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miércoles, 5 de julio de 2017

INCONSOLABLE

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Javier Gomá Director:  Ernesto Caballero Intérprete: Fernando Cayo Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Esto que leen aquí, en el encabezamiento de la crítica, estaba originalmente al final, pero lo que he venido encontrando en los últimos días me mueve a destacarlo. Ha sucedido algo curioso, que yo no había detectado nunca (esto no quiere decir que no haya ocurrido, vaya usted a saber). Todas las críticas en papel que he leído son elogiosas (analizando entre líneas las de Vallejo y Villán podría interpretarse que no les ha maravillado el texto, pero quizá sea buscar tres pies al gato). Todas las críticas digitales que he leído son negativas. ¿No es llamativo? ¿Tienen alguna hipótesis? Yo sí, pero me la callo.

LOS DE PAPEL A FAVOR:
Javier Villán en El Mundo (se la tienen que buscar en un tweet del CDN del 30 de junio, porque el contenido es de pago en su página original)

LOS VIRTUALES EN CONTRA:

Como el catálogo de opiniones sobre todo en general, y sobre la crítica en particular, es infinito, tengo algún lector al que no le gusta nada que cite, alabe o discuta las ajenas. No consigo entenderlo, la crítica es también -quiza, sobre todo- debate. ¿No vamos a poder comentarnos unos a otros? Me parece que lo que subyace en el fondo es nuestra incapacidad (nuestra, de los seres humanos quiero decir) de distinguir entre la discrepancia de ideas y la descalificación de las personas. 

Y, ahora sí, la mía.

QUE SALGAN LOS DELFINES

Caballero (director), Cayo (actor), Azorín (escenógrafo), Aníbal (iluminador), Cobo (músico) y Domínguez (figurinista) han hecho lo que han podido. Como me dijo JM ante alguno de los esfuerzos colectivos por levantar un monólogo imposible, sólo faltaban los delfines. En el momento en que me lo dijo ya llevaba yo unos minutos echando en falta a las alegres chicas de Colsada. Que entre el coro. Disparen los fuegos artificiales. Send in the clown. Que el actor se quede en tanga y haga unas piruetas en el trapecio (ojo: las piruetas acaban llegando), porque los espectadores comienzan a sufrir bajadas de tensión y está la plazuela que no caben más ambulancias.

He comenzado diciendo que Caballero (director) ha hecho lo que ha podido. No puedo decir lo mismo de Caballero en su faceta de seleccionador. Este texto no tiene ningún merecimiento para acabar representado, y mucho menos en la sala grande (!) del María Guerrero. En fin. El mundo es ansí, ya lo saben. Me pregunto si el autor conoce El año del pensamiento mágico, porque hay que tener mucho arrojo para estrenar esto después de aquello. Inconsolable es un texto pésimo en varios niveles:

1) El género. Es antidramático, no-teatral. Es un ensayo (un mal ensayo). Esto no lo digo porque su autor se haya dedicado a eso hasta ahora, sino porque es así. Y si no me creen, vayan a oírlo. No hay ni rastro de eso que llamamos arco dramático. Bueno, no. Es peor. Sí que hay rastro. Hay un intento al que se le ven todas las costuras: forzado y sin efecto. El personaje comienza diciendo que no se va a meter en cuestiones sentimentales exclusivamente suyas y que sólo hablará de conceptos universales. Declara que lo otro le parece una literatura maleducada, romanticismo trasnochado de andar restregando los propios mocos al respetable. Y luego, por supuesto, da rienda suelta a sus miserias para terminar otra vez pulcro y en registro de conferenciante. Un A-B-A clásico que podría firmar Mozart, si no fuera porque Mozart sí dominaba los tiempos dramáticos. El contraste entre ambas voces -las dos caras del personaje- se ve venir de lejos. Ayer mismo leía ese pasaje de Marsillach en el que dice que el teatro es ritmo y sorpresa. Cuanto más repite el monologuista que no irá por ahí -y lo repite cansinamente- más convencidos estamos de que en eso consistirá el giro: sorpresa, caput. ¿Y ritmo? Pues verán: el árido registro inicial dura... ¡cuarenta y cinco minutos! Está estirado hasta lo insoportable en el estilo descrito en el punto 3. No hay quien pueda. Llegados a ese lugar del hastío o salen los delfines vestidos de lentejuelas o ya no hay nada que hacer. A pesar de la trasmutación escenográfica (también, ay, previsible: las testas de las piezas metálicas que la hacen posible están incomprensiblemente a la vista).

