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miércoles, 1 de noviembre de 2017

VANIA

Sala: Teatro Fernán-Gómez Autor: Antón Chéjov (versión de Oriol Tarrasón) Director: Oriol Tarrasón Intérpretes: Alejandro Cano, José Gómez-Friha, Teresa Hurtado de Ory, Alicia Rubio y Oriol Tarrasón Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Ni son ellos ni están en el Fernán-Gómez, pero se hacen idea del aspecto. Creo que es el elenco que la hizo en catalán.
Empezaré por las preguntas:

1.- ¿En qué he podido ofender a los dioses? Agradecería que me enviaran un burofax o algo, con las instrucciones pertinentes para lavar la ofensa, y que interrumpieran este implacable régimen de -llámemoslas así- indirectas. Vaya temporadita llevo. ¿Recuerdan el zurriagazo propinado a Souvenir? Pues en este círculo del infierno de Vania los condenados miran al de Souvenir con envidia. Encerrado en la sala pequeña del Fernán-Gómez recordaba los buenos momentos pasados con una función en la que, al menos, no sabía lo que iba a ocurrir. La demostración de que siempre se puede ir a peor.

2.- ¿Ha dirigido esto el mismo Tarrasón que dirigió Stockmann? Sí, era sólo una pregunta retórica. Se la hice con una ligera variación a alguien que ve mucho teatro y, sobre todo, oye muchos comentarios. "¿Esto han hecho los mismos de Stockmann?". Respuesta: "Lo mismo pregunta todo el mundo". La ligera variación está en el plural. La compañía lleva el mismo nombre (Les Antonietes), pero no hay ni un solo intérprete repetido, sólo queda el director. Ahora mi sexto sentido de crítico venenoso me pone en la punta de la tecla la frase redonda:  en realidad, no hay ni un solo intérprete. Pero, por redonda que venga la frase, me debo a la verdad: hay dos. El propio Tarrasón y Teresa Hurtado de Ory. En algún momento, a ambos se les nota la familiaridad con el arte de la interpretación. Si me estiro mucho, incluso Alejandro Cano coloca en su sitio alguna frase (más bien al comienzo, el personaje no es que no crezca, es que se va diluyendo hasta quedar en nada).


* * *
Vania es un absoluto desastre. No sé cómo habrá funcionado en catalán, los intérpretes son distintos, y el teatro es una cosa rara: a veces basta cambiar un cojín de sitio para que el salón parezca otro. Esto que se está viendo en el Fernán-Gómez parece teatro amateur. Podría decir "estoy convencido de que Tarrasón podría hacerlo mejor", pero estoy en condiciones de decir "sé que Tarrasón puede hacerlo mejor". Si vieron Stockmann, también lo saben.

¿Son odiosas las comparaciones? No me atrevería a opinar, llevo toda la vida dando vueltas a la cuestión y aún no me he decidido. Lo que sé es que la única forma que tenemos de conocer es comparar. Sabemos que un bocata de calamares es estupendo porque alguna vez nos tocó otro pésimo. Veronese tiene en el Valle-Inclán un Tío Vania que cabe en setenta minutos y nueve metros cuadrados. Ya es mala suerte (coincidir, digo). Si les apetece ponerse odiosos, vayan y comparen. Mi crítica sale el viernes.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 14 de octubre de 2017

TARTUFO

Sala: Teatro Infanta Isabel Autor: Molière (versión de Pedro Víllora) Director: José Gómez-Friha Intérpretes: Alejandro Albarracín, Lola Baldrich, Vicente León, Nüll García, Ignacio Jiménez y Esther Isla Duración: he perdido el maldito apunte (¡lo encontré! 1.40')
La función ya no está en cartel




Comienza flojo, errático. Con Vicente León, un actor excelente, desmañado, y una evidente intención de la dirección de que nos partamos la caja, sin resultado. Con el vestuario que ya promete el desastre, y no hemos hecho más que empezar. La cosa se va a arrastrando, pero un Tartufo se salva con un gran protagonista, así que esperamos. Y, por fin, sale el protagonista, vestido con una túnica de terciopelo -o similar- entre el Barón Ashler, un pope ortodoxo y la madrastra de Blancanieves, incluida una cruz pectoral digna de mejor causa. Sería muy sencillo descuartizar a este hombre, pero sería cruel e injusto, porque la culpa es de quien le ha dado este pedazo de papel endemoniado a alguien que no es actor. Y ya está todo dicho. La función cae estrepitosamente a función escolar cada vez que abre la boca o mueve -insistemente- las manos.

