Mostrando entradas con la etiqueta La casa de la portera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La casa de la portera. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de marzo de 2015

DELICIA

Sala: La Casa de la Portera Autora: Triana Lorite Director: Alberto Velasco Intérpretes: Juana Andueza, Juana Cordero, María Reyes, David Bueno y Lucía Caraballo Duración: 55'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)




Comenzaba el otro día la crítica de La abducción de Luis Guzmán con un resumen muy sucinto, que me temo que vuelve a ser de aplicación:


Texto 1, dirección 0.


Yo diría que Delicia es prima de Cerda: pertenecen a una familia en la que la excentricidad o, más francamente, el desequilibrio, alcanzan la categoría de virtud. Un tipo de surrealismo autóctono que parece trasudar de las paredes de La Casa de la Portera. La pieza tiene muchas virtudes: avanza como un tren, procura sorpresas, es coherente en su delirio, dibuja un par de personajes gloriosos. Pero me temo que la puesta en escena se le queda justa. El tren hace bastantes paradas en estaciones no previstas. Y el elenco está bastante desequilibrado, no sé si también en origen (en lo que se refiere a la capacidad de cada uno) o sólo en el concierto de sus registros. 

Con esto del "concierto de los registros" que me ha quedado tan mono, Velasco ha reproducido el famoso problema del barquero que tiene que lidiar con el lobo, la oveja y la berza sin que ninguno sufra daños irreparables. Ha metido en el mismo espacio a cinco seres provenientes de planetas diversos, y el guirigay es considerable. Es como si en el bar de La guerra de las galaxias cada alienígena tocara su propia música. Emerge majestuosa -una especie de esfinge maragata, oxímoron que nunca he entendido en qué momento psicotrópico se le ocurrió a Concha Espina, pero que me ha parecido siempre riquísimo de contenidos hiératicos- Juana Cordero, a la que le da lo mismo estar muerta, hablar con la Virgen o lucir los cuernos de la foto de arriba. Todo lo hace con la misma naturalidad. Tengo la sensación de que esta mujer rendiría lo mismo en El Mikado que en La malquerida, y ya me entienden. Por favor, ponganla a hacer más teatro.

Desde luego, si son de los que buscan información en la red antes de decidirse a ver un espectáculo, yo no me perdería éste. Con las deficiencias apuntadas, mantiene una considerable capacidad de provocar la estupefacción, esas agradables cosquillas del intelecto. Además, verán a Juana Andueza. Una fuerza de la naturaleza, quizá complicada de encajar en una estructura organizada, pero que nadie debería perderse al menos una vez en la vida.

P.J.L. Domínguez
          

sábado, 15 de noviembre de 2014

EVA HA MUERTO

Sala: La Casa de la Portera Autor y director: César Augusto Cair Intérprete: Mikel Arostegui Duración: 1.10'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función no está en cartel)
[Parece que la página de la Guía del Ocio a la que lleva el enlace está temporalmente fuera de servicio, y que la compañía teme que ese "enlace inactivo" pueda hacer pensar a mis lectores que la función no está en cartel. Bien, la función está programada en la Casa de la Portera hasta el 30 de noviembre. Hala, ya está claro]

En esta foto no lleva barba. A la función le hace bien que se la deje, más abajo les diré por qué.

Un escenario desnudo, un actor desnudo. Eso dicen las frases promocionales, pero no hay que ser semiólogo para saber que hasta un cuerpo desnudo nos transmite todo tipo de mensajes. Hablaremos algo sobre eso más abajo.

Creación de Eva, de Füssli.

César Augusto Cair ha escrito varias novelas y cuatro o cinco textos teatrales. No le conozco ninguno más que éste. Adán ha sobrevivido a Eva. Algunas alteraciones sobre el relato original, de todos conocido, permiten situarlo eternamente penitente por su rebelión. Como Sísifo o Tántalo, citados en el texto; Prometeo o el judío errante, no citados. También permiten acusar a Dios de mentiroso. Al fin y al cabo, Él inspiró las Escrituras, y éstas no cuentan la historia real, sino una versión maquillada para evitar que se conozca su carácter celoso y vengativo. No está mal traído, pero es como para preguntarse cómo al Todopoderoso se le dio tan mal maquillar todo el resto del Antiguo Testamento. Debió de terminársele el Max Factor, o puede que lo de proyectar una imagen vengativa no le preocupara en exceso. A ver quién era el guapo que se atrevía a comer animales de los que rumian pero no tienen la pezuña hendida. Etcétera. 

