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lunes, 4 de marzo de 2019

ENTRE BOBOS ANDA EL JUEGO

Sala: Teatro Valle Inclán Autor: Francisco de Rojas Zorrilla (versión de Yolanda Pallín) Director: Eduardo Vasco Intérpretes: Daniel Albaladejo, Arturo Querejeta, José Ramón Iglesias, Isabel Rodes, Fernando Sendino, Rafael Ortiz, Elena Rayos, José Vicente Ramos y Antonio de Cos Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


De Cos, Albaladejo, Iglesias, Ramos, Querejeta, Sendino y Ortiz. Atrás, escondida, Elena Rayos. La foto no es de la Comedia, pero la escenografía es idéntica.
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

LA VUELTA AL CALCETÍN

Hay dos tipos de directores: los que plantean un mundo nuevo en cada montaje y los que se van labrando un estilo propio. Eduardo Vasco es de los segundos. Con un plantel casi fijo de intérpretes y colaboradores, su teatro clásico es muy reconocible y, en algunos aspectos, paradigma del mainstream: cuidado de los detalles, sin perderse en ellos; manda el texto, manda el intérprete. Ha optado esta vez por Rojas Zorrilla, uno de esos dramaturgos de talla oscurecido por los gigantes del Siglo de Oro. Es difícil ser Salieri cuando Mozart vive dos calles más abajo. Este tipo, que dominaba los códigos más tétricos del honor, era capaz de darle la vuelta al calcetín y exprimirlos para hacer reír.

    Eso ocurre en esta comedia ligera de dama casadera y pretendientes estereotipados: el rico, el estrafalario y el apetecido. La función discurre con la imprescindible liviandad y gana enteros a medida que José Ramón Iglesias se la come, con la impagable ayuda de un enorme sombrero que le ha encasquetado Caprile. Todos reman en la misma dirección –impecables Querejeta y Albaladejo- pero este hombre se muestra como un excelente cómico escondido (al menos para mí) hasta ahora. La mujerona representada por un hombre (De Cos) se revela una gran idea. El tiempo pasa volando.
P.J.L. Domínguez

          

miércoles, 6 de febrero de 2019

EL CASTIGO SIN VENGANZA

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Lope de Vega (versión de Álvaro Tato) Directora: Helena Pimenta Intérpretes: Alejandro Pau, Fernando Trujillo, Joaquín Notario, Lola Baldrich, Nuria Gallardo, Rafa Castejón, Carlos Chamarro, Beatriz Argüello y Javier Collado anuela Morales, Elena Rey, Charo Gabella, José Juan Sevilla, Dolores Cardona, Lía Pastor y Leire Izquierdo  Duración: (olvidé apuntarla)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que ya no está en cartel)





SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

TITANIC
Cada vez que uno ve El castigo sin venganza  entiende el calificativo de Fénix de los ingenios. Incluso en esta edad nuestra, lacia y poco elogiadora, sigue pareciendo merecido. Esta cumbre de la dramaturgia universal es un prodigioso Titanic que mantiene al espectador con el alma en un ay, por mucho que sepa desde el principio dónde está la inevitable montaña de hielo. La gran estructura, desde el bucólico encuentro de los amantes a la escena en la que son cadáveres, es impecable. El trazo fino, la belleza del verso, admirables. En el centro, ese diamante del Sin mí, sin vos y sin Dios, parteaguas dramático que glosa un lugar común de la lírica elevándolo a altura estratosférica.


Pimenta parece haberse concentrado en no poner obstáculos al fluir puro de esta maravilla. Aciertan la escenografía al tirar hacia lo monumental y la luz al tender al tenebrismo pictórico; la música subraya y los intérpretes (Notario, Castejón, Argüello y Baldrich en vanguardia) pisan firmes por la ruta de la perdición que la versión de Tato facilita. Una gran función, un gozo escuchar el verso así cobijado. Y, sin embargo, algo me falta. Quizá ese retumbar premonitorio de la tragedia que tan a menudo se oye nítido en las puestas en escena de Shakespeare y que aquí, en mi modesta opinión, llega un poco tarde.

Vi después que Vallejo dijo algo parecido sobre el déficit trágico, ¡albricias! Tengo tal fama de pitufo gruñón que me alegra coincidir con alguien de vez en cuando. Aparte de Kritilo, con el que -milagrosamente- tengo un índice de acuerdo que debe de estar por encima del 50%. Me faltó decir ahí que la versión de Tato era impecable, y vuelvo a celebrar mi propia opinión, porque ya saben quienes me siguen que no comparto el universal aprecio por las producciones de Ron Lalá, y ya van tres dianas: la de El banquete (tienen el enlace más abajo), ésta y la de Mestiza. No se lo creerán, pero me encanta que me guste el trabajo de todo el mundo. Los creadores para los que no tuve sitio en papel son Mónica Teijeiro (escenografía) y Juan Gómez Cornejo (iluminación).

