domingo, 28 de abril de 2013

URGENCIA

Sala: Sala Triángulo Autor: Alejandro Moreno Jashés (adaptación de I. Rojas) Director: Iván Rojas Intérpretes: Romina Guida, Asier Iturriaga, Chelo Robres, José Escribano, Silvia Gómez, María Mendizábal, Gala Pérez Iñesta y Borja Maestre. Duración: 1.00'
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Alguien me dice "vé a la Triángulo, que hay una cosa curiosa de género indefinible", y yo, pronto y bien mandado, me planto en la Triángulo. Y me topo por primera vez con la compañía Teatro Atómico. Resulta que han dado bastante guerra. Se trabajan mucho todo lo referente a la imagen: fotos, webvídeo promocional de esta función... Son chilenos, y parece que se mueven entre Chile y España. El fundador, Iván Rojas, dirige Urgencia, una adaptación de Sala de urgencias, del también chileno Alejandro Moreno Jashés. Encuentro un texto con ese título, evidentemente emparentado con el que se representa en la Triángulo, pero más breve y con notables diferencias. No sé si lo que he visto es otra versión del propio autor o si la adaptación de Rojas es prácticamente una reescritura. En cualquier caso, tiene su gracia. Son retales de historias que giran en torno al núcleo de la sala de espera en las urgencias de un hospital. Situaciones disparatadas contadas con diálogos más o menos realistas. Un poco en la línea de Spregelburd o Despeyroux, recientemente vistos en Madrid. Debe de ser cosa del Cono Sur.


Más interesante el enfoque de la puesta de escena: los diálogos interpretados con mayor o menor realismo -deslizante hacia la farsa- se enmarcan en transiciones propias del teatro de vanguardia o la performance. Hay un poco de todo. Desde un rewind (lo hacen también en Hermanas) o un par de fragmentos que podríamos llamar danza (también en Hermanas, que tiene bien integrados elementos extrañísimos en una pieza de teatro comercial), hasta un monólogo de la enfermera coreado por el resto de intérpretes o, al final, un monólogo de corte más convencional. Música, cantada o de violín, integrada en algunas escenas. Visualmente interesante, con la habitual elegancia de Juan Domínguez en la escenografía  y el vestuario. Muy bien vestidas las enfermeras, la mujer embarazada, el hombre del pájaro, la madre. Brillante la idea del vientre embarazado que se disuelve en una masa de plumas negras. Sospecho que bien iluminada por alguien (no consta), pero el técnico se hizo un lío en mi función. Bien también el espacio sonoro de Sergio Urcelay. Con algún altibajo, bien interpretada. Me gustaron Asier Iturriaga, Silvia Gómez y, sobre todo, Romina Guida: mucho carácter, mucha presencia, excelente dicción.

En fin, una pieza situada entre el teatro y la performance. Con más narración que una performance y con más heterogeneidad de elementos que el teatro. Ya sé que estas etiquetas van quedando un poco antiguas, pero de alguna manera tengo que explicárselo. Un artefacto de estas características se sostiene dramatúrgicamente sobre un equilibrio muy sutil. Los distintos elementos se aguantan unos a otros como en la gravitación de los cuerpos celestes, o como en los famosos checks and balances de la democracia estadounidense. Aquí, la cosa está medianamente lograda. En algunos momentos, la evidente intención esteticista (o plástica, llámenla como quieran) no acaba de alcanzar la fuerza de impacto que podría alcanzar. En otros -la escena del atraco, por ejemplo- se pierde el aura de irrealidad -presente, por ejemplo, en la de la sopa- y el relato se desliza un poco demasiado hacia el sainete. El monólogo final es una arriesgada ruptura  con el tono de todo lo anterior, pero termina funcionando. El conjunto no está mal y dura lo que debe durar. Pero, pulido un poco por aquí y por allá, podría dar una pieza de altura. En resumen, un buen intento. 
P.J.L. Domínguez
           

viernes, 26 de abril de 2013

ALICIA

Sala: Réplika Teatro Autor: Daniel Pérez (basado libremente en Lewis Carroll) Director: Jaroslaw Bielski Intérpretes: Socorro Anadón, Raúl Chacón, Nagore Germes, etc. Duración: 1.05'
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Vi la Alicia de Bielski en 2007. Una delicia. Aunque el elenco es distinto, creo que la producción es básicamente la misma, así que aquí les dejo la crítica publicada entonces en la Guía del Ocio.


Carroll obtuvo con su Alicia el premio gordo reservado a muy pocos: integrar a su personaje en el imaginario colectivo. Es casi imposible pensar en un ciudadano occidental que no la conozca,  aunque nunca haya leído el relato. Sin embargo, no aparece en los créditos del programa, sólo se le menciona de pasada en un comentario. Por cierto: ¿cómo se apellidaba la niña Alicia que según muchos inspiró el relato? ¡Liddell! Dios mío, esto daría para un ensayo y sólo tengo una cuartilla. ¿Lo sabrá Angélica?

Muy buena la versión libérrima de Daniel Pérez a base de sencillos pareados de larga tradición en la literatura infantil. La forma obliga a veces a tensiones evidentes para encajar el significado en la rima, pero eso es parte del encanto de este tipo de aleluyas, de las que aún quedaban restos en los tebeos de mi infancia. Para mayor mérito, el gran número de canciones –muy bien coreografiadas- permiten hablar de teatro musical, en el que siempre está presente la dificultad de narrar: la música reduce el tiempo disponible para la palabra.

