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martes, 26 de marzo de 2019

ESPEJO DE VÍCTIMA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Ignacio del Moral Director: Eduardo Vasco Intérpretes:  Eva Rufo y Jesús Noguero Duración: 1.40' (50´ + entreacto de 10' + 40') 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Jesús Noguero y Eva Rufo
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

EL CORAJE DE LA INTELIGENCIA

Es bien sabido: esta sociedad sufre un retroceso imparable de la libertad de expresión. Abrir la boca sobre los asuntos envenenados es un deporte de alto riesgo. Basta extraer una frase descontextualizada de un ensayo de quinientas páginas para convertir a su autor en indeseable. Los matices han muerto. Con semejante panorama, no sabe uno si admirar más en Ignacio del Moral la inteligencia o el coraje de afrontar uno de esos temas sacros e intocables: el de la condición de víctima, a la que tantos aspiran.

    Inteligencia, a secas, para ser capaz de suscitar vías de reflexión que pocos sabrían sugerir sin dar pie a su linchamiento público. Inteligencia dramatúrgica para escanciar los topetazos al espíritu crítico del espectador de forma amena, enganchando su atención. Un estilo propio que empieza por Mamet y por momentos roza a Hitchcock, y por el que asoman Lady Macbeth y Lady Gaga. Me resulta imposible no usar el término “elegante” cada vez que Vasco dirige, y también esta vez es insoslayable. Este montaje lo es, la formidable lección de interpretación de Jesús Noguero y Eva Rufo viene servida por Camacho, Caprile y Carolina González en un envoltorio en el que no sobra nada, y en el que el espacio sonoro del propio Vasco pone la guinda. Muchos talentos sumados.

Por el bien de todos, espero que gire y dé muchas vueltas. Es una de esas piezas que van ganando en el recuerdo a medida que pasa el tiempo.
P.J.L. Domínguez

          

jueves, 24 de enero de 2019

MESTIZA

Sala: Teatro Fernán-Gómez Autora: Julieta Soria Director: Yayo Cáceres (dramaturgia: Álvaro Tato) Intérpretes: Gloria Muñoz y Julián Ortega (músicos: Manuel Lavandera y Silvina Tabbush) Duración: 1.10'  
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que ya no está en cartel)


POR FIN, una foto que da idea cabal de todo. Es de David Ruiz.

SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio: 

Hay mucho aquí dentro, bastante más de lo que uno espera a partir de la sinopsis: un encuen­tro entre Tirso de Molina y Francisca Pizarro, la hi­ja del conquistador y de una princesa inca. Como siempre en el buen teatro, todo lo que está al fon­do se metaboliza sin el menor esfuerzo. Los alega­tos contra la discriminación –de género, racial, de clase– no acaban en panfleto, como tantas veces ocurre. Bien al contrario, el espectáculo se presen­ta como un objeto de divertimento, entretenido y amable, cuyas cargas de profundidad el especta­dor decodifica por su cuenta.


El estilo de Yayo Cáceres es bien conocido, pero es preciso subrayar que –de lo que le he visto– esto es lo más redondo. La pieza de Julieta Soria tiene el atractivo de bucear en nuestro pasado –siem­pre presente– americano, un filón de tramas que la ficción explota poco (y el término de comparación son las demás expotencias coloniales europeas). La mezcla de texto, música en directo y discretas licencias de humor actual e interpelaciones al pú­blico funciona de miedo, porque no en vano la en­cargada de llevarlo todo a puerto es Gloria Muñoz, que nunca ha dado puntada sin hilo. Su recital tie­ne el apoyo de Julián Ortega, otro que tal baila, actor todoterreno que las pone todas en su sitio. Excelente la música de Lavandera y Tabbush. En resumen, le alegran a uno la vida.

