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viernes, 24 de junio de 2016

LA TEMPESTAD

Sala: La Puerta Estrecha Autor: William Shakespeare (no encuentro al autor de la versión) Director: César Barló Intérpretes: Sayo Almeida, Míriam Cano, Roberto González, Pablo Huetos, Emilio Lorente, Rafa Núñez, José Gonzalo Pais, Javi Ródenas y Eva Varela Lasheras Duración: 2.00''
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

José Gonçalo Pais, vestido por Karmen Abarca. No lo juzguen exagerado, es
Ariel. ¿Quién sabe cómo se visten los genios? 


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Vi una de las primerísimas representaciones de esta Tempestad, y me dio la sensación de que algo estaba por terminar, de que en alguna escena faltaba el nervio que recorre el resto. Pero la intensa vibración subterránea que hace palpitar la puesta en escena me convenció de que se iría redondeando en cada función.

    
El rasgo más peculiar de la propuesta es, quizá, el uso de todos los espacios de La Puerta Estrecha, algo que Cortizo hizo ya en la memorable Este sol de la infancia. Pero aunque el aprovechamiento escenográfico de cada rincón (Sánchez y Fou) es, desde luego, una baza importante, el mayor atractivo de la excursión a la isla mágica reside en la dirección de actores y la interpretación. 

No puedo mencionarlos en detalle, pero ver a Eva Varela Lasheras (Próspero) y José Gonçalo Pais (estrepitoso Ariel vestido con brillantez por Karmen Abarca) trabajar juntos justifica sobradamente el viaje. En este Madrid, repleto de talentos escondidos, son dos gemas escondidas en estuches de modestia. Quien se perdiera a la primera en Cenizas a las cenizas o A puerta cerrada y al segundo en De noche justo antes de los bosques tiene ahora posibilidad de resarcirse. 

Y lo que no cabía allí:
Hace unos años, mi Shakespeare favorito era Romeo y Julieta. Luego pasé por Hamlet y -aunque tras lo de Donnellan, creo que he conseguido asimilar la grandeza de Medida por medida- ahora me quedo con La tempestad. Ya sé que estas frases parecen salidas del cuestionario de un concurso de misses, pero ¿qué quieren? Ya que nadie me admira por mi inteligencia que lo hagan al menos por mi físico. 

Mientras escribía esa bobada he recordado que mi predilección por La tempestad empezó, probablemente, en una representación al aire libre vista en Nápoles en 2008. Viaggio, naufragio e nozze di Ferdinando, principe di Napoli, la tituló Carlo Presotto. Se suele abusar del adjetivo "mágico", pero no se ocurre nada más certero para describir aquel anochecer en el centro del mundo (Nápoles es el centro del mundo, por si no lo sabían) en medio de esa historia de (precisamente) magos, genios listos o torpes, doncellas ingenuas y príncipes honestos o traidores.

 Carlo Presotto. Algo hay que parece indicar que estamos ante un tipo
interesante... Ah, sí. Las orejas. Es el encabezamiento de su página.

Precioso cartel de José
Gonçalo Pais.
¿Aprecia uno más una pieza después de un determinado montaje? Sin duda. Pero seguro que la edad tiene también bastante que ver. Fíjense en que Romeo y Julieta y Hamlet podrían ser descritas como un catálogo de los sentimientos de la adolescencia (el deslumbramiento amoroso) y la juventud (la rebelión contra la corrupta realidad). Tanto Medida por medida como La tempestad exigen una mirada más experimentada, unas entendederas que hayan tenido tiempo de asumir la incómoda verdad: que entre esos grandes y trágicamente antitéticos términos de las primeras (tengo su amor o me muero, me someto o me los llevo a todos por delante) cabe una enorme gama de matices, componendas y medias tintas. Tintas con las que nos las tenemos que ver los seres humanos durante toda la vida. En fin, terminemos este párrafo lleno de lugares comunes con uno bien gordo: La tempestad es una maravilla. Viva Perogrullo.

