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martes, 19 de febrero de 2019

MOBY DICK

Sala: Teatro La Latina Autor: Herman Melville (versión de Juan Cavestany) Director: Andrés Lima Intérpretes: José María Pou, Jacob Torres y Óscar Kapoya  Duración: 1.20'  
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que ya no está en cartel)

Gran efecto final. Yo diría que con ver las dos fotos que les pongo, ya lo han visto todo.
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Como ya lo ha dicho su protagonista, me ahorro la redacción: "Éste es un montaje que no deja indiferente. Hay quien dice que es un coñazo y lo odia a muerte y quien sale del espectáculo transportado". Pou, en la entrevista que le hizo José Luis Romo para Metrópoli. Les diré de paso que, en este momento, mis dos referencias principales para el teatro en Madrid son Kritilo y Romo (@mr_lemmon). Referencias públicas, quiero decir. Tengo informantes privados cuya identidad me reservo como si fueran topos infiltrados en la mafia japonesa. Algunos tienen un perfil parecido, sin ojos rasgados (¿Esta frase es racista? Espero que no. Me apresuro a declarar que todos los cortes de ojo me parecen estupendos y que la diversidad humana es fetén. Al paso que vamos, las aclaraciones de este tipo terminarán ocupando más sitio que el fondo de los asuntos)

Pou me cae estupendamente. Afinemos. Es su proyección pública la que me cae bien, porque no lo conozco personalmente. Esta aparentemente absurda precisión es muy pertinente, el asunto se presta a todo tipo de confusiones. Cuando decimos que nos caen bien -o mal- Lady Gaga, Margarita Robles, Octavio Aceves o Manolo el del Bombo, nos referimos en realidad a la máscara, al personaje público, a lo que vemos en la tele o leemos en la prensa. No tenemos ni idea de cuál sería una hipotética relación personal. Ya decía Concha Velasco que hay que evitar cuidadosamente toparse en carne mortal con la gente que admiras, porque los chascos son fenomenales, y añadía que Shirley MacLaine escupe como un camionero. (¿Esta frase es discriminatoria? Me apresuro a declarar que he conocido camioneros que no escupían y que, así en bloque, me caen también estupendamente). Volvamos. El personaje público que Pou se ha labrado es serio y profesional. Nunca le he oído o leído ninguna salida de tono. Y, a pesar de eso, trasluce espontaneidad y, sobre todo, amor por el oficio. Parece uno de esos artistas que han colocado el trabajo por encima del ego. Por eso no tiene el menor empacho en soltar lo de "hay quien dice que es un coñazo", porque no tiene que importarle y -probablemente- no le importa. Desde luego, parece que no le importa, y eso es lo que importa (esta frase parece que la hubiera escrito Lope, borracho). Es esa libertad de espíritu la que me lo hace simpático.

A estas alturas del tercer párrafo ya habrán adivinado que estoy en el bando del coñazo. Desde luego, hay que tener narices para ponerse a adaptar Moby Dick para el teatro. Ya dice Pou en la misma entrevista que tanto Orson Welles como Vittorio Gassman se dieron sendos batacazos. Welles participó en la película de John Houston, puso la historia en escena, intentó hacer una película basada en esa versión teatral (parece que la filmación se ha perdido) y rodó un segundo proyecto cinematográfico en 1971 (bastante rarito, leánlo en el enlace). Todo muy Welles, que fue toda su vida de derrota en derrota hasta la victoria final. Lo de Gassman era un megamontaje con veintitrés personas en escena. Como ven, el abanico va desde lo gigantesco al extraño experimento de Welles leyendo el texto a piñón fijo. Y ninguno de estos intentos parece haber dejado huella de éxito en la memoria colectiva, exceptuada la película de Houston que, por lo que recuerdo de la tele en blanco y negro de mi niñez, viene a ser de aventuras. ¿Será imposible de adaptar al teatro? No hay imposibles. Yo hubiera dicho que El corazón de las tinieblas era inadaptable y me encantó lo de Facal. 



Esto de Cavestany... ni fu ni fa. Lima y él han hecho caso a lo que Gassman decía: que la ballena no debe verse, porque todos la llevamos dentro. Apenas unas imágenes confusas que se proyectan al fondo. El resto es casi un monólogo. Yo diría que lo que le pedía el cuerpo era un monólogo y que todo lo que se ha añadido para que no lo fuera, sobra. Sobra, porque no hay ni un solo diálogo con los otros dos actores presentes que introduzca alguna pizca de interés dramático. Todo lo que no es lírico / épico (huy, que ya escribo como Aramburu) es narrativo o, incluso, aburridamente explicativo. El único diálogo interesante lo mantiene Ahab con un ausente: el capitán del Rachel, cuya voz en off le solicita ayuda para buscar a su hijo perdido. En escena está representado por una sombra proyectada. Vaya, tres minutos de sacudirnos el sopor, porque por fin ocurre ALGO. Algo que nos demuestra la profundidad de la obsesión de Ahab sin que sea preciso que nos la describan y expliquen minuciosamente. Ya saben, la afirmación clásica: en el teatro pasan cosas y el espectador saca sus conclusiones. Si me conocen, saben que no soy uno de esos puristas que elevan esa norma a ley, pero cuando las peroratas narrativas o líricas no alcanzan a cosquillearnos ni media neurona, se agradece mucho un milímetro cúbico de acción dramática. Tres minutos.

Vamos con Lima. Si lo del párrafo anterior tiene algún fundamento, y esto es, sobre todo, un monólogo del protagonista, el tono en el que se le ha colocado es una catástrofe. Quizá (tengo mis dudas, pero quizá) una historia de aventuras con ballena gigante, muertos y catástrofe final haría posibles los ochenta minutos con Ahab bronco, exaltado, gritón y con voz rasposa. La lírica monologada no lo soporta. El personaje no puede parecer enajenado en todo momento, esos perfiles cuadran en un hospital siquiátrico, pero no en una historia que se pretenda verosímil en alguna medida (subrayo: en alguna medida). Me chocó de tal manera este Pou instalado casi todo el tiempo en ese registro monocorde con el recuerdo de la crítica de Ordóñez que corrí a releerla en cuanto regresé a casa. En efecto, lo puso por las nubes. Apenas insinúa: "Puede que haya algún exceso tronante en la entonación". No lo entiendo. Creo que esos elogios le hacen un flaco favor a un actor que está muy, pero que muy por encima de esto. Y algo creo atisbar (cada uno atisba lo que busca) en la ya citada entrevista: "A veces esos calificativos tan maravillosos producen expectativas que luego causan desilusiones, así que no creas que me dejan muy contento". Es un tipo inteligente.

