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lunes, 14 de enero de 2019

HERMANAS

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor y director: Pascal Rambert  Intérpretes: Bárbara Lennie e Irene Escolar Duración: 1.20'  
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que ya no está en cartel)


Ochenta minutos gritando así. El espectador ni siquiera ve ese paisaje de listones de madera: fondo blanco y tubos fluorescentes. El marco está tan vacío como el texto. La foto es de Vanessa Rabade.


SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME


No sé si recordarán aquello de Aristóteles (¿de Aristóteles?) de cómo eran los procesos de degeneración de los regímenes políticos de su época. De su epoca, les aconsejo que no se pongan a trasponerlo a la nuestra porque se hacen un ovillo las neuronas. Me parece que la evolución era de monarquía a tiranía, de aristocracia a oligarquía y de democracia a demagogia (sobre esto último es sobre lo que les recomiendo que no reflexionen demasiado). En esto del teatro hay también degeneraciones cantadas. La comedia degenera en brocha gorda, el drama en Echegaray (pobre, hace decenios que nadie lo lee -de representarlo, ni hablemos- y lo seguimos usando de ejemplo negativo) y la tragedia en Muñoz Seca. Mire usted por dónde, éste es un ejemplo positivo. Se me ocurren algunos negativos que me voy a callar. 

¿A dónde va a parar el teatro con pretensiones intelectuales cuando se tuerce? A lo pretencioso. Pretencioso, pedante,  vacuo. O sea: Hermanas.

Me perdí La clausura del amor. Les seré sincero, no tenía yo los circuitos cerebrales para dramas de pareja. Supongamos que era, como todo el mundo dijo, la octava maravilla. Resulta que no me perdí Ensayo, así que con ésa no me la dan. Cuatro interminables monólogos sucesivos, de los que sólo uno (el de Orazi) tenía algún interés literario. Sí, ya sé que era un texto premiado y que aquí provocó los elogios más encendidos. Vale, no me crean, léanla si pueden y me lo cuentan. El interés dramatúrgico de la yuxtaposición de los cuatro monólogos era poco más que nulo. Su autor / director debe de tener tal fe en la potencia de su pluma que prescinde de cualquier artificio escenográfico o de iluminación, todo se reduce a un espacio espartano. El resultado era un ladrillo de cuidado.

Muy a menudo, las frases hechas vienen de perlas. Por eso son frases hechas. Parece que me encaja ahora ésa de que se puede engañar a muchos mucho tiempo, pero no a todos todo el tiempo (¿Era así? Me encanta inventarlas). Sólo he leído un par de cosas sobre Hermanas, pero mi admirado Kritilo (lo digo completamente en serio) ha pasado de elogiar Ensayo a escribir "conocimos Ensayo, e igualmente sondeó terrenos metateatrales, esta vez con cuatro intérpretes, que exprimió al máximo en la implosión de una compañía. Pero ahora, con Hermanas, tan solo se aprecia un manierismo. Una dejadez en las perspectivas dramatúrgicas, ya sin gestos metaficcionales, ni monólogos abusivos". Yo no veo la menor diferencia entre la dejadez y el ladrillismo de ambas, y -dicho sea de paso- diría que Hermanas es una sucesión de monólogos abusivos, pero da igual: la verdadera religión acoge con los brazos abiertos a cualquier converso. A ver si me acuerdo de ir mirando qué dicen los demás.

Despachados así los aspectos generales de la pieza, un par de notas más. Las dos intérpretes se pasan la hora y veinte gritando, prácticamente sin descanso. No haría falta añadir nada más, pero repetiré por si acaso esta obviedad: si empezamos a gritos y seguimos a gritos, al rato ya no es que no nos importe si Medea se carga a los niños, es que nos da igual hasta si hace salchichones con ellos. Aquí no hay niños muertos, los personajes pelean por si papá prefería a ésta o si el novio de la otra era un perfecto idiota. Lo siento, no da para tanto alarido. Claro, las pretensiones son tan altas que quién se va a parar a pensar en eso tan antiguo y tan pedestre del arco dramático. Hay UNA cesura digna de tal nombre, y mejor olvidarla: interludio musical bailado.