William Adolphe Bouguereau
Desde la muerte de Eva, a Adán sólo le queda lamentarse, perdido en la soledad de un paraíso trasmutado en infierno de soledad. Les diré que llevo una semana convencido de haber visto alguna vez un cuadro de Eva muerta. Yo diría que un cuadro simbolista. Nada, por más que busco, nada. Me lo habré inventado, o lo habré visto al natural. Físicamente, digo, colgado de alguna pared, una cosa antediluviana, posibilidad tan remota en la era Google que ni se me había ocurrido hasta este momento. Si alguien lo conoce, que me pase el aviso. Cuadros de Abel muerto, y de sus padres llorándolo, sí. De ésos, bastantes. Les he empotrado uno en este párrafo, destrozando la progresión narrativa, porque todo empieza con una pareja inmensamente feliz. O sea: 


Esta descripción pictórica de la primera pareja es de Salvador Viniegra. La he elegido entre varios millones, porque Adán tiene un cuerpo bastante -pero bastante- parecido al de Arostegui (y ambos tienen ombligo, cosa rara). La historia no empieza exactamente así. Empieza con Adán solo y, digámoslo cuanto antes, es mucho mejor cuando es narrativa que cuando es exclusivamente lírica. La introducción es un poco demasiado extensa. Sobre todo, hace temer que aquello siga por ese camino durante toda la función, temor que produce lo peor que puede ocurrirle al teatro: el desdoblamiento del espectador entre uno que ve y otro que teme. Afortunadamente, no es así. Cuando Adán llega al punto en el que empieza a desgranar los acontecimientos que se suceden desde la creación de Eva, la cosa empieza a volar sola. Esto no quiere decir que todo el lirismo sobre, ni mucho menos. La descripción del despertar de los sentidos, por ejemplo, deja rastro en la memoria del espectador.
Cornelis van Haarlem
La narración pasa por esta fase de la derecha (La primera familia) y llega a la muerte de Abel. Creo que no destripo mucho si les cuento que Caín no tiene, el pobre, nada que ver con eso. Abel, simplemente, muere, y ése es el suceso que provoca el desafío de Eva. Su suicidio, habría que decir. "Dios nos ha dicho que no debemos comer ni tocar el fruto de ese árbol, porque si lo hacemos, moriremos" (Génesis, 3-3). Come a sabiendas de  que morirá, porque no hay serpiente que le sugiera lo contrario. Adán come entonces del otro árbol. ¿El otro?, se preguntarán. Sepan los que anden flojillos de cultura bíblica que hay DOS árboles en esta historia: el árbol de vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal (Génesis, capítulo 2, versículo 9). El primero daba la vida y el segundo la muerte. De acuerdo, es un poco confuso, pero no hay que olvidar las condiciones de transmisión de la información que Christopher Hitchens, en ese panfleto -superficial pero divertido- titulado en castellano Dios no es bueno, glosaba así: Una dificultad añadida es la incontestable tendencia del Omnipotente a manifestarse sólo a individuos iletrados y de incierta historicidad, en áreas desérticas del próximo oriente que fueron durante mucho tiempo patria de la veneración de ídolos y de la superstición, repletas ya en muchos casos de preexistentes profecías. En fin, Eva muerta, Adán decide comer del árbol que lo hace inmortal. Y de ahí el suplicio de vagar para los restos por el jardín del Edén.

