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martes, 7 de mayo de 2019

TUS MUERTOS (QUE SON LOS MÍOS)

Sala: Sala Tribueñe Autor y director: Hugo Pérez de la Pica Intérpretes:  Carmen Rodríguez de la Pica, Candela Pérez, Helena Amado, Raquel Valencia y Rocío Díaz (músicos: Tetyana Studyonova, piano; Mario Parrana, guitarra; Jesús Chozas, cantaor) Duración: 2.40' (1.10´ + entreacto de 15' + 1.15') 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

LA EMOCIÓN Y EL INTELECTO

La emoción. Para que nadie pueda pensar, leyendo el segundo párrafo, que se trata meramente de un alarde técnico-estilístico, conviene dejar claro que las creaciones de Pérez de la Pica apuntan sus dardos al sentimiento. La visión de sus propuestas da acceso directo a un poso de cultura popular enterrado en cada uno de los espectadores, que muchos no tendrán conciencia previa de poseer. De ahí el título: estos muertos son de todos. La visión de sus espectáculos produce una gozosa epifanía de reencuentro con una parte de nosotros mismos.

El intelecto. Tras el puro placer sensorial de más de dos horas y media de representación, se amontonan las preguntas. ¿Cómo es posible que una sola persona domine los códigos de tantos géneros (flamenco, copla, folklore, cuplé…)? ¿Cómo es posible que ese dominio se extienda desde la expresión facial y corporal hasta el fastuoso alarde de un vestuario que va del Sacromonte al Modernismo, pasando por Romero de Torres y Ortiz Echagüe? ¿Cómo es posible esta iluminación exquisita con dos puñados de focos?


Lo he dicho otras veces, pero es preciso repetirlo en interés del lector. Quien no haya entrado en Tribueñe se pierde una propuesta sin parangón posible. Y atentos, porque Alarde de Tonadilla, otra joya, se va en un mes.

Acabo de comprobar que nunca colgué la de Canela, así que la copio aquí. Entre otras cosas, porque -si no entendí mal- Tus muertos es una especie de segunda versión de aquella. Al menos, lo parece.

EL TIEMPO NO EXISTE

Tribueñe no es una sala de teatro. A primera vista, podría pensarse en la máquina del tiempo, en un túnel que conectara los siglos, en el templo sagrado de la nostalgia. A segunda vista, las cosas no son tan fáciles. El revival es solo la cascarilla de lo que allí se ve. Es como si ese lugar se encontrara ubicado en una grieta del continuo espacio-temporal, un pliegue en el que los mundos separados por eones se perciben de un vistazo. Ya decían Einstein y Lola Flores que el tiempo es sólo una ilusión. Hugo Pérez de la Pica lo demuestra en sus montajes, en los que nos damos cuenta de que mucho de lo que amontonamos en el pasado está en realidad escondido en nuestro interior. El tiempo, si existe, no es una línea recta.

    A quien no haya visto una obra de Perez de la Pica hay que decirle, primero, que vaya de inmediato. Y explicarle que es un caso único tanto por el tipo de teatro que practica (fuera de cualquier tendencia) como por el virtuosismo detallista de la puesta en escena. Canela no se despega de esas características. No sé si asombrarme más de la poesía de Pérez de la Pica –declamada entre números- o del pasmoso dominio estilístico de tantos géneros como aparecen en dos horas y media. Rafael de León y Frascuelo, Falla y Concha Jazmines, Paseíto de los Tristes y Rosalía de Castro. Sólo un genio puede resolver en armonía semejante zarabanda.

Lo que son las cosas. La última palabra de mi crítica era "zarabanda", y en esta nueva versión del espectáculo que es Tus muertos hay una. Estupefaciente, con letra de Pérez de la Pica. No tomo notas jamás en los teatros, excepto cuando voy a Tribueñe, donde me paso el entreacto apuntando cosas heterogéneas en el móvil. Y ésa fue la primera que apunté esta vez: zarabanda. Para ir corriendo a preguntar de quién era. Uno de los retos más estimulantes al enfrentarse a estos artefactos es distinguir dónde termina la tradición y dónde comienza la novedad, pero me parece que ya se me ha hecho el oído a pillar a Pérez de la Pica desde el arranque.

