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domingo, 13 de enero de 2019

TRES CANCIONES DE AMOR

Sala: Cuarta Pared Autora y directora: Patricia Benedicto Intérpretes: Elena Corral, Laura Lorenzo, Lúa Testa, Eugenio Gómez, Sergio Torres y Carlos Jiménez-Alfaro Duración: 1.35'  
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que ya no está en cartel)


Es lo único que encuentro que dé alguna idea del aspecto escenográfico. Alguna.


SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME


Por si alguien aterriza aquí por primera vez, me apresuro a señalar que comulgo a pies juntillas con los anhelos de igualdad de género. Pero una cosa son los anhelos y otra su envoltorio estético. Estaba a punto de escribir "quien sólo pretenda transmitir conceptos que escriba un ensayo", y sería una recomendación errónea, porque también el ensayo precisa de talento literario. Todos tenemos opiniones, pero muy pocos la capacidad de convertirlas en objetos aptos para la transmisión estética. El teatro no va anhelos, sino de ese tipo de transmisión. Una pieza puede tener un trasfondo conceptual repugnante y ser una proeza de escritura dramática. Y, al contrario, las mejores intenciones se dan un tortazo mortal cuando olvidan el pequeño detalle de que la forma exterior que adoptan debe estar a su misma altura. Cuanta más presencia social adquiere un asunto (y en mi vida he visto nada comparable, afortunadamente, al clamor actual por la igualdad de género, exceptuada la exigencia de democracia durante la transición) más presente está el riesgo de ampararse en él, y tengo la sensación de que ese impulso de reivindicación nubla a menudo la mente del creador: ocupada más en la reivindicación que en todo lo demás. Cuando "todo lo demás" es, precisamente, su trabajo.

Como hace meses que no toco el blog, en vez de tirarme a los ejemplos negativos, voy a darles dos positivos. Ahí tienen Refugio de Miguel del Arco. Una bofetada en toda la jeta respecto a nuestra indiferencia criminal ante la migración de los miserables, pero -sobre todo- una impecable propuesta teatral. Ojo, antes de que nadie se encocore: "sobre todo", porque éste es un blog de teatro. Y porque si la función es mala, ya me dirán qué diferencia hay en gritar contra la injusticia con una representación de hora y media o con un tweet de dos líneas. La diferencia es contra la función: se come el tiempo de los espectadores sin aportar nada que el tweet no dijera. Del Arco está ensayando ahora mismo Jauría, asunto de género y violencia. Si tienen que apostar, lo más probable es que le salga redondo, como casi siempre.

Segundo ejemplo: Mauthausen. La voz de mi abuelo. Les juro por Snoopy que un par de días antes de la polémica de Pérez-Reverte me encontré en la mesa de novedades de una librería a La tatuadora de Auschwitz y a otro profesional, que no recuerdo pero del mismo campo, como títulos de sendas novelas. Otro asunto peligroso de bordear, porque si a uno no le gusta algo dedicado a semejante horror corre el riesgo de que cualquier indocumentado le llame nazi. Pues bien, como todo el mundo, he visto auténticos ladrillos dedicados al tema, al lado de obras inmensas como Shoah o El pianista. Lo de Almansa en Nave 73 está muy bien urdido (la crítica en papel salío ayer, a ver si se la cuelgo pronto). Lejos de confiar en que la simple condena o la descripción descarnada del horror bastan (que no bastan) se ha currado un espectáculo humilde y luminoso que cumple con todo, como cumplen los buenos espectáculos: describe, condena, pero también entretiene, en el más alto concepto de entretener: ése que indica que el trabajo de quien monta un título es mantenernos con el culo pegado a la silla, los ojos despiertos y la mente abierta, y que el tiempo vuele.

Proferidos los gritos de ordenanza, que me han llevado dos párrafos, llegamos ya a Tres canciones de amor. Simplemente insufrible. No me la quise perder, porque La Trapecista Autómata tuvo un éxito considerable con Moscú 3.442 Km y se me pasó. Aquello sería estupendo, pero esto no tiene un pase. Repito: ni UN pase. Estoy pensando desde ayer si podría mencionarse ALGÚN atractivo de la obra y no se me ocurren más que los escasos minutos en que suenan algunas canciones clásicas. Tres actores y tres actrices van desgranando sucesivos monólogos durante una hora y treinta y cinco minutos (que se dice pronto). ¿Hay algún vocablo que una los conceptos de "sucesivos" y "muchos"? Muchísimos. Exactamente como una sarta de chorizos. Una sarta de chorizos -que es una analogía muy útil cuando uno tiene que explicar a sus alumnos lo que es la forma en las artes del tiempo- puede tener dos chorizos o dos mil. No hay ningún motivo para que sean seis o trece (sólo depende de la longitud de la tripa que, como quizá sepan, hace mucho que es sintética). Una obra de teatro, como una sinfonía, dura lo que debe durar. Estas cosas son inefables, pero gran parte de nuestra satisfacción estética al salir de un teatro depende de esa adecuación de los tiempos y las duraciones. Aquí, la cosa podía haber terminado perfectamente a los cincuenta minutos sin que nadie se hubiera dado cuenta de que faltaba una docena de chorizos. De la misma forma que, llegados a los noventa y cinco minutos, podríamos haber seguido hasta las seis horas. (Nos hubiéramos dado cuenta, por una didascalia oral que la pieza incluye, pero de eso hablaré más abajo y es irrelevante en este punto).