Hay poco más que decir. Torres y Kapoya me parecieron infrautilizados, el segundo moviéndose como los negros se movían en las ficciones blancas cuando La cabaña del tío Tom. Dense una vuelta por mi barrio y verán que la correspondencia entre esos andares y ese color de piel ya no se lleva. Si es que se llevó alguna vez.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 27 de mayo de 2017

LAS BRUJAS DE SALEM

Sala: Teatro Valle Inclán Autor: Arthur Miller (versión de Eduardo Mendoza) Director: Andrés Lima Intérpretes: Míriam Alamany, Nausicaa Bonnín, Marta Closas, Borja Espinosa, Miquel Gelabert, Núria González i Llausí, José Hervás, Lluís Homar, Carles Martínez, Anna Moliner, Nora Navas, Albert Prat, Carme Sansa, Yolanda Sey y Joana Vilapuig Duración: 2.35'
(la función ya no está en cartel)


La muy efectiva, y preciosa, escenografía de Beatriz San Juan.
Ésta fue mi crítica (hace cuatro meses) en la Guía del Ocio:

PLEGADO AL ESTILO


¿Es éste el mismo Lima que hace unos meses montaba una Medea con todos los sacrificios exigidos por la diosa modernidad a sus seguidores? Esta vez esconde su presencia –y no me refiero a su propia presencia física, que en ocasiones ha usado, sino a la mano del director- y muestra un talento impecable para la construcción clásica. Texto de repertorio puesto en escena con tal sobriedad canónica que, grabado en blanco y negro, podría presumir de ser cuarenta años más joven. Esto, que a veces puede ser reproche, es aquí elogio a la modestia de saber plegarse a un estilo. Aparte de algunas intervenciones didácticas (breves, gracias a los dioses) y de una jovencita cantarina, todo sigue el mismo cauce, todo sirve a un texto en el que no sobra una coma y que se precipita impetuoso a su final.

Grandes aciertos en el elenco. La función sube dos palmos desde que Homar, que ya está en esa categoría en la que empieza a importar poco incluso lo que dice, entra en personaje (ha hecho antes algunos de esos comentarios explicativos). Espinosa compone un Proctor cuya lejanía del heroísmo estereotipado lo hace verosímil. Carles Martínez consigue dotar a John Hale de una pálida llama de simpatía incluso al principio, abriendo el camino al giro del personaje. Excelente la joven Anna Moliner en el agradecido papel de Mary Warren.

Sólo añadiré que me encantaría que Anna Moliner, que ha hecho bastante teatro en Cataluña, se dejara ver por Madrid.

La escenografía de Beatriz San Juan, una auténtica preciosidad. La aprecio más con la perspectiva de los cuatro meses que han pasado desde que la vi.

P.J.L. Domínguez
          

domingo, 21 de mayo de 2017

SUEÑO

Sala: Teatro de la Abadía Autor y director: Andrés Lima Intérpretes: Chema Adeva, Laura Galán, Nathalie Poza, Ainhoa Santamaría y María Vázquez Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Me advirtieron, muchos y con insistencia. Pero allá que me fui. Ni pies ni cabeza. Una sucesión deslavazada de escenas pretenciosas, reiterativas y faltas de la menor chispa. He visto en Lima a un excelente director cuando se ha sometido a las normas de género, pero si da rienda suelta a la iniciativa -llamémosla así- experimental, el resultado es imposible. Lamentablemente, éste se parece mucho más a Capitalismo, hazles reír que a Las brujas de Salem (era un Lima estupendo, pero acabo de darme cuenta de que no colgué la crítica, a ver si lo hago mañana). Si hubiera que salvar algo -desde luego, el aspecto visual decididamente no- sería la música.

Espero que mi sacrificio sirva para algo: ni se les ocurra. Avisados quedan.


Ah, olvidaba mencionar algo que me resulta muy antipático. El name dropping en el programa de mano. Es como suscribir una póliza de seguro, de manera que sea muy difícil toserle a algo que tiene (o simula que tiene) el respaldo de tanta gente importante. Sé que puede estar hecho con la mejor de las voluntades (agradecer, como se indica), pero termina pareciendo -como podía ocurrirle a la mujer del César- otra cosa.
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 27 de abril de 2016

EL JURADO

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: Luis Felipe Blasco Vilches Director: Andrés Lima  Intérpretes: Josean Bengoechea, Víctor Clavijo, Cuca Escribano, Pepón Nieto, Isabel Ordaz, Canco Rodríguez, Luz Valdenebro, Eduardo Veasco y Usun Yun Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Usun Yun, Clavijo, Escribano, Bengoetxea, Velasco, Ordaz, Valdenebro y Canco Rodríguez. De espaldas, Pepón Nieto.


El parentesco es tan evidente que hasta lo menciona el director en el programa de mano. La huella de Doce hombres sin piedad en España fue enorme (muy superior a la que le hubiera correspondido a una película de Lumet) gracias a un Estudio 1 de gran impacto en 1973. Pensando ahora en ese impacto me viene a la memoria mi padre, que dijo de pronto, una vez que Kennedy salía en la tele, "cómo nos engañaron a todos con éste". Ya saben, Kennedy era el presi bueno como Juan XXIII era el Papa bueno. La obra original (concebida para la televisión) se emitió en 1954. Puede (digo "puede", ese año el Oscar a la mejor película se lo llevó La ley del silencio, no todo el mundo estaba en la inopia) que entonces el público mayoritario recibiera de buen grado un relato que parecía demostrar que el sistema democrático (americano) funcionaba. Bastaba que un hombre entre doce (olvídense de las mujeres, tan ninguneadas como en Mesopotamia) tuviera la conciencia limpia y la mente despejada para hacer que todos reconocieran la verdad. Cuando Televisión Española emitió su versión en 1973, los americanos (del norte) ya sabían que la guerra de Vietnam era un inmundo vertedero en el que habían tirado su conciencia a que se pudriera y habían entrado en el fango del Watergate. No me parece a mí que estuvieran ya para estos idílicos cantos. Pero aquí, ¡ay aquí!. En pleno final del largo túnel esto parecía el séptimo cielo de la democracia. Doce hombres (insisto, sin mujeres) debatiendo en libertad para llegar a la conclusión justa. Como dijo mi padre, "cómo nos engañaron a todos".

