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lunes, 11 de marzo de 2019

EL IDIOTA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Fiódor Dostoievski (versión de José Luis Collado) Director: Gerado Vera Intérpretes: Alejandro Chaparro, Fernando Gil, Ricardo Joven, Jorge Kent, Vicky Luengo, Marta Poveda, Fernando Sainz de la Maza, Yolanda Ulloa y Abel Vitón Duración: 2.00'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Poveda, Gil, Kent y Luengo. Es la parte derecha de la escenografía. Les pongo la izquierda más abajo.
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

ENTRAÑABLE IDIOTA

Parece que el gusto decimonónico por llevar a las tablas los éxitos novelísticos revive. En poco tiempo, hemos visto versiones de El corazón de las tinieblas, Tiempo de silencio (que regresa), Jane Eyre, Moby Dick… Reflejar un mundo en un texto necesariamente mucho más breve que el original es siempre tarea compleja, no digamos meterse con El idiota, empresa de alto riesgo de la que José Luis Collado ha salido indemne. Este Idiota se desarrolla con fluidez, se entiende en el sentido más hondo y –sobre todo- se ubica en el cosmos de atormentada ética de su autor.

    No pude evitar la sensación de que faltaba una semana de ensayos. Esto no quiere decir que se perciba una torpeza generalizada, pero sí algunas réplicas que se podrían pulir, determinadas actitudes que rendirían más en otro tono. Son detalles, y es muy posible que el rodaje termine de pulirlos, pero no oscurecen la cuestión fundamental: la historia atrapa, los intérpretes se ensamblan con precisión, las idas y venidas (docenas de idas y venidas para contar tanto) están bien engrasadas. La composición que Fernando Gil hace de este idiota entrañable va creciendo a medida que pasan los minutos y termina por ganar el aprecio del espectador, como ha ganado el de la extraña sociedad que lo rodea. Yo diría que no sobra ni un minuto de las dos horas que Dostoievski demanda.

* * *
Me voy a ponerles el enlace a Los hermanos Karamázov, también de Vera, y compruebo que nunca la colgué. Así que se la copio:

TRAGEDIA, FARSA, MELODRAMA

Primero, lo más evidente: tres horas y veinte de función que se sostienen. No aburrir en doscientos minutos tiene ya un mérito considerable. ¿Va la cosa más allá? Sí. ¿Está a la altura del reto autoimpuesto? A ratos. Mucha, muchísima novela Los hermanos Karamázov para subirla a un escenario. La adaptación de José Luis Collado narra con bastante soltura y evita hábilmente que los personajes tengan que rendir informes verbales de todo lo ocurrido fuera del teatro.

    Se le ha reprochado a Vera la vehemencia en el tono, el griterío sostenido. No me molestó. Me parece, más bien, que su lectura se acerca en muchos pasajes a lo trágico (aunque, como ha dicho Ordóñez, termine en melodrama), y que si uno piensa en Esquilo mientras ve a Dostoievski entiende mejor lo que ha hecho. La tragedia vira, empujada por Echanove, hacia la farsa. Quizá no representará al papá Karamázov que tenemos en mente, pero compone un Falstaff bien encajado en este XIX ruso. Disiento de algunos de los pareceres leídos y oídos: Poveda es una magnífica elección para una Grúshenka en alocado equilibrio entre la alegría de vivir y la destrucción. Y destaca Vilajosana, completamente transfigurado en su personaje. ¿Lo mejor? La escena en la iglesia con el padre Zosima. Y el alarde de escenografía e iluminación (Vera y Gómez-Cornejo) de enorme belleza.

* * *
1.- Lo primero que salta a la vista es que, esta vez, no hay la menor vacilación de género. Vera se instala en el drama, yo diría que acertadamente.

2.- Nota escenográfica. Tuve la constante sensación de que esto se iba todo el rato a la derecha (del espectador). La afirmación no es estadísticamente cierta, porque hay unos cuantos cuadros (los de la apacible vida familiar de los Epantchin y el nada apacible de Nastassia arrojando el dinero al fuego, por ejemplo) a la izquierda. Quizá el efecto se deba a que era yo el que intentaba no fijar la atención ahí, porque había algo que me perturbaba: un arco que no sé si tiene intención realista pero que me hacía un efecto como de las casitas de cartulina de recortar y pegar que me regalaban de niño cuando estaba enfermo (y que tuvieron un efecto decisivo sobre una de mis vocaciones). Lo ven en la foto.