Y alguna cosilla que no cabía:
(si quiere saltarse el rollo y llegar directo a la crítica, pase de los cuatro primeros párrafos, puede leer desde "bingo")

Contra lo que casi todo el mundo opina, nunca -hasta ahora- había encontrado el punto a Cáceres. Me refiero a Yayo Cáceres, no a la capital homónima. No sé si se encuentran a menudo en ese brete de no entender nada de lo que ocurre a su alrededor. Yo acabo de repasar las opiniones sobre Crimen y telón que Ron Lalá tiene colgadas en su página y no abro la boca de asombro porque suelo evitar la sobreactuación cuando estoy solo delante del ordenador. Que si no... Se las copio:

Ron Lalá ha alcanzado la cima. El espectáculo es redondo. Cinco estrellas de obra maestra (Javier Villán, El Mundo) / Una gozada. Estos espadachines de la transversalidad trenzan lo culto y lo popular en un discurso divertidísimo (Juan I. García Garzón, ABC) / La compañía demuestra otra vez un talento sin parangón entre los nuevos creadores (Raúl Losánez, La Razón) / Los ronlaleros bordan el final más redondo de su carrera, que deja boquiabiertos a los espectadores (Marcos Ordóñez, El País).

A mí aquello me pareció tan, pero tan malo, y las opiniones ditirámbicas son tan unánimes, que tengo que admitir -siquiera como hipótesis- una aversión natural que tenga yo instalada en algún lugar de las conexiones sinápticas. ¿Saben lo que ocurre con el cilantro? Al parecer, un porcentaje de la población es incapaz de asociar su sabor con una sustancia comestible y le repugna de forma invencible. De ahí deriva su nombre, que aludiría en griego a su infecto olor. ¿Cómo sé esto? Aparte de mi tendencia a almacenar información inútil, porque me pasa a mí, y estaba harto de sostener ante impávidos consumidores de la hierba que aquello olía a limpiador industrial. Pues bien: tiene un motivo genético. El cilantro no huele ni sabe igual para todo el mundo. Lo mío con Ron Lalá debe de ser algo así, porque también Cervantina me pareció una tontería (ahora me agacho para esquivar las pedradas). Como esta tarde estoy un poco más pusilánime que de costumbre, voy a admitir que todo el mundo tendrá razón y que lo mío será genético. Una tara como cualquier otra. Ya batallaré otro día.

Todo esto viene a que me fui a ver Mestiza rogando a los dioses que me gustara. Alguna vez les he contado que mantener una constante opinión negativa sobre el trabajo de alguien puede resultar desagradable para el criticado, pero no lo es menos para el crítico. Ya saben, las lindes entre lo personal y lo profesional, y todo eso. Entré al teatro cruzando los dedos.

BINGO. Hay motivos objetivos para que la pieza me haya gustado (y bastante), a diferencia de los ejemplos citados más arriba. El texto es más... ¿diremos "serio"? Me encanta el teatro cómico (llevo una temporada empezando a considerar seriamente si los logros cómicos de la literatura no son superiores a los dramáticos), pero es obvio que la comicidad de Ron Lalá -me pasa lo mismo con José Mota- no atraviesa mis meninges. Rimas simplonas (no hay vacuna ni aspirina que quite la cervantina), slapstick por aquí, canciones naif por allá... Esto de Soria (tampoco es una capital, es Julieta Soria) se mueve en un terreno más realista, próximo a esos encuentros entre personajes históricos que tanto le gustan a Flotats

