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jueves, 13 de octubre de 2016

LA MENTIRA

Sala: Teatro Maravillas Autor: Florian Zeller (versión de David Serrano) Director: Claudio Tolcachir Intérpretes: Carlos Hipólito, Natalia Millán, Armando del Río y Mapi Sagaseta Duración: 1.20' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Encuentro la foto en el twitter de Atención, obras
La crítica de una función que habla de la verdad y la mentira sólo puede ser encabezada por la madre de todas las citas en esta cuestión. Es de Voltaire y aparece en una carta a Thiriot del 21 de octubre de 1736. Si algo cultivaban las élites francesas del XVIII -aparte de la opresión del prójimo y el lujo sin medida- era el estilo epistolar.

Le mensonge n'est un vice que quand il fait du mal; c'est une très grande vertu, quand il fait du bien. Soyez donc plus vertuex que jamais. Il faut mentir comme un diable, non pas timidement, non pas pour un temps mais hardiment et toujours.

(no se fíen mucho, que la traducción es mía)

La mentira sólo es un vicio cuando hace el mal; es una muy gran virtud cuando hace el bien. Sed pues más virtuoso que nunca. Hay que mentir como un diablo, no tímidamente, no por un tiempo, sino osadamente y siempre.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

 Florian Zeller debe de ser el autor francés vivo más representado fuera de Francia. José Carlos Plaza y Héctor Alterio traerán al Bellas Artes este mismo mes El padre, su obra más premiada. Flotats montó en 2012 La verdad, una pieza que –ya desde el título- hace juego con La mentira, como dos candelabros en la repisa de la misma chimenea. Aquélla quizá más juguetona, ésta a lo mejor un pelín más reflexiva; ambas centradas en los puntos tangenciales y las intersecciones entre la sinceridad y la hipocresía, un despliegue de esprit francés sobre un asunto –el amor y el engaño- que fascina a nuestros vecinos del norte por lo menos desde el XVIII.


    La mentira amontona réplicas ingeniosas, usa con habilidad el contraste entre lo que los personajes dicen y lo que sabemos que piensan, está escrita para funcionar con la mecánica de la risa. Sin embargo, Tolcachir no ha optado por la carcajada constante, sino por un humor más sosegado. No por ello es la función carece de ritmo; avanza con decisión y procura un buen rato. Es posible que Carlos Hipólito y Natalia Millán hubieran dominado también esa alternancia constante de frase y risotada del público que es prácticamente un subgénero –el que termina provocando dolor en las costillas- pero se desenvuelven perfectamente en un registro que ha querido escorarse hacia la alta comedia.

Y lo que no cabía allí:

1.- Voy a soltarlo cuanto antes. La crítica en papel mencionaba sólo a la pareja protagonista: Hipólito y Millán. Siempre estupendos. No pío de la otra, porque esto que voy a decir no puede condensarse en el espacio del que allí dispongo, so pena de herir injustificadamente. Mapi Sagaseta es un error de casting. La culpa no es suya, sino de quien la eligió. Me explico. Mencionemos una actriz indiscutible. La Espert, que está demostrándolo otra vez todas las tardes en la Abadía. ¿Podría interpretar a Heidi? No, no podría. Es una reducción al absurdo, ya lo saben ustedes que son muy espabilados. ¿Quién es su tenor favorito? ¿Domingo, Kraus, Carreras, Pavarotti...? Da igual, todos patinaban cuando se ponían a cantar repertorio popular. Por un motivo muy simple: la técnica del bel canto les impedía radicalmente adoptar el estilo que exige un tango o lo que fuera. En fin, no seguiré diciendo tonterías. Este papel no era para Sagaseta que, entre otras cosas, compone una pareja completamente in-ve-ro-sí-mil con Armando del Río. La entrada de ambos es estrepitosamente turbadora, saca al espectador de la ficción de golpe. Cuanto más se achuchan más salta a los ojos la ausencia de lo que suele llamarse química (estomagante metáfora, pero seguro que la entienden). Esto no quiere decir que sea una actriz buena, mala o regular, no es fácil saberlo tras verla en el Maravillas. Yo diría que las coloca bastante bien, pero no soy capaz de asegurarlo. Por cierto, vi a Armando del Río en la reposición de la versión dirigida por Mariano de Paco de Danny y Roberta en la Mirador, y estaba estupendo. No tuve tiempo de contarlo. Mayor y más peligroso que Álex García en el mismo papel. Otra visión, ambas posibles.