¿Da esto para hora y diez? Pues ya les digo que, una vez que la narración entra en harina, y a pesar de las dudas iniciales, sí. Mikel Arostegui le pone muchas ganas, y Cair le ha puesto una música -la Liturgia de San Juan Crisóstomo, de Tchaikovsky, aquí tienen un fragmento- que le viene como anillo al dedo. ¿Por qué? Porque el almacenero de nuestro imaginario colectivo la reconoce de inmediato como música religiosa, pero percibe también un inefable perfume extraño que emana de su condición oriental y ortodoxa. Esto es, no produce la sensación trillada de música de iglesia (expresión de proverbial ignorancia, pero con la que hay que lidiar). Además de eso, la música coral es, en líneas generales, mucho más difícil de datar de oído que la sinfónica, por motivos obvios: primero, porque hay menos elementos en juego y, por tanto, menos pistas (falta la pista esencial de la instrumentación, por ejemplo), pero también porque los elementos estilísticos propios de cada período son mucho menos evidentes. Esto de Tchaikovsky es un buen ejemplo: media docena de compases sinfónicos bastan, casi siempre, para delatar su mano, pero pónganle la grabación a un músico que no conozca la obra, y verán el aprieto. En parte, este efecto se debe a que la música coral -y, sobre todo, la música coral religiosa- ha cultivado durante siglos el arcaísmo. El arranque del fragmento del enlace lo podría haber firmado tranquilamente, pongamos por caso, Donostia en 1924. Claro que no estaría en ruso. La percepción -consciente o inconsciente- del ruso tiene su relevancia en esta sensación de extrañeza.


La liturgia ortodoxa es de una belleza sobrecogedora. Por algo decía la madre de
Nijinski que ver bailar a su hijo era lo más hermoso del mundo, sólo por detrás de
ir a misa.
a
Volvamos. Relevante contribución, por tanto, la de esta banda sonora hermosa, trascendente y extraña. Contribuye no poco a construir la atmósfera de ese lugar hermoso, trascendente y extraño que es el Paraíso terrenal. El otro añadido es el efecto de los relámpagos con que Dios Padre castiga a Adán cada vez que dice una burrada. Bien pergeñados aun con los escasos recursos de la sala, pero demasiado numerosos. Cada vez que un relámpago se desata, Adán cae fulminado al suelo. Unas pocas veces, impresiona; unas muchas veces, deja de hacerlo. Evito casi siempre dar recomendaciones, porque son odiosas, pero me parece que ésta es evidente: quiten relámpagos, terminan pareciendo una muleta fácil para tirar adelante.

Y volvamos a las ganas de Arostegui. A mí me gustó. Me gustó la gesticulación, por momentos poco teatral, más de andar por la calle ahora mismo y, por tanto, emparentada con un realismo tirando a televisivo. Me gustó la convicción y la mirada limpia que fija en las pupilas de los espectadores. Pone una muy verosímil cara de chico bueno apaleado: podría, como Diego Martín, ser Semion Semionovich en La gaviota. No crean que yo sé mucho de esto de la interpretación, que es un mundo, pero, en mi modesta opinión, es un actor al que no se le han pegado las malas mañas que a menudo se ven en intérpretes muy jóvenes. Habrá que ver por dónde sigue.

*  *  *

PROPINA: Del cuerpo de Arostegui y de cómo contribuye a la función. Como decía al comienzo, hasta un cuerpo desnudo tiene contenido semántico. El cuerpo humano es, posiblemente, el objeto más cargado de significación en la historia de la cultura, así que no es lo mismo que Adán lo tenga de un tipo o de otro (y bastaría con ver los cuatro que ya llevamos acumulados en las ilustraciones de esta entrada). Nuestra memoria de los personajes bíblicos y de los santos está construida con repertorios iconográficos de diverso origen, pero probablemente el más presente es el de las imágenes del renacimiento y el barroco. Quizá más del barroco. En mi función, el actor lucía un cabello más bien largo y más bien descuidado, y unas medias barbas. Ya saben que, ahora mismo, y como dijo el encargado del casting de Los miserables, es imposible encontrar en Madrid un joven sin barba. 

Estos dos han salido de La fragua de Vulcano. Uno se cruza todo el tiempo chicos con este aspecto por la calle, algo poco frecuente hasta hace unos años. Arostegui está mucho más bíblico con unas medias barbas como éstas que sin ellas. Pero no es ése el único parentesco con la iconografía que, como les decía, asociamos a los personajes de la historia sagrada y del santoral. Para empezar, nuestro actor tiene una musculación discreta y más bien de contorno suave. Vean esta Flagelación de Caravaggio.



Una definición suave de la musculatura que poco tiene que ver con los cuerpos supermusculados que últimamente damos por normales. Arostegui se acerca más a esto que a lo otro. Y vamos con las caderas y los muslos.


