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sábado, 8 de julio de 2017

LA PILARCITA

Sala: Teatro Lara Autora: María Marull Director: Chema Tena Intérpretes: Mona Martínez, Anna Castillo, Fabia Castro y Álex de Lucas Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Hay tanto, que termina uno escudriñando la información de la cartelera para encontrar nombres con alguna garantía que pueda inclinar la elección. Me fui a ver La Pilarcita por Mona Martínez, que me ha gustado siempre: en Rinoceronte y Montenegro de Caballero y en la Yerma de Narros. Acerté: ella está superlativa, y, además, la función es una pequeña joya.

    Me trae a la memoria Luciérnagas y Como si pasara un tren: dibujo de paisaje apartado, personaje que llega de otra galaxia a desestabilizar la monotonía estancada. Tres autoras argentinas. Tanto alineamiento no puede ser coincidencia, revela alguna veta subterránea de sensibilidades compartidas. Chema Tena dirige esta preciosa historia como se dirigieron las dos citadas: con modestia, sin pretensiones, narrando sosegadamente. Y se lleva el gato al agua: si hay alguna lógica en este mundo del teatro (que no la hay), la pieza se mantendrá meses.


    La elegancia de la escritura reside en buena parte en que casi toda la procesión va por dentro, para que la adivinemos. Y la adivinamos, porque las intérpretes saben llevarla: Fabia Castro aplastada por el pueblo y tanto sentido común, Anna Castillo componiendo un personaje adorable y Mona Martínez con mucho lastre a rastras. Álex de Lucas ayuda. Es para no perdérsela. 

Creo que lo he contado alguna vez. Hace muchos, muchos años, en una galaxia muy lejana (un par de miles de kilómetros) tenía yo un jefe adorable que me trataba más como un tío materno que como un jefe. Domingo por la tarde, sopor. Suena el teléfono, y es él que me dice "me ha salido en la tele una película que me tiene hipnotizado, y no tengo ni idea de los que es" (casi nadie tenía todavía internet en casa). "Pues, a ver, cuénteme". "Es una señora un poco gordita que llega a un bar en medio del desierto y... bueno, no pasa nada, pero se va viendo cómo se relaciona con la gente que vivía allí...". Era Bagdad café, claro. De la que también les hablé a propósito de Luciérnagas. La Pilarcita responde al mismo esquema: se va viendo cómo [la forastera] se relaciona con la gente que vivía allí. Ahí es nada. Teatro-análisis de lo que nos mueve por dentro y lo que dejamos traslucir. Nada más alejado de la comedieta estándar de la sala pequeña del Lara. Bastante más. 

Escribí la crítica el 20 de junio y la publiqué el 23. Se me han esfumado dos semanas con la intención de pasarla al blog y ampliarla un poco martilleándome la conciencia. Acabo de comprobar -con satisfacción, porque la función se lo merece- que Vallejo publicó anteayer, 5 de julio. Están por lo menos hasta septiembre, así que tienen ustedes todo el verano para verla. 

Vallejo habla de sainete y de Tennessee Williams. A primera lectura me chocó un poco, porque el humor de La Pilarcita -hay mucho humor- es otra cosa. Si lo piensa uno despacio, es cierto que si hacemos a los Álvarez Quintero una transfusión de sangre del drama sureño podría salir algo parecido a esto. Pero creo que hay que subrayar que el aspecto final se parece mucho más a Tennessee que a los andaluces. Puestos a buscar parentescos-tripi, a mí me resuenan los Veraneantes rusos, con esos diálogos proverbialmente chejovianos en los que nadie dice ni Pamplona (estoy escribiendo el 7 de julio, alguna mención tenía que haber) sobre sus motivaciones de fondo: la mayoría de las veces, no porque no las quieran decir, sino porque ni siquiera son conscientes. Así salen esas escenas en las que la espumilla del suave oleaje -sólo se habla de minucias- esconde unas corrientes submarinas de no te menees. Talento de dramaturga. Y talento, más concretamente, de dramaturga argentina. No hace falta recordar que el sicoanálisis y este tipo de teatro-análisis de las relaciones humanas son primos hermanos, y que los argentinos hilan en estas cuestiones mucho más fino que nosotros. 