2) El fondo. Es banal en sentido bidireccional. Ni ahorra una sola de las ideas comunes que nuestra cultura maneja sobre la muerte (desde la levedad de la tierra hasta el desplazamiento a primera línea ante el abismo que supone la desaparición de los padres; desde el consuelo que procura el afecto de los próximos hasta la perpetuación del difunto en la conciencia de los vivos; desde la cadena generacional que transmite el testigo hasta...). Ni aporta una sola idea original. Esto puede ser perfectamente tolerable en un texto dramático, que no está para aportar ideas originales sino para recrear el mundo (o una visión del mundo) en el escenario. Pero, como les he dicho, éste es marcadamente ensayístico. No hay drama (como sería preciso en el teatro), no hay ideas (como sería necesario en un ensayo). No hay nada más que sopor. Por cierto, la cosa termina autocondenada. Algo se dice al principio sobre la moralidad como refugio de los discursos vacíos. Así termina este discurso vacío: con una conclusión moral para la que no necesitábamos alforjas. Que la muerte debe impulsarnos a ser mejores. Toma.

3) El estilo. Pensé durante un rato que este estilo que combina la frialdad quirúrgica y la retórica más ramplona era un efecto buscado para reforzar el efecto de alejamiento que el personaje quería imponerse respecto a sus sentimientos profundos. Pero no. Sigue igual toda la función. Sin desaprovechar un solo sintagma trillado que saliera al paso. Por no hablar de hallazgos como "excesivismo" o "acostumbramiento". Soporífero.

El texto no tenía remisión, y mira que le han hecho de todo. Es como un abeto reseco que se han esforzado en tapar con espumillón (qué bonita palabra). El espumillón no está mal, pero al final sólo faltan los ya mencionadísimos delfines. Cae nieve, cae un árido, el suelo se levanta los pajaritos cantan... huy, perdón: el suelo se levanta, se abre una compuerta, entra música, entran ruidos, entra una discreta imagen proyectada, sube al fondo una línea horizontal verde, baja al fondo una línea horizontal verde, el iluminador despliega todo el catálogo de recursos que sabe ubicar atinadamente... Hubiera sido fantástico emplear toda esta potencia creativa en algo que mereciera la pena.

* * *
Miren ustedes por dónde, algo hay con lo que me identifiqué y que me da pie para este párrafo. Dice el personaje que no soporta en los demás sus propios defectos. Que los reconoce de inmediato y los odia. A mí me pasa lo mismo (aunque no siempre, otras veces me producen un efecto cómico y de compasión, del tipo de "éste es idiota de la misma manera que yo"). Si el texto me ha generado el rechazo que queda patente en las líneas anteriores es, en parte, porque comparte ampliamente los defectos de mi prosa. Qué les voy a contar: no sólo un deslizamiento constante hacia lo prolijo y lo repetitivo, sino también un echar mano sin cuento de las fórmulas estereotipadas, los adjetivos cantados, las expresiones hechas. Como esta misma enumeración de tres elementos de la frase anterior. A mí se me antoja que lo hago con una gran habilidad para la ironía, la autoironía y la parodia, pero digo "se me antoja", porque no es verdad. Lo que me termina saliendo es una cosa entre el BOE y el libro de texto que -alguna lucidez guardamos todos en el fondo- me aconseja no dedicarme a la literatura. Tanto menos a la dramática, que consume el tiempo del espectador a chorros. A lo mejor un día me da por estrenar algo y alguien me propina una coz calcadita a esta misma.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 1 de febrero de 2016

TERNURA NEGRA

Sala: Sala Mirador Autora y directora: Denise Despeyroux Intérpretes: Ester Bellver, Joan Carles Suau y Fernando Cayo (en vídeo) Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


¿No me digan que no mola la imagen?
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Quizá sea Despeyroux, con Carlos Be, la autora que más estrenos encadena en Madrid. Piezas de gran interés literario e impecable armazón dramatúrgico. La realidad, Carne viva, Por un infierno sin fronteras… En cartel La tentación de vivir (oportunidad de conocer un texto estupendo, a pesar de un montaje muy mejorable) y El más querido (que espero ver) en los Luchana. Estrena Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales en marzo en el María Guerrero.


