Mostrando entradas con la etiqueta Santi Marín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santi Marín. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de junio de 2018

CRONOLOGÍA DE LAS BESTIAS

Sala: Teatro Español Autor y director: Lautaro Perotti Intérpretes: Carmen Machi, Pilar Castro, Santi Marín, Patrick Criado y Jorge Kent Duración: (a saber dónde está el apunte)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Marín, Castro y Criado. La foto es de Antonio Castro para madridiario.com
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

DIFÍCIL EQUILIBRIO

El crítico termina deformado bajo el peso de su profesión. Su mirada se inclina -quizá demasiado- hacia las técnicas de la construcción dramatúrgica, en vez de quedarse en el puro resultado final. Dice Perotti en el programa de mano que Cronología de las bestias trata sobre la mentira, y a mí me parece –la deformación- que trata sobre la posibilidad de contar una historia velando y desvelando, como convenga, este o aquel detalle. Es un procedimiento que la habilidad de quien lo use hace rentar más o menos, pero aquí presentaba una dificultad añadida: según tengamos o no el dato fundamental (que no voy a revelar), lo que sale es un melodrama de tomo y lomo o un relato negro a base de relaciones prohibidas y economía mafiosa.

     ¿Suena difícil? Lo es. Lo asombroso es que Perotti ha conseguido que esa oscilación se mantenga en equilibrio, apoyándose en una exquisita dirección de actores. A Pilar Castro debería caerle un premio por esto: una mujer en el borde de la discapacidad, asustadiza, voluntariosa, que estorba siempre. Carmen Machi mantiene al espectador más de media función dudando de si es la buena o la mala; si la amargó la vida o se la amargó ella sola. ¿Da miedo o pena? Santi Marín, entre ambas, es el tercer sólido apoyo del invento. Bien Criado y Kent. Pocas veces aconsejaría esto: ver la función como un experimento narrativo puede ser muy interesante.

Mis lectores habituales se estarán preguntando por qué las entradas se van refiriendo, progresivamente, a títulos cada vez más antiguos. La respuesta es simple: voy hacia atrás, en una carrera inversa -e imposible- contra el tiempo perdido. Proust en versión neurótica y remendada. A estas alturas, lo único que les voy a añadir es un enlace a Invencible, donde me explayaba un poco sobre Pilar castro. Esta mujer es de lo mejorcito. 

Lo último. Algunos de ustedes se habrán dado cuenta hace tiempo que soy de entendederas lentas (que no es exactamente lo mismo que lento de entendederas, el lenguaje tiene estas sutilezas). Acabo de ver el término CRONOLOGÍA en el título. Vamos, que todo esto que yo creía pejigueras de crítico (esto del "velar y desvelar", esto de la relevancia de los flashbacks en la construcción dramatúrgica) estaba -más o menos claro o consciente- en el cerebro de Perotti. Pues ya me ha costado verlo.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 9 de noviembre de 2015

SIEMPRE ME RESISTÍ A QUE TERMINARA EL VERANO

Sala: Teatro Marquina Autor y director: Lautaro Perotti Intérpretes: Pablo Rivero, Andres Gertrúdix, Estefanía de los Santos, Unax Ugalde y Santi Marín Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Gertrúdix, Marín, de los Santos, Rivero y Ugalde. La foto es de Antonio Castro, a quien la posteridad va a deber una ingente documentación sobre el teatro en Madrid.
Siempre me resistí a que terminara el verano es un fracaso. Pero diría que un hermoso fracaso. Hermoso como su título, que me suena un poco Tennessee Williams, autor que Perotti visitó no hace mucho.