Y, claro, el tema ha dado con una veta de oro. La riqueza simbólica de -nada menos- la hija de Pizarro y una princesa inca es difícilmente superable. Como apuntaba en la crítica en papel, el envoltorio del personaje está compuesto de muchas capas. En primer lugar, es una mujer en el siglo XVI, y no les tengo que explicar que la cuestión de la condición femenina está más en boga que Rosalía (afortunadamente). Después, un personaje de alcurnia situado en el centro de las tensiones y las luchas por el poder y la riqueza. Pero, además, es el testimonio hecho carne del choque de dos mundos: alientan en ella la respiración del conquistador y el conquistado, del ave rapaz y de la presa. Todo son contradicciones en el interior de Francisca. Orgullosa de ser una Pizarro y desgarrada por la pérdida de su madre. Castellana de la cabeza a los pies y nostálgica del quechua desvanecido entre las nieblas de la infancia. Todo eso se desprende del texto de Soria con naturalidad, sin la menor cercanía a la lección de historia o a la didáctica de la moral en la que se convierten con frecuencia este tipo de intentos. El humor, el sosiego, rezuman drama. En el buen rendimiento de los intermedios cantados (por cierto, qué bien canta Ortega) o de los paseos por la platea alguna parte tendrá tambien Álvaro Tato, a quien el programa asigna el crédito de la "dramaturgia".

La riqueza de lecturas y significados de un cataclismo de las dimensiones de la conquista de América tiene, ya lo decía en la Guía, una presencia extrañamente escasa en nuestra cultura. Me voy a poner bruja Lola. Hace más de veinte años le largaba a todo el que me quisiera oír que me parecía incomprensible el nulo uso que nuestra ficción televisiva hacía del pasado reciente (pongamos desde el XIX hasta mediados del XX), mientras en otros países europeos (Francia, Italia, Reino Unido...) se lo encontraba uno hasta en la sopa. Esa anomalía se acabó. Ahí tienen los puentes viejos, las acacias, las galerías Velvet, las chicas y los cables. Pues bien, el pasado imperial (por el que transitamos poquísimo desde aquellos tiempos de Alba de América, En Flandes se ha puesto el sol o Jeromín) debe de estar a punto de aterrizar en nuestro presente. He dicho.

Cáceres ha plantado esta historia en una escenografía sencilla y molona de Carolina González (sabe sacar partido a la sencillez, lo hizo en El mercader de Venecia de Vasco, muy bien iluminada por Miguel Ángel Camacho (un tipo que no patina nunca). Si no se fijan bien, lo que hace Gloria Muñoz les parecerá una cosa ligera y simpática. El RESULTADO es ligero y simpático, pero eso es siempre complicadísimo de lograr. El trabajo que se tiene que marcar no es ni ligero ni simpático, sino jorobado y meritorio. Siempre que la cito les enlazo El señor Ye ama los dragones, porque es uno de los mejores recuerdos de todo el teatro que llevo casi veinte años viendo en Madrid. No sé si saben que Julián Ortega es su hijo, y es de aplicación lo del palo y la astilla. También da la sensación de la fluidez, de la facilidad con la que todo sale. Talento y oficio.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 28 de noviembre de 2015

EL MERCADER DE VENECIA

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: William Shakespeare (versión de Yolanda Pallín) Director: Eduardo Vasco Intérpretes: Arturo Querejeta, Toni Agustí, Isabel Rodes, Francisco Rojas, Fernando Sendino, Rafael Ortiz, Héctor Carballo, Critina Adua, Lorena López y Jorge Bedoya Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

El mercader de Venecia es una obra compleja, que yuxtapone acciones y emociones graves (envidia, odio, venganza) y una trama ligera, de amoríos y engaños. Nunca lo sabremos con seguridad, pero quizá al público de la época le resultaba menos violenta que a nosotros la cercanía entre el drama del judío –a quien destrozan la vida- y la rechifla con la que es urdido. Vasco carga las tintas del contraste, llevando algunas escenas livianas hacia la farsa desatada (Príncipe de Aragón con máscara de Comedia del Arte y acento paródico) o al humor apayasado (las idas y venidas en góndola). Es, sin merecer condena taxativa, quizá lo más objetable de la puesta en escena.