    Ternura negra muestra sus técnicas y obsesiones. Dos actores presentes contra uno en vídeo (Fernando Cayo, memorable). Normalidad y paranormalidad superpuestas. Drama y comedia alternándose a cada línea. Flujo narrativo que no descarrila en las numerosas curvas. Personajes, lo veo ahora, que saltan de uno a otro título. La puesta en escena se resiente de una decisión errada: Bellver encarna a dos mujeres y, para resaltar la diferencia, el carácter de Paloma se ha atenuado en exceso, es mortecino y arrastra la función hacia abajo. Tampoco aprovecha la dirección los innumerables giros de risa, de perplejidad, de drama. No importa. La fuerza de la narración es tal que el interés del espectador se mantiene vivo. Bellver brilla de pronto en su encarnación de la reina y Suau muestra muchas capacidades por explotar a fondo. Atentos a su “¡Insensata!”.

Y algunas cosas que no cabían allí:

Casi mejor empezamos por los enlaces a las piezas de Despeyroux que pueden encontrar comentadas en el blog (y aún falta El más querido, no hay quien le siga el ritmo): La realidad, Carne viva, Por un infierno con fronteras, La tentación de vivir. 

Acabo de releer la introducción que escribí para La cumbre, otra fantasía estuardiana que Fernando Sansegundo montó hace unos meses.  Viene al caso y me quedó bastante mona, la voy a rentabilizar copiándola directamente. Aquí va (si no le interesa la introducción, salte hasta después de la foto de la Bergman):

La relación entre María Estuardo, reina de Escocia, e Isabel I de Inglaterra es uno de esos nodos de la historia que, en algún momento, dejaron de ser anécdota para simbolizar una categoría. Como el asesinato de Julio César. Se siguen creando: es posible que le ocurra lo mismo a Diana de Gales en cuanto el tiempo descascarille la pátina de tele y prensa basura que lleva adherida. Imaginen dentro de un par de siglos esta historia de la princesa de la mirada velada ignorada por el malvado -y feo- heredero. Parece un cuento de Perrault.

Grabado de la época sobre la decapitación de María. Huy, spoiler.
Si la esencia del conflicto de Diana es la del amor de una ingenua muchacha por un cínico que la desprecia, en el caso de las reinas primas el nudo está en "no quiero matarte, pero si no lo hago me arriesgo a que me mates tú". La teoría de juegos ha explorado estas situaciones, la más conocida de las cuales se llama dilema del prisionero. O sea, en el fondo de esta rivalidad histórica se esconden nada menos que los pares colaboración/competición, confianza/desconfianza. Ambas hubieran ganado con la opción de la confianza: en estabilidad política, en tranquilidad personal. Por no decir que María hubiera salvado la vida e Isabel la conciencia. Pero era todo extremamente complicado: ellas dos no eran más que los vértices de complejísimos entramados de intereses territoriales, dinásticos, religiosos... Con su pan se lo coman los que opten a semejantes concentraciones de poder. Estoy viendo estos días la tercera temporada de House of cards y no dejo de preguntarme cómo puede haber quien quiera ser presidente de los EE.UU. Un tipo al que sacan de la cama de madrugada para que intervenga en quién sabe qué entuerto y decida sobre la vida y la muerte de perfectos desconocidos. Prefiero trabajar en una churrería.

La versión de Abel de Pujol
Alexandre-Denis. Me pirra el historicismo.
A los que preferimos trabajar en una churrería nos parece que habría que suplicar a la gente que aceptara ser rey de Escocia (serlo entonces, ser rey ahora es como ser relaciones públicas de Pachá, pero a lo grande; véase El discurso del rey) o presidente de los Estados Unidos. El corolario parece simple: los que buscan esas ubicaciones no son como nosotros. Pero no es exactamente cierto, son lo peor de nosotros mismos. En el caso que nos ocupa, tanta ambicion, tanta falta de escrúpulos, el aura de la realeza y la relación de familia... Todo parece diseñado para fascinar. Por cierto: no eran exactamente primas. Isabel era nieta de Enrique VII (el padre de Enrique VIII, aquel simpático muchacho) y María bisnieta del mismo. La primera era tía-prima de la segunda. Le cortó la cabeza, sí, pero la venganza de María, como la de Banquo en Macbeth, sería póstuma: fue su descendencia la que ocupó el trono de Inglaterra. Por cierto, ¿saben quién descendía de María Estuardo? La difunta duquesa de Alba y, claro está, sus hijos. Como ven, los siglos pasan y las jerarquías permanecen.


