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domingo, 25 de junio de 2017

BUFFALO

Sala: Teatro Lara Autores: David Barrocal y David Oliva Director:  David Barrocal Intérpretes: Ángeles Martín, Alberto Amarilla, Juan Dávila, Alicia Ledesma y Jack Jamison Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Otra de ésas que subrayo semana tras semana en la cartelera de la Guía del Ocio y que se me van sin que me dé tiempo a verlas. Con ésta, faltó poco. La vi el martes pasado, y sólo le queda la función del próximo. Una pena, porque me hubiera gustado recomendarla a tiempo. Me producía curiosidad lo de Ángeles Martín y Alberto Amarilla, pero llegan los treinta y nueve grados, mis neuronas se comportan como si vivieran en una de esas sopas chinas que uno se monta con un euro y agua caliente, y se me va a freír churros todo el excel de organización vital que debería permitirme ir un martes al teatro sin que me saltara el encaje de bolillos por los aires. Vaya frase de seis líneas que acaba de salirme. Y espontánea.

La misma intuición que me advertía a gritos de que Briefs tenía que ser un espanto me susurraba que Buffalo podía esconder alguna sorpresa. La esconde. (Mi intuición acertó las dos veces, aunque tampoco la vamos a mitificar, me suelta a menudo coces memorables). Esconde una bonita historia, bien escrita. Todos los comentarios que encuentren por ahí utilizarán la palabra "perdedores", y lo cierto es que resulta difícil contarles de qué va la historia eludiéndola. Pero me rebelo. Esto de los perdedores y los ganadores ya me ponía los pelos como escarpias cuando nadie lo usaba por aquí, pero lo oíamos en las películas americanas. Puritita ideología de lo que entonces llamábamos imperio. Pero las palabras no se usan porque sí, ¿se estarán instalando ahora porque nuestra sociedad se parece cada vez más a la americana y resulta facilísimo clasificar a la gente en uno de los dos grupos al primer golpe de vista? Mira, un ganador. Mira, un perdedor. Sin matices ni clases medias.

Paso, no puedo acostumbrarme. Por el simple motivo de que no hay ganadores. No conozco ni uno. Aquí no gana nadie, nadie se libra de la viscosa condición humana, que nos hace arrastrar a todos -de Manolo el del bombo a las Kardashian- una pesada carga de  sufrimiento que nos hace radicalmente iguales. Y, de paso, hermanos. Todo esto se ha convertido en una retórica anticuada y aburrevacas, pero antes o después regresará con ropajes nuevos. O eso espero.

Pero volvamos a Buffalo. Sí, son cuatro perdedores Admitamos la terminología, al menos para un uso muy específico: para etiquetar a estos personajes a los que el fracaso se les nota incluso por fuera, a diferencia de quienes conseguimos esconderlo, mal o bien, por dentro. Buffalo tiene bastante tela narrativa: hay que explicar el pasado de cada uno de los cuatro y la peripecia presente. Barrocal y Oliva se las arreglan para cortar toda esta tela sin que las explicaciones canten la Parrala. O sea, sin que sea evidente que lo que los personajes se cuentan unos a otros es, en realidad, para que lo oiga el espectador. Les parecerá de primero de escritura dramática, pero es un error frecuentísimo. Lo hacen adhiriéndose al topos literario del grupo de gente sencilla y entrañable que se une en causa común (el country, en este caso) y vence contra todo pronóstico. Incluso al subtopos (toma) en el que se presentan a un concurso. Lo hemos visto docenas de veces en los telefilmes americanos y las españoladas del cine patrio. Lean todo esto como simple descripción y, en ningún caso, como censura. Hay quien cree que encontrarle la adscripción a una creación artística es rebajar su mérito. Residuos del vanguardismo mal digerido.

Buffalo tiene texto para una sólida comedia entre el sentimiento y la risa. También para el dibujo de unos personajes con los que resulta muy fácil empatizar. Otra cosa es la dirección, que se queda corta cortita. Muy poca imaginación, muy poco estilo, unas transiciones en las que sólo falta alguien con un cartel que rece CUADRO TERCERO, intérpretes dejados de la mano de Dios. Ángeles Martín está como uno espera cuando va a verla: estupenda, con un personaje reciamente construido que es la columna vertebral de la función. Lo que lleva detrás de tanta palabrota y tanto casticismo adobado con acento de Wiyoming se le adivina con un par de miradas. Carácter, garbo, entusiamo interpretativo. Yo diría (aunque esto nunca se sabe y es sólo una opinión) que ha debido de montárselo todo solita. Igual que Alberto Amarilla, del que sigo creyendo, como cuando hizo Lúcido, que probablemente lleva dentro un gran actor. Ni En la ciudad borracha ni aquí ha encontrado quien sepa llevarlo de la mano, pero lo que hace es suficiente para que se advierta el talento en la luz que se escapa entre las grietas. A veces, el talento del intérprete se adivina por lo que no pasa, más que por lo que pasa, y en Buffalo hay algunos momentos que, con un actor con menos intuición, se caerían estrepitosamente. Amarilla los salva. Alicia Ledesma, a la que nunca había visto, y Juan Dávila están un poco más verdes, aunque este último bastante mejor que en Todo irá bien. Es reconfortante que la gente progrese.