Alguien pensará ahora "si no hay una narración lineal este principio no rige". ¡Ja! Es cuando más rige. En ningún caso es más evidente que el dominio de los tiempos es el alma del teatro (como de la música) que cuando falta la narración, que casi todo puede apoyarlo. Aquí no hay narración lineal, ya les he dicho que son sopocientos monólogos sucesivos. También tengo que decirles que ninguno (repito: ninguno) tiene el menor interés literario. Es una colección de banalidades sobre el amor, los conceptos de género, las diversas fases de una relación amorosa... 

Ya no tengo que decir que la construcción dramatúrgica brilla por su ausencia (y no me refiero sólo a la dramaturgia narrativa, sino a todos los elementos textuales, gestuales y de cualquier madre o padre que construyen un espectáculo), ya lo han deducido de todo lo anterior. Pero me gustaría señalar una torpeza mayúscula. Ya les decía más arriba que hay una didascalia oral. Los intérpretes van anunciando el título de cada una de las tres partes, subtituladas, respectivamente, "tesis", "antítesis" y "síntesis". Como consecuencia directa de las normas que rigen nuestra percepción, cuando un artefacto que se desarrolla en el tiempo tiene partes, la última es más corta. Esto lo sabe de forma racional todo el que se dedica profesionalmente al teatro y, de forma intuitiva, todos los espectadores. Cronometren, por ejemplo, los musicales. Lo habitual, seguramente a más del 90%, es que la tercera parte de cualquier cosa sea la más corta (y amontone la pirotecnia, es el "más difícil todavía" del circo). Pues bien, aquí, la tercera parte es mucho más larga. Con una penosa consecuencia directa: perdí la cuenta de las veces en que parece que se acabó lo que se daba. Y no. En teatro no hay reglas fijas, mañana llega alguien, hace lo mismo y le sale de miedo. Pero es MUCHO más difícil.

Combinen esto con otro elemento peligrosísimo siempre. Cualquier pista que la función da sobre sus propias duraciones es un arma mortal, porque se carga uno de los pilares de su atractivo: la imprevisibilidad. Recuerdo un espantoso monólogo en el que la actriz interactuaba, uno por uno, con un montón de objetos dispuestos en orden. Desde el segundo o el tercero, todo el público seguía el avance temporal de la obra como si hubiera un reloj en escena. Horroroso. Y tengo el contraejemplo: una función en la que había un reloj que daba la hora real. La cosa iba como un tiro, porque quien lo hizo era consciente del reto y tuvo la capacidad de integrarlo. Pero es MUCHO más difícil. Ah, que ya lo había dicho.

En Tres canciones de amor sucede no sé cuántas veces que los seis intérpretes hablan uno detrás de otro, en orden. El espectador ya se lo sabe. Entonces llega uno de esos momentos en los que parece que este cuento se ha acabado. Entonces uno empieza a hablar. Y el espectador sabe que, por lo menos, queda la intervención de los otros cinco. Es la definición perfecta del anticlímax.

Me siento incapaz de decir nada sobre los intérpretes. No se merecen ser juzgados por esto.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 7 de septiembre de 2017

EN LA LEY

Sala: Cuarta Pared Autor: Sergio Martínez Vila Director: Juan Ollero Intérpretes: Carmen Mayordomo, Ángela Boix, Begoña Caparrós, Carlos Troya y Fabián Augusto Gómez Bohórquez Duración: 1.25
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Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

REDENCIÓN

Pasé los primeros diez minutos esperando la catástrofe: panorama postapocalíptico -y feísta-, texto espeso, pistas inconexas sobre lo sucedido y tres personajes atenazados por unas normas férreas que supuestamente aseguran su su supervivencia física y emocional. Diez minutos, pero no más: este plantamiento que ha dado lugar a tantos naufragios avanza firme durante hora y media y sin que se oiga respirar al público.

Es una alegoría, aunque como pasa a menudo (yo diría que casi siempre) sea imposible establecer con seguridad la realidad a la que remite. Cada uno leerá lo que le parezca. Yo vi una excelente proyección del recorrido interior que culmina en la redención de las tres mujeres. Una ilustración dramática de lo que tantos espectadores habrán vivido, a tortas consigo mismos o de la mano de un terapeuta. El espanto del mundo exterior que rodea a la minúscula comunidad es sólo metáfora y marco necesario para el drama interior, como en los cuentos de hadas con lobos o dragones.

Ollero y Martínez Vila consiguen un espectáculo que, sin dar facilidades al espectador, sabe guiarlo hasta el núcleo de la propuesta. Los intérpretes aciertan con el registro justo que les permite mantenerse en un sugestivo lugar equidistante entre el realismo sicológico y la fábula oscura. Un trabajo de gran interés.

Y algunas cosillas que no cabían allí:

Ahora que ha pasado más de un mes desde que la vi -sí, me ha costado MUCHO arrancar el blog esta temporada- veo con más claridad el aspecto de cuento de hadas. Ya saben que el fondo de los cuentos populares es a menudo idéntico: te enfrentarás a todo tipo de peligros durante tu vida, pero saldrás victorioso. Lo sabemos desde Bettelheim. Los dragones, las brujas y los ogros como encarnación de lo que nos aterroriza en los demás y en nosotros mismos. Estas historias de horror after bomb o after lo que sea levantan el vuelo, precisamente, cuando dejan de parecerse a las pelis de carreras de coches o tiroteos y ahondan en la reacción interior de los personajes. Y hay dos salidas: o la sociedad tiránica, violenta e inhumana (correlato exterior de una personalidad dominada por el ello) o el compromiso con la libertad y la humanidad (reflejo de una psique con un yo equilibrado).  Hay un ejemplo relativamente reciente que iba, en parte, por el mismo camino: Serena apocalipsis.