Mary of Scotland, de John Ford. Parte de la corriente de "beatificación" de María
frente a la perversa Isabel.

Fascina María, sí, al menos desde Schiller y Donizetti hasta la Katharine Hepburn de la foto, pasando por la biografía de Stefan Zweig. (Maravillosa biografía, ya que estamos. Mentirosa, claro, en la perfecta coherencia que Zweig otorgaba siempre a sus biografiados, pero de lectura apasionante). Fascina todavía lo suficiente como para que La cumbre coincidiera unos días con Ternura negra de Despeyroux en La Zona Kubik. Me la perdí (es jorobadamente complicado organizarse para llegar hasta allá), pero vean la sinopsis: Un autor y director de teatro obsesionado con la figura de María Estuardo se instala en una tienda de campaña junto al castillo de Tutbury, donde la reina pasó gran parte de su cautiverio. Pretende comunicarse con el fantasma de la trágica y última reina de Escocia. Helado en el interior de su tienda de campaña, el autor se dirige a través de Skype a una actriz y a un actor que ensayan en una buhardilla destartalada y con goteras. No es un asunto fácil, pero se complica  todavía más cuando el autor decide colarse en una habitación del castillo que ha sido clausurada por su alarmante grado de actividad paranormal. Las cosas más inesperadas pueden pasar en una sesión de espiritismo a través de Skype. Mola, ¿eh? A ver si la reponen.

* * *

Pues la han repuesto, afortunadamente. Y el texto es tan interesante como me había hecho esperar la sinopsis. Como siempre en Despeyroux, la capacidad de amalgamar elementos incoherentes. También -y esto no lo dije en la crítica colgada ayer sobre La tentación de vivir- la capacidad de sobrevolar los géneros, explotando sus convenciones pero sin dejarse atrapar (y esto, como su fertilidad, la aproxima a Carlos Be). Para poner la etiqueta de género a la crítica de Ternura negra en la Guía del Ocio tuve que mirar la que traía en el numero precedente. Es cierto que, cuantitativamente, son más los recursos de comedia empleados. Pero esto no resta peso al drama histórico (la posesión de la protagonista es una oportunidad de oro que la dramaturga aprovecha para ponerse a escribir como Schiller, supongo que lo pasó en grande), la historia de fantasmas, el retrato psicológico...


* * *
Dos actores presentes contra uno en vídeo. Como en La realidad. Esto se dice fácil, pero no olviden un pequeño detalle: el procedimiento obliga a los actores en carne y hueso a milimetrar los tiempos, para coincidir siempre con lo que dice el tercero en la pantalla. Virtuosismo técnico (de técnica interpretativa, quiero decir).

* * *
Personajes que saltan de uno a otro título. El personaje de Suau viene de Carne viva (el niño índigo con una profesora de baile que habla italiano) donde, además, lo hacía él mismo. Curioso e interesante efecto. Algo he leído por ahí (¿Los nombres de los personajes? Oigo tantas campanas que no sé dónde suenan) que me hace pensar que Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales tendrán relación con La realidad. ¿Las obras de Despeyroux como facetas de un único mundo? Me gusta la proustiana idea. A la búsqueda de la realidad perdida.

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Innumerables giros de risa, de perplejidad, de drama. Con el riesgo de aburrir a las vacas -expresión que me enseñó A. y que adoro- lo repito otra vez: este texto es un filón. Hay para ensayar meses. Entre lo que ocurre en la realidad, lo que ocurre en la hiperrealidad, lo que ocurre dentro de ella y lo que ocurre dentro de él, hay un tomate bestial. Todo el mundo se ha quedado corto en esta versión, pero aun quedándose cortos les ha salido bonita, digamos suficiente. Pero que eso no impida apreciar la enorme potencialidad del texto.

