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lunes, 23 de octubre de 2017

EL FLORIDO PENSIL, NIÑAS

Sala: Teatro Marquina Autor: Andrés Sopeña y Kike Díaz de Rada Directores: Fernando Bernués y Mireia Gabilondo Intérpretes: Esperanza Elipe, Chiqui Fernández, Mariola Fuentes, Nuria González y África Gozalbes Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

No encuentro ni una sola foto con el elenco del Marquina, pero se hacen una idea
del aspecto escenográfico.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

PERDIDAS EN EL SISTEMA

Andrés Sopeña publicó El florido pensil hace la friolera de veintitrés años, y desde entonces la genial ocurrencia no para de dar saltos: del libro al teatro, del teatro al cine y –ahora– vuelta al teatro en versión femenina. ¿Podía prever alguien que un asunto tan árido como la educación durante el franquismo era material susceptible de convertirse en un éxito popular? 

El acierto está en el enfoque. La crítica a la delirante pedagogía fascista, casi más delirante por obtusa que por fascista, rezuma de cada línea, pero el tono está bañado en nostalgia y ternura. La nostalgia por el tiempo que se fue, la ternura que producen estas niñas que sobreviven a base de ingenuidad perdidas en un sistema incomprensible.
Hay algo que aprecio mucho en las propuestas teatrales: que la promoción se corresponda con lo que después ocurre en la sala. El florido pensil, niñas da exactamente lo que promete. Un buen rato de entretenimiento, una ocasión para repasar la historia (y, en el caso de los mayores, la propia vida) y bastantes risas.

La función tiene un momento de virtuosismo interpretativo y de dirección –la sucesión de escenas cortas en casa de cada niña, con las intérpretes saltando de personaje– y un punto álgido en la intervención de la inspectora falangista. Claro, la inspectora es Esperanza Elipe, y eso es ya mucho decir.

Y algunas cosillas que no cabían allí:


He estado pensando (la verdad es que he tenido tiempo, hace más de un mes que la vi) si el montaje se tiene en pie sólo por la formidable concentración de talento y experiencia de las cinco actrices o si el asunto ya tiene algo dentro que lo hace interesante. Resultado de la reflexión: tanto monta, monta tanto. Desde luego, no sería lo mismo sin estas cinco estupendas mujeres, pero es el tono -ya lo decía en la crítica en papel- lo que sustenta el invento. Un poco más hacia el aborrecimiento que el delirante sistema provoca en cualquier mente sensata y estaríamos en pleno teatro de denuncia (que se puede hacer de perlas, pero del que estamos hartos de ver ejemplos que pretenden que la justicia de una causa salva un resultado teatral; ah, y les dan premios). Un poco más hacia el surrealismo infantil y nos íbamos al potito bajo de sal. El punto de condimento ha dado un producto de entretenimiento plus, una categoría que el público adora porque se lo pasa en grande y, además, sale con la sensación de que algo le han alimentado el intelecto. Hay grandes títulos en ese cajón.

Ahora que pasa por aquí el Pisuerga les hago una anotación. He leído estos días varias críticas de El cantor de México (a ver si me da tiempo a colgarles la mía este fin de semana, la publiqué hace un par de viernes). Supongo que no las habrán visto, porque esto de los géneros es como la división de las sectas que se reparten el Santo Sepulcro, que no se dan ni los buenos días, en los días buenos, y que en los malos lo que se dan es con el candelabro en la cabeza. Las críticas de zarzuela (opereta, para ser exactos en este caso) salen en gran número en las publicaciones dedicadas a la música, que los aficionados al teatro no rozan. Seguramente, las cosas no pueden ir de otra manera. Pero, volviendo al hilo, me ha sorprendido enormemente que una gran cantidad de ellas se ve en la necesidad de reivindicar el puro entretenimiento y subrayar que no cabe puesta en escena que escarbe en ese título algún supuesto valor intelectual, crítico... Hasta he visto una hoy que ha encontrado (!) enfoque crítico en el montaje de Sagi.

A mí no me pillan en ese convoy. El entretenimiento es uno de los valores mas altos del teatro. La gente paga una entrada y llega a su butaca después de tener una bronca con su pareja, de soportar la larga enfermedad de un ser querido, de partirse la cabeza con las mil dudas sobre la educación de sus hijos o de calcular detenidamente si puede permitirse el gasto. Si, durante una o dos horas, los profesionales que están ahí arriba con las mismas mandangas en la cabeza (eso es lo más mágico) consiguen hacerles olvidar lo que los amarga (sin los efectos secundarios de otras formas de evasión), de verdad que no veo la menor necesidad de andar defendiendo el entretenimiento. Por eso se condecora a Lina Morgan, con total justicia. Y más gente que habría que condecorar.

Por eso decía en la crítica en papel que El florido pensil da lo que promete. El teatro estaba lleno de gente que había ido a divertirse y que se divirtió.

