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domingo, 3 de febrero de 2019

LOS OTROS GONDRA (UNA HISTORIA VASCA)

Sala: Teatro Español Autor: Borja Ortiz de Gondra Director: Josep Maria Mestres Intérpretes: Sonsoles Benedicto, Fenda Drame, Jesús Noguero, Borja Ortiz de Gondra, Lander Otaola y Cecilia Solaguren Duración: 1.35'  
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SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


COMPARACIONES

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero sólo conocemos por comparación. El autor se enfrenta, necesariamente, a Los Gondra, su obra anterior. Escritas con igual talento dramatúrgico, Los otros Gondra  gana por su proximidad temporal y, por tanto, emocional. Algunos conocimos bien de cerca estos paisajes. Pero gana también al envolver la intención descriptiva con una calidad de escritura que yo no veo –a pesar de tanto premio- en una obra como Patria (otra insoslayable comparación), que describe magistralmente, pero que no le llega a la suela en lo literario. Con el añadido de la autoficción, que todo lo tiñe con la duda del espectador respecto a lo que será verdad literal, reconstrucción verosímil o pura fantasía, y engrosa el espesor de la narración. Es lo que justifica al autor representándose a sí mismo en el escenario.

Mestres ha creado, para una historia más recogida, una pieza más recogida en todos los aspectos: espacial, interpretativo, de intensidades. Conmueve, arrastra, logra un efecto de inmersión y de profunda comprensión de todos los personajes, y eso era lo difícil. Lo sencillo es señalar al malo con el dedo; lo interesante, y lo sanador, entender qué lleva en la cabeza. Me imagino a Cecilia Solaguren y Sonsoles Benedicto en un drama clásico americano y se me ponen los pelos de punta.


Y alguna cosilla que no cabía allí:


0.- Mininota añadida. La música de Iñaki Salvador, muy bien puesta.

1.- Les sugiero que se lean lo que escribí a propósito de Los Gondra. Me ahorran así unas cuantas consideraciones sobre lo del lío vasco en la ficción (si escribo "problema", "conflicto" o cualquier otra cosa, en seguida habrá alguien sacando punta al término para encontrar una postura emboscada, y censurable, detrás). Sólo añadiré algo que me parece que ya les he dicho en otra ocasión. La ausencia de lo vasco -no del asunto de la violencia, sino de lo vasco en bloque- de la cultura española en los últimos decenios ha sido doblemente anormal. Doblemente, porque ya hay una ausencia de todo lo periférico en la cultura española que no es comparable a la de otros estados multiculturales. Por decirlo en caricatura: no es normal que un andaluz no sepa decir "buenos días" en gallego. O que jamás de los jamases (excepto, claro está, cuando se habla del conflicto) se oiga una canción en catalán en la radio hecha desde Madrid. Las causas de esto las conocemos todos. Alto: todos los que hayamos leído más de cinco líneas sobre el Santiago y cierra España que suponen la expulsión de los judíos, la de los moriscos, la obsesión por la limpieza de sangre, el rechazo visceral de cualquier cosa que oliera a reforma, la consiguiente fobia a las lenguas extranjeras... En fin, siglos de construcción de una cultura monolítica que, cuando apenas se abría a respirar, entró otra vez en el túnel de los cuarenta años (de franquismo, quiero decir; estas últimas semanas los "cuarenta años" se han convertido en los de poder socialista en Andalucía). Ésa es la causa histórica por la que las culturas "periféricas" (entiéndanlo en su sentido puramente topográfico) no existen en España. La causa por la que, por ejemplo, vemos en Madrid teatro en ruso con sobretítulos, mientras las compañías catalanas tienen que remontar las funciones en castellano en vez de hacerlas en la lengua original.