Les he aconsejado alguna vez una novela que no es un prodigio de literatura pero que, sin embargo, describe muy bien cómo, ante los mismos estímulos, una persona puede reaccionar encerrándose en el resquemor y destrozando cualquier posibilidad de una relación armónica con el mundo o aprendiendo a ser cada vez más... humana, no me sale otra palabra. La part de l'autre, cuyos protagonistas son Hitler y lo que Hitler hubiera podido ser si hubiera encajado sus fracasos con humildad y espíritu de superación. Hay traducción castellana.

Ya me perdonarán la terminología freudiana de más arriba, pero mientras hordas innumerables de iletrados se ríen de Freud a carcajadas seguimos esperando que alguien refute, no las descabelladas conclusiones de detalle a las que a veces se entregaba, sino el núcleo duro de su explicación de la personalidad que debería estar escrito en letras de platino iridiado en el frontispicio del saber humano. (Me encanta cuando me salen frases decimonónicas, a veces fantaseo con la posibilidad de escribir un libraco con ese estilo de pastiche). Las tres mujeres de la historia tienen, cada una, un nudo atascado en lo más profundo de su ser. El texto añade dos personajes (el hijo de una y un tipo extraño que viene a simbolizar los conflictos internos de las otras dos) puramente auxiliares. El hijo despista, porque es más de carne y hueso que el otro, pero no es menos auxiliar. Las tres, enfrentadas a Furias y Lestrigones, se han refugiado en la rigidez de la norma, algo que conocemos bien todos los que intentamos combatir la ansiedad con la rutina y las reglas (como la protagonista de La lista, vista también en la Cuarta Pared). En la ley es la historia de cómo es posible agarrar por los cuernos el toro de nuestros miedos y vivir de otra manera. No les estoy hablando de Disneylandia, ¿eh?, nadie ha dicho que sea fácil ni que el resultado nos lleve a Oz, pero siempre es posible encontrar un poco más de serenidad. Eso sí, les aconsejo un buen terapeuta que les acompañe.

La puesta en escena está llena de aciertos, pero quiero resaltar uno: contiene el acto sexual mejor resuelto que recuerdo. Es dificilísimo representar el sexo en escena, porque ocurre como en la siete y media de La venganza de Don Mendo: "Y el no llegar da dolor, / pues indica que mal tasas / y eres del otro deudor. / Mas ¡ay de ti si te pasas! / ¡Si te pasas es peor!" Cuando no se llega es ridículo, cuando te pasas todo se trastoca. Aquí, la ubicación, la iluminación, el vestuario, la interpretación... colaboran para que el resultado se integre perfectamente en lo que está ocurriendo.

A la Mayordomo sólo cabe comentarla con vítores. Me gustó mucho Carlos Troya, en un papel ingrato en el que se mantiene muy centrado. También Ángela Boix y Bohórquez, que está en otro planeta interpretativo, entre duende y demonio. Estupendo vesuario de David Orrico.

Nota final: las interpretaciones son libres. Para que relativicen la mía, las cuento la de una espectadora en comentario que pesqué al vuelo a la salida: es una crítica al comunismo. Lo que les decía, interpretar es libre. Aunque si piensan un poco, el parentesco es evidente. El comunismo -o la planificación llevada al límite- como proyección social de la necesidad de control frente al miedo. ¿Les ha gustado la finta?
P.J.L. Domínguez
          

martes, 11 de julio de 2017

SINDRHOMO

Sala: Cuarta Pared Autora: María Cárdenas Director: Xavo Giménez Intérpretes: Merce Tienda, Xavo Giménez y Leo Di Bari Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Leo Di Bari y Merce Tienda. Al fondo, Manuel Valls (?), que no está en la Cuarta Pared
Ya sé que es difícil de creer, pero hasta los Max aciertan alguna vez. Como los relojes parados, que marcan la hora correcta dos veces al día. Esta vez, el Max de Autoría Revelación está clavado. Es una revelación un poco tardía, porque esto se estrenó hace un par de años (si leo bien por ahí), pero revelación al cabo. Puesto a meter el hocico por todas partes -¿Qué es un crítico, más que un gorrino que hoza soñando con trufas, aunque las más de las veces sólo encuentre castañas pilongas?- voy a limitarme a un único pero: el título no hace honor a todo el resto. Alguien debería escribir un Tratado del título. De toda la gente que tendrá noticia de un espectáculo, más del 90% accederá única y exclusivamente al título, de ahí su importancia. Esto es evidentemente opinable, pero a mí me parece que Sindrhomo no está a la altura de todo el resto.
María (Iaia) Cárdenas

"Todo el resto" es mucho resto. María Cárdenas se ha construido su propio camino a... ¿a dónde? ¿Cómo lo defino? Tanto "surrealista" como "absurdo" -no necesariamente como etiquetas específicamente estéticas sino como adjetivos más genéricos- aparecen en los comentarios que encontrarán en la red, pero no es ni teatro surrealista ni teatro del absurdo. Se parece más al truco de Scooby-Doo o de Expediente X. Leí Ferragus la semana pasada, y Balzac menciona allí a la novelista inglesa Ann Radcliffe, especializada en el uso de ese truco: se trata de desarrollar un argumento en el que parecen producirse fenómenos sobrenaturales, y dar al final la clave que todo lo explica. El XIX y las primeras décadas del XX estuvieron llenos de argumentos vecinos a este procedimiento (ubicado en lo sobrenatural, lo inexplicable, lo rocambolesco y sus aledaños), de Los misterios de París a Fantomas, de El fantasma de la ópera a El misterio del cuarto amarillo, de La dama de blanco a Rocambole. 