* * *
Algo así debió de pensar Luis Felipe Blasco Vilches cuando decidió ponerse a escribir El jurado. Sólo puedo seguir hablando si desvelo cuál es el carácter de la pieza (algo de lo que el espectador no está seguro hasta el final), así que

ATENCIÓN: SPOILER 
(si no quiere que le reviente el suspense, no siga leyendo)
El jurado da la vuelta como un calcetín a Doce hombres sin piedad. Donde hubo sinceridad pongan doblez. Donde había búsqueda desinteresada de la verdad pongan defensa despiadada del interés. Desde ese punto de vista, es un interesante ejercicio: jugar con una referencia instalada en la memoria colectiva para despanzurrarla en sintonía con los tiempos de corrupción que vivimos. ¿Qué tal ha salido?

Bueno, no ha salido mal, pero tampoco para echar cohetes. Como me dijo una amiga, quitándome la expresión de la boca, "es un texto un poco tramposo". ¿Qué quiere decir que es un texto tramposo? 

Nada más atractivo ni que funcione mejor que una revelación. Esto lo sabemos desde los griegos (y desde antes, sólo que nos hemos empeñado en acordarnos de todo desde ahí). Qué subidón cuando nos enteramos de quién era Edipo. Pero hay una cosa muy delicada: el número de revelaciones tiene un peso importante en la determinación del género. El thriller (también el subgénero del thriller judicial, en el que podríamos enmarcar El jurado) suele exigir una al final, la que resuelve el enigma. Admite alguna más en el desarrollo de la trama. Pero si resulta que, de uno en uno, prácticamente todos los personajes van revelando unas circunstancias personales tan específicas que afectan directamente a la resolución del caso, es que hemos saltado al Asesinato en el Orient Express. Yo diría que El jurado no quería parecerse al Cluedo, sino que pretende ser otra cosa. Leo ahora mismo que Lima dice en el programa de mano que "te mantiene pegado al texto como los clásicos thrillers judiciales de Hollywood". De acuerdo, eso es lo que quería ser. Pero sobran revelaciones. Demasiadas coincidencias sembradas en este grupo de nueve personas para facilitar el desenlace. Eso quería decir con "un poco tramposo".

* * *
Lima ha dirigido un drama convencional, y se agradece. Se agradece que no aparezcan las ocurrencias de Medea o, tanto peor, de Capitalismo, hazles reír. Se aprecia al buen organizador de tiempos y al director de actores. Las transiciones -efectos de iluminación, giratorio en marcha, intérpretes moviéndose a cámara lenta- están bien, oxigenan un poco el relato. El mencionado giratorio hace su papel. Estos nueve están gran parte del tiempo sentados a una mesa (vean la foto), y ya saben el lío que supone eso en el teatro. Sentar a cenar a un grupo de personas es una de las pesadillas del director de escena. O se sientan dejando un lado libre (como en el cuadro de Leonardo), cosa que produce un espantoso efecto de artificiosidad, o alguien tiene que quedar de espaldas al público. La solución de Beatriz San Juan funciona a la perfección: dan vueltas, así que terminamos viendo a todos desde todos los angulos. Paradójicamente, el efecto final es un poco cinematográfico. Es como si tuviéramos muchos tiros de cámara. 
* * * 
Todos tienen su momento excepto, diría yo, Eduardo Velasco. No por su culpa, sino porque le ha caído el personaje más plano y con menos atractivo: es el presidente del jurado y se pasa la función reclamando orden. Todos los demás tienen algún atractivo que explotar. Algunos, modestos -como el suave resbalar del personaje de Usun Yun por encima de cualquier cosa- y otros bien jugosos, como el tipo que encarna Víctor Clavijo, imbuido de su posición de triunfadorcillo (quizá el mejor vestido por Paloma de Alba, algún centímetro más allá de donde empieza el pijo hortera). Me gustó mucho Clavijo en Sótano, me siguió gustando en Fausto y me ha gustado aquí. Es un actor versátil que administra muy bien las intensidades. También muy bien vestido Bengoetxea, que acierta -con la ayuda de ese traje, las gafas y el pañuelo- en la composición de ese  pobre hombre que de creerse en la zona de seguridad ha pasado al deshaucio, como tantos.  De la Ordaz, me parece que ya no puedo decir mas de lo que he dicho otras veces: soy un rendido admirador. Se lleva, además, uno de los papeles bombón: el de la insignificancia -estirada hasta rozar lo ordinario- que termina siendo último refugio de la dignidad. Está como siempre, estupenda en esos andares a que obligan las articulaciones que duelen de tanto limpiar por ahí, estupenda en las espontáneas solidaridades que despiertan los demás en esta mujer a la que el sufrimiento ha sumado rabia sin restarle bondad. OJO QUE VA OTRO SPOILER: Su reverso, el villano, lo va dejando salir Pepón Nieto poco a poco. En esa graduación está todo el mérito: en que quien parece ser al principio pueda contener en su interior -sin fingimiento de cartón- a quien revela ser en realidad al final.

No va a ser la función de la temporada, pero se deja ver. Me parece que lo próximo de lo que voy a hablarles (Tierra del fuego de Tolcachir) va a terminar con la misma frase. Lo que me ha sorprendido muy agradablemente, porque a todo el mundo le da mucho miedo el texto de Cervantes aunque no lo confiesen, es la Numancia de Pérez de la Fuente. Ya les contaré.
P.J.L. Domínguez
          
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domingo, 7 de junio de 2015

MEDEA

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Séneca (versión libre de A. Lima con añadidos de otros autores) Director: Andrés Lima Intérpretes: Aitana Sánchez-Gijón, Andrés Lima, Laura Galán y Joana Gomila Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Gomila, Lima, Galán y Sánchez-Gijón en primer término.
Ésta fue mi círítica en la Guía del Ocio:

La calificación que la acompaña suele dar más quebraderos de cabeza que la propia crítica. En ésta hay margen de maniobra: puede uno escribir “pero”, “quizá” o “aunque”. Las estrellitas, sin embargo, son lapidarias: tienen que concentrar el juicio y hacerlo comprensible de un vistazo. Suelen responder a la sensación de conjunto que un objeto tan heterogéneo como una función de teatro deja en la memoria. Hoy no es ése el caso. Las tres estrellas que acompañan a este texto son la media entre cinco y una. Cinco, cuando –librada a sí misma- actúa Aitana Sánchez-Gijón. Una, si es Lima el que focaliza la atención.


    Que Lima puede ser un gran director lo testimonian esos parlamentos de Aitana cubierta de barro o peleando con los muñecos que figuran ser sus hijos. Para mi pasmo, me pareció vislumbrar la primera Liddell, aquélla de El matrimonio Palavrakis o, en cualquier caso, la visión certera de un director capaz de lidiar con las imágenes y las actitudes del exceso. Pero todo se viene abajo cuando es él quien asume tres papeles, supongo que un intento de des-teatralización, porque, si no es así, simplemente la interpretación se queda muy corta. No funciona. No obstante, la habilidad con la que se han hilvanado textos de muy diverso origen y la espectacular entrega de Aitana justifican sobradamente el espectáculo.

