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lunes, 30 de abril de 2018

IPHIGENIA EN VALLECAS

Sala: Teatro Pavón Autor: Gary Owen (versión de María Hervás) Director: Antonio C. Guijosa Intérprete: María Hervás Duración: no la tengo apuntada
La función ya no está en cartel

Ahí tienen toda la escenografía, calendario de pared incluido. Foto de Marieta para La Voz de Avilés.
No iba a dejar sin colgar otra que, aunque muy retrasada, se llevó cinco estrellas. De lo mejorcito que he visto en Madrid en dieciocho años. Y, además, acaban de decirme que vuelve al Pavón (ya decía yo ahí abajo "me temo que tendrán que reponer por segunda vez"), así que estén atentos como aguiluchos para sacar entradas, porque volverá a ser un acontecimiento:

 Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

LOS PELOS DE PUNTA

Hablando de María Hervás en TeatroSolo, una función en la que el espectador la tenía para él durante media hora, desplegué algunos términos (presencia, encanto, glamour, chic) que vienen al pelo ahora para dar la justa medida del salto. Se ha trasmutado en una choni barriobajera a escasos milímetros de la marginalidad más completa. Pone los pelos de punta. He puesto “trasmutado” con plena conciencia, porque la composición es formidable. Hasta fea consigue estar en algún momento, mérito considerable partiendo de donde parte.


    Ese talento como intérprete se suma al aportado como autora de la impecable traslación del original a un castellano tan puro como poligonero. De Gales a Vallecas sin dejarse un solo pelo en la gatera. Antonio C. Guijosa, otro que avanza a saltos por el hiperespacio (de la política-ficción de Verónica Fernández a Maeterlinck; de Esteve Soler a este hiperrealismo sucio) ha obtenido un excelente resultado con una economía de medios interpretativos y escénicos que apenas precisa de un calendario de pared que ayuda a entender la progresión temporal. Entre otras cosas –por ejemplo, que el realismo no morirá nunca- Iphigenia en Vallecas demuestra que el teatro de denuncia funciona tanto mejor cuanto más se confía en la inteligencia del espectador y menos explícito es el alegato. Me temo que tendrán que reponer por segunda vez.

P.J.L. Domínguez

lunes, 16 de octubre de 2017

CONTRA LA DEMOCRACIA

Sala: Teatro Galileo Autor: Esteve Soler (traducción del propio autor) Director: Antonio C. Guijosa Intérpretes: José Vicente Moirón, Meme Tabares, Gabriel Moreno y Marina Recio Duración: 1.30'
La función ya no está en cartel


Vaya bluf. Me voy al Galileo perdiendo el flato y tropezándome con los adoquines como todo fiel seguidor de la novedad, la vanguardia, lo alternativo y -en resumen- el dernier cri debe hacer, a ver POR FIN en castellano la obra de este -así dicen- nieto de Kafka, sobrino de Beckett... y yo qué sé qué más, traducido a todas las lenguas de nombre pronunciable y con estos título que auguran al contestatario, al rebelde, al autor de textos corrosivos que dejarán temblando nuestras más íntimas convicciones: Contra el progreso, Contra el amor y Contra la democracia. Si pasó por allí y aquello le pareció una broma, no se fustigue: en mi función casi todo el mundo salió con la cara larga hasta el suelo. Aunque también había una chica que aseguraba haber ido por tercera vez, el gusto es libre.