Sorprende todo esto en quien firmó -e interpretó en buena parte, se repiten actores- una cosa tan cucamente puesta en estilo como Los desvaríos del veraneo. También es la misma la autora del vestuario, y tampoco se entiende. Porque me había propuesto ahorrarles detalles -como la iluminación o la incompresible tablet en escena- pero esto no me lo callo. Ahí, en la foto de arriba, tienen al pobre Ignacio Jiménez con ese botón de la americana que asciende hacia el gaznate (y me salto lo de la camiseta revelada en un momento álgido) o el incomparable efecto de la falda en la rodilla con los calcetines de Nüll García. Pero la cosa llega a juzgado de guardia con Lola Baldrich, que debió de aceptar  ponerse algunas de las piezas invocando a los númenes de la profesionalidad y que es la única que sale bien parada del naufragio general. Premio Horror Venido de Otra Función Distinta para el atavío ya mencionado de Tartufo y del que les dejo foto.



Estas cosas suelen avanzar hasta algún estrepitoso momento de carcajada, y aquí también sucede. En la escena final, el protagonista sale -con la endeble excusa de que acaba de ducharse en la que ya es su casa- con una toalla en la cintura (¡y micrófono!). Apoteósico. Como me decía alguien que sabe mucho de teatro, hubiera sido más de recibo que saliera en pelota picada, una provocación. Pero esto de la toallita traslada de pronto al resto del elenco, como una panda de extraterrestres que se han equivocado en el salto cuántico, a una performance sexy en plan discoteca gay. Que me parecen muy bien, es también todo un arte, pero para eso ahorrémnos todo el Molière que está de adorno alrededor.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 10 de noviembre de 2015

LOS DESVARÍOS DEL VERANEO

Sala: Teatro Fígaro Autor: Carlo Goldoni Director: José Gómez Intérpretes: Ana Mayo, Borja Luna, Macarena Sanz, Antonio Lafuente, Vicente León, Kevin de la Rosa, Andrés Requejo, Juanma Navas y Helena Lanza Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Lafuente (ahora lleva barba), de la Rosa (que no estuvo en mi función), alguien que no reconozco en la foto (y que en mi función era Ana Mayo), Luna (ahora no lleva barba), Requejo, Sanz, León y Navas.


Le smanie della villeggiatura es un delicioso texto de Goldoni, tan bien urdido que resiste la dolorosa operación de sacarlo del italiano, su contenedor natural. Pierde finura, pero aguanta.

Con estas cosas me pasa siempre lo mismo, supongo que como a todo el mundo. Entro al teatro un lunes a las ocho y media (cuando ya llevo un rato pensando en el momento de felicidad suprema de irme a dormir); dejo ahí fuera un mundo grotesco (véase el gigantesco lugar que la patada de Rossi o la conversación de Benzema ocupan en la plaza pública de los medios), pavoroso (la irreversibilidad del calentamiento global se anuncia al mundo el lunes 9 de noviembre de 2015) y deprimente (45 mujeres muertas a manos de los hombres que se suponía que las amaban) y me encuentro con una gente ociosa y feliz como nadie fue ocioso y feliz después de 1789 (Talleyrand dixit: "Quiconque n’a pas vécu avant 1789 ne connaît pas la douceur de vivre"), una gente tan alejada de nuestro planeta que, durante unos minutos, sufro la sensación de que me van a interesar poco o poquísimo. Luego, Goldoni despliega tal conocimiento sobre sus semejantes, tal habilidad para retorcer hasta el infinito una ligerísima trama... que me vuelve a atrapar. Una delicia.

Me fastidió perderme La isla de los esclavos de Venezia Teatro. Tenía buena pinta. "Qué será buena pinta", se preguntarán. Se parece bastante a comprar unas naranjas por el mismo motivo. Luego, pueden salir estupendas o incomestibles, pero la pinta previa siempre está ahí, no hay quien se la salte. Encuentro opiniones favorables, pero tiendo a no fiarme ni de mi sombra. En cualquier caso, me dije que ésta no me la perdía. A veces, el esfuerzo (¡un lunes a las ocho y media!) se ve premiado por la recompensa. El montaje merece la pena.