Segunda nota: la sucesión de monólogos deja algún pequeño resquicio, no diré al diálogo, pero sí a breves intercambios de palabras aisladas. Mal dirigidos.

A estas alturas, alguien habrá diciéndose a sí mismo "este pobre crítico de corta mirada convencional se ha creído que lo de Rambert es realismo y, claro, como realismo no le funcionan ni los monólogos ni los conatos de intercambio de palabrillas ni el bailongo intermedio ni...". Nones. El atractivo que lo de Rambert podría tener si tanta pretensión hubiera dado lugar a un trabajo más humilde es, precisamente, que intenta plantear un equilibrio imposible entre el realismo y el antirrealismo, una tensión constante entre lo verosímil y lo metateatral, entre el drama familiar convencional y el taller de interpretación, entre la narración y el psicodrama. Lo entendí, soy capaz de llegar hasta ahí. El problema no está en lo que uno quiere hacer sino en cómo consigue hacerlo. ¿Cuándo he dicho yo esto mismo? Ah, sí. Ayer. A propósito de Tres canciones de amor, otro sopapo en la capacidad de aguante con sorprendentes puntos de contacto con Hermanas. Como se ponga de moda lo de monologar en grupo me pego un tiro.

Observación final. Lo que hacen Lennie y Escolar es sobrehumano. El esfuerzo físico y psicológico que se les ha pedido tiene que ser agotador. No por estar metidas en un montaje radicalmente fallido dejan de hacer honor a su talla de actrices, que es superlativa. Lástima de tanto trabajo digno de mejor causa.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 27 de abril de 2014

MISÁNTROPO

Sala: Teatro Español Autor: Molière (M. del Arco) Director: Miguel del Arco Intérpretes: Israel Elejalde, Raúl Prieto, Cristóbal Suárez, Bárbara Lennie, José Luis Martínez, Miriam Montilla y Manuela Paso Duración: 1.50' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)





Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Este Misántropo camina sostenido por dos elementos contrapesados en complicado equilibrio. En realidad, dos caras de una sola moneda. Sobre todo, una versión que se acerca al lenguaje y los asuntos de nuestro tiempo sin renunciar a buena parte de la retórica original: vemos a menudo quedarse en nada a los clásicos despojados de ella. Pero también una ambientación que funciona como una locomotora y que insufla energía constante a la dramaturgia. Escenografía, iluminación, vestuario (qué vestidazo, el de la Lennie), proyecciones y, de forma destacada, sonido, hacen verosímil la mencionada retórica en el callejón trasero de una discoteca. Gracias a una cosa, la versión, y a la otra, la ambientación, del Arco puede permitirse incrustar una poesía de Cernuda en medio de Molière –y en medio del callejón- sin que nada chirríe. Espectacularmente bien resueltas las cuestiones técnicas, que no son menores.


    Todo esto, por supuesto, sin olvidar el espléndido trabajo actoral que caracteriza a la compañía desde La función por hacer y Veraneantes. Sólo pondría algún pero a un Filinto quizá un poco sobrado de intensidad. Sin desmerecer a nadie, y menos que a nadie a Elejalde y Lennie, me quedo con la perfidia hipócrita de la Arsinoé que Manuela Paso encarna. No le hace falta abrir la boca, le basta con arreglarse un poco la blusa o el pelo para que sigamos la torcida senda de lo que piensa.

