viernes, 8 de junio de 2018

CRONOLOGÍA DE LAS BESTIAS

Sala: Teatro Español Autor y director: Lautaro Perotti Intérpretes: Carmen Machi, Pilar Castro, Santi Marín, Patrick Criado y Jorge Kent Duración: (a saber dónde está el apunte)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Marín, Castro y Criado. La foto es de Antonio Castro para madridiario.com
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

DIFÍCIL EQUILIBRIO

El crítico termina deformado bajo el peso de su profesión. Su mirada se inclina -quizá demasiado- hacia las técnicas de la construcción dramatúrgica, en vez de quedarse en el puro resultado final. Dice Perotti en el programa de mano que Cronología de las bestias trata sobre la mentira, y a mí me parece –la deformación- que trata sobre la posibilidad de contar una historia velando y desvelando, como convenga, este o aquel detalle. Es un procedimiento que la habilidad de quien lo use hace rentar más o menos, pero aquí presentaba una dificultad añadida: según tengamos o no el dato fundamental (que no voy a revelar), lo que sale es un melodrama de tomo y lomo o un relato negro a base de relaciones prohibidas y economía mafiosa.

     ¿Suena difícil? Lo es. Lo asombroso es que Perotti ha conseguido que esa oscilación se mantenga en equilibrio, apoyándose en una exquisita dirección de actores. A Pilar Castro debería caerle un premio por esto: una mujer en el borde de la discapacidad, asustadiza, voluntariosa, que estorba siempre. Carmen Machi mantiene al espectador más de media función dudando de si es la buena o la mala; si la amargó la vida o se la amargó ella sola. ¿Da miedo o pena? Santi Marín, entre ambas, es el tercer sólido apoyo del invento. Bien Criado y Kent. Pocas veces aconsejaría esto: ver la función como un experimento narrativo puede ser muy interesante.

Mis lectores habituales se estarán preguntando por qué las entradas se van refiriendo, progresivamente, a títulos cada vez más antiguos. La respuesta es simple: voy hacia atrás, en una carrera inversa -e imposible- contra el tiempo perdido. Proust en versión neurótica y remendada. A estas alturas, lo único que les voy a añadir es un enlace a Invencible, donde me explayaba un poco sobre Pilar castro. Esta mujer es de lo mejorcito. 

Lo último. Algunos de ustedes se habrán dado cuenta hace tiempo que soy de entendederas lentas (que no es exactamente lo mismo que lento de entendederas, el lenguaje tiene estas sutilezas). Acabo de ver el término CRONOLOGÍA en el título. Vamos, que todo esto que yo creía pejigueras de crítico (esto del "velar y desvelar", esto de la relevancia de los flashbacks en la construcción dramatúrgica) estaba -más o menos claro o consciente- en el cerebro de Perotti. Pues ya me ha costado verlo.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 7 de junio de 2018

OLVIDÉMONOS DE SER TURISTAS

Sala: Teatro Español Autores: Josep Maria Miró Directora: Gabriela Izcovich Intérpretes: Eugenia Alonso, Lina Lambert, Esteban Meloni y Pablo Viña Duración: (no la apunté, y mi memoria flaquea)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Pablo Viña y Eugenia Alonso
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

EL FINO PINCEL DE MIRÓ

Después de treinta años de convivencia, ¿es más fácil el odio o el amor? El odio es simple, basta dejarse resbalar por la pendiente. El amor es la más rentable de las inversiones a largo plazo, pero nadie le quita el esfuerzo de subir cada día el tramo de cuesta que toca. Esta pareja que ha dibujado Miró con pincel digno de la caligrafía china tuvo que escalar una montaña rocosa y abrupta con las manos desnudas, y las laceraciones son evidentes. El dibujo pasa por unos diálogos que parecen transcripciones de conversaciones grabadas: puro hiperrealismo, del mejor.

    El estilo de la puesta en escena de Olvidémonos de ser turistas es el característico del teatro de texto de siempre pasado por sala alternativa (viene de la Beckett de Barcelona): inmersión a pulmón. Los intérpretes, un mueble, breves proyecciones y ráfagas de música. Ni puñetera falta que hacían más añadidos. Gabriela Izcovich lleva el asunto con rigor y austeridad, perfilando la historia casi a golpe de machete, sin ninguna piedad en las transiciones. Conoce la capacidad de absorción del espectador frente a una ficción bien construida, confía en ella y hace bien. Lambert y Viña se pelean a brazo partido contra dos personajes endemoniados a los que vencen por rotundo K.O. Alonso y Meloni tienen el bombón de varios personajes de trazo breve, pero considerable vuelo, y se lucen en el despliegue de semejante abanico.