Excelente –hasta ser parte capital de la función- el vestuario, y mira que me cuesta decirlo: nunca he alcanzado a entender a Ruiz de la Prada, pero es evidente que Ágata y Alicia proceden del mismo planeta y compaginan a maravilla. Excelente la interpretación, desde la protagonista hasta el último actor, con los personajes delineados con trazo firme, coherente y tierno. Tan bien dirigidos, tan bien encajados, que la cosa daría hasta para algún spin-off; por ejemplo, uno con el hombre de papel y el hombre de cristal. Un espectáculo delicioso: para niños, para jóvenes, para adultos, para ancianos. Llegué de mal humor (como casi siempre) y salí con el corazón ligero (como casi nunca).
    P.J.L. Domínguez 
           

FEELGOOD

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: Alistair Beaton (traducción de Alicia Macías) Director: Alberto Castrillo-Ferrer Intérpretes: Javier Márquez, Fran Perea, Ainhoa Santamaría, Jorge Bosch, Jorge Usón y Manuela Velasco. Duración: 2.10'
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Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Les aconsejo que se la lean con esto de fondo. Una cancioncilla agradable, que en la función se utiliza con habilidad como marca de imagen de esta vomitiva cuadrilla de golfos apandadores. Ya saben, como las del PP y el PSOE cuando tocan elecciones.

La política invade la cartelera esta temporada. Con obras centradas en ella (Transición, Poder absoluto, Subprime o Los iluminados) o salpicada donde menos se la espera. Felgood es de las primeras, retrato mordaz de las cocinas del poder: cinismo, jerarquías de manada, chantaje. Un texto instalado en hábil equilibrio entre el drama realista y los chispazos de humor inglés. La versión de Alicia Macías fluye en una muy buena traducción y supera con garbo los escollos (el grupo ecologista Fruta Madre, usado como exclamación en su fruta madre, es un hallazgo), perno no entiendo por qué una situación que el espectador localiza espontáneamente en Madrid incluye de pronto a un ministro llamado Max Coleman. Como si no tuviéramos por aquí una pingüe cosecha de políticos irregulares, por decirlo suavemente.

Castrillo-Ferrer ha dado con el tono, y no era fácil, en esta amalgama de comedia y drama: el humor no menoscaba el realismo. Fran Perea lleva el peso de la acción. Hace creíble al personaje, pero quizá ganaría si le dejaran aflojar la tensión durante algún rato más. Bosch, espectacular. La campechanía que, a la mínima, deja al descubierto la vulgaridad más descarnada, la metamorfosis del ministro en un chiquilicuatre cada vez que lo pillan en falta... retratan despiadadamente a tantos de los que vemos pasar por los telediarios. Santamaría, Márquez y Velasco, eficaces. Jorge Usón, hilarante, retrata a su personaje bufo con un absoluto dominio de la actitud corporal. Es el pulpo en el garaje, y compone un friqui inolvidable. El final, con el presidente Carlos Hipólito largando patrañas en la tele para tergiversar lo ocurrido, es un sobrecogedor, por lo familiar, acierto de dirección.


P.J.L. Domínguez
           

miércoles, 24 de abril de 2013

PODER ABSOLUTO

Sala: Teatro Bellas Artes Autor y director: Roger Peña Carulla Intérpretes: Emilio Gutiérrez Caba y Eduardo Farelo Duración: 1.15'
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"¡Qué mala...! ¡Pero qué mala soy!" ¿Les suena de algo? Sí, era la Bruja Avería. Si quieren oírla otra vez, pinchen aquí. Nadie cuenta lo malo que es, excepto en las fábulas infantiles y las películas de gángsters. Hitler estaba convencido de ser el redentor de Europa, ¿para qué más ejemplos? Bueno, uno más: hace dos días vi a Marujita Díaz en la tele diciendo "Oye, que yo soy buena persona" (cosa que no pongo en duda, pobre mujer, al lado de Adolf en este párrafo; pero su asesor de imagen debería aconsejarle evitar ese tipo de frase). Prueben a decirle a un niño que es muy malo, ya verán cómo se pone. No puede soportarlo. Los adultos, tampoco. Hasta el más repugnante cínico se escuda en el si no lo hago yo lo hace otro, en el tampoco es para tanto... Metan en el saco a violadores, pederastas o lo que se les ocurra. ¿Es que no creo en el arrepentimento? Sí, pero hay un abismo entre fui malo y soy malo (fíjense en que los personajes literarios que presumen de cínicos o de moral relajada, suelen ser al final los más decentes, y estoy pensando en Philip Marlowe y en Boule de suif).

Marujita Díaz: "Soy
una buena persona".
Esto en la vida real. En el teatro ya, ni les cuento. Por definición, en el teatro son las acciones las que deben decirnos cómo son los personajes. Incluso las acciones narradas: hice esto y aquello. Pero no hay, como en una novela, un narrador que nos diga "a Perico Espasa si le daban a elegir entre una señorita imponente y un ingeniero de minas elegía lo segundo, y ustedes ya me entienden" (cito de memoria La tournée de Dios de mi reverenciado Jardiel, así que las palabras no son exactas). O sea, que si Perico Espasa pisa un escenario, tendrá que decir que el policía de la esquina estaba como un tren, o mirar significativamente al novio de su amiga. Si me apuran, la amiga podrá decir a su novio "cuidado con éste, que es un poco floripondio" (perdonen el término, estoy intentando acomodarme a la época). Lo que está radicalmente contraindicado es que entre y diga "hola, soy homosexual", para que el público se entere. Y, mucho peor aún -porque, como decíamos, es perfectamente inverosímil- que suelte "soy un tipo lleno de malas intenciones". Acabo de recordar ahora un contraejemplo que viene de perlas, y que pueden consultar en mi blog: La anarquista de Mamett. Ahí elogiaba, precisamente, la habilidad del autor para que nos enteráramos de las andanzas precedentes de la terrorista, sin que ella nos tuviera que leer el curriculum en primera persona.

