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lunes, 10 de octubre de 2016

SERLO O NO

Sala: Teatro Español Autor: Jean-Claude Grumberg (versión de Mauro Armiño) Director: Josep Maria Flotats Intérpretes: Josep Maria Flotats y Arnau Puig  Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



¿Saben cuál es mi primer recuerdo de Josep Maria Flotats? Agárrense. Los visitantes, una serie francesa de extraterrestres de 1980. Me entero aquí de que la emitió TVE en 1981, los lunes de cuatro a cinco. ¿Qué hacía yo frente el televisor? ¿Quizá sólo vi unos minutos y mi memoria, ese mecanismo traidor, ha agigantado el recuerdo? Además, creo ver gente vestida de negro con pollos de cuello alto, típicos de la ciencia ficción de la época, que corre de un lado para otro. Incluso veo a Flotats así vestido y huyendo de algo, y me parece que el recuerdo no se corresponde con la realidad. ¿Lo mezclo con otra cosa más antigua? ¿Fahrenheit 451 de Truffaut? Quién sabe. PArece que cuanto mayor se hace uno, más le va preocupando la dichosa búsqueda del tiempo perdido. Aquí les dejo una madalena para invocar a Proust, a ver si nos echa una mano.

El caso es que cuando Proust y yo nos despertamos, Flotats ya estaba allí. Es su prehistoria en Francia. Después llegaría el regreso a Barcelona -envuelto en una merecida aura de éxito extrafronterizo, algo mucho más relevante entonces que ahora- y, entre otras muchas cosas, la creación del Teatre Nacional de Catalunya. Es un actor formidable, sin fisuras, una máquina implacable de interpretar. 

Sus elecciones como director son claras: tiende a los textos sutiles, de grano fino, a la elucubración intelectual y/o el humor: La cena, La conversación de Descartes con Pascal joven, El juego del amor y del azar, La verdad... Esta vez, yo diría que el grano es tan fino que se escurre entre los dedos para no dejar, a fin de cuentas, casi nada. Serlo o no - Para acabar con la cuestión judía es apenas una sucesión de chistes largos que ponen de manifiesto lo absurdo de los prejuicios raciales. Sí, una cosilla agradable, pero nada más. Jean-Claude Grumberg es un indiscutible, pero esto está muy lejos de ser su obra más brillante.


Arnau Puig, estuvo en Stockmann
pero me tocó otro elenco.
No creo que se pueda plantear mejor que como lo  ha hecho Flotats, una puesta en escena limpia en la que sólo cuenta el texto. Aunque siempre caben matices, claro está. Veo por ahí algún vídeo de la versión original, y Arditi (un tipo que lo hace todo en Francia) le da al protagonista un aire más bonachón y, sobre todo, más implicado en lo que está ocurriendo, a diferencia de la elegante distancia que pone Flotats. Eso da más carcajada, la especialidad de Arditi (creo que lo mencionaremos otra vez en la crítica de La mentira a cuenta de más o menos carcajadas). Flotats es más de la sonrisa por dentro (me refiero tanto a la sonrisa por dentro del personaje como a la que va por dentro del espectador). Arnau Puig le aguanta perfectamente el tirón (y es mucho tirón). Pero el texto no hay quien lo estire más allá de lo que da, se queda en poco. Alguien ha percibido esa pequeñez y le ha añadido una propina. Por más que busco, no encuentro rastro de que existiera también en el original, así que supongo que ha sido Flotats.

Pasada la horita justa que dura este sainete chic, y una vez que el público ya ha aplaudido, Flotats se aproxima al proscenio para encarnar a Grumberg y contarnos algunas cosas sobre su vida. Si alguien podía considerar que lo recibido a cambio del precio de la entrada se quedaba un poco corto, aquí sus argumentos decaen. Los veinte minutos de monólogo que Flotats se casca como si pasara por allí no tienen precio. Es, con diferencia, lo mejor de la noche: una lección de interpretación que, si no viviera como vivo, iría a ver otra vez.
P.J.L. Domínguez

          

lunes, 17 de noviembre de 2014

EL JUEGO DEL AMOR Y DEL AZAR

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Pierre de Marivaux (traducción de Mauro Armiño) Director: Josep Maria Flotats  Intérpretes: Enric Cambray, Àlex Casanovas, Rubèn de Eguia, Guillem Gefaell, Vicky Luengo, Bernat Quintana y Mar Ulldemolins Duración: 1.55'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Ulldemolins, de Eguía, Cambray, Casanovas, Luengo y Quintana. Tras la balaustrada,
Guillem Gefaell, que tiene un papel mudo. Les he puesto la más grande de las fotos
que he encontrado para que aprecien bien el telón pintado del fondo. Espero que

Blogger no se la trague, como hace últimamente.