Ulloa, Gil y Luengo. A la izquierda, el arco.
A diferencia de lo que ocurre en el otro lado, con ese estrepitoso rojo de la tela adamascada, aquí no hay apenas nada que distraiga del arco. Serán tonterías, pero su acabado-cartulina-plegada, que resalta sobre un lienzo de pared liso y extenso, gravitó sobre mi percepción durante las dos horas.

3.- No sé si debería empezar a preocuparme, pero tanto aquí como en El jardín de los cerezos mi opinión parece alinearse con el consenso de la crítica. ¿Será la edad? Divaguemos sobre eso. Hay un par de avezados espectadores que me han sustentando su juicio negativo sobre este Idiota en consideraciones del tipo "es una cosa antigua". Hace unos veinte años, yo estaba sinceramente convencido de que el teatro de texto estaba muerto. No era memo (no más que la media, creo), era joven. Recuerdo a mis mayores mirándome con conmiseración. Tenían razón. Ni el teatro de texto ni Vera están muertos. Siempre habrá lugar para eso que las actrices mayores llaman en las entrevistas "el teatro de siempre", es un género indestructible. Pero está, además, la cuestión del tiempo y la perspectiva. El otro día, por pura casualidad, me endilgué uno de los conciertos para piano de Rachmaninov (ahora parece que hay que escribir Rajmáninov, paciencia). Les aseguro que hacia 1985 los espíritus más despiertos de la vanguardia musical lo consideraban, más o menos, un idiota, como a Myshkin. ¿Por qué? Porque siguió escribiendo como Tchaikovski (¿cómo se escribirá ahora?) en pleno siglo XX, haciendo caso omiso de los sucesivos últimos gritos. Treinta años después, cada vez importa menos que Rachmaninov muriera en 1943 y Tchaikovski en 1893. Cuanta más distancia tomamos, más cercanos parecen. Dentro de doscientos años serán estrictamente contemporáneos. Esto es pertinente también respecto a ciertos comentarios sobre La geometría del trigo de Conejero. Que si "muy Lorca", que si "esta trama la hemos visto muchas veces". Ya, pero eso importa poco. Sólo importa si las cosas están bien hechas. La geometría y El idiota están bien hechas.

4.- Poco sitio tenía en la Guía para detallar lo que me pareció escaso de ensayos. Me pareció, por ejemplo, que Yolanda Ulloa -una superactriz que admiro sin reservas- estaba colocada en un lugar distante y frivolón que, adecuado como registro general, rentaría más con alguna grieta abierta hacia la implicación sentimental: la fragilidad que muestra en la última escena, con Myshkin en la silla de ruedas, sin ir más lejos. Algo parecido creí ver en Ricardo Joven y Abel Vitón. Marta Poveda, que es de esas actrices cuyos detractores y admiradores tienden al extremo (yo mismo soy un fan entregado) desplegaba todos los talentos que posee, pero con menos matiz que de costumbre. Insisto: si tuviera que apostar, yo diría que cuando publico esta entrada estará todo más ajustado.

5.- ¿Sobran las proyecciones, como me dice C.? No sé si sobran. Pero es verdad que el montaje sería idéntico si se eliminaran. No así, si se eliminara la música. Se me antojó oír a Prokofiev, a Shostakovich y hasta a Katchaturian en un momento, pero no se fíen mucho. Hace años que dejé de dominar el repertorio. Ya no hablo de oídas, que es lo bueno en este caso, sino de campanas que no sé desde dónde me llegan.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 24 de septiembre de 2018

EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE

Sala: Teatro Marquina Autor: Simon Stephens, a partir de la novela de Mark Haddon (traducción de José Luis Collado) Director: José Luis Arellano Intérpretes: Álex Villazán, Marcial Álvarez, Lara Grube, Mabel del Pozo, Carmen Mayordomo, Anabel Maurín, Boré Buika, Eugenio Villota, Alberto Frías y Eva Egido Duración: 2.15' (con un entreacto de 15') 
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Villazán es de lo poquito que se salva de la función
He vuelto. Por una vez, voy a ahorrarles la murga sobre los efectos del calor en mi cerebro y sobre las múltiples ocupaciones laborales y familiares y blabla que me alejan del blog. He hecho propósito de enmienda, así que pueden ir preparándose.