Apartadillo final sobre la Elipe. Es lógico que una persona con semejante vis cómica tenga una proyección popular centrada en ese aspecto. Tampoco ocurre nada si alguien dedica su vida a la comedia, ahí arriba nos salía Lina Morgan y podríamos citar docenas de eximios ejemplos. Pero me encantaría ver a esta mujer haciendo una gran protagonista dramática. Un papel sin alharacas, adecuado a una expresividad de detalle o, incluso, una comedia con amarguras (me estoy acordando de Isabel Ordaz en El caso de la mujer asesinadita, algo así). A ver si llega un director de escena y me da el capricho.

Ya llevo otra vez un retraso de narices: Escenas de la vida conyugal, El cíclope, El cantor de México, Dentro de la Tierra, Terrenal... Pero me apresuro a decirles que saquen entradas para La noche justo antes de los bosques (título con traducción alternativa a la habitual) en La Puerta Estrecha. Va a haber tortas. El viernes les cuento.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 4 de abril de 2016

LA PUERTA DE AL LADO

Sala: Teatro Marquina Autor: Fabrice Roger-Lacan (versión de S. Peris-Mencheta) Director: Sergio Peris-Mencheta Intérpretes: Pablo Chiapella y Silvia Marsó (músico: Litus) Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

La dedicación de Peris-Mencheta a la dirección parece distinguirse por una muy personal y comprometida selección de piezas. Si en Continuidad de los parques estuvo bastante por encima del texto, ha elegido ahora un auténtico bombón para director e intérpretes. Lo que puede parecer una comedieta intrascendente más, es no sólo una aguda reflexión sobre los mecanismos de atracción y repulsión entre los seres humanos (con el abuelo del autor, Jacques Lacan, revoloteando juguetón entre líneas) sino, sobre todo, un habilísimo mecanismo teatral lleno de posibilidades.

    Los aciertos de Peris-Mencheta comienzan con la escenografía de Elisa Sanz, muy superior a la del estreno francés, y siguen con la inclusión del músico / voz en off. Ritmo y tono, especialmente determinantes cuando una función descansa casi por entero sobre la réplica ingeniosa, perfectamente logrados en las chispeantes broncas entre la complicada, intensa y antipática psicóloga y el frívolo, simpático y simplón publicista que comparten rellano. La comedia agradece el desparpajo de una Silvia Marsó que viene de Un tranvía llamado deseo y de Yerma, pero que rinde como una especialista del género. Chiapella realiza un evidente trabajo de alejamiento de su personaje televisivo que remata con éxito. Un espléndido rato de teatro divertido y con estilo. 

Y lo que no cabía allí. 
Las frases en negrita conectan ambos textos, mejor leer primero aquel y luego éste para enterarse bien.

1.- La dedicación de Peris-Mencheta a la dirección parece distinguirse por una muy personal y comprometida selección de piezas. Dicho de otro modo, que no le asusta el riesgo. Tiene una ubicación prominente en nuestro modesto star system, así que cualquier productor estaría encantado de ponerlo a dirigir títulos de orientación claramente comercial. Eso le proporcionaría una fama cómoda e ingresos más o menos fáciles, pero prefiere afinar. Con sus más y sus menos, pero demostrando con el conjunto de sus trabajos de dirección que es un tipo muy a tener en cuenta. No me gustó nada de nada Tempestad y creo que tanto Un trozo invisible de este mundo como Continuidad de los parques eran textos muy por debajo de su capacidad como director. Sí, también Un trozo invisible de este mundo, que cosechó un éxito universal, pero que me pareció, y me sigue pareciendo, ejemplo típico del teatro de buenas intenciones (vean, al respecto, lo último que he dicho sobre este asunto en la crítica a Sólo son mujeres, de resultado igual de aburrido, pero cuyos textos están bastante por encima de los de Botto). Incrementum era un reto importante, bien resuelto, y La puerta de al lado -como les decía en la crítica en papel- un bombón. Así que mi selección personal de su trayectoria (Incrementum, Continuidad de los parques y La puerta de al lado) traza un arco más que interesante.

2.- Un habilísimo mecanismo teatral lleno de posibilidades. Un tipo de texto infrecuente que yo llamo de liebre por gato. O sea: da más de lo que promete y, sin dejar de ser lo que parece, es más de lo que parece. Parece lo que antes se llamaba comedia burguesa, y lo es: un teatro amable de conflictos privados y no excesivamente desgarradores. Pero el espectador que esté atento a encontrar más, lo encontrará. En cuanto a contenido, y en primer lugar, un espesor considerable en lo que se dice respecto a las relaciones humanas. Ojito, esto no es Losers, la comicidad no está basada en la palabrería entretenida y autosuficiente. No en vano la crítica francesa vio un cierto parentesco con Marivaux que, como bien saben, consiguió camuflar bajo la apariencia del galanteo frivolón toda la filosofía (y la física) del amor y de la vida de una civilización ya desaparecida. 

