Sala: Kubik Fabrik Autor: Pedro Calderón de la Barca (versión de Carlos Tuñón) Director: Carlos Tuñón Intérpretes: Jesús Barranco, Enrique Cervantes, Rubén Frías, Alejandro Pau, Antonio Rodríguez y Kev de la Rosa. Duración: 1.40' (aproximadamente, ni empieza ni acaba en un momento concreto, ya les contaré)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)
Me
he parado a pensar un rato, en medio de los campos de Castilla la Nueva, y no
sé si he visto alguna vez tal grado de heterogeneidad bien integrada. Es
posible, pero no lo recuerdo. Como les decía, no sólo funciona, sino que es,
además, uno de los motores de la función. Los actores están bien todos. Rubén Frías tiene el rol más ingrato, toda la función de pie sujetando la cabeza a Baltasar,
y poco texto, así que es el menos visible, por así decir. Pero es un apoyo imprescindible, y no en el sentido literal. Alejandro Pau, Enrique Cervantes y Kev de la Rosa me
gustaron mucho, mucha energía que algo tendrá que ver, quizá, con su paso por La Joven Compañía. Ya saben, si se invierte en la cantera, acaban por llegar las
medallas olímpicas. Los dos primeros tienen físico para esos productos
televisivos con target adolescente. Ojalá, dan de comer y no matan el talento
de nadie. Antonio Rodríguez, impresionante. Espero que nadie entienda esto como un prejuicio
racista: por pura estadística, estamos acostumbrados a que un físico como el
suyo se corresponda con un acento exótico. Es positivamente chocante que el
aspecto de guardia de corps negro del Dux de Venecia se combine con un acento
que podría ser de Valladolid. E infrecuente que tal cantidad de músculo no haya
dañado irremediablemente la capacidad intepretativa. Jesús Barranco, Baltasar, se casca
aquí un currazo de Max. Fui a ver la función por un vídeo en el que
no hace nada (es un decir), pero hipnotiza. ¿Quieren apostar a que no se lo dan? No creo que tenga lobby.
¿De
dónde sale Carlos Tuñón? Busco por ahí y, en artes escénicas, le encuentro sólo labores de gestión o
producción. Ha podido dirigir algo previamente, pero no me sale por ninguna
parte. Si es una aparición ex novo, es una aparición sorprendente. ¿Un gran
valor que se hace notar desde la primera campanada? ¿O una serie de aciertos
casuales? Expliquémonos.
Hay
cosas en negativo que son muy fáciles de juzgar a la primera. Un actor nefasto
se delata a los tres minutos de interpretación. Un director nefasto, también,
aunque no falten funciones que pueden parecer un completo desastre durante un
buen rato, para revelar después a dónde iba la cosa y justificarla ex post
facto. Sin embargo, es arriesgado sacar conclusiones de un único buen
resultado. La chiripa, la suerte del novato… Lo que no puede ser chiripa de
ninguna de las maneras en La cena del rey
Baltasar es la perfecta dosificación de tiempos. O sea, la cuestión básica
y central de lo que llamamos teatro. Tuñón es, por tanto, de forma clara e
inapelable un excelente director. Por mucho que en la siguiente pueda pifiarla,
que eso le pasa a cualquiera (véanse El
inspector de Miguel del Arco, Llama
un inspector de Pou –vaya, cuántos inspectores- o Quién teme a Virginia Woolf de Veronese, sólo a título de ejemplo).
Pero,
además de haber solventado este asunto del ritmo con gran resultado, Tuñón
ha sumado en la función una serie de valores añadidos que sorprenden mucho en
un director novel. Ya saben lo que dice el tópico: el problema inicial de los
creadores suele ser el amontonamiento. Tantas ideas, tantas ganas de poner
cosas, que al final sólo les falta el neperiano (si quieren saber de qué hablo
con esto del neperiano, sigan este enlace). Como casi siempre, el tópico
formaliza una verdad, pero aquí las ideas son las justas. Casan. Encajan. Arman
el rompecabezas. Si se las cuento, les parecerá que acompañan a Calderón como a
un Cristo dos pistolas. Si las ven, comprobarán que son un guante a la medida
de un género que, a primera vista (a primera vista miope), puede parecer tan
trasnochado como el auto sacramental. Digamos de paso que, cada vez que alguien
defiende la actualidad de estas creaciones barrocas, se desliza la hipótesis de
que nuestro tiempo vive una especie de neobarroco. Tonterías. Lo que vive
nuestro tiempo es una especie de neo-todo, una época en la que cualquier tiempo
pasado respira y colea en nuestra sensibilidad cotidiana, a la que lo mismo le
da el conceptismo que el pop (etcétera). Una situación que puede indicar tanto una
voraz, fagocitadora y re-creativa ansia de comprensión estética del mundo,
nunca antes vista en la historia de la humanidad, como todo lo contrario: un
presente estéril, que se vuelve al pasado buscando alimento. Sin olvidar la
tentación de Spengler que, no sé a ustedes, pero a mí me asusta. El tiempo lo dirá (premio al lector/a
que acierte dónde se suelta esta frase de forma gloriosa en una peli de
Buñuel).