Fiándome exclusivamente de mi memoria, yo diría que, a diferencia de Barcelona, vemos poco o poquísimo de Miró en Madrid. Lo último de cierto relieve debió de ser El principio de Arquímedes

[La realidad es siempre una maraña de líneas entrecruzadas: Esteban Meloni, presente en Olvidémonos de ser turistas, hizo Arquímedes en Argentina y Rubén de Eguía (que fue su protagonista aquí) acaba de terminar en el Galileo la reposición de Beatrice, título elegido por Venezia Teatro para L'osteria della posta de Goldoni. No he escrito sobre eso, pero algo les caerá] 

Vi hace un par de semanas lo último de Miró en el Teatre Nacional de Catalunya: Temps salvatge. Gran formato y gran elenco para otro texto... iba a decir "casi naturalista", pero lo voy a dejar en naturalista a secas. El teatro tiene siempre un componente de antinaturalismo intrínseco, pero ese mismo texto puesto en celuloide (¿se usa todavía?) daría un calco exacto de la realidad. Las habilidades de Miró son varias y se complementan. En primer lugar, esta capacidad de escribir diálogos que parecen grabados en contexto real. La discusión de pareja en el hotel es prodigiosa: sobreentendidos, reproches, indignaciones, saltos sin lógica aparente, basados en ese gran festival del subtexto que es siempre una conversación entre dos personas que llevan decenios de convivencia. Sin rastro de esa insufrible convención, inexplicablemente frecuente, de obligar a los personajes a intercambiar información con el único fin de que la oiga el espectador.

En segundo lugar, sabe dialogar con neutralidad de género (de género teatral, quiero decir), en la medida en que eso sea posible. Me explico. La vida no tiene etiqueta de género, en la misma conversación con tu madre saltas del suicidio de la vecina a la mayonesa que se le ha cortado, y de ahí a troncharte con las sempiternas manías del tío Manolo. Pero pónganse a escribir, y ya verán qué juerga para conseguir que les salga algo que no sea ni claramente dramático ni claramente cómico ni claramente... algo. Miró limita este sesgo de género a las escenas en las que, en el tono de la función, es prácticamente imposible evitarlo. Si estamos hablando de un muerto podemos saltar a la farsa, claro está, el teatro y el cine españoles son maestros en eso, pero en el tono de la función en la explicación final entre la madre y la caritativa señora que acogió a su hijo sólo cabe el drama. Cuando eso no es así, las conversaciones pueden rozar lo cómico, bordear el costumbrismo o sugerir aromas de melodrama, pero nunca se sumergen en este o aquel charco. 

Viene después la habilidad del despiece, que comparten el dramaturgo y el carnicero. No se puede poner en escena el tiempo real, eso sólo lo hacen (o lo hacían, no tengo ni idea) las cámaras 24 horas de Gran Hermano (y me aseguran que tenían audiencia). Perdón, ya estoy generalizando: poder, se puede, pero les ahorro ahora la lección de las tres unidades clásicas, que ya se la saben. Y se sigue haciendo: se acaba de ir Muñeca de porcelana, tiempo real sin elipsis. Pero la opción mayoritaria de nuestros tiempos es la otra, la de recoger esta escena, aquella conversación, saltando de tiempo y lugar (eso que los sesudos investigadores dicen que se universalizó, o casi, en el teatro a partir del cine). Miró es muy hábil también en esto. Pincelada por aquí, pincelada por allá. Y sin que usted se dé cuenta ya le he explicado el personaje y le he narrado la peripecia en su meollo. Ésta es más simple -aunque tiene su sorpresa escondida-, en Temps salvatge se las arregla con la misma soltura para dar cuenta de numerosas, complejas y entrelazadas tramas. Algo tendrán que ver con esta habilidad sus tareas de guionista en series de televisión, el género de las subtramas enlazadas por excelencia.

Cuarta destreza: la capacidad de dejar traslucir "aquí está pasando algo gordo". Nadie lo dice, nadie lo insinúa, pero flota en el ambiente. La magia no existe (siento tener que ser yo quien se lo revele) y, por tanto, el materialismo nos enseña que eso que flota tiene que estar en el texto (y en la interpretación). A base de medias explicaciones, preguntas sin respuesta, reticencias, silencios... a base, fundamentalmente, de lo que no se dice y de cómo no se dice (toma frase). El ejemplo de los ejemplos es Otra vuelta de tuerca, repasen la versión cinematográfica antigua. Hay que saber hacerlo, porque si no termina uno en Los habitantes de la casa deshabitada, que es un obrón, pero de otro género. O en La valentía, ahora que caigo, que sobre el papel es de género sanzoliano (le copio el término a Raquel Vidales, que ha publicado hoy una crítica tan parecida a la mía que lo mismo me hago fan) y que en la puesta en escena se ha olvidado de elegir género. Si han visto Olvidémonos de ser turistas y les ha gustado ese rasgo de huyhuyhuyquépasaaquí, háganse un viajecito a Barcelona para ver Temps salvatge, donde el procedimiento se eleva al cubo. 
* * *
Creo que todo el mundo ha puesto por las nubes a Eugenia Alonso, así que poco más tengo que añadir. No sé si ha trabajado mucho por aquí, no recuerdo haberla visto. Pero es, junto a Meloni, la demostración viva de ese realismo que tan extremadamente real nos parece en los intérpretes argentinos. El conductor de autobús de Meloni es para quedarse embobado. Y el contraste que Alonso se marca entre la mujer que sube a la habitación del protagonista y la de la escena final, para caerse de espaldas.