La gente que la ha montado ahora se llama Almaviva Teatro. Tengo la mala costumbre de no mencionar el nombre de las compañías, quizá porque son entes gaseosos en constante metamorfosis, algo que descoloca a espíritus clasificadores como el mío. No obstante, es una información relevante: de manera más o menos fluida -la estabilidad de lo que llamamos compañía es muy distinta de unas a otras- a menudo es evidente una cierta continuidad ético-estética. De Almaviva he visto sólo La noche justo antes de los bosques, en una versión notable que interpretaba José Gonçalo Pais. Se me quedó en eterno borrador.
* * *
Esto del público itinerante tiene siempre sus pros y sus contras. O, mejor dicho, un pro y una contra que son dos caras de la misma moneda. Introduce un elemento más de amenidad que contribuye al pulso esencial de toda función, que es distraer (RAE 2: Divertir / Entretener), pero representa, a la vez, una amenaza de dispersión, un estímulo que puede distraer (RAE 2: Apartar la atención de alguien del objeto a que la aplicaba o a que debía aplicarla) la atención del espectador. Esta itinerancia por los espacios de La Puerta Estrecha compite, impepinablemente, con el recuerdo de la deslumbrante Este sol de la infancia, y aguanta bien la comparación, porque es radicalmente distinta. Aquella era polvorienta y feísta, de un polvo y una fealdad cercanas a La Zaranda. Ésta es luminosa y festiva, como corresponde a este texto que tanto se acerca a las fábulas tradicionales en su exaltación de lo bueno. Se aprovecha algún rincón insospechable, (como el arranque de una escalera, con Ariel empotrado en el hueco tapizado convenientemente. Ver foto:


(Sí, la parte que toca a Ariel del vestuario de Karmen Abarca es espectacular). O el pequeño patio de vecindad que, con algún añadido escenográfico, permite colocar al aire libre la escena del encuentro de la pareja joven. Es una de las que más flojas estaban en mi función (a pesar de una lluvia fina que aportaba verosimilitud), pero seguro que se ha ido centrando. 



Sin embargo, el mejor aprovechamiento escenográfico es el del último de los espacios, una sala rectangular en uno de cuyos extremos se ha dispuesto un plano inclinado (con micrófonos, esta temporada no hay funciones sin micrófonos, la última semana los he visto en Perplejo y Lorenzaccio) y que tiene en el opuesto una trampilla por la que entran varios personajes. Próspero espera oculto en las alturas, desde donde desciende por una escala adosada a la pared. Arriba, abajo, delante, detrás. Todo esto lo han urdido Rosa María Sánchez y Jacobo Fou. 
* * *
Eva Varela Lasheras, gran actriz. Y gran foto de Bruno Rascao. 
Mencionaba en la crítica en papel a Eva Varela y José Gonçálo Pais, que son dos pesos pesados. Pero quiero añadir a Javi Ródenas (Calibán), Sayo Almeida (Sebastián / Trínculo) y Rafa Núñez (Antonio / Estéfano). La tempestad es un interesantísimo trabajo de grupo que, como decía en la Guía, seguramente ha ido creciendo.

Mañana veo otro Shakespeare, los Trabajos de amor perdidos de Rodrigo Arribas. Ya les contaré.
P.J.L. Domínguez
          
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martes, 19 de mayo de 2015

RAÍCES TRENZAS

Sala: La Puerta Estrecha Autor y director: Jorge Sánchez Intérpretes: Marta Cuenca y Sauce Ena Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Sauce Ena y Marta Cuenca
Ésta fue mi critica en la Guía del Ocio:

 A Jorge Sánchez le vi hace casi diez años Nadar abraza: una pieza impregnada del aroma de Raymond Carver y, por tanto, de carácter muy literario, pero trufada de recursos extratextuales. Esto responde a parecido esquema, aunque quien todo lo empapa es Borges. Se funden -en una nebulosa no lineal de hechos interconectados- Tema del traidor y del héroe y La muerte y la brújula. El protagonista del primero, Kilpatrick, es quien urde los acontecimientos en la sombra. Como en el segundo, los lugares de los distintos crímenes dibujan una figura geométrica en un mapa.


    Con esas cajas chinas borgianas desmontadas y remontadas por Sánchez autor, Sánchez director (y escenógrafo e iluminador) ha orquestado un ejercicio de estilo ateniéndose a un pequeño catálogo de recursos combinados una y otra vez de forma distinta (algo muy borgiano también): se enciende esta luz, se apaga aquélla, todo a negro; ponemos música, la quitamos; las paredes perforadas a puñaladas escupen tierra, pero también una botella o un libro, y hasta pueden ser el paso de una a otra historia, de uno a otro tiempo. 

En el centro de este mecanismo de relojería, Marta Cuenca y Sauce Ena saltan del thriller al drama o al mundo de la infancia, y lo hacen sin pestañear, soltando el texto impecables mientras manipulan objetos, ropa, pelucas, interruptores, teléfono… Para espectadores poco convencionales.

Y lo que no cabía allí:

1.- Lo peor de la función es, con diferencia, el título, que hace venir a la memoria inmediatamente un nombre de champú: Raíces y puntas. Es un problema menor. Bueno, ni siquiera es un problema.