Y lo que no cabía allí:

Intento de des-teatralización. O sea, las intervenciones de Lima como irrupciones de lo real en la función, un recordatorio de que aquello es un montaje de teatro y de que Medea es una actriz y no Medea. Distanciamiento brechtiano y todo eso. Especialmente evidente cuando, como si fuera un intento de reventar el escalofriante monólogo de Aitana Sánchez-Gijón, Lima se coloca detrás de ella, desliza su brazo entre el brazo y el torso de la actriz, y le plantifica el micrófono en la boca. He estado pensando. Pensar es siempre peligroso. Un acto aislado de este tipo (un señor con un traje negro destrozando el clímax trágico-espeluznante) podría ser atribuido a esa intención. Pero sumen a la cantante-contrabajista. Ha recibido elogios, y no seré yo quien se los niegue, pero me parece que, dramatúrgicamente,  es equivalente a la omnipresencia de Lima: revienta. La repetición de "maldito el deseo, maldito el conocimiento"... en fin, roza lo pedante, lo cargadísimo de significado. Quizá sea una deformación debida a mi pasado musical, pero me cuesta soportar contenidos literarios pretenciosos en envoltorios musicales banales, ese desequilibrio me desazona. Insisto: esto no es una crítica a Gomila, sino a qué -y para qué- le hacen cantar.

Pero sigamos. Recordemos ahora Desde Berlín, del mismo Lima, de la que les dije lo siguiente:
Desde Berlín es un constante "mira esto que hace ahora", un sin vivir de amontonamiento de recursos, un dale que te pego de "antes muerto que dejarles actuar tranquilos". El amontonamiento pasa por ponerla a ella a cantar y tocar el piano fuera de escena, proyectando su silueta sobre los bastidores que acotan el lugar de representación; por mandarlos a dar vueltas por ahí detrás de los bastidores; por agotar los efectos de iluminación; por tenerlos yo no sé cuánto tiempo en bolas simulando un coito que ya me dirá usted lo que aporta... En pocas palabras: Lima tiene dos excelentes actores en escena, pero se esfuerza constantemente por ensuciar su trabajo interpretativo.
Vaya, cómo se parece esto a lo del micrófono deslizado bajo la axila. No, no son intentos de distanciamiento, es un rasgo de estilo del director. No les ocultaré que recibe elogios entusiastas (de Ordóñez, a quien pueden leer aquí o, más ponderados, de García Garzón). Pero yo, en mi modestia, creo que Lima sólo demuestra que puede ser grande cuando se olvida de estas cosas: como en De Madrid a París, en Ay, Carmela o, aquí, cuando sale de escena y deja que Aitana haga su trabajo.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 23 de noviembre de 2014

DESDE BERLÍN

Sala: Matadero (Naves del Español) Autores: Juan Cavestany, Pau Miró y Juan Villoro Director: Andrés Lima  Intérpretes: Pablo Derqui y Nathalie Poza Duración: 1.15''
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Como en el caso de El juego del amor y del azar, hacía meses que esperaba verla. Como en el caso de El juego del amor y del azar, la decepción ha sido proporcional a la espera, aunque con notables diferencias. Flotats lo ha hecho casi todo bien, y no ha sabido recortar el texto hasta dimensiones masticables. Lima tenía unos textos mucho más resultones (con altibajos, son tres autores), pero lo ha hecho casi todo mal.

Ese "casi todo mal" puede resumirse en una frase: no sale ni un segundo del escenario. No, no se asusten, no es que aparezca él mismo en carne mortal (como, por ejemplo, en aquel engendro de Capitalismo, hazles reír). Es que no hay un momento en el que la mano del director no se vea. Les digo a menudo que el mayor elogio que cabe hacer de una dirección es que no se perciba. El espectador debe estar metido en la función, sin que ningún pensamiento del tipo "mira esto que hace ahora" lo saque de ella. Desde Berlín es un constante "mira esto que hace ahora", un sin vivir de amontonamiento de recursos, un dale que te pego de "antes muerto que dejarles actuar tranquilos". El amontonamiento pasa por ponerla a ella a cantar y tocar el piano fuera de escena, proyectando su silueta sobre los bastidores que acotan el lugar de representación; por mandarlos a dar vueltas por ahí detrás de los bastidores; por agotar los efectos de iluminación; por tenerlos yo no sé cuánto tiempo en bolas simulando un coito que ya me dirá usted lo que aporta... En pocas palabras: Lima tiene dos excelentes actores en escena, pero se esfuerza constantemente por ensuciar su trabajo interpretativo. Yo diría que el ejemplo más sangrante es el excelente monólogo que Poza suelta sentada en el suelo, delante de la cama (veo tu cara...). Es un fragmento conmovedor, que ella borda. Pues bien: es interrumpida constantemente por un efecto repetido de sonido e iluminación. ¿Para qué? Me pasé la función recordando una gigantesca pintada que vi en Caracas en 2012 que decía  "DÉJENLO TRABAJAR" (respecto a Chávez, claro). ¿Y si hubiéramos dejado trabajar tranquila a la actriz? Aunque, quizá, el recurso más grotesco sea el que les voy a desvelar ahora, si se dejan. Porque, antes, aviso:


ATENCIÓN, SPOILER

La cama se traga a Natalie Poza. Como lo oyen. A veces me pregunto si los directores de escena no han sido nunca espectadores. Es im-po-si-ble que, si la cama se traga a la chica, el espectador no recuerde Pesadilla en Elm Street, con el consiguiente cortocicuito destrozaclímax. Todos esperamos que vomite a continuación un géiser de sangre. Tranquis, eso no sucede. Pero lo que sucede es que el género muta de improviso del drama a un inesperado gore risible.

Todo el mundo sabe que cuando las camas comen personas, terminan
vomitando sangre.
Pero olvidemos Elm Street. Supongamos que los espectadores son marcianos que no la han visto. Sabemos que Poza se ha quedado dentro del mueble, debajo del colchón. El mueble tiene ruedas. Derqui lo desplaza contra uno de los bastidores. Adivinen para qué. Acertaron: para permitir otro efecto (por el que la sombra proyectada de Poza parece sentarse en el borde de la cama). Por supuesto, mientras el mueble se mueve, todos y cada uno de los espectadores piensan "ay, ay, pobre chica encerrada y zarandeada a oscuras en ese angosto compartimento". Toma sopapo destrozaclímax.