Mi amiga MJ, pronta y bien mandada, se metió entre pecho y espalda, estos dos últimos fines de semana, Tus muertos y Alarde de tonadilla. Creo que es ilustrativo que les transcriba su reacción: "¿Cómo es posible que le cuadre todo, hasta la Inmaculada pintada al fondo, con su dosis de distorsión?" Pues sí. Lo más sorprendente de este inmenso almacén de sorpresas es que todo -texto, iluminación, vestuario, coreografía, audiovisuales, interpretación- sea igualmente exquisito y encaje.

Nota final: ¿ven la foto arriba del todo? La irrupción de las cinco artistazas acompañándose de caja, bombo y platillo es un milagro acústico y un salto en el hiperespacio. No se me va a olvidar mientras viva. A ver si algún día tengo tiempo de hablar de todas de una en una.
P.J.L. Domínguez

          

jueves, 8 de diciembre de 2016

ALARDE DE TONADILLA

Sala: Tribueñe Autor y director: Hugo Pérez de la Pica Intérpretes: Candela Pérez, Raquel Valencia, Helena Amado, Badia Albayati, Alberto Arcos, Ana Peiró, José Luis Sanz (pianista: Tetyana Studyonova, se turna con Mikhail Studyonov) Duración: 2.20' (entreacto de 20 minutos) 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Estupefacción. Es el sentimiento que invade a quien ve por primera vez una creación de Hugo Pérez de la Pica. Alarde de tonadilla, como sus obras anteriores (Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama, Por los ojos de Raquel Méller, Paseíllo) bucea en los cimientos de nuestra cultura (iba a escribir 'popular', pero sobra), rebusca, reconstruye, arma y exhibe un resultado… lo dicho: estupefaciente. No se parece a ninguna otra cosa que veamos en los escenarios.
La estructura de números sueltos dibuja un relato cronológico y una dramaturgia que es… ¿Homenaje? Sin duda: el amor por la copla se expresa en cada gesto, en cada pliegue de las docenas de trajes diseñados ad hoc, en el vídeo que recuerda a las grandes intérpretes. ¿Arqueología? Ya sería mucho si fuera sólo eso, pero la recuperación del pasado desemboca en otra cosa, en algo de radical originalidad. Véanse como prueba las poesías declamadas entre los números, que nos dejan perplejos en su equilibrio entre el ripio y la exquisitez, el lugar común y la lírica abstrusa, lo popular y las fintas conceptuales de un espíritu complejo. El remate es quizá la impecable construcción de los números de copla estilizada extraídos de la zarzuela (De Madrid a París) y la revista (¡Por si las moscas!). Qué no haría este hombre con los medios de un gran teatro. ¿A qué esperan?


A Paseíllo tuve que volver por segunda vez para enterarme más o menos de la mitad. Sí, soy corto de entendederas y mi memoria es cada vez peor, pero digamos en mi descargo que estos monumentos son inabarcables. Me permitiría sugerir que -como se ha hecho tan a menudo con las estructuras tradicionales de números- se entregara al público una lista con los títulos, o se colgara en la página de Tribueñe. Antes de seguir, voy a plantar aquí otra foto, para que se enteren.


Nunca seguí. Este párrafo lo estoy redactando en octubre de 2018, nada menos que casi dos años más tarde. Alarde de tonadilla ha vuelto a la Tribueñe y es -en mi modesta opinión- lo más sorprendente que encontrarán en la cartelera. Y, quizá, lo mejor. Si nunca han visto nada de Pérez de la Pica, sigan los enlaces a Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama, Por los ojos de Raquel Méller y Paseíllo, porque les aseguro que hacerse a la idea de los caminos que este hombre transita no es fácil. Acaba de estrenar una cosa nueva (Las Teodoras) que aún no he visto, pero pueden apostar que no será nada convencional. Quizá algún día encuentre un rato para hablarles de Isadora. Más que nada, para que la posteridad digital encuentre quizá este mensaje en una botella, glosando todo lo que haya podido glosar de la obra de este genio. Lo repito: G-E-N-I-O. No me cabe duda. Sacúdanse la pereza y vayan a la Tribueñe, es como irse a Marte.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 9 de abril de 2015

