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domingo, 20 de noviembre de 2016

LA COCINA

Sala: Teatros Valle Inclán Autor: Arnold Wesker (versión de Sergio Peris-Mencheta) Director: Sergio Peris-Mencheta Intérpretes: Silvia Abascal, Roberto Álvarez, Fátima Baeza, Aitor Beltrán, Almudena Cid, Víctor Duplá, Patxi Freytez, Javivi Gil Valle, José Emilio Gimeno, Ricardo Gómez, Pepe Lorente, Óscar Martínez, Natalia Mateo, Xabier Murua, Diana Palazón, Paloma Porcel, Ignacio Rengel Lucena, Xenia Reguant, Nacho Rubio, Alejo Sauras, Marta Solaz, Romans Suárez-Pazos, Mario Tardón, Javier Tolosa, Carmen del Valle y Luis Zahera Duración: 2.20' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Foto: MarcosGpunto
Espero que tengan aquí en breve el enlace a mi crítica en la Guía del Ocio. Entre tanto, el acostumbrado avance:

He mirado en el diccionario de sinónimos el término PROEZA. Me salen varios aplicables: HAZAÑA, GESTA, EPOPEYA, HEROICIDAD. Si me dan a leer el texto, juro que no se puede llevar a escena. Si me cuentan el resultado de la osadía, no me hago ni una lejana idea. La cocina no va a dejar ni un solo premio disponible para otros montajes.


SAQUEN ENTRADAS EN CUANTO LEAN ESTO. VAN A VOLAR, Y ME PARECE IMPROBABLE QUE SE PUEDA REPROGRAMAR UNA FUNCIÓN CON 26 PERSONAS EN ESCENA.

Hasta quien no aprecie la dramaturgia (desde luego, no es mi caso) saldrá atónito ante la impecable resolución técnica (de dirección, interpretativa, coreográfica, ¡de utilería!) de un problema que parece irresoluble. A mí me parecía irresoluble incluso cuando la resolución se estaba desarrollando ante mis ojos. No me lo podía creer. Nadie va a olvidar esta función.
* * *
Escribí lo anterior a toda prisa a la mañana siguiente de verla, y acerté. Las entradas volaron, ya circula en twitter el hashtag #reposiciónlacocinaCDN. Pudo ser -al menos en parte, no voy a sobrevalorar mi influencia- una profecía autocumplida, porque la página tuvo más de dos mil entradas en un periquete. Después, publiqué la crítica en la Guía, se tituló PROEZA e iba acompañada de cinco estrellas. Ahí la tienen:
La cocina no es reto para pusilánimes. Leído, de­be de parecer a cualquiera una empresa impo­sible. La respuesta que Sergio Peris-Mencheta ha dado a este reto sobrepasa cualquier descripción. Si me lo contaran, no creo que fuera capaz siquiera de acercarme a imaginar lo que está sucediendo día tras día en el Valle-Inclán.
 Una proeza, un alarde de virtuosismo, un conflicto entre lo que los ojos dan por cierto y lo que la razón se resiste a proce­sar. Veintiséis intérpretes. Pero no veintiséis intér­pretes que se turnan en escenas sucesivas, sino una algarabía trepidante –una gran cocina a todo gas con los camareros y camareras vociferando pedidos y saliendo a servirlos– con la mayoría de ellos en escena durante prolongados períodos de tiempo. La labor de los utileros debe de ser otro es­pectáculo en sí misma.
Todo ese movimiento (el término se me queda cor­to) ha contado con la asesoría de Chevi Muraday. La inmejorable escenografía es de Curt Allen Wilmer. Pero los colaboradores imprescindibles eran estos veintiséis que podrán decir siempre “yo estuve en La cocina”. Un elenco admirable en el que nadie desentona, pero en el que sobresalen quizá –tanto por los papeles como por el derroche de talento– Xabier Murúa (muy bien secundado por Abascal y Lorente, novia y amigo) y Aitor Beltrán. Lástima no poder citarlos a todos.