Y lo que no cabía allí:

1.- No sé si se les habrá pasado por la cabeza que Alcestes es uno de los santos patrones de los críticos. Un tipo que no está dispuesto a suavizar su opinión, por más que todas las consideraciones prácticas se lo aconsejen. Una vez me preguntó un amigo: "¿Tú por qué haces esto?"  Porque no puedo evitarlo. Porque está en mi naturaleza. Lo mismo que le pasa a Alcestes. La cosa no es ni buena ni mala en sí, es como decir que a éste le gusta el billar y aquel otro no soporta el pimiento verde. Molière presenta al personaje sin apenas consideraciones morales. No toma partido. Elianta y Filinto aprecian al tipo, pero en ningún lugar queda claro que esto de tener una boca chancla incapaz de contemporizar sea especialmente loable. Tampoco a mí, que en general tiendo a apreciar la función social de la mentira, me parece admirable en sí misma esta manía de decirle a la gente a la cara que lo que acaba de hacer es deleznable. Aunque sí creo a pies juntillas que es una función de gran relevancia. "Los críticos también se equivocan", dice el tópico. Inmenso error. Uno sólo puede equivocarse si la respuesta es indiscutible. "Dos más dos son cinco" o "Copérnico descubrió América" son equivocaciones. No es que los críticos se equivoquen, es que emiten opiniones, y su opinión no vale ni un gramo más o menos de la de una persona similarmente informada y de similar inteligencia. Que la opinión se publique o no, no aporta ninguna diferencia. ¿Dónde está su valor? Exclusivamente, en su independencia. Nadie dice lo que de  verdad opina a los creadores, si lo que cree es negativo. Prácticamente nunca. Viven rodeados de nubes de incienso. Se parecen en eso a los políticos. El valor de una crítica está en el alejamiento personal del crítico respecto al objeto criticado. Es, después, el soberano lector el que otorga mayor o menor credibilidad a la firma. Y, desde luego, todo se va al garete, todo pierde cualquier valor que pudiera tener, en cuanto el crítico establece vínculos afectivos de cualquier tipo con lo criticado. 



Todas las consideraciones que siempre rodean a este asunto están en Molière y, en esta versión, muchas de sus variaciones contemporáneas. Como cuando del Arco pone en boca de alguno de los personajes, yo diría que con profunda ironía, el reproche rey de los que un crítico suele recibir: hay crítica constructiva, pero lo que hace Alcestes es destructivo. Llevo años dándole vueltas a esto, sin encontrar una definición satisfactoria de estas categorías. Las puedo entender en lo familiar, en la pareja, en el trabajo... donde la intención puede tener su valor. No en la crítica artística. Entiendo la diferencia entre una buena crítica y una mala crítica. Habrán constatado (oh, sorpresa) que las críticas destructivas son siempre las malas (nadie ha oído hablar de una buena crítica a la que se le achacara ser destructiva, cuando, mira tú por dónde, es una categoría que yo considero abundantísima: la buena crítica destructiva, podría poner ahora mismo una docena de ejemplos). Y, además de eso, parece evidente que se pueden cargar más o menos los adjetivos. Por ejemplo, en España sería ahora mismo casi imposible publicar la citadísima “Katherine Hepburn recorrió toda la gama de emociones, de la A a la B”. Lo permitido sería algo así como "la protagonista está, quizá, un poco corta de expresión". (Vean otras frases gloriosas de este tipo citadas por Marcos Ordóñez). 

Dejemos la construcción para FCC, las críticas pueden ser positivas o negativas, inteligentes o estúpidas, crueles o suaves... pero lo único que se les puede exigir es sinceridad. Si son sinceras, construyen; es prácticamente una tautología construida sobre la definición de la crítica.


Qué-bue-nas Lennie y Paso. Vaya par de lagartas. Ana López las ha vestido
con lo que parecen emanaciones del alma de cada personaje.
En fin, estábamos con Misántropo, no sé si recuerdan. Hay un pasaje con el que me identifico tan completamente que no puedo resistirme a pensar que salga del sentimiento del propio Molière. No porque Molière se tuviera que parecer a mí, que las musas me perdonen, sino porque mi identificación me hace apreciar la nitidez con la que se dibuja la sensación, y se me antoja que tal dibujo no es posible si el autor no la ha sentido en sus carnes. Es cuando Filinto narra qué es lo único que han conseguido arrancar a Alcestes los encargados -de oficio- de calmar las querellas entre los nobles, para evitar duelos. Esto es lo que ha consentido pronunciar como excusa:

"Monsieur, je suis fâché d'être si difficile,
et pour l'amour de vous, je voudrais, de bon coeur,
avoir trouvé tântot votre sonnet meilleur". 