Una pega que no salió ahí: la primera escena. En ese tono (al que tengo que buscar un nombre pinturero) de "teatro clásico español".  En cualquier caso, el espectáculo bien valía la pena. De Notario, Castejón y Argüello, todos hablamos a menudo, pero quizá no esté de más subrayar que Lola Baldrich es otro valor sobre el que se puede apostar siempre sobre seguro. Cuando cuelgo esto, me parece que le quedan cuatro representaciones, quizá estén a tiempo todavía.
P.J.L. Domínguez

          

martes, 24 de abril de 2018

EL BURLADOR DE SEVILLA

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Tirso de Molina (versión de Borja Ortiz de Gondra) Director: Josep Maria Mestres  Intérpretes: Elvira Cuadrupani, Raúl Prieto, Ricardo Reguera, Pedro Miguel Martínez, Samuel Viyuela González, Egoitz Sánchez, Mamen Camacho, Pepe Viyuela, Paco Lahoz, Irene Serrano, Juan Calot, Ángel Pardo, José Juan Rodríguez, Lara Grube y José Ramón Iglesias Duración: 1.50' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Ya les digo más abajo que hay tres escenografías con ADN diverso (mesitas, Formica imitación mármol, arcos realistas). Tipos de vestuario los hay como para cuatro cinco funciones distintas.
[Si quiere llegar directo al meollo de la crítica, sáltese los primeros párrafos y empiece donde están las tres estrellitas]

En esto, estoy con Villán. Me gusta más el de Zorrilla que el de Tirso. Tienen muy mala prensa estas afirmaciones: es como preferir la ópera italiana a la alemana o proclamar que te gusta la poesía de Gloria Fuertes. Si uno ventea su especial querencia por las cosas de apariencia sencilla (ojo, he dicho apariencia) frente a las de complejidad evidente, se autoexcluye del club cool, de la secta chic, de la crema de la intelectualidad, por usar de una vez una expresión castiza (mexicanamente castiza, para ser exactos, pero dejémoslo correr). Si le gusta más el Cascanueces que las sinfonías de Bruckner quedará siempre la duda de si ha entendido éstas. ¿No podemos postular, siquiera como hipótesis, que deglutida, digerida y asimilada una forma de elevada complejidad externa pueda alguien preferir la sencillez (repito, externa)? Vi el domingo Chitty Chitty Bang Bang por segunda vez en mi vida, y confirmó la primera impresión: una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Claro que a los seis años, momento del primer contacto, no había pasado yo por Bergman ni por la Coixet ni por... ¿cómo se llamaba aquel tipo con el que desayunabas, comías y cenabas y del que ahora sólo quedan esas líneas de las enciclopedias que lo califican como uno de los grandes cineastas de la historia? Ah sí, Kiéslowski, que en paz descanse. Pues ahora que ya he pasado por todo eso, y que incluso he MILITADO en todo eso, arribo por fin a la paz de los portales de la senectud con la tranquilidad de espíritu necesaria para juzgar las cosas como creo que son y no como los demás me cuentan que son: igual que a los seis años, considero Chitty Chitty Bang Bang una joya que lo mantiene a uno entretenido sin interrupción durante dos horas y media (!), que ya es decir.



¿Volvemos a lo nuestro? A riesgo de ser tomado por mentecato, repito: me gusta más el de Zorrilla. ¿Por qué lo van a tomar por mentecato?, se preguntaran ustedes. Pues porque el de Zorrilla es más fácil de asimilar, de verso más simple (admiro su capacidad de detenerse a un milímetro del ripio), de trama más aventurera (menudo hallazgo lo de ir a por la novicia, el top de la depravación), de caracteres más culebroneros (la rapta para lo que la rapta... ¡y va y se enamora! Valdría para el Chavo Guzmán). Tirso no sólo le lleva la desventaja de 238 años más de lejanía respecto a nosotros, sino que, además, no es Lope. Me explico: no tiene la prodigiosa fluidez del verso del Fénix, con lo que la impresión general es más arcaica. En resumen: tiene una recepción más complicada, y por lo tanto más guay, que Zorrilla. Pues bien, viva Zorrilla, dispárenme, moriré abrazado a Villán.
* * *
Vamos a bosquejar una píldora de historia del teatro español en caricatura. Las caricaturas son siempre mentira, pero ayudan a llegar a la verdad. Llegó Marsillach y sacó la puesta en escena del teatro clásico del baúl en el que estaba: el del polvo, la capa y la espada. Ahí seguimos.

Digo "ahí seguimos", porque nos atrevemos a despanzurrar cualquier clásico menos los nuestros. Con notables excepciones, por supuesto. Por ejemplo, El burlador que Facal despanzurró. Lástima que el resultado fuera nefasto. En cualquier caso, vaya por delante que esto de Mestres sigue en el enfoque mainstream post-Marsillach. No es ningún baldón: en esa categoría hay cosillas correctas y semiaburridas como El perro del hortelano de la Pimenta y grandes maravillas como La vida es sueño, mira tú por dónde, también de la Pimenta (que sabe ser muy buena). O sonoros patinazos como éste. Pero aviso de entrada lo del mainstream, porque es posible que el amontonamiento de despropósitos que voy a intentar describir les lleve a la falsa idea de que la intención era, como la de Facal, reventar la función colocando una bomba en sus tripas, y no. Es todo formalito, quiere ser todo correctito. El resultado es simplemente feíto.

No voy a desmenuzar paso a paso la función, como alguna vez he hecho y me consta que les divierte. Bueno, divierte a algunos. Todos estos años de experiencia me han enseñado que lo que más furibundo pone a un fan (un creador inteligente con el ego domado no se encabrita por una crítica negativa) es, precisamente, que se le explique con detalle dónde están los errores de su adorado maestro. Respecto al carácter general de la puesta en escena, me parece que me voy a limitar a glosar la introducción. 


Como tantos millones de veces últimamente (está esto de moda), la compañía entra por el pasillo central del patio de butacas. Alegres atavíos de época: les dejo foto para ahorrarme la descripción. Llegan al escenario y bailan, bailan, bailan. Bailan mucho rato. Con esos fragmentos de imágenes en las manos. Todos esperamos que las evoluciones terminen, a modo de exhibición ginmástica en Pyongyang, con los panelitos formando una imagen y revelando algo que los justifique y constituya una introducción a la función. Pues no: terminan de bailar y se largan. Fin. Jaja, ahora me da la risa recordando mi propia estupefacción y la de mis vecinos. Entonces, desciende desde los cielos un retrato fragmentado del héroe (en marco blanco que no tiene parentesco con todo lo demás ni en sexto grado de consanguinidad, por lo menos) que se va armando como un rompecabezas. ¿Para qué llevaban ese estorbo en las manos? Misterio. ¿Por qué están vestidos de una forma que no tiene absolutamente nada que ver con el resto de la función? Misterio. Tomo pasacalles y danza iniciales como ejemplo, porque anuncian perfectamente lo que va a suceder durante toda la función (y en este sentido, son una perfecta introducción): incoherencia, arbitrariedad, desbarajuste.