En segundo lugar, un sutil jugueteo, un humor culturalista que hará las delicias de cualquiera que tenga nociones de psicoanálisis en general y haya oído hablar de Lacan en particular. Ahí andan, ocultas en el bordado, las referencias al otro dentro de uno mismo o una cita de Marguerite Duras (que el nieto de Lacan cite a la Duras es, ya en sí, una referencia indirecta a Lacan, que escribió un Homenaje a Marguerite Duras) respecto a la imposibilidad de la relación entre hombre y mujer, prima hermana de alguna afirmación del filósofo ("Lacan est conduit à questionner ce que l’on désigne comme « différence des sexes », et tout particulièrement ce qu’il en est de la jouissance féminine. Pour aboutir à la conclusion qu’entre les sexes ça ne marche pas, ça dysfonctionne, c’est de l’ordre du « ratage »… et pourtant, ça fait courir le monde.", lo dice Jean-Paul Ricoeur). Además, ella es psicóloga, y su intensa y bélica dialéctica está trufada de términos tomados del lenguaje del psicoanálisis. En otras palabras: lo que puede parecer a un observador inocente un intercambio espontáneo de exabruptos se apoya en realidad sobre un lecho de cultura psicoanalitica. A poco que el espectador la conozca, el resultado es una exquisita capa de ironía sobre la tarta, más ligera que la que, con iguales ingredientes, ha solido cocinar Woody Allen. Sumen los chistes metateatrales (que hacen pegar un respingo al respetable). Y sumen, respecto al humor culturalista, las referencias a Bruckner o a Mizoguchi y tendrán hechas las delicias de un público al que le encanta que le recuerden desde el escenario lo culto que es. Vamos, no se me enfaden, todos somos un poquito snobs, y además esto es un simple rasgo de identidad, de pertenencia. Reconocerse afín a quienes saben quién es Bruckner es lo mismo que dejar la etiqueta pegada en la visera de la gorra o llevar alzacuellos: un signo tribal.

En cuanto a la forma, el texto es réplica/réplica/réplica sin parar, una ametralladora muy bien cargada de sarcasmo. El original francés, una lengua especialmente dotada para el desprecio altivo -el registro de ella- debe de ser un artificio pirotécnico (alguna cosilla hay en Youtube), pero la versión de Peris-Mencheta es buena. Las escenas de otra índole están justo donde deben para contrastar. Por ejemplo, la más relajada de la madrugada en el rellano de la escalera. Y, sobre todo, la del rodaballo, que podría formar pendant con el sacacorchos de Sanzol. Si van después de leer esto, atentos al rodaballo, que podría ser modelo de escritura cómica, incluido el efecto "ponga la mano aquí". Está fuera de todo lo dicho hasta aquí, podría insertarse en casi cualquier contexto cómico, de los hermanos Marx a Lina Morgan.

3.- Los aciertos de Peris-Mencheta comienzan con la escenografía de Elisa Sanz. No hace falta repetir que la elección y coordinación del equipo creativo es responsabilidad del director. Además, el grado de abstracción aplicado por Sanz (si quieren entender por qué me parece esto abstracto, observen el bonito detalle microondas / cubito / espray del montaje original francés)  es como la proyección visual de la tendencia a la abstracción de concepto en Peris, presente en casi todos sus montajes (sólo exceptuaría Un trozo invisible de este mundo). Un reducido número de decisiones (dejar la cocina fuera de la vista del espectador, ubicar el rellano del portal detrás de una superficie alternativamente opaca o transparente, eliminar el tabique que separa ambas viviendas) rinde de maravilla. También el músico / voz en off está muy bien ubicado -en el centro, al fondo, elevado- para estar y no estar. Y sus intervenciones se han dosificado con acierto. Fui pensando que sería una ocurrencia mal encajada -como suelen ser casi siempre estas cosas- pero no es así. Litus es músico, pero las cosillas que dice las dice con habilidad de actor. Es una aportación más (junto a la escenografía y los chistes metateatrales citados) hacia la abstracción, subraya el mensaje de "no vean esto como una simple historieta sino, más bien, como un ejercicio a resolver, un sudoku teatral, un juguete ingenioso".

4.- Ritmo y tono. Esto es la madre del cordero, por supuesto. No estaríamos hablando de todo lo demás sin este frente cubierto. Y ahí es donde Peris, Marsó y Chiapella dan perfectamente en la diana. Uno puede permitirse ritmos declamatorios o simplemente morosos en un texto lírico (pongamos a Lorca, que veo esta tarde el de Iniesta, ya les contaré) o épico (estuve ayer en los Homeros de Arellano, ya les contaré), pero ponga una coma de más en una comedia de frases cortas y chisporroteo y se ha caído con todo el equipo. Que se lo digan a Gay, que destroza su propio texto en Los vecinos de arriba, ya les contaré. Aquí se ha acertado tanto en esto de los tiempos (que la mayor parte de la función van a toda velocidad, como debe ser, y que se relajan en las escenas mencionadas y en, creo recordar, una que se desarrolla más al ralentí en casa de ella) como en el enfoque de la composición de los personajes. Marsó se ha quedado en el punto justo de la exageración, antes de convertirse en marioneta histérica, pero con la suficiente para dar risa y arreglándoselas para provocar también un poco de ternura. Y la empatía de los neuróticos (lo sé bien, porque soy uno de ellos). Chiapella carga con la bendición / maldición de tener un personaje televisivo que le ha granjeado fama universal, amenaza perpetua de encasillamiento. Para más peligro, ese personaje podía haberse trasvasado perfectamente a esta función, no sólo porque el carácter casa sino, el colmo del calco, porque es un vecino. Esas operaciones las carga el diablo: el público, encantado, y el intérprete un paso más cerca de vender su alma creadora al demonio de la vida muelle. Como les decía en la crítica en papel, es evidente que Chiapella ha realizado un esfuerzo consciente de alejamiento, y supongo que Peris le habrá ayudado lo suyo. Era muy difícil, porque no era posible irse al extremo opuesto: no es ni Macbeth ni Segismundo, sino un personaje de comedia bastante cercano. El resultado es muy interesante, por lo sutil de la operación.
P.J.L. Domínguez