Salí del Marquina con un par de perplejidades. La primera, de peso. Resulta que considero a Arellano un director de gran talento. Nunca le había visto patinar. Y de toda la producción que le conozco, al menos un par de cosas han sido notables. Ésta es un tostón de cuidado. No es que me parezca mal esto o que aquello esté flojo. Es que me pasé las dos horas largas intentando echar una cabezada, a ver si transcurrían más livianas. Quiá, ni por esas, en mis ya largos años de vida sólo he conseguido dormirme en el teatro una vez (y eso que el espectáculo incluía un desternillante faldón de camisa saliendo por la bragueta de uno de los actores, que no se había dado cuenta).

No arranca nunca. Y uno no pierde la esperanza. Incluso durante el entreacto seguí pensando "todo esto será para preparar lo que viene ahora". No viene nada. No les voy a endilgar uno de esos análisis al bisturí que tanto les divierten, que tengo mucho trabajo atrasado. Me voy a limitar a un par de detalles. La escena cumbre del desconcierto es la del protagonista que se cae a la vía del metro. ¿Imaginan la desazón que eso les produciría si estuvieran viéndolo desde el andén? Aquí charlan los dos viandantes como si en vez de una vida humana lo que estuviera en juego fuera sellar la papeleta de la bonoloto (si es que se sellan). ¿Efecto contraste? Si la intención era ésa, aún peor, no se aprecia.

El otro detalle que voy a mencionar es nada menos que un desconcierto actoral que ríete tú de los peces de colores. Antes, la lista de supervivientes: Villazán está perfecto (y como siempre que ocurre algo así, me pregunto cómo hace un actor para bordar su papel en medio de un desastre generalizado). Todo el mundo me ha dicho lo mismo, vaya pedazo de protagonista. Hay que estar atentos a este chico, que era un chico cuando Hey boy hey girl pero que ya no lo es tanto. Mabel del Pozo (¡acabo de darme cuenta de que no colgué la crítica de Trainspotting!) y Carmen Mayordomo (¡tampoco colgué Malas Hierbas!, lo haré, lo prometo) se salvan de la quema. La primera -y diría que última- escena en la que parece que el invento va a ser capaz de sostenerse en el aire es la del primer encuentro del muchacho y su vecina, la Mayordomo. Por fin, un diálogo verosímil. Después, todo vuelve a su (triste) cauce. Del Pozo hace alguna pequeña maravilla dando réplicas justas a pies imposibles. De los demás no quiero hacer sangre, porque me pareció evidente que el problema estaba en la dirección. Lara Grube está en otra función, una de unicornios con crines arcoiris. Me ahorro el comentario sobre el enfoque del personaje de la Sra. Shears. Marcial Álvarez tiene una salida triunfal en la que lo único que hace es gritar y llevarse una lata de cerveza a la boca, como si no supiera qué otra cosa hacer con el brazo. Por Dios, que grite menos. Además, yo creía que a estas alturas esa forma de impostar la voz para gritar sin destrozarse la garganta ya no era de recibo, es decimonónica (bueno, no estuve en el XIX, pero es a lo que suena). Sé positivamente que ambos pueden hacerlo mejor. Pero la prueba del algodón de que es la dirección la que va sin norte es que Buika está estupendo en el brevísimo papel inicial en la puerta de su casa y luego no da una en el de novio de la madre.

Les decía que las perplejidades eran dos, y la mayor ésta de la desorientación de un director bregado (en fin, una mala función le sale a cualquiera). La menor es la de los créditos. ¿Escenografía de Gerardo Vera? Echen un vistazo a las fotos de esta versión y a las del montaje original y ya luego me cuentan lo que opinan. 