Tiene estilo. Tiene también algo en escena que les voy a dejar que adivinen. ¿Ya? Al menos la mitad de mis lectores crónicos -perdón- habrá acertado. ¡Hay micrófonos! ¡Es un capítulo de Expediente X! ¿Algún fabricante surcoreano ha colocado todos sus excedentes en los teatros de Madrid? ¿Qué está pasando? ¿Lo saben la Unión Europea, el Consejo Regulador de Denominaciones de Origen, la Asociación de la Prensa? Les confieso mi estupor. Ya me parecía suficientemente extraño lo de los jóvenes con moño como para que ahora llegue esto. En fin, sigamos. Aquí hay un micrófono en cada extremo del proscenio, pero su uso -afortunadamente- es fácil de comprender: los apartes se dicen desde ahí, con cañón sobre el intérprete. Vale. No molesta. Otro tributo a la moda: los intérpretes se sientan alrededor del escenario, a la vista, cuando no les toca. ¿Les va sonando? Sí, las dos cosas suenan a Stockman. Stockman, a su vez, sonaba a otra cosas. Pero esto son detalles de entomólogo, no tienen mayor importancia. Ni los micrófonos ni los actores a la vista ni sus ocasionales y breves intervenciones (en algún momento apoyan al que está actuando) distraen de lo fundamental. Lo fundamental es decir bien un texto que sin estilo en la interpretación no es nada. Tengan en cuenta que todo son naderías: que si me pone celoso que vayas en la carroza con ese tipo, que si no te fías de mí y eso ofende, que si quiero un vestido nuevo, que si vigile usted de cerca a su hija porque todas las mujeres son iguales... Estas naderías vienen dando de comer a miles de personas desde hace siglos, las tenemos tan archiconocidas que no encierran en sí mismas ningún atractivo: toda su capacidad de diversión se sustenta en el estilo con que se dicen. Cambie el estilo y le sale Goldoni o Arniches, Marivaux o los Quintero, todo depende de cómo haga que los actores se muevan y digan las cosas. Y Gómez ha dejado la cosa bastante cercana a lo que sería una interpretación canónica, sin pasarse de arqueológico. No olviden que los personajes de la Comedia del Arte están apenas un centímetro debajo de la piel de estos nobles del XVIII y de sus criados, y que eso impone una cierta dosis de estereotipo en la que reside toda la gracia del asunto.

Para hacer esto son necesarios intérpretes inteligentes, que sepan de qué les están hablando cuando les cuentan esta copla. Y la verdad es que me sorprendieron. No me hubiera pasado si llego a hacer los deberes antes y me estudio bien quién era cada cual, pero llevo la vida que llevo. Mírenselos si quieren en este enlace. Para empezar, hay dos veteranos que están sembrados: Vicente León y Juanma Navas, anciano estricto y cascarrabias, y padre marioneta de su hija. Las dan todas en su sitio. Andrés Requejo y Helena Lanza son criado (incluido breve doblete, porque la versión se carga un par de ellos, prescindibles) y criada; también bien los dos. El tercero en discordia -amigo molesto de la jovencita- es un papel breve, pero Borja Luna lo coloca bien, con las dosis precisas de tontorrón y simpático. El sustituto de Kev de la Rosa, que creo que hacía la función por primera vez, era el único que no terminaba de encajar. No creo que sea el amaneramiento con que encaraba el papel, porque el papel lo pide a gritos. Quizá una dicción masticada y lenta.

El trío en (ligera) discordia: el chico, la chica, la hermana del chico. Antonio Lafuente, estupendo. Difíciles siempre estos papeles de galán toreado a conciencia por una jovencita más lista que él. Sale bien librado, es -con los dos mayores- el más cercano a la interpretación tradicional del género.

Me he dejado para el final a las dos chicas. Siempre más interesantes: en el género, las mujeres son manipuladoras y torcidillas; los hombres tontuelos o huraños, sin doblez. Así que son los dos papeles más divertidos. La escena entre ambas, llena de pequeñas envidias, mentirijillas y roces cubiertos por el barniz del trato social (y curiosamente podada en la versión audiovisual que les he enlazado más arriba) es una de las cumbres de la pieza que uno espera desde el principio. Muy bien ambas. Ana Mayo ya me gustó en Stocmann. Y me llevé la gran sorpresa de la noche (¡no había leído su nombre antes de verla en escena!) al reencontrarme a Macarena Sanz. Si su curriculum está al día, he visto todo lo que ha hecho en teatro: Munchhausen, El inspector y Maribel y la extraña familia. Todo lo hace bien: abre la boca y se queda con el escenario, se mueve y sólo se puede mirar en su dirección. Vaya pedazo de carisma. Esta chica tiene un futuro estrepitoso por delante.

José Gómez ha dirigido con discreción y sin tonterías (ya les decía que los micrófonos no molestan), añadiendo aquí y allá algún detallito: las intervenciones en off de los actores que no tienen parte; la mano de León que rubrica lo que dice mientras Lafuente sigue hipnotizado su recorrido arriba y abajo; Luna que se queda en absoluto primer plano de "he hecho el canelo" mientras el final feliz se relega al fondo; el mismo Luna en el efecto de mimo de la maleta flotante; el idílico epílogo mudo de los criados... No está mal, todo ayuda, da a la función un aire simpático. Pasé un rato estupendo. 
P.J.L. Domínguez