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| Vladimir Cruz, Claudia López, Justo Salas (abajo), Luis Castellanos, Gabriel Buenaventura, Dayana Contreras (abajo), Yolanda Ruiz y Rey Montesinos. Mephisto Teatro.
Donde hay agravios no hay celos fue, con Entre bobos anda el juego, la comedia más popular de Francisco de Rojas Zorrilla. Estamos acostumbrados a que el honor -el dichoso, puntilloso y picajoso honor español del XVII- sea, cuando no el desencadenante de la acción, al menos el elemento ambiental más destacado del teatro del Siglo de Oro. Lo que esta comedia plantea es tal acumulación de cuestiones de honor sobre el mismo personaje, que el efecto pasa a ser cómico. Cómico ahora, en su época debía de ser desternillante, cuando los espectadores veían en escena su propio código de conducta llevado a la exasperación. El pobre Don Juan de Alvarado se encuentra con que Don Lope ha matado a su hermano, ha deshonrado (traducción: se ha tirado) a su hermana y es sospechoso de andar trasteando con su prometida. ¿Qué debe primar en la conducta a seguir para lavar su honra? Demasiada ansiedad para una época anterior al Orfidal.
Resulta que, en su otra personalidad, Rojas Zorrilla estaba casi especializado en lo que González Cañal llama "gusto por las escenas truculentas y por infundir horror al espectador", con "situaciones ultratrágicas (fratricidios, filicidios, violaciones)" presentando "conflictos de honor muy poco comunes en nuestro teatro" (Cotarelo, citado por González Cañal). Vamos, que por una parte exprimía las posibilidades trágicas del asunto y, por otra, usaba la misma habilidad en el manejo de estos sofisticados códigos para provocar la risa. Mutatis mutandis, como el Muñoz Seca, santo patrón de este blog, de La venganza de Don Mendo. ¿No les parece que hay que ser un tipo listo y, sobre todo, creerse en el fondo muy poco todo el montaje para ser capaz de sacarle partido por ambos lados? Me cae simpático este Rojas. Y, encima, se me da un aire.
Los más asiduos quizá recuerden lo que les decía el otro día a propósito de La noche toledana y del mayor o menor grado de realismo o estilización en la interpretación. Decía allí que siempre toleramos un grado más de impostación en los clásicos que en el teatro contemporáneo, y que La noche toledana estaba, con la intención de refrescar su aspecto, un poco más acá de lo que acostumbramos ver. O sea: un poco menos declamada y un poco más natural. Pues bien, la versión de Liuba Cid de Celos y agravios se va al otro extremo, y es un contraste muy estimulante respecto a las puestas en escena que dominan en nuestro ambiente. Olviden cualquier aproximación al realismo. Cid, que es cubana, se ha dejado impregnar por la tradición del teatro bufo colonial, debajo del cual late la Comedia del Arte. O sea: todo es mohín, gestualidad que subraya cada una de las palabras, gesticulación ininterrumpida tanto del personaje que habla como de los segundos planos. Les he puesto un par de fotos que dan idea de lo que se trata.
Como es lógico, esta opción exige milimetrarlo todo. Los gestos y el movimiento de actores deben estar planeados y medidos para que el conjunto no parezca una chirigota de Cádiz. Ahí radica el mérito principal de un montaje en el que nada se sale de la orquestación y todo encaja con coherencia. Quizá esa misma sea la única pega: un cierto abuso ininterrumpido de la velocidad, la impostación y la gesticulación. Los contados momentos en los que la intensidad desciende se agradecen. No estaría mal espolvorear alguno más para esponjar un poco la masa. Brillan, por su excelente dirección, algunas escenas: las de conjunto en general y, por ejemplo, el intercambio de versos de la pareja central, con el clave en directo (electrónico, pero digno) intercalado.