Bien, eso es -en caricatura, claro- lo que pasa en Poder absoluto. El personaje de Gutiérrez Caba, un político a punto de convertirse en presidente que recuerda vagamente a la figura de Kurt Waldheim, se pasa unos cuarenta y cinco minutos explicando lo perverso y corrupto que es y lo feliz que eso le hace. Ridículo. Les aseguro que he conocido algunos individuos perversos y corruptos. Todos estaban convencidos de ser excelentes personas. Así que esto no hay quien se lo crea. Alguien dijo alguna vez que las comparaciones son odiosas, y se quedó tan ancho. No sé si serán odiosas, desde luego son inevitables. Todo lo que conocemos, lo conocemos por comparación. Si quieren ver cómo se describe a un cínico sin escrúpulos evitando la explicación literal, vayan a ver Feelgood. Incluso Subprime estaba bastante mejor en este sentido. Me pasé buena parte de la función pensando en Sigue la tormenta de  Cormann, que le vi al fantástico (y fallecido, ay) Walter Vidarte, porque hay un cierto paralelismo en el relato. Ésa sí que es una comparación demoledora, claro. ¿Saben por qué se lo cuento? Porque de repente, zas, van y citan a un personaje ausente que se llama, precisamente, Cormann. Yo evitaría mencionarlo, sugerirá la comparación a quienes no la tuvieran ya en mente.



Frente a este error de planteamiento que lastra la función sin remedio, el resto de lo que voy a contarles es cuestión de detalle. Lo que viene ahora mismo, opinable. 

Supongamos que se han propuesto ustedes escribir una obra de teatro sobre la corrupción política. Se les ocurre tambien que su protagonista va a ocultar un horrible secreto, y que lo peor podría ser algo relacionado con los crímenes de una dictadura. Qué suerte, tuvimos una (que murió matando) hasta hace sólo treinta y ocho años. Mmm... vamos a hacer cuentas. Si situamos en 1996, que es cuando ocurre la historia, a un protagonista de setenta años (los de Gutiérrez Caba), en 1975 tendría treinta y tres. Perfecto. Lo implicamos en algún turbio asunto del franquismo. ¿Algún problema para que el público considere verosímil que en España hubiera podido darse el caso de un político corrupto que llegara a aspirar a la presidencia del gobierno? En fin. 

Viena. Bonita ciudad centroeuropea
asolada, al parecer, por la
corrupción.
Bueno, pues vamos y la situamos en Viena. Hala. Tuve la sensación de que el público pegó un respingo ante la primera referencia a la ubicación (aparte del programa de mano y de un mobiliario, que no sé allí, pero que aquí sería un pelín rancio). La función está escrita en los noventa. En ese momento Peña Carulla podía tener razones parecidas a las que tuvieron Calderón o Shakespeare para enviar sus acciones a Polonia o a Dinamarca. Pero, en mi modesta opinión, ahora mismo el horno no está para estos bollos de situar la porquería en Austria, cuando parece que nos ahoga en casa. Bien, insisto: opinable.

Eduard Falero está sobreactuado desde que asoma. No pasa un minuto sin que haga muecas de todo tipo -sobre todo unos curiosos morritos de niño enrabietado- o mueva los dedos compulsivamente. Insoportable. Y curioso. Porque resulta que esta sobreactuación era perfectamente aprovechable. Me explico. No quiero destriparles la trama del todo, pero en un momento de la función su personaje se desvela. El crítico se dice entonces: "Uhm, menos mal, estaba fingiendo, claro; ahora que la situación y el personaje pasan a ser sinceros, actuará sin pasarse, y tendremos un maravilloso efecto de naturalidad". Pues no. Sigue igual de sobreactuado. 

El ama de llaves más pluriempleada
de la historia.
¿Se puede estar soberbio en medio de todo esto? Se puede. Es como está Gutiérrez Caba. Ya lo demostró manteniendo el tipo como un campeón en aquel desastre sin paliativos del Drácula en el que Ramón Langa se escondía detrás del sofá y la pobre ama de llaves lo mismo reducía a un loco que se dedicaba a labores de albañilería. Aquí está espectacular. La enésima demostración de que un actor excepcional puede con el texto, con el director... y con la Policía Montada del Canadá si es preciso. Fantástico cuando habla y cuando calla, bajando en algunos momentos la barbilla y levantando la mirada al fondo del patio de butacas mientras escucha a su interlocutor. Se ha debido de estudiar mucho telediario para reproducir el rostro de mármol de esta gentuza. No crean que estoy loco: no sé cómo se las arregla, pero en algunas posturas ha conseguido parecerse a... ¡Rodrigo Rato! Y a ustedes no sé, pero a mí Rato me da miedo.
P.J.L. Domínguez
           


lunes, 22 de abril de 2013

OTRO GRAN TEATRO DEL MUNDO

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: Antonio Muñoz de Mesa (basado en Calderón de la Barca) Directora: Olga Margallo Intérpretes: Antonio Muñoz de Mesa, Nines Hernández, Rosa Clara García, Víctor Ullate Roche, Celia Vergara, Víctor Gil / Manuel Mata (alternándose en la funciones), Nuria Sánchez e Iván Villanueva Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Ullate Roche, Muñoz de Mesa y Villanueva.


Primera observación, para que lo tengan claro. Aquí no queda prácticamente rastro de Calderón. (Bueno, rastro sí, está el maravilloso arranque Hermosa compostura / de esta varia inferior arquitectura que les aconsejo que relean, porque nunca deja de asombrar). Esto no es bueno ni es malo, es lo que es. Y, como les digo siempre, para eso están los clásicos: para hacer con ellos lo que le venga en gana al creador de turno. Lo que ha hecho Muñoz de Mesa es invertir exactamente el trasfondo ideológico del original, que viene a cantar en verso el principio aristotélico de que cada cosa, y cada ser humano, debe acomodarse al fin  para el que fue creado. Horrendo, vamos: si te tocó pobre, aguántate y haz bien de pobre.