Les diré que esto le parece la octava maravilla a, por ejemplo, alguien con tanto talento como Carlos Be. Y a otros miles, pero me resulta incomprensible. Los textos son banales-banales-banales. Si la cosa va de especulación, la idea de los malvados para despistar a la opinión pública es recurrir al fútbol. Una denuncia de absoluta novedad, ya me lo decía mi padre antes de que muriera Franco. Así, todo. En cuanto a la capacidad revulsiva de los textos, me troncho. Estas caricaturas de especulador, por ejemplo, podían resultar iluminadoras en las vanguardias del siglo XX (cuando los ricos gordos con puro y chistera), estas fábulas con insecto podían golpear cuando llegaron... pero me parece de aplicación aquello de que el primero que comparó a la mujer con una flor fue un poeta y el segundo un imbécil (dado que los tiempos van como van, me apresuro a subrayar que esto es una cita de Voltaire y que no pretendo llamar imbécil a nadie; si la frase fuera mía diría "la primera comparación era poesía y la segunda una tontería", que es muy distinto). ¿Dick Cheney y Leopoldo II abusando de una camarera en un bar? ¿De verdad que esto les parece rompedor? Pues lean el texto y a ver dónde ven la gracia o si encuentran algo que no se les hubiera ocurrido también a ustedes (que no tienen por qué ser dramaturgos). La escena que mayor interés pareció suscitar en mis compañeros de función fue la de la musulmana, que se desarrolla en árabe, y que -aparte de cargarse la unidad estilística de la obra, porque viene de otra galaxia- es melodrama del facilón (y menos mal que la intérprete, Meme Tabares, es estupenda). Las otras seis, puestas una detrás de otra, pase: una cosilla aburrida y mal resuelta. Con ésta, un colosal despropósito.

De las siete escenas... Ah, no, esperen. Aquí quiero detenerme. Como les he dicho muchas veces, el verdadero reto de un texto no lineal (no convencional o como quieran llamarlo, lo he llamado en algún sitio teatro de lo imprevisible) es la duración. De ahí el espectacular logro de Esperando a Godot, que mantiene la atención en vilo (si se monta bien, claro) sin avance lineal del relato. Ahí tienen la fantástica Cenizas a las cenizas, en la que incluso un cerebro privilegiado como el de Pinter se detiene a los cincuenta minutos. Estas piececitas duran una media de trece minutos. Así cualquiera, si me permiten la odiosa expresión. Los trece minutos permiten plantear una situación sin necesidad de rematarla. Y no me refiero al remate de "se casaron y comieron perdices" o "el asesino era el mayordomo", sino a un remate formal (o a-formal, o ni esto ni lo otro sino todo lo contrario) satisfactorio. Volvamos al hilo.

De las siete escenas que componen la obra hay una que tiene algo más de chicha, que no cae en lugares comunes y que no avanza a base de diálogos más o menos descontados desde el planteamiento inicial: la del desaparecido número... ¿seis? Ahora no recuerdo si era el seis o el siete, pero poco importa. Entre el costumbrismo de escalera de vecinos y el absurdo, tiene su gracia. Sería muy interesante ver esto extendido hasta la horita de duración. Ahí está lo difícil.

Como en estos casos en los que mi percepción choca contra el aplauso universal, me he ido a ver la opinión de otros. Vallejo aplaude. García Gazón se reserva. ¿Saben lo que creo yo? Que esto es el Paulo Coelho de las vanguardias. Lo alternativo y lo contestatario explicado a los niños en cómodas píldoras. Les aseguro que el día que pasen por Madrid Contra el progreso y Contra el amor volveré a ir deseando encontrar algo que justifique la carrera.

Dicho todo esto, Carlos C. Guijosa ha hecho maravillas con la puesta en escena. No creo que se pudiera hacer mejor, incluida la música de Charada, que yo hubiera utilizado en exclusiva. Pero no hay quien levante el texto, el aburrimiento no es mortal única y exclusivamente porque son siete historias distintas, y eso da un poco de aire.
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 6 de mayo de 2015

TRILOGIA DE LA CEGUERA

Sala: Teatro Valle Inclán (Sala Nieva) Autor:  Maurice Maeterlinck (versión de cada uno de los directores) Directores: Vanessa Martínez (La intrusa), Antonio C. Guijosa (Interior) y Raúl Fuertes (Los ciegos) Intérpretes: Lucía Barrado, Lucía Fuengallego, Pablo Huetos, Celina Nadal, Verónica Ronda, Pedro Santos, Carlos Silveira, Gemma Solé, Quique Fernández y José Vicente Moirón Duración: 2.00'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


José Vicente Moirón en Interior.

Les dejo el texto de la crítica en papel antes de lo habitual, porque esta vez no la encuentro en la web de la Guía:


  A pesar del lugar relevante que ocupa en la historia del teatro, frecuentamos poco por aquí a Maeterlinck. Al reunir tres piezas cortas, este espectáculo ofrece una visión interesante de su universo creativo, con resultado variable.