Parte de un texto del propio Perotti que es, casi hasta el final, una maravilla. Tres amigos que vuelven al lugar de origen, subgénero de montones de historias. Seguro que ya les ha venido alguna a la cabeza. De mi memoria emergió en seguida La partida, una pieza de Paco Rodríguez -también con tres amigos- que se hizo en 2012 en Azarte, más centrada en la trama narrativa, que ésta de Perotti, que es sobre todo drama sicológico. Pero es sólo un ejemplo; hay multitud de detalles de la narración (la camaradería asociada a compartir una prostituta, la mitificación del recuerdo de la noche en que jugaron desnudos al fútbol bajo la lluvia, el bar como segundo hogar con una segunda familia...) claramente ubicados en una larga tradición de lugares comunes. Ojo, "lugar común" no tiene aquí la menor connotación peyorativa, quizá deberíamos decir "topos" literario. Como bien saben, la mejor literatura viene agarrándose, desde Gilgamesh por lo menos, a los mismos asideros narrativos. La escritura de Perotti tiene, entre otras, esta habilidad de colocarse en un sitio que no deja de ser nuevo porque nos recuerde a otros en los que hemos estado.

Tiene más: verosimilitud, diálogo fluido, interés narrativo, construcción de caracteres... y un lirismo que se desprende con naturalidad tanto de la una (la narración) como de los otros (el carácter de cada personaje). Les decía más arriba que es una maravilla casi hasta el final, y ese casi estaba ahí exclusivamente por el útimo monólogo de Isabel. Se repite ahí la operación de querer elevar un suceso banal (el ruido de las hojas secas) a categoría de recuerdo vertebrador. Estas operaciones a veces salen (sale perfectamente con el fútbol bajo la lluvia) y a veces no salen, y el texto se queda, en esos minutillos finales, muy por debajo de todo lo anterior, muy por debajo de la intensidad interpretativa de la actriz y muy por debajo de su función de remate de la pieza. Aparte de eso, Siempre me resistí es redonda y conmovedora y dibuja, de los cinco personajes, al menos tres maravillosos: la prostituta en decadencia (otro lugar común de larguísima tradición); el joven empleado de la funeraria, entre el macarrismo y una desarmante ingenuidad, y el padre de familia que mantiene a sus hijas dedicándose a una actividad que lo avergüenza. Este último es el único que no ha interrumpido la relación con la prostituta durante los últimos veinte años, y esa amistad -de la que ni siquiera se habla pero que resalta bien visible- es quizá el aspecto más interesante de la obra. Ya he perdido el control detallado de quién me lee (un experto en marketing me diría que como no defina bien mi target, voy listo), pero me consta que algunos de ustedes son habitantes del planeta artes visuales, así que voy a decirles algo: aquí hay un peliculón.

Además del texto, la función tenía muchas bazas a favor. La música de Etxeandia no, desde luego, a pesar del partido publicitario que se le ha sacado. No sé si las breves rágafas de ambientación sonora que acompañan a alguna escena serán suyas o de los otros dos firmantes (Tao Gutiérrez y Enrico Barbaro), pero nada tienen de memorable. Es cierto que al final se oye una canción, pero llega a telón cerrado y con el público abandonando el teatro. Bazas: Perotti como director (estupendo en Algo de ruido hace y brillante en Breve ejercicio para sobrevivir), Boromello como escenógrafa, Ana López Cobo como figurinista... Y, sin embargo, la función no termina de salir adelante. Ni la escenografía ni el vestuario ayudan gran cosa, pero ¿cuál es el problema de fondo?