La compañía, muy coherente en el registro elegido. Excepto el protagonista, claro está, al que le están dando todas en el mismo carrillo y que debe mantener una cierta seriedad que exige aligerar la carga de estilización. Suele ser una trampa mortal para galanes (hablamos en su día de este efecto respecto a Los habitantes de la casa deshabitada y La noche toledana), pero Vladimir Cruz sale más que airoso. No parece idiota, que suele ser lo que ocurre habitualmente. Les parecerá fácil, pero de fácil no tiene nada. Todos -y digo todos- están muy bien, y todos tienen algún momento de especial brillo, incluso los papeles con menos texto. Luis Castellanos esquiva peligros similares a los del protagonista. Claudia López y Yolanda Ruiz, casi en registro de muñecas mecánicas, en el punto justo entre pizpiretas, sorprendidas y desmayadas. Dayana Contreras, exhibiendo el desparpajo necesario para la criada descarada. A Gabriel Buenaventura dan ganas de verlo haciendo de Arlequín. Estupendo el criado de Justo Salas y ma-ra-vi-llo-so el precioso ridículo de Rey Montesinos, que compone un idiota memorable.
Mención aparte para el vestuario de Tony Díaz, del que algo aprecian en las fotos. No sólo es de una extraordinaria belleza plástica, sino que además participa, como es esencial en el vestuario de teatro, en la construcción de los personajes y de la idea global que se transmite al espectador. Respecto a lo primero: el rebuscado barroquismo de los trajes impide a muchos de los actores la libertad de movimientos. Bien resuelta como está la cosa, el impedimento contribuye a conseguir el estilo de gesticulación reseñado.
Entré al Fígaro un domingo en el que lo que me pedía el cuerpo era quedarme en casa, y lo pasé pipa. La magia del teatro, ya saben.
P.J.L. Domínguez
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martes, 25 de junio de 2013
CELOS Y AGRAVIOS
Sala: Teatro Fígaro Adolfo Marsillach Autor: Francisco de Rojas Zorrila (versión de Liuba Cid) Directora: Liuba Cid Intérpretes: Vladimir Cruz, Justo Salas, Claudia López, Dayana Contreras, Luis Castellanos, Yolanda Ruiz, Rey Montesinos, Gabriel Buenaventura y Joanna González Duración: 1.30'
sábado, 25 de mayo de 2013
LA NOCHE TOLEDANA
Sala: Teatro Pavón Autor: Lope de Vega (versión de Daniel Pérez) Director: Carlos Marchena Intérpretes: Francisco Ortiz, Jonás Alonso, Guillermo de los Santos, Sole Solís, Julia Barceló, Elsa González, Laura Romero, Borja Luna, Natalia Huarte, Alba Enríquez, Carlos Cuevas, Manuel Moya, Ignacio Jiménez, Álvaro de Juan, José Gómez y Samuel Viyuela. Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)
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Lope liviano, revoloteador. El Lope más juguetón. Ese Lope que nos daría para varios Kenneth Branagh. No me llamen frívolo. El otro día leía en alguna parte una entrevista a Rafael Pérez Sierra (creo), y resulta que así fue la génesis de esa maravilla de El perro del hortelano. "Me llamó Pilar Miró y me dijo, ¿por qué no hacemos algo tipo Kenneth Branagh?" (cito de memoria). Vamos, que nuestro patrimonio clasico está repleto de comedias que darían para vender a porrillo lo que ahora llaman "marca España" (vaya expresión sin alma, como si el país fuera una fábrica de frutos secos o de embutidos). La noche toledana entre otras. Una encantadora comedia de enredo. Claro, que tenemos al cine ahora mismo como para echar cohetes: si no, me estaría preguntando cómo no se le ocurre a nadie hacer un peliculón con esto. Entre tanto, el teatro -La vida es sueño de Pimenta- cosecha triunfos allende los mares. Perdonen, me he acordado de La monja alférez y me sale sin querer la prosa imperial.
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| ¿Qué buena foto, eh? El autor es Ceferino López. |
No sé cuántas veces se representará La noche toledana sin eliminar personajes. Sólo el teatro público está en condiciones de emplear a toda esta gente (y que dure). La versión de Daniel Pérez actualiza lo necesario el texto, lo agiliza un poco y cambia el género de algunos personajes. Por lo demás, me pareció muy respetuosa con el original, aunque estoy lejos de ser un especialista y -ya perdonarán- no he tenido tiempo de mirarlo en detalle.