Casi nunca funciona poner a españoles y argentinos juntos, si cada uno se mueve en su proverbial registro (digamos) nacional. Pero Izcovich, que creo que es argentina, ha sabido ver que la situación de la pareja central era vitalmente tan distinta de la de todos los demás personajes con los que se van rozando, que esta diferencia de estilo interpretativo no se percibe como tal, sino como mero reflejo de esa diferencia de fondo. ¿Se me entiende? Sean indulgentes, es muy difícil hablar de estas cosas sin ser Javier Cercas (es que estoy releyendo Anatomía de un instante).

Si a la función le queda gira y les cae cerca (que ya sé que me leen también fuera de Madrid), no se la pierdan. (Me acaba de señalar el Teatro Español que está hasta el domingo, aún pueden verla en Madrid).
P.J.L. Domínguez
          

martes, 5 de junio de 2018

EL BANQUETE

Sala: Teatro de la Comedia Autores: fragmentos de autores clásicos seleccionados y adaptados por Nancy Huston y/o Álvaro Tato Directoras: Helena Pimenta y Catherine Marnas Intérpretes: Lola Baldrich, Pablo Béjar, Jimmy Castro, Gonzalo de Castro, Aleix Melé y Manuela Velasco Duración: 1.25'
(la función ya no está en cartel)


En la foto falta el público, pero me gustan tanto Manuela Velasco y Pablo Béjar
que no he podido resistirme. Qué monos, qué majos, qué buenos.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

CASI HASTA LAS LÁGRIMAS

No me suelen gustar los espectáculos a base de fragmentos de obras, tanto menos clásicas. Entre otras cosas, porque los textos que se arman para intercalar entre los recitados están siempre –no puede ser de otra forma- muy por debajo de los modelos que enmarcan. Por no hablar de dramaturgias. Tampoco me entra casi nunca por el ojo derecho el buenrollismo, eso de que los intérpretes parezcan todo el tiempo de muy buen humor, energéticos y compadreando con el respetable. Si el buenrollismo se acompaña de guitarra, ni te cuento; me pueden dar los siete males.

    Pero el teatro es territorio sin ley, y he aquí que El banquete, donde seis intérpretes de inmejorable buen rollo compadrean con los espectadores, comparten copas de vino, cantan (hasta con guitarra) e intercalan entre los clásicos textos pergeñados para hilvanar el conjunto… he aquí, les decía, que me arrastró, me encantó y llegó a emocionarme casi hasta las lágrimas. 

Un casting inmejorable: todo el mundo sabe de las capacidades de Lola Baldrich y Gonzalo de Castro; y Aleix Melé y Jimmy Castro están muy centrados; pero a Manuela Velasco y Pablo Béjar mejor no perderlos de vista. Otra cosa que odio es el uso indiscriminado del término “lujo”, pero está visto que me toca superar mis barreras. Tener a estos seis declamando lo más florido del repertorio a unos palmos de la propia nariz no es otra cosa: un lujo.

Hasta el momento no he podido satisfacer la curiosidad por saber en qué ha consistido exactamente la codirección de Marnas y Pimenta. Estas cosas suelen terminar en catástrofe (véase Scratch) y, como no es el caso, me gustaría enterarme de si se han repartido las versiones en castellano y en francés (tú haces ésta y yo la otra), si han codirigido efectivamente en carne mortal o si una función deriva de la otra. Dado que la programada en Burdeos menciona una fuente original en francés (L'espèce fabulatrice, de la canadiense Nancy Huston, crédito difícil de encontrar en la página de la CNTC, porque está perdido al pie del elenco), formulo la hipótesis provisional de que esto sea la versión castellana montada por Pimenta de la versión francesa montada por Marnas basada en un texto original de Huston y adaptada aquí por Álvaro Tato. Conste que esto no supone demérito para nadie, la originalidad pierde su aura en cuanto uno se lee las fuentes de las piezas de Shakespeare. Si averiguo esto con certeza ya se lo contaré.

Con la manía que tengo últimamente de colgar las cosas a toro pasado, es inútil que les recomiende la función si no la han visto. A ver si me pongo las pilas. Pero procuren no perderse a Manuela Velasco y Pablo Béjar en lo siguiente que hagan. De Béjar ya dije que era un descubrimiento cuando lo vi en Haz clic aquí y me gustó con La Joven Compañía (no la del clásico, la otra que se llama casi igual). Velasco también me ha gustado siempre, pero tengo la sensación de que no para de crecer.