2.- La cuestión de la carcajada. Les contaba a propósito de Serlo o no que quien ha hecho La mentira en Francia es el muy popular Pierre Arditi. Por los pocos fragmentos de vídeo que encuentro, y como en el caso de Serlo o no, me parece que la versión original está más orientada hacia la risa que la de Tolcachir. Y, después de pensarlo un poco más desde que escribí la crítica en papel -y a diferencia quizá de Serlo o no- creo que iría mejor así, bien trufada de carcajada, pausa de la acción para esperar a que el respetable recupere el silencio, y adelante. Hemos visto a Hipólito hacer de todo, hasta cantar. Seguro que también lo haría bien. ¿Por qué me parece que la función puede rendir más así planteada? Simplemente, porque diría que es un texto construido con ese fin. È la morte sua, en imagen culinaria italiana. Aunque les aconsejo que dejen todo esto que digo en el cajón de las hipótesis: yo he oído el texto una vez y quienes lo han puesto en pie lo han leído mil veces. Es muy posible que me equivoque. 

3.- Es un pasatiempo inocente, sí, pero no sólo eso. Comulgo con Voltaire tanto como Voltaire mismo. Cuando el personaje de Flotats en La verdad (también fue Arditi quien lo hizo en Francia) defendía con orgullo el mérito que entraña esforzarse por mentir a quienes desean que les mientan, yo pensaba "qué gran verdad" mientras el público se partía de risa. Vamos, que no me parecía un chiste. Pues bien, a pesar -o quizá por eso- de mis convicciones en este asunto, mientras veía La mentira no hacía más que ponerme en la piel de quienes creen sinceramente no sólo que es preciso decir la verdad siempre, sino que además están honradamente convencidos de hacerlo. Supongo que la pueden ver o tronchados de risa porque todo va de broma o quizá un poco soliviantados por alguna ráfaga de indignación. En cualquier caso, en medio de un vendaval de ardides y trampas, y de giros en la argumentación de los protagonistas (llega un momento en que uno ya no sabe quién miente ni para qué), en medio de estas risas, hay una interpelación bastante seria a la moral del espectador.

4.- Excelente traducción de David Serrano. No creo que, a oído gentil, fuera posible adivinar de qué lengua proviene el texto. Está en castellano-castellano, algo que no pasa casi nunca. Hasta a Mauro Armiño (uno de mis héroes) / Flotats se les cuela alguna en Serlo o no. Los pongo con barra porque no sé si es galicismo del traductor o catalanismo-galicismo del actor.

5.- Supongo que está claro como el agua clara, pero por si acaso lo digo: la comedia está correctamente dirigida, pero NADA hace ver que detrás de esto esté Tolcachir, el de la trilogía o el de, mismamente, Emilia.
P.J.L. Domínguez

          

miércoles, 5 de octubre de 2016

LA VIUDA ALEGRE

Sala: Teatros del Canal Autores: Victor Léon y Leo Stein / Franz Lehár (versión de Enrique Viana) Director de escena: Emilio Sagi Director musical: Jordi López Intérpretes: Natalia Millán, Antonio Torres, Silvia Luchetti, Guido Balzaretti, Iñaki Maruri y David Rubiera Duración: 1.20'
La función ya no está en cartel


Foto: José Mari Martíne
Segunda entrega de las funciones perdidas de la temporada pasada. Ahí va la crítica publicada en la Guía del Ocio:

    Lehár estrenó esta musiquilla pegadiza en 1905 y, aunque fuera el canto de cisne de un mundo al que le quedaba un suspiro, se nos ha quedado bien pegada. Tiene, además, la suerte de que la opereta vienesa se ha cargado de glamur con el tiempo. Al contrario que la zarzuela, que no se sacude la muy injusta acusación de casposa. Cientos de zarzuelas hay con más libreto y más música que La viuda alegre, dicho sea sin restar mérito a la viuda: la combinación de frivolidad, fantasía no se sabe si balcánica o centroeuropea y uniformes austrohungáros funcionará siempre.

    Da de sobra para más chisporroteo, pero el montaje de Sagi se deja ver: lo ha desplazado hacia el musical, alejándolo de la ópera. Se nota en la elección de intérpretes y estilos vocales, y quizá también en el ritmo escénico. La escenografía de Bianco es atractiva, la pareja de la subtrama (Silvia Luchetti, más suelta que en Sonrisas y lágrimas, y Guido Balzaretti, preciosa voz de bonitos quiebros) funciona y, sobre todo, hay una estrella. Nuestra industria del espectáculo produce pocas de ésas que unen al talento una indefinible aura de encanto: Natalia Millán es, una vez más, alma y centro de la función.

Déjenme que les cuente algo, ahora que empieza ya a invadirme la melancolía del otoño. Era yo muy joven, vivía en un estudio de dos plantas con piano de cola y vistas al jardín. No, no he sido millonario, fueron azares de la existencia. Cuando la señora de la limpieza me encontraba sentado ante el teclado, me decía "Dai Francé, suonami La vedova allegra", y yo tocaba el celebérrimo vals mientras Giovanna ponía expresión de arrobo apoyada en la fregona. Sí, estaba viviendo dentro de una ficción, una película al estilo de Gene Kelly o cualquier otra fantasía de -pongamos- americanos en París. Pero era demasiado joven hasta para darme cuenta. ¿Qué será de Giovanna? Benditos recuerdos.

P.J.L. Domínguez

          

lunes, 21 de septiembre de 2015

WINDERMERE CLUB

Sala: Teatro Fernán-Gómez Autor: Óscar Wilde (versión libre de Juan Carlos Rubio de El abanico de Lady Windermere) Director: Gabriel Olivares Intérpretes: Natalia Millán, Susana Abaitua, Teresa Hurtado de Ory, Javier Martín, Emilio Buali y Harlys Becerra Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Harlys Becerra, Natalia Millán y Susana Abaitua


No es que haya nadie que lo haga rematadamente mal en Windermere club. Pero Juan Carlos Rubio, cuyo talento está fuera de duda desde Las heridas del viento, dice en el programa de mano "no me interesaba la época victoriana, no me interesaba el discurso sobre la moral y las buenas y malas mujeres, no me interesaban algunos personajes que reflejaban un estilo y un momento definitivamente obsoleto", y ya vamos mal. Por una parte, no es completamente cierto que no le interese: toda la función está taladrada por la clasificación de las mujeres en buenas y malas. Y es, toda ella -tanto en el original de Wilde como en la versión de Rubio- un discurso moral. No en vano gira sobre el acto de bondad cometido por alguien que, hasta ese momento, es presentado como el paradigma de lo peor (hizo lo peor que una mujer puede hacer, incluso en 2015: abandonar a su hija; aparte de irse con... catorce hombres, como Katy se apresura en detallar). 