* * *
A continuación vino el pasmo, cuando vi otras críticas en papel (me da la sensación de que lo digital es prácticamente unánime en la alabanza). Los pasmos son de cada uno, y ya saben que los míos suelen referirse a pestiños infumables ensalzados entre nubes de incienso. Pues hala, al revés. Vallejo (El País) tres estrellas, García Garzón (ABC) tres estrellas. Villán (El Mundo), cuatro, menos mal. Ya saben que cuando me ocurren estas cosas no puedo evitar ponerme a buscar explicaciones a la divergencia ante lo que a mis antenas receptoras les parece clarísimo (que otra cosa es cuando se queda uno en el pantano a veces indefinible del aprobadillo). Y tengo una modesta hipótesis: La cocina parecerá una obra maestra a todo el que tenga una concepción del teatro como algo que supera con mucho a la suma de texto y actores. Déjenme ser más básico: la juzgarán una obra maestra todos los que veían en los montajes del desaparecido Pandur un alarde de dominio de los tiempos (muy por encima de lo puramente visual, que a veces parecía ser lo único que se veía) y no una frivolidad que dejaba el texto a la altura del barro (perdón, del vídeo, quería decir). Ojo, que con esto no estoy descalificando a nadie, ya que cada uno puede tener la idea del teatro que mejor le parezca, faltaría más. Pero a mí, que tan buen teatro me parece Reikiavik como Fausto, La cocina me parece la bomba. Si tiene un rato y le apetece leer por qué creo que ambos tipos de teatro son igualmente válidos, siga el enlace que le he puesto al Fausto.

Así estaban las cosas de la crítica cuando ayer (sábado 10 de diciembre) salío la de Ordóñez en Babelia, a la que sólo le falta pedir que pongan una plaza a Peris-Mencheta. Como esta vez besaría por donde escribe (ha usado incluso el término proeza, encontrar estas coincidiencias me reconforta siempre, debe de ser un núcleo de inseguridad que llevo escondido en alguna parte) me ahorra escribir un porrón de cosas para las que no he encontrado tiempo desde hace veinte días. Pero algo añadiré.
* * *
Que yo recuerde, las lágrimas se me han saltado por motivos puramente estéticos -sin mezcla de cuestiones emocionales- tres veces. Una vez, al llegar al verbo principal de una frase de Proust que medía docenas de metros. Otra, con el arranque del Concierto para clave de Falla. La tercera, con el momento paroxístico de La cocina. No sé para qué les cuento estas cosas, porque terminarán sacándome coplillas; es verdad, estas cosas me pasan. Pero volvamos a La cocina: no fueron sólo lágrimas, me dio la risa histérica ante la divergencia entre lo que me decían la razón ("esto no puede hacerse") y los ojos ("lo están haciendo"). "Esto" eran los veintiséis intérpretes desarrollando la vida ante los espectadores estupefactos. La vida fingida, claro está. En la vida se improvisa, pero aquí cada movimiento debe estar milimetrado o el resultado sería un cataclismo. Semejante alarde coral es planteable en el cine, donde uno rueda fragmentos y los monta, pero esta cima del tiempo real debería quedar almacenada en nuestra retina y en la historia de nuestro teatro como determinados planos secuencia han quedado en la historia del cine (en esa lista falta uno de mis favoritos, el de la playa de Dunquerque en Expiación). Las pocas voces que me han llegado de quienes no han visto una gran función en La cocina reconocen -no hay más remedio- el gran resultado técnico. Hay que moverlos de un lado a otro, hay que conseguir que cada uno mime la actividad que realiza (pelan patatas, limpian pescado, fríen, cuelan, baten...  ¡sin comida!), hay que conseguir dirigir la atención del espectador hacia este gesto o hacia aquella frase, hay que utilizar cientos de objetos (la mayoría de las veces, evitando hacer ruido, para no distraer la atención del foco principal, cuando existe), hay que sacar y volver a meter esos objetos en sus lugares... Una locura.