             
    Juan y Petra
Margallo y Muñoz de Mesa tienen una larga trayectoria en el teatro infantil: en 2004 se llevaron el Max al mejor espectáculo por ¿Qué es la vida? Lamentablemente, frecuento poco el género, no hay tiempo para todo. De Olga Margallo vi el estupendo Crazy love del Price (con la inefable e imprescindible Petra Martínez, su madre, como maestra de ceremonias). Tiene ahora en el Arenal, y les recomiendo que no se la pierdan, La madre pasota / Cosas nuestras de nosotros mismos, en la que dirige a sus padres, la citada Petra y el no menos imprescindible Juan Margallo. Qué estrepitosa alegría debe de suponer para estos dos kamikazes del teatro tener a su hija como directora. En la misma sala está La visita, que aún no he visto, escrita y dirigida por Muñoz de Mesa. Vamos, que no paran. Esta galaxia se llama Uroc Teatro. Les he puesto las fotos para que vean a toda la familia.

Olga y Antonio
Como les decía, Antonio y Olga han enmendado la plana al gran dramaturgo para transmitir un mensaje exactamente opuesto al original. Calderón y las Musas representan una historia para celebrar el cumpleaños del Mundo. Una historia pegada a las convenciones de los relatos de aventuras: el príncipe pobre ha secuestrado a la princesa rica, y se han enamorado. (Esto de las convenciones no lo entiendan como un comentario negativo, sino todo lo contrario. Tengan en cuenta que ya hay bastante tomate narrativo envolviendo el asunto, con el Mundo de espectador, las Musas de actrices...). Historia convencional, sí, pero con un texto cualquier cosa menos inocente. ¿Han intentado explicarle alguna vez a un niño por qué hay ricos y pobres? Pues eso. Digamos de paso que empieza a ser difícil encontrar en la cartelera algo que no tenga connotaciones políticas por alguna parte (redacto esto tras un fin de semana en el que he visto Ay Carmela, Poder absoluto y Feelgood, ya les iré contando). La coyuntura, que no perdona. Aquí se cantan cosas como "Ni un día más. / Me da vergüenza / tener más miedo / que dignidad", justo antes de revolverse contra la injusticia.


Pero volvamos al relato. El asunto está a punto de terminar de la peor forma -porque Calderón invoca el principio de realidad para dejar que ganen los poderosos- cuando irrumpe una niña que lo pone todo en cuestión: ¿por qué no vamos a saltarnos el papel que nos han asignado a cada uno? Tomad las riendas de vuestro destino y rebelaos, dicho en corto. Así contada, parece una fábula moral un poco ortopédica, pero esa sensación es sólo un efecto secundario de la necesidad de resumir el argumento. El relato tiene las dosis de ternura e ilusión necesarias, y Margallo lo ha empaquetado bien. Vamos con el paquete.

Celia Vergara, Víctor Gil, Nuria Sánchez, Víctor Ullate, Rosa Clara García e Iván Villanueva.

Las canciones (que también son de Muñoz de Mesa, cuántos talentos) funcionan, y todo el mundo sabe cantarlas. Me gustó sobre todo la que añade "y me aguanto" a la enumeración de injusticias -les recuerdo al Aristóteles del primer párrafo- pero es porque soy un viejo cínico. La interpretación está en las antípodas de la ñoñez que imaginan consustancial al teatro infantil los que no lo frecuentan (digamos de paso que el público adulto no se aburre ni un minuto). Los actores y actrices, bien todos: el Mundo bonachón y achacoso de Villanueva, los reyes pijorrotones de Celia Vergara y Víctor Gil, la madre voluntariosa de Rosa Clara García, la princesa con carácter de Nuria Sánchez y el Calderón de Muñoz de Mesa. Pero me van a permitir que me detenga en Víctor Ullate Roche. Voy a parecerles un monstruo, pero sepan que el buen rollo y la simpatía gratuita me ponen normalmente enfermo. Sin embargo, el carisma de este hombre me gana en cuanto sonríe. Estaba muy bien en Orquesta de señoritas, un montaje, aunque fallido, lleno de buenas intenciones. Aquí da el tipo perfecto del príncipe de peli de aventuras, incluidas las habilidades de bailarín en la escena de lucha. 

El personaje que da la vuelta a la historia, la niña, es una muñeca a escala natural, muy bien manipulada por Nines Hernández, que habla por ella. Este recurso no siempre sale bien; en Penumbra, por ejemplo, daba grima. Aquí, funciona. Del vestuario algo ven en las fotos, pero no encuentro ninguna que dé idea cabal de la escenografía. Rafael Garrigós firma lo uno y lo otro: el conjunto es armónico, con el punto justo de desenfado (super-resultona la combinación iconográfica de la gran imagen de fondo). Una observación menor: no sé cómo se colocaría en el Pavón, pero en el Matadero Calderón queda un poco bajo para buena parte de los espectadores durante el largo rato que pasa sentado a la derecha del escenario. Habría que ponerle un estradillo bajo el sillón.
P.J.L. Domínguez
           

domingo, 21 de abril de 2013

AY CARMELA

Sala: Teatro Reina Victoria Autor: José Sanchis Sinisterra (adaptación de José Luis García Sánchez) Director: Andrés Lima Intérpretes: Inma Cuesta, Javier Gutiérrez, Marta Ribera, Javier Navares, Álvaro Morte, Pablo Raya y Javier Enguix. Duración: 2.10' (diez minutos de entreacto)
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Como dice la Wikipedia, que casi siempre tiene razón, "José Sanchis (sí, es sin acento) Sinisterra es uno de los autores más representados y premiados del teatro español contemporáneo y un gran renovador de la escena española, siendo también conocido por su labor docente y pedagógica en el campo teatral". Se puede decir más alto, pero no más claro. Pues ahí lo tienen, a sus setenta y tres, llevando un local en Lavapiés, el Nuevo Teatro Fronterizo, en el que ocurre de todo, y que gestiona con su proverbial generosidad.