Lo peor, con diferencia, está en la orfandad de los actores. Tengo la sensación de que sale cada uno por donde puede, y el que no ha podido solo... pues eso. Siguiendo en esta línea de mencionar un solo ejemplo, la que más chirría es Tisbea, que suelta el monólogo ¡Fuego, fuego que me quemo, que mi cabaña se abrasa! con tales berridos guturales que apenas se entiende el sentido. Son cuarenta y cinco líneas de texto, no puede uno quedarse en el alarido a piñón fijo.  Tampoco se entendió la mitad del Yo, de cuantas el mar (hasta tal punto que comienzo a dudar si lo dijo). Y es que del verso, mejor no hablamos (ahora no me refiero sólo a Tisbea, sino a la función entera). No llega a la estrepitosa ignorancia de la versión de Facal, pero en los mejores momentos no pasa del aprobado. Imposible no decir algo del protagonista. Prieto es muy bueno, salvo algún traspiés de los que nadie se libra (pueden mirarse Refugio y Antígona y, pinchando pinchando, seguir su carrera hacia atrás). Sale airoso, excepto del tremendo trance de gritar Me abraso en pose de crucifijo y subido a la balaustrada del fondo (ahora les cuento), cuando ya hace muchos minutos que cualquier verosimilitud ha saltado por los aires.

Tres parrafitos sobre vestuario, escenografía y vídeo, y cerramos.

El vestuario lo firma María Araujo, cualquier cosa menos desconocida. Premios por aquí, éxitos por allá. Creo que le he visto bastantes cosas, pero me basta citar la preciosa coleccion de trajes para El lindo Don Diego de Carles Alfaro. Esta vez se le ha ido la olla. El vestuario no tiene ni pies ni cabeza. Parte de esas alegrías con base de época y aires de carnaval napolitano o sevillano del cortejo inicial. Sigue parecido en los primeros minutos, en lo que piensa uno que será el estilo de la función hasta que la pasma entra con monos azules contemporáneos con la leyenda GUARDIA en la espalda. A partir de ahí, el despiporre: a veces llevan trajes y corbatas actuales, a veces la cosa se va hacia atrás, como si oteara el XIX desde su cornisa superior. Menudo desbarajuste, Dios mío. Pobre Pedro Miguel Martínez, un actor que aprecio, al que le han colocado un collar en la pechera que no abandona un momento y que se parece mucho más a los de la cofradía de la tostada o, teniendo que ser rey, a uno de opereta. Si los demás también estuvieran en una opereta, muy bien, pero es el único en ese género. No voy a seguir citando ejemplos.

La escenografía no es una, son tres. La primera, una serie de mesitas de aspecto escandinavo, con estructura de cuadradillo negro (parece, a mi distancia) y tablero de madera clara. Creo que las hay parecidísimas en Ikea. Entran salen, sirven de banqueta, de mesa, de tarima... Podrían ser la escenografía de cualquier función alternativa. La segunda, unos paralelépidos de regular altura (más que la humana) montados en carras y de fácil movimiento que también entran, salen, giran y bailan, acabados con un aspecto de Formica imitación mármol que para sí quisieran muchas zapaterías de barrio allá por los ochenta. Mismo acabado en los dos paneles laterales del fondo y en la escalinata central. Sólo falta una fuentecilla con hiedra de plástico verde botella para caer en las pesadillas de Moreno (José Luis, quiero decir). La tercera -oh, pasmo- una espectacular galería con tres arcos de arenisca dorada de gran realismo y balaustrada incorporada. Eso, al fondo. Detrás, vídeo. Hay que sumar flor de cortinajes que suben y bajan y hasta se transforman en las olas del mar (claro, no vamos a tener una tela y no usarla para que figure el mar). Tres escenografías distintas tres. No pegan ni con cola, por usar la castiza expresión. La galería realzada al fondo (que es donde está la arcada) guarda una sorpresita final: los escalones que la unen con el nivel del escenario avanzan conformando una pasarela, en plan concurso de misses, para que me entiendan. Es todo horrible. También Notari debió de tener un mal día: me gustó mucho lo que hizo en La cortesía de España para el mismo Mestres. Todo el equipo era el mismo, y aquello salió redondo. Cosas del teatro.

El vídeo es de Álvaro de Luna. Álvaro de Luna es muy bueno. Esto es un desastre. Creo que el resumen son esas tres frases, y supongo que es que no habrá recibido indicaciones excesivamente claras, por ser suave. Lo proyectado es, simplemente, incomprensible.

Para terminar: la aparición del Comendador, tremenda. En mi función hubo carcajadas. Y no esas carcajadas malintencionadas del público resabiado, sino carcajadas ingenuas de gente que entendió que tocaba reírse. Horrible. El aspecto del pobre hombre es espantoso, ataviado como para una fiesta de disfraces. ¿Vas de zombi? No, de Comendador. Mal movido, mal dirigido, mal iluminado. El remate de la función termina de hundirla.