Nota final: decía la crítica en papel que los textos que se arman para intercalar entre los recitados están siempre –no puede ser de otra forma- muy por debajo de los modelos que enmarcan, así que es oportuno señalar que los de Tato se defienden muy bien. También porque están muy bien defendidos por los bruscos cambios de registro de Pimenta impone. Es mucha Pimenta.
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 23 de mayo de 2018

LA AUTORA DE LAS MENINAS

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor y director: Erenesto Caballero Intérpretes: Carmen Machi, Francisco Reyes y Mireia Axalá 
(la función ya no está en cartel)


Francisco Reyes y Carmen Machi. La escenografía era de Azorín.
A ver si, poco a poco, voy colgando todo lo que me salté en el agujero negro de los meses silenciosos.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

UNA FIESTA

La autora de las Meninas da más de lo que promete. Y no es que la sinopsis que gira por ahí no refleje bien la pluralidad de cuestiones que se entrecruzan en la pieza, pero este crítico, y seguramente más de un espectador, llegó al teatro esperando una fábula amable con monjita superestar. ¿La fuerza del estereotipo “monja”? Pues de eso nada. Este texto condensa sin atragantarse una cantidad enorme de cuestiones de primer orden –de la consideración social del arte a la vanidad como fuerza motora- entrelazadas en una dramaturgia redonda. La inteligencia de Caballero brilla en cada esquina, qué placer. Me lo voy a leer con fruición en cualquier resquicio que me dejen las desquiciantes fiestas.

    El Caballero autor se ha dado la mano con el Caballero director, y el resultado es una fiesta. Empezando por el casting: los tres intérpretes parecen dibujados para los respectivos papeles. De Machi poco hace falta hacer decir, está que se sale. Mireia Axalá es fiel trasunto de esos políticos que saben componer un articuladísimo discurso para justificar cualquier barbaridad: fríamente cordial, tensa, disparada cuando se emociona. Francisco Reyes es un excelente actor de físico y voz peculiares, al que hay que saber dónde se coloca. Está en un lugar que le va al pelo, pero no quiero desvelar el eximio personaje al que representa.


Estoy colgando la crítica con cinco meses de retraso, así que a lo mejor ya puedo desvelarlo. Uno de los grandes atractivos del texto es el descubrimiento paulatino de que el personaje de Reyes -un supuesto vigilante de seguridad en prácticas- en realidad es el Maligno. Está ahí para exacerbar la vanidad de una monja que, hasta la puesta en marcha de sus malas artes, siempre se consideró una humilde copista, sin sospechar que escondía dentro de sí una desmedida ambición artística. Reyes es un actor con una presencia escénica imponente. A veces se usa esa expresión para dar a entender que alguien es muy guapo, pero no es eso lo que quiero decir. Quiero decir exactamente lo que digo: llena el escenario con su voz y su físico (como decía en la crítica en papel), pero también con su gestualidad pausada: lo dice todo con una mirada, con un silencio (y estoy pensando ahora en la escena de Los mariachis en la que es un compañero de partido de Elejalde y va a visitarlo al hospital). Su presencia corporal tiene un peso específico en los alrededores de John Wayne, para que me entiendan. Este papel parece escrito para él: se pregunta uno al principio si merecía la pena derrochar tanto carisma en un personaje secundario. La justificación se produce gradualmente a medida que el espectador sospecha quién es. Delicioso. Le hemos visto después El tratamiento y Los mariachis. Este tipo es la bomba.

La bomba, también, el vertiginoso y delirante monólogo en el que Machi pasa revista a toda la historia del arte occidental, describiendo su abandono de... todo, de la forma al concepto. Es tan bueno (tan bueno el texto y tan buena la interpretación) que debería incorporarlo como bis cuando actúe en otras cosas. ¿Les parece una locura? Antes se hacía. Un actor terminaba Hamlet y, tras los aplausos, propinaba su celebérrima declamación de X, donde X es un monólogo, una poesía o lo que fuera. Nos hemos puesto tan puros y tan finos durante el último siglo que nos perdemos cosas divertidísimas.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 22 de mayo de 2018

LOS MARIACHIS

Sala: Teatros del Canal Autor y director: Pablo Remón Intérpretes: Luis Bermejo, Israel Elejalde, Francisco Reyes y Emilio Tomé Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Elejalde, Tomé, Reyes y Bermejo

Remón ha tenido una trayectoria interesantísima, con clímax en Barbados, etcétera. Si no les da pereza, salten un momento al enlace para leerse al menos la primera parte. Fue un éxito rotundo de crítica y público que tuvieron que reponer en el Pavón. Estrenó después, en el mismo teatro, El tratamiento, una de esos títulos que no mencioné en los meses de blog congelado. Interesante también, armada, con algo más de humor que el habitual espolvoreado aquí y allá... notablemente distinta de sus propuestas anteriores. Desplazada -en un imaginario continuo que fuera de la vanguardia rabiosa hasta Arturo Fernández- unos consistentes centímetros más hacia lo comercial. (Disculpen que despache el asunto en plan caricatura, pero encontrar una terminología más adecuada es fatigosísimo) Esto no es, a priori, ningún demérito. En lo que me concierne, aprecio muchísimo los productos (y perdón también por esta palabreja) que se sitúan en la tierra media y que lo mismo puede ver un moderno que un aficionado al teatro tradicional. Pospinteriano llamé alguna vez a Remón -ya saben que a un crítico le gusta más una etiqueta que un plato de croquetas de bacalao- y El tratamiento es cualquier cosa menos pospinteriano. 