Encuentro por ahí una crítica que firma José Miguel Vila, de la que les reproduzco un párrafo: "La claridad en la dicción, la gracia y el donaire en los movimientos, la gestualidad de todos los actores, el espacio sonoro (cantos de aves primorosas, ladrido de los perros que avisan de la llegada de nuevos  personajes  que están fuera de escena, el clavicémbalo...), perfectamente coordinados por la sensibilidad de Flotats, vuelven a demostrarnos que el actor y director catalán es todo un genio del teatro".

Casi de acuerdo, como irán viendo. De cualquier forma, es verdad que está bien casi todo. Casi todo menos el resultado final. Arriba, en la ficha del espectáculo, habrán leído quizá que Mauro Armiño firma la traducción, que no la versión. No es lo mismo. Traducir es pasar al castellano lo que estaba en francés. Construir una versión supone introducir modificaciones, del tipo que sean. Quienes tienen menos familiaridad con el teatro ignoran a menudo que es frecuentísimo alterar los textos a la hora de representarlos. Sobre todo en el caso de los clásicos. A la inversa, es muy infrecuente ver a los clásicos (Eurípides, Lope, Shakespeare) representados con todas las letras que escribieron sus autores. No conozco el texto de Marivaux como para asegurar que aquí no se ha metido mano, pero en cualquier caso, se ha metido poca. Armiño es un tipo que se las sabe todas, si tuviera que apostar, apostaría a que hubiera metido la tijera encantado.

He intentado ver cuánto suele durar la representación en Francia, y veo que la última de la Comédie Française estaba en 115 minutos (exactamente como la de Flotats). Encuentro otras tres versiones escénicas: dos de 110 y una de 90. En un rápido vistazo a IMDB he encontrado cinco adaptaciones al cine y la televisión que especifican su duración (dos en francés, dos en castellano y una en alemán). Duraciones: 70, 74, 85, 90 y 93 minutos. Mmm, qué listos los versionadores. Con esas dimensiones, la cosa debe de chisporrotear, que creo que es el efecto  que debió de buscar Marivaux ante unos espectadores con esquemas perceptivos distintos de los nuestros. Mi sensación: a esta versión le sobra, como poco, media hora. Como el mayor pecado que se puede cometer en un teatro es aburrir, esa media hora de más lo lastra todo.

Una vez aburrido, poco le importa a uno la exquisita escenografía a la antigua de Frigerio, con telón pintado de fondo. O el también exquisito vestuario de Squarciapino, que le da un millón de vueltas al de la Comédie, sin ir más lejos. Ni los primores de la interpretación, que algunos hay, ni las piruetas de ingenio del texto. Empacho de piruetas.

Me gustó Casanovas, aunque Orgón - como dice Ordóñez- es más interesante si deja ver un punto de crueldad indiferente por el padecer ajeno. Me gustó Quintana, muchísimo más que en el Cyrano de Broggi (donde, todo hay que decirlo, no me gustó casi nada). Me gustó Luengo, aunque creo que el papel le hubiera permitido algún desliz más acusado hacia lo cómico, con lo que todos habríamos salido ganando. No vi rastro de las crispaciones que menciona Ordóñez, quizá las ha eliminado. Por el contrario, eché en falta un poco más de coqueta estereotipada, cosa que él parece dar por bien anulada. Me gustó, mucho, Cambray. Echen un vistazo a su curriculum y entenderán por qué no lo han visto: casi todo en Cataluña. Lo tienen en la foto, aquí a la izquierda. Todo lo dijo bien, todo lo pisó bien (con esas botas -vean la foto de arriba- es primordial pisar bien).

Me gustó, muchísimo, Ulldemolins, que no deja sin exprimir adecuadamente ni una sola de las oportunidades que Marivaux le dejó escritas. Otra que tal baila, con toda la carrera hecha en Cataluña. Que alguien les monte algo en Madrid a estos dos. No sé, ¿qué tal Dani y RobertaEn abierto contraste con Rubén de Eguía, del que hablaremos a continuación, se trae la comicidad a nuestra época: hace gracia como se hace gracia ahora, no hay asomo de reconstrucción arqueológica en la manera de enfocar a la tópica doncella descaradita y ligerilla de cascos. Un acierto. 