Volviendo
a las ideas integradas por Tuñón, que nos vamos por los atajos, enumeremos.
Enumerar es una actividad cara al intelecto y cara, sobre todo, a las
personalidades ansiosas, entre las que me cuento.
1.- La elección de
actores.
Aquí es donde me asalta con más intensidad la sospecha del acierto casual,
precisamente porque es un acierto clave. Dirán ustedes “qué injusto, cuanto mejor
lo hace menos se lo cree”. No olviden que estoy aquí para sospechar y
desconfiar por mis lectores. Yo hago el trabajo sucio, y ustedes se aprovechan.
Bromas aparte, que estoy hoy muy dicharachero, el aspecto de los seis
intérpretes es crucial en la puesta en escena. El heterogéneo aspecto, quiero
decir. Aspecto físico (puesto de fábrica) y actitudinal (adoptado para la
función, no se confundan: hablo de los personajes en ese caso, no de las
personas). Paso a describir (las edades tampoco son, quizá, las de las
personas, sino las de su caracterización):
a) Alejandro Pau. Jovencito entre angelical y
lúbrico, cabello largo de moda, barbita (apenas tiene) descuidada, musculación
contenida antes de la exageración, modales incitadores a lo que sea,
independientemente del género del espectador. Es la Vanidad, claro.
b) Enrique Cervantes. Jovencito viril entre poli de
éstos que se camuflan ahora en Lavapiés y predicador mormón, barbita y pelo de
la misma (corta) longitud estilo cabeza geyperman, complexión cuidada, modales trascendentes.
Es el profeta Daniel, claro.
c) Kev de la Rosa. Aspecto algo menos jovencito que
los anteriores, drag frivolona, pelo y barba teñidos de blanco y espolvoreados
de polvos plateados (mal) llamados purpurina, modales entre simpáticos y
pasados de rosca. Es la Idolatría, claro.
d) Antonio Rodríguez (no puede uno llamarse así en la red, no encuentro nada). Joven maduro negro, serio, rostro
exótico, cabello crespo, supermusculado, modales algo más naturales que el
resto. Es la Muerte, claro.
e) Rubén Frías. Joven maduro un poco a su bola,
pelo corto teñido de colores, muy delgado, modales tipo ya sé yo lo que me digo y de qué me río con un pelín de desdén. Es
el Pensamiento. Aquí no digo “claro”, porque este personaje podía ser casi
cualquier cosa. Póngase usted a adjetivar “el pensamiento humano” para darle un
aspecto visual.
f) Jesús Barranco. Adulto ausente, volado, rapado al
cero, muy delgado, modales estoy más allá
de todo esto. Es Baltasar, claro.
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Alejandro Pau |
2.- El vestuario y la
caracterización (Antonio Jiménez, otro nombre imposible en la red). Primero
les diré que “caracterización” parece consolidarse en castellano como las
operaciones operadas sobre el cuerpo del intérprete para convertirlo en el
personaje. O sea: peluquería y maquillaje. Con una cierta competencia por parte
del uso en inglés, que hace referencia al proceso actoral de construcción del personaje (character). Ya les he explicado un poco qué pasa con los pelos de
cada uno, vamos con el vestuario:
a)
Polito sesentero ceñido, tirantes, zapatos rojos de charol (?).
b)
Pantalón y camisa formalitos.
c)
Chaquetón de piel, corsé, pecho descubierto, mallas.
d)
Americana negra sin nada debajo, tórax descubierto a ratos, chaleco cruzado
amarillo al final.
e)
Pantalón corto de deporte.
f)
Desnudo.
Esta
descripción les estará produciendo ese “efecto dos pistolas” al que aludía más
arriba. Olvídenlo, todo son aciertos.
3.- La música. En este blog, la
música es el arte de combinar los sonidos, y éstos con el tiempo (dice mi amiga
T. que la definición es de Hilarión Eslava). O sea, que el término se refiere
tanto a una sinfonía de Brahms como al goteo de las camisas mojadas en Tinieblas de Cortizo (la vi anteayer, ya
les contaré). En La cena no hay
música grabada, todo lo hacen los intérpretes. Bien percutiendo la mesa –con
notable habilidad, más de uno debe de tener formación musical-, bien cantando.
De todo: Le plus beau du quartier (canta con gusto este chico -Pau-, mejor que la susurradora Bruni, desde luego, y con más doblez perverso), I get a kick out of you, Quand je bois du vin clairet… y hasta el Dies Irae tarareado, entre otras cosas. La función
dramatúrgica de estos insertos musicales es diáfana y opera a maravilla.
4.- El espacio
escénico (parece deducirse de los créditos que es creación colectiva). Ustedes
dirán, “se titula la cena, parece
obvio montar una mesa y, dado que se lleva tanto lo de poner al público supercerca,
sentar a la mesa a los espectadores”. Sí, después de visto, todo el mundo listo
(el ritmo exige leer “toelmundo listo”). Verán, hay una función que se titula,
precisamente, La cena, con dos tipos
(Fouché y Talleyrand, más bien dos tiparracos) cenando. Allá por el 96 la vi en
Roma en una sala minúscula, seríamos pocos más de los doce que pueden asistir a
la que ahora nos ocupa. Pues bien, a nadie se le ocurrió sentarnos a la mesa.