¿Cómo ha sido posible? Pregunté cuánto habían ensayado. Me dijeron que lo habitual para las producciones del CDN. "Es imposible", respondí. Y me cuentan que el director llegó a los ensayos con una pila de papeles que lo contenían ya todo previamente decidido. Era la única manera. Pónganse a dirigir esto de otro modo y necesitarán seis meses de trabajo. [Después de escribir eso me doy cuenta de que Ordóñez dice "cinco meses de ensayos". Les dejo con mis mismas dudas] Todo esto supone un talento fuera de lo común para la abstracción espacial y narrativa. Me parece extraño que no lo vocifere todo el mundo. Algunos recordarán que hace tiempo tuve un rifirrafe con Peris-Mencheta, no debo de ser ser sospechoso de hacerle la pelota. Así que al César lo que es del César: La cocina tiene detrás un cerebro privilegiado. Asomaba la patita en Continuidad de los parques y en La puerta de al lado, pero esta vez hemos asistido a la conversión de alguien en indiscutible. Alguien a quien ni siquiera los futuros errores (también los cometen los indiscutibles, miren la racha de Del Arco antes de su recuperación) podrán arrebatar ese mérito.
* * *
Salí pensando que habría quien reconocería, como decíamos, el alarde técnico, pero pondría pegas a una dramaturgia "débil". Niego la mayor. En primer lugar, porque es no ver la capacidad de construcción dramatúrgica de un hallazgo técnico estrepitoso. Lo del vídeo de Pandur, si me dejan seguir usando caricaturas. Más caricaturas, que tengo siempre el pavor de no explicarme lo suficiente (es el pavor del pelmazo): si yo cuento Caperucita Roja, pero -a mitad de narración- quemo un castillo de fuegos artificiales, ya no es Caperucita Roja, es algo distinto. Según cuándo y cómo ponga los fuegos, el resultado dramatúrgico será bueno o malo, pero es innegable que tendrán repercusión dramatúrgica. Pues eso. El frenesí de esta cocina no permite distinguir técnica / dramaturgia. Es un logro técnico de brutal repercusión dramatúrgica.

Pero diré más. La dramaturgia débil -no hay una línea narrativa tradicional que comience, se desarrolle y culmine- de Wesker lo es sólo en apariencia. Cierto que son retazos de vida, pero la potente caracterización psicológica de los personajes es la sólida urdimbre en la que se apoya la trama de los acontecimientos (más o menos débiles). Eso en lo que respecta al texto. Y en lo que toca a la puesta en escena, la sucesión de los berridos y la calma, del frenesí y los momentos de charla tranquila, ensoñación o (hay un par estupendos, Lili Marlen y el sirtaki) de deriva musical están perfectamente engarzados. Repito. Niego la mayor: no es un envoltorio ténico de lujo para una dramaturgia escasa. No.

Y añado. Una consideración histórica de relieve dramatúrgico. Vista hace diez años, esta comunidad de trabajadores provenientes de todos los rincones de una Europa desolada nos hubiera parecido sólo una reconstrucción de época. Ahora se ha convertido en una ominosa advertencia. Europa o el desastre, y todo parece indicar que será el desastre. Ese sustento dramático -en el sentido general del término- colabora al desarrollo dramático -en su sentido específico-.

* * * 
Me gustaría ponerme a comentar uno por uno el trabajo de los veintiséis, pero tengo el blog desatendido y no puedo dedicar más tiempo a esta entrada. Les copio (por si han sido perezosos y no han seguido el enlace) lo que dice Ordóñez (Dios mío, qué parasitismo):

"El elenco está perfectamente repartido y todos están fantásticos, pero ahora vuelven a mi memoria el alemán Peter (Xabier Murúa), un volcán a punto de estallar, quintaesencia del antihéroe angry, quizás el protagonista porque su malestar es más intenso, y Monique (Silvia Abascal, un esperado retorno), la francesa cortejada por Peter y por Gastón (Nacho Rubio), y la humanísima Bertha (Paloma Porcel), la cocinera judía, y el alegre y vivaz Mangolis (Ricardo Gómez). Y el achulado Max (Javier Tolosa) y el amargo Nicholas (Víctor Duplá). Y el veterano Frank (Patxi Freytez), para el que “de todo hace ya mucho tiempo”, y la recién llegada Violet (Xenia Reguant). Y la angélica pareja de reposteros, Ramone (Mario Tardón) y Paul (Javivi Gil Valle, nuestro Victor Buono, siempre con el corazón en la mano). Y el chef Robert (Roberto Álvarez), que lleva el timón y no pierde la calma. Y Marango (Luis Zahera), el dueño, la versión italiana del tío Gilito, incapaz de comprender lo que desean sus empleados".