Nota final: Uno de los mejores ejemplos que conozco en este género de liebre por gato es El filósofo declara del mexicano Juan Villoro. Tras mucho esperar, creo que se estrena en octubre en Barcelona. Espero que el montaje esté a la altura de la calidad del texto.
          
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lunes, 9 de noviembre de 2015

SIEMPRE ME RESISTÍ A QUE TERMINARA EL VERANO

Sala: Teatro Marquina Autor y director: Lautaro Perotti Intérpretes: Pablo Rivero, Andres Gertrúdix, Estefanía de los Santos, Unax Ugalde y Santi Marín Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Gertrúdix, Marín, de los Santos, Rivero y Ugalde. La foto es de Antonio Castro, a quien la posteridad va a deber una ingente documentación sobre el teatro en Madrid.
Siempre me resistí a que terminara el verano es un fracaso. Pero diría que un hermoso fracaso. Hermoso como su título, que me suena un poco Tennessee Williams, autor que Perotti visitó no hace mucho.

Parte de un texto del propio Perotti que es, casi hasta el final, una maravilla. Tres amigos que vuelven al lugar de origen, subgénero de montones de historias. Seguro que ya les ha venido alguna a la cabeza. De mi memoria emergió en seguida La partida, una pieza de Paco Rodríguez -también con tres amigos- que se hizo en 2012 en Azarte, más centrada en la trama narrativa, que ésta de Perotti, que es sobre todo drama sicológico. Pero es sólo un ejemplo; hay multitud de detalles de la narración (la camaradería asociada a compartir una prostituta, la mitificación del recuerdo de la noche en que jugaron desnudos al fútbol bajo la lluvia, el bar como segundo hogar con una segunda familia...) claramente ubicados en una larga tradición de lugares comunes. Ojo, "lugar común" no tiene aquí la menor connotación peyorativa, quizá deberíamos decir "topos" literario. Como bien saben, la mejor literatura viene agarrándose, desde Gilgamesh por lo menos, a los mismos asideros narrativos. La escritura de Perotti tiene, entre otras, esta habilidad de colocarse en un sitio que no deja de ser nuevo porque nos recuerde a otros en los que hemos estado.

Tiene más: verosimilitud, diálogo fluido, interés narrativo, construcción de caracteres... y un lirismo que se desprende con naturalidad tanto de la una (la narración) como de los otros (el carácter de cada personaje). Les decía más arriba que es una maravilla casi hasta el final, y ese casi estaba ahí exclusivamente por el útimo monólogo de Isabel. Se repite ahí la operación de querer elevar un suceso banal (el ruido de las hojas secas) a categoría de recuerdo vertebrador. Estas operaciones a veces salen (sale perfectamente con el fútbol bajo la lluvia) y a veces no salen, y el texto se queda, en esos minutillos finales, muy por debajo de todo lo anterior, muy por debajo de la intensidad interpretativa de la actriz y muy por debajo de su función de remate de la pieza. Aparte de eso, Siempre me resistí es redonda y conmovedora y dibuja, de los cinco personajes, al menos tres maravillosos: la prostituta en decadencia (otro lugar común de larguísima tradición); el joven empleado de la funeraria, entre el macarrismo y una desarmante ingenuidad, y el padre de familia que mantiene a sus hijas dedicándose a una actividad que lo avergüenza. Este último es el único que no ha interrumpido la relación con la prostituta durante los últimos veinte años, y esa amistad -de la que ni siquiera se habla pero que resalta bien visible- es quizá el aspecto más interesante de la obra. Ya he perdido el control detallado de quién me lee (un experto en marketing me diría que como no defina bien mi target, voy listo), pero me consta que algunos de ustedes son habitantes del planeta artes visuales, así que voy a decirles algo: aquí hay un peliculón.

Además del texto, la función tenía muchas bazas a favor. La música de Etxeandia no, desde luego, a pesar del partido publicitario que se le ha sacado. No sé si las breves rágafas de ambientación sonora que acompañan a alguna escena serán suyas o de los otros dos firmantes (Tao Gutiérrez y Enrico Barbaro), pero nada tienen de memorable. Es cierto que al final se oye una canción, pero llega a telón cerrado y con el público abandonando el teatro. Bazas: Perotti como director (estupendo en Algo de ruido hace y brillante en Breve ejercicio para sobrevivir), Boromello como escenógrafa, Ana López Cobo como figurinista... Y, sin embargo, la función no termina de salir adelante. Ni la escenografía ni el vestuario ayudan gran cosa, pero ¿cuál es el problema de fondo?