En traducción de andar por casa: "Señor, me fastidia ser tan difícil / y por el amor que os tengo querría, de buen grado / haber encontrado antes vuestro soneto de mi agrado". Esto es exactamente lo que yo siento a menudo cuando algo me parece horrible. No se lo crean si no quieren.

2.- La actualización de del Arco no se limita al lenguaje. Es muy habitual, y perfectamente legítimo, que las versiones de los clásicos que vemos representar pongan el lenguaje al día, o al menos retoquen las aristas más problemáticas, sin tocar el fondo de las situaciones o los personajes. Aquí no sólo se ha entrado a saco en las primeras (que se han convertido en las propias de las élites, por llamarlas algo, de nuestros días) sino también en los segundos. De ahí, supongo, el "basado libremente" del programa de mano. Me explico. Los caracteres también tienen un componente histórico, uno no es como quiere, tiene que diseñarse a sí mismo tras elegir una de las siluetas que los tiempos le presentan en su catálogo. La beaturrona de corte contemporánea de Molière, en tiempos en los que uno de los partidos que se contendían el poder era el llamado devoto, era un tipo muy característico que está reflejado con todo el vigor del estereotipo en Éliante. La Elianta de del Arco no es menos hipócrita, pero no es un personaje del XVII, sino una tiparraca adaptada a nuestro tiempo y que todos hemos conocido. Más descarada, que se permite mostrar un nivel de violencia explícita mayor que el de sus ilustres predecesoras. Esta operación se ha practicado sobre todos los personajes, con notable acierto. Quizá el menos alterado, por lo mucho que tiene de arquetípico, es el del protagonista.



Terminemos el apartado señalando la extrema dificultad, salvada airosamente, de hacer convivir estos caracteres y situaciones contemporáneos con buena parte del florido verbo original, sin que la cosa se descacharre.

3.- Situar la historia en la salida trasera de una discoteca donde se celebra una fiesta es un rasgo de genialidad. Por muchos motivos. Primero: por el contraste con el virtualmente presente entorno noble original. Exacto envés de este ambiente de ratas y orines. Segundo: por su evidente, aunque no menos efectivo, valor metafórico. Mucha élite, mucho glamour, pero ahí están todos, en el arroyo. Tercero: por su evidente aportación a la verosimilitud. Como todo el mundo sabe, en ese lugar, a esas horas, con esa gentuza, y con lo que cada uno llevará consumido, puede ocurrir literalmente cualquier cosa. Permite entrar en escena en cualquier actitud, nada será sobreactuado o inverosímil si sale uno directamente de la pista de baile por la puerta de emergencia. Cuarto: porque permite una banda sonora prácticamente continua que presta apoyo fundamental a la acción. Quinto: éste es el más importante y el más difícil de expresar. Probemos: porque todo está ocurriendo ahí mismo, a un paso, a la vez y a toda prisa. Si me apuran -ay, que me perdonen las musas- la solución es mejor que la de Molière, que tiene que enviar a sus personajes allá lejos -y que vuelvan- o hacerlos llegar de visita. Éstos están todos amontonados y revueltos justo detrás de la puerta. Si aún no la han visto, fíjense en este aspecto de la ubicación de la historia: cuanto más lo pienso, más me parece que es el punto clave del éxito de la puesta en escena.