Esto de las malas y buenas mujeres es tan central en la obra que basta un vistazo a la wikipedia para enterarse de que dos de las versiones cinematógraficas se titulan Historia de una mala mujer, una, y A good woman, la otra. El tema -eso que nos enseñaban a mencionar en primer término en los análisis de textos del bachillerato- no es otro que las relaciones entre la bondad y las conductas rechazadas socialmente o, en otras palabras, la posibilidad de que un apestado sea buena persona. Vamos, talmente La dame aux camélias (cuarenta y cuatro años anterior a nuestra pieza, tienen a Greta Garbo en la foto) o Boule de suif (doce años anterior). El cine calcaría después en innumerables ocasiones el tipo de la antiheroína que se sacrifica al final para que el chico se vaya con la buena. En el caso de las mujeres -siglos de discriminación obligan- la mala es casi siempre una perdida, una mujer que se va con un hombre (o con catorce, para eso es una perdida) que no se le había asignado, una transgresora de la moral sexual. 

Pero lo que Rubio diga al definir lo que hay o no hay en su propio texto no es lo que nos importa. Un artista puede decir lo que quiera sobre su obra (a veces, eso que dice es parte de la misma, por lo menos desde Dalí y Warhol), aunque lo más habitual es que no acierte mucho. Lo que lastra la función desde su origen es que el intento por sacarla de su asfixiante ambiente original deja al drama sin sustancia. Me explico. 

Mrs. Erlynne (madre de Lady Wintermere) abandonó a su marido y a su hija hace veinte años. Tan abominable crimen fue castigado con la damnatio memoriae: fue completa y definitivamente expulsada de su círculo social y de su familia, y su hija creció creyéndola muerta. Como en Pakistán ahora mismo, salvado el ácido. El ácido parece ser un medio muy popular para ejercer violencia contra las mujeres en la península del Indostán, pero no vayan a creer que la Inglaterra victoriana se quedaba muy atrás, basta que recuerden a Jack. En definitiva, Mrs. Erlynne pudo considerarse afortunada por salvar el pellejo a cambio del ostracismo, de ser una apestada, una puta (Santiago está a punto de pronunciar la palabra, pero Sara le cierra los labios) con la que ninguna mujer decente estaría dispuesta a mantener una simple conversación. Esto es lo que se jugaba la que se atrevía a meterse en una cama prohibida. Esto es lo que subyace bajo La regenta, Madame Bovary y Ana Karenina. ¿Tengo que recordarles los agradables finales de las tres? 

Y de esto es de lo que Mrs. Erlynne quiere salvar a su hija. Y por eso está dispuesta a sacrificar la vía de regreso a la aceptación social que había diseñado cuidadosamente. Y por todo esto le dice Natalia Millán a Susana Abaitua, en la escena más conseguida del montaje: "estás al borde del abismo". Y miente. Ella sabe que miente, y todos sabemos que miente. Porque una mujer que deja a su marido en el Windermere Club de Miami en 2015 rehace después su vida (como dirían en Sálvame) sin que nadie le vaya a decir a su niño que murió y no le permita volver a verlo en lo que le quede de vida... etc. Este abismo es, frente al abismo que se abría a los pies de Lady Wintermere, un abismito, un abismín de nada, una amenaza insignificante -la de una catástrofe sentimental- que le roba a la pieza toda su grandeza y -lo que es más- el espectacular contraste entre lo dramático del fondo y lo liviano de su tratamiento, que es característica central del estilo de Wilde. Él mismo terminaría experimentando en sus propias carnes lo que suponía transgredir los códigos de una sociedad machista e hipócrita sin guardar las apariencias debidas: de dandy liviano a presidiario aplastado por el peso del rechazo social.


En Pequeñeces, el Padre Coloma no vio necesario que la sociedad se tuviera que molestar en alejar a la mala de su hijo.  Llega la justicia divina y el niño se ahoga, hala. Dumas hijo, el autor de La dama de las camelias, fue apartado de su ilegítima madre.