El ideal de belleza masculina de los últimos tiempos establece que las caderas deben ser estrechas y el perfil de los muslos vistos de frente, prácticamente una prolongación de esa estrechez. El muslo puede ser musculado, pero no abultar hacia los lados. Aquí a la derecha tienen un San Sebastián de Pierre et Gilles, pero podríamos poner cualquier imagen publicitaria o de cine porno. No soy un especialista, pero sé, como sabe cualquiera, que esto ya era así con los griegos (vean el Doríforo o el Apoxiomeno), y que así ha sido durante siglos. Pero sé también que en el punto histórico que nos interesa -renacimiento y barroco- ese canon convive con otro de cadera más ancha y/o muslos sobresalientes. Vean los dos ejemplos de más abajo. Son el Jesucristo con la cruz de Miguel Ángel (en Santa Maria sopra Minerva, Roma) y el San Sebastián de Juan de Juanes que está en el Museo de Bellas Artes de Valencia.




Tenemos otro ejemplo de Miguel Ángel referido, precisamente, a la Creación de Eva. Fíjense en las caderas y los muslos de Adán.



Pues bien, resulta que Arostegui tiene no exactamente unas caderas anchas, pero sí unos muslos ligeramente musculados hacia los lados que lo alejan del canon actual y sugieren una belleza antigua. Si suman el cabello y las barbas, ese perfil de las piernas y la iluminación tenebrista aplicada a toda la función -que deja al actor en un claroscuro permanente- comprenderán que se produce un potente efecto de rememoración de las imágenes sacras del barroco. 

Musculatura suavemente definida y muslos potentes (aunque en esta foto no pueden apreciar esa característica de que se proyectan ligeramente a los lados). Aprovecho para dos últimas recomendaciones. Una: cambien la tela verde, que es horrorosa, y de textura y tacto imposibles. Sí, tacto; el espectador no toca, pero lo percibe. Podrían aprovechar para poner algo que refuerce esa identificación con el barroco. Dos: que no se afeite. Y terminemos esta entrada, que aún les debo la entretenida Diez negritos y la no-entretenida Juego del amor y del azar. Y veré entre hoy y mañana Desde Berlín y El profe. No doy abasto.
 P.J.L. Domínguez


           

jueves, 5 de junio de 2014

YO AMÉ A EDGAR ALLAN POE

Sala: La Casa de la Portera Autor: Edgar Allan Poe (versión de... no figura en el programa de mano) Directora: Pilar Massa Intérpretes: Pilar Massa y Carmen Mayordomo  Duración: 1.05'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Joé qué foto, ¿eh? Una imagen vale más, y todo eso. Me parece que ésta cuenta la función mejor que todo lo que yo pueda escribir.

No esperen grandes alharacas, ni sustos en plan cinematográfico. Yo amé a Edgar Allan Poe -lo único malo es el título- es una función... yo diría que serena y apacible, a pesar del asunto. El asunto son tres relatos: El corazón delator, El gato negro y -estuve cruzando los dedos para que el tercero fuera mi favorito- Berenice, mi favorito. Supongo que no quedará nadie en el planeta que no los haya leído, pero, si se les han despistado, no sigan perdiendo el tiempo y malgastando su vida: les he puesto los enlaces en los títulos para que no tengan que molestarse más que en mover un dedo. Son como los de Borges, no cansan. Me recuerdo a mí mismo leyéndolos a escondidas en la cama, atenazado por el terror. Ciertamente, no me producen ahora el mismo miedo que entonces, pero de vez en cuando sigo cogiendo de la estantería el mismísimo libro de mis ocho años. No voy a determe en elogiar los textos, encontrarán miles de glosas en red y... hasta menciones en los Simpson. 

Sólo les diré que parecen especialmente aptos para la lectura en voz alta: ganan cuando se oyen. Son testimonio de ello la innumerable cantidad de versiones no dramatizadas (que no reparten voces entre distintos personajes, quiero decir) que se han realizado en todo el mundo, tanto las que simplemente ponen voz a la narración como las que ilustran la historia con imágenes y dejan al narrador en off. Esto no es habitual, el traslado de un cuento al audio o la pantalla suele incluir la dramatización casi por norma. Esta versión, que supongo que es de la directora, apenas retoca los originales. Cambia la primera persona a la tercera, y poco más.  