En conjunto, y a pesar de los mandobles que acabo de soltar en el párrafo anterior, Buffalo hace pasar un buen rato. Es entretenida y simpática, muy por encima de mucha comedia joven que rueda por el off y que maldita la gracia. Cuando, finalizada la función, miré al reloj convencido de que habrían pasado los setenta y cinco u ochenta minutos de rigor, comprobé pasmado que dura una hora y cuarenta. ¿Saben que significa eso? Que me divertí. El country, y la voz de Jack Jamison, ayudan.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 27 de marzo de 2016

LA CIUDAD BORRACHA

Sala: Teatro Galileo Autor: Adam Bock (versión de Nancho Novo) Director: Enio Mejía Intérpretes: Sara Gómez, Aixa Villagrán, Mabel del Pozo, Alberto Amarilla, Roberto Drago y Gonzalo de Santiago Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Odio ponerles fotos promocionales, pero no encuentro ninguna de escenario real. Tienen un montón de Emilio Tenorio en este enlace.
Una pena. Yo creo que el texto tiene grandes posibilidades para una comedieta de amores y amistades (aunque JM, que sabe más de teatro que yo, no lo cree). Casi diría que hay más de lo segundo y que está mejor explotado. La amistad une a las tres chicas, al personaje de Drago y a otros que se mencionan y están casi presentes. Las tres salen de borrachera para celebrar la próxima boda de una de ellas, y en todo lo que va pasando salen a relucir el cariño que se tienen, los celillos que también se pueden guardar, la costumbre de meter las narices hasta el fondo en las vidas del resto, los miedos, la conciencia del valor de la amistad. Eso es lo mejor. Alguien podría, obligado a improvisar una sinopsis, resaltar que la que está celebrando su despedida de soltera conoce a un chico y que ese encuentro le hace confesarse a sí misma -y a los demás- que se ha equivocado de medio a medio y no quiere casarse ni atada. Efectivamente, ése es el nudo de la trama y el acontecimiento que provoca todo lo demás, pero no es lo más importante. Es la diferencia entre tema y argumento que mi esforzada profesora de literatura nos enseñó a unos cuantos borricos. Seguro que algunos de ustedes están recordando el COU.



Estábamos en que el texto mola (a JM no, pero tampoco estaba de muy buen humor). También los intérpretes. Me gustan los seis, y a tres de ellos les he visto trabajos que me han gustado mucho, pero mucho: a Alberto Amarilla, Lúcido; a Aixa Villagrán (foto de la derecha), Luciérnagas; y a Mabel del Pozo (foto de la izquierda), Manlet. El primero está quizá un poco estereotipado, queda algo rígido frente a lo que parece que es un intento de realismo de los demás. Del Pozo, estupenda; intensa, tirando a vulgar, amargada. Villagrán llega a la altura de Luciérnagas, que ya es decir. En un par de momentos se queda con la función desde un papel no excesivamente relevante. En algún relámpago, producido quizá por mis desvíos neuronales, me pareció vislumbrar al fondo a Mary Santpere, ahí es nada. Estén atentos a esta mujer, porque a poca suerte que tenga hará algo grande. La pareja protagonista está un poquillo más desdibujada, Drago bien. En cualquier caso, había material humano para sacar la comedia adelante perfectamente.

La Santpere. Una grande.
Sin embargo, la cosa no llega a ninguna parte por falta de dirección. El arranque (borrachera, discoteca) es un auténtico desastre de tiempos, no hay prácticamente nada en su sitio. Diría también que van demasiado borrachos, todo sería más divertido si llevaran una trompa más ligera. Luego, con el texto más centrado, el desastre se atenúa, pero sin que la pieza levante el vuelo más que en contadísimos momentos. El símbolo visible -e incomprensible- de esta desorientación son los paneles del decorado, apilados al fondo durante toda la función y que no sirven para absolutamente nada más que para sacar en la última escena el que representa la fachada de la panadería. Lo mismo cabe decir -incomprensible- de la cancioncilla que Villagrán y de Santiago tienen que cantar no se sabe por qué ni para qué, subidos a otro elemento escenográfico (una especie de farola con ruedas) que también se ha pasado toda la pieza ahí al fondo, en pleno centro de Caracas -como diría mi amiga A.-, preguntándose por el sentido de su existencia y esperando a Godot.