"Cualquiera va a ver esto", se dirán. Bueno, se lo dirán si se fían de mí incluso después de leer a Ordóñez (cosa improbable), que dijo que Lima "firma aquí su mejor trabajo de los últimos años, el más hondo, medido y cuajado". Ya han visto que estoy en ligero desacuerdo, pero me apunto a todos los elogios que dedica a los actores. Es más: les recomiendo que vayan a verlos.

La función no es un desastre, exclusivamente porque Pablo Derqui y Nathalie Poza son dos intérpretes excepcionales que aprovechan todos y cada uno de los resquicios que la dirección de escena les deja para prestar carne y hueso a estos dos seres destrozados por su propia incapacidad para vivir. El primero deslumbró, también en el Matadero, en el Roberto Zucco de Julio Manrique. La segunda estaba de muerte en A cielo abierto con Pou y salía indemne (algo casi milagroso) de Capitalismo, hazles reír. Especialmente brillante la escena de la desaparición del supermercado, en la que creo adivinar la humanidad y el humor de la escritura de Villoro. Pero están perfectos cada vez que abren la boca e incluso cuando no la abren (exceptuada la mencionada escena de sexo, de planteamiento imposible). No voy a glosarlo todo (tienen el trabajo interpretativo muy bien descrito en la crítica de Ordóñez), me limitaré a mencionar un detalle: la violencia es muy difícil de reproducir en escena; si te pasas de naturalismo; repele; si te pasas de estilización, parece mimo. También en eso están en un infrecuente punto justo. 

Me gustaría sugerir un experimento: dejar a estos dos grandes en un escenario vacío -sin piano en off, sin proyecciones, con una cama sin aparato digestivo, una iluminación modestita y el acertado vestuario de Beatriz San Juan- y que dijeran los textos sin interferencias. Yo creo que se nos comían crudos.
P.J.L. Domínguez

No quiero ocultarles que también a García Garzón le encantó. Contra tanta autoridad, encuentro sólo un par de compañeros en el bando de los aguafiestas: Sergi Doria en El Mundo y Juan Carlos Olivares en Time Out. Ya juzgarán ustedes. A fecha de hoy, los ocho votos que figuran en la web de la Guía del Ocio arrojan un 2'4 sobre 5.
           

miércoles, 7 de mayo de 2014

LOS MÁCBEZ

Sala: Teatro María Guerrero Autor: William Shakespeare (versión de Juan Cavestany) Director: Andrés Lima Intérpretes: Javier Gutiérrez, Carmen Machi, Jesús Barranco, Chema Adeva, Laura Galán, Rebeca Montero y Rulo Pardo.  Duración: 2.00' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Ahí tienen a las meigas. Estas tangentes de puro visualismo son
lo mejor de la función.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

La fama de nuestros políticos está en niveles tales que esto de trasponer las fechorías de Macbeth a la Galicia actual no parece descabellado de entrada. Mutatis mutandis. Que, en un remoto pasado, el rey de Escocia liquide a sus rivales es una cosa. Que lo haga el presidente de la Xunta… Se podría digerir bajo un enfoque de farsa o de franca vanguardia (Lima parece deslizarse hacia la vanguardia estetizante a ratos, entre Lynch y Pandur), pero se ha pretendido hacer convivir la hipérbole con los parlamentos de Shakespeare en tono convencional, y la cosa no se mantiene. Un Macbeth tradicional sólo avanza si la sucesión de horrores conmueve al espectador, y aquí la oscilación entre la tragedia, el disparate tragicómico y los añadidos en clave puramente visual, produce alejamiento y una mirada gélida sobre lo que debería espantarnos, de manera que las dos horas terminan por hacerse excesivas.

    Hay, sin duda, aspectos atractivos en la puesta en escena. Algunas de las imágenes tienen una cierta potencia: las meigas con liguero y cabeza de cerdo recortadas sobre el fondo traslúcido, por ejemplo, o la aparición de Banquo. Y, sobre todo, buena parte de las interpretaciones, con Carmen Machi llevándolo todo al lugar adecuado con cada simple inflexión de voz. Muy bien Pardo, Montero y Adeva, y excelente Jesús Barranco, tanto de Banquo como de Mayordomo.

Uno.- Vaya, todos de acuerdo, qué aburrimiento: Villán, García Garzón, Ordóñez... todo el mundo ha dicho lo mismo. Con lo que a mí me gusta discrepar. Como esto se repita a menudo tendré que hacérmelo mirar. Los Mácbez no funciona. No funciona en absoluto, quiero decir. Como gustéis no funciona, pero digamos que tiene una falla, una quiebra, que la parte en dos y destroza el efecto de conjunto. Los primeros cien minutos van de muerte y al final remonta otra vez. Aquí, es que la cosa no va para ninguna parte. Que me perdone el consenso de los entendidos, pero es algo que me encuentro recurrentemente en Lima, al que sólo le he visto una cosa redonda: De Madrid a París y El bateo, un programa doble que dirigió en la Zarzuela y que le quedó como para mojar pan. A todo lo demás ya le pasaremos revista otro día, que tengo mucho trabajo atrasado. 


De  Madrid a París, lo mejor que le he visto a Lima.
El problema de Los Mácbez es que no se ha querido elegir género: se abandona la tragedia original (pero no del todo) y se organizan excursiones por los campos de la farsa (ese "me voy a Castellón" roza a Jardiel; por no hablar del pretexto para acercar la Carballeira al palacio de la Xunta; o de la patética, por ridícula, escena del asesinato de la familia de Macduff, o como aquí se llame; etcétera), pero no mucho; o del puro visualismo (caja iluminada, meigas, coreografías de conjunto), pero tampoco mucho. Después de tanta excursión, el patetismo estándar de la angustia de Macbeht-Gutiérrez nos importa un pepino. Hay que tener un pulso formidable para mantener semejante indefinición de género: Ni siquiera Pandur osaba, en su formidable Hamlet tanto desparrame. Por contra, el mejor Macbeth visto por aquí en los últimos tiempos (el de Martret) se quedaba perfectamente pegado a la intención trágica del original.

Dos.- Sí, escenográficamente es interesante, con el proscenio adelantado sobre el patio de butacas y la caja traslúcida encajada como una pecera en una pared negra. Extrema cercanía (la corbata está casi sobre los espectadores) y extremo alejamiento de la caja al fondo. Todo eso es de Beatriz San Juan, muy bien iluminado (y no era fácil) por Valentín Álvarez. Sin embargo, el efecto final, en el que la escenografía adquiere protagonismo, no funciona. ATENCIÓN: SPOILER ESCENOGRÁFICO. La caja se deshace, en transparente metáfora del derrumbe de la causa de Macbeth, pero se deshace de forma más bien fea. De acuerdo, la metáfora ampara también que a la monísima caja se le vea la realidad de los cuatro paneles de chichinabo. Da igual, no cuela. 