    La intrusa está hecha de delicados equilibrios, sugerencias, quiebros próximos a ratos a lo absurdo y a ratos a lo esotérico. Tiene el riesgo de escorar hacia Los habitantes de la casa deshabitada y algo así, además de un cierto desorden, le ocurre a esta puesta en escena, a pesar de algún momento logrado. Para Los ciegos, Raúl Fuertes ha tenido la idea de oscurecer la sala por completo, y el espectador ve lo mismo que los personajes: nada. Aunque nos hurta todo lo que no es la voz, o casi, en el trabajo de director e intérpretes, tiene su aquel. Notable efecto sorpresa final que no desvelaré.

    Sin duda, es Interior la propuesta más acabada, más redonda. Parte de un texto magnífico, de simbolismo transparente: la vida y la muerte, la felicidad y la desgracia, el azar y el destino. Más fácil que los otros dos, en el sentido de que es más directamente conmovedor, menos árido. Puesta en escena bien planteada y cuidadosa dirección de actores de Antonio C. Guijosa. Estupendos José Vicente Moirón y Quique Fernández, y estupenda Verónica Ronda en un prólogo que no molesta (al contrario que el epílogo, que sí lo hace). Interior bien vale una entrada.

Y lo que no cabía allí:
La realidad nos rodea terca y constante, y las cosas dejan de maravillarnos a base de estar siempre ahí. Si hacemos el esfuerzo de intentar mirarlas con ojos nuevos, la gratificación es inmediata: llega en forma de sorpresa. Maeterlinck es un buen ejemplo. Un autor teatral. Vale. Que también escribió La vida de las abejas, La vida de las termitas y La vida de las hormigad. Vale. "Vale", porque nos hemos acostumbrado al dato, pero no me negarán que dibuja a un tipo más que curioso. Ricco di famiglia (nunca he sabido cómo se dice en castellano), se pudo dedicar a lo que le dictó su animo. Y, además de esos ensayos sobre los insectos sociales, lo que le pidió el cuerpo fue llevar al teatro una corriente de sensibilidad que atravesó Occidente en el tiempo que le tocó vivir y que no sé si llamar espiritualismo en sentido, más que amplio, amplísimo. No todo fue positivismo en ese ambiente de progreso técnico, industrial y económico. ¿Saben quién es casi estricto coetáneo de Maeterlinck? Gurdjieff. Si no saben quién era, entérense, porque la historia no tiene desperdicio. 

La isla de los muertos, de Arnold Böcklin (1886).

Una parte de ese vastísimo flujo de ideas (que se concretan tanto en sesudos pensadores como en las chifladas con un pañuelo atado en la cabeza que siguieron conectando con los espíritus del más allá hasta mediados del siglo XX) produciría lo que se terminó llamando simbolismo, tanto en literatura como en pintura. Aunque adoptaría muchas formas y denominaciones (malditismo, decadentismo) y sus ramificaciones se extenderían por muchos lugares: desde el modernismo (piensen en la espiritualidad de Gaudí) hasta las vanguardias del siglo XX, que heredaron algunos de sus rasgos.


Maria Germanova como la bruja
de El pájaro azul en su estreno
(foto de Karl Fischer).
La fama internacional le llegó a Maeterlinck con El pájaro azul (L'oiseau bleu, 1908), una historia de niños perdidos, abuelos muertos, hermano aún no nacido y personajes tales como la luz o el fuego. Echen un vistazo al argumento en la wikipedia (corresponde a la película de Cukor, pero es donde mejor se explica). Es fácil imaginar el contraste que una historia de este tipo -entre fábula popular y alegoría- tuvo que representar en un panorama dominado por el realismo. Podría verse una relación evidente con muchas obras del XX, más o menos relacionadas con las vanguardias, en el recurso a la estructura del relato popular (véanse El pájaro de fuego, La historia del soldado, El retablo de Maese Pedro, El amor de las tres naranjas, El castillo de Barbazul... me están saliendo todas musicales, pero piensen en La bella y la bestia,  de Cocteau, ). Aunque, en el fondo, lo que ocurre es que clasificamos las cosas en cajones distintos para poner orden, y luego nos maravilla comprobar que los cajones nos los hemos inventado: simbolismo, vanguardia... Pero, así como El pájaro azul parece proyectarse hacia adelante, otra de las obras más conocidas de su autor (sobre todo a partir de la versión musical de Debussy), Peleas y Melisande -que en castellano creo que deberíamos llamar Peleas y Melisendra- evoca un mundo precedente: el de los prerrafaelitas. No es de extrañar que atrajera al último antiguo entre los compositores, Debussy; mientras que los primeros  modernos se fueron fijando en otras obras.