Goizalde Núñez y Pilar Massa
en ContraAcciones
Le he visto a Pilar Massa ContraAcciones y Un pasado en venta. Eso me basta para saber que es una gran directora de formatos de cámara. La primera me gustó, y me ha gustado más con el tiempo (le puse tres estrellas en la Guía y me pregunto ahora por qué no fueron cuatro). También actuaba, y estaba estupenda. Tiene una mirada abierta y directa que recuerda a la de Luisa Martín. Aquí hay una decisión de interpretación que rinde muy bien: dice todo su relato casi susurrando, sin llegar al nivel de fonación normal más que, creo, una única vez, con el efecto consiguiente. Hay que tener un par de narices (tanto narices de actriz como narices de directora) para aguantarse las ganas de levantar la voz mientras se dicen cosas horribles, pero el esfuerzo merece la pena.

Hablé cuando ContraAcciones de la sobriedad de la puesta en escena, un rasgo que parece característico en Massa, al menos a la luz de estos tres montajes. Cuando llegó Un pasado en venta ya tenía yo el blog en marcha, así que pueden leer la entrada si les apetece. Esta vez ha ejercido también una dirección liviana (una dirección de aspecto liviano, quiero decir, cosa que no tiene nada que ver con no dirigir), dejando que dos señoras de aire, y vestuario, decimonónico nos cuenten estas historias como si estuviéramos en el salón de su casa. Una casa tenuemente iluminada, como imponen los cánones del género. Ya decíamos en la crítica de Carne viva que Massa se ha inventado aquí un recurso formal surgido de las condiciones de La Casa de la Portera. El público se divide en los dos espacios, y en cada uno de ellos una de las actrices narra una historia. Después, las actrices se intercambian el lugar. Al final, todos juntos para escuchar Berenice de la boca de ambas. El truco está bien, hace más íntima toda la primera parte de la función.


Carmen Mayordomo
Y si algo hace bien Massa, es seleccionar actrices. Goizalde Núñez, Marta Fernández-Muro... y ahora Carmen Mayordomo. De pronto, me las he imaginado a las tres juntas, y casi me da un vahído. Bromas aparte, la Mayordomo es una grandísima actriz que, además, se prodiga a diestro y siniestro con una capacidad de trabajo y de adaptación sorprendentes (echen un vistazo al enlace en su nombre, sólo las entradas en las que aparece en este blog ya dan una idea de esa dedicación). Realiza aquí un delicado ejercicio de estilo, es un placer verla moverse como si estuviera en su propia casa. Iba a decir que es como si los cuentos hubieran sido escritos para que ella los declamara, pero es que esto mismo es lo que ocurre con todos y cada uno de los papeles que le he visto intepretar. Y que conste que no somos primos. Verán el día que haga una Medea o una Lady Macbeth.

Sin alharacas, les decía, sin estridencias, pero lo que estas señoras llamarían quizá una agradabilísima velada. Sólo tengo una sugerencia: esas cositas que caen al suelo al final de Berenice -no diré lo que son, por si queda alguno que no se la haya leído- deben hacer ruido, incluso si eso supone mover a la actriz al punto donde no hay alfombra en el suelo. Está uno esperándolo desde que ve la caja, y en este espacio tan pequeño, y con una interpretación tan intimista, todos y cada uno de los ruidos -el frufrú de los vestidos, el roce de un cajón- colaboran. Éste sería el remate perfecto.

P.J.L. Domínguez
           

miércoles, 26 de febrero de 2014

PERFILES

Sala: La Casa de la Portera Autor y director: Sergio Martínez Vila  Intérpretes: Mercedes Castro y Miquel Insua Duración: 1.05'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Mercedes Castro y Miquel Insua.