    Sin embargo, el grueso de la función se beneficia de la elegancia característica del director, maestro en la concertación de música (un piano en escena), vestuario (Caprile), iluminación (Camacho) y escenografía (gran rendimiento en su sencillez, la firma Carolina González). Querejeta es un Shylock al que comprendemos, no un monstruo de maldad irracional. Suyo es el mérito de que el personaje mantenga una cierta grandeza oscura y no desentone en medio del pitorreo. En un final felizmente añadido, él es quien cierra la historia tirando con estrépito una balanza al suelo: el comentario que a nuestra época le merece este remedo de justicia. Francisco Rojas le da la réplica a su altura.

Y lo que no cabía allí:

1.- Si sigo unos años escribiendo estas cosas, llegará un momento en que no hará falta que me lea nadie. La elegancia, no hay vez que no la saque de paseo si tengo que hablar de Vasco. Pues perdonarán, pero es que me resulta inevitable. Yo no tengo la culpa de que sea elegante siempre. Estoy recordando La fuerza lastimosa con Noviembre Teatro o Las bizarrías de Belisa con la Joven Compañía Nacional de Teatro (un montaje hecho con unas pocas sillas y punto, ¿lo recuerdan?). Es elegante hasta cuando le salen más las cosas. Miren la Hedda Gabler, tan poco conseguida, pero tan hermosa de mirar. Por eso repite muchos los colaboradores, porque se tienen pillado el punto (esto era un modismo hace tres o cuatro mil años, pero ya no sé ni si se entiende): Camacho ilumina el Mercader, y es una contribución de relieve al resultado de conjunto. Un conjunto que da gusto ver. La escenografía se limita, durante la mayor parte de la obra, a una tarima alargada y con patas, colocada inicialmente en paralelo a la línea imaginaria de proscenio y que luego los actores hacen girar a capricho. El propio mueble es hermoso, con aspecto sólido y elegancia (hala, ya salió otra vez) antigua, y es explotado a conciencia.

2.- Destaqué en la crítica en papel a Querejeta y Rojas, pero no me cupo Lorena López, que se maneja a maravilla en el breve papel de Nerissa: simpática, espabilada, un pelín burbujeante. Tengo la sensación de haberla visto en algo, pero por más que busco no doy con ello. Todos los demás están integrados con efecto coherente, excepto – diría yo- Agustí, que tiene a su cargo a Bassanio: masca, separa frases, multiplica los subrayados… Quise verlo en Penev, pero se me pasó. Lo vi en Platonov, pero no lo recuerdo. Así que es posible que tenga otras formas de hablar. Si es un efecto buscado (el tipo tiene que ser un poco chulito), a mí me parece que no funciona.

El montaje no se detiene en la atracción que Bassanio ejerce sobre Antonio. No hace falta ser muy espabilado para entender que tanta amistad de un señor de mediana edad (soltero para más señas) por un jovenzuelo alocado es difícil de concebir exenta al cien por cien de otro tipo de atracción. No me vengan con lo de que nuestra época ve homosexualidad por todas partes, porque eso que, otras veces, es perfectamente cierto, no parece de aplicación. En primer lugar, no estamos hablando de ambientes estrechos que, a base de eliminar las impurezas de la vista, terminan por conseguir galácticas ingenuidades (como aquélla, proverbial, de la censura convirtiendo a los amantes de Mogambo en hermanos, porque no podía ni imaginar una lectura incestuosa). Shakespeare escribía en un lugar y una época que no cerraban los ojos a la pluriforme actividad humana. Y el propio autor era sensible a los encantos de una y otra acera, así que es difícil sostener que su Antonio no mire con ternura a Bassanio. Es posible que Rojas haya incorporado algún matiz de este tipo, pero a mí se me escaparon, y creo que la función gana con ese subtexto (que bien queda poner “subtexto” de vez en cuando). Eché de menos alguna mirada intensa.

3.- Hay un excelente fotógrafo, Enrique Toribio, que hace –entre otras muchas cosas- series shakespearianas, y que tiene una sobre el Mercader. Echen un vistazo a las fotos, porque no tienen desperdicio.