Otra: la caja es un paralelepípedo con las aristas inclinadas, de forma que se acentúa la ilusión de fuga. Lo aprecian en esta foto de encima. Pues bien: a la izquierda hay una puerta cuyo dintel NO sigue esa inclinación hacia el punto de fuga central. Es un efecto visual insoportable. Digo yo que para comprar una puerta estándar y no tener que construirla, no se me ocurre otro motivo. Digamos, de paso, que construir expresamente una puerta que cierre de verdad, con el efecto de peso de una puerta de verdad y no de un panelito de morondanga, tiene su aquel (puesto que no hay pared real en la que anclarla). Fíjense si no en la cantidad de puertas de papel que se ven siempre en los escenarios. Son como las maletas que no pesan en las películas.

Vestuario, ni fu ni fa, excepción hecha para el vestido oscuro con moño alto, botas y pieles de la Machi. Lujo de parvenue. Asqueroso, por lo verosímil. Lo tienen en la foto de arriba.

3.- De la Machi ya les he hablado otras veces, y ya ha hablado todo el mundo esta vez. Sobrenatural. Javier Gutiérrez es un gran actor, no cabe duda. Lo último que le he visto, la versión musical de ¡Ay, Carmela!, bastaría para corroborarlo. Pero le pasa un poco como a Raúl Prieto, hay que controlarlo. Si no, le da por abusar de esa cara de estar completamente perdido en el hiperespacio, con la boca abierta y la mirada angustiada. Resulta que esto no lo dice nadie, pero el gesto es tan característico que sale en la PRIMERA FOTO que da Google para su nombre.


          

Es la de la izquierda. A la derecha, una de Los Mácbez. La cabeza inclinada hacia abajo, la mirada de abajo hacia arriba, la boca entreabierta. Se pasó así medio Woyzeck de Vera. Cierto que Woyzeck y Paulino son papeles de perro apaleado. Pero Macbeth, no. Además, se puede hacer de perro apaleado cambiando de cara: Diego Martín, La Venus de las pieles, ya les contaré. 

El hallazgo de estas semanas es Jesús Barranco (foto de la derecha). Compruebo a posteriori que lo había visto en varias cosas, sin que me llamara la atención. Me dejó boquiabierto en La cena del rey Baltasar. Consulto a mi jefe del V.F. y me viene a decir, traduciendo, que de qué guindo me caigo, que es un pedazo de actor. Aquí está de muerte, nunca mejor dicho en el caso de Banquo. La unánime crítica reseñada en la primera línea parece no valorarlo mucho en ese papel (hace dos), pero me gustaría a mí ver la deslavazada escena de la aparición del fantasma, si el fantasma no fueran él y su impresionante jeta de mármol. Si se empeña, no es que no mueva un músculo, es que no mueve una célula. Unánimes, por contra, las alabanzas al mayordomo entregado e impotente ante la debacle de su amo. Se llama Senén, y los que lo vean no lo olvidarán.


Adeva y Rulo Pardo se reparten otro puñado de papeles. Los dos me gustan, aunque a Pardo le ha dejado Lima resbalar un poco en algún momento hacia su proverbial comicidad, que aquí sobra. Aunque quizá sean mis ojos los que se la prestan, es un tipo que me troncha con sólo mover una ceja. Los dos funcionan tan bien en las figuras gemelas de lameculos (perdonen el término, pero me parece el más ajustado) que pierden la propia individualidad y se convierten en una especie de Hernández y Fernández difíciles de discernir. Adeva está de miedo, tanto de presidente como de chófer. Y también Rebeca Montero, tanto de delfina -una burra imbuida de poder, me recuerda mucho a alguien que se ha hecho famoso estos días, pero no voy a mencionar su nombre, permítanme un mínimo de prudencia de vez en cuando- como de chacha: hay momentos en que su mutismo asustado da la medida de las lindezas que los demás largan. Siento decirlo tan claro, pero Laura Galán no llega al mínimo exigible; puede que tuviera un mal día o no sea ésta la función de su vida.
P.J.L. Domínguez
           

martes, 24 de septiembre de 2013

CAPITALISMO. HAZLES REÍR

Sala: Teatro Circo Price Autor: Juan Cavestany  Director: Andrés Lima Intérpretes: Aitana Sánchez-Gijón, Nathalie Poza, Andrés Lima, Luis Bermejo, Óscar del Pozo, Eva Boucheritte, Alba Sarraute, Marta Megías,Silvia Marsó, Irene Escolar, Edu Soto, Rulo Pardo, Nacho Vera, María Mira, Marilén Ribot, Martí Soler Duración: (pendiente de recuperar mi apunte en el papelito de la entrada)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Todo el elenco haciendo el ganso (o supongo que el avestruz, que tiene más 
aprovechamiento metafórico).


  La propuesta más mediática del arranque de temporada: mucho actor célebre, mucha explicación sobre el proceso creativo (algo de lo que desconfío en cualquier arte, vean cómo terminó la música contemporánea a base de explicarse), mucho alarde multidisciplinar. "El Taller de Investigación Teatral Contemporáneo ha reunido a más de 100 artistas y teóricos en torno a la economía y su impacto en nosotros". Eso dice la página del Price (y no salgo de mi asombro). Tan supuestamente in progress y tan supuestamente creada "en directo" (sigo en la página del Price), que hay pases para asistir varias veces y ver la progresión de la cosa. 

  Toda esta hojarasca periférica se la lleva el viento en cuanto uno ve un espectáculo, claro. Lo que cuenta, lo único que cuenta, es lo que uno ve. ¿Y qué ve uno esta vez? Que los montes parieron un taller de actores, ni más ni menos. Ahora bien: un taller de actores al que, además de la hojarasca, le sobra de todo. Para empezar, actores. Creo que conté diecisiete, y para lo que hay que hacer bastarían diez menos. Para seguir, duración. 


