son estudios sicológicos de envergadura (no conozco Youkali). Pero ese conocimiento ha brillado también en las versiones de los clásicos que ha dirigido, excepto quizá -nadie es perfecto- en ese Hamlet que lo mismo le va a valer un Max. Ya saben, los premios son a menudo absurdos y no hay quien supere en absurdo a los Max. En la terna de este año no está Incendios, pero sí Només son dones. Ver para creer.

* * *
Básicamente, un artista es alguien que hace montones de veces lo mismo. A unos se les nota más (Vivaldi, Borges) y a otros menos (Frank Lloyd Wright, Rafael Sánchez Mazas). [Sí, los ejemplos son un batiburrillo un poco disparatado, pero a veces me divierte escribir así pensando en cuántos seguirán el hilo de lo que pienso y cuántos me dejarán por imposible. Perdonen] Miguel del Arco es más bien de los segundos (repasen la lista de sus montajes), pero me ha parecido ver, gracias a Refugio, una línea más o menos constante en sus intereses: la confrontación del individuo y el grupo. Hasta donde llego yo y dónde comienzan los demás. Qué les debo, por qué me amargan. Etcétera. Quizá por eso se ha quedado Teorema -inspiración inicial del texto, por lo que ha dicho su autor- tan lejos: por la deriva intensamente social. En Teorema lo social al fondo, pero más como referente de la alegoría que como elemento evidente de la trama dramática. Contrariamente a -diría yo a bote pronto- que en el resto de las películas de Pasolini, donde este contraste entre el individuo y la sociedad suele estar en el centro de la cuestión.
* * *
No se ha entendido la yuxtaposición -y, a veces, solapamiento- de registros, y es como decir que no se ha entendido nada, porque es el rasgo fundamental de la función. No uso "entender" en el sentido de, por ejemplo, "entender el teorema de Pitágoras", como si yo fuera el listo que lo ha entendido, sino más bien queriendo decir "compartir la apreciación de que funciona estéticamente".  Y vaya si funciona esta ensalada: realismo puro en la escena inicial del político ensayando una entrevista, realismo costumbrista hasta lo cómico en algunas réplicas de la encantadora familia del mismo político, pandurismo visual y auditivo en el monólogo de la esposa duplicada por el fantasma de la difunta mujer del refugiado y con fondo del Tristán, lirismo poético en las conversaciones entre el refugiado y el fantasma... Efectivamente, exige del espectador una notable flexibilidad de cintura para saltar de uno a otro ecosistema. Hay quien ha reprochado que las conversaciones de los refugiados en alta mar no se ciñan a lo que cabe esperar de la desesperación del momento, olvidando quizá que tampoco cabe esperar que se cruce el Mediterráneo en un sofá (que es el mueble que simula ser embarcación). O sea: que el realismo era en otro momentito. Desde luego, este planteamiento no se hubiera podido sostener sin estos intérpretes y sin las soluciones escenográficas.




Parece que todo el mundo está de acuerdo en el acierto del cubo transparente y móvil de Azorín. Yo añado que se ha usado de maravilla (menuda idea colocar encima la presencia constante de la mujer ahogada), se ha iluminado de maravilla y se ha sonorizado de maravilla, alejando la impresión auditiva de lo que ocurre dentro. El cubo me recuerda el giratorio de Deseo, como el sofá me recuerda la cama de Hamlet.

* * *

Elejalde es mucho Elejalde. No sólo es un gran actor, me parece -de lejos, no lo conozco- el tipo de artista comprometido con la creación. Un entusiasta. Me encantó su dirección de Sótano y no me gustó La voz humana (a ver si un día les cuento), pero tengo la sensación de que hará cosas interesantes sin parar. Otra cosa que he leído por ahí es que no tendría por qué echarse a llorar en esta función. ¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué no tiene que echarse a llorar? Hemos debido de ver funciones distintas, ¿qué más tiene que pasarle a alguien para que llore? Lo raro sería que no lo hiciera.