4.- Me niego a hablar de si Shakespeare fue o no antisemita, porque me saca de mis casillas que, en estas cosas, estemos como en lo peor del proceso a Flaubert. A ver, niños: lo que hagan, digan o piensen los personajes no es lo que hace, dice o piensa el autor. Esto, que parece el abecé, es una cosa que los seres humanos no terminamos nunca de asimilar. No soporto la narrativa de Vila-Matas, pero tolero sus columnas. Hablaba esta semana de Alejandro Rossi, y lo recordaba diciendo “Cuántas veces la crítica literaria –aun la mejor- olvida la escritura y sólo busca al autor” […] El autor sería el único personaje interesante”. El mismo Vila-Matas tenía que recordar dos días más tarde (en El País del 26) que su yo literario es un personaje inventado. Es como si, a fin de cuentas, fuéramos un gigantesco Sálvame con alguien vociferando “Sí, sí, está muy bien todo esto de Shylock y Antonio, pero ¿William? ¿William era antisemita o no? ¿Y era gay o no era gay?”. De más está recordar que William habló por boca de antisemitas y judíos, adúlteros y ejemplos de pureza, espíritus abnegados y ratas, asesinos y víctimas, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales. Ah, y también –pequeño detalle- que la obra contiene –en el celebérrimo monólogo de Shylock- uno de los más altos alegatos por la igualdad jamás escritos. Si fue antisemita, aún sería más admirable la capacidad para ponerse en el lugar del otro y hablar con coherencia desde ese lugar.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 3 de mayo de 2015

HEDDA GABLER

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Henrik Ibsen (versión de Yolanda Pallín) Director: Eduardo Vasco Intérpretes: Cayetana Guillén Cuervo, Ernesto Arias, José Luis Alcobendas, Verónika Moral y Charo Amador Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)




Quizá sea obligatorio comenzar cualquier comentario sobre Hedda Gabler subrayando su sorprendente frescura. Esta gente va con nosotros a trabajar, nos los encontramos en la puerta del cole de los niños y cenamos con ellos los viernes, ya saben, plan de parejas. La última de las numerosas adaptaciones al cine es de 2014. Por eso está tan bien traído el comentario de Vasco en el programa de mano acerca del estupor que debió de invadir al público madrileño allá por 1901. Los personajes no llegaban de Noruega, llegaban del futuro (como aquella individua plateada de los anuncios de lejía), y traían noticia de todos los problemas nuevos ligados al bienestar (hay que tener tiempo libre para plantearse la realización personal como un problema) y a la disolución de las sociedades tradicionales: la neurosis, la angustia. Teatro escrito cuando la modernidad ya había llegado, pero los sicofármacos aún no habían sido inventados. Hoy en día, Hedda desfogaría su insatisfacción en el gimnasio, la sublimaría en algún trastorno alimenticio o la sobrellevaría a lormetazepán limpio. O las tres cosas a la vez. El único que recurre a alguna sustancia es el pobre Lovborg, que sólo encuentra alcohol a mano. Las opciones eran pocas, y sólo se las podía dosificar uno mismo. Mal asunto. Son los decenios en los que irrumpen la absenta, el opio y la morfina en la literatura, y la explicación freudiana en la visión del mundo. Está bien ver esto y el Maeterlinck del Valle Inclán a corta distancia: mismas zozobras, distintas lecturas.