Todos tenemos alrededor gente sola. Me temo que es un problema del bienestar. Y, perdónenme si ofendo a alguien, del egoísmo. Cuando me pongo en el lugar de un anciano de ochenta años que vive solo y que tiene no sólo serios problemas de organización, sino también una necesidad angustiosa de compañía, me pregunto cuáles son los mecanismos mentales que bloquean la solución de buscarse un inmigrante que, a cambio de una habitación, traiga la vida de vuelta a una casa premuerta. Mi barrio está repleto de ancianos solos e inmigrantes necesitados, de todas las marcas, tamaños y modelos. Hombre solo, mujer sola, familia, mujer con niño... ¿Quizá es que a esa edad uno ya no quiere conocer a nadie? Pues no. Me estoy acordando de mis difuntas vecinas Angelita y Teresa. Llevaban toda la vida odiándose, pero algo tenían en común: en cuanto llegaba un vecino nuevo, se le metían de inmediato en casa. Así que dependerá de cada uno. Me siento siempre impotente cuando la gente, a falta de poder preocuparse por alguien, me cuenta su horrible preocupación porque no le funciona el móvil.

O su búsqueda compulsiva de compañía en internet, eso por descontado. En cuanto nos quitan los quehaceres, y a nosotros nos han quitado los abuelos y los niños que siempre sobrecargaron la vida cotidiana de los adultos en las sociedades tradicionales, los seres humanos nos tiramos como locos a cualquier adicción. Si yo no tuviera que levantarme por obligación todas las mañanas y no acarreara diversos tipos de benditas cargas familiares, me haría yonki o algo peor antes de un año. No es broma. 

Estos de Perfiles también, más o menos. Están más solos que la una. En un estado de pobreza material y moral compartida que podría conducirles a constituir una sociedad de socorros mutuos. Una amistad, quiero decir. El texto escarcea alrededor de la posibilidad de llegar a una relación de pareja, pero no parece que esa otra opción (¿Más fácil o más difícil? No sé responderme) llegue a plantearse.

El texto es realista y, como sucede a menudo en La Casa de la Portera, el ambiente ayuda a la construcción del realismo: el piso de Silvia podría ser igualito a éste. El realismo y la humildad son quizá los dos rasgos más evidentes tanto de la pieza como de la puesta en escena: pequeñas escenas de la vida cotidiana, lenguaje llano, nada de grandes sucesos, interpretación relajada. Insúa está muy bien, es un tipo con mucho oficio, bastante camaleónico (hace unos meses fue mujer en La ceremonia de la confusión). Es creíble y, sin desbordar el perfil relajado de la función, capaz de mostrar los altibajos del personaje. Pero yo diría que Mercedes Castro está demasiado relajada. Sí, vale, es evidente que interpreta a una mujer que no levanta la voz ni cuando se enfada. Pero es que no levanta la voz nunca. Ni la voz  ni el gesto, si se me permite la expresión.

Puede ser un problema de dirección o de interpretación, pero tendría fácil arreglo. En muchos momentos, Insua intenta tirar para arriba, pero el tono de ella arrastra hacia abajo. Es una pena que este pequeño ejercicio de cámara no contenga al menos un par de arranques en los que la protagonista femenina demuestre tener sangre en las venas. Creo que se convertiría en una cosa bien distinta.
P.J.L. Domínguez
           

lunes, 20 de enero de 2014

EL HUERTO DE GUINDOS

Sala: La Casa de la Portera Autor: Anton Chejov (versión de R. Tejón) Director: Raúl Tejón Intérpretes: Felipe G. Vélez, Nacho Fresneda, Alicia González, David González Sabrina Praga, Consuelo Trujillo, Bárbara Santa-Cruz, Germán Torres y Carles Francino. Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Nacho Fresneda y Carles Francino.

Nada, parece que no hay remedio. Está definitivamente de moda cambiar los títulos. Me fui al Huerto de guindos convencido de que iba a ser una parodia de El jardín de los cerezos, y ni parodia ni nada (para parodia, involuntaria, parece que tenemos suficiente con Los áspides de Cleopatra). Como les decía a propósito de MBIG, ¿qué estarán haciendo los pobres documentalistas que tengan que archivar los programas de mano, la información en prensa...? Porque, aunque no lo crean, hay gente que se dedica a eso a jornada completa. 

La Casa de la Portera está íntimamente unida a Chejov: el exitazo de su apertura fue un Ivan-off (hala, otro título alterado) dirigido por Martret. Tejón recibió entonces numerosos elogios por su papel protagonista, y es el director ahora. No es de extrañar que se perciba un cierto aire de familia entre ambos montajes. ¿Estaremos asistiendo al nacimiento de una escuela? Nunca se sabe, el espíritu sopla donde le apetece. No me consta que haya dirigido antes. Si es su primer intento es, desde luego, notable. 