Si quieren leer prácticamente lo mismo, pero escrito con elegancia, vean lo de Kritilo.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 29 de mayo de 2017

FUENTE OVEJUNA

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Lope de Vega (versión de Alberto Conejero) Director: Javier Hernández-Simón Intérpretes: Jacobo Dicenta, Marçal Bayona, Mikel Aróstegui, Alejandro Pau, Paula Iwasaki, Ariana Martínez, Loreto Mauleón, Pablo Béjar, Carlos Serrano, Kev de la Rosa, Aleix Melé, Raquel Varela, Miguel Ángel Amor, etc. Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




No hacía ni cuarenta y ocho horas que estaba yo pidiendo a los dioses que no encomendaran a Viana y al redactor del programa de mano de la Zarzuela el repertorio por el que se supone que debe velar la Compañía Nacional de Teatro Clásico, cuando me encontraba con la operación de censura practicada sobre Lope de Vega. Se avecinan malos tiempos, si no lo tienen asumido, más vale que se caigan del guindo.

Alberto Conejero, el autor de la estupenda La piedra oscura, recibe el encargo de realizar la versión de Fuente Ovejuna (así, separado, como Lope tituló originalmente) que la Joven Compañía de Teatro Clásico representará. Entonces, lee lo siguiente:
               Gallinas, ¡vuestras mujeres
               sufrís que otros hombres gocen!
               Poneos ruecas en la cinta.
               ¿Para qué os ceñís estoques?
               ¡Vive Dios, que he de trazar       
               que solas mujeres cobren
               la honra de estos tiranos,
               la sangre de estos traidores,
               y que os han de tirar piedras,     
               hilanderas, maricones,
               amujerados, cobardes,
               y que mañana os adornen
               nuestras tocas y basquiñas,
               solimanes y colores!          
               A Frondoso quiere ya,
               sin sentencia, sin pregones,
               colgar el comendador
               del almena de una torre;
               de todos hará lo mismo;          
               y yo me huelgo, medio-hombres,
               por que quede sin mujeres
               esta villa honrada, y torne
               aquel siglo de amazonas,
               eterno espanto del orbe.      

Y decide que nuestra sensibilidad no puede sufrir los términos "maricones", "amujerados" y "medio-hombres". Como harían Viana, los jesuitas autores de versiones edulcoradas de los clásicos o la mismísima Reina Victoria, los censura, y se carga el monólogo.

Voy a repetir lo obvio, lo voy a repetir todas las veces que haga falta ante esta oleada de reacción, censura e hipocresía de la corrección. Usted y yo no concebimos que se pueda insultar a un hombre llamándole mujer, porque creemos en la igualdad de géneros. Quien insulta a un hombre llamándole "medio-hombre" o "amujerado" o "maricón" -y usando esos términos con su significado primero y no, como se hace a menudo, des-semantizados- muestra una repugnante ideología sexista (digamos de paso que aquí "maricón" quiere decir seguramente "afeminado" y no "homosexual", pero esto es secundario). Ahora bien, Lope pone estas palabras en boca de una campesina castellana del siglo XV, una campesina que comulga a pies juntillas con el sexismo. Cree que los hombres deben ser valientes, y si no lo son parecen mujeres, porque las mujeres son menos valientes que los hombres. Esto es lo que el personaje -y, con toda probabilidad, también Lope, aunque esto es también secundario en este caso- cree, y es absurdo censurarlo, como si la operación de censura hiciera desaparecer el sexismo del mundo. Repitámoslo, por si no ha quedado claro: ni usted ni yo ni Conejero pensamos así, pero tanto Laurencia como sus interlocutores, sí. [Laurencia es feminista, en la forma en que su bagaje cultural le permite, al pedir que vuelvan las amazonas, únicas mujeres que sabe se hayan comportado alguna vez igual que los hombres en esto del valor]

El resultado es que el monólogo, una de las cumbres dramáticas de nuestro siglo de oro, queda absurdamente disminuido, porque cercena la realidad y la verosimilitud de la identidad del personaje. Acaban de violarla, está llamando medio-hombre y maricón a su propio padre (convertido aquí en hermano), quitar esos insultos equivale a prohibirle arbitrariamente el grado máximo de violencia verbal que ella es capaz de ejercer desde su universo de referencias. Me recuerda esto poderosamente a una cosa que creo que le oí una vez a Cela (y Cela sabía mucho de censura): que el guión de Raza no era malo por fascista, sino porque los combatientes decían cáspita. Pero no se fíen de mi memoria, podrían ser perfectamente Torrente Ballester, En Flandes ya se ha puesto el sol y córcholis.

Alguna tontería más incluye la versión. Por ejemplo, que el juez pesquisidor, incapaz de obtener durante la sesión de tortura otra respuesta distinta a la proverbial "Fuenteovejuna", ordene con un simple "mátalo" la muerte de Mengo. Innecesario y muy poco verosímil, incluso fuera de estilo. Peor aún por lo que prepara: su resurrección en la escena final con los reyes, cuando se levanta a preguntar para qué murió. Mucha licencia me parece. Como la de que Jacinta se niegue a participar en el asesinato colectivo del Comendador, reprochando a las mujeres que la dejaran a su suerte cuando le tocó padecer. Es que la función trata de eso, precisamente: de cuánto le cuesta a una comunidad reaccionar ante la violencia que sufre. Lope analiza minuciosamente ese proceso (la situación pre-motín en la que se tolera el sacrificio de este o aquel individuo), y subrayar un punto concreto de esa evolución dramática es minusvalorar la capacidad de comprensión del espectador. En conjunto, me parece una versión floja y que introduce cambios arbitrarios que no se justifican por su rendimiento. Garzón la ha llamado soberbia, no entiendo qué le ha visto. Villán ha dicho que la versión "deja a Lope en su época, en su contexto histórico". ¿Cómo? El gusto es el gusto, y me parece estupendo que a Garzón le haya gustado, nada hay más legítimamente opinable. Pero, por todo lo que he expuesto, me parece que lo que la versión hace es exactamente lo contrario de lo que dice Villán: saca a Lope de su contexto y se lo lleva a otro donde no se pueden decir ciertas palabras y donde los campesinos -siquiera resucitados- no acatan el poder real.