¿Era posible trasladar a los Wintermere al Miami de 2015? Por supuesto, siempre que se mantuviera la envergadura de la amenaza. Miren West side story, un Romeo y Julieta en Nueva York y en 1957. ¿Por qué se sostiene? Porque los protagonistas son tan cafres como los originales, y sabemos desde el primer momento (como en Shakespeare) que aquí puede correr la sangre. Avancemos en el tiempo: Hey boy, hey girl. Aquí no sólo los personajes son tan descerebrados como para haberse metido en este engranaje diábolico del reality, sino que la presencia aplastante del monstruo mediático hace -como dije en su día- que la certeza del final trágico esté siempre ahí al fondo. Claro que Windermere Club ha intentado algo parecido con la reportera chismosa y su columna en el Herald, pero no es suficiente. Habla Vallejo de "la temida reacción visceral de su esposo" (Lord Wintermere / Santiago / Harlys Becerra), pero a mí me parece que, para mantener el nivel de presión del texto original, su reacción tendría que estar mucho más cerca de la navaja o el estrangulamiento, aunque entonces la función sería otra, y no el amable pasatiempo que es. Ese exquisito equilibrio que Wilde guarda, decíamos, entre el fondo del drama y el ligero envoltorio de comedia de salón necesita de esa sociedad victoriana que a Rubio no le interesa o de un equivalente capaz de hacer el mismo daño, de desgarrar las vidas de los transgresores con la misma eficacia que aquélla. Y en esta versión no hay nadie dispuesto. Katy, la reportera, es noqueada por la perdida en menos de un minuto. El marido celoso tira más a gatito desvalido que a maltratador.
* * *
Si añadimos a todo esto que

(ATENCIÓN, SPOILER)

el final está alterado para que todos sean felices y coman perdices, que los personajes están dibujados sin mucho matiz e interpretados, sobre todo los secundarios, como personajes cómicos de carácter, y que todo está bañado por una pátina de anécdota amable, lo que resulta es una comedieta sin mucha sustancia, sin que llegue a tener tampoco mucha risa. Con algún detalle incomprensible, como que la dirección haya ubicado a Javier Martín en un lugar cercano a Cantinflas -no exagero- de manera que sólo la habilidad del actor consigue encajar a su personaje a duras penas en el grupo. 

También hay alguna escena lograda: el diálogo final de Santiago y Sara y, desde luego, la escena central entre Natalia Millán y Susana Abaitua. Es como si las dos se dijeran, "al fin solas y tranquilas, vamos a actuar, que es de lo que se trataba". Todo lo que dice Millán, una mujer con el glamour incorporado de serie, eleva un poco el tono general de la función, que queda bastante por debajo tanto de la actriz como del personaje, un personaje rodeado por un aura de elegancia, perdición, sabiduría... que exige un entorno de cierto nivel para resplandecer. Es como esperar que Ava Gardner brillara en Aída, ya me entienden. 


Y a Susana Abaitua estaba esperando volver a verla desde una maravillosa prostituta que encarnó en Naturaleza muerta en una cuneta (la tienen en la foto, con Raúl Prieto). Está aquí ingenua, adorable, tierna... como tiene que estar. Espero verla más a menudo, me parece que tiene talento para intentar cualquier cosa.

Los demás están bien, ya les he dicho al comienzo que nadie ha hecho nada muy mal. Lo que no tira es el invento en su conjunto.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 26 de septiembre de 2014

DONDE HAY AGRAVIOS NO HAY CELOS

Sala: Teatro Pavón Autor: Francisco de Rojas Zorrilla (versión de Fernando Sansegundo) Director: Helena Pimenta Intérpretes: David Lorente, Jesús Noguero, Óscar Zafra, Rafa Castejón, Marta Poveda, Clara Sanchis, Fernando Sansegundo, Natalia Millán y Mónica Buiza (acordeonista: Vadzim Yukhnevich) Duración: 1.50' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)


Marta Poveda y Clara Sanchis.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Donde hay agravios no hay celos maravilla desde hace cuatro siglos a todo el que la ve. Maravilla su impecable construcción cómica, la complejidad de sentimientos y reacciones que la rebuscada situación provoca, el tino con que esa complejidad se subraya mediante los apartes en los que los personajes glosan cada uno su propia circunstancia, sucediéndose las intervenciones en ráfagas que apabullan al espectador con ritmo de ametralladora. Y no sólo. Maravilla hoy en día la evidente rechifla con que se trata cuestión tan elevada como el honor. Maravilla también, y esto en sentido opuesto, la naturalidad con la que se integra en la trama la espantosa condición femenina de la época: a nadie extraña que Don Juan pueda matar a su hermana deshonrada.