No sabría decirlo con seguridad, aunque algunos errores son evidentes. Por ejemplo, Rivero no da el personaje. No es su responsabilidad, siempre lo he visto bien (piensen en Pandur: La caída de los dioses, Fausto). Es, por el contrario, un error de casting. No hay quien se trague ni por un minuto que es un señor conservador de cuarenta años. Resulta que tiene treinta y cinco, pero no los da, parece un niño. Lo han vestido de señor del PP con flequillito rubio y chaleco de estos impermeables de plumas que todo lo inundan desde la temporada pasada, y ocurre lo peor que puede pasar con el vestuario en escena: parece que lleva un disfraz. Tampoco está Gertrúdix, me parece a mí, suficientemente centrado en el personaje. Es un tipo atormentado, escritor fracasado que ha vuelto a su pueblo a enterrar a una madre con la que hacía veinte años que no se hablaba. Falta espesor en la interpretación, tendría que provocarnos la empatía suficiente para entender sus rarezas, tendría hasta que darnos pena. En vez de atormentado, se queda demasiado tiempo en rarito o en insufrible. ¿Saben? Ahora que llevo un ratillo escribiendo este párrafo me parece que sí, que éste es el lastre fundamental de una función que es todo sicología, todo dirección de actores, una función que debe sostenerse íntegramente sobre la verosimilitud de lo que cada uno lleva por dentro. Repetiré, en descargo no tanto de Rivero -que ya digo que no tiene mayor responsabilidad- sino de Gertrúdix, que sus personajes son menos interesantes que los otros tres.

Estefanía de los Santos está fotográfica. Vamos, que parece una foto del tipo de mujer que representa. Todavía no puedo decir si es una actriz excelente o esto es un as herself, porque la he visto tres veces (Las plantas, Marca España) y las tres prácticamente en el mismo papel: intensa, explícita, expuesta. Desde luego, aquí le va de miedo a la función. Espero verla alguna vez en algo más reposado. Estuvo nominada a un Goya por Grupo 7, pero prácticamente no veo cine.

No se me ocurre manera mejor de sacar adelante el papel de Unax Ugalde -un hombre bueno y apocado que ha encontrado refugio en la amistad de una prostituta y en el puti-club en desuso- que como él lo ha hecho: sin el menor aspaviento, con un único arranque expresivo de intensidad que, en el colmo de la contención, nos hurta su rostro. Ugalde es lo mejor de la función. No sé si había hecho teatro, no veo nada en su curriculum. Visto aquí, creo que podría hacer cualquier cosa. Ha sido un acierto de Perotti arrastrarlo al Marquina. 

Santi Marín, adorable. Es siempre difícil predecir qué será lo que la memoria decidirá archivar, pero yo diría que es su personaje lo que el público recordará mayoritariamente de Siempre me resistí.

Eso será, quizá, lo que el público recuerde, porque se ha desperdiciado una oportunidad de oro de construir una escena tan memorable para los espectadores como para los personajes. Hace veinte años la policía irrumpió en el Caimán, y los tres amigos huyeron desnudos por la puerta de atrás. Terminaron jugando al fútbol bajo la lluvia, así, como vinieron al mundo. Es un recuerdo central en la función y tiene fuerza poética. Hay hasta una foto, que Isabel sacó mientras los tres corrian alejándose y que la madre de Raúl reveló. La escena se recrea al final. Los tres empiezan a desnudarse y... paran y se quedan en calzoncillos y camiseta. Error. Llevamos más de una hora oyendo contar que no fue así. Entiendo que son mediáticos y que un desnudo es siempre una cosa complicada, pero están a medio iluminar, cabía bajar aún más la luz y alejarlos. No sé cómo se habrá llegado a esta decisión, pero lo suyo era desnudarlos y reproducir ese recuerdo que, durante años, ha condensado para los tres la esencia de su relación y de la perdida juventud.

A pesar de todas estas pegas, ya les decía al comienzo que es un fracaso hermoso. Merece la pena verlo, por su fuerza evocadora -evoca la juventud de estos tres, pero también la nuestra- y por algunas de las interpretaciones. Merecería la pena darle una vuelta más, no haría falta mucho para que dejara de ser un fracaso.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 10 de mayo de 2015

ANTÍGONA

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Sófocles (versión libre de M. del Arco) Director: Miguel del Arco Intérpretes: Manuela Paso, Ángela Cremonte, Carmen Machi, Santi Marín, Silvia Álvarez, José Luis Martínez, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Carmen Machi y Rául Prieto.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Lo accesorio es el ruido mediático que el Teatro de la Ciudad, iniciativa de Sanzol, Lima y del Arco, ha producido durante meses. Bienvenido sea el marketing si atrae al público, pero al espectador le interesa poco si el teatro se produce de esta o aquella manera. Lo esencial es el resultado. Mejor dicho: los tres resultados. A falta de ver a Sanzol, puedo decir que el balance se anota, al menos, una gran función y media. La media es la de Lima: gran función cuando actúa Aitana –que está impresionante-, gran patinazo cuando es él quien sale a escena.