La peli.
Con ¡Ay, Carmela! (1986) dio en uno de esos clavos en los que es tan difícil acertar. Es mucho más fácil darse en el dedo. Pero le salió un melodrama redondo que se instaló casi de inmediato en el imaginario colectivo de los españoles. Digamos de paso que es sobre todo a su generación  a la que debemos la recuperación sentimental del drama de la Guerra Civil, después del tenebroso silencio impuesto por la dictadura: Saura (1932) con su adaptación para el cine de esta función (1990); Fernán-Gómez, (1921) Chávarri (1943) y Lola Salvador (1938) con Las bicicletas son para el verano (1984)... Ellos son los que casi cincuenta años después comenzaron a recuperar la memoria, no de los fríos hechos históricos, sino del dolor y de las peripecias, entre trágicas y grotescas, de millones de víctimas. Representadas aquí por las andanzas de Carmela y Paulino, dos de esos personajes que nunca se olvidan una vez conocidos. Creo que parte del éxito de la historia radica en que Carmela es un personaje instalado en un arquetipo reconocible: la mujer que no se siente parte implicada  en el conflicto principal, pero que actúa movida por la piedad. Hay pelis de vaqueros a patadas con ese personaje incluido. Y un ejemplo de la cartelera reciente: la misma Antígona, a la que le da igual todo, excepto los deberes respecto al cadáver de su hermano. En este sentido, La niña de tus ojos, misma época, protagonista cantante, peligrosos fascistas, idéntica motivación de la protagonista, casi parece una ramificación de ¡Ay, Carmela!. Preciosa, por cierto.

Los personajes tuvieron suerte. Los estrenaron José Luis Gómez y Verónica Forqué. Relevados en la película por Carmen Maura y Andrés Pajares. Toma del frasco. Los más jóvenes no lo sabrán, pero ahí fue donde mucha gente empezó a reconocer que Pajares es un gran actor. Los que creen que hacer de cómico en sainetes costumbristas es fácil.  


Estrellita Castro.
Alguien ha tenido ahora la idea de fabricar un musical con esta historia. Gran idea. Y gran enfoque. Un doble enfoque, para ser exactos. Carmela y Paulino -variedades a lo fino- se ganan la vida como artistas de los caminos. Las canciones de Carmela están, por tanto, servidas en la narración. Es lo que se llama música diegética. Esa música es, con alguna excepción, la de los años treinta: Café de chinitas, por ejemplo, o Suspiros de España. Esta última es prácticamente el hilo conductor de la función, otro gran acierto. Dice la leyenda que los dos bandos oían la versión de Estrellita Castro en las trincheras. Yo mismo, que tengo superpuestas dos identidades nacionales y pico, me siento instantáneamente más español que un sombrero cordobés si me la ponen. Quiiisoo Diooos / een suu podeeer... Virgen Santa, se me abren las carnes. No tengo mérito, le pasaría lo mismo a un malgache. Este pasodoble de Antonio Álvarez Alonso, con la letra de su sobrino Juan Antonio, y un poema de Cernuda que empieza (más o menos, cito de memoria) En un bar del viejo Temple... son las dos evocaciones de España que más aprecio. 


Concha Piquer
Suspiros de España fue en su día objeto de una operación que es extrañísima en el ámbito de la música popular. Es citada explícitamente en una de las canciones más populares de Concha Piquer: En tierra extraña. Es prueba de su extraordinario poder de arrastre. Creo recordar que tenía también presencia en la película de Saura. Aquí, vuelve una y otra vez a poner de punta los pelos del público. Pero estábamos con que el musical tenía un enfoque doble. A estas músicas que el relato trae cosidas a sus tripas se les han sumado canciones firmadas por Víctor Manuel, Joan Valent, Pedro Guerra y Vanesa Martín. Todas bien escritas, bien traídas al hilo argumental, bien interpretadas. A grandes rasgos, aunque no en todos los casos, la música tradicional la interpreta Carmela dentro del relato, y la reciente la narradora, situada fuera de la historia.


Marta Ribera.
Ésa es la otra apuesta estructural que ha salido bien: el añadido de una narradora-comentadora. Ha salido bien porque está bien encajada en el conjunto, pero también porque la hace Marta Ribera, con gran presencia escénica y derroche de eso que llamamos tablas. Le toca, en el doble enfoque, la parte más de musical actual de la función, tanto en lo que canta como cuando actúa: se dirige al público desde el proscenio (por cierto: qué bien aprovechado el proscenio), marcando un estilo interpretativo cercano, para que me entiendan, a Cabaret o Chicago. Pero como, por fortuna, también le cae alguna de las canciones históricas, da en Pobrecita yo una lección de picardía tradicional, puesta al día por la inteligente coreografía de Teresa Nieto. Ciertamente, la función no se sostendría sin el talento de esta mujer, que asegura la continuidad dramatúrgica. Y cómo canta. Estaba  estupenda en el mayor pestiño de los últimos tiempos (El último jinete, por si no lo han pillado), con eso está todo dicho.

Inma Cuesta. Jopé, qué guapa.
Comparte escenario con Inma Cuesta: dos excelentes cantantes de potente personalidad, colocadas en dos planos (dramatúrgicos, interpretativos, de imagen) tan distantes, que no compiten, sino que suman. Todo lo que en  Ribera se ajusta a los estándares internacionales del musical (incluso el Pobrecita yo citado se puede enmarcar ahí) es en Cuesta tradición española, muy bien digerida. Como actriz, eché en falta un pelín de fondo, casi diría de doble fondo. Aunque JM, que sabe más que yo, disiente: la vio de miedo. Ahora que lo pienso, quizá el personaje está bien así: es una mujer que no parece pensarse mucho las cosas, hace y dice lo que le sale de las tripas. (¿Se saben la de Lola Flores? "A mí me salen las cosas del corazón, y antes de llegar a la cabeza se me escapan por la boca"). En cualquier caso, el papel está suficientemente bien defendido.