2.- Detrás de esto está La cantera, que ha producido últimamente Líbrate de las cosas hermosas que te deseo, que se me escapó, y Famélica, que no se me va a escapar ("a Dios pongo por testigo...", etc.). Tiene una pinta estupenda, aunque esto de las pintas sea a menudo engañoso. Mis habituales saben que tengo una relación complicada con el teatro de Mayorga, pero -haya salido lo que haya salido- no creo que su colaboración con Jorge Sánchez vaya a producir(me) indiferencia.

3.- Borges. Esos que acabo de llamar "mis habituales" -vaya apelativo falto de elegancia- recordarán quizá algo que he dicho otras veces, pero como bastantes de ustedes son nuevos, lo repetiré. No me malinterpreten, si tuviera que elegir diez libros para la proverbial isla desierta, probablemente incluiría sus obras completas, que caben en dos y que llevo media vida releyendo. Me hipnotiza, Borges. Sin embargo, no he conseguido todavía llegar a una opinión definitiva. No sé si es gran literatura -en el sentido en el que Balzac o Hugo lo son- o sólo una exquisita rareza tan exactamente acoplada a la época -o a nuestros gustos, díganlo como quieran- que nubla nuestro juicio, pero que la posteridad se limitará a contemplar sin comprender. Un creador de alegorías, un Kafka castellano. Una sofisticada finta intelectual comparable a aquellos juegos de simbolos y emblemas al que tan aficionado fue el barroco, y que ahora nos resultan marcianos. En cualquier caso, han pasado ya casi treinta años desde su muerte, y no parece que la fascinación decline. Ni la mía ni la general.

4.- Aquí quedaría estupendamente lo de "seguro que a Borges le gustaría esta paráfrasis si pudiera verla". Incluso "seguro que a Borges, esté donde esté, le habrá gustado esta paráfrasis". Son trucos de plumilla, pero vaya usted a saber qué puñetas habría pensado Borges. A este admirador de Borges le ha parecido que la inspiración borgiana está muy bien aprovechada. Algo dije en la crítica en papel, pero hay que condensarlo tanto que a veces me pregunto si me entienden. Es la vieja cuestión del fondo y la forma: podríamos trasvasar los temas de Borges a cualquier contenedor formal. Por ejemplo, escribir una simple versión dramatizada de Tema del traidor y del héroe. La gracia del invento de Sánchez está, sin embargo, en exasperar los procedimientos del modelo: entrecruzamiento de géneros "en un sistema apretado de correspondencias, referencias y citas internas". Esto lo dijo así Carolina Depetris, argentina como Borges y Sánchez, que para eso es tan fina. Yo lo diría más llano, que para eso soy tan básico: es como si la maquinaria original se hubiera pasado de vueltas, y los saltos se produjeran a mayor velocidad y de forma aleatoria.

Los saltos: arriba del todo son dos niñas tocando instrumentos de juguete. Aquí,
dos mujeres metidas en una extraña trama de misterio.
5.- Lo que acabo de llamar "los saltos" volvería tarumba a cualquiera. De ahí el adjetivo "impecables" que usé en la crítica en papel para Sauce Ena y Marta Cuenca: saltan con precisión, cambian de registro como máquinas programadas. Me gustaría ver si el efecto es, como supongo, prácticamente idéntico en todas las representaciones. Pero estoy yo de agenda como para repetir función.

6.- Última mención para la iluminación, que también es de Sánchez. La luz está encomendada a distintas lámparas diseminadas por el escenario, algo entenderán en la foto de arriba. Algunas son manipuladas por las propias actrices. El resultado es muy imaginativo, muy eficaz. Less is more, al menos en este caso. 
P.J.L. Domínguez
          

martes, 18 de marzo de 2014

TÉTRADA

Sala: La Puerta Estrecha Autor: Harold PInter (versiones de Eva Varela de las piezas Con precisión, Una especie de Alaska, El nuevo orden mundial y Estación VictoriaDirectora: Eva Varela Lasheras Intérpretes: José Gonçalo Pais, Samuel Blanco, Sayo Almeida y Eva Varela Lasheras Duración: 1.10'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Varela, Pais y Almeida.

Comentario de un amigo: "Pinter marciano, Varela marciana, debe de ser una marcianada. Me gustaría verlo". Me apresuro a señalar que, en nuestro idiolecto, "marciano" y "marcianada" están desprovistos de connotación despectiva. Si acaso, más bien al contrario. 


