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miércoles, 25 de abril de 2018

GLORIA

Sala: Teatro de la Comedia Autoras: Noelia Adánez y Valeria Alonso Directora: Valeria Alonso Intérprete: Ana Rayo Duración: 1.00' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


La única imagen del montaje que encuentro. Sale de un vídeo de IBE.tv
 [Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio]

PRECURSORA

Mis ya muy antiguas lecturas de Gloria Fuertes me dejaron una sensación agradable que decidí revisar cuando llegó su feliz resurrección. No sé de poesía como para meter la nariz en la polémica de si la suya es grande, grandísima o minúscula, pero sí diré que la edad me ha enseñado a apreciar todo aquello que parece fácil y que, muy a menudo, esconde un condenado trabajo de depuración. En consecuencia, la Fuertes, que a primera vista puede parecer una cosilla amable, me gusta con más profundidad que hace treinta años. Se lleva en algunas cumbres de la literatura un estilo repujado, un manierismo casi prebarroco de la forma y/o el fondo que, lógicamente, recela de estas corrientes de flujo suave y al alcance de todos.



    La propuesta de Adánez, Alonso y Rayo reproduce como calcadas estas cualidades: es una pieza apta para todas las sensibilidades y que fluye con suavidad. El quid en estas resurrecciones escénicas está siempre en conseguir la proximidad al personaje real sin caer en la imitación, que es otro género, y me parece que Ana Rayo alcanza una compenetración profunda con los modos de esta artista que, en la estela de modernidad inaugurada por Wilde y consagrada por Dalí, hizo de su persona parte de su obra. Parecía una excéntrica, y resultó una precursora en el arte de la puesta en solfa de las convenciones de género, algo que ahora hace explosión por doquier.

Y ALGUNA COSILLA QUE NO CABÍA ALLÍ:


Seguro que eso del "estilo repujado, un manierismo casi prebarroco de la forma y/o el fondo" me quedó un poco esotérico. Sobre todo lo que se escriba acerca de Gloria Fuertes durante un tiempo sobrevolará Javier Marías, y la polémica sobre la calidad de la obra de la primera. Que conste que me parece que Marías tiene todo el derecho del mundo, faltaría más, a opinar lo que opine. Me parece muy comprensible que Fuertes no le parezca gran cosa, porque -al menos donde yo lo dejé- él practicaba una literatura cualquier cosa menos sencilla. Ha pasado mucho tiempo, pero creo que "donde yo lo dejé" fue en Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí, novelas adoradas por mi asesor literario de referencia, pero en las que yo sólo vi (repito: yo, no pretendo sentar ni cátedra ni catedrilla) un cierto ir y venir y marear proustiano que, al contrario del que a mí me parecía su modelo, no llegaba a ninguna parte, aunque entonces el que estaba muy proustiano era yo y lo veía por todas partes. Tómense todo esto con pinzas, medio mundo alaba estas obras, así que es perfectamente posible que la mía seaq una sensibilidad construida de otra manera. Se me pasan ahora por la cabeza otros dos indiscutibles de la crítica que yo no puedo ni sufrir a menos de un kilómetro: Javier Tomeo y Enrique Vila-Matas. Si no se atreven con sus novelas (no seré yo quien las recomiende) echen un vistazo a los artículos en El País del segundo, que reproducen ese mismo mundo autosuficiente habitado sólo por escritores y críticos en el que esto que el otro citó allí porque se había encontrado al tercero en un bar, (y que en realidad citó erróneamente, y fue un cuarto quien se dio cuenta de que se le había cruzado la cita con un verso de un oscuro poeta inglés que era primo del camarero del bar...) parece un evento que ilumina el mundo, una epifanía. No está hecho para mí, desde luego, me parece una glorificación de lo banal. Dublinesca es uno de los poquísimos libros que me ha aburrido hasta el cabreo, como solo consigue hacerlo una pésima función de teatro. Y ahí tienen ustedes a los críticos y los glosadores, buscando como locos sus vínculos con la realidad, que si esto fue así, que si lo otro es fabulado, que los rizos rizados entre autoficción, invención, realidad y metarrealidad... (váyanse aquí, si tienen narices, y lean sobre la tetralogía metaficticia). Por establecer un punto de comparación: el libro de Cercas sobre el 23-F (Anatomía de un instante) me parece literariamente muchísimo más rico. Insisto: literariamente.

¿Cómo les va a gustar Gloria Fuertes? A ver, que venga un glosador a buscarle los tres pies a esto:

Soy alta;
en la guerra
llegué a pesar cuarenta kilos.