He mirado mi crítica de El malentendido de 2013, y encuentro que hay un párrafo que estaba a punto de escribir otra vez, así que acabo antes copiándolo: Vasco tiene un talento notable para la creación de atmósferas. Es uno de nuestros directores de escena que mejor combina la interpretación, lo visual y el sonido (no en vano pasa por ser el inventor de la expresión "espacio sonoro") en un mensaje único que impacta al espectador por todos los flancos. Lo ha vuelto a intentar ahora, y, como en El malentendido, el intento ha fallado. No es una catástrofe, pero no funciona. Por diversos motivos:

El envoltorio estético. O sea, escenografía, vestuario, música… Uno entiende hacia dónde se quería ir, pero no se llega. El aspecto visual de la escena es potente (no encuentro fotos): una gigantesca cortina central, más alta que ancha, con diseño geométrico decó; el escenario se desparrama por delante en un ancho escalón que recorre toda la anchura del proscenio (donde se sienta Cayetana en la foto de arriba) y se estrecha a media profundidad, dejando ver al fondo un espacio con unas sillas en el que esperan a veces los actores que salen de escena (en la foto se adivina uno de los respaldos); todo, salvo cortina y sillas, es negro, suelo brillante, paramentos mates; un piano de media cola. Todo esto está bien, es hermoso (aunque algo diremos luego sobre la excursión de las sillas hacia la zona exterior y su uso ahí delante). Es cierto que el gran espacio vacío y la alta verticalidad de la cortina -y la frecuente ubicación de los intérpretes en los bordes, sea en el proscenio, en ambos extremos laterales o al fondo cuando no les toca parte- crean una sensación de aplastamiento de los personajes que puede incluso leerse en sentido metafórico: están metidos en una situación demasiado grande para su capacidad de maniobra o de cambiar el curso de las cosas. No me pareció que la exageración de estas dimensiones vacías incidiera negativamente en la función (al contrario que en El malentendido, frigorizada por el espacio gélido y gigante). Hasta aquí lo que va bien.

La chaqueta de Tesman.
El vestuario es un desastre. Caprile ha hecho cosas estupendas con el mismo Vasco (por ejemplo, Las bizarrías de Belisa o el propio Malentendido, en el extremo opuesto de sencillez y discreción). Aquí hay alguna pieza excelente, pero ni casan entre sí ni encajan con el relato. Empecemos por lo más espectacular: Hedda. Aparece en escena pirotécnica, con las hechuras de Cayetana Guillén Cuervo, con ese vestido de la foto, veinte centímetros de tacón (no exagero) y una melena de ondas como esculpidas en su fijeza (la melena hace un curioso efecto de solidez, como si fuera de cera) y de un rubio intenso que adquiere matices de oro viejo bajo algunos efectos de iluminación. Espectacular, ya lo he dicho. Y todo muy apropiado... si la protagonista tuviera que sustituir a Mónica Naranjo en una actuación en Pachá. El aspecto no se habla con el personaje de Hedda ni con la ambientación de conjunto. Que, por cierto, no existe. Yo no fui capaz de percibir una intención común, ni visual ni de época concreta; el vestido de Hedda (también el negro que se pone después) podría encajar con la intención aparentemente Decó o Secesión o similar. El de la tía es el único que se ajustaria quizá a lo que esperaríamos de la época de escritura de la pieza. Los trajes de Brack y Lovborg no tienen connotación temporal, casi podrían ponérselos ahora. Tesman se pasea por casa ataviado con unas gafas y una chaqueta mostaza que le hacen parecer Cary Grant en una de esas comedias amables de los años cuarenta. Y el vestido de Thea... el vestido rosa de Thea es sencillamente horroroso, y le sienta como un tiro. Vale, esta pobre mujer es todo lo contrario de la elegante Hedda, y eso se habrá querido decir con este vestido. Pero en teatro la justificación no basta. Si lo que el espectador piensa en la entrada del personaje es "buf, qué vestido más horroroso", no hemos contribuido a la composición del carácter, sino a expulsar de la ficción al espectador. Algún día hablaremos más sobre esto.

El publico no tiene por qué ser especialista en vestuario histórico. Ni yo lo soy, obviamente. En teatro, las cosas no tienen por qué ser esto o aquello, sino parecerlo. Esto no parece ninguna época concreta. La pretensión podría ser la de poner en escena un muestrario de prendas de épocas distintas (como en aquel otro contraejemplo de Las dos bandoleras), pero tampoco se lee con claridad nada de eso. Sólo se percibe un desorden que molesta a la comprensión general.