4.- Filinto. Filinto es Raúl Prieto. Un actor excelente: estaba muy bien en la Señorita Julia de Narros, espléndido en La función por hacer, otra vez estupendo en Veraneantes... pero algo le pasa cuando no se controla. Estaba raro en El lindo Don Diego, abusando de una voz rasposa, y aquí amontona otros tics, como el de pasarse la mano por la cabeza insistentemente, como hacen algunos cuando están preocupados o nerviosos. Sí, el personaje podría hacerlo en la realidad, son de hecho gestos que uno ve a menudo en los noctámbulos que se han metido algo, pero en teatro lo real y lo verosímil se dan a veces de tortas. Recuérdenme que les hable de la hamaca de Como gustéis, que se rompe pero no se rompe, y de la distorsión que introduce. Filinto no está en el mismo registro que los demás, y eso distorsiona. Me extraña que se le haya escapado a del Arco, gran director de actores.

5.- Ya mencionaba más arriba que, de los elementos acompañantes, es el sonido el que más relevancia tiene. Demuestra Sandra Vicente, por si hiciera alguna falta, que puede ser un elemento dramatúrgico de primer orden. La genialidad de colocar el magma de la discoteca a la distancia de una simple puerta la percibimos -porque ver, no vemos nada- por el estruendo que deja escapar la susodicha cada vez que se abre. El efecto está primorosamente diseñado y, al menos en mi función, primorosamente ejecutado. No sólo subraya la verosimilitud, también escancia la acción con más rotundidad que las entradas de actores convencionales.


Montilla y Prieto.
6.- Aparte de las convenciones ya glosadas que del Arco nos hace tragar sin que casi nos demos cuenta, no hay muchas licencias: alguna cámara lenta (parecen estar de moda) y el poema de Cernuda citado en la crítica de la Guía. Un poema (Si el hombre pudiera decir lo que ama...) que, consideradas fríamente sus características, debería ser ñoño, pero que leído doscientas veces conserva la frescura de la lectura adolescente. Si alguien viene a contarme que ha visto un Molière en el que se recita a Cernuda en un callejón, lo mando a paseo. Pero para eso están los del Arco, para hacer lo que les pase por el Arco y que les quede de miedo.

Ah, perdón, le parece a uno tan obvio después de verlos, que olvidaba recalcar que Elejalde y Lennie están como para que les caigan cien o doscientos Max (¿Maxes?). Elejalde, consiguiendo no parecer el repelente niño Vicente, que es la maldición del papel. Y Lennie... en fin, lo de Lennie empieza a no parecer de este mundo. Provoca ese efecto mágico, antiguo como el teatro: sale el espectador del teatro pensando que Lennie es así, confundiéndola con el personaje. A Miriam Montilla, con esa maravillosa voz de actriz antigua, no puedo dejar de verla todo el tiempo en un Tennesssee Williams, pongamos por caso en De repente, el último verano. De Manuela Paso ya les he hablado en la crítica de la Guía, tengo debilidad por ella. 


Si me leen desde fuera de Madrid (los hay, los hay que me leen) no desesperen. Este verano, Misántropo pasará hasta por Torralba de Calatrava. Búsquenla.
P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 15 de mayo de 2013

LA FUNCIÓN POR HACER


Sala: Teatro de la Abadía Autor: Luigi Pirandello (versión de M. del Arco y A. Tejada) Director: Miguel del Arco Intérpretes: Israel Elejalde, Bárbara Lennie / Teresa Hurtado de Ory, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Excelente foto de Rafa Simón de la función en el Teatro Alhambra de Granada.


Vuelve a la Abadía, y es una gran noticia, La función por hacer. El interés es tal, que me parece justificado reproducir la crítica que publiqué en 2010 en la Guía del Ocio.



Adaptación muy poco libre, aunque el programa diga lo contrario, y que conste que es un elogio. Bastante fiel al texto (recorte de personajes y tiempo, alteraciones de la trama) y rigurosamente fiel al fondo de este monumento de inteligencia que es Seis personajes en busca de autor. Incluso el título adoptado está en el original -Commedia da fare- como indicación de género (aunque supongo que más que indicar, contribuiría al despiste de los atónitos contemporáneos).


En el vestíbulo del Lara. No encuentro fotos de funciones con público, que tendrían
un gran valor documental. Si alguien las tiene, haría un favor público colgándolas.