Les hago notar que no tenemos vocabulario para distinguir, sin recurrir a las perífrasis o a las negaciones, las cosas que están a uno y otro lado de la raya que separa a los artefactos artísticos tradicionales, convencionales, clásicos... -ya empezamos, llámenlos como quieran- de los que no lo son. ¿Y estos últimos? Amontonemos: vanguardistas, rompedores, no-convencionales, no-lineales (en las artes de la palabra), no figurativos (en las plásticas), atonales (en la música)... Pero no hay manera, no hay término preciso. En musica, por ejemplo, algo puede ser radicalmente no-convencional, pongamos las Variaciones para una puerta y un suspiro de Pierre Henry, sin ser atonal (palabreja que, hablando con propiedad, sólo es aplicable a músicas que usan escalas de sonidos afinados, y no ruidos). Si enseñan a un niño un Velázquez y un Rothko dirá que el segundo es raro. Lo mismo dirá un espectador no resabiado si le piden que compare a Arniches con Ionesco. Ionesco es raro. Pero... ¿quieren decirme cuál es el adjetivo con un mínimo prestigio intelectual que describe y engloba a todo lo raro? Muy simple. No existe.


Valera Lasheras en La extracción de
la piedra de la locura.


Así que "Pinter es marciano" quiere decir "Pinter nunca escribió La malquerida". Y "Valera es marciana" significa "Valera nunca dirigirá Las Leandras". Abundemos: la vi en un monólogo titulado La extracción de la piedra de la locura con el que poca gente se atrevería en este planeta, no sé en otros. En esta acepción, marciano engloba también, por ejemplo, a Hugo Pérez e Irina Kouberskaya, y marcianada a su espléndida Bernarda Alba, ahora en el Español. Son marcianos de otro Marte distinto.

También la vi hace unos meses en otro maravilloso Pinter que Rodolfo Cortizo dirigía y que ambos interpretaban: Cenizas a las cenizas. Es una actriz de raza, con un poder de convicción sin fisuras. Para dirigir, ha elegido cuatro piezas. Dos breves -Una especie de Alaska y Estación Victoria- y dos brevísimas, que no creo que lleguen ni a los diez minutos cada una: El nuevo orden mundial y Con precisión (mejor opción que Precisamente, traducción que da la Wikipedia). Las ha traducido ella, y las ha traducido espectacularmente bien. No es preciso subrayar que traducir a un autor del que, desde cierto punto de vista, podría decirse que tiene por único tema el modo en el que hablan los seres humanos, es una pesadilla. Con ánimo ya no de crítica, sino de colaboración, señalaría tres minúsculos detalles que me parecen mejorables. "Sólo habla con ella", un poco forzado en castellano y que podría ser "limítate a hablar con ella" o, más coloquial y más habitual, "habla con ella y ya está", "habla con ella y basta". "Estoy en él", que creo que quedaría más natural "estoy en el coche": mejor la redundancia que me parece recordar que se produciría con "coche", que "él" sustituyendo a un objeto. "Ayúdame con esto" es, como las dos fórmulas anteriores, correcto, pero mucho menos frecuente en castellano que su equivalente en inglés.



Pais y Blanco
Las cuatro piezas están yuxtapuestas de manera muy sencilla, con minúsculos cambios de vestuario de los actores a la vista del público, y dirigidas con precisión de cirujano. Es como si Varela las hubiera diseccionado con un bisturí y las hubiera remontado después, tras haber puesto bajo los reflectores del quirófano los recovecos, las costuras y los puntos de unión de los tejidos. Con los tres actores que la acompañan, ha conseguido el extraño prodigio de que no sumen peras y manzanas, sino que fluyan con tal naturalidad que sólo a posteriori se da cuenta uno de la dificultad del reto. A Pais lo vi en Este sol de la infancia y en Madre coraje, y a Sayo Almeida, si no recuerdo mal, en Esperando a Godot (¡en 2005!), así que sabía de la eficacia de ambos. Confirmo que son intérpretes de la casta de Varela: mucho dominio, pocas concesiones. A Blanco no lo conocía, pero parece un pez que se mueve con soltura en estas aguas de La Pajarita de Papel (que es como se llama la compañía). 