Decía más arriba que la ausencia de los vasco era doblemente anormal. A esos añejos motivos históricos se les vino a sumar el terrorismo, que allá por donde pasa deja, entre otros muchos rastros, el del silencio. Hasta entonces había un lugar común de "lo vasco" en España. Acabo de leer "Juerga flamenca" y "Juerga vasca" de Álvaro de Laiglesia, escritas en 1948, cuando su autor debía de ser todavía perdidamente falangista. Ahí tienen a Jardiel escribiendo en La tournée de Dios, en el 32, que los amigos de Perico Espasa se reunían a hablar de decoración y marineros vascos (cito todo de memoria, vaya usted a saber si patino). Y todo el que esté al menos en los cincuenta pudo oler, al menos en su infancia, todo el poso que aún quedaba de los veraneos en San Sebastián, de los estereotipos del "industrial vasco", el "aldeano", el "pelotari" (hasta en las pelis de Sara Montiel)... Los estereotipos, y su presencia cultural, atravesaron indemnes incluso el primer franquismo, enemigo furibundo del nacionalismo vasco, pero admirador poco secreto de las virtudes asociadas tradicionalmente a los vascos: nobleza, industriosidad, religiosidad, pureza de costumbres, amor a la tierra... Llegaron las pistolas, y todo esto quedó como borrado de la faz de la tierra. El penúltimo vestigio debió de ser Txomin del Regato, un trasunto vasco del gallego Xan das Bolas. Las excursiones en este terreno sembrado de minas provinieron durante decenios de francotiradores (Eloy de la Iglesia, Imanol Uribe...) dispuestos a afrontar los venablos de tirios y troyanos. En esa órbita seria de la reflexión en torno al "conflicto" (perdón) alguien estará pensando en Soinujolearen semea (El hijo del acordeonista) que Bernardo Atxaga publicó en 2003. No me atrevo a decirlo muy alto, porque la leí hace mucho y -cosas de la vida- en italiano, detalle que quizá contribuyó a hacérmela más lejana. Pero me pareció café aguado y yo diría que no ha dejado nada. Medem estrenó el mismo año La pelota vasca, que sí que fue un aldabonazo, pero aquí estamos hablando de ficción.

Llevaba yo años profetizando (es algo que me encanta, y cada vez me sale mejor) que la desaparición de esas pistolas propiciaría que los estereotipos (que se quedan enterrados en las mentalidades colectivas como esos peces que pueden pasar años aletargados en el barro húmedo) salieran otra vez a flote. "Cese definitivo de la actividad armada" de ETA: 2011. Ocho apellidos vascos: 2014. "Tampoco había que ser muy listo para predecir eso". Vale, a posteriori, todo parece cantado. Antes de eso, y hablando siempre de la industria del entertainment, hubo un precursor que -como el Bautista- comenzó a clamar en el desierto de la ficción asociada a lo vasco: Vaya semanita, un programa de humor de ETB que, en prodigiosa carambola, hacía reír a españolistas y nacionalistas, a demócratas y proviolentos, y que se terminaba por ver -en fragmentos- en toda España. Era el profético anuncio de Burundanga, que no abundaba especialmente en esto del estereotipo, pero con la que Galcerán tuvo el olfato de percibir que ya había llegado, creo que en 2011, el momento de reírse de ETA. Tuvo arrestos, si llega a adelantarse en un cuarto de hora al instante adecuado, lo hubieran crucificado por hacer humor con las cosas de matar.

2.- Leo mil cosas y luego no sé de dónde saco cada información. No sé si es el mismo Ortiz de Gondra el que ha dicho por ahí que el tan controvertido "relato" sobre lo ocurrido en Euskadi no dependerá de los historiadores, sino de la ficcion. Qué gran verdad. Basta fijarse en el nombrecito de marras: relato. Yo diría que la primera piedra de la construcción del pasado a base de ficción la puso la ya mencionada Burundanga. Y vuelvo a las profecías: se nos avecina un aluvión creativo en todos los ámbitos. Vamos a tener novelas, obras de teatro, películas, series de televisión, piezas de danza... y todo lo que les ocurra, en un movimiento cultural dirigido a metabolizar lo ocurrido. Creen los políticos que ese recuerdo colectivo se construirá a base de lo que a los niños les contemos en los colegios, y tengo mis serias dudas. Recuerden su propia infancia, recuerden lo que les contaron allí (si es que lo recuerdan) y compárenlo con su visión del mundo. En cualquier caso, quien tenga intención de influir en esa construcción colectiva hará bien en conjugar más el verbo explicar que el verbo condenar. Condenar es fácil, todos somos capaces. Explicar es lo complicado. Pero, además, los receptores terminarán por desechar lo panfletario y consagrar aquello que explica y alcanza altura artística. No me hagan amontonar ejemplos, esto vale para los conflictos con los persas en el teatro griego, para el 48 en La educación sentimental y para el 36 en Incerta glòria.  Y si no han leído mi crítica de Los Gondra, háganlo ahora, por favor, y me ahorran contar por enésima vez que quienes confunden la necesidad de explicar con la tentación de justificar jamás distinguirán una churra de una merina.

3.- Desde un punto de vista histórico-cultural, ése es el mayor mérito del díptico de Ortiz de Gondra. Usted y yo podremos opinar lo que sea sobre el carlismo, el liberalismo, el franquismo, el nacionalismo vasco, el terrorismo de ETA en cada de sus fases o la democracia del 77, lo que hace Gondra es explicar. Ya nos supone mayorcitos para extraer nuestras propias conclusiones.