¿Les suelto una hipótesis general? Es una hipótesis, quede claro. Quizá los responsables del montaje han visto demasiadas veces el vídeo del que se llevó los siete Olivier. Arellano ha demostrado ser un tipo a considerar siempre que ha hecho lo que le ha venido en gana, pero quizá (repito: quizá) no se le da bien esto de seguir un modelo. Lo dicho, una hipótesis.

[Ya las tienen: Trainspotting (con Mabel del Pozo) y Malas hierbas (con Carmen Mayordomo)]
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 3 de mayo de 2017

SUEÑOS

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Francisco de Quevedo (versión de Gerardo Vera) Director: Gerardo Vera Intérpretes: Juan Echanove, Óscar de la Fuente, Markos Marín, Antonia Paso, Lucía Quintana, Marta Ribera, Chema Ruiz, Ferrán Vilajosana, Eugenio Villota y Abel Vitón Duración: 1.30'
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Pocos títulos mejor puestos que éste. Menos mal que las butacas de la Comedia no invitan a la siesta, porque Sueños es soporífera. La ponen en el Fernán-Gómez, y caemos todos. Salió de boxes ya sin ninguna posibilidad, como dicen que le pasa al coche de Alonso. Es, en rigor, un recital poético teatralizado, un género muy complicado -se trata de combinar la densidad del lenguaje poético con una dramaturgia raramente más que liviana- y que (atención) da para formas breves. Dicho más fácil: un chute de poesía conceptista podía estirarse cincuenta y cinco minutos de función. Esto dura DOS HORAS. Alguien que sabe mucho de teatro me miró con desolación cuando llevábamos una y me susurró "Dios mío, lo que nos queda". Pues eso. Lo único que no se puede hacer en el teatro es aburrir. Todo lo demás es opinable. Ahí tienen Séneca, demostrando que uno puede hacer digno hasta lo hortera.

Diré más. Aparte de ese lastre previo insuperable, la dramaturgia que Vera ha intentado construir no ayuda nada. Una muestra: la muerte aparece mencionada dos o tres millones de veces. Dale que te pego, vuelta la burra al trigo. No vamos ni venimos, todo se repite, tiene uno la sensación de que el minuto setenta es idéntico al veintitrés o al ciento siete. Como también me decía alguien, podía haber durado treinta minutos o cuatro horas.

Diré más. La puesta en escena, otro tanto de lo mismo. Hala proyección, y vuelta proyección sin que se atisbe para qué, porque todo vuelve, como si en vez de Quevedo fuera Heráclito. Es la función del eterno retorno, la fiesta de la redundancia. Por tener, tiene hasta dos finales. Y una laaarga agonía, "por favor, que se muera de una vez". Nada más antidramático. Un aire imposible de soslayar al histórico Marat-Sade de Brook. No, no son delirios míos. Cuando se me pasa algo así por la cabeza me callo como un muerto, para ver si estoy ido o lo ha intuido más gente. Interlocutor A: "¿No te recuerda al Marat-Sade?". Interlocutor B: "Fíjate que me recuerda al Marat-Sade". Ademas, hay que citar el siempre ajustado criterio de JM y su frase célebre: "Es que Pandur ha hecho mucho daño". Véase Festen. Esto no llega de lejos a ese delirio (al de Festen, quiero decir), pero la entrada de la muerte pegando un brinco ataviada con capa roja (¿roja?, no podría jurarlo ahora) y haciendo play-back de algunos gorgoritos (la música es casi enteramente del campo de lo trillado sopocientas veces) podría contarse entre esos Pandures mal digeridos. Casi tan hilarante como la inolvidable Ofelia en patines que entraba en este mismo escenario en el Hamlet de Del Arco. Ya, ya sé que el Hamlet es finalista de los Max, pero resulta que comparte terna con Només són dones (uno de los mayores plomos de la temporada, salvados los monólogos de Iscla), y con eso está todo dicho. Qui nimium probat, nihil probat. Quien esté dispuesto a premiar eso, poco demostrará si premia lo otro. Afortunadamente, Del Arco está ya donde solía: en unos días les colgaré la crítica de Refugio.