Inma Cuesta y
Javier Gutiérrez.
El tercer protagonista, Javier Gutiérrez, va creciendo, como exige el texto. Le voy a hacer el mayor elogio que puedo hacerle: en la gloriosa escena del monólogo frente al auditorio del teatro (del teatro de la historia), hay momentos en que parece Pajares. Pero ése no es su único mérito, claro está. El personaje de Paulino está impregnado de ternura, y no se pasa de payaso, que es el riesgo. No me gustó nada, pero nada, en ese Woyzeck en el que Vera lo mantuvo a piñón fijo en el escenario con cara de bobo. Aquí dosifica esas caras a la perfección. Emocionante.

El resto de intérpretes no desmerece. Javier Navares compone un Ripamonte memorable. Otro que no se pasa de payaso y que sabe aprovechar esa característica tan peculiar de la imagen exterior de los italianos: parecen inofensivos, y simpáticos, hasta los fascistas. Morte, Raya y Enguix bien. La verdad es que no suele ser frecuente ver un reparto de siete personas donde no pinche nadie. No pinchan.

Recapitulemos. Veníamos mencionando algunos de los puntales de la función. La música (Suspiros), la narradora. Falta mencionar la iluminación y las proyecciones. Sería ilustrativo visitar el teatro con luz de trabajo para ver la escenografía sin iluminar: cuatro bastidores, unos telones, un carro y un teatrillo. El rendimiento que Valentín Álvarez le ha sacado a eso (la magia del teatro...) es admirable. Hay muchas proyecciones y, ¡oh, albricias!, no sobra ninguna. Artistas de época y escenas de guerra. Imprescindibles, junto a los efectos de sonido de Javier Almela, para situar la percepción del espectador. Algunos momentos impresionan, o al menos me impresionaron a mí, que no soporto esas imágenes de civiles huyendo en las que veo a mi propia familia. Supongo que también les ocurrirá a algunos de ustedes. Por cerrar este apartado del aspecto visual del espectáculo, voy a poner la única pega: el teatrillo de la última escena es horroroso. La decoración a base de Klimt (o similar) le pega al resto como a un Cristo dos pistolas. Cámbienla, que no cuesta nada.


Andrés Lima
Esto -y dos pequeñas zarzuelas: De Madrid a París y El bateo- es lo mejor que le he visto a Lima. Alguno ya se estará escandalizando. Lo siento, pero es así (ojo, que tampoco he visto todo lo que ha hecho, ¿eh?). Aparte del mérito de seleccionar, coordinar y dirigir todo lo que llevo mencionado, hay detalles de altura: el uso del espacio completo de la cazuela del teatro (contraejemplo: A quién le importa); el momento onírico del teatrillo con nazi incluida y tres personajes tras una gasa marcándose un chotis (el infame Ya hemos pasao de Celia Gámez, fascistona pero maravillosa, la mujer); la escena de Carmela con el brigadista, que podría quedar escondida allí atrás, pero que termina resaltando por escondida... En fin, ha conseguido, con José Luis García Sánchez, que Andrés Vicente Gómez se saque la espinita del citado Último Jinete. Me alegro. Es lo que tiene buscarse buenas compañías.


Supongo que, a estas alturas, ya sospecharán que me encantó el espectáculo. Por muchos motivos. No sólo por la calidad del montaje, sino también porque no podemos olvidar este horrible pasado, que está ahí, a la vuelta de la esquina. Sobre todo ahora, cuando muchos empiezan a preguntarse si no va siendo hora de hacer que reviente todo de una vez, y que salga el sol por Antequera. No tengo ni idea del cómo, pero quizá es posible extraer ejemplos para resistir frente a la violencia estructural que sufrimos sin llegar a la otra violencia, la de los tiros. Mi función estaba repleta, era evidente, de gente mayor con ideas republicanas (esperemos que se entere de su existencia la gente joven con ideas republicanas, porque van a alucinar en colores). El estremeciento era patente cuando Inma Cuesta (véase foto de arriba del todo) sale con la bandera, o cuando suena El ejército del Ebro / rumba la rumba la rumba la. Aunque, si no son republicanos, no se corten: a mí me encanta El triunfo de la voluntad, un engendro ideológicamente impresentable. O Celia Gámez. A ustedes puede encantarles esto. Si yo fuera el productor, colocaría una pancarta en el vestíbulo del teatro, para que el público la viera a la salida: 



Todo el que pueda perdonar, que perdone. Y el que no pueda, que apriete los dientes y se calle, que todavía tiene más mérito. Es lo que llevo haciendo yo toda la vida cada vez que veo esas imágenes de bombardeos y recuerdo a mi abuela mirando a los aviones alemanes que bombardeaban Gernika, o echándose a rodar ladera abajo con un hijo en cada brazo cuando la ametrallaban. Me pasé media función intentando que mi vecino de asiento no se diera cuenta de que me tenía que secar las lágrimas.
P.J.L. Domínguez

           

viernes, 19 de abril de 2013

JUICIO A UNA ZORRA

Sala: Teatro de la Abadía Autor y director: Miguel del Arco Intérprete: Carmen Machi Duración: 1.00 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la obra ya no está en cartel)


Año y medio después, la belleza y funcionalidad de la escenografía han ido creciendo en mi recuerdo.
Se repone Juicio a una zorra. Albricias. Pasa algo bueno de vez en cuando. Les voy a hacer una cortés sugerencia: 


SI SE LA PIERDEN POR SEGUNDA VEZ SERÁ COMO PARA RETIRARLES EL SALUDO.

Les copio la crítica de 2011 publicada en la Guía del Ocio. Por lo que sé, el montaje se mantiene idéntico.


Del Arco lo ha hecho casi todo esta vez: autor, director y escenógrafo de una función que dará que hablar. Es un fenómeno sorprendente que, en un período de dos años, hayan salido del mismo cerebro La función por hacer, La violación de Lucrecia y, ahora, Juicio a una zorra. En los tres casos, artefactos teatrales del más alto vuelo, espectáculos en los que todo está medido, contrapesado, orquestado con virtuosismo. El texto que firma ahora es ya un valor de partida. Oscila en perfecto equilibrio entre los ecos de la Odisea y el lenguaje más coloquial. Y su fondo de reivindicación de la mirada femenina se refuerza por la apelación al mito clásico, ese corpus de historias que elevan lo humano y lo cotidiano a la categoría de arquetipo. Un corpus que huele a testosterona: del Arco puede hacer hablar a Héctor de sus “enojosos pesares” con palabras de Homero, pero para encontrar una Elena con espesor emocional tiene que dar un salto de más de dos mil años y recurrir, en el hermosísimo final, a La bella Helena de Offenbach, Meilhac y Halévy.