4.- Desde un punto de vista de construcción dramatúrgica, lo más sorprendente de ambas piezas (y, sobre todo, de esta última) es el aprovechamiento de los mecanismos de autoficción. Conceptualmente no hay la menor pega: en todos los órdenes de la vida, ha ocurrido lo que recordamos que ha ocurrido. Pongan ustedes a la familia a discutir qué pasó aquel día en la playa y ya verán qué desparrame de recuerdos contradictorios. Le reconstrucción de un suceso, a veces anodino, desde distintas ópticas ha sido un procedimiento muy utilizado, y universalmente admirado, desde aquella obsesión por la posmodernidad que nos atacó en los ochenta. Baste citar Soldados de Salamina de Cercas. Aquí no se trata de comparar lo que éste o aquél recuerdan (no de un suceso anodino, sino de decenios y generaciones de enfrentamientos) ni de enfrentar distintos géneros para contar lo mismo (como hace Cercas). Es un diálogo entre lo que el propio autor sabe que pasó, lo que cree que pasó y lo que imagina que pudo haber pasado. O entre lo que DICE saber, DICE creer y DICE imaginar, claro, ahí está la gracia. Como ven, la vieja conversación entre la verdad y lo verosímil, siempre en el centro del teatro y de cualquier forma de narración. Estas operaciones corren siempre el riesgo de resultar frías, de producir objetos de estructura admirable pero demasiado evidente, de no despertar la emoción. Pero Ortiz de Gondra ha tenido la habilidad de verter la emoción en un contenedor que, aunque complejo y autorreferencial, no se la come. Como decía en la crítica en papel, esto es lo que justifica que -no siendo un actor profesional- esté presente en el escenario.

* * *
Le queda ahora lo más difícil, que es salir de ésta. Siempre es complicado para un creador dar un paso más allá de aquello que le ha salido bien. Tanto más en este caso, con dos piezas con igual tema, procedimiento constructivo, director e intérpretes (en parte) saldadas con éxito y que han ocupado varios años de su actividad. A ver qué se le ocurre para la próxima.

Vi ayer Matrioska, que tiene su gracia, en Nave 73, y me voy ahora al Teatro del Barrio a por Marikones de mierda. Ya les contaré.
P.J.L. Domínguez

P.S. Justo antes de publicar esto, enciendo la radio (¿se dice aún "encender"?). Ya se sabe, los domingos, fútbol. Y entre conexión y conexión, en el momento de los chistes, sale un tipo exagerando el acento vasco y contando cosas como que Ainara cogió el coche en brazos y lo escondió en el baño de señoras. Txomin del Regato, de regreso. Lo que yo les decía. Lo que son las casualidades
          

sábado, 20 de julio de 2013

MARIBEL Y LA EXTRAÑA FAMILIA

Sala: Teatro Infanta Isabel Autor: Miguel Mihura Director: Gerardo Vera  Intérpretes: Alicia Hermida, Abel Vitón, Chiqui Fernández, Sonsoles Benedicto, Markos Marín, Lucía Quintana, Javier Lara, Elisabet Gelabert y Macarena Sanz. Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Lucía Quintana, Macarena Sanz, Elisabet Gelabert y Chiqui Fernández. Excelente foto de Antonio Castro.


Estaba yo a punto de dar el blog por suspendido hasta la rentrée (vaya palabreja cursi, ¿eh?), cuando caí en la cuenta de que me quedaba un fin de semana que exprimir, si le echaba ganas. Y se las estoy echando: el jueves Frankenstein, el viernes Maribel, y me quedan los renovados Sofocos y la de Washington y Díaz-Aroca en el Calderón. Cuelgo primero a Mihura, porque... ¿qué les voy a explicar? Lo que yo tengo por este hombre es veneración. Así, de memoria, creo que los dos últimos Mihuras que he visto son El caso de la mujer asesinadita (de la Ochandiano, con la Ordaz) y La decente (de Pérez Puig, con Victoria Vera). Me gustaron los dos, ya saben que soy de gustos amplios. Les adelanto, sin más suspense, que esta Maribel de Gerardo Vera está muy, muy bien.