Nos faltan, en este apartado, el pianista y su moño. Hay música en directo. No está mal. Aunque su función no parece justificar la sobreexposición de un pianista puesto en la mitad del medio, vestido (en medio de un montaje de vocación evidentemente esteticista) con un trajecito como de salir del paso y peinado con uno de esos horrendos moños ahora de moda para recoger en lo alto las melenas masculinas y que les dejo adivinar cómo se integra con todo lo demás (desde la cortina hasta la melena de Cayetana, pasando por el sombrero de la tía o el bolso de Thea). Pero aún es peor, como leerán en el párrafo siguiente.

La coreografía. Aquí, a medio camino entre lo puramente estético y la interpretación, algunas frases sobre el movimiento. Primero el pianista, ya que estábamos en ello. Además del traje y el moño, tiene que entrar y salir. Sus movimientos por ahí en medio no pintan nada. Hay un momento cumbre: ahí está la encantadora Hedda incitando al suicidio a Lovborg. El pianista se levanta de su sitio, se acerca, los zapatos chirrían ("esos zapatos están pidiendo Nugget a gritos", ¿se acuerdan?), le entrega a ella el manuscrito previamente escondido en el piano. Si la intención era destrozar la escena, el objetivo se alcanza con creces. Por Dios, la sala debe estar enganchada con fruición a la mirada de ambos, nada debe distraer la atención. Y menos el tipo del moño.

Hay otros extraños amaneramientos difíciles de comprender desperdigados por aquí y por allá. Hedda y Thea se enroscan de una manera tan forzada que les aseguro que el público se intercambiaba miradas a mi alrededor. Hay foto: pueden admirar la envidiable flexibilidad del talle de Cayetana. Hedda y Lovborg mantienen una de sus conversaciones arrodillados, uno a cada lado de la banqueta del piano. También muy natural. Hedda va sacando las sillas del fondo (¿Una por cada final de acto? No me atrevería a asegurarlo, me di cuenta demasiado tarde para fijarme bien) sin que se entienda qué aportan... hasta que, al final, Tesman y Thea se construyen una casita como ésas que hacen los niños en el salón para jugar a indios y vaqueros (ahora ya no, ahora sólo dan a teclas y botones), y se parapetan detrás para empezar a trabajar suficientemente alejados de la acción principal. Las sillas dieron a Vasco mucho juego en las mencionadas Bizarrías, pero la casita es ridícula.

La interpretación. Llevábamos un ratito de función y me susurra JM: "Prueba a cerrar los ojos. Parece radioteatro". En efecto. JM acierta siempre. La interpretación está completamente impostada, desde la primera frase. Ese registro sólo se modifica cuando entra en escena Alcobendas, que está -milagrosamente, no sé cómo lo consigue- en una zona mucho más natural, y que consigue incluso tirar un poco hacia abajo de la protagonista. También Verónika Moral se salva de la quema en buena parte (no puedo jurarlo, pero diría que tengo un buen recuerdo de ella en Violines y trompetas y Amar en tiempos revueltos). Guillén Cuervo no se aparta prácticamente en ningún momento de un tono monocorde y sostenido que va sirviendo lo mismo para un roto que para el proverbial descosido (y perdonen el pareado). La única excepción es algún sollozo. Nada entendemos de lo que lleva por dentro esta mujer para hacer lo que hace a los demás y a sí misma.

Resumen: no es un desastre, nadie se aburre, pero la función está lejos de ofrecer tanto una lectura profunda del texto como un espectáculo visual a la altura de otras realizaciones de su director.

Ah, que me lo dejaba: muy bien iluminada por Miguel Ángel Camacho.
P.J.L. Domínguez