No sabría decirlo con seguridad, aunque algunos errores son evidentes. Por ejemplo, Rivero no da el personaje. No es su responsabilidad, siempre lo he visto bien (piensen en Pandur: La caída de los dioses, Fausto). Es, por el contrario, un error de casting. No hay quien se trague ni por un minuto que es un señor conservador de cuarenta años. Resulta que tiene treinta y cinco, pero no los da, parece un niño. Lo han vestido de señor del PP con flequillito rubio y chaleco de estos impermeables de plumas que todo lo inundan desde la temporada pasada, y ocurre lo peor que puede pasar con el vestuario en escena: parece que lleva un disfraz. Tampoco está Gertrúdix, me parece a mí, suficientemente centrado en el personaje. Es un tipo atormentado, escritor fracasado que ha vuelto a su pueblo a enterrar a una madre con la que hacía veinte años que no se hablaba. Falta espesor en la interpretación, tendría que provocarnos la empatía suficiente para entender sus rarezas, tendría hasta que darnos pena. En vez de atormentado, se queda demasiado tiempo en rarito o en insufrible. ¿Saben? Ahora que llevo un ratillo escribiendo este párrafo me parece que sí, que éste es el lastre fundamental de una función que es todo sicología, todo dirección de actores, una función que debe sostenerse íntegramente sobre la verosimilitud de lo que cada uno lleva por dentro. Repetiré, en descargo no tanto de Rivero -que ya digo que no tiene mayor responsabilidad- sino de Gertrúdix, que sus personajes son menos interesantes que los otros tres.

Estefanía de los Santos está fotográfica. Vamos, que parece una foto del tipo de mujer que representa. Todavía no puedo decir si es una actriz excelente o esto es un as herself, porque la he visto tres veces (Las plantas, Marca España) y las tres prácticamente en el mismo papel: intensa, explícita, expuesta. Desde luego, aquí le va de miedo a la función. Espero verla alguna vez en algo más reposado. Estuvo nominada a un Goya por Grupo 7, pero prácticamente no veo cine.

No se me ocurre manera mejor de sacar adelante el papel de Unax Ugalde -un hombre bueno y apocado que ha encontrado refugio en la amistad de una prostituta y en el puti-club en desuso- que como él lo ha hecho: sin el menor aspaviento, con un único arranque expresivo de intensidad que, en el colmo de la contención, nos hurta su rostro. Ugalde es lo mejor de la función. No sé si había hecho teatro, no veo nada en su curriculum. Visto aquí, creo que podría hacer cualquier cosa. Ha sido un acierto de Perotti arrastrarlo al Marquina. 

Santi Marín, adorable. Es siempre difícil predecir qué será lo que la memoria decidirá archivar, pero yo diría que es su personaje lo que el público recordará mayoritariamente de Siempre me resistí.

Eso será, quizá, lo que el público recuerde, porque se ha desperdiciado una oportunidad de oro de construir una escena tan memorable para los espectadores como para los personajes. Hace veinte años la policía irrumpió en el Caimán, y los tres amigos huyeron desnudos por la puerta de atrás. Terminaron jugando al fútbol bajo la lluvia, así, como vinieron al mundo. Es un recuerdo central en la función y tiene fuerza poética. Hay hasta una foto, que Isabel sacó mientras los tres corrian alejándose y que la madre de Raúl reveló. La escena se recrea al final. Los tres empiezan a desnudarse y... paran y se quedan en calzoncillos y camiseta. Error. Llevamos más de una hora oyendo contar que no fue así. Entiendo que son mediáticos y que un desnudo es siempre una cosa complicada, pero están a medio iluminar, cabía bajar aún más la luz y alejarlos. No sé cómo se habrá llegado a esta decisión, pero lo suyo era desnudarlos y reproducir ese recuerdo que, durante años, ha condensado para los tres la esencia de su relación y de la perdida juventud.

A pesar de todas estas pegas, ya les decía al comienzo que es un fracaso hermoso. Merece la pena verlo, por su fuerza evocadora -evoca la juventud de estos tres, pero también la nuestra- y por algunas de las interpretaciones. Merecería la pena darle una vuelta más, no haría falta mucho para que dejara de ser un fracaso.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 28 de septiembre de 2014

EL LARGO VIAJE DEL DÍA HACIA LA NOCHE

Sala: Teatro Marquina Autor: Eugene O'Neill (versión de Borja Ortiz de Gondra) Director: José Afonso Intérpretes: Vicky Peña, Mario Gas, Alberto Iglesias, Juan Díaz y Mamen Camacho Duración: 2.30' (diez minutos de entreacto) 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)