No vayan a pensar que en Síndrhomo sucede nada parecido. Lo que ocurre es que los delirios de Romu, que durante lo que llamaremos primer acto tienen al espectador con la mosca detrás de la oreja (no sabemos muy bien si el paisaje exterior es efectivamente postapocalíptico y si este tipo está urdiendo algo gordo), se explican perfectamente a medida que la pieza avanza como un trastorno paranoide clase extra, que la sufrida hermana del paciente lleva como puede (o sea, mal). Pero -y en este pero está la habilidad de la escritura- "se explican perfectamente" está para significar que uno puede contar a la salida "el tipo está loco y se ha encerrado en una casa aislada de un barrio en estado de derribo, convencido de que va a liderar un levantamiento contra el sistema", sin que tal explicación racional reste un solo gramo de efectividad a la atmósfera (¿surrealista?, ¿absurda?, ¿inquietante?, ¿raruna?) que se vive dentro de esa casa. ¿Qué es una atmósfera? ¿Cómo se crea? Ni idea, hay que ser María Cárdenas para saberlo. Para saber cómo escribir con la dosis justa de indefinición que nos mantenga un buen rato sin saber de qué puñetas habla este tío y urdir después unos diálogos que avanzan sin que la verosimiltud (una cierta verosimilitud dramatúrgica, quiero decir) salte por los aires a pesar de que la hermana no llame a las urgencias siquiátricas atendiendo a los famosos dos dedos de frente.


Ésas son las virtudes de la técnica  de escritura. Hay muchas más, en otros niveles. El cóctel de los tres personajes es brillante: Romu, el paranoico creativo; Gloria, la hermana que a estas alturas repta más que camina por la vida, porque se las han dado todas en el mismo carrillo; Nevia, la transexual que no se ha quitado la barba. Hay hallazgos sembrados por aquí y por allá: hablar a una de las lámparas (representan personas en el cosmos de Romu) como si fuera la madre muerta; llamar mamá a Nevia (hasta ahí todo el mundo piensa que eran pareja, a partir de ese momento... cualquiera sabe); frases fulgurantes como la de "a veces me parece que estoy cuerdo... y me da vértigo". Pero quizá lo más relevante sea el modo en el que se amalgaman la crítica social (ahí, al fondo de los discursos del perturbado, brilla una luz cegadora), el retrato sicológico, el realismo costumbrista y la reflexión (odio esta palabra en un crítica de teatro como "investigación" en una de música contemporánea) existencial. ¿A que les parece que todo eso tiene que amontonarse en algún atasco sin salida? Pues no, Cárdenas sale del lío sin atragantarse en ningún momento. Turrón y madre muerta, decadencia urbanística y síndrome de Diógenes, deshaucio (de casa y de hijo) y terrorismo de buen rollo.

Xavo Giménez, a otro rollo
La puesta en escena de Xavo Giménez no pierde comba salvo, también opinable, en un breve intervalo: el acto central, con Gloria de vuelta del chino con el turrón y el cava -insistiendo al telefonillo para que su hermano le abra la puerta- se cae en algún momento. Desde luego, es muy difícil mantener la tensión después del brillante arranque, incluido hermano vociferador, en esta tangente que hace primero un alto en la realidad (Gloria y su vida) y después se da un garbeo por otro desvío mental, más plácido que el de Romu: el de Nevia. Se entiende la intención de interludio, la necesidad de bajar el pistón y las revoluciones, pero algo falta. Aparte de eso, la función avanza como una locomotora. Giménez está fantástico, dan ganas de verlo hacer clown, seguro que lo borda. Hay que seguir a este hombre. Merce Tienda se marca algunas de las caras -entre la perplejidad y el hastío- más memorables de esta temporada que agoniza: como cuando susurra insistentemente a su hermano, con Nevia trajinando en la cocina, si se ha dado cuenta de que es un tío o -esto ya de diez- cuando, consumidas todas las resistencias, abre las compuertas a cualquier cosa en ese final en el que un argentino con barba sustituye a su madre. El argentino con barba -Di Bari- un poco demasiado caricaturesco a lo mejor, pero irá en gustos. Puede que no quedara sitio para otra cosa.

Como me paso la vida lamentándome -cosa que torra bastante a los demás, pero que a mí me desahoga, qué le voy a hacer- me lamentaré ahora por no haber visto Penev, escrita, dirigida e interpretada por Xavo Giménez que se me escapó a pesar de haberla perseguido en Madrid y Barcelona. Ya me olí entonces que tenía que haber algo interesante detrás, pero no hubo manera. No llego a todo.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 18 de junio de 2016

TOM EN LA GRANJA

Sala: Cuarta Pared Autor: Michel Marc Bouchard (versión de Line Connilliere y Gonzalo De Santiago) Director: Enio Mejía Intérpretes: Yolanda Ulloa, Alejandro Casaseca, Gonzalo de Santiago y Alexandra Fierro Duración: 1.45'
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La foto es de @imateoss y refleja bastante bien la óptima escenografía de Alessio Meloni.
La cuestión del tema es siempre un asunto bien complicado. ¿De qué va La caída del Imperio Romano? ¿De la susodicha caída o de los amores entre Sofía Loren y Stephen Boyd? Imaginen que son ustedes los encargados de redactar la frase publicitaria, ese puñado de palabrejas que deben vender el producto: Una mujer atrapada entre el amor y los bárbaros. Creo que no cuela. Quien se encontró de verdad en el brete optó por la épica en vez de la lírica (en el cuadradito rojo). 