Raúl Prieto está superlativo, y que conste que es un hombre que no siempre me ha convencido. Pero su trabajo fue más fuerte que mis reparos en Antígona, y ahora sale airoso del comprometido trance de estar ahí en medio como ausente mientras los demás se desgañitan. No es fácil no parecer idiota. Es la viva imagen de la angustia. María Morales se ha ganado un puesto en mi álbum de favoritas: Como si pasara un tren, La distancia, Todo el tiempo del mundo. Beatriz Argüello y Macarena Sanz ya estaban en ese álbum (si pinchan sus nombres les salen las entradas que las mencionan en el blog, con ésta en cabeza), y la abuela (Carmen Arévalo) y el nieto (Hugo de la Vega) las dan todas en su sitio. No se puede pedir más, termino repitiéndome: creo que no se ha entendido bien. Yo le puse cinco estrellas.

P.J.L. Domínguez
 
 P.S. Olvidé mencionar una excepción relevante a ese "no se ha entendido bien". Ordóñez anunciaba al pie de su crítica de La ternura que pronto se ocuparía de esto, pero adelantaba: Una función furiosa y valiente, un diagnóstico actual que juega con tonos y ecos (la velocidad y la lucidez de Sorkin, el vuelo de Koltès, la desolación de Pasolini) y donde todo se combina a la perfección: la puesta, la luz, la escenografía, con un reparto brillante (Carmen Arévalo, María Morales, Macarena Sanz, Beatriz Argüello, Hugo de la Vega), encabezado por Israel Elejalde y Raúl Prieto.
 
          

viernes, 14 de abril de 2017

ZENIT

Sala: Teatro María Guerrero Autores: Ramón Fontseré y Martina Cabanas Director: Ramón Fontseré Intérpretes: Ramón Fontseré, Juan Pablo Mazorra, Julián Ortega, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu y Xevi Vilà Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

REÍR POR NO LLORAR

Todas las generaciones que nos han precedido han pensado en algún momento que el mundo se iba al garete. Si eso significa que el hundimiento de la realidad conocida al que asistimos es un espejismo, habrá que asimilar que hay espejismos en alta definición. Els Joglars pone su sarcástico dedo en la llaga del periodismo, otro cimiento de nuestras libertades que creíamos eterno y que se desmigaja ante nuestro pasmo. Telediarios repletos de niños ingeniosos, curiosidades naturales y promoción del cine de la casa. Prensa (seria) con la Merkel y la receta de berenjenas en alegre yuxtaposición.

Els Joglars se mantiene en su estilo y da lo que esperamos, una sátira -estirada en muchos momentos hasta la farsa desatada- con envoltorio escenográfico esencial. Con el viejo truco del humor, riéndose para no llorar, arrean mandobles a todo lo que se mueve. Algunas escenas están especialmente conseguidas -el coro del hula-hoop, la degollación en pause- pero lo principal es que el ritmo se mantiene, quizá el reto más comprometedor en este tipo de estructura de escenas sueltas con una trama que no pasa de pretexto. Fontseré -autor con Cabanas, director, protagonista- es alma de la función, pero me gustó mucho Julián Ortega, uno de esos actores capaces de sacar adelante lo que les echen.

1.- Olvidé mencionar la pantomima inicial, un resumen sui generis de la historia universal, paso del Mar Rojo, crucifixión e invención de la imprenta incluidos. Una delicia muda armada con cuatro elementos de utilería.

2.- Julián Ortega ha paseado durante varios años La tigresa, un monólogo de Dario Fo, por medio país. Lo represesentaba seguido de El primer milagro del Niño Jesús e Ícaro y Dédalo. No sé si lo seguirá haciendo, pero si les cae cerca no se lo pierdan.

3.- En esta redacción disparatada, menos alejada de la realidad de lo que podría pensarse, se pasa el vídeo de una degollación islamista. El vídeo no es tal: la escena la representan dos actores. Cada vez que  está a punto de llegar el momento cruento, el pause con el mando a distancia congela la acción. ¿Esto es reírse de algo horrendo? Sí, lo es. Es lo que la sátira pretende desde que tenemos memoria: hacer posible la reflexión sobre el horror con la vaselina de la risa. ¿Esto es humillar a las víctimas? Por supuesto que no. Precisamente, la crítica se dirige hacia la utilización mercantilista del sufrimiento. No nos reímos de la víctima, sino del cinismo de quien la utiliza. O sea: el fondo de la operación demanda, en última instancia, dignidad para la víctima. Pero es como si estas elementales explicaciones resultaran de una sutileza imposible de alcanzar para algunas mentes. Me pregunto qué le pasaría a quien probara a hacer lo mismo en un escenario, pero sustituyendo al ISIS por el terrorismo autóctono. No es ninguna casualidad que Joglars se instale en ese borde extremo de lo consentido: aprendieron a hacerlo bajo una dictadura. La deriva de limitación de la libertad de expresión a la que estamos asistiendo es escalofriante. 
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 2 de febrero de 2017