  ¿Multidisciplinar? Simplemente, no. Es teatro-teatro aderezado con breves y simples (casi diría simplonas) coreografías, algunos volatines, número de cuchillos que hará sonrojar a la gente del circo y trapecio prescindible y encajado con calzador. Digerida esa suave sugerencia de heterogeneidad, no queda más que una banal piececita de dos cabezas: una bastante Animalario (las escenas de familia) y la otra bastante Sexpeare (las de Rulo Pardo, claro, que seguro que ha puesto bastante). El director de escena presente en la pista como maestro de ceremonias no aporta nada, y es quizá el elemento más pretencioso. Un poco bochornoso verle dar órdenes que los actores ejecutan antes de verlas u oírlas. Vamos, que las supuestas inspiraciones del directo parecen más bien ensayadas. La función tiene mensaje: el neoliberalismo es una cosa horrorosa. Lo sospechábamos.


  Se salvan los actores. Maravillosa Silvia Marsó en el personaje más de carne y hueso, una Gilda de arrabal chicle incluido; ojalá nos contaran su historia. Me entero después de que esta Silvia Bombón es el personaje que interpretaba cuando hacia revista de jovencita. Si es que tiene mucho de auténtico. Estupendos el médico de Pardo y la chinita insufrible de Escolar. A Soto le basta una escena para confirmar, tras El lindo Don Diego, su gran talento histriónico. Muy en su sitio Poza (que viene de la maravillosa A cielo abiertoy a la que no sé cómo le ha ido en Fuegos, estaba yo en las Indias, ya saben), y muy bien (mucho mejor que en La chunga) Aitana Sánchez-Gijon. Impecables Sarraute y, como siempre, Bermejo. 


Y si les parecen duras la de Vallejo y la mía, miren ésta.

P.J.L. Domínguez
           



domingo, 21 de abril de 2013

AY CARMELA

Sala: Teatro Reina Victoria Autor: José Sanchis Sinisterra (adaptación de José Luis García Sánchez) Director: Andrés Lima Intérpretes: Inma Cuesta, Javier Gutiérrez, Marta Ribera, Javier Navares, Álvaro Morte, Pablo Raya y Javier Enguix. Duración: 2.10' (diez minutos de entreacto)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Como dice la Wikipedia, que casi siempre tiene razón, "José Sanchis (sí, es sin acento) Sinisterra es uno de los autores más representados y premiados del teatro español contemporáneo y un gran renovador de la escena española, siendo también conocido por su labor docente y pedagógica en el campo teatral". Se puede decir más alto, pero no más claro. Pues ahí lo tienen, a sus setenta y tres, llevando un local en Lavapiés, el Nuevo Teatro Fronterizo, en el que ocurre de todo, y que gestiona con su proverbial generosidad.


La peli.
Con ¡Ay, Carmela! (1986) dio en uno de esos clavos en los que es tan difícil acertar. Es mucho más fácil darse en el dedo. Pero le salió un melodrama redondo que se instaló casi de inmediato en el imaginario colectivo de los españoles. Digamos de paso que es sobre todo a su generación  a la que debemos la recuperación sentimental del drama de la Guerra Civil, después del tenebroso silencio impuesto por la dictadura: Saura (1932) con su adaptación para el cine de esta función (1990); Fernán-Gómez, (1921) Chávarri (1943) y Lola Salvador (1938) con Las bicicletas son para el verano (1984)... Ellos son los que casi cincuenta años después comenzaron a recuperar la memoria, no de los fríos hechos históricos, sino del dolor y de las peripecias, entre trágicas y grotescas, de millones de víctimas. Representadas aquí por las andanzas de Carmela y Paulino, dos de esos personajes que nunca se olvidan una vez conocidos. Creo que parte del éxito de la historia radica en que Carmela es un personaje instalado en un arquetipo reconocible: la mujer que no se siente parte implicada  en el conflicto principal, pero que actúa movida por la piedad. Hay pelis de vaqueros a patadas con ese personaje incluido. Y un ejemplo de la cartelera reciente: la misma Antígona, a la que le da igual todo, excepto los deberes respecto al cadáver de su hermano. En este sentido, La niña de tus ojos, misma época, protagonista cantante, peligrosos fascistas, idéntica motivación de la protagonista, casi parece una ramificación de ¡Ay, Carmela!. Preciosa, por cierto.

Los personajes tuvieron suerte. Los estrenaron José Luis Gómez y Verónica Forqué. Relevados en la película por Carmen Maura y Andrés Pajares. Toma del frasco. Los más jóvenes no lo sabrán, pero ahí fue donde mucha gente empezó a reconocer que Pajares es un gran actor. Los que creen que hacer de cómico en sainetes costumbristas es fácil.  


Estrellita Castro.
Alguien ha tenido ahora la idea de fabricar un musical con esta historia. Gran idea. Y gran enfoque. Un doble enfoque, para ser exactos. Carmela y Paulino -variedades a lo fino- se ganan la vida como artistas de los caminos. Las canciones de Carmela están, por tanto, servidas en la narración. Es lo que se llama música diegética. Esa música es, con alguna excepción, la de los años treinta: Café de chinitas, por ejemplo, o Suspiros de España. Esta última es prácticamente el hilo conductor de la función, otro gran acierto. Dice la leyenda que los dos bandos oían la versión de Estrellita Castro en las trincheras. Yo mismo, que tengo superpuestas dos identidades nacionales y pico, me siento instantáneamente más español que un sombrero cordobés si me la ponen. Quiiisoo Diooos / een suu podeeer... Virgen Santa, se me abren las carnes. No tengo mérito, le pasaría lo mismo a un malgache. Este pasodoble de Antonio Álvarez Alonso, con la letra de su sobrino Juan Antonio, y un poema de Cernuda que empieza (más o menos, cito de memoria) En un bar del viejo Temple... son las dos evocaciones de España que más aprecio. 


Concha Piquer
Suspiros de España fue en su día objeto de una operación que es extrañísima en el ámbito de la música popular. Es citada explícitamente en una de las canciones más populares de Concha Piquer: En tierra extraña. Es prueba de su extraordinario poder de arrastre. Creo recordar que tenía también presencia en la película de Saura. Aquí, vuelve una y otra vez a poner de punta los pelos del público. Pero estábamos con que el musical tenía un enfoque doble. A estas músicas que el relato trae cosidas a sus tripas se les han sumado canciones firmadas por Víctor Manuel, Joan Valent, Pedro Guerra y Vanesa Martín. Todas bien escritas, bien traídas al hilo argumental, bien interpretadas. A grandes rasgos, aunque no en todos los casos, la música tradicional la interpreta Carmela dentro del relato, y la reciente la narradora, situada fuera de la historia.