A la más mínima complejidad que presente un texto (o que un montaje complejo preste a un texto simple), la pregunta "¿de qué va?" pone en serios aprietos al interpelado. Olvidemos La caída del Imperio Romano (perdonen, la ESO y sus carencias pedagógicas me obligan a buscar materiales históricos alternativos) y echemos un vistazo a algunas entradas recientes del blog. ¿Cuál es el tema de Los temporales? Si nos ponen una pistola en la cabeza, tendremos que admitir a regañadientes que es la fagocitación de las personas por el trabajo. ¿Pero eso no da una idea completamente distorsionada de lo que la función es en realidad? ¿El tema de Animales nocturnos es la discriminación hacia el inmigrante? ¿Es El trompo metálico, como oí a alguien el otro día, una reflexión sobre la educación? ¿Va Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales de las relaciones familiares? El problema de todas esas afirmaciones no es que sean falsas, es que son medias verdades y nos dejan peor que cuando no sabíamos nada. Me parece que una foto dice muchísimo más de cualquiera de ellas que las sinopsis que no hay más remedio que incluir en publicaciones y conversaciones.

¿A qué viene todo esto? A que Tom en la granja NO es un texto sobre la homofobia en el medio rural. Buf, me da pereza hasta la frase que he escrito. Cuidado, no es que me parezca un problema menor o aburrido. Es que, como les digo siempre, trasladar un análisis o reivindicación social a la escena sin el suficiente talento dramatúrgico produce pestiños antológicos, panfletos en forma escénica aburridos como anuarios del colegio de odontólogos y de los que -además- es peligroso renegar, porque siempre llega el de los silogismos incorrectos: si no le gusta esta pieza sobre el maltrato animal es que le gusta el maltrato animal. Poco Bárbara-Celarent en la ESO.

Retomemos. Tom en la granja es también un texto sobre la homofobia en el medio rural, pero cualquier cosa menos un panfleto de recorrido unidireccional. Se trata, bien al contrario, de un texto densísimo de significados y connotaciones que -me pareció- otorga un amplísimo margen a la interpretación que de él quieran hacer director y actores. Con una gran capacidad de sugerir desviaciones hacia géneros de todo tipo, desde el melodrama hasta el terror de campos de maíz, pasando por la telemovie de comunidad rural americana. Esto no es la historia de un pobre gay que llega a un lugar anclado en la homofobia troglodita, sino mucho más. El papel de Tom y el del hermano de su difunto novio tienen unas fabulosas posibilidades, son personalidades con muchas capas que desvelar y que pueden enfocarse desde muchos puntos de vista distintos. La historia -con sus derivaciones hacia los lobos, la zanja en la que se pudren las vacas muertas y otras zonas quizá más oscuras- guarda un cierto parentesco (en esto del abismo primigenio de las pulsiones a un paso de la vida "normal") con Equus. Tengo unas enormes ganas de ver la película para compararla con lo que Mejía ha hecho, que no está nada mal.

Estrenó hace poco otra cosa, La ciudad borracha, perfectamente fallida, así que me acerqué a la Cuarta Pared temiendo lo peor. Por si hiciera falta, vuelve a demostrarse otra vez que los directores de escena pueden equivocarse en una y dar en el clavo en la siguiente.  Para Tom en la granja, Mejía ha contado, además del texto, con dos bazas formidables:

    * Una escenografía acertadísima de Alessio Meloni. El director la ha usado bien (uno puede contar con la mejor del mundo y pifiarla perfectamente) y le saca partido, con algún momento brillante, la iluminación de Jesús Almendro. Tienen una foto bastante ilustrativa arriba del todo.

    * Una actriz superlativa que se llama Yolanda Ulloa y que tiene mucha menor presencia en los escenarios de la que merecería. La vi hace unos años en una función fallida, salvando todo lo que tocaba. Espléndida en Montenegro. Aquí tiene más espacio y lo aprovecha a fondo. Hace uno de esos personajes a los que se les debe notar que se guardan más de lo que sueltan y lo clava. 

    Del resto, se salva Alexandra Fierro, en un papel breve. Los intérpretes masculinos están muy por debajo de lo que demandan sus personajes (Casaseca, mucho más centrado en Inmunidad diplomática). Y aun así, como les decía el otro día sobre Equus, la potencia del texto y la claridad de ideas de la dirección salvan un montaje que no sólo se deja ver, sino que atrapa. Espero que se reprograme.

* * *
Para terminar, una de crítico picajoso. No es, como el material promocional dice, la primera versión de la pieza en castellano (a no ser que hablemos del castellano de Castilla). En México se ha montado al menos dos veces, por Boris Schoemann y Alejandro León.
P.J.L. Domínguez
          
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jueves, 2 de junio de 2016

LA LISTA

Sala: Cuarta Pared Autora: Jennifer Tremblay Director: Javier G. Yagüe Intérprete: Frantxa Arraiza Duración: 1.00'
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Prefiero siempre las fotos de la puesta en escena, pero no encuentro ni media.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

    Un acercamiento descuidado a La lista puede hacer pensar que se trata de un buen melodrama, pero sería una definición muy corta. El espectador suele ser un mirón en ese género, un mirón conmovido por dolores ajenos. La lista no permite mirar desde lejos, nos cae muy cerca. Esta mujer, agobiada por sus responsabilidades, perdió la medida, no fue capaz de discernir lo accesorio de lo realmente importante, y la culpa que arrastra es la de todos los que confundimos en la misma ansiedad las obligaciones primeras y las tareas más ordinarias.