Diré más. Alguno de ustedes estará pensando "es verdad, un plomo, pero los actores están bien". Niego la mayor. Ellas algo menos, pero ellos hablan absolutamente toda la función colocando la voz en ese lugar atrás y arriba que da un tono forzado y tenso (que a usted y a mí nos provocaría dolor de garganta a los diez minutos, pero que saben controlar). Dos horas. Es una cosa tan insoportable que, cuando el Cardenal pregunta a Echanove algo así como "¿quién es usted?", con emisión natural, es como si nos quitaran una losa de encima. "A ver si siguen por ahí", pensé. Quiá. Nadie duda de que Echanove es un gran actor (me encantó su Fasltaff, en Los hermanos Karamazov, y esta frase no contiene erratas), pero dos horas con esa voz superarían a un intérprete construido con lo mejor de Marlon Brando, José Bódalo y John Gielgud. Lucía Quintana se las arregla para salir bien parada en medio de tanto aburrimiento.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 19 de mayo de 2016

REINA JUANA

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Ernesto Caballero Director: Gerardo Vera Intérprete: Concha Velasco Duración: 1.25'
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Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Justo antes de ponerme a esto oigo en la ra­dio que Dario Foe quiere escribir sobre Juana la Loca. No me extraña. La fascinación de este per­sonaje encerrado durante más de media vida en el ojo del huracán del poder es irresistible. Ahí es­tá, clavado en nuestro imaginario por el cuadro de Pradilla y la Locura de amor de Orduña.

De cómo ocupar lugar en ese imaginario sabe un rato Concha Velasco, que lleva seis décadas construyendo el suyo (Las chicas de la Cruz Roja es de 1958). Y me perdonarán Vera y Caballero que este párrafo se lo dedique a ella, porque Reina Juana es –superposición, añadido, conti­nuación de Aurora Bautista– la Velasco. Tal des­pliegue de verdad, tal capacidad de poner carne y rostro a lo que cuenta que se le pasa a uno por la cabeza que si recitara la ley del suelo el resultado sería igual de satisfactorio. Quien se sube todos los días al escenario de La Abadía es historia vi­va de nuestra cultura. Viva y, lo que es más impor­tante, activa. No solo hay que correr a verla, sino que –quien tenga edad para ello– debería llevar­se a cualquier hijo, sobrino o nieto que encuen­tre a mano.
P.J.L. Domínguez
          
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sábado, 12 de octubre de 2013

EL CRÉDITO

Sala: Teatro Maravillas Autor: Jordi Galcerán Director: Gerardo Vera Intérpretes: Carlos Hipólito y Luis Merlo Duración: 1.10' 
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Si quieren ver fotos que dan más idea del aspecto de la función, las tienen aquí.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Las comedias de Galcerán se suceden, como en los tiempos en los que el teatro lo era todo, en estrecha sintonía con la actualidad. El método Gronholm llegó cuando no sólo teníamos trabajo, sino hasta entrevistas para conseguir otro mejor. Burundanga, en el último minuto del terrorismo. Fuga, aunque escrita bastante antes, se estrenó en castellano cuando comenzábamos a ver en el horizonte la ola de corrupción que hoy nos ahoga. Pocos títulos podrían encontrarse más al día que éste de ahora, pero no hay que engañarse: la dichosa escasez, eso que los tertulianos llaman “el grifo” del crédito, no es más que el paisaje de la comedia.

  Galcerán aplica esta vez a la pieza para dos actores –el formato rey de la comedia de ingenio- la técnica de llevar al espectador de sorpresa en sorpresa. El resultado no es una cumbre del género, pero entretiene, con un aire en su argumento que recuerda, ya lo ha señalado alguien, a Black Mirror.


    Vera –que tiene una maravillosa Maribel y la extraña familia también en cartel- ha acertado en tono y ritmo y deja explayarse a su aire a Luis Merlo y Carlos Hipólito. Ambos sostienen el pulso sin interrupción de principio a fin, con algún momento memorable, como el que yo llamaría El Hipólito desencadenado. A juzgar por el entusiasmo del público, tenemos función para rato.