Estábamos pegaditos a la pared con nuestras sillas. No sólo se te tiene que
ocurrir. Luego tienes que lidiar con el asunto: dónde sentar a los actores,
levantarlos o no levantarlos (Baltasar se levanta en un único momento de
clímax), moverlos o no moverlos (el Pensamiento prácticamente no se mueve de su
sitio, en pie), sacarlos o no sacarlos del círculo de luz, subirlos o no
subirlos a la mesa… Todo eso se hace para sacar provecho de la mesa, de la
posición (todos alrededor de ella), del espacio que la rodea (gradas, entrada,
almacenes), de la elemental y exprimida iluminación… Todo eso, como la música,
puntúa el fluir de la historia, son sus puntos y sus comas.
4.- El verso. Ah, el verso. Les
contaré una historia, que hoy tengo tiempo. Hace muchos, muchos años, en una
galaxia muy lejana por la que ahora mismo pasa el tren que me lleva (la Galaxia
Aragón) un político nos enseñaba a mi amiga T. (la misma de más arriba) y a mí
un edificio recién restaurado, que incluía una sala de conciertos. T. dio una
palmada y, escuchando atenta el eco producido, dijo “tiene una acústica
excelente para hacer música de cámara”. Al político casi le da un ataque de
satisfacción. Yo, perplejo. Que me conste, conozco una sola persona capaz de
hacer cosas de ese jaez con solvencia. Como quizá sepan, la percepción acústica
es una facultad de los ángeles, no de los hombres, como dicen que Gaudí decía
de la percepción espacial. Ya solos, pregunté a mi amiga: “Pero, ¿tú eres capaz
de predecir así cómo va a sonar una sala?” Respuesta: “Ni de coña, pero ya has
visto lo contento que se ha ido”.
Que
me perdonen, pero esto del verso es parecido. No pongo en duda (bueno, a veces sí) que
haya UNA forma correcta de decirlo. Pero creo que hay tan poca gente capaz de
distinguir la correcta de las no canónicamente correctas como de distinguir un
buen vino de uno excelente. O un foie Lidl DeLuxe de uno a riñón los cien
gramos. O sea, poquísima gente. A mí me parece que en el teatro es correcto
todo lo que funcione. Fin de la norma. Es evidente que aquí no se dice el verso
como en La vida es sueño de la
Pimenta. Hay un claro regodeo en la rima que llega a lo percutivo en algunos
momentos. Algo que, supuestamente, es la propia antítesis de cómo se debe hacer. Me da igual. Funciona. Se
suma a una puesta en escena que, en todos sus elementos, es… ¿cómo lo diría?
Machacona, energética, intensa. Que se impone, en suma, casi a golpes al
espectador.
5.- El comienzo, el
final. Comienzo,
lo que se dice comienzo, no hay. Los espectadores entran de uno en uno y los
actores los van entreteniendo con su conversación. Si es usted uno de mis
fieles lectores ya sabrá lo que me mola el buen rollo. Cero. Estoy en esto
entre el crítico gastronómico de Ratatouille
y el abuelo de Heidi antes de Heidi.
Me tocó un buen rato de cháchara con los actores, porque fui de los primeros,
algo que normalmente me pondría enfermo, pero esto no es buenrollismo. La
actitud de Baltasar –que está todo ese tiempo como ido del todo, con la cabeza
sujeta por el Pensamiento- bastaría para desmentirlo. Si están de simple
charleta, ¿por qué parece que uno está vegetativo? Pero no es sólo esto. Un
cambio brusco de actitud señala sin lugar a dudas que la función comienza, se
entiende que lo anterior ha sido una especie de prólogo, algo así como la
obertura.
Final,
final, lo que se dice final, tampoco hay. Por eso no les doy más arriba una
duración precisa. Me pregunto qué hará la sala el día que un espectador decida
quedarse un rato con Baltasar, que termina como ha empezado: ido, vegetativo,
muerto o premuerto, pero ahora solo. Uno de los mejores finales de mi vida.
No
deberían perderse este Calderón. Es una perla rara en el marco actual de
eclosión escénica de los clásicos. Sólo le veo parentesco con el trabajo de una
compañía italiana que se llama Lenz Rifrazioni, que a veces hace cosas algo
parecidas y que también estuvo en Almagro, como estará esto, con un Calderón. Si
yo tuviera la cuenta corriente de Bill Gates, organizaría representaciones
dobles gratuitas para ver primero La vida
es sueño de la Pimenta y, después, La
cena del rey Baltasar de Tuñón. Creo que eso dejaría claras un par de
cosas:
A) Dicho en plan cheerleader, Calderón es la
pera limonera. Las literaturas del centro y el este europeo lo tienen más claro
que nosotros.
B) Todo vale en teatro, la lectura
tradicional y cualquier otra.
Esto se hace sólo los lunes y sólo para doce
personas. A nada que llame el diez por ciento de los que lean esta crítica, ya
no habrá entradas. Así que espabilen.
P.J.L. Domínguez
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