Nadie mejor que Machi podía graduar el horror a base de insertos de frivolidad. El espectador ni sospecha, durante un buen rato, la que se le viene encima. Sabemos que es una gran actriz, pero además es, para lo que cuenta en estas cosas, muy joven. Una joven que puede llegar a grandísima, a juzgar por esta Elena de Troya que respira por sus pulmones. Por favor, que alguien los premie.

Bien, alguien los ha premiado. Carmen Machi se llevó el Valle-Inclán en 2012, y los Max de este año la tienen nominada a ella, al autor (del Arco) y a la productora (Kamikaze). A veces los premios aciertan. Esto me gustó tanto, tanto, que si encuentro unos minutos en mi arrastrada vida de los próximos días intentaré ampliar un poco el texto. Si les gustó tanto, tanto como a mí, echen un vistazo por aquí otra vez. Si les apetece, claro.
P.J.L. Domínguez

Mi crítica de Deseo de Miguel del Arco.
           



miércoles, 17 de abril de 2013

LA COPLA NEGRA

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor y director: Antonio Álamo Intérpretes: Alejandra López, Ana López Segovia y Teresa Quintero (Chirigóticas) Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Alejandra López, Teresa Quintero y Ana López Segovia.


Vi a las Chirigóticas, en un espectáculo que se llamaba así, Chirigóticas, en el Alfil, creo que allá por 2009. No publiqué  crítica, porque hubiera sido una carnicería injustificada. No era un espectáculo que se sostuviera en un teatro, sino una sucesión de gags que quizá habrían resultado redondos en otro entorno, por ejemplo en un bar con espectáculo. La copla negra es un considerable avance en ese sentido.



El problema entonces no eran las actrices, desde luego. Estas tres mujeres son mucha actriz. Puesto a elegir, porque las tres hacen más de un papel, me quedo con Alejandra López como José Luis, Ana López como Gallego y Teresa Quintero como Mari Carmen. Respecto al cambio de género, actrices haciendo de hombre en este caso, ya dije algunas cosillas en la crítica de Las huérfanas. Aquí también se produce ese curioso adensamiento de los significados cuando oímos hablar a una mujer como un macho de toda la vida. José Luis ("el" José Luis, habría que decir) tiene mucho papel: de los tres hombres de la función es el retratado más a fondo. Retrato de un canalla rematado pero simpático, seguro que los han conocido. Alejandra López lo clava, casi diría que, sobre todo, cuando calla y mira para donde puede en las situaciones de difícil salida. Ya sabemos que estos mierdas son, sobre todo, cobardes. El Gallego tiene intervenciones más breves, pero le dan tiempo a Ana López Segovia para impresionar con la composición masculina. También muy real -fondo de amargura, reacciones violentas o de derrota- como la Chana.


Y Teresa Quintero. La bomba. Una de esas actrices a las que les basta estar escuchando con la cabeza gacha y el flequillo tapando un ojo para que entendamos todo lo que les pasa por dentro. No les voy a contar lo que ocurre cuando se mueve un poco o abre la boca. Salta aquí de la comedia al sainete como quien se cambia de calcetines. Una pena que Mari Carmen no tenga más texto. La veo haciendo cualquier cosa, habría que ver cómo rinde esta mujer en otros géneros. 




A la función algo le pasa. A pesar de estas tres excelentes actrices, la cosa no fluye como debiera. El texto de Álamo (recuerdo que me gustó mucho Yo, Satán) está bien, la trama va ganando interés... pero hay que esperar casi una hora para que cuaje. Eso no sucede hasta que el drama se va concretando. No sé decir exactamente qué es lo que no va, parece un ejemplo del clásico conjunto fallido a base de elementos (texto, interpretación, escenografía, música) correctos. Ciertamente, la combinación de sainete y drama es arriesgada, es posible que no estén bien dosificados al principio, pero no me atrevo a asegurarlo; tendría que verla otra vez. La sensación final es más bien de que ni fu ni fa, pero hay un puñado de escenas (el chivatazo de Olvido a Mari Carmen; las consiguientes explicaciones del interesado; la ruptura con la Chana) que dejan excelente recuerdo.
P.J.L. Domínguez


           







lunes, 15 de abril de 2013

LOS ILUMINADOS

Sala: Teatro Español (sala pequeña) Autor: Derek Ahonen (traducción de J. Muriel y J. Fuentes) Director: Julián Fuentes Reta Intérpretes: Javier Albalá, Marina Cruz, Mónica Dorta, Mariano Estudillo, Jorge Muriel y Pedro Ángel Roca Duración: 2.35'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


En el orden de las cabecillas: Estudillo, Roca, Muriel, Cruz y Dorta.
Foto: Javier Naval

La mayor parte de las veces, ve uno algo y no precisa ni un minuto para saber si le ha gustado o no. Por ejemplo: vislumbra unos segundos a Putin en el telediario, y ya sabe que le da miedo. Pero, en ocasiones, las cosas se quedan dando vueltas, ahí por el patio trasero del cerebro, y a los dos o tres días manifiestan mucho más tomate del percibido a primera vista. Esto es lo que me ha pasado con Los iluminados. El viernes salí del Español con una sensación general simplemente luminosa, y hoy, lunes, me parece un texto muy, pero que muy, inteligente. El título original, The pied pipers of the lower Est Side, es imposible de traducir literalmente: Los flautistas... se queda corto, por la riqueza de significados del término pied piper. Para los perezosos crónicos que se niegan a seguir enlaces: el flautista de Hamelín es, en inglés, el pied piper of Hamelin. Pied es, además, multicolor. Si ven la pieza, comprobarán que esta superposición de connotaciones le encaja como un guante. Derek Ahonen debe de poseer el don de los títulos. Vean éstos: Tráenos la cabeza de tu hija; Venus, Sensation y el Papa; Feliz en el asilo; Rodillas rosa sobre piel pálida... En fin, algo había que hacer en castellano, Los iluminados no está mal, aunque algo me dice que seguramente se habrán considerado las posibilidades de un vocablo de moda: perroflauta.