Después de escribir todo eso de una tacada me ha vuelto a la memoria lo que decía el otro día a propósito de Enseñanza libre: si no será que la libertad de expresión ha sido un breve paréntesis que apenas ha durado cuarenta años y que los miembros de mi generación podemos dar gracias por haberlo disfrutado. Que yo sepa, hay dos películas sobre Fuenteovejuna, y me he ido a investigar. La de 1947 es de Antonio Román. Laurencia es Amparo Rivelles, nada menos: en este enlace tienen el monólogo, en versión de José María Pemán. Llama a los hombres mujeres, comadres, amujerados y medio-hombres. Pero ojo: de maricones, nada. 1947 era mucho 1947 como para pronunciar palabras malditas. La de 1972 es de Juan Guerrero Zamora. Laurencia es Nuria Torray, también canela fina: aquí tienen el monólogo. 1972 era la víspera de la libertad, con la dictadura en descomposición, así que puede permitirse largar maricones, como el texto original pide. En resumen: Conejero se comporta en 2017 como Pemán en 1947, los del medio se atrevían. Por cierto, ya de paso, fíjense un poco en cómo están dirigidas estas dos mujeres, y pasen luego al párrafo siguiente.
* * *
La puesta en escena es opaca, mortecina. Mi acompañante me susurró a media función "no sé si estoy yo rara, porque no me llega nada". No es que aburra, pero deja Fuente Ovejuna -y ya es mérito- a medio gas. Es como si la dirección estuviera mucho más preocupada por las felices ideas (los golpes acompasados en el pecho, los cánticos a boca cerrada, el constante abre y cierra del portón de entrada desde el foro con efecto sonoro incluido) que de la dirección de actores. A Hernández-Simón le pasó exactamente lo mismo en Los justos: se hizo tal lío con las cuerdas que se le olvidaron los actores (eso sí, se llevó un premio ADE, el mundo en ansí). Por no cansarles con ejemplos, vuelvo al del monólogo de Laurencia. Es un fragmento que pone los pelos de punta, pero aquí pasa con poca gloria -además de por la poda del texto- porque no parece que nadie haya indicado a la actriz (que es una estupenda actriz) la necesidad de modular registros, introducir matices, subir, bajar... En suma, ser una persona y no un altavoz. 

Hay una cosa que me gustó mucho. Los reyes están en otro mundo. Se mueven como espectros, están vestidos como si llegaran de Andrómeda y parecen muñecos perversos, alternando una jeta hierática de acero inoxidable, la sonrisa de madera y la carcajada sardónica de película de terror. Se subraya así el artificio que suponen en el texto original: vienen de un mundo dramatúrgico distinto al del resto de la acción. Eso es teatro. Matar a Mendo [a Mengo, como me señala amablemente @josefeval] para que resucite y pueda reprochar al pueblo su sumisión, recalcando así lo artificioso del lieto fine, es didactismo y subestima al espectador.

A Carlos Serrano, Paula Iwasaki, Marçal Bayona, Kev de la Rosa, Pablo Béjar y Alejandro Pau (y, seguramente, a alguno más) se les nota el talento en cuanto les dejan un resquicio (no les dejan muchos). Jacobo Dicenta es siempre una garantía, pero tampoco crean que el montaje lo arropa: sale adelante con sus propias fuerzas.
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 3 de mayo de 2017

SUEÑOS

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Francisco de Quevedo (versión de Gerardo Vera) Director: Gerardo Vera Intérpretes: Juan Echanove, Óscar de la Fuente, Markos Marín, Antonia Paso, Lucía Quintana, Marta Ribera, Chema Ruiz, Ferrán Vilajosana, Eugenio Villota y Abel Vitón Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Pocos títulos mejor puestos que éste. Menos mal que las butacas de la Comedia no invitan a la siesta, porque Sueños es soporífera. La ponen en el Fernán-Gómez, y caemos todos. Salió de boxes ya sin ninguna posibilidad, como dicen que le pasa al coche de Alonso. Es, en rigor, un recital poético teatralizado, un género muy complicado -se trata de combinar la densidad del lenguaje poético con una dramaturgia raramente más que liviana- y que (atención) da para formas breves. Dicho más fácil: un chute de poesía conceptista podía estirarse cincuenta y cinco minutos de función. Esto dura DOS HORAS. Alguien que sabe mucho de teatro me miró con desolación cuando llevábamos una y me susurró "Dios mío, lo que nos queda". Pues eso. Lo único que no se puede hacer en el teatro es aburrir. Todo lo demás es opinable. Ahí tienen Séneca, demostrando que uno puede hacer digno hasta lo hortera.

Diré más. Aparte de ese lastre previo insuperable, la dramaturgia que Vera ha intentado construir no ayuda nada. Una muestra: la muerte aparece mencionada dos o tres millones de veces. Dale que te pego, vuelta la burra al trigo. No vamos ni venimos, todo se repite, tiene uno la sensación de que el minuto setenta es idéntico al veintitrés o al ciento siete. Como también me decía alguien, podía haber durado treinta minutos o cuatro horas.