Mar Ulldemolins. Con toda la retranca necesaria para armar con fuste por dentro un personaje
que debe parecer ligero por fuera. Yo creo que se lleva el premio del público.

Y entonces, ¿por qué Arlequín está calcado de la Comedia del Arte? ¿Por qué una tan contemporánea y el otro tan arqueológico? Pues no lo sé. Están en dos funciones distintas. ¿Me gustó de Eguía? Pues tampoco lo sé. Hay intervenciones en las que borda ese Arlequín estereotipado e intemporal -forzando la voz, haciendo piruetas- y líneas en las que cuela ese tono. Mientras que, otras veces, tanta estilización deja a la vista las costuras y las entretelas de la construcción de la escena. También sucede, en algún momento, que la dicción recuerda poderosamente a Flotats. No es de extrañar que un actor joven sometido a la influencia de un maestro calque inadvertidamente sus modos, pero debe estar atento. Es cierto que sólo las mentes estrechas reprochan sus tics a los grandes. Colocados en su sitio, esos defectos son la guinda del pastel. Pero calcados por otro, sólo lastre.

Suscribiría el colofón de Ordóñez, aunque cambiando el orden. Original: "A ratos hay caídas de tensión y de ritmo, pero el clasicismo del conjunto y el esforzado trabajo de sus tres protagonistas sigue(n) acreditando a un gran hombre de teatro". Modificado: "El clasicismo del conjunto y el esforzado trabajo de sus tres protagonistas siguen acreditando a un gran hombre de teatro, pero a ratos hay caídas de tensión y de ritmo". ¿Han visto cómo cambia el sentido de una adversativa cuando se invierte?

P.J.L. Domínguez 
           

sábado, 15 de diciembre de 2012

CYRANO DE BERGERAC

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Edmond Rostand (versión de Xavier Bru de Sala) Director: Oriol Broggi Intérpretes: Pere Arquillué, Marta Betriu, Jordi Figueras, Bernat Quintana, Ramón Vila, etc. Duración: 2.35' (veinte minutos de entreacto)
Información completa (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Edmond Rostand.
Querer definir normas para la creación es como pretender que un caballo distinga los cubiertos de pescado. El Cyrano (texto completo en francés) de Rostand era, en el momento de su creación, un estrambótico anacronismo. Algo así como La venganza de Don Mendo (santa patrona de este blog), pero sin rechifla. Y, contra cualquier pronóstico que hubiera podido hacer una mente sensata (incluida la de Rostand), el exitazo llega hasta nuestros días. Marcos Ordóñez ha publicado un interesante resumen de la historia de este bombazo que invito a consultar. (Por cierto, para ilustrar la expresión "estrambótico anacronismo", véase aquí al lado la foto del autor). Ahora es un clásico que conmueve hasta las lágrimas a cualquiera que no sea de piedra pómez.

Empecemos. La versión de Bru de Sala parece estar, por todo lo que he podido leer, basada en la que elaboró en catalán hace veinticinco años, y que fue unánimente elogiada (Premio Josep Maria de Segarra). Aquélla fue la que interpretó Flotats, y la que lo lanzó a la fama de la que disfruta. No sé qué habrá ocurrido por el camino, pero estamos ahora muy lejos de poder justificar un elogio (aunque los ha habido, y más adelante volveré sobre esto). Lo que se oye en el Valle-Inclán no resiste la menor comparación con el original francés, que es, sobre todo, elegante. Aquí hay profusión de ripio, de chistecillo, y de vocablos que suenan como una corneta en un cuarteto de Brahms ("soy un crac", por ejemplo). Ya que estamos en la cuestión: ¿es normal que en un país plurilingüe haya que realizar el gigantesco esfuerzo de remontar la función en castellano para representarla en la capital? Vemos teatro en ruso con sobretítulos. Pero si está en catalán, una lengua de la que cualquier hablante culto de castellano entiende una buena parte, hay que someter a los actores a este trance. Yo no lo entiendo.