Mamen Camacho, Vicky Peña y Mario Gas.
Mario Gas y Vicky Peña. Ahí es nada. Y O’Neill, Largo viaje, nada menos. Un texto superlativo aunque -ojo- extremadamente difícil de poner en pie y lleno de trampas (una, por ejemplo: melodrama desaforado). Desde que se anunció, hubo una expectación enorme. No voy a hacerles esperar el juicio: no funciona. Apenas he visto dos comentarios digitales y la crítica de Ayanz, en los que ni siquiera  el temor religioso que las figuras de Peña y Gas producen han podido impedir una confesión, tímida pero clara: la función aburre. [P.S.: Escribí eso hace SEMANAS, pero he ido dilatando la publicación, porque no llego. Ayer salió la crítica de Marcos Ordóñez, y está en las antípodas de mi opinión, pero les invito a que vean la función con esta frase de Ordóñez en mente: "en el apartado de los defectos, la falta de brío en determinados pasajes". Será una diferencia de grado en la percepción. A mí me parece que esa falta de brío se extiende a prácticamente todo lo que Gas y/o Peña no han podido controlar en primera persona].

Ortiz de Gondra ha dejado el larguísimo original en dos horas y media (que se extienden de ocho y media de la tarde a once de la noche, ¿a qué hora se supone que cenamos?). Y menos mal. Si llega a durar más, no sale nadie vivo. No creo que el problema sea la versión, no me pareció que sobrara nada, que hubiera nada redundante o excesivo. El problema está en otro sitio.

La escenografía de Elisa Sanz también funciona, tienen la foto ahí arriba. Una tarima de madera, circular e inclinada, y unas gasas que rodean el escenario sobre las que se proyectan imágenes en las transiciones: el mar, el faro, las gaviotas. Excepto por esas proyecciones, el espacio de la representación está cerrado en sí mismo, aislado del entorno que se menciona una y otra vez -el mar, el faro, la niebla-, y creo que eso ayuda al texto: este pequeño infierno es autónomo, autosuficiente. Daría igual coger a los personajes y depositarlos en Cochabamba o en Madagascar, nada cambiaría.

Sólo una licencia que, por aislada, chirría un poco. Los muebles son muebles: sillas, mesas, carrito de servir… Pero los objetos se esconden en unas trampillas que se abren en la tarima, produciendo la extraña sensación de qué-ocurre-ahora-por-qué-se-sienta-en-el-suelo-qué-es-eso-que-abre. Ya saben lo que siempre les digo: en el teatro podemos creernos cualquier cosa que nos pidan que nos creamos, pero las reglas deben ser coherentes (pueden ver, al respecto, mi crítica de Medida por medida). Si los muebles son reales, son reales, las trampillas despistan. Las proyecciones de Eduardo Moreno no están mal. Qué puñeta, no es que no estén mal, es que encajan bastante bien. [P.S.: Hacen la función de la ventana al mar que Ordóñez hecha en falta, pero es cierto que lo hacen sólo en las transiciones, sin mitigar el efecto de cerrazón que les comentaba más arriba].

Gas es un excelente actor y está a su propia altura. Crea un Tyrone complejo, humano, lejos del estereotipo del tipo que ha arruinado la vida de su esposa. Vicky Peña es una de nuestras mejores actrices. Pasa por encima de lo que haga falta: eso hizo en El diccionario, donde sobrevolaba con sus propias fuerzas, como aquí, una función más bien polvorienta. En alguna de las escenas da lecciones de interpretación que deberían ser de obligada asistencia para los estudiantes del ramo. Aunque, en algún momento, incluso ella me pareció algo desamparada. Juan Díaz les aguanta el pulso a ambos, y esto es mucho decir. Iglesias -y espero mitigar esto que les digo señalando que Ordóñez ha escrito exactamente lo contrario- no sigue el paso. Y la criada va justita.

En cualquier caso, con un texto superlativo, una versión bien hecha, una escenografía que funciona y una interpretación que, la mayor parte del tiempo, alcanza un nivel infrecuente... ¿es posible que el resultado sea aburrido? Sí, lo es. La dirección no tiene pulso, ritmo, tono ni nada. Es como si alguien estuviera pulverizando una solución de Valium desde el peine. [P.S.: A eso, y no a la interpretación, creo que se deben las borracheras que Ordóñez califica como "muy educadas". ¿Qué más quiere un actor que una borrachera estrepitosa? Alguien ha decidido que fueran así, tontorronas]. Y miren que siento tener que decirlo.
 P.J.L. Domínguez

           

domingo, 20 de octubre de 2013

UNA BODA FELIZ

Sala: Teatro Marquina Autor: Gérard Bitton y Michel Munz (versión de Juan Solo) Director: Gabriel Olivares Intérpretes: Antonio Molero, Agustín Jiménez, Francesc Albiol, Juan Solo y Celine Tyll. Duración: 1.30' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

La homosexualidad fingida genera carcajadas por estos lares al menos desde No desearás al vecino del quinto, la película española más vista hasta aquel momento: 1970. En 2010, un embuste parecido, pasado por el tamiz de la más pura tradición francesa de la comedia de bulevar, dio a Bitton y Munz el enorme éxito de Le gai marriage, bien traducida aquí por Juan Solo. El motor de la comedia es, naturalmente, la madeja de mentiras que al protagonista se le complica por momentos, tras amañar un matrimonio con un amigo tan heterosexual como él mismo. La función tiene ahora mismo dos parientes estrechos en la cartelera: uno por parte de embuste, La verdad sospechosa, y otro por parte de boda, las Campanadas de La Cubana.