Son setenta minutos de chute teatral directamente en vena que uno ve a escasa distancia de su propia nariz. Si le gusta Pinter, no se pierda éste. Si no le gusta, tampoco. Insista, antes o después le gustará.
P.J.L. Domínguez

P.S. Quería decir un par de cosas sobre Pinter y el realismo, pero no quiero retrasar más la publicación de la entrada. Si voy bien de tiempo, a lo mejor lo agrego mañana.
           

martes, 4 de junio de 2013

MARX EN LAVAPIÉS

Sala: La Puerta Estrecha Autor: Benjamín Jiménez de la Hoz (versión libre de Marx in Soho de Howard Zinn Directora: Victoria Peinado Vergara Intérpretes: Beatriz Llorente, Francisco Valero y Nora Gehrig Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Iba yo rumiando esta crítica por la calle (sí, cualquier día me llevo una farola por delante) cuando me tocó entrar al metro. Habían cambiado la lista de estaciones de los paneles informativos. Sol ya no se llama Sol. Ahora se llama Vodafone Sol. ¿Han leído bien? Se lo pongo en mayúsculas: VODAFONE SOL. Si se trata de recaudar, esto ofrece maravillosas perspectivas de ingresos para el estado. Las multinacionales pagarían en función de la difusión obtenida, así que podríamos modificar aquellos nombres que, necesariamente, son repetidos una y otra vez por la prensa nacional e internacional. Propongo que el presidente del gobierno cambie el suyo de inmediato por el de Pepsi Rajoy, y done a las arcas públicas lo que consiga. Asimismo, los monarcas podrían llamarse Don Shiseido I y Doña Nokia. El Gobierno, Gobierno de Repsol España. Cambiando el nombre a las cámaras de representación popular, obtendríamos párrafos como el que sigue en cualquier periódico: "En el día de ayer, los reyes Don Shiseido y Doña Nokia, que llegaron acompañados por el presidente del gobierno de Repsol España Pepsi Rajoy, presidieron la sesión conjunta del Congreso Apple de los Diputados y del Senado H&M". Hace muchísimos años, me obsesioné con la idea de cuánto pagaría una marca a quien se tatuara en la frente, por ejemplo, Espárragos Txistu. Después leí que alguien había hecho algo parecido. Pero esto de cambiar los nombres (Cofidis Alcázar, Caser Calderón, Compac Gran Vía, Goya Codorniu... los teatros no van a la zaga) es de un perversidad imprevisible. Idea para la DGT: que vendan los carteles. Burgos-Hyundai 250 Km. / Lugo-Nescafé 490 Km. Paciencia, ahora verán a dónde quiero llegar.


Arnold Toynbee. Léanlo.
Como todos los pensadores que han parido un sistema que engloba parcelas enormes de la realidad, Marx tiene multitud de lecturas y de capas de significación. Como Aristóteles, Santo Tomás de Aquino o Wittgenstein. Capas, por lo menos cuatro: metodología de análisis, usada hasta por la historia del arte; análisis concreto de la historia de la economía y del estadio capitalista; acción política; profecía. Lógicamente, la probabilidad de que uno se adhiera a sus tesis es decreciente en ese mismo orden. Las tres primeras van de lo más científico a lo más ideológico. Y todos sabemos lo que cuesta creerse una profecía. Es más: ese último -y menor- aspecto de su obra es, probablemente, el que más daño le ha hecho. Miren el pobre Toynbee, una vida dedicada a una obra colosal que es sin duda una de las cumbres de la historiografía de todos los tiempos, y un estrepitoso olvido por haberse empeñado en terminar profetizando.

¿Esto está ocurriendo de verdad o es Muchachada
Nui? ¿The Twilight Zone? ¿Los Simpson?
Pues bien. Incluso la profecía lleva, hoy por hoy, camino de realizarse. ¿Conocen su núcleo duro? El capitalismo conduce por fuerza a la concentración creciente del capital. Llegará un momento en el que estará en manos de poquísimos, frente a las ingentes masas que sólo poseerán su fuerza de trabajo. Cualquier día, el sistema colapsará casi sin que nadie tenga que empujar, porque no podrá soportar la enormidad de esa contradicción. ¿Lo de Vodafone Sol les parece poca demostración de esa capacidad de quedarse con todo? Y saltando de la anécdota a lo general: ¿Creen que algún contemporáneo de don Carlos podía siquiera imaginar hasta qué punto han llegado en nuestros días esas concentraciones de capital? Una de las poquísimas ventajas de la crisis es que nos ha hecho conscientes del orden de cifras del que hablamos cuando comparamos magnitudes como las de los rescates a los bancos con los costes de los servicios sociales. En mi juventud, esas comparaciones se hacían entre el precio de los aviones de combate y lo que costaba alimentar a un niño en el tercer mundo, y ya nos dejaban tiesos. Hala, vayan ahora a repasar las cifras de Bankia y lo que cuesta alimentar a un niño en Andalucía. Si incluso la profecía no ha sido aún desmentida, ¿será posible que hayamos decidido que hasta la metodología de análisis marxista ha incurrido en una especie de anatema universal?