PASEÍLLO

Sala: Tribueñe Autor y director: Hugo Pérez de la Pica Intérpretes: Raquel Valencia, Antorrín Heredia, Carmen R. de la Pica, Rocío Osuna y Sabela Hermida (músicos: Antonio Reyes y Mikhail Studyonov) Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Las dimensciones del rito y la medida de la fiesta, eso promete Cartel de barraca, el primero de los dieciocho números. Imposible dar cuenta de qué va Paseíllo. Alguno de los títulos restantes ayudarán: Polo de España y Júpiter, Manolas en la sombra, Sastrería de Víctor Rojas… Tan fuera de este mundo (y me refiero a nuestro lugar y nuestro tiempo) que el programa de mano debe recalcar que los textos son “íntegramente” originales. Suspiros de dardo místico; la Argentinita y Sánchez Mejías; lentejuelas y oro viejo ¡ay! alamar y brillantina; reclinatorios, abanicos y sombrero cordobés; el Cristo de los Alabarderos y Jesús el Pobre; popelín, carey y celuloide; la vertical de lava quieta; Solana, Cúchares, Dominguín o Bombita; piel sobresaltada del burel. La esencia destilada de muchas formas de construir la idea de España, fundidas en lo majo, lo curro, lo manolo y lo flamenco, como dice el autor.


    Hugo Pérez es lo que en tiempos menos pudorosos hubiéramos llamado genio. Lo firma casi todo y se rodea de artistas de enorme talla en esta prodigiosa obra de arte que resucita y reinventa el pasado y lo eleva a mito. Lluévanle de una vez los premios.


Y lo que no cabía allí:

Hugo Pérez lo ha hecho de nuevo. Otra vez nos deja perplejos. Perplejos ante su audacia y perplejos ante su capacidad para dar saltos mortales y caer de pie. Si mi lector no sabe quién es Hugo Pérez de la Pica le aconsejo que eche un vistazo a mi crítica sobre Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama. A lo mejor comienza a hacerse una pálida idea.


La corrida de toros, Gutiérrez Solana.
Forma, estructura. Los creadores se ubican en un continuo que va del más apegado a una determinada tradición, a un esquema previo; al más innovador, al menos previsible en su contexto. En nuestro teatro, ese arco se extiende desde lo que llamamos teatro comercial a lo que llamamos vanguardia (digo "llamamos", porque no es que sean clasificaciones muy finas, pero de alguna manera hay que entenderse). Ojo, que esto no tiene nada que ver con la calidad: hay excelente teatro comercial y pésimo teatro de vanguardia, y viceversa. Pero sigamos. Paseíllo es, probablemente, junto con Donde mira el ruiseñor, la más excéntrica propuesta formal que nuestro entorno ha producido en los últimos años. Algunos de mis lectores estarán pensando ahora en la Liddell o en Rodrigo García (o en Juan Domínguez o Mónica Valenciano, si nos extendemos a la pura performance). Tanto el uno como la otra -ejemplos señeros del extremo vanguardista- forman parte de un contexto, de una tendencia. Cuando vamos a ver una pieza surgida de ese mundo tenemos una idea, más o menos imprecisa, del carácter de la estructura que sostendrá la obra, de cuáles serán los motores de su discurrir temporal. Paseíllo es una apuesta solitaria, una rara avis, un engendro único en su especie. De ahí lo que llamo audacia.