Además, tenía estilo el tío.
También la versión es suya. Ha eliminado algunos papeles menores y la ha dejado en cien minutos. Además de eso, hay un intento de ubicar la acción en nuestro país. Un intento inocuo, ni aporta ni molesta. Da exactamente igual que Lopakhin se llame López y que el diccionario se convierta en el Espasa-Calpe. Estos personajes son rusos hasta de perfil. Y, como bien saben, hay un tópico que asegura que nos resultan especialmente cercanos. Toda una ristra de afirmaciones por el estilo desde el siglo XIX sobre la supuesta vecindad del alma rusa a la del otro extremo del continente. Es posible, pero me pregunto si todos los demás europeos que quedan en medio no sienten a esta gente igual de próxima, por mucho que hoy pueda chocar tanta efusión sentimental o el promiscuo amontonamiento en el que ricos y pobres viven mezclados (y en el que el siervo besa a su señorito antes de acostarlo). ¿Chejov, a la vez, el último de los antiguos y el primero de los modernos? 


Repitan conmigo: Freud,
Marx y Marcuse... etc,
no eran completamente
idiotas.
Lo que no choca en absoluto es esa asfixiante atmósfera de fin de ciclo: él no lo sabía, pero nosotros sí, que cuando escribió esta obra faltaban diez años para que el mundo reventara en pedazos y se llevara por delante todos estos conflictos neurasténicos de sus personajes. ¿No notan una parecida sensación ominosa en el ambiente? Serán cosas de mi mal carácter, pero cada vez veo más gente alrededor que no sabe cómo disimularse a sí misma que no le gusta nada de lo que tiene, nada de lo que hace. Semejante abundancia sólo puede deberse, como en tiempos de Anton Pavlovich, a una contradicción (anda por Dios, perdón, se me ha escapado un término marxista, ya debo de tener a Echelon encima) cada vez más violenta entre nuestras necesidades y la vida que la corporación (digo, perdón otra vez, la sociedad quería decir) nos impone. Quién sabe. Lo peor de todo es, quizá, que, como Tropimov (que en la version de Tejón se llama Pedro y es Carles Francino), todo el mundo parece saber en el fondo lo que debería hacer para estar-en-el-mundo mucho mejor (si lo pongo así, con guiones, es como si entendiera de filosofía alemana), pero que casi nadie lo hace. Yo lo llamaría "surplús de represión", si no fuera porque Marcuse es otro apestado; si lo citas pareces idiota, y se ríen de ti hasta los que nunca han leído ni la voz correspondiente en la enciclopedia.

En fin, volvamos a lo nuestro. El Chejov de Tejón está bastante bien, tirando a muy bien. Pegas, lo que se dice pegas, no le encuentro ninguna, para ser excelente le falta sólo ese no-sé-qué que no se deja explicar con palabras. Quizá algo de tensión sostenida, más malestar, más... "egonezina". ¿Saben lo que es eso? Una fantástica palabra en vascuence para la que no conozco equivalente en otras lenguas: no-poder-estar. Desazón, podríamos decir. El jardín de los cerezos tiene que contagiar la neurastenia, la íntima inquietud que las falsas situaciones superpuestas provocan en los personajes.


Empezando por la última fila: González y Francino; González, Fresneda y Vélez; Santa-Cruz, Trujillo, Torres y Praga.
Algo que está superlativamente bien: todo el off que acompaña a las escenas. La Casa de la Portera casi impone la ficción de que el espectador está en el mismo lugar en el que se desarrolla la historia. En este caso, la casa de Liubov Andréievna Ranévskaya. El escenario no termina en la puerta del salón en el que uno está sentado, se prolonga por el pasillo, el otro salón, la puerta de entrada... Por tanto, pueden llegar ecos de todo lo que ocurre por ahí, o los personajes pueden atravesar el pasillo. Tejón ha explotado esto muy bien. Especialmente -pero no sólo- durante el tercer acto: la música y las risotadas de la fiesta suenan fuera, produciendo una fuerte sensación de ambiente real.