    La gran función casi completa es la Antígona de Miguel del Arco. Digo “casi”, porque alguna cosa hay que desmerece del resto: un par de coros confusos, unas superfluas máscaras de luchador mexicano. 

En todo lo demás, brillan los actores y el enorme talento de quien los dirige. Carmen Machi es Creonte, pero no porque haga de hombre: Creonte es mujer. Está a su propia altura, y con esto lo he dicho todo. Grande en la confrontación con Manuela Paso, que le aguanta el pulso con bravura. Grandísima con Raúl Prieto, a quien nunca he visto mejor, y que enseña cómo se puede ser trágico sin perder la contención. La función gana vuelo a medida que avanza y alcanza su clímax con el vuelo literal de Antígona, que justifica a posteriori la escenografía y los tumultos del coro. 

Y lo que no cabía allí:

1.- A pesar de la enorme admiración que tengo por Miguel del Arco, el comienzo me asustó. "Es que los talleres son muy peligrosos", me dijo JM. Efectivamente, lo son. Metan a un grupo de personas a vomitar toda su potencia creativa en grupo, a dar rienda suelta a las ocurrencias, inventen entre todos gestos que simbolizan ideas que nadie más podrá deducir, pierdan de vista la necesidad de que alguien termine estableciendo dónde está el punto de llegada y... si se descuidan, les sale Capitalismo hazles reír. Esto del Teatro de la Ciudad tiene un parentesco evidente con aquel invento de Lima en el Price, de desastroso resultado. Tanto en el formato de los talleres como en su uso como herramienta de comunicación y publicidad (algo, lo de airear los procesos creativos con fines promocionales, que entre nosotros se inventó Almodovar). 

No seré yo quien niegue la utilidad de cualquier formato, incluido éste de los talleres en los que aporta hasta el Tato, dicho sea sin ánimo de ofender a nadie. Habitualmente, un director de escena reúne a un grupo de intérpretes y colaboradores (escenógrafo, iluminador, figurinista...) con una idea más o menos predefinida. Cada director y cada función son un mundo, y el grado en el que el director propicia y admite las sugerencias de los participantes es altísimamente variable. En esta ocasión -los responsables del proyecto se han encargado de explicarlo minuciosamente- la actitud era precisamente la de incorporar todo el caudal de aportaciones que se produjera en las sesiones de trabajo, vinieran de quien vinieran (si he entendido bien, incluso de quien pasara por ahí sin título de participante en la función).

No me cabe duda de que las acciones de este tipo pueden ser enriquecedoras en muchos aspectos. Son lugares de reencuentro de los artistas con su oficio, momentos de exaltación creativa, herramientas de formación de actores, y fomentan el ensamblaje de los actores entre sí y con el director. Pueden también suscitar el interés de determinado aficionado al teatro: el que se siente atraído no sólo por el espectáculo, sino también por cómo se crea. Hasta aquí, todo bien. Pero, y esto es una obviedad como un piano de cola, una cosa es, por ejemplo, un taller con intención formativa, y otra bien distinta un proceso encaminado a producir una función que se exhibe en un teatro, para público general y cobrando entrada. Quiero decir con esto que, desde ese momento, el juicio se desplaza necesariamente del proceso al resultado. Todo el interés que el proceso haya podido revestir no viene al caso cuando la luz se apaga y la función comienza.