Marta Ribera.
Ésa es la otra apuesta estructural que ha salido bien: el añadido de una narradora-comentadora. Ha salido bien porque está bien encajada en el conjunto, pero también porque la hace Marta Ribera, con gran presencia escénica y derroche de eso que llamamos tablas. Le toca, en el doble enfoque, la parte más de musical actual de la función, tanto en lo que canta como cuando actúa: se dirige al público desde el proscenio (por cierto: qué bien aprovechado el proscenio), marcando un estilo interpretativo cercano, para que me entiendan, a Cabaret o Chicago. Pero como, por fortuna, también le cae alguna de las canciones históricas, da en Pobrecita yo una lección de picardía tradicional, puesta al día por la inteligente coreografía de Teresa Nieto. Ciertamente, la función no se sostendría sin el talento de esta mujer, que asegura la continuidad dramatúrgica. Y cómo canta. Estaba  estupenda en el mayor pestiño de los últimos tiempos (El último jinete, por si no lo han pillado), con eso está todo dicho.

Inma Cuesta. Jopé, qué guapa.
Comparte escenario con Inma Cuesta: dos excelentes cantantes de potente personalidad, colocadas en dos planos (dramatúrgicos, interpretativos, de imagen) tan distantes, que no compiten, sino que suman. Todo lo que en  Ribera se ajusta a los estándares internacionales del musical (incluso el Pobrecita yo citado se puede enmarcar ahí) es en Cuesta tradición española, muy bien digerida. Como actriz, eché en falta un pelín de fondo, casi diría de doble fondo. Aunque JM, que sabe más que yo, disiente: la vio de miedo. Ahora que lo pienso, quizá el personaje está bien así: es una mujer que no parece pensarse mucho las cosas, hace y dice lo que le sale de las tripas. (¿Se saben la de Lola Flores? "A mí me salen las cosas del corazón, y antes de llegar a la cabeza se me escapan por la boca"). En cualquier caso, el papel está suficientemente bien defendido.


Inma Cuesta y
Javier Gutiérrez.
El tercer protagonista, Javier Gutiérrez, va creciendo, como exige el texto. Le voy a hacer el mayor elogio que puedo hacerle: en la gloriosa escena del monólogo frente al auditorio del teatro (del teatro de la historia), hay momentos en que parece Pajares. Pero ése no es su único mérito, claro está. El personaje de Paulino está impregnado de ternura, y no se pasa de payaso, que es el riesgo. No me gustó nada, pero nada, en ese Woyzeck en el que Vera lo mantuvo a piñón fijo en el escenario con cara de bobo. Aquí dosifica esas caras a la perfección. Emocionante.

El resto de intérpretes no desmerece. Javier Navares compone un Ripamonte memorable. Otro que no se pasa de payaso y que sabe aprovechar esa característica tan peculiar de la imagen exterior de los italianos: parecen inofensivos, y simpáticos, hasta los fascistas. Morte, Raya y Enguix bien. La verdad es que no suele ser frecuente ver un reparto de siete personas donde no pinche nadie. No pinchan.

Recapitulemos. Veníamos mencionando algunos de los puntales de la función. La música (Suspiros), la narradora. Falta mencionar la iluminación y las proyecciones. Sería ilustrativo visitar el teatro con luz de trabajo para ver la escenografía sin iluminar: cuatro bastidores, unos telones, un carro y un teatrillo. El rendimiento que Valentín Álvarez le ha sacado a eso (la magia del teatro...) es admirable. Hay muchas proyecciones y, ¡oh, albricias!, no sobra ninguna. Artistas de época y escenas de guerra. Imprescindibles, junto a los efectos de sonido de Javier Almela, para situar la percepción del espectador. Algunos momentos impresionan, o al menos me impresionaron a mí, que no soporto esas imágenes de civiles huyendo en las que veo a mi propia familia. Supongo que también les ocurrirá a algunos de ustedes. Por cerrar este apartado del aspecto visual del espectáculo, voy a poner la única pega: el teatrillo de la última escena es horroroso. La decoración a base de Klimt (o similar) le pega al resto como a un Cristo dos pistolas. Cámbienla, que no cuesta nada.


Andrés Lima
Esto -y dos pequeñas zarzuelas: De Madrid a París y El bateo- es lo mejor que le he visto a Lima. Alguno ya se estará escandalizando. Lo siento, pero es así (ojo, que tampoco he visto todo lo que ha hecho, ¿eh?). Aparte del mérito de seleccionar, coordinar y dirigir todo lo que llevo mencionado, hay detalles de altura: el uso del espacio completo de la cazuela del teatro (contraejemplo: A quién le importa); el momento onírico del teatrillo con nazi incluida y tres personajes tras una gasa marcándose un chotis (el infame Ya hemos pasao de Celia Gámez, fascistona pero maravillosa, la mujer); la escena de Carmela con el brigadista, que podría quedar escondida allí atrás, pero que termina resaltando por escondida... En fin, ha conseguido, con José Luis García Sánchez, que Andrés Vicente Gómez se saque la espinita del citado Último Jinete. Me alegro. Es lo que tiene buscarse buenas compañías.


Supongo que, a estas alturas, ya sospecharán que me encantó el espectáculo. Por muchos motivos. No sólo por la calidad del montaje, sino también porque no podemos olvidar este horrible pasado, que está ahí, a la vuelta de la esquina. Sobre todo ahora, cuando muchos empiezan a preguntarse si no va siendo hora de hacer que reviente todo de una vez, y que salga el sol por Antequera. No tengo ni idea del cómo, pero quizá es posible extraer ejemplos para resistir frente a la violencia estructural que sufrimos sin llegar a la otra violencia, la de los tiros. Mi función estaba repleta, era evidente, de gente mayor con ideas republicanas (esperemos que se entere de su existencia la gente joven con ideas republicanas, porque van a alucinar en colores). El estremeciento era patente cuando Inma Cuesta (véase foto de arriba del todo) sale con la bandera, o cuando suena El ejército del Ebro / rumba la rumba la rumba la. Aunque, si no son republicanos, no se corten: a mí me encanta El triunfo de la voluntad, un engendro ideológicamente impresentable. O Celia Gámez. A ustedes puede encantarles esto. Si yo fuera el productor, colocaría una pancarta en el vestíbulo del teatro, para que el público la viera a la salida: 



Todo el que pueda perdonar, que perdone. Y el que no pueda, que apriete los dientes y se calle, que todavía tiene más mérito. Es lo que llevo haciendo yo toda la vida cada vez que veo esas imágenes de bombardeos y recuerdo a mi abuela mirando a los aviones alemanes que bombardeaban Gernika, o echándose a rodar ladera abajo con un hijo en cada brazo cuando la ametrallaban. Me pasé media función intentando que mi vecino de asiento no se diera cuenta de que me tenía que secar las lágrimas.
P.J.L. Domínguez