JARDIEL, UN ESCRITOR DE IDA Y VUELTA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Enrique Jardiel Poncela (versión de Ernesto Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: Chema Adeva, Felipe Andrés, Raquel Cordero, Paco Déniz, Jacobo Dicenta, Luis Flor, Carmen Gutiérrez, Paco Ochoa, Paloma Paso Jardiel, Lucía Quintana, Cayetana Recio, Macarena Sanz, Juan Carlos Talavera y Pepa Zaragoza Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

REGATE A LA MELANCOLÍA

Un Jardiel montado con los medios necesarios es siempre motivo de alborozo. Incluso si se le agregan unos flecos al comienzo, al final y en los entreactos que maldita falta que le hacen y que dan pie al cambio de título. Porque, como todo el mundo adivina, la función es Un marido de ida y vuelta. Afortunadamente, son modestos y cortitos, y apenas molestan.

Apartada esa distracción, ahí está Jardiel, intacto en su salsa: un humor refinadísimo que oscila en­tre la pata de banco y el regate a la melancolía y el cinismo. La carcajada salta aquí o allá, pero el pla­cer se parece más a unas cosquillas suaves en el intelecto. Nunca terminaré de admirarme ante esta explosión de inteligencia.

Caballero acierta en la puesta en escena y, sobre todo, en la dirección de actores, perfectamente en estilo. Lucía Quintana ya lo estaba en la Maribel de la Extraña familia de Gerardo Vera, prima carnal de este teatro. Los maridos, Ochoa y Dicenta, y el mayordomo, Déniz, no dan una fuera. La amiga un poco torcidilla de Carmen Gutiérrez me recordó a Mónica Randall, y con eso están todos los elogios dichos. Paloma Paso Jardiel milimetra cada síla­ba en su lugar, una maravilla. La escenografía de Azorín no viene a nada, pero funciona que da gus­to, milagros del teatro. El vestuario de Domínguez, notable. Estupenda función.

Y alguna cosilla que no cabía allí:

1.- Supongo que algunos de mis lectores me imaginarán como el espíritu de la contradicción, disfrutando cada vez que algo me parece el exacto contrario de lo que todo el mundo dice, pero resulta que no, que me encanta coincidir. Según y con quién, claro. Hoy he leído la crítica de Ordóñez en Babelia a este Jardiel y me ha puesto de excelente humor comprobar que él y yo (que es como decir Dios y un hámster) hemos visto lo mismo: una excelente reconstrucción del modo en que estas comedias deben decirse. Él sabe más que yo de esto, desde luego, pero ¿es literalmente cierto que "la tradición se ha perdido", como dice? Elogia, y no es para menos, la certera puntería de Paloma Paso Jardiel para colocarlas todas, y me pregunto si la tradición no está ahí vivita y coleando. Ya que hablamos de tradiciones más o menos vivas, y después de verla en el Alfil en La madre que me parió me pregunto cómo estaría la Ayuso en un Jardiel después de que mostrara en aquel espanto de Los caciques que hay quien recuerda cómo se hacían las cosas. Escribo esa frase, me pongo a buscar diez segundos y -por supuesto- la Ayuso no sólo ha hecho a Jardiel, ¡sino que ha protagonizado Un marido de ida y vuelta! En la tele, el 69, aquí la tienen joven y guapa.

2.- Un montaje que se pliega a un estilo es el síntoma de la modestia del director. Una modestia bien invertida. Es lo mismo que ha hecho Lima en Las brujas de Salem, y también le ha salido bien. El viernes lo publico.