Aquí los tienen:

Javier Tolosa (Max), Aitor Beltrán (Dimitris), Mario Beltrán (Tardone), Alejo Sauras (Kevin), Roberto Álvarez (Robert), Patxi Freytez (Frank), Javivi Gil (Paul), Ricardo Gómez (Mangolis), Nacho Rubio (Gaston), Ignacio Rengel (Winter), Carmen del Valle (Anne), Pepe Lorente (Hans), Xabier Murúa (Peter), Luis Zahera (Marango), Román Suárez Pazos (Bertrán), Víctor Duplá (Nicholas), Paloma Porcel (Bertga), José Emilio Gimeno (Michael), Óscar Martínez (Jack), Natalia Mateo (Cinthia), Almudena Cid (Molly), Diana Palazón (Gwen), Silvia Abascal (Monique), Marta Solaz (Daphne), Fátima Baeza (Hettie) y Xenia Reguant (Violet).

Sólo añadiré que Murúa me gustó mucho en Los buitres, una función chiquita pero matona que, por alguna de esas extrañas leyes que rigen el recuerdo, me viene a la memoria una y otra vez. Quizá tenga que mencionarla mañana otra vez, si cuelgo de una vez la crítica de La noche de las tríbadas.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 17 de enero de 2016

LOS BUITRES

Sala: La Pensión de las Pulgas Autor y director: Carles Harillo Magnet Intérpretes: Mario Zorrilla, Carmen Mayordomo, Xabier Murúa y Josi Cortés Duración: 1.10'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Cortés, Mayordomo, Zorrilla y Murua
¿Saben qué fecha lleva el borrador de esta entrada? 4 de octubre. Eso les dirá algo del retraso que iba acumulando ya entonces, antes de que las entrañables fiestas entraran en mi planificación temporal como un equipo de rugby en una exposición de belenes. La imagen no es casual, mi Navidad ha incluido visita a la de una asociación belenista. ¿Qué creían? ¿Que sólo de aficionados al teatro vive el mundo? Hay gente pa'tó, y piensen que esto del belenismo no está tan alejado de lo nuestro. ¿Han caído en que el nacimiento y la muerte de Jesucristo son las dos escenas para las que más diseños de escenografía se han realizado? Y con enorme diferencia, ríanse de Hamlet. En el primer caso, además de los diseños pictóricos, las primorosas maquetas se cuentan a miles, y son maquetas con actores, nada de cuatro cartones mal pegados. Hace unos años les invité a ver la liturgia de Viernes Santo con ojo teatral, esta vez les sugiero idéntica perspectiva para los belenes. Un poco tarde, es verdad, a ver si me acuerdo de repetirlo allá por noviembre, cuando la amenaza no sea fantasma sino inminente.

Entre obligaciones familiares y comidas excesivas, tengo el blog abandonado desde hace un mes. He perdido la cuenta de las funciones vistas y sin reseñar (algunas han salido ganando con mi silencio, desde luego). Y mi propósito de Año Nuevo es publicarlas TODAS. La confianza puesta en éste es tan grande como la esperanza de que el de los tropecientos novatos que bloquean el vestuario de mi gimnasio se frustre cuanto antes, como todos los años. En contra de mis tendencias organizativo-obsesivas, y teniendo en cuenta que es más operativo hablarles de lo que está en cartel, iré publicando hacia atrás. Parece contradictorio empezar por Los buitres, pero no es así. Aunque yo la vi en septiembre, ha vuelto a la cartelera, y mi crítica en la Guía salió hace dos días. Aquí la tienen:

El título correcto para la crítica era pastiche, pero hubiera sido malinterpretado. Imposible evitar el matiz despectivo de una palabra que, en su original francés y en contexto literario, designa sin menosprecio un juego del ingenio consistente en reconstruir el estilo ajeno. Los buitres (o la muerte de los amantes), es una ingeniosa paráfrasis de una obra concreta: La danza de la muerte, de Strindberg. Idéntica transmutación del amor en infierno, idéntica visita del tercero. Curiosa carambola de parentesco: también la última versión vista por aquí, la de Cortizo, añadía una criada. Curiosa circunstancia que lo acentúa: el rumor del aire acondicionado evoca las rompientes de la isla en la que se desarrolla el texto madre.