* * *

De acuerdo con la convicción de que la realidad material oculta otras realidades más profundas, el teatro de Maeterlinck, como la literatura simbolista en general, está hecho de alusiones, alegorías, sugerencias. Con un grado mayor o menor de oscuridad, y una facilidad mayor o menor en su interpretación. La intrusa es la más críptica de las tres que se han agrupado en esta trilogía de la ceguera. El abuelo es ciego. Su hija agoniza fuera de escena. Hay extraños ruidos en el jardín, en la escalera. Los pájaros callan sin motivo aparente. Algo -¿la muerte?- atraviesa el salón. El abuelo es sacudido por extrañas aprensiones, quizá porque es el único que, en su ceguera, percibe lo que en realidad está ocurriendo y los demás no ven. Esto sólo se puede poner en escena intentando sumir al espectador en el estupor y la incomprensión, y que ese estado de ánimo dure hasta el final. Ésa creo que era la intención. Supongo que el televisor con los dibujos animados de Betty Bop (aquí se llamó siempre la Beti Bo), el cuadro retroiluminado en lo alto (Moreau o similar), el extraño vestuario (que incluye a dos hermanas entre El resplandor y Los Monster), los anacronismos... buscaban el efecto de acentuar la extrañeza, pero acercan el resultado, con la inestimable colaboración de la peluca de la abuela (ya no es abuelo en esta versión) a La mansión de los Plaff.

Si no me equivoco, se han introducido cambios de cierta envergadura en el texto original. El abuelo es abuela, hay una nuera, las chicas pasan a ser dos en vez de tres, aparece un hijo con una discapacidad psíquica. Yo diría que el resultado es menos redondo, pero no me atrevería a jurarlo después de oírlo una sola vez. Tampoco quiero dejar de repetir que hay algún momento logrado, y que determinados efectos -como el "algo" que atraviesa el salón- resultan convincentes. De otra forma, moverían a la carcajada, y no lo hacen.

* * *
Los ciegos, una puesta en escena en Gante.
Ahora que he tenido un poco más de tiempo para pensarlo, me parece que la idea de Fuertes de representar Los ciegos a oscuras nos hace perder más de lo que ganamos. Y, de paso, facilita extraordinariamente su trabajo. ¿Se imaginan la dificultad de representar en escena a un grupo de ciegos que no tienen ni idea de dónde están y van dando tumbos? Añadan la dificultad de que -como en La intrusa- al final "algo" (¿la muerte?) se cuela entre ellos. Algo que el texto no dice lo que es y que el director de escena debe decidir cómo materializar. En fin, que hubiera preferido verlo. Ah, el efecto que menciono en la crítica en papel
ATENCIÓN: SPOILER
es un enorme vendaval que se desata en la oscuridad y que me dio un susto de muerte.

* * *
A Interior le sobran unas poquísimas cosas para ser un exquisito montaje de cámara. El texto narra las vacilaciones de quienes vienen a anunciar la muerte de una chica a su familia, pero Guijosa le ha añadido un prólogo en el que ella nos cuenta nos que se va por ahí. El prólogo explicativo no hacía ninguna falta, es más: diluye un poco el desconcierto que el espectador debe sentir durante las primeras líneas de diálogo. Es casi como si alguien nos explicara quién es Godot antes de que empiecen a hablar Vladimir y Estragón. Pero, como decía en la crítica en papel, tampoco molesta: está al principio (es lo que suele ocurrir con los prólogos), todavía no hemos entrado en harina, y pasa leve. Otra cosa es el epílogo, en el que la muerta canta. Esto sí que sobra de todas, todas. El final de Maeterlinck es grandioso: la familia ha recibido el golpe, ya saben que su hija ha muerto. Mirando desde el exterior a través de la ventana la escena de dolor que se desarrolla en la casa, el extranjero dice: "¡El niño no se ha despertado!". Pero parece que esto de hacer cantar a las chicas sin mucha justificación se pone de moda: Portillo en el Don Juan, Lima en la Medea...