La Argentinita
Porque hay que tener narices para estrenar una obra constituida por dieciocho... ¿escenas? No, creo que la palabra correcta es números, como en el teatro musical de nuestros abuelos, o estampas, voz aún más liofilizada. Constituida, diremos, por dieciocho números estancos, sin más relación entre sí que el tema común a todos (la tauromaquia) y el común lenguaje estético: construcción visual a base de sofisticados vestuario, iluminación y movimiento; textos de una poesía que, a pesar de las amplias oscilaciones (algo intentaré contar), proviene de un mismo aliento. El hilo narrativo (que estaba presente en Donde mira el ruiseñor y era biográfico en Por los ojos de Raquel Meller) ha desaparecido. En esto, Paseíllo es estrecho pariente de la vanguardia. Su singularidad estriba en que su autor es, en lo que se me alcanza, el único que busca el apoyo formal (aunque no sólo formal) en la recreación del pasado. Es, por tanto, solo  ejemplo de esta mixtura de tradición y modernidad que sus obras proponen. Hablando en plata: el tipo más original de los que pueblan ahora mismo el panorama teatral en Madrid (y casi me atrevería a decir, en España). Audacia.

Pero hablaba de audacia y capacidad. De poco serviría la audacia si el invento no se sostuviera. Y vaya si se sostiene. La tensión dramatúrgica -que pasa por la comedia, el drama, la tragedia y la farsa- se va cargando hasta el clímax (cuando digo clímax imaginen un pedazo de clímax: bailaora poseída por las musas y público jaleando) y se resuelve en el éxtasis místico del final. Voy a copiarles los títulos y subtítulos de las números, que ya dicen bastante sobre las coordenadas mentales en las que el autor se ha colocado para parir este monumento:

    CARTEL DE BARRACA. Pasodoble / Reclama
    COPLAS DEL TORO BLANCO. Cantares de Bargas
    RAPTO DE EUROPA. Ángulo de metamorfosis
    POLO DE ESPAÑA Y JÚPITER
    CUANDO LOS MAJOS. Bosquejo asainetado
    PASEÍLLO EN EL CIELO. Evocación contundente
    EL INDULTO. Comedieta griega para títeres
    CUADRILLITA DE BANDERILLEROS. Garrotín de banderilleros.
    LA CHULA AMULETO. Chotis anestésico
    LA MADRE DEL CENTAURO. Chascarrillo
    RECUERDO Y DONAIRE. Nocturno en el ruedo vacío
    MANOLAS EN LA SOMBRA. Dialoguillo retrechero
    LA HORA DE LA VERDAD.  Intimidad  macilenta del espada
    SOY LA MUJER DEL TORERO. Testimonio
    CURRAS A PIE DE CALLE. Tango gaditano
    SASTRERÍA DE VÍCTOR ROJAS. Alegrías del imposible amor
    TALEGUILLA DE TESEO. Intuición lírica por soleares
    CUADRILLA DE LA ESPERANZA. Homenaje costalero


Texto. Me aseguran que tanto Donde mira el ruiseñor como Paseíllo se publicarán en breve. Eso espero. Es tarea imposible pillar en la escucha un minímo de lo que encierran estos textos sobresaturados de referencias, recamados con capas superpuestas de bordado en las que se amontonan los niveles del género, el estilo, el tema y el léxico... por lo menos. Género: tonadilla escénica (Cuando los majos es un modelo a escala), sainete, zarzuela... y, sobre todo, resurrección del espectáculo, como decíamos, por números. Estilo: la poesía de Paseíllo es personalísima. En Donde mira el ruiseñor el remedo del original era perfecto (al menos para mis oídos poco educados en la literatura culta y popular de los siglos de oro). Ahora, la combinación de reproducción arqueológica y aportación original es inextricable. En ese estilo propio se mezclan y remezclan tres siglos (el XVIII, el XIX y las primeras décadas del XX) de poesía y formas escénicas. Sólo un ejemplo: los fragmentos que podríamos llamar lírico-taurinos (Paseíllo en el cielo, Soy la mujer del torero, La hora de la verdad...) subsumen esos ripios andaluces que se recitan con prosopopeya y que habremos oído tantas veces en aquellos programas del Loco de la Colina. Son eso y son más que eso. Y un detalle notable: driblan con soltura a Lorca. Como si fuera fácil rehacer otra vez esas líricas populares sin darse de morros con él y quedar como un imitador de tercera mano. 