Vamos con la escenografía. Las cortinillas de abre y cierra, entre cosa antigua y función escolar. Sé que resulta especialmente odioso establecer comparaciones, pero vayan a ver Por los ojos de Raquel Meller en la Sala Tribueñe (donde lleva siete años) y comprenderán lo que se puede hacer con cuatro trapos. El balcón (¡el mágico balcón de la mágica escena!) en el quinto pino, lo suficientemente lejos y lo suficientemente mal iluminado como para que el respetable se pierda de la misa los tres cuartos. El extraño artefacto de la izquierda (del espectador), un banco corrido y unas ventanas (?), no se sabe para lo que está, y encima es feo. Y, por si fuera poco, el estrecho paso entre sus dos cuerpos hace que la precipitada salida al campo de batalla obligue a los actores a realizar, uno tras otro, una complicada contorsión. Hay proyecciones, tampoco se sabe para qué: La luna de Méliès con el cohete en un ojo, que Dios sabrá qué pinta en todo esto (hablando de lunas, hay dos más, como en un catálogo); y una vista de lo que creo que era la torre de Nesle, citada en el texto. Digo "creo", porque, al menos en mi función, la proyección duró menos de treinta segundos, perdida allá al fondo, bien arriba. Algo que raya con lo absurdo.

Iluminación: baste decir que, en la citada escena del balcón, apenas vimos una cara. O que, en la otra escena cumbre, la de la muerte de Cyrano, Roxana se pasa un buen rato a oscuras. ¡Cuando es en su rostro donde debemos leer la dolorosísima comprensión progresiva del drama! ¡De una vida desperdiciada! Vestuario: simplemente anodino en general y, con cierta frecuencia, francamente entorpecedor del movimiento de los actores. Aunque no soy capaz de decir si por culpa de lo uno o de los otros. Y ya que estamos con el movimiento de actores: confuso cada vez que hay más de cuatro o cinco en escena.  Música: extraída en su mayor parte de "los 20 grandes éxitos de la música clásica": trillada y, lo que es peor, mal puesta, con entradas y salidas abruptas que no son propias de un montaje de estas pretensiones.

Pere Arquillué (foto: Bito Cels)
 ¿Algo bueno? Sí, algo bueno. Arquillué está fantástico, y me pregunto cómo lo logra, rodeado por este guirigay. Muy por encima de lo último que le vimos (¿Quién teme a Virginia Woolf?, alejada en general del nivel habitual de su director, Veronese). Marta Betriu cumple también. Su primera entrada es como una ráfaga de oxígeno en algo que, hasta ese momento, es una farsa mal montada. También en su sitio Ramón Vila como Lebret. Y un par de frases de Cecilia Valencia, que menciono para no olvidar nada decente. Los demás me dejaron pasmado: rozan lo bochornoso.

Nadie duda del talento de Oriol Broggi. Me cautivó con Rosencrantz i Gilderstern son morts de Stoppard (2005), donde también estaba estupendo Babou Cham, que aquí no da una. Pero esto es un soberbio patinazo. Extensos fragmentos (el arranque, las escenas militares), parecen teatro de aficionados; se abusa del tono de farsa colocando a los actores en registros imposibles; las escenas fundamentales se desaprovechan. Hay quien me ha dicho que el original en catalán poco tiene que ver con el desastre que narramos. Quizás: no sería la primera vez que remontar en otro idioma suponga desbaratar.

Si el curioso lector ha seguido el vínculo a la crítica de Marcos Ordóñez, habrá visto que no puede ser más divergente. Le daré más información: no conozco una sola que no haya puesto la función por las nubes. ¿Cómo es posible?, se preguntarán, como me pregunto yo. Puedo asegurar que del Valle-Inclán ha salido bufando gente de criterio probado, pero esa opinión no ha dejado más traza, que yo sepa, que estas líneas. Al margen de la elemental explicación de la divergencia en gustos, tengo para mí que hay mucho factores que explican estas cosas. Hay corrientes de opinión sobre determinadas personas o colectivos que tienen tal capacidad de arrastre que hacen dificilísimo confesarse a sí mismo que se acaba de asistir a una pésima representación.  Sobre todo si hay vínculos de amistad. No porque uno traicione a posta su conciencia elogiando al amigo, sino porque la objetividad es una condición frágil que cae herida de muerte ante el menor cruce con los afectos. Ojo: no estoy acusando a nadie de amiguismo en este caso concreto, es una observación general. Y hay también algo muy común en cualquier ámbito de opinión: a menudo todo el mundo espera al primer trompetazo para seguir por ahí, y a ver quién es el guapo capaz de torcer después el curso del torrente. Quizá me pase de listo, pero algo me consuela el contar sólo cuatro líneas de opinión en el extenso artículo de Ordóñez, que es el más culto, el más sagaz y el mejor prosista de la crítica teatral española. Cada vez que no estoy de acuerdo con él, me entra una desazón...
P.J.L. Domínguez