¿Alguien en su sano juicio
condenaría a Jesucristo por
esto? Hala, condenemos a
Marx por las hazañas de Stalin.
En medio de este huracán que nos azota, Karl Heinrich Marx es el gran ausente. El fantasma que recorre, no Europa, sino el mundo. Llevo años pregúntandome ¿por qué nadie dice "Marx"? ¿por qué nadie pronuncia "clase social" o "plusvalía"? ¿habrá un emisor alienígena de rayos cerebrales que lo impide? Tengan por seguro lo que voy a escribir ahora mismo: hay, no uno ni dos, sino docenas y docenas de economistas que no pronuncian esos términos porque la que les caería encima sería antológica. Que están haciendo saltos mortales para no soltarlos. No hace falta recordar que, en cuanto uno dice "Marx", siempre hay alguien que incluye en la réplica "Lenin", "Stalin", "Unión Soviética" y "Siberia". Me pone exactamente igual de nervioso que cuando, después de "Jesucristo", vienen "Vaticano", "Inquisición" y "hogueras". Es como condenar a Wagner porque le gustaba a Hitler. Simplismo, pura estulticia, cuando no interés.

El primer síntoma de que no era el único idiota que se hacía estas preguntas me llegó exactamente hace un año, cuando en la Feria del Libro se constató con sorpresa que El manifiesto comunista se convertía en éxito de ventas. El segundo es Marx en Lavapiés. Sí, me ha costado un poco (cuatro párrafos) llegar a decirles esto, que la mayor virtud de la función es que llega en el momento justo, que es difícil ser más oportuno. Pero si lo digo en menos espacio, llega alguien y salta "mira, un estalinista". Ya me han entendido, ¿no? Pues vamos con la función.

Francisco Valero y Nora Gehring
Jiménez de la Hoz ha añadido dos personajes al monólogo original, y la cosa está bien traída. Marx rememora algunos aspectos de su vida y se reivindica, entre apostillas desdeñosas de Bakunin y réplicas, más comedidas, pero a veces más venenosas, de su propia hija. No conozco el texto de Zinn, así que no sé si el mérito es de uno o del otro, pero son especialmente efectivos los dos monólogos de Eleanor: uno que amontona afrentas a la dignidad del hombre de todo origen geográfico e histórico, más o menos rebozadas en el último discurso de Allende (el de las grandes alamedas), y otro que conocen bien, el de Shylock ("¿No tenemos ojos los judíos?"). Una pena que uno de los más hermosos cantos a la igualdad jamás escritos no se largue de un tirón. Aumentaría el efecto. Disculpen que diga dignidad "del hombre"; llevo una temporada metido en Los miserables y en el ambiente de las sucesivas revoluciones francesas (1789, 1830, 1848), y la expresión "derechos del hombre" me suena tan hermosamente cargada de historia que me resisto a abandonarla. Por favor, siéntanse incluidas las mujeres.

No encuentro foto de Beatriz
Llorente en la función, pero
¿no me dirán que ésta no es buena?
A su oportunidad, Marx en Lavapiés suma el enorme acierto de su ubicación. ¿Recuerdan lo que les decía el otro día sobre Flamenkass en el Alfil? El lugar de la representación tiene una importancia de primer orden. En La Puerta Estrecha, Marx, Bakunin y Eleanor hablan en un ambiente arquitectónico idéntico a los que rodearían en infinidad de ocasiones a todos los grupos de conspiradores que minaban la Europa del XIX. En franco contraste con esa ubicación que podríamos llamar realista, Victoria Peinado Vergara, que estos días da su medida como actriz en La danza de la muerte, ha colocado a los tres actores en un registro de espontaneidad abiertamente contemporánea: parecen tres chicos de Lavapiés. La intención se entiende. Desde luego, si sirve para que alguno de los jóvenes del 15-M, a quienes he visto desesperarse intentando explicar lo que pensaban sin las herramientas conceptuales forjadas por sus antecesores, decida documentarse, bienvenida sea. Pero creo que dramatúrgicamente hubiera rendido más otorgarse alguna licencia: por ejemplo, permitir que los recuerdos del protagonista provocaran algo más de sentimiento visible en Beatriz Llorente. Por eso se agradecen tanto los dos monólogos mencionados, que son las únicas rupturas del flujo de espontaneidad. Nora Gehring tiene alguna oportunidad más de ampliar sus registros, mientras que el papel de Francisco Valero justifica que se mantenga en un tono sostenido de desdén. Ah, por último: que Marx sea chica da exactamente igual. A los tres minutos, ya nos hemos acostumbrado todos.
           


jueves, 2 de mayo de 2013

LA DANZA DE LA MUERTE

Sala: La Puerta Estrecha Autor: August Strindberg (versión de R. Cortizo) Director: Rodolfo Cortizo Intérpretes: Nicolás Fryd, Victoria Peinado Vergara, Paco Gámez y Violeta Jara Martín. Duración: 1.10'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Nicolás Fryd y Victoria Peinado Vergara.
Foto: Julio Castro. Su crítica en La República Cultural.