    El riesgo del rídiculo, del dramón impostado con ropaje de época, acechaba en cada esquina, pero se ha evitado con éxito. Pier Paolo Álvaro ha conseguido soslayar con sorprendente eficacia el aspecto de saloncito sesentero de La Pensión de las Pulgas. La dirección no ha tenido el menor empacho en dibujar, desde el primer trazo, dos personajes extremos que, sin embargo, consiguen armar su propia verosimilitud. Y los intérpretes habitan ese lugar improbable y se calzan el vestuario de metafórica rigidez alambicada con la soltura de quien lleva mucho tiempo ahí, en esa cárcel que les da menos miedo que cualquier huida. Están estupendos.

Y aquí les dejo alguna cosillas que no cabían allí:

https://lapensiondelaspulgas.files.wordpress.com/2015/09/cggdqqowyaa6v2b.jpg
1.- Prefiero siempre ponerles alguna foto real de la puesta en escena, pero esta vez no encuentro ni media. Es una pena, porque, como apuntaba en la crítica en papel, Pier Paolo Álvaro se las ha arreglado con dos cosillas (unas ramas secas, una mesa vestida) para que el saloncito de La Pensión de las Pulgas deje de ser el saloncito de La Pensión de las Pulgas (algo que, me parece ahora sin pensarlo mucho, no había ocurrido nunca). Tampoco  creo que una foto pueda dar mucha idea de la transformación: por si no han estado nunca (qué inmenso error), no es un escenario que permita una vista frontal de conjunto, sino una habitación en la que el público se sienta alineado contra las paredes, como las muchachas que esperaban a que alguien las sacara a bailar. Para compensar, las fotos promocionales no sólo son excelentes, sino que responden bastante bien al carácter real del montaje (algo que no siempre ocurre). Son de Gabriel Galíndez, del que no encuentro referencias que poder darles. Les inserto aquí un montaje con los cuatro personajes y una simpática rapaz, metáfora visual del carácter, sobre todo, de la también simpática pareja protagonista.

2.- Si no están familiarizados con Strindberg, yo debería recomendarles que se apresuraran a leerlo. Pero como son ustedes gente atareada, estamos en 2016, la posmodernidad se ha llevado los melindres por delante y ha quedado perfectamente establecido que eso que está haciendo Ron Lalá en la Comedia diferencia netamente a sus espectadores (que aplauden puestos en pie) de los infames consumidores de telebasura, creo que será suficiente con que se asomen a Los personajes femeninos de Lovborg, donde Woody Allen parodia a Strindberg. Con eso les bastará para asimilar que lo suyo es el sufrimiento. 
Dorf: ¡TomamedidatadrásticasNett¿poqué ndejarlconservalenfermedainnombrable de Padre? Tavepudiéramollegaucompromiso. Tavemdejarítenelosíntomas.
NettaCompromiso¡ja¡Tmentalidadclase medimponenferma¡OhMoltvickmhastítantestmatrimonioMhastíatuideastumaneras, tuconversacionesthábitdponertplumas para cenar.
No es Strindberg, es Allen, pero el efecto -excluida la vuelta de tuerca grotesca, claro está- es idéntico: angustia, la palabra emponzoñada, el odio como forma de amor (ya lo dice Luis Muñoz en esta espléndida crítica). La capacidad de Harillo Magnet de sintonizar su teclado en esta frecuencia ajena y producir un calco de tal calidad -un perfecto pastiche, como decía en la Guía- denota una inteligencia rara (RAE: extraordinario, poco común o frecuente). Me quedo a la espera de ver lo siguiente que se le ocurra.