Tampoco viene al caso quién haya podido implicarse. Lo digo, porque también se ha tenido buen cuidado en divulgar los nombres de las muchas e influyentes personas que han participado. Me cuidaré mucho de decir que el objetivo sea blindar de alguna forma el resultado (de dos maneras: apilando autoridad tras las espaldas de la autoría y consiguiendo que todos los implicados, como es natural, divulguen su opinión positiva), porque sería un insostenible juicio de intenciones. Pero es evidente que, con o sin intención, el efecto es ése. En otras palabras: el juicio equilibrado e imparcial con el que todos asistimos a la creación de un grupo de desconocidos es muy difícil de mantener cuando una de estas funciones "blindadas" arranca. En fin, hay que esforzarse por intentarlo.

Este primer punto casaba más en la crítica de la Medea de Lima, de la que algo les contaré, pero escribo esta primero y era imposible no decir nada. 

2.- Estábamos en que me asustó el comienzo: todos de negro, un grupo desordenado e intenso que va y viene, gesticulan, farfullan, se atropellan, se enredan con los cables que limitan el fondo del segmento circular que constituye la escena... todo muy de taller, todo muy de clásico rompedor de hace treinta o cuarenta años. "Oh, Dios mío, ha ocurrido, a del Arco se lo han comido los talleres y lo ha abducido el Lima de Capitalismo". Hasta que rompen a decir cosas de uno en uno, y comienza una función superlativa.  A la que le quedan algunos flecos prescindibles, ya se lo decía en la crítica en papel. El resultado global es muy fácil de sintetizar, y las tres o cuatro personas de mi confianza que me lo han comentado han coincidido en la misma fórmula: los coros no están bien pillados, pero el resto es magnífico. No he tenido tiempo de revisar a Sófocles, tengo la sensación de que del Arco ha hecho lo que le daba la gana, y ha hecho bien: el texto funciona como una serie de latigazos de intensidad creciente.


Debe de ser una foto de ensayo, pero da buena idea de lo que les digo de los coros.

3.- Cosas que ya se han dicho. a) La función es de la Machi. b) No importa absolutamente nada que Creonte haya cambiado de género (insisto, Machi NO hace de hombre; el nuevo tirano es una mujer). c) La escena con Raúl Prieto es completamente distinta con esta Creonte mujer. Más desgarradora. En esto no hay igualdad de género que valga. Por ahora, y me parece que por algunos siglos todavía, la relación de un hombre con su madre está mucho más cargada de energía explosiva que la que corresponde al padre. d) Por definición, cualquier buena función va a más, pero en ésta el efecto es especialmente evidente: Paso / Cremonte; Paso / Machi; Machi / Prieto. Al único que vi algo por debajo de sus capacidades fue a Santi Marín.

4.- Párrafo aparte para Raúl Prieto. Dije de él, cuando El misántropo: "Un actor excelente: estaba muy bien en la Señorita Julia de Narros, espléndido en La función por hacer, otra vez estupendo en Veraneantes... pero algo le pasa cuando no se controla. Estaba raro en El lindo Don Diego, abusando de una voz rasposa, y aquí amontona otros tics, como el de pasarse la mano por la cabeza insistentemente, como hacen algunos cuando están preocupados o nerviosos. Sí, el personaje podría hacerlo en la realidad, son de hecho gestos que uno ve a menudo en los noctámbulos que se han metido algo, pero en teatro lo real y lo verosímil se dan a veces de tortas." Pues bien, esta Antigona es quizá eso que suena tan relamido: la consagración de un gran actor. Uno respira con dificultad durante la conversación con su madre y deja de hacerlo definitivamente en el desenlace. No he visto a nadie suicidarse con más elegancia. Supongan que el montaje fuera un desastre y que todos los demás estuvieran de pena: les aconsejaría verlo, aunque sólo fuera por él. Después de esto, Prieto puede hacer lo que quiera.