Entrada a los toros, Eugenio Lucas Villaamil
Tema: ¿Recuerdan aquello que Vázquez Montalbán decía de la gastronomía? Que hacer de la comida un arte es lo único que nos redime de la necesidad de matar para comer. Yo, que soy uno de los pocos materialistas que conozco, no puedo dejar de pensar qué opinará un pollo sobre esta refinada finta. De igual manera, podría decirse que lo único que podría redimirnos de haber convertido en espectáculo el sufrimiento de un animal es la enorme floración cultural surgida en torno a la fiesta. Ojo, he dicho "podría", porque también me pregunto si el toro estaría de acuerdo en ofrecerse elegantemente a la inmolación para propiciar este mar de música y literatura surgido del mar de su sangre. En cualquier caso, ninguna postura contraria a la tauromaquia puede dejarnos ciegos ante tanta belleza. La recapitulación de Paseíllo se suma a las pinturas de Solana, al Lorca de las cinco de la tarde o al maravilloso pasaje sobre la fiesta y su historia mítica contenido en la Rosa Krüger de Sánchez Mazas (fascista, sí, pero excelente escritor). Y también, (recuerden "lo majo, lo curro, lo manolo y lo flamenco") a los meandros de la cultura popular que Paseíllo en el cielo representa con las parejas cantante-torero: La Goya y Bombita, Chicuelo y Dora "la cordobesita", Concha Piquer y Antonio Márquez "el Belmonte rubio", la Argentinita e Ignacio Sánchez Mejías. ¿O creían que esto se lo habían inventado Paquirri y la Pantoja? Léxico: He puesto léxico por poner algo, porque no me refiero sólo a la resurrección de términos añejos que aportan su aroma de época  (añadan "afiche", "escarapela" o "quiriqui" a los citados en la crítica en papel). Sumen también expresiones estereotipadas de estilo ("tripiló y trapalá" en Cuando los majos), alusiones eruditas (el hierro, el gato, el espejo y la leche de Zarzalejo -?- citados como talismanes en La chula amuleto), un catálogo de colores en Manolas en la sombra (azúcar, blanco cotorra, verde urraca...)... En fin, mejor se esperan a la publicación, porque esto es imposible de reflejar con un mínimo de eficacia. Por incluir, se incluye hasta un fragmento en vascuence: ahoan zerua eta logela borobil. Si lo oí bien, es bastante críptico: el cielo en la boca y el dormitorio redondo. Este tipo es un poeta que necesitaría una legión de exégetas. 


Vicente Pastor
Puesta en escena. Verán, me he puesto radical y he decidido no extenderme. Vayan a verla. Me voy a limitar a repetir que el vestuario (que también es de de Hugo Pérez) es maravilloso (y variopinto, y compuesto por una enorme cantidad de trajes, de las señoritas que parecen salidas de un salón de la dictadura de Primo de Rivera al traje escénico de época, pasando por lo popular). Que la iluminación (que Hugo Pérez firma con Miguel Pérez-Muñoz), además de bellísima, es -como siempre en las piezas de su autor- elemento fundamental de la construcción dramatúrgica. Que el movimiento de los intérpretes (desde el mismo arranque, que figura un grupo de espectadores reaccionando a cámara lenta ante los lances de una corrida -me hubiera encantado ver cómo se ha ensayado esto- hasta el último recorrido de la Virgen por el escenario) no tiene un solo gesto gratuito: cada numero incorpora el repertorio gestual que el estilo demanda.