Todo el mundo sabe que el texto es una joya. Hasta tal punto que, después de que la historiografía teatral haya derramado durante decenios torrentes de lágrimas por el vanguardista perdido de Tres sombreros de copa, se pregunta uno si no mereció la pena lo que perdimos de vanguardia por lo que ganamos de género. Recurramos a ese tópico que tanto me gusta: si Mihura hubiera nacido en Wisconsin, Elisabeth and the strange family tendría una versión cinematográfica de 1962 con Shirley MacLaine y Jack Lemmon y, por lo menos, un remake de 2001 con Nicole Kidman y Ewan McGregor. Siendo su autor madrileño, tampoco le ha ido mal. Ha conocido versiones de cine y televisión, y el público teatral le guarda fidelidad: mi función de ayer estaba a reventar. Pero cualquier día pasará algo -por ejemplo, una versión americana- y el mundo se pondrá de rodillas ante Maribel.  Es una pura maravilla. Una fábula atemporal y universal sobre la posibilidad de redención y la fuerza de la bondad y la ilusión. Con eso que nos gusta tanto tantísimo a los seres humanos de sufrir durante tres actos el suspense relativo a si la protagonista saldrá de la vida infame que aspira a superar. Y con los mejores personajes secundarios jamás vistos sobre las tablas: las tres pilinguis amigas de Isabel y las dos inefables, inmensas ancianas. 

Las ancianas se las traen. Primer apunte: les aseguro que esto es puro realismo. JM me decía "pero si son tus tías". En efecto, lo son. Sólo que mis tías son TRES. Me pregunto siempre si Mihura pudo cruzárselas alguna vez, porque el grado de coincidencia es realmente asombroso. Por supuesto, Mihura no se las cruzó, ni siquiera eran ancianas cuando él escribía, pero la cosa no deja de ser sorprendente. Para lo que aquí nos interesa, la conclusión es que estos personajes son reales y bien reales. Ahí a la izquierda tienen a Julia Caba Alba y Guadalupe Muñoz Sampedro en la versión de José María Forqué (1960). Si ahora les digo que la Caba Alba se parece notablemente a mi abuela, van a pensar que se me va la olla. En fin.


Este humor de las ancianas, este humor de Mihura hecho de la cotidianeidad más llana, y en el que la comicidad brota de la propia llaneza (me estoy acordando del cerrajero de Ponferrada en La decente), no es nada fácil de decir. Si no se suelta con la intención justa, lo que puede ser hilarante pasa perfectamente desapercibido. Sonsoles Benedicto y Alicia Hermida son el primer acierto de la función. No dan punto sin puntada, si están en escena uno no puede mirar a otra parte. Es como si hubieran nacido así, en ese escenario, y llevaran toda la vida soltando esas perlas por la boca. El público las adora sin remisión, y desea -por Dios- que Hermida siga hablando.

Alicia Hermida y Sonsoles Benedicto.

Las pilinguis: otro bombazo. Retratadas con derroche de ternura por este hombre al que le encantaba frecuentar prostitutas. En las antípodas del glamour de la perdición o el abismo: tres muchachas lisa y llanamente normales, con un oficio que tiene sus peculiaridades. Chiqui Fernández es una Pili fantástica ("¿No es muy raro..?"), lamento no haberla visto antes en teatro, seguro que me he perdido cosas interesantes. En mi función salió airosa -con  habilidad circense y el capote de la Hermida- de uno de esos lances que la suerte depara a veces al espectador: se rompió una silla. Elisabet Gelabert estaba bien en Maridos y mujeres, y muy bien en Veraneantes. Completa con Macarena Sanz (la maravillosa revelación de Munchausen) un trío al que Vera ha otorgado perfecta homogeneidad. 

Markos Marín y Lucía Quintana.

Lucía Quintana, que hasta ahora me había parecido que rendía más dirigida por Sanzol que por Vera, compone una Maribel cercana, como de andar por casa en zapatillas, con apenas unos minutos iniciales en pose de fulana. Se lleva la empatía del espectador, que mataría al vecino de butaca por que a esta chica le salgan bien las cosas. Muy eficaz en la contención: pierde los nervios casi una única vez ("lo raro sería que salieran hombres del piano", cita aproximada), con el consiguiente efecto hilarante. Me recuerda muchísimo a alguien, pero no caigo. Ya les contaré si consigo dar con el parecido. Marín hizo un personaje alejadísimo de éste en el Agosto de Vera, y funcionó igual de bien allí que aquí. Éste de Marcelino -siempre les digo las mismas cosas- tiene el peligro de parecer tonto del bote, pero Marín sortea el peligro estupendamente. 

Ahora, pónganse a sumar lo que funciona. Andújar ha conseguido, yo diría que con el menor gasto posible, una escenografía muy resultona. Firma también un vestuario irreprochable. Los modelitos de las señoritas deben de haberle divertido tanto a él cuando los diseñaba, como a las actrices cuando se los ponen. Todo bien y discretamente iluminado. Muy bien traída a cuento la proyección. La música justa. En resumen: que a Vera, que venía del dramón de Agosto, le ha quedado esto muy atractivo, muy en Mihura y lo necesariamente cómico para que tengamos Maribel para meses. Eso espero. No dejen de llevar a sus madres y tías.
P.J. L. Domínguez