I

Escribo esto recién llegado de un encierro de dos días en un hotel impersonal de una ciudad impersonal, en el que sólo se hablaba ese dialecto impersonal del inglés que parece haberse convertido en el idioma oficial de las relaciones europeas. ¿Y a mí qué me importa?, se preguntará el amable lector. Me explico. Estuve rumiando allí esta entrada, y no pude dejar de fijar la atención en el contraste abismal entre semejante panorama y la función que me daba vueltas en la cabeza. investigué mis sensaciones y llegué a la siguiente conclusión: quizá el rasgo más característico del teatro de Cortizo es su profunda humanidad.



Podríamos postular una escala, válida para la vida y el teatro, con lo más convencional en un extremo y lo más humano en el otro. Tomemos como ejemplo los grados de amistad. Un amigo íntimo es alguien con quien podemos ser como somos, aplicando un número menor de filtros cuanto mayor es la amistad. De ahí la conocida expresión donde hay confianza da asco. En el extremo opuesto, estamos obligados a gestionar las relaciones con los conocidos mediante una gran cantidad de convenciones que llamamos buenos modales, imprescindibles para la vida social desde que la horda primigenia dio paso a sociedades con un número de individuos muy superior al que podemos incluir en nuestro mundo afectivo.

En el teatro es aplicable una misma escala de convencionalidad (palabreja que no está en el DRAE, pero que prefiero a "convencionalismo") según la mayor o menor sumisión a las convenciones de un género. El grado sería máximo en los productos que llamamos "de género" (como una tópica peli de vaqueros). Es el extremo al que a veces llamamos "entretenimiento" o "espectáculo". En esa zona, el grado de previsibilidad es también máximo. Siguiendo con el ejemplo: a los cinco minutos de película sabemos quién es "el chico", quién "la chica" y quién "el malo". Sabemos, incluso, quién es el secundario que tiene todas la papeletas para morirse cuando falten unos diez minutos para el final. Y, según un variopinto abanico de pistas repartidas entre el texto, la interpretación, la música... y hasta el vestuario si me apuran, estamos en situación de apostar con bastantes garantías de éxito si el chico se quedará con la chica o seguirá su vida de pareja de hecho con el caballo. Ojo (1): parir un buen producto "de género", plegado a todas las convenciones posibles, no es nada fácil, sea un western, una zarzuela o una alta comedia. Y  más: muchas obras maestras están basadas, precisamente, en el diálogo con la convención de género. El ejemplo tópico es, claro, el Quijote: un diálogo, irónico en este caso, con el género de las novelas de caballería. Ojo (2): esta cuestión no tiene nada que ver con el parámetro arte histórico / contemporáneo; uno puede ver una performance tan pegada a las convenciones del género, y tan previsible, como el argumento del más convencional libreto de ópera, que ya es decir. Ojo (3): tampoco tiene nada que ver con la calidad final del producto; la menos convencional de las obras de teatro puede ser un desastre. 



Volvamos al comienzo. Me había quedado en ese entorno donde todo era previsible: desde la disposición del desayuno hasta ese inglés idéntico al que podrían hablarme en Sri Lanka. Nada más agotador, por cierto. Y en el contraste que el recuerdo de La danza de la muerte me sugería. Hemos llamado "impersonal", "convencional" o previsible al primer planeta y "humano" a su opuesto. Humano, en el sentido de organismo vivo, espontáneo y, por tanto, poco previsible. Vayan a La Puerta Estrecha, cubil de Cortizo, a ver cualquier cosa que firme: ya me dirán si son capaces de predecir lo que va a ir ocurriendo en el espectáculo. No podrán. Les van a faltar en todo momento las cómodas muletas de lo convencional. 