Diré más. La puesta en escena, otro tanto de lo mismo. Hala proyección, y vuelta proyección sin que se atisbe para qué, porque todo vuelve, como si en vez de Quevedo fuera Heráclito. Es la función del eterno retorno, la fiesta de la redundancia. Por tener, tiene hasta dos finales. Y una laaarga agonía, "por favor, que se muera de una vez". Nada más antidramático. Un aire imposible de soslayar al histórico Marat-Sade de Brook. No, no son delirios míos. Cuando se me pasa algo así por la cabeza me callo como un muerto, para ver si estoy ido o lo ha intuido más gente. Interlocutor A: "¿No te recuerda al Marat-Sade?". Interlocutor B: "Fíjate que me recuerda al Marat-Sade". Ademas, hay que citar el siempre ajustado criterio de JM y su frase célebre: "Es que Pandur ha hecho mucho daño". Véase Festen. Esto no llega de lejos a ese delirio (al de Festen, quiero decir), pero la entrada de la muerte pegando un brinco ataviada con capa roja (¿roja?, no podría jurarlo ahora) y haciendo play-back de algunos gorgoritos (la música es casi enteramente del campo de lo trillado sopocientas veces) podría contarse entre esos Pandures mal digeridos. Casi tan hilarante como la inolvidable Ofelia en patines que entraba en este mismo escenario en el Hamlet de Del Arco. Ya, ya sé que el Hamlet es finalista de los Max, pero resulta que comparte terna con Només són dones (uno de los mayores plomos de la temporada, salvados los monólogos de Iscla), y con eso está todo dicho. Qui nimium probat, nihil probat. Quien esté dispuesto a premiar eso, poco demostrará si premia lo otro. Afortunadamente, Del Arco está ya donde solía: en unos días les colgaré la crítica de Refugio.

Diré más. Alguno de ustedes estará pensando "es verdad, un plomo, pero los actores están bien". Niego la mayor. Ellas algo menos, pero ellos hablan absolutamente toda la función colocando la voz en ese lugar atrás y arriba que da un tono forzado y tenso (que a usted y a mí nos provocaría dolor de garganta a los diez minutos, pero que saben controlar). Dos horas. Es una cosa tan insoportable que, cuando el Cardenal pregunta a Echanove algo así como "¿quién es usted?", con emisión natural, es como si nos quitaran una losa de encima. "A ver si siguen por ahí", pensé. Quiá. Nadie duda de que Echanove es un gran actor (me encantó su Fasltaff, en Los hermanos Karamazov, y esta frase no contiene erratas), pero dos horas con esa voz superarían a un intérprete construido con lo mejor de Marlon Brando, José Bódalo y John Gielgud. Lucía Quintana se las arregla para salir bien parada en medio de tanto aburrimiento.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 23 de febrero de 2017

LAS BODAS DE FÍGARO

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Caron de Beaumarchais (versión de Pau Miró) Director: Fabià Puigserver (montaje original) y Lluís Homar (reposición) Intérpretes: Manel Barceló, Marcel Borrás, Oreig Canela, Joan Carreras, Oriol Genís, Mónica López, Eduard Muntada, Victoria Pagès, Albert Pérez, Diana Torné, Aina Sánches, Óscar Valsecchi y Pau Vinayals Duración: 2.50' (entreacto de 10 minutos)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

EL XVIII AÚN RESPIRA

A estas alturas del cinismo, en el milenio de las ilusiones truncadas, ¿podemos seguir tronchándonos con una trama de hombres que se esconden bajo la cama o saltan por la ventana y de mujeres que se defienden a base de tretas de tocador? La fantástica versión de Las bodas de Fígaro que Puigserver montó hace cuarenta años y que Lluís Homar ha remontado muestra que el XVIII aún respira. Todo –la escenografía de Lladó, el vestuario de Olivar- se combina y casa admirablemente para que la ligereza de la trama pase como de puntillas, y las casi tres horas transcurran livianas.

    Pero es sobre todo el trabajo interpretativo el que hace de estas Bodas una fiesta del teatro. Marcel Borrás es un Fígaro que se hace querer, como demanda el personaje, y brilla en un larguísimo monólogo en proscenio que podía terminar en catástrofe. Todos los demás son profundamente creíbles, del pasmo de Joan Carreras a los sobresaltos de Mónica López; del candor malicioso de Aina Sánchez al dominio absoluto del estereotipo de Oriol Genís y de Pau Vinyals.


    El Teatre Lliure tiene, además de ésta, otra producción en cartel en Madrid: Mujer no reeducable. Miriam Iscla dirigida por Lluis Pasqual, en el Español. Un prodigio que da esa mágicamente falsa sensación de simplicidad que tanto cuesta alcanzar. 
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 31 de octubre de 2016

EL PERRO DEL HORTELANO

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Lope de Vega (versión de Álvaro Tato) Directora: Helena Pimenta Intérpretes: Rafa Castejón, Joaquín Notario, Marta Poveda, Álvaro de Juan, Óscar Zafra, Nuria Gallardo, Alba Enríquez, Natalia Huarte, Paco Rojas, Egoitz Sánchez, Pedro Almagro, Alfredo Noval, Alberto Ferrero y Fernando Conde (piano: Olesya Tutova)  Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Tiene narices que, de todas las que encuentro por ahí, la foto que más idea da de la
 escenografía sea precisamente la de los árboles horrendos y el peor vestido de la función. En fin.