3.- Si sigo cantando las alabanzas de Carmen Mayordomo empezarán a pensar que somos primos (o algo peor). Muñoz dice en la crítica citada "...una actriz luminosa y camaleónica, sin duda una de las mejores que pisa los escenario". No se puede ser más sucinto y más claro, ni se puede estar más de acuerdo de lo que estoy. Mayordomo es una de las mejores actrices que pisan los escenarios de Madrid, así de claro. A Mario Zorrilla creo que no lo había visto nunca (es bastante popular por El secreto de Puente Viejo, pero casi no veo tele) y a Xabier Murúa lo vi en algo que no dejaba ni sospechar el talento de nadie y que me costó un disgusto (agua pasada). Les digo a menudo que es difícil juzgar a un actor por lo primero que se le ve, pero lo que ambos hacen aquí deja poco lugar a dudas. "Rigidez alambicada" eran mis palabras en la Guía respecto a un vestuario al que otorgaba valor metafórico, porque así son los dos caracteres: rígidos y alambicados. Es un vestuario que debe de molestar lo suyo y, a la vez, ayudarles en la composición. Lo de Zorrilla está entre Falstaff y el patriarca de La gata sobre el tejado de zinc, o sea, entre la algazara mordaz de la farsa y la amargura sorda del drama, una cosa como inventada a posta para patinar y partirse la crisma. Los primeros minutos hacen temer cualquier cosa, porque el asunto empieza bronco e intenso, pero todo cuadra. El personaje está clavado. Igual que el de Murúa, que viaja a otras regiones: exhibición de formalidad, una moralidad que lo acompaña tan a la vista como la cartera que porta... hasta el resquebrajamiento y el pavor. Se han detenido, como exigía una función con un pie en el realismo sicológico, otro en el cuento de miedo y el tercero en la fábula moral pasada de vueltas, a algunos centímetros del estereotipo, con la medida de verosimilitud precisa. Un gran trabajo. Y también un trabajo interesante el del enfoque de dirección, que se aleja sutilmente, en la dirección opuesta al realismo, de lo que esperaríamos en un Strindberg (véase el de Cortizo). Cualquiera disfrutará de la pieza, pero me parece que la apreciarán especialmente los profesionales del medio.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 18 de mayo de 2013

TEMPESTAD


Sala: Teatro Galileo Autor: William Shakespeare (versión de S. Peris-Mencheta) Director: Sergio Peris-Mencheta Intérpretes: Víctor Duplá, Quique Fernández, Antonio Galeano, Pepe Lorente, Xabier Murúa, Eduardo Ruiz, Agustín Tolosa y Javier Sasiáin. Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




ATENCIÓN: LO MÁS APROVECHABLE DE ESTA CRÍTICA ESTÁ DESPUÉS DE LA FIRMA

Espantosa adaptación, horrenda puesta en escena. Sólo se salva la (breve) escena de la tormenta, con paraguas, cubos de agua, mástil y plástico agitado por un ventilador. También hay música en directo, proyecciones en lata, proyecciones en directo, escalera, zancos, corona, papelotes, barreño, barquitos, linternas... Eso sí, en cuanto todas estas zarandajas dejan paso a eso de los actores intercambiando frases... la cosa se hunde estrepitosamente. Ni rastro de drama, ni pizca de lirismo... ¿será comedia? A mí no me provocó ni media sonrisa (a mis vecinos de fila, tampoco). Como paso de ponerme a glosar el resto de este despropósito, me voy a limitar a describir mi estado de ánimo en cada uno de los ciento diez minutos de martirio. Ahí va.


Atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - atemorizado - esperanzado - esperanzado - esperanzado - esperanzado - esperanzado - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - indignado - indignado - indignado - indignado - indignado - harto - harto - harto - harto - harto - harto - harto - harto - harto- harto - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido - aburrido.

Sí, ya sé que Marcos Ordóñez la puso por las nubes. Ustedes verán si le hacen más caso a él. Van, y me lo cuentan después de la hora cincuenta.