Sin embargo, y al margen de ese deslizamiento de género, El tratamiento no estaba a la altura de sus obras anteriores. Me dio la sensación -y no sólo a mí, recibí varios comentarios parecidos- de que a su autor se le había atragantado un poco la abundancia de medios. No vayan a imaginar que aquello era Las Vegas, pero frente a sus trabajos precedentes -montados siempre con una austeridad extrema y pocos intérpretes- había allí mucha gente, mucho escenario, mucha producción. Tampoco quiero dejarles la sensación de que fuera una pieza fallida, los intérpretes estaban muy bien (descubrí a Ana Alonso, a la que no supe apreciar en La abducción de Luis Guzmán), la historia está narrada con talento estructural... Lo que ocurre es que cuando se es bueno, no siempre es fácil estar a la altura de uno mismo.

Los mariachis cuadran más con su producción anterior. Sobre todo su primera mitad, más de atmósfera que de progresión narrativa. Porque, soltemos cuanto antes el rasgo más marcado, la estructura A-B es evidente. Tomé, Reyes y Bermejo están muertos de asco en un pueblo diseñado para morirse de asco, recocidos en su propia salsa de fracasos de pareja, fracasos económicos y consumo de drogas durante las conversaciones domésticas, con el dudoso horizonte de las ilusiones colocadas en... ¡las próximas fiestas patronales! Desolador. Después, mucho después, llega la trama: Elejalde, una aparición espectral que arrastra su fracaso galáctico como político corrupto. Lo han pillado. La primera mitad funciona como el mejor Remón, la segunda se empantana hasta el punto de obligar a mirar el reloj.

Ello no obsta para que los cuatro intérpretes estén fantásticos. Puede parecer incongruente con lo que acabo de decir, pero es de lo mejorcito que le he visto a Elejalde, que ya es decir. Alguien escribía que Bermejo está a la altura de El minuto del payaso, que ya es decir. Y Reyes y Tomé consiguen siempre que uno no sepa decir dónde terminan ellos y dónde empiezan los personajes, que ya es decir. De Reyes aún no he colgado La autora de las Meninas, imperdonable.

Lo de Boromello empieza a ser un fenómeno paranormal, no falla una.

Ah, una cosa más. Siempre me queda la duda de si el lector percibe la sutil diferencia entre poner algo a caldo y señalar las deficiencias de un montaje, que aunque en conjunto pueda considerarse fallido, no carece de interés. No por las limitaciones del lector, sino por las mías. Por si acaso, lo voy a decir con todas las letras: Los mariachis está muy lejos de ser un desastre.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 20 de mayo de 2018

LA VALENTÍA

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor y director: Alfredo Sanzol Intérpretes: Jesús Barranco, Francesco Carril, Inma Cuevas, Estefanía de los Santos, Font García y Natalia Huarte Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Estefanía de los Santos e Inma Cuevas
Como a tantos, me encanta Sanzol. Uno de los imprescindibles, que se pueden contar con los dedos de una mano. Puedo equivocarme, pero creo que lo he visto todo desde Sí, pero no lo soy.  (Les dejo los enlaces a La ternura -no se la pierdan, que vuelve- Historias de Usera, La calma mágica, La respiración y Esperando a Godot, la única de la que no era también autor y la única que no me gustó. No tengo reseñas de la gloriosa Días estupendos ni de su gloriosísima aportación a El manual de la buena esposa). Siempre es difícil hacerse con las coordenadas de un creador y disfrutarlo al primer encontronazo, pero ya aquello me pareció una cosa estupenda. De esas cosas estupendas que satisfacen al mismo tiempo el hambre intelectual y las ganas de pasarlo en grande. Sanzol se las arregla siempre para soltar lo más relevante con el aire de quien hace un comentario en el ascensor, algo que agradezco con pasión, aplastado por tanto montaje pretencioso como se ve por ahí. Ha encontrado un lugar propio entre la comedia sentimental y la comedia costumbrista de réplica chisporroteante por el que transita con comodidad admirable.

Dicho todo esto, La valentía es -al menos en su estreno- un sonoro patinazo. ¿Por qué digo "al menos en su estreno"? Verán. Me aburrí a ratos, lo peor que puede pasar en un teatro. Pero estoy dándole vueltas al texto desde la noche del jueves, y me parece que es tan bueno como los anteriores. Con lugar para la carcajada, para el sentimiento y para su puntita de melodrama. Y, sin embargo, nada encaja. La primera escena ya anuncia lo que va a venir, con Estefanía de los Santos en ese realismo intenso que ella sabe bordar e Inma Cuevas instalada en el estereotipo. ¡Inma Cuevas! Inma Cuevas es la bomba hasta cuando la meten en ese pestiño infumable de Comedia multimedia, así que si está haciendo aquí de marioneta en las antípodas de cualquier construcción del personaje, si utiliza esa prosodia amanerada, si -en suma- se apunta a la construcción estilizada de una determinada pose cómica, no es porque se le ha ocurrido a ella solita. Sanzol debe de estar de acuerdo. Y, a lo mejor, esto hubiera funcionado si estuvieran todos ahí, pero es que no lo están. 