3.- La pieza es un bombón para un buen figurinista y una trampa mortal para uno malo, con ese montón de disfraces del primer acto que, si no se resuelven bien, se convierten en un carnaval barato. Juan Sebastián Domínguez, un tipo de gusto certero -y que no es primo mío- ha sabido aprovechar el fondo escenografico neutro. ¿Neutro?, se dirá más de uno. ¿Neutro, unos palcos y galerías calcadas del historicismo sui generis del María Guerrero? Pues sí. En cualquier otro sitio (por ejemplo, el escenario del Valle Inclán) sería un cañonazo visual, pero aquí no cabe imaginar nada más neutro que este espejo tridimensional. Es un decorado de camuflaje. Los trajes lucen como si estuvieran enmarcados. 


A pesar del forzoso torero que parece que el autor puso para hacer el empeño imposible, los disfraces iniciales (véase foto) evitan el tradicional efecto de función de instituto. ¿Y cómo? Muy simple. Engañando, que es como hay que hacerlo todo en el teatro. En el primer acto hay una fiesta de disfraces. ¿Cuál es la primera regla del vestuario teatral? Que no debe parecer disfraz, sino traje. Si pongo un montón de disfraces que parecen disfraces, es el horror. "¡Pero si tienen que ser disfraces!", dirán ustedes. Da igual. No puede ser. Así que llega Domínguez y hace unos señores trajes (vean ahí a Macarena Sanz de Catalina de Médicis arrodillada o a Lucía Quintana de Cleopatra) y añade alguna cosilla para sugerir el efecto disfraz, como los detalles dorados en el juglar o plateados en la dama (o el remate del peinado de la japonesa, que no me resisto a reproducir en fotografía).


En otras palabras: unos buenos trajes pueden hacer las veces de disfraces en la fiesta de disfraces representada en el escenario. Unos reales disfraces de baratillo parecen en escena... simplemente un horror. Estas paradojas de lo real y el engaño saltan constantemente en el teatro, a ver si esta semana les cuento la de El cartógrafo.

Después del baile hay que seguir vistiendo a un montón de gente, incluidos señores en pijama, bata y zapatillas. Con un par de piezas de résistance, el negligé y el vestido plisado final de la protagonista, Domínguez no da punto sin puntada (así lo decía mi abuela, y era modista, así que a callar).

4.- Repasando el archivo (una de las ventajas de la edad, estoy haciendo una lista para superar todas las desventajas que se encargaron de refregarme por los morros en La velocidad del otoño) me encuentro lo que escribí cuando Mara Recatero dirigió este mismo título, y se lo copio ahora para ahorrarme unas líneas:
    Como en cualquier forma de teatro cómico, lo esencial aquí es dar con el tono. La sutileza de la comicidad de Jardiel se apoya en eso o se diluye en la nada; pasa tan desapercibida que es como si las frases no se oyeran. Y me parece, después de vista la versión, que uno de los puntos cruciales de este teatro es que los personajes no son caracteres sino tipos. Esto es: la protagonista debe ser la coqueta frívola (si ésa es la decisión adoptada sobre el personaje, caben otras) todo el tiempo y por encima de cualquier obstáculo, por mucho que la frase se preste al drama o al sentimiento.
En los diez años que han pasado desde entonces mi pensamiento se ha hecho más rígido (claro, ¿qué esperábamos?) y me arrepiento ahora del "caben otras". Dudo de que quepan muchas interpretaciones, tanto de la protagonista como del resto de personajes. Son tipos, como los de la Comedia del Arte o los estereotipos de los teatros orientales. Más se acerca la interpretación al tipo, más hilaridad produce. Ése es todo el secreto de Paloma Paso Jardiel y la tía Etelvina: es la vieja tía faltona que ha hecho toda la vida lo que le pasaba por la peineta.

5.- Me encantó Carmen Gutiérrez. Miro su curriculum y veo que  es prácticamente como si la hubiera ido esquivando. Tengo que repasar mañana las notas sobre La condesa de Malfi a ver si la señalé. Espero topármela de vez en cuando. Imposible terminar sin citar el enorme encanto de Lucía Quintana, que sabe dosificarlo, ahí está la gracia.

NOTA DEL DÍA SIGUIENTE: Es maravilloso cuando a la realidad le da por ser coherente. Miro mi crítica de 2003 de La condesa de Malfi y me encuentro lo siguiente: Sólo se salvan en alguna medida las dos actrices y, sobre todo, Carmen Gutiérrez que, en el papel protagonista, consigue dar réplicas cabales a pies imposibles. Ya me gustó entonces.
P.J.L. Domínguez