Intérpretes. Dos flamencos: la bailaora Raquel Valencia y el cantaor Antorrín Heredia. Yo no sé de flamenco más que lo que todos absorbemos por ósmosis en este país, pero puedo decirles que me han dejado hipnotizado en las dos funciones que he visto. Ella lo mismo marca el clímax -ya lo hemos mencionado- en Sastrería de Víctor Rojas con un zapateado que parece que no va a terminar nunca en medio del paroxismo del público, que se marca un delicioso número de estilo en Cuadrillita de banderilleros, donde es, con el sombrero cordobés en la mano, estampa viva de las artistas de caracolillo, como en un cartel de 1930. Por cierto, no se pierdan el estribillo del garrotín: "cuadrillita de un peón sentimental". En cuanto a Heredia, me pregunto cuántos cantaores habrá por ahí que tengan su talla de actor. O puedo preguntarlo al revés: cuántos actores habrá con su talla de cantaor. A lo mejor es el único.


Cante hondo, Julio Romero de
Torres
Hemos dicho que la poesía esquiva el peligro de empantanarse en Lorca. Otro peligro evitado: que el flamenco se comiera a todo lo demás, como suele. El equilibrio es impecable. Tampoco fagocita al resto de intérpretes, que brillan cada una en su sitio. Rocío Osuna es una soberbia Chula amuleto. Con Sabela Hermida compone los formidables cuadros de Cuando los majos, Manolas en la sombra o las Curras a pie de calle. Las dos derrochan salero, doble intención, estilo. ¿Cuántas veces ha salido esta palabra en la crítica? Seguramente "estilo" es el concepto clave de la función.

Párrafo aparte para Carmen R. de la Pica. Salí de allí pensando que Pastora Imperio había sobrevolado la sala, y por más que hice no conseguí recordar ninguna mención (es posible que la haya, esta función es un mundo). Caí en la cuenta a los días. Carmen era Pastora en Por los ojos de Raquel Meller de una manera tan rematadamente orgánica, tan carnal, que al verla otra vez en escena las confundí a ambas. ¿Cabe mayor elogio? Su voz esculpe Paseíllo en el cielo y Soy la mujer del torero ("...pero viuda no!"). Y si van a ver la función tras leer esto, estén bien atentos al final de La hora de la verdad: la estampa la cierra ella, tirando al suelo el peine con el que está peinando al torero. En eso, en esa riqueza de detalles, está todo el valor de Paseíllo.


* * *
Terminemos ya. No he dicho nada de la música de Studyonov (¿cómo es posible que un ruso se haya empapado de españolidad hasta este punto?) ni de Antonio Reyes ni de tantas cosas. Pero si sigo, la crítica será más extensa que el texto de la función. ¿Saben cómo termina? La función, no la crítica. Termina con el único personaje con el que esta progresión taurino-lírico-mística podía terminar. Piensen un poco. La Virgen. Lo piensa uno y se da cuenta de que no había otra. Con un canto a los costaleros: Treinta y seis delicadezas de hombre / treinta y seis bestialidades que amagan / treinta y seis costaleros sin darse cuenta de que son treinta y seis suspiros de dardo místico. Y ella: la Virgen. Los dioses me libren de enmendar la plana a este genio, pero el bullicio de música de Semana Santa (clarines y tambores, banda) me pedía a gritos un remate musical a la misma altura, siguiendo esa extraña y españolísima costumbre, ese trallazo psicoestético que tanto nos asombra en tales contextos a los que provenimos de la periferia levantisca: el himno nacional. Los toros, la Virgen, el himno. ¿No molaría? 
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 26 de septiembre de 2013

POR LOS OJOS DE RAQUEL MELLER

Sala: Teatro Reina Victoria Autor y drector: Hugo Pérez Intérpretes: Maribel Per / Amanda Puig / Nené Pérez-Muñoz (alternándose), Carmen Rodríguez de la Pica, Chelo Vivares, Rocio Osuna, Belén González, Badía Albayati, Pablo Rossi e Iván oriola. Duración: 2.15' (diez minutos de entreacto)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Como observa el autor en el programa, el contraste entre el éxito universal de Raquel Meller y su desaparición de nuestro imaginario actual resulta estrepitoso. Cuando el mundo comenzaba a inventarse un star-system, allí estaba la muchacha de Tarazona.