Cuando habla, podríamos estar perfectamente en un montaje de Lina Morgan (dicho sea sin sombra de menosprecio). En cuanto Estefanía de los Santos abre la boca más de dos minutos, viajamos a un melodrama pausado tirando a De Filippo. Si sale Francesco Carril, comedia disparatada. Jesús Barranco, Mihura. Digamos de paso que, en mi modesta opinión (no soy director de escena, eso que salen ustedes ganando) el tono que mejor le va al texto es uno de estos dos: el de Carril o el de Barranco.

En resumen, hay un gigantesco rompecabezas de tono, estilo y registro que impide que se ejecute en condiciones lo único imprescindible en una comedia de carcajadas: el control de tiempos. O las encajas en su sitio o no hay nada que hacer, y de esto nadie puede darle lecciones a Sanzol. Por eso decía "al menos en su estreno". A veces, a base de repetir funciones, los intérpretes van encajando. No me sorprendería nada que dentro de quince días todo funcionara como un tiro.

Se entiende, por tanto, a dónde quería llegar Sanzol, pero me temo que no ha llegado. Me pasé la función pensando en Paso. El primer whatsapp que me llegó a la mañana siguiente con comentarios sobre el estreno hablaba de Paso. Otros dos de mis interlocutores han mencionado a Jardiel. Si me lo permiten, esto es Jardiel - Mihura - Paso - Azcona... y un larguísimo etcétera en el que caben la citada Lina Morgan y hasta el José Luis López Vázquez de esas españoladas disparatadas de los sesenta y los setenta que tantas veces se despachan con displicencia y que dan más de una sorpresa cuando se detiene uno a mirar los créditos del guión. Nótese que esa tradición que esbozo está repleta de cadáveres y fantasmas, reales o ficticios (ah, es que de eso va la comedia, que no le he dicho aún). Puestos a repetirles lo que la gente comenta, también es casi unánime el reproche a los gritos. El arranque es así, en la primera escena ya citada, algo que casi siempre presagia desastre. La pasé pensando "bueno, ya llegará el sosiego", pero lo cierto es que se grita demasiado. Respecto a comentarios, y como hace nada les mencionaba aquello de oír algo en la puerta del teatro y ver después escrito exactamente lo contrario, sepan que me ha vuelto a pasar. Me llegó nítidamente a los oídos el juicio que alguien  hizo a la salida y leí unas horas después lo que escribió en la red. Sólo les diré que no es ningún desconocido. Debo de ser idiota, pero estas cosas me siguen descorazonando.

Estefanía de los Santos (La distancia, Siempre me resistí a que terminara el verano, Las plantas, Marca España), Francesco Carril (Furiosa Escandinavia, La cortesía de España) y Jesús Barranco (Historias de Usera, Los Mácbez, La cena del rey Baltasar) están de muerte (aunque, lamentablemente, cada uno en una comedia distinta). Todo el mundo sabe que Barranco y de los Santos llegan casi a la infalibilidad (yo diría que las mejores escenas son las del primero farfullando a solas y un monólogo de la segunda), pero atentos a Carril. Ya me pareció en Furiosa Escandinavia que podía ser un actor que estaba creciendo a marchas forzadas, y La valentía lo confirma. La función sube enteros cada vez que abre la boca. Huarte y Font pasan más bien desapercibidos.

Tampoco les ha gustado la cosa a Luis del Amo en Diarioabierto.es y a Kritilo (las dos primeras críticas que vi que salían, antes de que mi semana saltara por los aires y me dejara sin tiempo para seguir buscando). Aunque no estoy de acuerdo con el segundo respecto al texto. Yo creo que deja mucho margen para una excelente puesta en escena. A del Amo le parece indigno que, en lo más serio, salten las carcajadas. En esto no puedo estar más en desacuerdo: me parece uno de los rasgos más característicos y más interesantes del teatro de Sanzol. Llamémoslo la carcajada reflexiva.

Último apunte: la escenografía, sin estar mal, poco aporta. Imagínense la misma función a pecho descubierto, como La ternura. ¿No quedaría todo igual?
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 10 de mayo de 2018

CONSENTIMIENTO

Sala: Teatro Valle-Inclán Autora: Nina Raine (versión de Magüi Mira y Lucas Criado) Directora: Magüi Mira Intérpretes: Concha Delgado, David Lorente, María Morales, Jesús Noguero, Candela Peña, Pere Ponce y Clara Sanchis Duración: creo recordar que 2.40', con entreacto de 15'
(la función ya no está en cartel)


Eso está muy al fondo, pegado a la chácena. Sólo tiene relevancia en el arranque y al final. El resto de la función se desarrolla en un amplísimo espacio, delante de ese mural de cajas, con público en sus tres lados restantes.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

RECONCILIACIÓN

Me parece sorprendente la frecuencia con la que la comunicación previa de la oferta teatral se regodea en desorientar al posible espectador. A veces, prometiendo más de lo que hay. Otras –como en este caso- al revés. Consentimiento, de la que veo errado, por restrictivo, hasta el título, no es una pieza sobre la violencia contra las mujeres, aunque el asunto esté bien presente. Es eso y más: un texto de corte clásico de los que se proponen analizar minuciosamente cómo nos relacionamos los humanos. Emoción, contradicción, error, arrepentimiento… ¿perdón? Un gran texto.