Guijosa ha practicado una operación parecida a la de Fuertes. Les cuento de qué va esto. Dos hombres traen la noticia de la muerte de una muchacha. Es de noche, llegan a la proximidad de su casa y observan desde fuera la escena familiar que se desarrolla dentro. No son capaces de entrar. Otros personajes se van incorporando. "El viejo", es como Maeterlinck lo llama, entra por fin y suelta el funesto mensaje. Del texto original, se desprende que el espectador ve tanto a esta gente que habla en el exterior como a la familia que está en su salón. Les he empotrado una foto de un montaje griego. En el Valle Inclán el interior está simbolizado por unos muebles, pero no hay nadie. Como en Los ciegos, se nos hurta algo, pero aquí la ganancia es mayor: Guijosa subraya la acción exterior. Los que están fuera se llevan nuestra atención en su integridad. 

La pieza se sustenta en José Vicente Moirón, impecable, pero quiero decir que Quique Fernández, estupendo en Serena apocalipsis, cada vez me gusta más. Está aquí todo lo discreto que exige un papel en el que debe casi pasar desapercibido la mayor parte del tiempo para que Moirón se apoye en él. También Lucía Fuengallego y Gemma Solé están bien (estaban bien en La intrusa, pero allí se nota menos). El vestuario casa, la escenografía funciona, la iluminación embellece... Emocionante. Decididamente, cuanto más la recuerdo, más me gusta Interior. 
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 17 de junio de 2013

SERENA APOCALIPSIS

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Verónica Fernández Director: Antonio C. Guijosa Intérpretes: Quique Fernández, Lucía Fuengallego, Fael García, Elena González, Alberto Iglesias, Esosa Omo y Almudena Ramos Duración: 1.45'


Quique Fernández, Elena González, Almudena Ramos y Fael García.


Sí, el título parece un error de concordancia. ¿Por qué no Sereno Apocalipsis? Al final del texto parece entenderse el motivo, pero es un motivo excesivamente liviano como para justificar la extrañeza de una Apocalipsis así, en femenino. Quizá con una coma... Serena, Apocalipsis.



Para empezar, tengo algo que agradecer: la agradable sensación de no ser el único loco que habita el planeta. Me asaltan las visiones dantescas del futuro... iba a decir desde el comienzo de la crisis, pero empezaron mucho antes. Durante toda mi edad adulta, cada vez que he entrado en una vertiginosa terminal aérea, en un metro hipertecnológico o en un hotel de lujo, los he visto reducidos a escombros y convertidos en guarida de alimañas o refugio de supervivientes. No crean que por un exceso de ciencia-ficción, sino por la conciencia creciente de que nuestro bienestar económico (incluso lo de ahora se puede llamar así, si mira uno con perspectiva histórica) está abocado al desastre. Sólo espero que no me pille.


Pues bien, llega Verónica Fernández (la de la foto) y compruebo que estas cosas le pasan a más gente. Porque de esto va el asunto: como consecuencia de las convulsiones provocadas por la crisis, el horizonte de estos personajes -que tuvieron una vida normal- ha quedado reducido a un parque en el que sobreviven como pueden, cercados por la violencia, la miseria y unas extrañas bestias. Olviden que el tema es, en este caso, de política-ficción, de crítica sociopolítica o como quieran llamarlo. Es lo que menos importa del texto. Hemos visto historias de este corte a patadas: un grupo confinado en un pequeño espacio y rodeado por un entorno amenazador. Naves espaciales encalladas en planetas ignotos, submarinos detenidos en las profundidades abisales... Por muy brillante que sea el planteamiento inicial, y si quieren ser algo más que un videojuego o una novela de Agatha Christie, sólo se pueden sustentar en las relaciones dramáticas entre los personajes que la situación provoca. De eso va exactamente Serena Apocalipsis. No es sorprendente que una experimentada guionista como Verónica Fernández opte por un reto de este tipo: resolver satisfactoriamente una situación canónica.