Y ahora, una pequeña reflexión sobre eso de que la puso por las nubes. Sí, la compara con En lo más crudo del crudo invierno y con La noche del cazador. Sí, derrama un desmesurado número de elogios: "éxito", "juvenil y jubilosa versión", "buena idea", "frescura"... Ahora bien. Entresaquen los peros. No, esperen. Ya los entresaco yo para ustedes.

* ...con un riesgo evidente: sacarte de la realidad de la isla, algo que sucede más de una vez. [algo que sucede todo el rato, diría yo]

* ...a su interpretación del mago desposeído le falta relieve, furia, melancolía... [o sea, todo; completamente de acuerdo]

* ...Quique Fernández (Miranda/Gonzalo) y Xavier Murúa (Ferdinand/Trínculo) tienen un talento cierto para la comedia y para el matiz, pero hay un exceso de humor en sus composiciones, que enfría su relación y hace que nos desinteresemos un poco: se pierde la inocencia y el descubrimiento de la pasión de esos dos adolescentes... ["exceso de humor", vamos que en vez de hacer gracia, cargan; completamente de acuerdo]

* ...y también echo a faltar en Miranda el paso de la adoración a la rebeldía ante su padre... [se echa en falta eso y todo lo demás; Miranda es una triste caricatura hecha como por un chaval de instituto haciendo el ganso]

* ...lástima que el trío machaque una canción tan hermosa como Full fathom five, que en sus voces parece una maqueta desechada de Golpes Bajos [anda que para ser una buena crítica...]

...aunque a ese soberbio Calibán todavía le falta algo más de peligro y de deseo para la rotunda vuelta al ruedo. [estoy más o menos de acuerdo; Javier Tolosa es el único actor que tiene oportunidad de parecer un actor]

Me pareció ver un cierto barullo en las escenas de los nobles (...) no es fácil servir esa mezcla de brutalidad, megalomanía, conspiración y candidez (Calibán adorando a un dios estúpido y borracho) y hacer que resulte divertida. [o sea, que es aburrida; de acuerdo]

* ...a costa de quedarse con lo más informativo se esfuman no pocos vuelos poéticos de la versión de Manuel Ángel Conejero [en la hoja informativa de mi teatro, la versión es de Peris-Mencheta; de acuerdo en que se esfuma la poesía; respecto a la información conservada, estoy seguro de que quien acuda sin saberse la trama, no se entera de nada]

Es curioso que el tono ditirámbico general conviva con objeciones de semejante calibre, ¿no? Yo no entiendo nada. Ah, y por si alguien sospecha que me cae mal el director: me encantó Incrementum.
P.J.L. Domínguez


P.S. Ahora que se me ha pasado un poco el rebote, aprovecho para recomendarles algo. Como dice el tópico, un clásico es algo que sobrevive a las distintas épocas, porque todas rehacen su lectura. Hay un maravilloso poemá sinfónico de  mi idolatrado Tchaikovsky sobre La tempestad que les recomiendo vivamente. Si son ustedes impacientes consumidores de highlights salten al minuto 10'30'', que es donde arranca el tema lírico por primera vez. Seguro que les engancha para oírselo entero. Utiliza bastante el truco de coitus interruptus (por ejemplo en 12'25'') que luego Mahler llevaría a la cumbre. La recapitulación de este tema, a partir de 15'57'', es como para caer muerto. Eso sí: pónganlo a todo volumen. Tchaikovsky siempre a todo volumen, y cuanto más gay sea la interpretación, mejor. Si los sobreagudos de los violines (20'04'', por ejemplo) no les remueven el páncreas, es que no tienen. Y atentos a cómo el lirismo se transforma en... ¡fanfarria! en 20'50''. Este hombre sabía cómo nadie dónde, alcanzado el punto de saturación, había que hacer ruido para no empalagar la percepción del auditor. Por eso hay más de un botarate que lo toma por chabacano. 

Crítica de Teatroland

Como saben mis lectores, incluyo a menudo enlaces a opiniones que divergen de la mía. Añado cuatro más, sugeridos por el director de la función. Verán más abajo que me ha dejado un amable comentario. No puedo responderle con otro por un pequeño problema técnico, pero si el triste rifirrafe les produce alguna curiosidad, he escrito algo aquí.

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