    Veo por ahí que las puestas en escena anteriores tendían, en general, a la abstracción, pero me parece que García Yagüe ha acertado con este aspecto familiar, con este espacio de aspiradora y juguetes. Ahí está también Frantxa Arraiza, instalada en lo trivial, sin apenas necesitar que la desesperación quiebre en algún momento la rutina para dejar entender que está rota para siempre. Como dijo la autora, el suelo de este escenario es el de la cocina: la tragedia nace del más banal de los sucesos cotidianos. La lista es una gran experiencia teatral y moral.

Y alguna cosilla que no cabía allí:

1.- Tremblay escribe literatura infantil, y me parece un dato relevante. La lista sale de ese mundo de habitaciones pintadas de azul o rosa pastel, de móviles de mariposas o elefantes suspendidos sobre la cuna, de madres a tiempo completo que terminan de enterrar su vida social hablando exclusivamente de problemas domésticos a cualquiera que se les ponga a tiro. Sí, he dicho madres, porque la más abrumadora de las estadísticas hace que ese planeta esté habitado casi exclusivamente por mujeres. Algo añadiré sobre esto más abajo. La lista se ubica en esas mañanas de soledad, en una casa repleta de zapatos que están donde no deben o de manchas que limpiar en el sofá. En esas tardes de esperar a un marido que no hará nada de lo que podría hacer para aliviar la angustia. Por eso creo que la escenografía, que he llamado "de aspiradora y juguetes", en la crítica en papel es un gran acierto de Yagüe. No vayan a creer que es una escenografía realista, que tenemos delante esa casa llena de tareas que sobrepasan a la protagonista. Pero los objetos -globos, dibujos, dulces, escoba- ayudan mucho.

2.- Además de otros muchos, el texto tiene un detalle de virtuosismo que, a base de naturalidad, casi pasa desapercibido: el dibujo de la vecina, el personaje antagonista, tan bien perfilado con unos pocos trazos. Todos conocemos personas así, entregadas a los demás: a sus hijos, a sus padres, a su marido. Digo marido, porque casi siempre son mujeres (si me leen las del último párrafo, me aspan). Entregadas con alegría, sin vida propia. Resultan hasta un poco molestas, de aburridas. Desde luego, nunca encuentran una compensación pareja a lo que dan. Es más, resultan más bien ninguneadas, por obvias y carentes de atractivos glamurosos. Algún día les contaré la historia de Juana Manuela, la más triste del mundo. Tienen la ventaja de esa alegría que les da la vocación, frente a la protagonista, comida por el ansia de su vida frustrante. El nudo dramático de todo esto reside, precisamente, en que la peor parte se la lleva el personaje que menos se la merece.

3.- No, no es melodrama, aunque llora hasta el apuntador. No había visto nunca a Frantxa Arraiza, pero me la apunto. Por lo poco que he podido ver en red de algunas versiones, otras actrices han subrayado más el acento dramático. Pero hacen bien, ella y Yagüe, en hablar desde la derrota. Es una mujer cansada, en el sentido tanto moral como físico.

4.- A la salida, dos mujeres me preceden por la acera. Oigo todo lo que dicen, porque están escandalizadas y gritan bastante. Se indignan. ¡Cómo es posible que en pleno siglo XXI esta función presente a una mujer que es esclava del hogar! Y me asusto. No me asusto retóricamente, me asusto realmente. ¿Es posible que dos personas cultivadas no entiendan la diferencia entre la realidad y su representación? Si un individuo asesina a otro y un tercero saca un fotografía, ¿el fotógrafo es responsable del asesinato? ¿Acaso no saben que en el mundo hay millones de mujeres que viven en esa situación? Tengo que suponer que prefieren que esas mujeres no aparezcan en escena y las dejemos bien escondidas en su miseria. Estoy a un milímetro de meterme donde no me llaman y decírselo. ¿Y saben por qué no les digo nada? Porque me da miedo su reacción. Y me da miedo, porque estamos viendo esta misma pauta de comportamiento todos los días, cada vez con mayor frecuencia, y métase usted con el energúmeno. Da igual que los indignados sean de derechas o de izquierdas, furibundamente conservadores o rabiosamente progresistas. Otra vez, igual que en el tiempo de los procesos a los novelistas, la confusión entre lo que ocurre en la ficción y la moralidad del autor. ¿No vamos a poder representar personajes machistas, homófobos, asesinos, terroristas, pederastas, racistas...? Regresa el puritanismo, el arte de esconder lo que no nos gusta. O quizá es que nunca se fue.