No está mal. Mejor dicho: está bastante bien. Pero no a la altura esperable. Un montaje de El perro del hortelano dirigido por Helena Pimenta tiene dos términos de comparación insoslayables: la película de Pilar Miró y La vida es sueño de la propia Pimenta. Ya estará alguien pensando que las comparaciones son odiosas. Es un lugar común casi siempre malinterpretado. Son odiosas para el comparado. Si alguien me compara a mí con -pongamos por caso- García Garzón y dice que él es mucho más ponderado, a mí la cosa me puede resultar odiosa. Pero al resto de la humanidad le parece un juicio por comparación, que es como lo conocemos todo. Los seres humanos conocemos por comparación desde un bocadillo de calamares hasta el amor verdadero. La Pimenta jugaba aquí, en primer lugar, contra sí misma: es muy duro haber dirigido una Vida es sueño que, probablemente, se convertirá en la referencia canónica para una generación. La vida es así, como diría un filósofo de trece años que conozco. Si yo voy mañana a un karaoke y lo hago bien, oiré a mis amigos decir toda la vida lo bien que canto. Si va Frank Sinatra redivivo y hace lo mismo que he hecho yo, le tiran tomates. Nadie juzga con el mismo metro al Real Madrid y al Deportivo Villaconejos. Este Perro del hortelano no hace honor a Pimenta, y creo que decir esto la deja mejor que cantar sus alabanzas.

Además, está la también inevitable comparación con la peli. Una película en la que Miró dejó dejó patente que la indiferencia de nuestro cine por los textos clásicos es inexplicable, y no me hagan explayarme sobre Kenneth Branagh. Tampoco sale bien parada esta versión escénica con esa comparación.

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Hay aciertos, claro está. Yo también oí el marivaudage
puesto de relieve por la ambientación dieciochesca y agradezco que Garzón lo haya mencionado, porque lo atribuí a mi tendencia excesiva a encontrar relaciones de todo con todo. Es uno de los destellos interesantes de la propuesta, como el brillo de un cristal que gira y que refleja, en un instante, una luz inesperada. Como a él, a mí también se me antojó la escenografía de Sánchez Cuerda un eco luminoso de otra caja, aquella dramática: la de La vida es sueño; otro reflejo interesante. Marta Poveda (Donde no hay agravios no hay celos, La verdad sospechosa) está magnífica (la tienen en la foto). Siempre me lo parece, tengo debilidad por ella. "Llena la escena, la ilumina con una fuerte y hermosa energía", ha dicho Villán, y estoy de acuerdo. Pero ha dicho también que "habrá de redondear una voz que no la favorece demasiado". Por Dios, que no se le ocurra redondear nada. Esa voz, a veces deliciosamente quebrada, es una de sus grandes bazas. Poveda no gusta a todo el mundo, yo creo que por algo que el mismo Villán parece rozar cuando menciona su "tendencia involuntaria a la anulación del contrario". Creo que no eso. Creo que Poveda es una de esas grandes intérpretes que se llevan siempre el agua de cualquier función al molino de su propio estilo. Y hace bien, porque lo hace bien. Castejón, sin tacha. Hay que tener mucho cuajo para estar en tu sitio al lado del volcán Poveda. Para terminar esta lista de aciertos, el que más me gustó: la escena de Tristán engañando como a un chino al Conde Ludovico. Claro, el conde es Fernando Conde (no es un juego de palabras), y eso ayuda mucho. Está muy bien planteada, muy bien encajada, muy bien dirigida, y es de lo más difícil de la pieza. Donde mejor se integra Notario, me pareció.
* * *
Pero la función tiene demasiados peros para poder decir que es una gran función. Aquí tienen una lista de lo que, a mi modesto entender, no se sostiene:

* La sobreactuación. Esto es lo peor, con diferencia. Menciona Villán "los primeros minutos un poco crispados" y yo creo que se queda muy corto. Los primeros minutos son insufribles, con todo el mundo fuera de quicio, como si comenzara una farsa. La cosa se apacigua en cuanto se quedan solos Poveda y Castejón, pero el tic reaparece por aquí y por allá. En este mismo apartado incluiría los repetidos mohínes de desaprobación de Anarda. Nuria Gallardo clava el estilo, pero -lamentablemente- es el estilo de un género distinto al que la puesta en escena parece pretender.

* Notario. Actor indiscutible (aquí tienen lo que dije respecto a El alcalde de Zalamea), pero error de casting, no le cuadra el papel. ¿No hay papeles pequeños? Es posible que esa frase se aproxime bastante a la verdad. Pero, ¿y si el actor es demasiado grande? Permítanme la boutade: ¿y si es hasta físicamente demasiado grande para el papel? ¿Puede un intérprete dar el tipo para Don Lope y también para Tristán? Pues tengo mis dudas. Dudas, y no certezas, porque llega a veces alguien que se ha pasado la vida en una cosa y de pronto hace otra en las antípodas y nos noquea, pero me parece que son pocas excepciones a la regla general de que o das el tipo o no lo das. Que se lo digan a los directores de casting, que viven exactamente de esto. Como decía el otro dia hablando de La mentira, nada de esto va con Notario, que no es responsable de que lo coloquen donde no le corresponde.

* El amor. No, no tengo nada contra el amor (bueno, según, todos tenemos días malos), pero deben saber que en esta función hay un personaje mudo que se pasea por el escenario en medio de la acción y que -como lleva los ojos vendados- todos identificamos con la personificación del sentimiento. Uno de los pocos símbolos que seguimos pillando al vuelo como si fuéramos público barroco. No vean lo que estorba. Además, es uno de esos añadidos que, tan frecuentemente, minusvaloran al espectador. Ya nos damos cuenta de cuándo está el amor en el aire, no hace falta verlo. He hablado de esta función con bastante gente. Les diré, en honor a la verdad, que la mayoría tiene una opinión general mejor que la mía, pero en esto del personaje mudo he cosechado un general rechazo. 

* Los árboles. Esos árboles que ven en la imagen de arriba son una foto digna de la pared de uno de esos establecimientos franquiciados que venden helado o café. Horrorosos. No entiendo cómo se han podido quedar ahí sin que nadie haya advertido el espantoso efecto plastiqué. 