  Hugo Pérez es un maestro de la atmósfera y la recreación histórica. Secundado en la Sala Tribueñe por un extraordinario grupo de artistas, salta por segunda vez a espacios más convencionales de la capital. La primera fue con Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama, uno de los más rotundos éxitos de la temporada pasada y, desde luego, el más sorprendente. 

También Por los ojos de Raquel Meller nació en la Tribueñe, en un montaje que ha estado años en escena y que cautivó a la crítica sin excepciones. Algo pierde en el trasvase a sala grande: sobre todo, la magia de los reducidos telones, las transparencias y las proyecciones. Pero lo que queda está muy bien sostenido por los puntos fuertes habituales de la casa: excelentes iluminación (Llorens) y vestuario (Pérez), excelente tratamiento de la música (Studgonov), perfecta coherencia interpretativa de la compañía. Destacan el encuentro con Pastora Imperio, la larga escena de Flor de Te –Sarah Bernhardt incluida- y la exquisita parodia de cine mudo. El alarde de recreación va desde el modo de  impostación de la voz hasta el guiño en los créditos del programa de mano

Y añado ahora (cuatro meses más tarde): devuelvan al Conservatorio de Tarazona el nombre de Raquel Meller con el que se inauguró.
P.J.L. Domínguez
           

lunes, 25 de marzo de 2013

DONDE MIRA EL RUISEÑOR CUANDO CRUJE UNA RAMA

Sala: Teatro Español (sala pequeña) Autor y director: Hugo Pérez Intérpretes: Estíbaliz Martyn, Mª Ángeles Pérez Muñoz / María Maciá (alternando para el San Gabriel), Katia Antipova, Badia Albayati, Pablo Rossi Rodino, José Miguel Baena, Iván Oriola. Duración: 1.05'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la obra ya no está en cartel)

Las fotos no corresponden a la versión del Español, sino a la previa de la Sala Tribueñe. Da igual, las voy a poner, porque dan idea de la altura de una propuesta alucinante (una palabra de la que se abusa, pero que aquí es obligada).









Estupefaciente. No encuentro nada más adecuado que resuma mejor el espectáculo. No hay manera de adscribirlo a genéro o tendencia que yo recuerde en el Madrid de los últimos años. Algunos intentos ha habido de resucitar formas teatrales antiguas, pero el Ruiseñor es eso, y mucho más que eso. Detrás hay un individuo que es un meteoro de órbita excéntrica y luz propia: Hugo Pérez. Autor, director y todo lo que se puede ser de Por los ojos de Raquel Meller, un éxito clamoroso de crítica y público. Firma esta vez la autoría, la dirección, la iluminación (con Miguel Pérez Muñoz), el vestuario (con Ana Moreno) y las proyecciones. No he conocido en mi vida (y he conocido a mucha gente de la que sale en los libros de texto) a nadie con más talentos distintos. Perdonen que me ponga tremendo, pero puesto a buscar un referente, tengo que picar hasta, por ejemplo, Robert Wilson. Porque lo realmente estupefaciente del Ruiseñor es que todos y cada uno de los elementos que el espectador percibe en todos y cada uno de los momentos de la función están ajustados milimétricamente: música, dicción, prosodia, canto, vestuario, iluminación, movimiento de actores, ritmo narrativo. ¿Ven las fotos? Pues imaginen eso en movimiento y tendrán una pálida idea.