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Es conocida la solvencia de Bellver (creo que lo último que le he visto es Montenegro y Rinoceronte). Suau (en la foto) es más joven y lo conocemos menos. Lo vi por primera vez en Carne viva y me lo he perdido en El más querido (donde lo sustituye un estupendo Juan Ceacero). Confirmo la primera impresión: es un tipo con capacidad, al que es posible que veamos hacer cosas importantes. Me parece que se dejaría exprimir más de lo que Despeyroux lo ha podido exprimir aquí. Se pasa media función intentando desprenderse de la sustancia viscosa y pesada que desprende el personaje de Paloma (ojo, que he dicho el personaje y no la actriz; la actriz se despierta cuando hace de María Estuardo y muestra lo que sabe hacer).

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¿Creen que seré capaz de ir colgando una crítica al día hasta recuperar el paso? No, yo tampoco lo creo. Por si acaso, les adelanto que La respiración y De algún tiempo a esta parte, caen del lado del sí, y La estupidez -ay, qué decepción- más bien del lado del no. Seguiremos informando.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 8 de enero de 2015

RINOCERONTE

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Eugène Ionesco (versión de E. Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: José Luis Alcobendas, Ester Bellver, Fernando Cayo, Bruno Ciordia, Paco Déniz, Chupi Llorente, Mona Martínez, Paco Ochoa, Fernanda Orazi, Juan Antonio Quintana, Juan Carlos Talavera, Janfri Topera, Pepe Viyuela y Pepa Zaragoza Duración: 2.10'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

No sólo el totalitarismo, como dice el programa de mano: Rinoceronte critica cualquier forma de deshumanización. Y creo que denuncia también los infernales mecanismos que se desatan cuando todos nos ponemos de acuerdo en algo.
Con esto de la violencia en el deporte, por ejemplo, hay quien está pidiendo censuras norcoreanas en twitter. Me dan más miedo que los otros. Pero, al margen de que critique esto o aquello, es una cumbre de la dramaturgia del siglo XX. Mucho menos absurda para la sensibilidad contemporánea que cuando se estrenó.

    
Caballero ha puesto en pie una versión con una primera media hora de brillantez pirotécnica y un final de gran altura. Todo lo que queda en medio no alcanza esos niveles, pero cumple. Soberbio elenco. No sé si podré imaginarme a Berenger a partir de ahora con cara distinta de la de Viyuela. Fernando Cayo está sobrehumano en la transformación en rinoceronte (habría que decir infrahumano), pero me quedo con la escena inicial de ambos en la terraza del bar, que tiene momentos insuperables. Quiero presidir el club de fans de Orazi. Y ser vicepresidente del de Alcobendas. El resto de intérpretes pone una joyita aquí y otra allá: ay, esa manita que Quintana mueve displicente, cuánta sabiduría. La escenografía de Azorín y el sonido de Cobo son dos personajes relevantes añadidos. Me sobran algunas idas y venidas.

Y lo que no cabía allí:

1.- Con esto de las entrañables fiestas, escribí la crítica de Rinoceronte bastante antes de su publicación. Todavía coleaba bastante la monstruosidad aquella del hincha asesinado en el Manzanares. Muy a mi pesar, me trago horas y horas de información futbolística. Si son aficionados a la radio lo entenderán: es imposible evitar el fútbol. Pues bien, un par de días después del suceso se había producido uno de esos terroríficos fenómenos por los que todo el mundo empieza a decir lo mismo y -lo que es peor- compite en ver quién llega más lejos en la militancia. Los comentaristas deportivos estaban pidiendo las penas del infierno para cualquiera que llamara tonto a alguien en twitter. Habían pasado en diez segundos de cero (nadie hablaba de violencia) a cien (se desató la caza de brujas). Cuando digo en la crítica impresa que no sé quién me da más miedo, no es un recurso retórico. De hecho, creo que me dan más miedo los biempensantes organizados que los malhechores¨confesos. En ésas estaba, con esta ampliación pendiente, cuando se produjo la masacre de Charlie Hebdo. Y para qué les voy a contar. Estamos ahora mismo en aquella situación que tan bien describió Mel Brooks en La loca historia del mundo. Reconstruyo de memoria "¿Qué hizo su padre para acabar en la Bastilla? - Él... él... dijo una vez que no todos los pobres son tan malos" (gesto de horror del interlocutor). Decir lo contrario de lo que piensa la mayoría es una actividad de riesgo, en Karachi y en Madrid. Lo es incluso -salvando las distancias entre el degüello y el exabrupto, claro está- en un blog de teatro (miren si no los amables insultos que me dedica un comentarista anónimo, por haberme atrevido con el Tenorio). Lo que Rinoceronte describe es esa dulce pendiente por la que basta dejarse resbalar para encontrar el reconfortante abrigo de la manada. Qué miedo me dan los consensos.