Para que me entiendan (y sólo para que me entiendan: no se tomen esto al pie de la letra) el aire general de la puesta en escena tira un poco hacia el citado Branagh. Sobre todo al comienzo, con los actores evolucionando sobre el escenario mientras suena la música (Luis Cobo), y en alguna otra transición de este tipo (algo ven en este vídeo) Pero también va un poco por ahí el estilo interpretativo, algo más fresco que el que suele aplicarse a nuestro teatro clásico. Esto nos daría no ya para una entrada, sino para un tratado. Baste decir que cada género va acumulando una tradición interpretativa que hace que absorbamos con naturalidad un determinado grado de estilización. Digo estilización para evitar el término estereotipo y su connotación negativa, porque el alejamiento respecto a la naturalidad no es una opción negativa per se. Véanse ejemplos extremos como la ópera o el teatro Noh. Aceptamos un tipo de impostación en Calderón que nos resultaría insoportable en, por poner un ejemplo reciente, Arizona. Pues bien, esto quiero decir: que Marchena ha hecho actuar a la Joven Compañía de Teatro Clásico un poco más hacia acá (o hacia ahora) de lo habitual. Algo que una comedia de estas características agradece. Un poco: pasarse en este sentido es también un riesgo; recuerdo ahora un clásico actualizado en el que el protagonista terminaba en tanga rojo. Es también mérito de Marchena la homogeneidad lograda por el numeroso elenco de la Joven Compañía que, recordémoslo, se presenta con esta función.
Contribuye a la misma sensación de oxigenación la desenfadada y flexible escenografía. La foto de más arriba no le hace justicia, pero no encuentro nada mejor: Rodrigo Zaparaín ha dispuesto esos prismas con puertas que ven ahí, y que los actores pueden mover con facilidad de un lado para otro. Entre el cuidado movimiento de actores y un uso de los prismas que ayuda a plantear con claridad las situaciones, casi entiende uno, y no es fácil, todos los sucesivos enredos de entradas, salidas, y distribuciones de los personajes por las habitaciones de la posada. Todo bien iluminado, con discreción elegante, por Luis Perdiguero.
El papel más complejo es, de largo, el de Lisenda. La protagonista que monta el lío para recuperar al chico. Una de esas mujeres sorprendentemente autónomas en el contexto de un sistema montado para anularlas. Los demás, excepto quizá los de Gerarda, Florencio y Beltrán son más unidireccionales, más de carácter. Natalia Huarte, Lisenda, me pareció una actriz con una madurez bastante por encima de su edad. Tierna, pizpireta o descarada según conviene. También Julia Barceló, Gerarda, hace justicia al papel; creí entrever una vis cómica que puede admitir desarrollo. Se echa quizá en falta que el protagonista masculino, Francisco Ortiz, abra un poco la paleta de registros, pero es cierto que el texto no le da las mismas oportunidades que a Lisenda. Muy bien el amigo sinvergüenza, Beltrán, de Jonás Alonso.
El resto, como decía, son personajes de un solo trazo: la posadera cachondona, el militar tontorrón, el precioso ridículo... Nivel general más que aceptable. Me han dejado más huella en la memoria la pareja de soldados de Carlos Cuevas y Manuel Moya, la chacha vulgarota de Alba Enríquez y la posadera de Sole Solís. Pero son muchos, y seguro que cometo algún injusto olvido. Poco importa: son jóvenes y los veremos más.
Consejo final: un actor o actriz de esta edad DEBE tener información en red clara y accesible. Más si, como es el caso de un par de ellos, tienen homónimos en la profesión. Venga, que es gratis.
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| Borja Luna, Jonás Alonso, Francisco Ortiz y no sé quién más. |
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| Natalia Huarte |
El resto, como decía, son personajes de un solo trazo: la posadera cachondona, el militar tontorrón, el precioso ridículo... Nivel general más que aceptable. Me han dejado más huella en la memoria la pareja de soldados de Carlos Cuevas y Manuel Moya, la chacha vulgarota de Alba Enríquez y la posadera de Sole Solís. Pero son muchos, y seguro que cometo algún injusto olvido. Poco importa: son jóvenes y los veremos más.
Consejo final: un actor o actriz de esta edad DEBE tener información en red clara y accesible. Más si, como es el caso de un par de ellos, tienen homónimos en la profesión. Venga, que es gratis.