María Marull
De María Marull sólo encuentro, además de éste, otro título: Hidalgo. Sin embargo, La Pilarcita no muestra ninguno de los defectos típicos de las obras primeras, relacionados con el amontonamiento de las mil cosas que el autor tiene en la cabeza y no es capaz de podar. Logra, bien al contrario, depositar en la memoria del espectador un concentrado en el que elementos en principio heterogéneos (el costumbrismo de la tradición religioso-folklórica local que venera a la niña muerta y el retrato sicológico; costumbrismo + Williams, como ha dicho Vallejo) producen una emulsión bien ligada. Miren que era fácil irse por las ramas de la risa -fiesta popular, surrealismo estepario- o los meandros del drama, y no: seguramente lo mejor de este texto es lo que no está. Me pregunto si saldría así de primeras o es resultado de la sabiduría podadora de su autora. Curiosidad puntillosa, no tiene la menor importancia a la hora de juzgar el magnífico resultado.

[¿Por qué el párrafo anterior sale con interlineado doble? Misterio. Maquetar con blogger es morir]

Cuatro aciertos más, que no quiero dejar de mencionar, al menos de pasada. El primero, el leve toque de melodrama -que es difícil que falte en un texto argentino, y ya me perdonarán el tópico- asociado al personaje de Mona Martínez, enamorada perdida de su jefe (Secretaria, secretaria / la que escucha, escribe y calla, sólo que ésta cambió de estatus y pasó a mantenida. Pobre. La de Mocedades se arruina la vida, pero conserva la dignidad. Ésta, ni eso). El segundo, el personaje ausente, algo que funciona casi siempre. Selva ha llegado para pedir a la niña santa, en un acto desesperado, la recuperación de su exjefe y amante, que está en las últimas. Por eso se han hospedado en esta pensión, más que hotel, familiar. El hombre no sale de la habitación, así que no lo vemos, pero está ahí dentro, teatralmente presente. Si se cayera el decorado, el vacío nos sorprendería. Vi el otro día (en un tren) un ejemplo redondo de esta técnica del personaje que no sale, pero está: Frantz, de François Ozon. El tercero, las irrupciones cantadas de Álex de Lucas, que en un estilo simple de romance popular va resumiendo la parte de narración que no conviene amontonar en escena. Sobre todo el epílogo: le da a la historia un aire de conseja antigua, de leyenda local. Nos la hace imaginar en el futuro integrada en el ciclo mitológico de la niña santa, como un fleco del relato principal.

El cuarto es un

SPOILER.

Selva desaparece. No es que se vaya, no es que se nos hurte el final de su historia. Es que se desvanece en la carretera sin que nadie sepa cómo. Un remate de estilo perfectamente coherente con el aire suavemente mítico que va impregnando la función y que se acentúa hacia el final.

No menos sorprendente que los aciertos de una autora casi novel, es la homogeneidad interpretativa que un director novel (no encuentro rastro de actividad precedente de Chema Tena, más que como actor) ha conseguido. Sin desmerecimiento para Álex de Lucas (que apenas actúa, más allá de las canciones) o Fabia Castro (que estaba en Comedia fallida de Carlos Be, otro motivo para lamentar no haber podido ir), la función se sostiene sobre Anna Castillo y Mona Martínez. Me dan unas ganas locas de verlas en un dramón. El personaje de Castillo está construido para producir una ingenuidad desarmante, es el candor y el encanto hechos persona. Esto es, por supuesto, muy difícil de hacer, pero si el resultado es bueno el éxito está cantado: ¿a quién no vence una jovencita así dibujada? Lo de Mona Martínez es doblemente complicado, porque una mujer derribada por la vida carece de ese atractivo -digamos natural- a priori. Pero le ha bastado un gesto de cansancio aquí, un mohín de enfado leve allá, para que le saliera una Selva honda que atrae como un abismo triste.