Una pena.
P.J.L. Domínguez

          
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martes, 18 de diciembre de 2012

LÚCIDO

Sala: Teatro Valle-Inclán (sala Francisco Nieva) Autor: Rafael Spregelburd Directora: Amelia Ochandiano Intérpretes: Alberto Amarilla, Tomás del Estal, Itziar Miranda e Isabel Ordaz Duración: 1.45'
Información completa (el enlace inactivo puede significar que la obra ya no está en cartel)

Qué bueno, qué bueno, qué bueno. Confieso que no conocía a Rafael Spregelburd (no, no llego a todo), pero vistos los antecedentes más recientes (Tolcachir, Veronese, Zorzoli), me tiro como un enajenado sobre cualquier cosa que llegue de Argentina.


Lúcido es complicado de definir. En primer lugar, porque no se deja colgar etiqueta de género: "una comedia casi policiaca que se convierte en melodrama" según la Ochandiano. Bueno, después de verlo se puede entender lo que quiere decir, pero como nota aclaratoria no es muy potente. Ella no tiene la culpa, es que el artefacto se las trae. Difícil también, porque no hay manera de orientar  al lector sin destriparle el asunto. Tiene suspense y giro, cosas que nos entusiasman al menos desde Esquilo. Todos sabemos que algo pasa, que en la sucesión de escenas deberíamos estar discriminando lo real de lo soñado, o de lo imaginado, y al principio nos va bien, porque el texto lo explica. Pero van aumentando las grietas irreales en la zona realista, y además -creo no desvelar demasiado- la falsa pista nos despista (mira qué bonito). Hasta el giro (el SUPERgiro), que nos deja estupefactos: satisfecha el alma de investigador privado de todo espectador ante una trama compleja, y maltrecha el alma, así en general. Vi la función sentado junto a AL, la inteligencia más lagarta de las que me rodean, y ni se olió por dónde iba a saltar el desenlace. Si no pudo ella, no puede nadie. 
 
No creo estar inventándomelo: hay un parentesco de técnica de escritura con el Veronese de Mujeres soñaron caballos Teatro para pájaros, y con el Tolcachir de la sublime trilogía (La omisión de la familia Coleman, El viento en un violín, Tercer cuerpo). En los tres casos, tramas familiares en las que el espectador tiene que reconstruir el jarrón roto a base de juntar piezas que se le van entregando con maestría en las dosis. Y un fondo -esto ya no es técnica, es estética- de dramatismo pudorosamente oculto hasta el desenlace. En fin, tengo que leer más cosas de este hombre.


Alberto Amarilla
Qué buena Amelia Ochandiano. Citaré solo Mi mapa de Madrid, Las bribonas y El caso de la mujer asesinadita. Qué capacidad de amontonar sensibilidad en la comedia. Tiene además una rara habilidad para la selección de actores, que Lúcido confirma. Están los cuatro como nacidos para los respectivos papeles. Tomás del Estal, poniendo todo el rato las caras más convincentes ante sucesos poco menos que marcianos (incluso marcianos, ahora que lo pienso). Itziar Miranda (ay, ¿es que no se va a reponer Dani y Roberta?) con esa tierna hondura que juzgaríamos natural, si no supiéramos que nada es natural en un escenario. Alberto Amarilla jugando su mejor baza: el entusiasmo, la capacidad de convicción que tiene cuando parece que todo lo dice desde las tripas (hay un alegato político en youtube que ilustra bien esto). ¿Y la Ordaz? ¿En qué lotería nos tocó la Ordaz? La de la Mujer asesinadita de Mihura, la de los Días felices de Beckett, la de Lúcido de Spregelburd. Esto que hace ahora es titánico. Y además verosímil, que es ya la repera. Tan verosímil que parece mi tía Juanita. Otra vez intentaré no destripar nada, pero cuando vayan a verla (que irán, más les vale) atentos a la gradual deriva del personaje durante los últimos quince minutos de función. Es el elemento clave que permite digerir el final: si no, no habría manera. Me pareció que termina física y moralmente (como diría Chiquito) exhausta. No es para menos. Pagaría por cenar un día con esta mujer y que me contara sus cosas.
P.J.L. Domínguez
Itziar Miranda en Dani y Roberta