II

Leído lo anterior, no les extrañará saber que Cortizo se ha dedicado con intensidad, entre otras cosas, a esa línea que une -más o menos, estas cosas son siempre bastante gaseosas- a Beckett y Pinter y, con alguna curva en el camino, a Ionesco. O sea, y siguiendo con lo que decíamos, una especialización en lo que podríamos llamar teatro de lo imprevisible. Textos ya imprevisibles en su mismo avance y que, además, dejan un enorme espacio de libertad a su representación. Textos que, o se interpretan desde profundidades de humanidad abisal, o se quedan en nada. Hablando en plata: a una réplica de La verbena de la Paloma le puede bastar la indicación "ponte pizpireta". Una frase de Beckett bajo la que no aliente un personaje y una historia construidos de cabo de a rabo, no es más que una boutade. En ese campo, le he visto lo mejor que se ha hecho en Madrid en los últimos años, sin discusión: La última cinta de Krapp (ahí arriba tienen una foto), Las sillas, Esperando a Godot (me dicen que está bien el de Sanzol en el Valle-Inclán, ya les contaré), Final de partida... Lidera La Pajarita de Papel, una de esas compañías concentradas en su esfuerzo (como los de Tribueñe), que no malgastan un segundo en las relaciones públicas y que -el mundo es así- difícilmente atraen la atención mediática. Poco importa, saben que son otras cosas las que cuentan. Otro día les hablaré de su capacidad para representar textos que uno juzgaría irrepresentables: Cuatro horas en Chatila de Genet, Hiroshima mon amour de Duras...

Ha tirado ahora por la calle de Strindberg. No por el de La señorita Julia, que hoy en día se puede representar hasta como teatro comercial, sino por el de las últimas obras. A La danza de la muerte le faltan cinco minutos para ser Beckett. Su influencia ha sido larga y, probablemente, retorcida: hay quien ha leído Quién teme a Virgina Woolf como su versión light. Más beckettiana pasada por la puesta en escena y la versión de Cortizo, que añade el personaje de la criada -punto de referencia externo al infierno que se ha construido la pareja protagonista- y una cierta cantidad de texto. No he tenido tiempo de releer el original, pero les sugiero un pasatiempo: léanlo antes de ver la función y jueguen a pillar los añadidos. Yo lo paso bomba con esas cosas.



Además de la criada, hay un sumando que parece tonto pero que resulta relevante. Los personajes entran y salen de escena por una rampa de madera considerablemente empinada, ayudándose de una soga y armando bastante ruido. Uno de esos recursos (estaba a punto de llamarlo truco) que denotan una larga experiencia teatral. Aporta la violencia del ruido, de la fisicidad tosca de las tablas y la soga y, sobre todo, la sensación de que la acción se desarrolla en el subsuelo. Una vuelta de tuerca sobre las intenciones de Strindberg, que sitúa la historia en una isla. Otros recursos parecidos: la escena iluminada por el candelabro que porta la criada, las irrupciones de los telegramas simbolizadas por el tableteo del dedo de la criada sobre la mesa. Aquí tengo que decirles que una de las marcas de la casa es que nunca hay elementos injustificados en escena (algo que odio especialmente cuando lo veo por ahí). Pues bien, los efectos de sonido y la música, que Cortizo usa raramente, siguen aquí la misma pauta: no adornan, son esenciales.

La interpretación se ha enfocado de manera arriesgada. Muy arriesgada, diría yo, con el marido y la mujer en registros prácticamente opuestos. Ella esconde la rabia, excepto en algún momento, bajo una actitud casi mortecina. Él exagera, vocifera, llega al histrionismo más desbocado. Al comienzo puede parecerles que el asunto no funciona, pero esperen: termina casando. Nicolás Fryd debe de ser criatura de Cortizo, tiene un estilo interpretativo cercano al suyo. Estaba muy bien en Madre Coraje y en Este sol de la infancia. Aquí tiene que sacar adelante toda una serie de actitudes que suelen considerarse de lucimiento para un buen actor: está medio loco, grita, se desvanece, se exalta, baila. Todo esto -quizá, sobre todo, el momento del baile- que era un precipicio abierto a todos los riesgos, se resuelve perfectamente y provoca lo que tiene que provocar: perplejidad, desazón, incomodidad, vergüenza ajena. A Victoria Peinado Vergara le toca prácticamente lo contrario: llevar la procesión por dentro. Se le nota todo, que es el efecto buscado. Bien dosificados los gritos. Y muy bien soltados, cosa que aprecio más después de oír ayer los de Aitana Sánchez-Gijón en La chunga, donde no coloca  ninguno como debería. Paco Gómez compone muy bien la falsa bonhomía del primo que se adentra en esta cueva de los horrores, pero me pareció que abusa un pelín de la voz rasposa. La criada de Violeta Jara Martín aporta a este tugurio infecto un recuerdo lejano del aire fresco exterior.

Si les gusta el teatro, pásense a ver esto. Un día que estén bien de ánimo. Se lo pueden tomar como una advertencia respecto a los horrores que uno puede construirse solito, sin la ayuda de nadie.
P.J.L. Domínguez