    Creo que como mejor se sostiene el texto es virando hacia la farsa. Así lo hizo Liuba Cid hace un año con excelente resultado. También Pimenta se acerca, aunque yo diría que no lo suficiente. Algún personaje está extremamente estilizado (Doña Inés) y alguno en el opuesto extremo de la contención (Don Lope). No acaba de perfilarse un estilo interpretativo coherente, pero eso no impide que sea una función en la que haya mucho que disfrutar. Como los monólogos de Natalia Millán y Marta Poveda, o la escena entre Lorente y Sansegundo, de altísimo vuelo.  


Y lo que no cabía allí:

1.- El intercambio entre los de arriba y los de abajo es tan constante en la historia de la ficción que es relativamente frecuente que coincida en la cartera más de un relato de esas características. Acabamos de ver Medida por medida (con el duque disfrazado de fraile) y llegará dentro de nada (cuento los minutos) El juego del amor y del azar de Marivaux que ha dirigido Flotats. El recurso sigue siendo efectivo hoy, pero imaginen la potencia que debía de tener cuando los seres humanos eran incluso jurídicamente distintos desde la cuna. Este juego del disfraz en Donde hay agravios no hay celos tiene numerosísimos parientes en nuestro Siglo de Oro, pero se me antoja que en Rojas Zorrilla adopta un tipo de frivolidad galante que anuncia el XVIII, y que quizá de ahí derive, en parte, la gran fortuna internacional de la obra. Espero que ningún catedrático de historia del teatro lea estos disparates, pero me gustaría verla alguna vez ambientada en Versalles, con peinados a la Pompadour, chorreras, frufrú y reverencias. A la espera de eso, el elenco que canta y baila le da cierto oxígeno a esta versión, y el acordeón en directo es un acierto que me recuerda a Vasco.

2.- Eso que decía yo del abanico de estilos intepretativos (desde la estilización de Sanchis hasta la contención de Castejón) lo ha dicho también García Garzón, casi con las mismas palabras. Que dos tipos tan distintos (él es mejor) digamos lo mismo parece corroborar que Pimenta, por una vez, no tenía claro el tono que quería dar a la función. Lo de Sanchis podría haber funcionado si todo el mundo estuviera ahí, pero la dejan sola en ese lugar y terminan sobrando buena parte de los mohínes. El Sancho de David Lorente, en el registro clásico del gracioso, terminó cargándome un poco, aunque todo el mundo lo ha puesto bien. Y está, desde luego, estupendo en la escena mencionada con Fernando Sansegundo, que todo lo hace bien, siempre. Aunque en un papel breve, Óscar Zafra las coloca todas. El protagonista, Noguero, bien sin alharacas.

3.- Pero las que se llevan la función de calle son Marta Poveda y Natalia Millán. Poveda está toda la función en un punto medio entre Sanchis y Castejón que bien hubiera podido ser el tono general: subidito, intenso, cómico, pero sin convertirlo en el gran festival del aspaviento. El monólogo en el que cuenta cómo le gustan los hombres es antológico. Ya nos dimos cuenta todos en La vida es sueño de que esta mujer pisa fuerte. Natalia Millán se queda con el respetable desde que cuenta lo que la ha llevado a esa casa: tiene una gesticulación efectiva y una vis cómica soterrada y discreta. 

Aquí abajo les dejo una foto de la versión de Mephisto Teatro dirigida por Liuba Cid que menciono en la crítica en papel. Me jorobó bastante perderme El burgués gentilhombre que han hecho este verano. 


 P.J.L. Domínguez