Sólo la autoría del texto revelaría ya una personalidad fascinante. Creo que se va a publicar, cosa que espero, porque es imposible apreciar sólo con la escucha la profundidad geológica de semejante artefacto, que incorpora estratos de muy diversa profundidad. Ya sorprende la habilidad con la que se reproduce el estilo de nuestra poesía -del tardomedievo al barroco- tanto de origen culto como popular; pero hay, además, un impresionante dominio de los conceptos y las imágenes poéticas de carácter sacro al alcance únicamente de un estudioso de la mística y las expresiones religiosas de todo tipo hasta el siglo XVII. Y no es un pastiche (aunque también es un maravilloso pastiche): este enorme caudal de conocimiento se combina de forma creativa, absorbiendo detalles contemporáneos (como "la primera vértebra judía y la última musulmana", cito de memoria). El espectador penetra un porcentaje variable de los significados, dependiendo de su cultura religiosa, pero no se preocupe. El efecto de conjunto es igualmente impactante, pille lo que pille. Este texto va a ser pasto de tesis doctoral, y si no me creen, al tiempo: va a salir algún exégeta de inmediato. De entre todos los momentos de brillantez, creo que me quedo con la enumeración de docenas de advocaciones de la Virgen... ¡con la melodía de Peregrina de Ricardo Palmerín! Otra genialidad. Y más abajo hablaremos de la música.

Este texto prodigioso se escenifica de forma no menos prodigiosa, a la manera de un auto sacramental. Todo está extremadamente ritualizado, estilizado, desde los anuncios de cada una de las jornadas que el acólito recita (la obra se subtitula Santo retrato de Gabriel y María en seis jornadas que hacen siete con el Glorioso epílogo a modo de Auto Sacramental). Los personajes se mueven con una lentitud majestuosa; en ocasiones, todos a la misma velocidad (y a la misma velocidad de los movimientos en las proyecciones, en un alarde de precisión). Apenas se relaja esta actitud en el delicioso baile de la escena de los Desposorios de la Virgen. La acción se detiene a veces en tableaux vivants calcados de la pintura barroca (vean las fotos); se extrema la estilización en los gestos de las manos, constantemente colocadas en ademanes místicos. La iluminación (sigan viendo las fotos) es colaboradora imprescindible para acentuar estos parentescos, con resultados magistrales a partir de medios tan sencillos como una gasa o una superficie reflectante en el suelo. La inundación simbólica es acentuada por elementos de utilería (la pluma de pavo real, la copa, la espiga, las flores...) que le hacen a uno desear salir corriendo a buscar un diccionario de símbolos.

De toda esta belleza, resaltaría dos momentos. La adoración de Gabriel, Santa Ana, la Virgen y San José que, congelados en una postura inclinada e iluminados desde abajo, acentúan de pronto la inclinación todos a una. El efecto es de emoción sobrenatural. El otro: la Dolorosa recibe un beso en la mano y, un segundo antes de que la luz se extinga, hace un mohín con la cabeza. Les parecerá quizá que se me ha ido la olla mientras escribo, pero tengan en cuenta que la función está construida sobre sutilezas de este calibre.

Casi todo el texto se canta, y el acompañamiento de piano es constante. Mikhail Studyonov ha compuesto una música con una pata en la tradición y otra en la modernidad, en la que se merodea alrededor de núcleos centrales -más modales que tonales- ocultos entre brumas. Tiene a ratos, y es lógico, un parentesco evidente con la música de la Generación de la República. A veces emergen con mayor claridad ritmos de origen popular. O la citada Peregrina en una versión (tengo que usar otra vez la palabreja) sorprendente. Es, desde luego, una música muy por encima de los estándares que estamos acostumbrados a oír en escena.

¿Qué decir de los intérpretes? Cantan -y cantan cosas realmente complicadas con ese acompañamiento que presta muy pocos apoyos a la línea melódica- mientras se mueven como si estuvieran programados y mantienen posturas imposibles. No quiero ni pensar en los ensayos que habrá costado todo esto, y en la entrega que supone. Más que intérpretes, se me antojan miembros de una secta encabezada por un visionario.  

Bueno, quizá ya basta, ¿no? Supongo que ya lo han entendido. Nadie que vea este montaje lo olvidará nunca. A la salida, JM me dijo lo que iba yo pensando: "esto debería verse fuera". Y dentro. Corran a por entradas, y manifiéstense a la entrada del teatro, si es preciso, para que la prorroguen o la reprogramen. A una mala, supongo que volverá a la Sala Tribueñe, que es donde nació. 
P.J.L. Domínguez