La historia más tramposa jamás contada.

Durante su primera mitad, la función parece un galeón que se encamina con todas las velas desplegadas directamente al desastre. Mucho dato, mucha presentación, mucho precedente. Con algún detalle de inverosimilitud insuperable, como que los bichos de fuera se llamen jabalidogs. Todo parece indicar que nos encaminamos al efecto el-señor-de-los-anillos (más conocido como Deus ex-machina). El efecto el-señor-de-los-anillos es una de las peores cosas que un autor puede hacerle a un lector / espectador. Me explico. Gondwin, Baltrath y Reysnar se encuentran de espaldas al despeñadero de Agar-Montwon, a punto de ser engullidos por una multitud de aves Prokprok. Uno se pregunta si los tres protagonistas mueren y todo se termina ahí. De pronto, Gondwin recuerda que durante la luna llena de marzo los elfólidos acuden en masa a ayudar a cualquiera que frote la piedra Gurtrendlowr y tenga el corazón puro. Frota, acuden y se salvan (tenía el corazón puro). Ahora bien: NADIE nos había contado esto. Es como jugar al parchís con alguien que nos oculta reglas y que las proclama en el momento en que le conviene. El narrador se había metido en un charco de semejantes proporciones que, o llegan los elfólidos esos de los que nadie había oído hablar, o no tiene forma de encontrar un final. Esto último se llama el-efecto-perdidos. 

Tranquilos. Al contrario que el oso de Perdidos, el pato Barak tiene una plena 
justificación dramatúrgica.

Serena Apocalipsis nos va informando de que los jabalidogs salen de noche, de que el loco se relaciona sobre todo con un pato que se llama Barak, de que hay un barrio alto, de que existe un lejano mundo exterior donde la vida no es horrenda, de que la verja tiene puertas con candado, de que hay un tren que sale de esta ciudad infernal y lleva al paraíso... mientras uno se teme la llegada de los elfólidos o la aparición del oso polar de Perdidos en cualquier momento. Y... resulta que no. Resulta que a Fernández le cuesta un buen rato contarnos las reglas, pero que desarrolla después la partida sin saltárselas y llegando a un final coherente. El galeón arriba a puerto. Me parece que ya les conté respecto a La ceremonia de la confusión que esta modalidad de "Escritos para la escena" encierra al autor con los intérpretes en una especie de work-in-progress. Esto, que tiene un interés indudable, debe de acercarse bastante a una pesadilla para el autor, que tiene que arreglárselas como pueda con unos tiempos de trabajo determinados y, zas, estrenar. Mayor mérito de  Serena Apocalipsis que, quizá, deberíamos considerar como la primera versión de un texto que, me parece a mí, podría crecer concentrándolo un poco.

Al margen de algunos patinazos, la dirección deja fluir al texto. Patinazos: la escena de la muerte, canturreo imposible incluido; exceso de entradas y salidas con los actores que corren (además de gritar, una de las cosas más difíciles de hacer en un escenario es correr); pelín de exageración inicial (Aurorita hija, que todavía no ha pasado nada); quizá un poco justa la dirección de algunos actores (Almudena Ramos, por ejemplo). Pero tiene también momentos logrados, como el segundo monólogo de Gallego o toda la escena final, desde la llegada de Alfredo con algo que no desvelaré en brazos (que luego me acusan de spoiler, a pesar de mis esfuerzos en contra). Ya les dije respecto a Enrique VIII (que parece que continúa, a pesar del incendio, aprovechen) que me gusta mucho Elena González: le toca aquí otro personaje de carácter recio, como el de Catalina de Aragón. Está muy, pero que muy bien Quique Fernández (y mejor no digo ni pío de Tempestad, que se monta), en el personaje más complejo y que exige mayores matices. Lo tienen aquí arriba en una foto de El guante y la piedra. El Gallego de Alberto Iglesias corre paralelo a la función: empieza pareciendo que va a cargar, pero termina perfectamente encajado en la deriva dramática. 
P.J.L. Domínguez