5.- Del Arco es muy listo. Suficientemente listo como para esa "justificación a posteriori" que, a lo mejor, quedaba un poco críptica en las reducidas dimensiones de la crítica en papel. Ya les he dicho que los coros no están bien encajados. En alguno, apenas se entiende nada de lo que dicen. Pero entonces hay que encerrar a Antígona en una profunda cueva y, en un arranque de ingenio, en lugar de profunda cueva tenemos una aérea esfera que sobrevuela el escenario desde el principio (y que ahora se justifica), y la protagonista debe ascender, en lugar de descender, para ser encerrada en ella. El coro ata a Antígona a un arnés y evoluciona llevándola en vilo de uno a otro extremo del proscenio y elevándola en el aire en postura casi de crucifixión en una apoteosis paroxística. Por fin tiene sentido el delirio coral. No llega a redimir las apariciones anteriores, pero las dota de cierta significación dramatúrgica. Es como si "el taller" hubiera producido los tumultos y el director los dotara, en última instancia, de algún significado.

6.- Del Arco es muy listo. Ah, que ya lo había dicho. Se las ha arreglado hasta para introducir un comentario (escénico, claro, es como deben comentar los directores de escena) a todo el invento. Aparece Tiresias (Cristóbal Suárez) y empieza a soltar sus burradas retorciéndose, hablando con una extraña voz y -creo recordar- con un efecto de proyecciones. Yo -que me paso de listo a menudo- pico como el director espera que pique y pienso: "Oh Dios mío, vuelven los talleres, este chico ha propuesto esta voz colocada quién sabe dónde y hala, todos entusiastas", etc. Y en esto llega la Machi y le da el alto: "Con tanta puesta en escena no se entiende el mensaje". Se para la tontería, y Suárez se pone a hablar con naturalidad. No puede estar más claro. Del Arco habrá sido o no consciente -esto es lo de menos en una obra de arte- pero esto es una patada en toda regla en los bajos de un cierto modo de hacer teatro sobrecargado de intenciones y simbolismos de todo tipo que emerge con facilidad de estos procesos creativos de grupo. Le ha salido un chiste metateatral donde más convenía, en dos sentidos: en la progresión dramatúrgica de su pieza y en pleno centro del Teatro de la Ciudad. Autocrítica, humildad, humor. Repito: que es muy listo.

Este tipo de crítica suele terminar con la recomendación "vayan", pero no creo que sea posible a estas alturas. Me parece que no quedan entradas. Supongo que se repondrá.

¡Se me olvidaba! Una interesantísima versión alternativa de la misma historia en Eterno Creón. Está muy bien verlas seguidas.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 26 de febrero de 2013

BREVE EJERCICIO PARA SOBREVIVIR

Sala: La Casa de la Portera Autor: Lautaro Perotti (sobre textos de Tennessee Willliams) Director: Lautaro Perotti Intérpretes: Bárbara Lennie y Santi Marín Duración: 40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Lautaro Perotti, Bárbara Lennie y Santi Marín


Lautaro Perotti se reveló en España con el tsunami de La omisión de la familia Coleman de Claudio Tolcachir. Algo que no se olvida. Estaba superlativo allí, en un personaje con una leve deficiencia psíquica. Dirigió después Algo de ruido hace. La vi en la Pradillo, no sé si tuvo más vida, pero desde luego la hubiera merecido. Los intérpretes eran Santi Marín, con el que repite ahora, Eloy Azorín y la maravillosa Fernanda Orazi. El texto de Romina Paula, rodeado de esa neblina entre lo real y lo incomprensible de la que me ha tocado hablar recientemente a propósito de Lúcido y de La extravagancia / La inapetencia. Perotti salía airoso. No he pasado del primer párrafo y ya llevo "tsunami", "superlativo", "maravillosa" y "airoso". Prepárense, pero que conste que no conozco personalmente a ninguna de las personas que se van a citar en esta entrada.