    La puesta en escena me reconcilia con Magüi Mira después de Festen. Me reconcilia con Clara Sanchis que, cuando se sujeta a sí misma, es un prodigio de fluidez. Casi (digo casi) me reconcilia también con estos horarios que, tras tanta cháchara sobre la racionalización, nos envían de vuelta a casa a medianoche. Sobran las breves coreografías intersticiales, que parecen estar sólo para proclamar que, además de este teatro de texto de siempre, hay otros mundos. Vale: mensaje recibido. Si quitamos esos minutillos queda lo que cuenta: una gran función en la que todo el mundo brilla,  pero que regala a Jesús Noguero y Candela Peña –en los papeles centrales- y a Nieve de Medina –en el más contrastante- oportunidades de lucimiento de las que no dejan pasar ni media.  


Me parece que tuvo bastante éxito de crítica, al menos eso recuerdo de las tablas de estrellas, y -si podemos considerar fiable a efectos estadísticos mi muestreo habitual- ninguno de público. No gustó a ninguno de mis conocidos. También Kritilo, que debe de ser el crítico con el que más coincido habitualmente, encontró deficiente el texto. Uno de esos casos, más bien infrecuentes, en los que la opinión se divide en dos. Yo fui con todos los prejuicios en contra activados al nivel máximo -el estrés postraumático de Festen- y resignado a 160 minutos de sufrimiento, pero lo pasé estupendamente. Detalle final: la escenografía (Curt Allen Wilmer, ) se reduce al retablo de la foto y a algunas cajas de cartón más, tipo mudanza, que son ahora esto y luego aquello. Si tienen en cuenta que Curt Allen Wilmer es el mismo escenógrafo de La cocina estarán de acuerdo en que este tipo merece el collar de gran maestre de la Orden de la Versatilidad. Las grandes inversiones y los grandes resultados no tienen relación causa-efecto, coinciden a veces (La cocina es buen ejemplo) y otras no (éste es buen ejemplo, los dos duros de las cajas rentan de miedo).

P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 9 de mayo de 2018

MUÑECA DE PORCELANA

Sala: Teatro Bellas Artes Autor: David Mamet (versión de Bernabé Rico) Director: Juan Carlos Rubio Intérpretes: José Sacristán y Javier Godino Duración: no conservo el apunte
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Vi esto hace nada menos que dos años, creo recordar que en el Matadero. Pero está de vuelta en el Bellas Artes, así que rescato la crítica publicada entonces en la Guía del Ocio.

MAFIA INSTITUCIONALIZADA

¿Nos van a extrañar a estas alturas las turbias maniobras de los poderosos? Hace poco, hubiéramos visto en Muñeca de porcelana una excepción, frecuente pero excepción al cabo, al normal discurrir de las cosas. La sospecha de que, bien al contrario, la realidad visible es solo un teatrillo de guiñol cuyos hilos se manejan de forma cínica e indecente por unos cuantos, crece al amparo de las noticias de todos los días y siembra el desconcierto y la desesperanza.

    Mamet no cuenta, por tanto, nada que no sepamos. Pero lo cuenta de forma magistral: noventa minutos, un despacho, dos personajes con sus telefónos móviles y uno fijo sobre la mesa. Eso le basta para radiografiar en detalle, con impecable técnica narrativa que no deja ver las costuras, una historia enmarcada en el género, tan caro a los anglosajones, del “auge y caída”. La mafia institucionalizada, el navajeo canalla en las cumbres de la política.

   Sería posible exprimir más el texto, pero la versión de Rubio es potente y mantiene el interés. Sacristán, cuyo talento parece rejuvenecerlo en el escenario, aguanta el peso de la obra de cabo a rabo sin aflojar un instante. Excelente presencia semiausente de Godino. Habría que dar una vuelta, quizá, al momento en que la trama revienta, y que no puedo desvelar. 

P.J.L. Domínguez
          

martes, 8 de mayo de 2018

TIEMPO DE SILENCIO

Sala: Teatro de la Abadía Autor: Luis Martín-Santos (versión de  Eberhard Petschinka) Director: Rafael Sánchez Intérpretes: Sergio Adillo, Lola Casamayor, Julio Cortázar, Roberto Mori, Lidia Otón, Fernando Soto y Carmen Valverde Duración: 1.55' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)






Sí, saquen entradas. Esta vez no lo digo sólo yo, lo dice todo el mundo. Le van a sacar partido al desembolso, porque son dos horas de espectáculo que casi no dejan respirar. Si me admiten un consejo, además de la obvia atención a la trama y su desarrollo, fíjense en cómo esta gente salta de lo narrativo a lo dramático sin despeinarse. Y un detallito de economía escenográfica: el director tiene a su disposición, ahí en la mitad del medio, un jugosísimo giratorio al que pocas almas se resistirían. Pues bien, tiene el temple de esperar una hora y cuarto antes de hacerlo funcionar, y no vean el partido que le saca luego. Eso es dominio de los tiempos, y lo demás, chistes.