2.- Esa primera media hora de la que hablo en la crítica en papel es una proeza. Con todos los personajes en danza, rodeando al espectador (al espectador de platea, alrededor de la cual se han dispuesto dos pasarelas pegadas a los palcos). Con un ritmo trepidante y todo perfectamente encajado en su sitio, de tono y de tiempos. Estupenda Mona Martínez, como siempre que la he visto.

3.- Todo lo que queda en medio no alcanza esa altura, publiqué. Me he dado cuenta, después de leer a Ordóñez, de que la responsabilidad recae fundamentalmente en el texto. A veces ciega el brillo de la gloria, y no es fácil confesarse a sí mismo que un texto de Ionesco es mejorable. Alguno encontrará dificultades para creer esto, pero intento enfrentarme a todo con humildad, tanto más a Ionesco. Pero, efectivamente, la parte central podría podarse un poco más de lo que ha hecho Caballero, con ventaja para el resultado.

4.- El final de gran altura al que me refiero en la crítica en papel es, lo sabrán si conocen la pieza, de Viyuela y Orazi. No estoy de acuerdo con Ordóñez en eso de que "a veces tiende a la crispación, a un cierto exceso de trazo", pero sí en lo que dice de su actuación aquí: contenidísima. Yo diría más bien integradísima, tan natural, tan completamente confundida con texto, partenaire y entorno que pasa sobre las angustias de Berenger como si no le afectara la ley de la gravedad. En este final brilla además un inesperado efecto escenográfico, que no les quiero revelar. En algún momento anterior, se me antojó que tanta estructura no se justificaba por el deambular de figuras enmascaradas. Es más: que a las figuras se las hacía deambular precisamente para justificar la estructura. Pero, como tantas cosas con justificación a posteriori, es el efecto final el que arroja luz sobre la masiva presencia de la escenografía. Hablando de luz, los crudos tubos fluorescentes del final son también un hallazgo (de Valentín Álvarez). A la altura del efecto sonoro que, en ocasiones, invade el teatro con el ruido de las estampidas lejanas (y que recuerda a los truenos, preludio de revolución, que sonaban en El juego del amor y del azar en el mismo teatro.

5.- Les confesaré que Viyuela me daba miedo. No por sus eventuales carencias, que no se me alcanzan, sino por sus virtudes. Tiene el infrecuente don del payaso. Imagínense un Berenger apayasado... para echarse a temblar. Mea culpa, Viyuela sabe muy bien dónde se aplican los registros. Me arrepiento de haber dudado. Su Berenger es nervioso, pero en su punto justo. Vulnerable, pero sin pasarse. Lo necesario para que cualquiera pueda identificarse con su desasosiego. La señora Boeuf de Ester Bellver y el Botard de Janfri Topera son, simplemente, inmejorables. Paco Déniz coloca bien hasta el rap, que ya es decir. Sí, en medio de Rinoceronte el rap del lógico va de miedo, mérito de actor y director. Juan Antonio Quintana habita este extraño mundo como si llevara ahí toda la vida, con un apabullante derroche de naturalidad. Igual que en aquel Esperando a Godot de Sanzol. No sé si el de Dudard será el papel más complicado, pero me parece dificilísimo: tiene que moverse en zigzag, sin avanzar para ninguna parte y, a poder ser, sin parecer idiota. Alcobendas está especialmente dotado para estas situaciones ambiguas, algo parecido a lo que bordaba en Un hombre con gafas de pasta (atentos, vuelve a primeros de febrero al Lara).

He tardado un mes y cuatro días en terminar la crítica. Ya perdonarán.
P.J.L. Domínguez