  Como en el elenco original de La cena de los idiotas, y en un personaje parecido, es Agustín Jiménez, excelente actor de carácter, el que lleva el mayor peso de comicidad de la pieza. Aunque todos tienen su momento de gloria, como el mutis reinona de Albión. Se echa de menos que la cosa se pase un poco de vueltas al final, el texto pide a gritos que la dirección se desparrame. Me hubiera encantado ver a Celine Tyll tan desmelenada como la Joan Cusack del célebre “¡Es un capítulo de Expediente X!”en In and Out. Pero, en conjunto, el respetable se ríe sin parar, que es de lo que se trata. 

Por incidir en lo publicado, yo creo quCeline Tyll tiene narices (interpretativas) más que suficientes para habernos regalado un explosivo e hilarante ataque de nervios a cuenta de las sucesivas patrañas que su novio le ha ido colando, y que producen al final una situación que, si fuera real, fundiría las neuronas de cualquiera. Una pena que no se lo hayan pedido. Se agradece, por el contrario, que Molero y Solo se mantengan contenidos durante casi toda la función. Como les digo siempre, estos papeles de comedia que deben mantenerse serios y no conviene apayasar, son muy ingratos.
P.J.L. Domínguez

           

martes, 15 de enero de 2013

SI SUPIERA CANTAR ME SALVARÍA (EL CRÍTICO)

Sala: Teatro Marquina Autor: Juan Mayorga Director: Juan José Afonso Intérpretes: Pere Ponce y Juanjo Puigcorbé Duración: 1.25'
Información completa (el enlace inactivo puede significar que la obra ya no está en cartel)

Juan Mayorga
Yo no sé qué me pasa con Mayorga. Fui al Marquina pidiendo a los dioses que lo que iba a ver me convenciera (como el protagonista de la obra, por cierto). Se lo dije a JM: "Estoy deseando que me guste". Pero no hay manera. Este hombre está reconocido casi unánimente como uno de los mejores dramaturgos vivos en castellano, si no el mejor. Tiene todos los premios posibles. Está traducido... hasta al coreano. Cada estreno va indefectiblemente seguido de críticas ditirámbicas. Y yo no veo nada por ninguna parte. Por supuesto, y lo digo con toda humildad, puede ser que algo en mi conformación mental me impida ver las que sean precisamente sus virtudes. Espero encontrar a alguien que, con alguno de sus textos delante, se siente conmigo y me demuestre que, efectivamente, es una pieza de altura. Porque yo no veo nada.  

Desde luego, no soy un especialista en su obra. Recuerdo ahora Himmelweg, La paz perpetua y Penumbra. Me pide el cuerpo reseñar lo que fueron mis impresiones, pero no quiero hacer esta entrada interminable. Creo que puedo resumir diciendo que me parecieron banales, y con poco interés dramatúrgico. Bueno, ya lo he dicho. De ésta me expulsan de la Real Congregación de Críticos de la Villa y Corte de Madrid. 

Juanjo Puigcorbé y Pere Ponce
Si supiera cantar me salvaría me ha parecido peor que las anteriores. Reedición del visitadísimo asunto de visita sorpresa y duelo dialéctico. En este caso, un autor (Scarpa) visita a un crítico (Volodia) inmediatamente después de un estreno. Ocurre lo que uno espera que ocurra: resulta que ambos llevan media vida obsesionados.mutuamente. Scarpa porque, en la cumbre del éxito, nunca ha recibido un elogio del crítico. Volodia, porque puso en el talento del autor sus esperanzas, y ha pretendido estimularlo, en vano, con sus críticas negativas. La cosa no da más de sí. Entre tanto, se va hilvanando la historia de una mujer, de manera más bien confusa (un jovencillo decía a la salida "yo no he entendido lo de la tía") y, sobre todo, trillada. Ejemplo: "Yo amo a una mujer como tú ni siquiera podrías comprender". Hay, además, episodios de evidente torpeza dramatúrgica. En su esfuerzo por demostrar al crítico las virtudes del texto recién estrenado, Scarpa recrea partes del mismo. Esos fragmentos de teatro dentro del teatro no tienen ningún interés por sí mismos -relatan una historia de maestro y discípulo perfectamente tópica- y no enganchan. Tienen una duración excesiva y detienen el curso de la función. Tampoco aporta nada su evidente paralelismo con la relación entre los personajes: un aprendiz de boxeador termina por tumbar a su entrenador, como una proyección de la psique de Scarpa, que estaría encantada de soltar un puñetazo a Volodia. Elemental, querido Watson.