5.- Vayan a verla. A lo mejor, reconsideran sus prioridades y salen mejores personas de lo que entraron. Ojo, el teatro no se justifica nunca por sus buenas intenciones (encuentran un buen porrón de ejemplos en mis críticas recientes), pero es estupendo cuando, además de ser buen teatro, resulta que tiene alguna posibilidad de hacernos mejores.
P.J.L. Domínguez
          
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jueves, 3 de diciembre de 2015

NADA QUE PERDER

Sala: Cuarta Pared Autores: QY Bazo, Juanma Romero y Javier G. Yagüe Director: Javier G. Yagüe Intérpretes: Marina Herranz, Javier Pérez-Acebrón, Pedro Ángel Roca Duración: 1.40'
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La vi hace una semana y he estado retrasando el momento de publicar la entrada, porque estaba seguro de que saldría algo poniéndola por las nubes. Efectivamente, aquí tienen la crítica de Vallejo. Por las nubes.

¿Y por qué la he ido retrasando? Porque a mí no me gusta nada, pero lamento que no me guste nada. A veces ve uno pestiños infumables y sale fumando en pipa (mataría a mi madre por una paradoja, ya lo saben) y con ganas de asesinar al perpetrador. Pero detrás de esto hay gente muy capaz y mucho trabajo, y prefería no ser el primero en calificar. Ahora que Vallejo ya ha escrito que "no hay nada en la cartelera ni parecido a esta función" me permito con mayor tranquilidad decir que a mí me parece una cosa antigua, teatro de buenas intenciones. Suscribo de cabo a rabo todas las tesis que subyacen, otra cosa es que me guste el resultado escénico. Me parece que está estirado como el chicle hasta los cien minutos, cuando la cosa daba para una hora justita, porque la escritura es redundante. Me parece que el tercer personaje (en todas las escenas los personajes son dos, y hay un tercero que comenta desde fuera) sobra y olvida la capacidad del espectador para entender las cosas él solito; o sea, es redundante. Me parece que todas esas interpelaciones al espectador ("Y si fueras tu? ¿Y si fuera tu familia?", etc.) sobran exactamente como sobraría en Shakespeare un comentador diciendo "¿Se da cuenta de que estos caracteres le rodean en su vida diaria y que usted mismo lleva dentro el germen de todo esto?". Ya lo entendemos solos. O sea, son redundantes. Todo redunda en esta pieza.

Es uno de los grandes peligros de las propuestas con fuerte carga ideológica. ¿Quiere esto decir que son imposibles? No. Ahora mismo, mientras usted lee, hay en nuestro país docenas de personas concibiendo, escribiendo, ensayando o representando piezas relacionadas con cuestiones sociales en general o con la crisis en particular. Hemos visto docenas en los últimos años, y muchas otras que, escritas antes de la crisis, adquirían con ésta un significado más profundo. Alguna de ellas se llevará el gato al agua y terminará representando lo ocurrido durante estos años en el imaginario colectivo. Las hay malas (Eurozone, y les dieron un Premio Nacional, ya saben qué bien nos llevamos los premios y yo), regulares (pongamos Subprime) y excelentes. La mejor es, sin la menor duda, Mi relacion con la comida, (atentos, porque se repone en el Galileo), pero hay que citar Los iluminadosno sólo porque era estupenda, sino también por una casualidad: Pedro Ángel Roca actuaba allí y lo hace en Nada que perder. En Los iluminados componía un personaje estructurado y redondo. Aquí, lo que le dejan. 

En fin, volviendo al montaje: esto le va a gustar a mucha gente, ya se lo adelanto. No negaré que también por méritos propios, o dicho en otras palabras: no creo que mi opinión merezca ser grabada en las tablas de la ley. Pero estoy seguro, como siempre que las dichosas buenas intenciones están en juego, de que el fondo ideológico será lo más determinante en buen numero de esas opiniones positivas. Como en Liberto o en El triángulo azul (sí, multipremiado; sí, multialabado; un ladrillo, se pongan como se pongan). ¿Quieren una prueba del nueve? Es muy simple. Lleven al teatro a alguien que abomine de las opiniones políticas que sustentan la función y ya me dirán. Vi hace unas semanas Mi princesa roja, que tiene un tufo ideológico, una peste a maniobra de barnizado del fascismo que juzgo repugnante. Pues bien, teatralmente funciona, aunque uno no se case con el fondo. Preséntenme un neoliberal furioso que diga lo mismo de Nada que perder, y me comeré todo lo dicho.

En algunos momentos, se toca fondo: el regodeo en la feliz idea de los cobradores ataviados de Cervantes o la escena entre el concejal y su madre, en la que la representación de la anciana roza el teatro aficionado. Pero hay dos cosas que merecen la pena en la función. Una, Javier Pérez-Acebrón. La otra, la irrupción de la pantera. Es un recurso del texto de una hermosura poética que brilla como una gema en medio de un páramo de lugares comunes.

Nota final. He puesto más arriba que me parecía una cosa antigua, sin dar más detalles. No sabría explicarlo bien: una fábula ambientada en lo más pedestre de lo cotidiano, clara voluntad alegórica, cimiento ideológico, estética feísta... Se me antoja un montaje de hace treinta años sobre texto de Fo (a muchos kilómetros de Fo, claro está). Pero estas cosas son muy difíciles de expresar con palabras. Fíjense que casi todo esto que acabo de decir se puede aplicar a Mi relacion con la comida y, sin embargo... Decía el otro que, si no se puede hablar de algo es mejor callar, pero es que resulta tan divertido hablar de lo que no sabemos.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 20 de septiembre de 2015

CANÍCULA

Sala: Cuarta Pared Autora: Lola Blasco Director: Vicente Colomar Intérpretes: Joshean Mauleón, Nerea Moreno, Eva Trancón, Rulo Pardo, Juan Antonio Lumbreras y Antonio Gómez Celdrán Duración: 1.20'
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Moreno, Gómez Celdrán, Pardo, Lumbreras y Trancón (detrás, Mauleón).