No es una producción convencional, se huele de lejos. Recuerda a lo que en su día se llamó teatro de arte. Empeño por la excelencia, interpretación desnuda sin truco escenográfico y, sospecho, escasa preocupación por el rendimiento económico. Algunos ensayos semiabiertos y las funciones repletas de gente de la profesión abonan este carácter.

Y vaya si les ha salido bien. Actores jóvenes, pero de denso currículum casi todos. Dos ejemplos: tengo gratísimo recuerdo de Prieto en La señorita Julia de Narros y de Montilla en Los dos caballeros de Verona de Pimenta. Todos frecuentes en televisión (¿Quién se inventó la bobada de que la tele mata a los buenos actores? Viva la televisión, ea, ya lo he dicho). Así que, más que su excelente trabajo, me sorprende la no menos excelente dirección de Miguel del Arco, que tiene experiencia en casi todo lo que se puede hacer en el sector del entretenimiento, pero cuya trayectoria como director teatral es relativamente corta. A esto que ha parido le faltan escasos centímetros para rozar la perfección. Quizá un pelín excedido en el chiste sobre actores y para actores, tal vez un poco de abuso de las distancias cortas, puede que algo parco en el acompañamiento sonoro. "Quizá", "tal vez", "puede", todo esto es discutible. Muchos saldrán aplaudiendo con las orejas.

Si aún no la ha visto, puede pinchar la foto de la izquierda (la única que encuentro que puede estar tomada en la Abadía) para ver el vídeo promocional. 

Si aún no la ha visto, lo que también puede hacer es comprar las entradas a toda velocidad, antes de que vuelen (si es que no han volado ya, como ocurrió con la reposición de Juicio a una zorra). Tras el enorme éxito artístico, las consecuencias de La función por hacer fueron considerables, y todavía colean. Es, por ello, uno de los montajes más relevantes de los últimos años. A saber:


b) Marcó el inicio de la fulgurante carrera como director de escena de Miguel del Arco. No encontrarán en Madrid un solo director novel que no contemple su ejemplo como acicate.

c) Supuso un importante impulso a las carreras de varios de los actores del elenco.

d) Tras saltar del off del vestíbulo del Lara a los circuitos más convencionales, fue una especie de grito de "sí se puede" que contribuyó decisivamente a este panorama que ahora nos rodea de decenas y decenas de funciones estrenadas mediante esfuerzo cooperativo en prácticamente cualquier espacio que se deje.
e) Estéticamente, puso de moda un cierto enfoque: trabajo eminentemente actoral, mínimo acompañamiento escenográfico, cercanía física al público con ubicación a menudo central, interpretación radicalmente naturalista. Por ponerles un par de ejemplos recientes: Maridos y mujeres y Breve ejercicio para sobrevivir

Creo que poco más hay que decir para animarles a verla. Ya me contarán.
P.J.L. Domínguez

martes, 26 de febrero de 2013

BREVE EJERCICIO PARA SOBREVIVIR

Sala: La Casa de la Portera Autor: Lautaro Perotti (sobre textos de Tennessee Willliams) Director: Lautaro Perotti Intérpretes: Bárbara Lennie y Santi Marín Duración: 40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Lautaro Perotti, Bárbara Lennie y Santi Marín


Lautaro Perotti se reveló en España con el tsunami de La omisión de la familia Coleman de Claudio Tolcachir. Algo que no se olvida. Estaba superlativo allí, en un personaje con una leve deficiencia psíquica. Dirigió después Algo de ruido hace. La vi en la Pradillo, no sé si tuvo más vida, pero desde luego la hubiera merecido. Los intérpretes eran Santi Marín, con el que repite ahora, Eloy Azorín y la maravillosa Fernanda Orazi. El texto de Romina Paula, rodeado de esa neblina entre lo real y lo incomprensible de la que me ha tocado hablar recientemente a propósito de Lúcido y de La extravagancia / La inapetencia. Perotti salía airoso. No he pasado del primer párrafo y ya llevo "tsunami", "superlativo", "maravillosa" y "airoso". Prepárense, pero que conste que no conozco personalmente a ninguna de las personas que se van a citar en esta entrada.