El argentino se ha cocinado ahora un material personal a partir de dos obras en un acto de Tennessee Williams: No puedo imaginar el mañana (I can't imagine tomorrow, escrita para televisión; sí, para televisión, para una televisión distinta de la que vemos ahora, claro está) y Función para dos personajes (The two-character play). Estructuralmente más basado en la primera, e incorporando elementos de la segunda y algún material propio (creo, no tengo los textos a mano). Ambas obras son del período final de Williams, y poco tienen que ver con los títulos que asociamos de inmediato a su figura. La narración lineal ha desaparecido, es un teatro de atmósfera y, desde luego, de la incomunicación. Hay quien lo llama la decadencia de su autor. Opinen ustedes lo que les parezca; vista la función, ésa es la última palabra que se me ocurriría pronunciar. El invento de Perotti funciona: los caracteres están perfectamente delineados y la situación se sostiene. 



Estos dos personajes parecen instalados en el dolor de vivir, en el dolor de amar, en el dolor. Un día antes (y por casualidad, como siempre) un personaje de Billy Wilder (Berlín occidental, 1948) me explicaba en la tele que la gente no puede soportar la conciencia constante del horror de las cosas, y que por eso se evitan y se olvidan las evidencias de ese horror. Pero, como sabemos todos, hay seres desgraciados que no son capaces de olvidarlas. Él es así. Ella parece un poco (sólo un poco) más dotada para enfocar una vida "normal". Le da consejos. Le orienta. Parece un ritual que se repite todas las noches. No vemos mucha salida. Son la viva imagen de la desesperación. Texto realista, tiempo real, espacio real, interpretación naturalista. Breve ejercicio para sobrevivir es una tajada de vida puesta a centímetros de la nariz del espectador. Tan real y tan cercana, que provoca una leve sensación de obscenidad, de estar asomado al sufrimiento ajeno como nunca es posible hacerlo: espiando desde dentro de casa.

Vi a Bárbara Lennie en La función por hacer y en Veraneantes, que le valieron general alabanza y, respectivamente, una nominación y un Max. No seré yo quien diga que no fueron merecidos, pero algo encontraba que no me terminaba de cuadrar en una gran interpretación. No sé ni explicarlo. Un aire de taller de actores, casi un exceso de técnica interpretativa, una actriz demasiado cool... o quizá simplemente el prejuicio absurdo respecto a una mujer demasiado guapa (como eso de que las rubias sean tontas). Bien, no me hagan caso. Esta mujer es la bomba. Cuando una interpretación realista se borda, crea a menudo la mágica sensación de recordarnos a alguien que conocemos. Yo he visto a una mujer así: presa de un dolor lacerante que la hace oscilar entre la desesperación y los frágiles arranques de superación; entre el deseo de causar dolor y el pavor de constatar que lo causa. Lennie no da punto sin puntada: no hay un solo gesto que no contribuya al efecto. No puedo decirles más, véanla.

Santi Marín, que ya estaba muy bien en aquella Algo de ruido hace, está a la altura. Tartamudea. Todo el tiempo. ¿Cómo no tartamudear demasiado? Bueno, lo ha conseguido. Igual fragilidad, impregnada además de dependencia. Llevamos veinte minutos viéndolos, y ya nos parece haberlo entendido todo. Si me leen, sabrán quizá que acostumbro a fijarme en los demás espectadores. En la escena final, las chicas que tenía enfrente estaban sobrecogidas, completamente entregadas a lo que estaban viendo, imbuidas del sufrimiento de esta pareja.

Es una sala minúscula y la cosa dura cuarenta minutos. Da igual: va a ser una de las funciones del año. Estos experimentos saltan a veces a un teatro, pero esto hay que verlo aquí, a ochenta centímetros de los actores. Y a ver si alguien espabila y pone a Perotti a dirigir más.
P.J.L. Domínguez