* Los pétalos. No tengo nada en contra de la reutilización de un recurso visto miles de veces, las buenas ideas funcionarán en el escenario hasta el fin de los tiempos. Me refiero a la lluvia de pétalos. Pero es que está metido con calzador y subrayando lo que menos se espera uno que se subraye: un momento sin demasiado relieve de la trama secundaria. Pasmo general, me pareció.

* Último apartado para algunos elementos que no llevan mal camino pero se salen en una curva. El vestuario funciona, pero no falta alguna pieza simplemente fea (como el vestido ese ya mencionado en el pie de foto más arriba o el curioso atavío de Amor). La aparición de las máscaras, mejor olvidarla. Otro disparo en la línea de flotación de la dignidad del montaje. Resulta que salen enmascarados a la veneciana y se ponen a bailar a... ¡Piazzola! Hasta ese momento, la música (un piano en off) ayudaba, pero ahí alguien parece haber perdido el oremus.  
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En fin, vuelvo al comienzo: es una bonita versión, el espectáculo se deja ver, pero yo no encuentro por ninguna parte la gran función que se podía esperar.
P.J.L. Domínguez

          

domingo, 16 de octubre de 2016

LA VILLANA DE GETAFE

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Lope de Vega (versión de Yolanda Pallín) Director: Roberto Cerdá Intérpretes: Ariana Martínez, Mikel Aróstegui, Marçal Bayona, Raquel Varela, Paula Iwasaki, Carlos Serrano, José Fernández, Almagro San Miguel, Alejandro Pau, Migual Ángel Amor, Loreto Mauleón, Nives Soria, Marina Mulet, Alfredo Noval, Pablo Béjar, Sergio Otegui y Pepa Pedroche Pla Duración: 2.00'
La función ya no está en cartel


No encuentro foto que idea de la escenografía. Es Paula Iwasaki.

Quinta entrega de las funciones perdidas de la temporada pasada (empecé con ésta que les enlazo, a veces me asalta la idea de que dedico a todo esto un esfuerzo digno de mejor causa).

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La villana de Getafe, ni mucha pena ni mucha gloria. Un montaje correcto, pasado de rosca en algunas cosillas: la sobrexplotación del truco escenográfico (unas perforaciones en el panel frontal que, con la proyección adecuada, se convertían en automóvil); las escenas subidas de tono (perdonen la expresión trasnochada, no sé cómo decirlo) en pantomima en el segundo piso del edificio representado en escena, con un tratamiento tirando a vanguardia que desentonaba con el resto; el recurso a... ¿los porros?... ahora no recuerdo si fumaban o esnifaban, pero algo de eso hacían demasiadas veces. En fin, un abuso de los excesos energéticos que parecen obligados siempre que se quiere subrayar la juventud del montaje y que, sorprendentemente, casi siempre le quedan bien a la Joven Compañía (la otra) y casi nunca a nadie más. Todo es licito, pero la juventud puede demostrarse por muchas otras vías. La más simple de todas, la simple apariencia. ¿Algo más obscena y aparatosamente evidente que la juventud para los que nos deslizamos ya por la pendiente con cierta rapidez?


Tampoco vayan a pensar que la función fuera horrible. Pasé un  buen rato (cosa que, últimamente, no puedo decir a menudo). Estaban Pepa Pedroche y Sergio Otegui, dos de mis debilidades. Y, además, conocí tres estupendos intérpretes jóvenes. Ése es el motivo de que me haya pasado todo este tiempo acarreando el programa de mano en la mochila: no quería dejar de mencionarlos.

Muy bien Ariana Martínez como Doña Ana (la tienen en la foto, aquí a la izquierda). Creo que tuvo la mala suerte de quedar un poco desdibujada en la percepción general por tocarle una protagonista (la siguiente que mencionaré) que se llevó, muy merecidamente, las alabanzas. Pero me pareció encantadora en la impostación y el amaneramiento de la superpijorrotona, imponiéndose a un vestuario que no cualquiera sabría habitar. Un poco Kirsten Dunst en María Antonieta, pero en borde. 

Paula Iwasaki se llevó, les decía, todos los elogios como Inés, y bien estuvieron los elogios. Suelta, madura... muy cabal dijo García Garzón, creo que queriendo dar a entender lo mismo: una actriz ya hecha. Tiene papel en El perro del hortelano que se estrena esta semana, ya les contaré.


Carlos Serrano
Aunque motivo de alegría, no es extraordinario que dos jóvenes actrices demuestren su buen hacer en sendos papeles protagónicos. Más raro resulta lo de Carlos Serrano, que -me parece a mí- consiguió llamar la atención en una parte cortita. Eso es saber pisar un escenario. Siempre les digo que es muy díficil, o directamente imposible, juzgar a un actor la primera vez que uno lo ve, pero no creo equivocarme con éste. Qué aplomo, qué manera de moverse y decir las cosas como si fuera el centro de la función. ¿Exagero? Pues no lo sé, pero han pasado casi cinco meses y tengo el recuerdo bien fresco. La joven hace una Fuente Ovejuna esta temporada, pero aún no han publicado el elenco. A ver si aparece, por ahí o por donde sea. En la foto está en el papel de la función, el de Hernando. 

[Un segundo antes de colgar esta crítica, las campanillas resuenan en mi memoria, y caigo de golpe en que ya me gustaron Ariana Martínez en el Don Juan Tenorio de la Portillo y Carlos Serrano en El loco de los balcones de Tambascio, y ya era complicado gustar en aquellos dos engendros. Lo que viene a corroborar que el talento, como la inteligencia, es una de las cosas más difíciles de ocultar]

Quédense con los tres nombres.
P.J.L. Domínguez