Y lo que no cabía allí:

Digo en la crítica que Vera ha dejado bastante a su aire a los actores, y eso es siempre aventurarse mucho si uno no ha visto los ensayos, pero es la sensación que me da. Hay cosas que hay que amarrar más, que son más estilizadas (y la Maribel del mismo Vera es muy buen ejemplo de eso), y otras que ganan dejando al intérprete que sea él mismo. Hay que ser un buen director para decidir cuándo meterse por un camino o por el otro. 

Merlo venía de bordar su papel en Deseo de Miguel del Arco (una función que creo que ha tenido menos éxito del que merecía), un papel abiertamente dramático, en atrevido contraste con el que el gran publico le conoce en la tele. Hipólito es, sin medias tintas, uno de nuestros más grandes actores. Así que merecía la pena ponerlos a echar un pulso dirigiéndolos con suavidad. Ha salido bien la cosa.

El aire de familia del argumento con Black Mirror lo señalaba Begoña Barrena, y yo tuve la misma impresión. Creo que podría contarles perfectamente la premisa de la función sin destriparla (porque aparece muy al principio), pero me dice JM que ni se me ocurra, así que me limitaré a revelar que Merlo amenaza con algo más bien grotesco a Hipólito si éste no le concede el crédito. Ése es el arranque...
P.J.L. Domínguez
           


sábado, 20 de julio de 2013

MARIBEL Y LA EXTRAÑA FAMILIA

Sala: Teatro Infanta Isabel Autor: Miguel Mihura Director: Gerardo Vera  Intérpretes: Alicia Hermida, Abel Vitón, Chiqui Fernández, Sonsoles Benedicto, Markos Marín, Lucía Quintana, Javier Lara, Elisabet Gelabert y Macarena Sanz. Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Lucía Quintana, Macarena Sanz, Elisabet Gelabert y Chiqui Fernández. Excelente foto de Antonio Castro.


Estaba yo a punto de dar el blog por suspendido hasta la rentrée (vaya palabreja cursi, ¿eh?), cuando caí en la cuenta de que me quedaba un fin de semana que exprimir, si le echaba ganas. Y se las estoy echando: el jueves Frankenstein, el viernes Maribel, y me quedan los renovados Sofocos y la de Washington y Díaz-Aroca en el Calderón. Cuelgo primero a Mihura, porque... ¿qué les voy a explicar? Lo que yo tengo por este hombre es veneración. Así, de memoria, creo que los dos últimos Mihuras que he visto son El caso de la mujer asesinadita (de la Ochandiano, con la Ordaz) y La decente (de Pérez Puig, con Victoria Vera). Me gustaron los dos, ya saben que soy de gustos amplios. Les adelanto, sin más suspense, que esta Maribel de Gerardo Vera está muy, muy bien.



Todo el mundo sabe que el texto es una joya. Hasta tal punto que, después de que la historiografía teatral haya derramado durante decenios torrentes de lágrimas por el vanguardista perdido de Tres sombreros de copa, se pregunta uno si no mereció la pena lo que perdimos de vanguardia por lo que ganamos de género. Recurramos a ese tópico que tanto me gusta: si Mihura hubiera nacido en Wisconsin, Elisabeth and the strange family tendría una versión cinematográfica de 1962 con Shirley MacLaine y Jack Lemmon y, por lo menos, un remake de 2001 con Nicole Kidman y Ewan McGregor. Siendo su autor madrileño, tampoco le ha ido mal. Ha conocido versiones de cine y televisión, y el público teatral le guarda fidelidad: mi función de ayer estaba a reventar. Pero cualquier día pasará algo -por ejemplo, una versión americana- y el mundo se pondrá de rodillas ante Maribel.  Es una pura maravilla. Una fábula atemporal y universal sobre la posibilidad de redención y la fuerza de la bondad y la ilusión. Con eso que nos gusta tanto tantísimo a los seres humanos de sufrir durante tres actos el suspense relativo a si la protagonista saldrá de la vida infame que aspira a superar. Y con los mejores personajes secundarios jamás vistos sobre las tablas: las tres pilinguis amigas de Isabel y las dos inefables, inmensas ancianas. 