He estado al borde de la tuberculosis,
al borde de la cárcel,
al borde de la amistad,
al borde del arte,
al borde del suicidio,
al borde de la misericordia,
al borde de la envidia,
al borde de la fama,
al borde del amor,
al borde de la playa,
y, poco a poco, me fue dando sueño,
y aquí estoy durmiendo al borde,
al borde de despertar.



O más sucinto todavía:

En las noches claras,
resuelvo el problema de la soledad del ser. 
Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

A menudo les digo "si esto lo firmara un tal López y se hubiera visto en Móstoles, la crítica no estaría disparando ditirambos". Pues ahora lo digo al contrario: si esto último lo camuflamos un poco y decimos que es de un lírico sufí del XIII, aplauso universal.

En fin: hay sitio para todos. Para Vila-Matas (glups) y para Fuertes. Recuerden a Alberti, que al lado de una poesía compleja tiene esas cosillas de que si se equivoca la paloma y que si los marineros, simples, cristalinas y tan alabadas por la crítica como su otra producción.

* * *
Cuanto más simple, más difícil de glosar. Esto mismo vale para la función. Es muy complicado buscar hueco para las alabanzas cuando lo que mejor han hecho Adánez y Alonso ha sido desaparecer (un gran mérito, por si es usted novato en este blog). En primer lugar, porque yo juraría que el texto es casi completito  -o sin el casi- de la propia Fuertes. Se han limitado a montar una dramaturgia comprensible con esto sacado de aquí y aquello de allá. Y la dirección está en lo mismo: una mano invisible que ha huido de cualquier presencia invasora. Todo el espacio es para la intérprete, que se marca un trabajo muy apreciable escondida bajo una modestia sin estridencias. Lo que les decía en la Guía: el montaje se parece mucho a lo que la Fuertes era. Y me refiero al fondo.

Acabo de recordar que vi a Rayo en Marca España, una función curiosa, y que estaba sembrada. No la recuerdo bien en Las cuñadas que dirigió Natalia Menéndez, porque aún no tenía blog y mis notas eran más escuetas.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 14 de marzo de 2014

MARCA ESPAÑA

Sala: Teatro del Barrio Autor y director: Alberto San Juan Intérpretes: Marta Calvó, Alejandro Casas, Vanessa Espín, José Fernández, Pilar Gómez, Anette Grzmil, Raúl Jiménez, Ana Rayo y Estefanía de los Santos. Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Espín, Fernández, Orzmil, Casas, Calvó, Santos, Gómez, Jiménez y Rayo.


Todos tenemos malos momentos. Puesto a echar un vistazo en la red sobre la Marca España, voy y me topo con la página oficial del invento. Por todos los dioses, no se la pierdan. Muy fuerte, ¿eh? Si cuando la pinchen sigue como está ahora, verán que primero los textos se pisan unos a otros, y que cuando la deslizan hacia abajo el Grupo Pascual es sustituido por Paco de Lucía. Les aseguro que no les tomo el pelo. Me pregunto cuál puede ser la utilidad de la página. 




¿Se acuerdan de Espuña? Salchichones. El niño del anuncio leía en la etiqueta Es-pa-ña, y su madre le corregía: Es-pu-ña. Pienso irremediablemente en embutidos cada vez que oigo la expresión esta de marras. Marca España, es que tiene narices la cosa: Cervantes; la fabada; León, Quintero y Quiroga; Gaudí; la tuna; El Escorial; Altamira; las fallas; Jardiel... todo en el mismo caldero. ¿Es posible que alguna vez se haya barajado el uso de este logotipo que reproduzco y que circuló por ahí? Eso lo diría todo.


Como tantas otras veces -practico una postura vital a la que llamo pesimismo operativo-  me acerqué al Teatro del Barrio como quien va a que lo degüellen. Es tan fácil mofarse de la ridícula idea de convertir a un país en una marca. Es tan previsible por dónde pueden ir un director y un grupo de actores progres con este tema. Es tan inútil el teatro de la pura militancia que no centra su empeño en el logro artístico (echen un vistazo, si les apetece, a lo que decía a propósito del tema en la crítica de El policía de las ratas y sobre los temas comprometidos en la de La esclusa). Resumiendo mucho: ningún espectáculo se salva por la nobleza del tema que trata. Rectifico: ninguno debería salvarse, aunque lo cierto es que a menudo un tema indiscutible termina por imponer una función mediocre. Me voy a ahorrar los ejemplos, que hoy no estoy de humor para sembrar vientos.