Miguel Ángel Gaitán,"el angelito
milagroso".
Como dice Vallejo, la adaptación es magnífica. No era fácil, porque en Argentina -como en otros países latinoamericanos- hay una fuerte tradición de culto popular, al margen de cualquier iglesia, de niños muertos. Les he puesto ahí la foto de uno de ellos, venerado como milagroso, pero también vengativo. Hay por allá (permítanme que ventile con un "por allá" a todo un continente) un abanico fascinante de fenómenos de este tipo. Mi favorito es el Gauchito Gil (que no era niño), pero me encontré ayer con un canonizado muy reciente (canonizado con todas las bendiciones de Roma, quiero decir) que no tiene desperdicio: San José Luis Sánchez del Río. No me resisto a ponerles una imagen.
Los cristeros mexicanos llevaban vaqueros. No es broma.
Aquí resultaba más difícil que colara la historia, pero el ambiente de los actos festivos, cuyos ecos se cuelan en los diálogos, está descrito con tal verosimilitud, la veneración a la niña muerta a la que hay que regalar muñecas está tan interiorizado por los personajes, que nada choca. Vayan a verla.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 8 de enero de 2015

RINOCERONTE

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Eugène Ionesco (versión de E. Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: José Luis Alcobendas, Ester Bellver, Fernando Cayo, Bruno Ciordia, Paco Déniz, Chupi Llorente, Mona Martínez, Paco Ochoa, Fernanda Orazi, Juan Antonio Quintana, Juan Carlos Talavera, Janfri Topera, Pepe Viyuela y Pepa Zaragoza Duración: 2.10'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

No sólo el totalitarismo, como dice el programa de mano: Rinoceronte critica cualquier forma de deshumanización. Y creo que denuncia también los infernales mecanismos que se desatan cuando todos nos ponemos de acuerdo en algo.
Con esto de la violencia en el deporte, por ejemplo, hay quien está pidiendo censuras norcoreanas en twitter. Me dan más miedo que los otros. Pero, al margen de que critique esto o aquello, es una cumbre de la dramaturgia del siglo XX. Mucho menos absurda para la sensibilidad contemporánea que cuando se estrenó.

    
Caballero ha puesto en pie una versión con una primera media hora de brillantez pirotécnica y un final de gran altura. Todo lo que queda en medio no alcanza esos niveles, pero cumple. Soberbio elenco. No sé si podré imaginarme a Berenger a partir de ahora con cara distinta de la de Viyuela. Fernando Cayo está sobrehumano en la transformación en rinoceronte (habría que decir infrahumano), pero me quedo con la escena inicial de ambos en la terraza del bar, que tiene momentos insuperables. Quiero presidir el club de fans de Orazi. Y ser vicepresidente del de Alcobendas. El resto de intérpretes pone una joyita aquí y otra allá: ay, esa manita que Quintana mueve displicente, cuánta sabiduría. La escenografía de Azorín y el sonido de Cobo son dos personajes relevantes añadidos. Me sobran algunas idas y venidas.

Y lo que no cabía allí:

1.- Con esto de las entrañables fiestas, escribí la crítica de Rinoceronte bastante antes de su publicación. Todavía coleaba bastante la monstruosidad aquella del hincha asesinado en el Manzanares. Muy a mi pesar, me trago horas y horas de información futbolística. Si son aficionados a la radio lo entenderán: es imposible evitar el fútbol. Pues bien, un par de días después del suceso se había producido uno de esos terroríficos fenómenos por los que todo el mundo empieza a decir lo mismo y -lo que es peor- compite en ver quién llega más lejos en la militancia. Los comentaristas deportivos estaban pidiendo las penas del infierno para cualquiera que llamara tonto a alguien en twitter. Habían pasado en diez segundos de cero (nadie hablaba de violencia) a cien (se desató la caza de brujas). Cuando digo en la crítica impresa que no sé quién me da más miedo, no es un recurso retórico. De hecho, creo que me dan más miedo los biempensantes organizados que los malhechores¨confesos. En ésas estaba, con esta ampliación pendiente, cuando se produjo la masacre de Charlie Hebdo. Y para qué les voy a contar. Estamos ahora mismo en aquella situación que tan bien describió Mel Brooks en La loca historia del mundo. Reconstruyo de memoria "¿Qué hizo su padre para acabar en la Bastilla? - Él... él... dijo una vez que no todos los pobres son tan malos" (gesto de horror del interlocutor). Decir lo contrario de lo que piensa la mayoría es una actividad de riesgo, en Karachi y en Madrid. Lo es incluso -salvando las distancias entre el degüello y el exabrupto, claro está- en un blog de teatro (miren si no los amables insultos que me dedica un comentarista anónimo, por haberme atrevido con el Tenorio). Lo que Rinoceronte describe es esa dulce pendiente por la que basta dejarse resbalar para encontrar el reconfortante abrigo de la manada. Qué miedo me dan los consensos.