El argentino se ha cocinado ahora un material personal a partir de dos obras en un acto de Tennessee Williams: No puedo imaginar el mañana (I can't imagine tomorrow, escrita para televisión; sí, para televisión, para una televisión distinta de la que vemos ahora, claro está) y Función para dos personajes (The two-character play). Estructuralmente más basado en la primera, e incorporando elementos de la segunda y algún material propio (creo, no tengo los textos a mano). Ambas obras son del período final de Williams, y poco tienen que ver con los títulos que asociamos de inmediato a su figura. La narración lineal ha desaparecido, es un teatro de atmósfera y, desde luego, de la incomunicación. Hay quien lo llama la decadencia de su autor. Opinen ustedes lo que les parezca; vista la función, ésa es la última palabra que se me ocurriría pronunciar. El invento de Perotti funciona: los caracteres están perfectamente delineados y la situación se sostiene. 



Estos dos personajes parecen instalados en el dolor de vivir, en el dolor de amar, en el dolor. Un día antes (y por casualidad, como siempre) un personaje de Billy Wilder (Berlín occidental, 1948) me explicaba en la tele que la gente no puede soportar la conciencia constante del horror de las cosas, y que por eso se evitan y se olvidan las evidencias de ese horror. Pero, como sabemos todos, hay seres desgraciados que no son capaces de olvidarlas. Él es así. Ella parece un poco (sólo un poco) más dotada para enfocar una vida "normal". Le da consejos. Le orienta. Parece un ritual que se repite todas las noches. No vemos mucha salida. Son la viva imagen de la desesperación. Texto realista, tiempo real, espacio real, interpretación naturalista. Breve ejercicio para sobrevivir es una tajada de vida puesta a centímetros de la nariz del espectador. Tan real y tan cercana, que provoca una leve sensación de obscenidad, de estar asomado al sufrimiento ajeno como nunca es posible hacerlo: espiando desde dentro de casa.

Vi a Bárbara Lennie en La función por hacer y en Veraneantes, que le valieron general alabanza y, respectivamente, una nominación y un Max. No seré yo quien diga que no fueron merecidos, pero algo encontraba que no me terminaba de cuadrar en una gran interpretación. No sé ni explicarlo. Un aire de taller de actores, casi un exceso de técnica interpretativa, una actriz demasiado cool... o quizá simplemente el prejuicio absurdo respecto a una mujer demasiado guapa (como eso de que las rubias sean tontas). Bien, no me hagan caso. Esta mujer es la bomba. Cuando una interpretación realista se borda, crea a menudo la mágica sensación de recordarnos a alguien que conocemos. Yo he visto a una mujer así: presa de un dolor lacerante que la hace oscilar entre la desesperación y los frágiles arranques de superación; entre el deseo de causar dolor y el pavor de constatar que lo causa. Lennie no da punto sin puntada: no hay un solo gesto que no contribuya al efecto. No puedo decirles más, véanla.

Santi Marín, que ya estaba muy bien en aquella Algo de ruido hace, está a la altura. Tartamudea. Todo el tiempo. ¿Cómo no tartamudear demasiado? Bueno, lo ha conseguido. Igual fragilidad, impregnada además de dependencia. Llevamos veinte minutos viéndolos, y ya nos parece haberlo entendido todo. Si me leen, sabrán quizá que acostumbro a fijarme en los demás espectadores. En la escena final, las chicas que tenía enfrente estaban sobrecogidas, completamente entregadas a lo que estaban viendo, imbuidas del sufrimiento de esta pareja.

Es una sala minúscula y la cosa dura cuarenta minutos. Da igual: va a ser una de las funciones del año. Estos experimentos saltan a veces a un teatro, pero esto hay que verlo aquí, a ochenta centímetros de los actores. Y a ver si alguien espabila y pone a Perotti a dirigir más.
P.J.L. Domínguez