Las ancianas se las traen. Primer apunte: les aseguro que esto es puro realismo. JM me decía "pero si son tus tías". En efecto, lo son. Sólo que mis tías son TRES. Me pregunto siempre si Mihura pudo cruzárselas alguna vez, porque el grado de coincidencia es realmente asombroso. Por supuesto, Mihura no se las cruzó, ni siquiera eran ancianas cuando él escribía, pero la cosa no deja de ser sorprendente. Para lo que aquí nos interesa, la conclusión es que estos personajes son reales y bien reales. Ahí a la izquierda tienen a Julia Caba Alba y Guadalupe Muñoz Sampedro en la versión de José María Forqué (1960). Si ahora les digo que la Caba Alba se parece notablemente a mi abuela, van a pensar que se me va la olla. En fin.


Este humor de las ancianas, este humor de Mihura hecho de la cotidianeidad más llana, y en el que la comicidad brota de la propia llaneza (me estoy acordando del cerrajero de Ponferrada en La decente), no es nada fácil de decir. Si no se suelta con la intención justa, lo que puede ser hilarante pasa perfectamente desapercibido. Sonsoles Benedicto y Alicia Hermida son el primer acierto de la función. No dan punto sin puntada, si están en escena uno no puede mirar a otra parte. Es como si hubieran nacido así, en ese escenario, y llevaran toda la vida soltando esas perlas por la boca. El público las adora sin remisión, y desea -por Dios- que Hermida siga hablando.

Alicia Hermida y Sonsoles Benedicto.

Las pilinguis: otro bombazo. Retratadas con derroche de ternura por este hombre al que le encantaba frecuentar prostitutas. En las antípodas del glamour de la perdición o el abismo: tres muchachas lisa y llanamente normales, con un oficio que tiene sus peculiaridades. Chiqui Fernández es una Pili fantástica ("¿No es muy raro..?"), lamento no haberla visto antes en teatro, seguro que me he perdido cosas interesantes. En mi función salió airosa -con  habilidad circense y el capote de la Hermida- de uno de esos lances que la suerte depara a veces al espectador: se rompió una silla. Elisabet Gelabert estaba bien en Maridos y mujeres, y muy bien en Veraneantes. Completa con Macarena Sanz (la maravillosa revelación de Munchausen) un trío al que Vera ha otorgado perfecta homogeneidad. 

Markos Marín y Lucía Quintana.

Lucía Quintana, que hasta ahora me había parecido que rendía más dirigida por Sanzol que por Vera, compone una Maribel cercana, como de andar por casa en zapatillas, con apenas unos minutos iniciales en pose de fulana. Se lleva la empatía del espectador, que mataría al vecino de butaca por que a esta chica le salgan bien las cosas. Muy eficaz en la contención: pierde los nervios casi una única vez ("lo raro sería que salieran hombres del piano", cita aproximada), con el consiguiente efecto hilarante. Me recuerda muchísimo a alguien, pero no caigo. Ya les contaré si consigo dar con el parecido. Marín hizo un personaje alejadísimo de éste en el Agosto de Vera, y funcionó igual de bien allí que aquí. Éste de Marcelino -siempre les digo las mismas cosas- tiene el peligro de parecer tonto del bote, pero Marín sortea el peligro estupendamente. 

Ahora, pónganse a sumar lo que funciona. Andújar ha conseguido, yo diría que con el menor gasto posible, una escenografía muy resultona. Firma también un vestuario irreprochable. Los modelitos de las señoritas deben de haberle divertido tanto a él cuando los diseñaba, como a las actrices cuando se los ponen. Todo bien y discretamente iluminado. Muy bien traída a cuento la proyección. La música justa. En resumen: que a Vera, que venía del dramón de Agosto, le ha quedado esto muy atractivo, muy en Mihura y lo necesariamente cómico para que tengamos Maribel para meses. Eso espero. No dejen de llevar a sus madres y tías.
P.J. L. Domínguez