Derek Ahonen
Esto va... joer qué difícil. Recurramos a Putin. ¿O creían que lo mencionaba porque sí? En este blog no se da puntada sin hilo, o punto sin puntada, que es como lo decía mi abuela (algo sabría del asunto, era modista). Oigan bien esto que pasa por una frase suya (de Putin, no de mi abuela): "Quien añora el comunismo no tiene cabeza; quien no lo añora no tiene corazón". O este tipo es muy listo, o tiene excelentes asesores. Pues de eso va Los iluminados: de lo que debería ser, y parece que no podrá ser nunca; de los ideales y la maldita necesidad de comer; de la realidad y el deseo. Estos cuatro han conseguido vivir de acuerdo con sus ideales, formando una familia entre Walden y una comuna anarquista. Comunidad de bienes, trabajo y relación erótico-festiva. Cuatro adorables personajes que, para que me entiendan, tengo que llamar inadaptados, que es como los llamaría el sistema. Del sistema huyó la abogada que hace de ideóloga del grupo. Los otros tres son un militante anarquista politoxicómano, un tipo que sufre constantes ataques de ansiedad producidos por la idea de la muerte, y una jovencita punkie maltratada por su familia. Enamorados todos de todos, parecen felices, y regentan un restaurante vegano. 

Jorge Muriel intentando sofocar uno de los
ataques de ansiedad de Pedro Ángel Roca.
Ahonen se ha enfrentado a lo que nos enfrentamos todos cada vez que intentamos establecer nuestra postura respecto a esta sociedad podrida en la que vivimos. Bueno, no sé si todos, mi entorno sí, desde luego. Llevo meses hablando con gente que oscila entre el deseo feroz de que todo estalle, y la clara conciencia del horror que se desencadena cuando todo estalla. Vamos, lo de Putin. Yo no tengo la respuesta, desde luego. Ahonen tampoco. Pero se las ha arreglado para plantear el problema en su justo término. La función no escatima tiempo en mostrarnos tanto lo que piensan como lo que hacen estos cuatro maravillosos locos. Y no está mal: ese tiempo no sobra. Introduce además un quinto personaje, el hermano menor del drogas, que viene a ser el observador externo que reproduce nuestra perplejidad ante una forma de vida radicalmente opuesta a la acostumbrada. Parecen felices, ya lo he dicho, más que nosotros. Pensamos, unos minutos antes de que el propio texto lo diga, que muchos grandes reformadores sociales -recordaba yo al San Francisco desnudo de una película que me impresionó en mi infancia y que no he identificado- fueron también unos desharrapados. Queremos otorgarles alguna posibilidad de éxito (aunque la palabreja pegue aquí como bogavante en joyería). Hasta que se destapa el pastel con la irrupción del mecenas chiflado que mantiene en pie el invento. Aquí debajo lo tienen.


Javier Albalá como Joaquín.
¿Chiflado? No tanto. No se va a mover un centímetro del lugar que le conviene. Estupendo Javier Albalá en la piel de este personaje, al que el dinero le permite encajar su inadaptación (que éste también lleva lo suyo) como le venga en gana, y ocultarla bajo un grotesco disfraz de teleñeco bienintencionado. El muchachito que cae allí por casualidad es Mariano Estudillo. Aparenta menos edad de los veintidós que me parece que tiene (debería explotar la posibilidad que eso le da de interpretar personajes adolescentes, a veces un tormento de casting). Aquí está sembrado, pasando de la pose de pijo sobrao a las reacciones violentas propias de la edad y al más auténtico estupor. Algunas escenas adquieren mayor espesor por su presencia muda, con una cara que lo dice todo ante lo que está viendo. Marina Cruz, toda candor, encantadora (y me gusta su dicción). Jorge Muriel lleva con buen pulso un papel lleno de peligros: va estando más colocado a medida que avanza la función, tiene hasta una revelación sobrenatural. Es complicadísimo no caer en el histrionismo en estos casos, y lo consigue.  Firma además, con Javier Fuentes, la traducción, que roza la brillantez. Sólo la abogada me pareció un poco rígida, pero es comprensible: es el papel más serio, el único que no se desparrama en ningún momento. Está en un registro distinto al resto, y no se ha terminado de encontrar uno que encaje.

Pedro Ángel Roca
Párrafo aparte para Pedro Ángel Roca. He debido de verlo en alguna parte, pero no lo tengo registrado. De acuerdo, su personaje, Velarde, es un bombón: acelerado, ansioso, irritable, obsesionado con la muerte; pero también tierno, juguetón, cariñoso (lejanamente emparentado con el de William Miller en Los miércoles no existen). Pero esto no le quita mérito a Roca, que lo convierte en un ser de carne y hueso que uno querría tener entre sus amigos. Muy bien, la verdad es que muy bien; cuanto más se me va asentando la función en la memoria, más me gusta cómo lo hace. Y aguantando media función prácticamente en bolas, algo no tan fácil como parece.

La función no está redonda del todo. Se podrían pulir tiempos aquí y allá, y lo que podríamos llamar último acto decae un poco. Pero logra transmitir con convicción un texto complejo y extenso. Engancha, emociona, nos hace pensar (por millonésima vez) que alguna puñetera manera tiene que haber para que las cosas (sí, las cosas en general; o sea, todo) sean más humanas de lo que son. Las dos horas y media largas no cansan, que no es poco.