2.- Esa primera media hora de la que hablo en la crítica en papel es una proeza. Con todos los personajes en danza, rodeando al espectador (al espectador de platea, alrededor de la cual se han dispuesto dos pasarelas pegadas a los palcos). Con un ritmo trepidante y todo perfectamente encajado en su sitio, de tono y de tiempos. Estupenda Mona Martínez, como siempre que la he visto.

3.- Todo lo que queda en medio no alcanza esa altura, publiqué. Me he dado cuenta, después de leer a Ordóñez, de que la responsabilidad recae fundamentalmente en el texto. A veces ciega el brillo de la gloria, y no es fácil confesarse a sí mismo que un texto de Ionesco es mejorable. Alguno encontrará dificultades para creer esto, pero intento enfrentarme a todo con humildad, tanto más a Ionesco. Pero, efectivamente, la parte central podría podarse un poco más de lo que ha hecho Caballero, con ventaja para el resultado.

4.- El final de gran altura al que me refiero en la crítica en papel es, lo sabrán si conocen la pieza, de Viyuela y Orazi. No estoy de acuerdo con Ordóñez en eso de que "a veces tiende a la crispación, a un cierto exceso de trazo", pero sí en lo que dice de su actuación aquí: contenidísima. Yo diría más bien integradísima, tan natural, tan completamente confundida con texto, partenaire y entorno que pasa sobre las angustias de Berenger como si no le afectara la ley de la gravedad. En este final brilla además un inesperado efecto escenográfico, que no les quiero revelar. En algún momento anterior, se me antojó que tanta estructura no se justificaba por el deambular de figuras enmascaradas. Es más: que a las figuras se las hacía deambular precisamente para justificar la estructura. Pero, como tantas cosas con justificación a posteriori, es el efecto final el que arroja luz sobre la masiva presencia de la escenografía. Hablando de luz, los crudos tubos fluorescentes del final son también un hallazgo (de Valentín Álvarez). A la altura del efecto sonoro que, en ocasiones, invade el teatro con el ruido de las estampidas lejanas (y que recuerda a los truenos, preludio de revolución, que sonaban en El juego del amor y del azar en el mismo teatro.

5.- Les confesaré que Viyuela me daba miedo. No por sus eventuales carencias, que no se me alcanzan, sino por sus virtudes. Tiene el infrecuente don del payaso. Imagínense un Berenger apayasado... para echarse a temblar. Mea culpa, Viyuela sabe muy bien dónde se aplican los registros. Me arrepiento de haber dudado. Su Berenger es nervioso, pero en su punto justo. Vulnerable, pero sin pasarse. Lo necesario para que cualquiera pueda identificarse con su desasosiego. La señora Boeuf de Ester Bellver y el Botard de Janfri Topera son, simplemente, inmejorables. Paco Déniz coloca bien hasta el rap, que ya es decir. Sí, en medio de Rinoceronte el rap del lógico va de miedo, mérito de actor y director. Juan Antonio Quintana habita este extraño mundo como si llevara ahí toda la vida, con un apabullante derroche de naturalidad. Igual que en aquel Esperando a Godot de Sanzol. No sé si el de Dudard será el papel más complicado, pero me parece dificilísimo: tiene que moverse en zigzag, sin avanzar para ninguna parte y, a poder ser, sin parecer idiota. Alcobendas está especialmente dotado para estas situaciones ambiguas, algo parecido a lo que bordaba en Un hombre con gafas de pasta (atentos, vuelve a primeros de febrero al Lara).

He tardado un mes y cuatro días en terminar la crítica. Ya perdonarán.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 22 de diciembre de 2013

MONTENEGRO

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Ramón María del Valle-Inclán (versión de E. Caballero de las Comedias bárbarasDirector: Ernesto Caballero Intérpretes: Fran Antón, Ramón Barea, Ester Bellver, David Boceta, Javier Carramiñana, Bruno Ciordia, Paco Déniz, Silvia Espigado, Marta Gómez, Carmen León, Toni Márquez, Mona Martínez, Rebeca Matellán, Iñaki Rikarte, José Luis Sendarrubias, Edu Soto, Juan Carlos Talavera, Jandri Topera, Alfonso Torregrosa, Yolanda Ulloa y Pepa Zaragoza. Duración: 2.50' (entreacto de 15 minutos)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Edu Soto y Rebeca Matellán.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:



Ernesto Caballero ha dado un triple salto mortal sin red y ha caído de pie. La reducción de las Comedias Bárbara no parece ni un Valle-Inclán explicado a los niños ni una novela condensada del Reader’s Digest. Ése es el primer gran acierto. El segundo, la selección de veintiuna personas entre las que no desentona nadie, algo muy infrecuente. Tercer acierto: un ritmo sostenido, con las transiciones perfectamente cosidas, apoyado por una iluminación casi violenta que se convierte en un elemento narrativo más. En resumen: un espectáculo atractivo que resalta el tronco principal de la trilogía sin cargarse su atmósfera. Pega: final un poco abrupto.

  Barea, reciente premio nacional, da el físico, la voz y la actitud de Don Juan Manuel, aunque abusa quizá de un registro monocorde. Estupendas ellas: Rebeca Matellán, Sabelita entre sumisa, alucinada y lúbrica; Yolanda Ulloa, esparciendo seguridad a su alrededor; Mona Martínez, que hace crecer hasta el protagonismo al personaje de la Roja. Las escenas de las tres son las de mayor altura dramática.

También muy bien Bellver, Gómez, Zaragoza y León. Estupendos ellos: Edu Soto y Janfri Topera sobre todo, el loco y el pícaro. Pero también Torregrosa y Talavera, y los malos hijos. Todos compenetrados, todos cantando en el mismo coro. Funciona

Y lo que no cabía allí:



1.- No, no me cupo ni una palabra sobre la escenografía de Raymond. Es una decisión arriesgada ésta de disponer a piñón fijo un puente de piedra de tres arcos para una función que transcurre en mil lugares diversos, tanto exteriores como interiores. Creo que con otra iluminación hubiera sido poco soportable. Pero, por lo que recuerdo, las luces de Valentín Álvarez no dan ni por un instante la posibilidad de percibir de manera natural las dimensiones, formas, colores y acabados del espacio escénico, que adquiere mil aspectos diversos: el puente es, durante buena parte de la función, un fondo neutro (ése de la foto de arriba corresponde, por ejemplo, al interior de la iglesia). Así que bien por la decisión arriesgada. 

2.- El final que me tocó no era sólo un poco abrupto, sino que contenía el único detalle que desentonaba en el aspecto visual de la puesta en escena: la máscara cadavérica de la figura que recogía al protagonista en sus brazos. Pero me cuenta un pajarito que ha habido varios cambios, por lo que puede ser que la función termine ahora más redonda. Otras licencias, que podrían parecer en principio poco coherentes con el estilo general, funcionan. Me refiero a las imágenes -crucificado, Niño Jesús...- personificadas por actores, un poco a la manera de Hugo Pérez, que en algunos momentos aparecen en último plano. 

3.- El vestuario funciona también, con piezas de fuerza como las que llevan en la foto inferior Alfonso Torregrosa (de rodillas en el extremo izquierdo), Pepa Zaragoza (sentada a los pies de Barea), Rebeca Matellán (de pie a su lado, con el vestido gris) y Edu Soto (tras sus faldas), incluidos los haces dorados de imaginería religiosa en la cabeza.


Sólo pondría una pega menor: los retales de piel sobre los hombros del protagonista (debe de llevar una maldición encima, le hicieron lo mismo en En la vida todo es verdad y todo mentira) y de sus hijos. ¿Quizá para subrayar su condición de lobos? Puede ser una manía mía, también me pareció horroroso lo de las pieles en El caballero de Olmedo.

4.- Decía en la Guía que, a mi juicio, los momentos más logrados del montaje son los que interpretan, de dos en dos, con algún solapamiento de las tres en escena, Rebeca Matellán, Yolanda Ulloa y Mona Martínez. La compleja Sabelita de Matellán me va gustando más a medida que pasa el tiempo desde que la vi (esto suele pasar): apasionada pero contenida. La Ulloa da gusto siempre, hace unos años la vi salvar una función. Es de esas actrices que saben pisar el escenario, se mueve como Pedro por su casa. Mona Martínez está soberbia como la Roja (la ven en la foto de aquí al lado). Fue de lo mejorcito en la Yerma de Narros.