AGONÍA Y ÉXTASIS DE STEVE JOBS

Sala: Teatro Maravillas Autor: Mike Daisey (versión de Nacho Artime) Director: David Serrano Intérprete: Daniel Muriel Dúración: 1.20'
Información completa (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

El texto ha conocido un éxito universal, y lo cierto es que es hábil y entretenido. Aunque a mí me recuerda una noticia leída hace tiempo: no sé qué universidad anglosajona había demostrado, vaya usted a saber con qué coste, que la siesta era una cosa estupenda. ¿Alguien lo dudaba? Desde luego, el cacharraje de Apple ha logrado un aura de modernidad y glamour, una capacidad de convencer a sus usuarios de que son lo más cool del barrio, que debe de hacer rechinar los dientes a Nescafé, a McDonalds y a todo lo que se les ocurra. Es como si tuviera que darnos vergüenza aparecer con un smartphone de la competencia, qué cosa más vulgar. Y puede que ese prestigio intangible ayude a difuminar algo que nadie ignora: que tras cualquier multinacional se esconde una cantidad de basura proporcional a su tamaño. Actualización de la conocida máxima de Balzac:  "detrás de cada gran fortuna se esconde un gran crimen". Se quedó corto al dejarlo en uno. De eso va Agonía y Éxtasis: de sacar a la luz las miserias de la producción en China de esos mágicos aparatitos. Echo de menos un epílogo con la candente cuestión de los impuestos que Apple aporta al bien común. Ops, perdón: al desastre común. Al bien ya no se lo encuentra por ninguna parte.

Daniel Muriel, Daniel Ortiz y Helio 
Pedregal en "La mecedora"
La función está dirigida con corrección y, aunque es evidente que el texto podía rendir más, el público se divierte. Aparte de sacar los colores a la empresa de la manzanita, me parece que su mayor virtud radica en que es otro pasito para ir ubicando a Daniel Muriel, ese chico que se hizo popular con Escenas de matrimonio (serie que todo el mundo execraba, pero que todo el mundo veía), en el lugar que parece merecer. Lo vi en La mecedora (Le fauteuil à bascule, de Brisville, nada menos) dirigido por Flotats y haciendo de joven amante de un tipo con más conchas que un galápago: estaba suelto, fresco, convincente y, sobre todo, medido. Aquí la cosa es más coloquial, hay un menor riesgo de excesiva impostación, pero le he visto las mismas cualidades. Le acompaña el físico, es un rato guapo, y está en buena edad para ir construyendo una carrera. 
P.J.L. Domínguez
 


domingo, 9 de diciembre de 2012

LA VERDAD


Sala: Teatro Cofidids Alcázar Autor: Florian Zeller Director: Josep Maria Flotats Intérpretes: J.M. Flotats, Aitor Mazo, María Adánez, Kyra Miró.
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Sí, es una comedia de cuernos, pero… ¿alguien diría que Brokeback Mountain es una peli de vaqueros? Algo habría que añadir, claro está, como en este caso. La verdad es un finísimo análisis de la tan sobrevalorada sinceridad, servido en un marco de adulterios. 

Josep Maria Flotats y María Adánez
Me siento a veces un extraterrestre: cuanto más se partía el público con el cinismo del protagonista, más razonable me parecía a mí su discurso. Como cuando ensalza el mérito del mentiroso que, esforzadamente, se las tiene que arreglar para no decir a los demás lo que es evidente que los demás no quieren oír, en vez de darse el desahogo de soltar verdades como quien suelta un sopapo. Quien necesite prueba en contrario que vea ese engendro satánico de El juego de tu vida. Sinceridad a chorros, sí, muy de agradecer por los allegados. Como dijo Mark Twain: “todos mentimos, lo sabio es educarnos con diligencia a fin de mentir de manera juiciosa y considerada”. 

La función parece escrita para Flotats, que domina de tal forma la gesticulación y la colocación de voz de la tradición cómica francesa, que dentro de unos años creeré habérsela oído en francés. María Adánez, como siempre que la he visto, y Aitor Mazo, solventes y en el registro justo que Flotats ha establecido: nada de gritos, nada de sal gorda. La escenografía de Matías Carbia le va como anillo al dedo a este ejercicio de análisis despiadado disfrazado de comedia. Como decía, el respetable se parte la caja, pero me gustaría ver una transcripción de lo que saldrá rumiando cada uno en el fondo de su corazoncito.


P.J.L. Domínguez