Y ya que estamos con la psique, vamos con algo insoslayable. Mayorga emplea un buen rato en retratar a Volodia. Es un hombre que va al teatro con la mente abierta; que no permite que sus sentimientos interfieran en su juicio; que ha hecho de su profesión casi un sacerdocio, porque es crítico por vocación (y no de rebote, como la leyenda pretende que somos todos). En resumen: el crítico perfecto. Este crítico machaca sistemáticamente a un autor de enorme éxito. No hay que ser un mago de la interpretación psicoanalítica para ponerse a sospechar que lo que Volodia dice a Scarpa algo tendrá que ver con la proyección de lo que Mayorga (o una parte de él) espera que alguna vez le diga un crítico. ¿Y qué le dice? Le dice que el único sentido del teatro es mostrarnos la verdad, para ayudarnos a soportar la mentira que nos rodea. Que la verdad en un escenario suscita siempre rechazo. Y que los éxitos incontestados son, por tanto, la mejor prueba en contra de una obra. Aquí cabe recordar que Mayorga ha escrito piezas sobre la pederastia (Hammelin) o el terrorismo (La paz perpetua), dos asuntos erizados de espinas y con los bordes cortantes. Y que ambas consiguieron el aplauso unánime. ¿Es posible escribir algo con interés artístico sobre semejantes cuestiones sin que nadie encuentre un pero? (Estoy recordando ahora los párrafos sobre ambas cuestiones en los textos de Rodrigo García, que dejan helado al respetable) ¿No es preciso, para eso, sujetarse estrictamente a las verdades universalmente admitidas? ¿Qué se aporta entonces? Última pregunta: ¿no está Mayorga pidiendo a gritos que alguien se lo diga? En fin, no me hagan mucho caso, es posible que mis neuronas patinen. [En honor a la verdad: hubo al menos una queja, de Fernando Savater, sobre La paz perpetua. El resto, aplausos] 

Villano expresionista
La puesta en escena, torpe. Sobre todo en la dirección de actores, y esto es prácticamente como decir "en todo" en una función de estas características. A Pere Ponce se le ha asignado un registro que le hace rozar lo grotesco. Entra como un villano de película muda, y la sensación se acentúa durante los interminables minutos en los que retrasa el brazo derecho, simulando la tensión reprimida, hasta que a todos nos parece que se ha contracturado. Cuando la supuesta tensión se le hace insoportable, mueve los dedos de esa mano como si se resistiera a cerrarla para propinar un puñetazo. Cine expresionista. Puigcorbé sale mejor parado, hace lo que puede. Pero no se libra de ser colocado una y otra vez en pose declamatoria. Para terminar la fiesta, oscuro, efectos de sonido, la escenografía se abre, y unos focos al fondo nos ciegan mientras una lluvia de papelitos cae sobre la escena (recordé de pronto el harapo volador que simulaba un murciélago en el Drácula del mismo teatro). ¿A qué viene esto? ¿Caroline, ve hacia la luz? Comentario de JM: "¿Tú has entendido por qué sale un OVNI al final?"
P.J.L. Domínguez

lunes, 10 de diciembre de 2012

BABEL

Sala: Teatro Marquina Autor: Andrew Bovell (versión de Pedro Costa) Directora: Tamzin Towsend Intérpretes: Jorge Bosch, Pedro Casablanc, Pilar Castro, Aitana Sánchez-Gijón Duración: 1.25'
Información completa (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)
 
Speaking in tongues (1996) fue premiada y llevada al cine (Lantana, 2001). Llega, por tanto, con avales. Y a mí me asalta una perplejidad parecida a la que me produjo Closer. Los personajes van y vienen, pero no veo que lleguen a ninguna parte. No hay desenlace (el público tarda un rato largo en entender que debe aplaudir). La leve trama de intriga no es, desde luego, el motor de la pieza (creo que lo es un poco más en la película). Así que estamos ante ese tipo de narración que entreteje historias diversas, dibujando, sobre todo, personajes y marcos de relaciones. Un poco a la manera de Magnolia. Esto no es ninguna tara de origen, podríamos decir casi lo mismo de Chejov. Es mucho más fácil de articular en el cine, por motivos largos de explicar, pero se sustenta en el teatro sólo con un delicadísimo trabajo de orfebrería. Siguiendo con el símil, una Ratonera mediocre puede hasta entretener, pero un Chejov poco sutil aburre hasta a las piedras.


La versión de Townsend se sostiene, pero no impacta. Tarda en enganchar: no lo hace hasta los monólogos que introducen historias divergentes en lo que, hasta ese momento, sólo es un relato de infidelidades. 


Pilar Castro
El comienzo, con escenas simultáneas y parlamentos dichos al unísono por parejas de  actores, es, desde luego, fruto de un formidable trabajo, pero el efecto casi no pasa de la sorpresa. Ellas están mejor que ellos, parece que se creen más los papeles. Pilar Castro, estupenda,  sobre todo como la mujer despegada de los afectos, y en el relato del zapato y el vecino. En pocas palabras: no es para echar cohetes, pero acaba resultando interesante.
P.J.L Domínguez