5.- Hay loco y hay pícaro: Fuso Negro y Don Galán. Arquetipos malditos. La mayoría de las veces, nadie entiende qué pintan en los textos: si tiene uno que reírse o llorar, si ha entendido los chistes, si no interrumpen el fluir de una historia más o menos seria. Están muy bien planteados por Caballero y muy bien resueltos por Edu Soto y Janfri Topera, se entienden, quedan colocados en su lugar del paisaje. Después de ver a Soto en El lindo Don Diego y ahora aquí, es evidente que es un gran actor, dotado sin duda para estos papeles fuertemente caracterizados. Estaría bien verlo ahora en algo más neutro y comprobar si, como parece, sabe hacer de todo.

6.- Ester Bellver construye una Pichona estupenda, sin caer en la lubricidad estereotipada. Agradable sorpresa, después del mortal aburrimiento de ProtAgonizo. Sí, ya sé que toda la crítica dijo que era la octava maravilla. Yo me aburrí como pocas veces. Carmen León coloca de miedo las pocas frases de Andreíña. Me dejo bastante gente sin nombrar, pero insisto en lo dicho en la Guía: el conjunto funciona con gran cohesión. Si pudiera cambiar algo, le añadiría a Barea algún color más en la paleta y le pediría a Boceta -un tipo que ha funcionado muy bien en la CNTC- algo más de fuerza. Pero ya saben, si el crítico no se queja de algo, no se queda tranquilo. Vayan, llenen el teatro y contribuyan a salvar el teatro público. La función lo merece.

P.J.L. Domínguez
           

martes, 29 de enero de 2013

YERMA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Federico García Lorca Director: Miguel Narros Intérpretes: Silvia Marsó, Marcial Álvarez, Iván Hermes, María Álvarez, Eva Marciel, Mona Martínez, Roser Pujol, etc. Duración: 1.55'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Foto: Luis Malibrán


Telegrama: LUCES Y SOMBRAS stop DOS ESCENAS SALVAN FUNCIÓN IRREGULAR stop MARSÓ ALTIBAJOS stop MARCIAL ÁLVAREZ GRITA stop HERMES DESAPROVECHADO stop ESTUPENDA MARÍA ÁLVAREZ stop FANTÁSTICAS CUÑADAS stop SALEN AIROSAS MARÍA ÁLVAREZ, MONA MARTÍNEZ, EVA MARCIEL Y ROSER PUJOL stop FEO FINAL DESDE LA ROMERÍA stop


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Las estrellas que acompañan a la crítica suelen corresponder a una impresión general. Esta vez son la media de los elementos que funcionan, y de los que no. [La calificación era de tres estrellas] Lo contaré en el orden inverso. 

A ratos, extraña dirección de actores. Quien más lo sufre es Marcial Álvarez, que casi no para de gritar. Una lástima, da el tipo perfectamente y tiene la talla de intérprete requerida. Marsó empieza la función cambiando de registro casi a cada frase (pizpireta, abatida, alegre, melancólica…). Fatigoso. Y mima casi todo lo que dice: viento (ondular de brazos), luna (mirada hacia arriba), piedras (las pisa), pecho (se lo toca), etc. Más fatigoso aún. Pérdida de matices, como en la despedida de Víctor, donde la renuncia de Yerma debería entenderse clamorosamente. Hermes, completamente desaprovechado. Inicio trillado y antiguo de la escena de las lavanderas, con música mal elegida. Fea escena de romería, con un vestuario hasta ese momento impecable, y que ahí parece de baratillo. El final, que se las trae, sujeto con alfileres.

    Desde que la escena de las lavanderas supera su introducción, todo sube. Muy bien las chicas (sobre todo Mona Martínez). Sigue todo arriba en la cena, donde Marsó demuestra, monólogo final incluido, que podría hacer una gran Yerma. Esas dos escenas son lo mejor de la función. Muy bien puestas y muy bien encarnadas las cuñadas. Y muy bien María Álvarez, Eva Marciel y Roser Pujol, cada vez que abren la boca. En resumen: luces y sombras.
P.J.L. Domínguez


Las cuñadas son Asunción Díaz Alcuaz y Rocío Calvo (estupenda en el Ivan-Off de Martret, que vuelve a La Casa de la Portera). La mención no cabía en la critica de la Guía.