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Lola Blasco se asomó a la cartelera antes del verano con la excelente adaptación al teatro de HardCandy y lo hace ahora con un texto en el que hay de todo: crónica familiar, esperpento y gag; lenguaje evangélico, costumbrismo y ecos lejanos, no sabe uno si de voces dadas por Beckett o por La Zaranda. Se estará preguntando el lector si tanta disparidad encuentra algún concierto, y lo cierto es que sí, que el resultado presenta un nivel de cohesión suficiente para salvar la función. Y digo suficiente, porque los episodios de carácter más onírico –los de la transformación de Mauleón en cabra- encajan con alguna dificultad, no sabría decir si por vicio de origen (en el texto) o porque la puesta en escena no ha dado con el ensamblaje adecuado.

    Para todo lo demás –el dúo de las gemelas y el trío de los hermanos- Colomar ha sabido sacar partido al lujoso elenco. No era fácil sentar en el mismo sofá a dos actores con estilos tan marcados como Pardo y Lumbreras, pero el invento funciona con Antonio Gómez en el medio (tanto del sofá como de la interpretación). Eva Trancón y Nerea Moreno se merecerían un spin-off que desarrollara estos inolvidables personajes. El impagable vestuario de Guadalupe Valero y una música que va del Cara al sol a Rocío Dúrcal acompañan a una función a la que quizá sobre un ratillo, pero que deja surco en la memoria y carcajadas en el recuerdo.

Y lo que no cabía allí:

Las dos hermanas: Nerea Moreno y Eva Trancón
A veces, titula uno las críticas de mala manera, como le consienten el tiempo (siempre escaso) y la inspiración (siempre corta, en mi caso). Pero esta vez la titulé a conciencia: Surco en la memoria. Nadie tiene el secreto de lo memorable, una cualidad de títulos de novelas, de escenas o frases de películas u obras de teatro que no se nos despegan del recuerdo, y respecto a las que muchas veces nos ponemos todos de acuerdo ("Yo he visto cosas que vosotros no creeríais..."). La puesta en escena de Canícula creo que contiene dos, aunque esto no lo podremos confirmar hasta que pasen unos añitos: la pareja de hermanas y el trío de hermanos. Memorables por un conjunto de elementos que convergen, en ambos casos, a maravilla: el vestuario de Guadalupe Valero, el texto que tira al absurdo pero que define de forma potente a los personajes, la interpretación.

Los tres hermanos: Juan Antonio Lumbreras, Antonio Gómez Celdán y Rulo Pardo.
Si estas dos imágenes mentales tienen la capacidad de pervivir, como me parece, dentro de un tiempo volverán a nuestra memoria llamadas por el parentesco con algo que veamos o pensemos, y probablemente ni siquiera recordaremos de dónde salen. O sí, y en ese caso el numen de Vicente Colomar se pondrá a dar saltos de contento. 

* * *
Nerea Moreno es uno de mis cromos favoritos de mi álbum de actrices, desde antes de Haz clic aquí. Todo lo coloca bien. Está de muerte con un auricular en la oreja (el otro lo lleva su hermana), balanceándose al compás de lo que ellas (que no nosotros) oyen y comiendo pipas. Corrijo: las dos están de muerte, no me explico cómo no había visto nunca a Eva Trancón. Actúa en el Edipo de Sanzol, que evito desde antes del verano, porque me da una pereza tremenda una función que -por lo que me han dicho ya varios chivatos de mi confianza- no pasa de ser una lectura dramatizada. En fin, a lo mejor voy por confirmar esta excelente impresión sobre la actriz. Perdonen el tópico, pero no puedo evitar verlas a ambas en unas Criadas entre siniestras y bufas.
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Lumbreras y Pardo presentan todas las ventajas y todos los peligros de los actores con un estilo personal muy marcado. La ventaja es que sacan adelante cualquier cosa. El peligro, que hay que ser un director con mucho músculo para evitar que se lleven el gato al agua, o sea: la función a su terreno. Se me ocurre Los Mácbez de Lima (que era, en general, un desastre) como ejemplo de Pardo despardado en cierta medida (aunque no por completo, reproché en la crítica que se le dejara resbalar en algún momento hacia su composición habitual). Pero Lumbreras era él hasta donde menos se podía esperar: el Esperando a Godot de Sanzol, que tiraba a lo cómico. Colomar los ha dejado exactamente como son, y funcionan bien con Antonio Gómez Celdrán de cojinete interpuesto para amortiguar el roce. No sé de quién es la foto del sofá que les he copiado, pero es estupenda: están retratados exactamente en las actitudes características.
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Lo que impide a Canícula ser una función redonda es el encaje del hermano al que han ido a visitar al hospital, y que se está transformando en cabra (¿o demonio?). No, desde luego, por culpa de Mauleón, que defiende su parte con talento y ganas. El texto se complica: hasta ahí, las cosas pueden ser absurdas, pero son simples y cotidianas (la enrevesada relación entre las hermanas, la simpleza y mentecatez de los hermanos) y, además, la comicidad las salva en cualquier caso. Los parlamentos del sexto hermano se tiran por el camino de la metáfora, de la teoría sobre las relaciones de esta extraña familia, vuelan a otra galaxia. Se hacen largos. No sé si precisan de un recorte o de otra puesta en escena, pero perjudican al conjunto.
P.J.L. Domínguez