Primera imagen que me da Google para el término "pesimismo". Así me siento (de sentir y de sentar) a menudo en el teatro. Sobre todo en el Alfil.

Lo bueno del pesimismo operativo es que le hace a uno prepararse para lo peor, de modo que cualquier cosa que supere ese listón infame se convierte en motivo de celebración. Marca España me hizo pasar un buen rato. 

Casi no tiene texto original. Al noventa y nueve por ciento, reproduce cosas dichas por otros: políticos, economistas, activistas, obispos, ciudadanos airados... Así era Guantánamo, de Brittain y Slovo. Recupero un fragmento de mi crítica de entonces (2006) que también es aplicable ahora:
A pesar de su austeridad –sólo se reflejan hechos y testimonios reales- la función trasciende la mera información. No es lo mismo leer estos relatos que escucharlos encarnados en los actores: a la fría indignación moral se le suma el impacto emocional amplificado por la cercanía tanto física –los intérpretes están a dos pasos del espectador- como del estilo interpretativo. Como en cualquier iniciativa militante de este tipo, el peligro de lo obvio acecha siempre a dos milímetros, pero aquí se esquiva con habilidad reflejando también los inevitables aspectos grotescos –casi cómicos- de algunas acciones policiales. 


Aquello era un drama y esto una comedia. Allí se reflejaban algunos aspectos grotescos, y aquí lo grotesco reviste protagonismo, subrayado a veces por recursos sencillos, como el de que el sermón del obispo incluya absurdas repeticiones de la última sílaba de algunas frases. Desde luego, el peligro de lo obvio ("los generadores de la crisis son unos supervillanos") acecha, pero la energía y la calidad de los actores quedan por encima. Incluso por encima del, quizá, mayor lastre de la función. No sé si será así, pero el resultado final tiene aroma a creación colectiva. El gran riesgo de las creaciones colectivas es siempre una excesiva heterogeneidad, una sobreabundancia de ideas felices, de registros interpretativos, de densidad simbólica que el trabajo en equipo va generando y que el espectador no tiene manera de descifrar. Si ya a un único cerebro le cuesta lo suyo podar y concentrar mensajes, a un grupo se le va la olla con suma facilidad, y luego no hay quien entienda por dónde iban. Les decía prácticamente lo mismo respecto a Escriba su nombre aquí, vista hace poco en el mismo lugar. 

Marca España puede resultar un poco desparramada a ratos por este motivo, el aspecto global de la función se resiente de una estructura que se acerca peligrosamente a la sucesión de monólogos. Pero, como decía, afortunadamente los actores suplen esa falta de argamasa con un derroche de pirotecnia interpretativa. Dicho de otro modo: primorosa dirección de actores, menos acertada en la visión de conjunto.



Todos están muy bien. Es una de esas frases que a uno le prohíben en primero de crítica, por ramplona, pero qué le vamos a hacer: esta vez es insoslayable. Sabía que Marta Calvó (en la foto) y Ana Rayo son dos actrices estupendísimas. Vi a la primera mantener con soltura el tipo en un entorno tan modesto como el de Encierros. Tenía referencias excelentes de Estefanía de los Santos, a quien me perdí (ay) en la alabadísima Las plantas de Messiez. El resto han sido sorpresas. Los nueve actores interpretan a más de veinticinco personas reales. Como no quiero aburrirles con una lista interminable de lo que me pareció cada papel, me limitaré a mencionar los que más me gustaron. El Durán i Lleida de la Calvó (cierto que este tipo da él solito para dedicarle una función completa), la Michinina de los Santos, la Sáenz de Santamaría de Rayo, la anónima ciudadana andaluza (no la encuentro en el programa) de Gómez, el obispo de Grzmil y la Colau de Espín. Sí, me gustaron más las chicas, como casi siempre. Solté un par de carcajadas, sonreí mucho rato, incipientes oleadas de indignación pugnaron en algún momento por alterarme (estoy entrenadísimo en controlarlas, como ustedes, qué remedio nos queda). ¿Qué más quieren para una noche de viernes?

Nota final: El jueves 27, el Teatro del Barrio acoge un monólogo de Julián Ortega que vi en Barcelona y que no tiene desperdicio: La tigresa y otras historias, con textos de Dario Fo. Ortega realiza un alarde, tanto físico como interpretativo, que les aconsejo que no se pierdan.
P.J.L. Domínguez