P.J.L. Domínguez
          

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

Sala: Nave 73 Autor: Joseph Conrad (versión de Darío Facal) Director: Darío Facal Intérpretes: Ernesto Arias, Ana Vide, Kc Harmsen y Rafa Delgado Duración: 1.25' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Foto de Antonio Castro para Madridiario

Vaya, creía que iba a estar más tiempo y veo ahora que se va el 13. Hubiera debido colgar la crítica antes, que si son buenas parece que se hace un favor a la difusión (si son malas, también; lo peor que puede pasar es que no haya nada, ni buenas ni malas).


A Facal le he visto Las amistades peligrosas, que me gustó bastante, y El burlador de Sevilla, que no me gustó nada. En la primera domó y mantuvo a raya todas las licencias de creador alternativo desparramadas por el escenario. En la segunda, se lo comieron. (Perdonen el adjetivo "alternativo", pero ya les digo siempre que no hay manera de calificar decentemente lo que no es convencional). Fui temeroso esta vez, y me encontré con lo que menos me esperaba: elegancia. Ahí está lo entretenido de este oficio, en las sorpresas. (Si quieren leer alguna reflexión sobre lo "alternativo", echen un vistazo a la crítica de Danzad malditos)

Parte de mi temor derivaba de la duración. Una hora y veinticinco en mi función, incluida una breve introducción general sobre Conrad y la novela, dicha con arte y gracia por Ernesto Arias (durante la que no puede evitar recordar el bochorno de la propinada en Europa, que a sí misma se atormenta). ¿Se puede concentrar El corazón de las tinieblas en menos de hora y media? (Apocalypse now: 2.27') Pues resulta que sí, que se puede. Incluso si se le agregan elementos que hagan la representación "alternativa" y no "convencional" (qué horror, la necesidad de estos adjetivos, que alguien sugiera otros, por Dios). Los siguientes:

1) La escenografía abstracta. Ven en la foto de más arriba la pantalla y las vitrinas situados al fondo y en el centro. A la derecha del espectador un estradillo sirve de apoyo a un sofá y una mesita, creo recordar, de época. A la izquierda, atrás, un piano de cola; más adelante, otra tarima con apenas un discreto montoncillo de tierra. Fin.

2) La incorporación al texto de pasajes del Génesis (la creación, la caída y la expulsión) que declama Ana Vide sobre proyecciones (Adán, Eva, la serpiente...).

3) La irrupción de violentos efectos sonoros (más violentos que la iluminación). Hay una sirena que casi me tira de la butaca, estrepitosamente bien puesta. En los dos sentidos, literal y figurado, de "estrepitosamente".

4) Los sucesivos personajes encarnados por Kc Harmsen, apenas esbozados, pero constructivamente importantes.

5) El tambor. Ya les he dicho que hay un piano, pero lo que se toca en él es música romántica, perfectamente en boga en el momento histórico de la novela. Me replicarán que el tambor estaba perfectamente en boga también, sólo que no en los salones europeos sino en la selva visitada. Touché. Pero el efecto es, dado que la función se representa mucho más cerca de los salones que de la selva, tanto geográfica como -sobre todo- mentalmente, de irrupción exótica. 

6) La proyección de las imágenes que el manipulador que ven en la foto de arriba obtiene enfocando en tiempo real ésta o aquélla fotografía de las contenidas en las vitrinas. Fotos de época: el supuesto predecesor de Conrad al mando del barco fluvial e imágenes de la vida de los indígenas bajo aquella inhumana explotación. Una cosa heredada del teatro de objetos y de todo tipo de performances al uso. Muy bien encajada aquí.

Si amontonan Génesis, tambor, sirena, proyecciones de fotos bailonas, Harmsen moviéndose por ahí -algún rato como su madre lo trajo al mundo-, Ana Vide en traje de época y Ernesto Arias barbudo y fumando en pipa... (¡ah!, y hasta un pequeño alarde de pirotecnia que olvidaba) seguramente se van a hacer una idea de batiburrillo de moderneces. La idea será falsa, porque Facal ha conseguido someter el catálogo al hilo conductor de los monólogos de Arias, que narra muy sosegadamente esta historia de horror febril y alucinado. Este hombre me ha gustado siempre por eso, porque todo lo dice sin el menor aspaviento, y en El corazón de las tinieblas ese temple es el apoyo central de todo el invento. Casi (casi) la función es un monólogo ilustrado aquí y allá por un breve diálogo, por una intervención extraterrestre (de Harmsen, de Ass Sabar tocando el tambor o muriendo de un lanzazo, de Ana Vide y sus versículos... Rafa Delgado sale poquísimo). 

Hay una consistente excepción. La pieza termina con una larga escena en la que el protagonista miente piadosamente a la prometida de Kurz (iba a explayarme aquí largamente sobre el misterioso personaje, pero los tengo por informados). La escena no es larga: es larga, larga. Habrá quien la juzgue excesiva, pero se entiende para qué está. Es un largo, largo, comentario en negativo de todo lo anterior. Todo el horror dado la vuelta como un calcetín por una plácida conciencia europea que se autoadministra todos los lenitivos necesarios para ignorar el infierno. A mí no me sobra.
P.J.L. Domínguez