Bárbara Santa-Cruz
Los intérpretes bien; bien individualmente y bien en conjunto. Algunos, como si no hubieran abandonado el planeta Ivan-off desde que los vimos hace meses (ya les he dicho que el estilo de dirección está muy cercano). Es una sensación curiosa: parece que, mientras el tiempo pasaba, estos señores seguían viviendo en la Rusia prerrevolucionaria, pero en plena calle Abades. Me ha gustado mucho, pero mucho, Bárbara Santa-Cruz (Valeria / Varia), un mar en calma que todo lo lleva por dentro. Pero también Alicia González (Dunia / Duniasha), deliciosamente escandalosa, y Sabrina Praga (Ania). Consuelo Trujillo consigue sobrevolar la realidad sin parecer boba o hacerse odiosa, como pasa a veces con estas antiheroínas de Chejov (yo lo llamo el síndrome Melania). A Nacho Fresneda no lo había visto nunca en teatro, y el tipo es impresionante: qué aplomo. Sólo eché de menos algún matiz en Firs / Fer y en Piotr / Pedro, que van un poco a piñón fijo.

Nota final: fíjense en el fantástico repertorio de voces. 
P.J.L. Domínguez
           

sábado, 12 de octubre de 2013

CERDA

Sala: La Casa de la Portera Autor y director: Juan Mairena Intérpretes: Dolly, Inma Cuevas, David Aramburu, Soledad Rosales y María Velesar Duración: 1.10' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



No sé quién es el dueño del seudónimo Juan Mairena, si es que de seudónimo se trata. Supongo que cualquiera que haya mantenido diez minutos de charla ante la puerta de la Casa de la Portera lo sabrá, pero yo tengo mis limitaciones: de casa al teatro y del teatro a casa. Raramente me entero de nada más que de la representación. Con ese nombre como referencia sólo encuentro Cerda y Desmontando a Blancanieves, pero es de suponer que, quizá bajo otra identidad, ande rondando la actividad escénica desde algún otro frente, porque de esto sabe un rato.

Especifico: sabe un rato de escribir teatro. Ha escrito y dirigido Cerda. Vamos, que es su papá y su mamá. Y Cerda está infinitamente mejor escrita que dirigida. Es un texto que a ratos se va para acá (comedia petarda), a ratos para allá (absurdo puro) y a ratos para acullá (lirismo dramático). Que acumula referencias de Blade Runner, Santa Teresa, Gertrude Stein (una  cerda es una cerda es una cerda...), Esperanza Gracia (la de los horóscopos de la tele), la cultura infantil (monjamonjamonjamon...) o una de las más ingeniosas glosas de Hamlet nunca oídas: "Ser o no ser, ésa es la cuestión... sobre todo si la deciden otros" (cito de memoria). Lo sorprendente es que todo esto casa en un conjunto coherente que va llevando al espectador por una pendiente de sorpresas: no hay manera de pillarle el género. Es, por tanto, un verdadero bombón (envenenado) para cualquier director que quiera hincarle el diente.

Pero esa compleja coherencia del texto no encuentra contrapartida en la dirección. No se puede dirigir el melodrama como melodrama, la comedia petarda como comedia petarda, el chiste de Muchachada Nui como Muchachada Nui... en una simple yuxtaposición de escenas. Ahí está precisamente la dificultad de poner en escena esta pieza. Si suman que el elenco es notablemente irregular, comprenderán que Cerda se queda bastante por debajo de sus posibilidades. Algo que no hace más que incidir en el elogio al texto, porque lo cierto es que, a pesar de todo lo dicho, la función se ve con agrado, mantiene uno el interés y suelta alguna carcajada.


Inma Cuevas y Dolly.
Están muy bien Dolly -as herself, seguro que más dirigida daría sorpresas- y, sobre todo, Inma Cuevas, que estuvo en su día en aquella maravilla de Los últimos días de Judas Iscariote y que las da todas: igual se pone mística, que absurda, que lúbrica. Todo con convicción.
P.J.L. Domínguez


Debo decirles que todas las críticas que he leído son más benévolas que la mía y que la función ha suscitado un notable entusiasmo desde hace varios meses. Tienen una selección en la página de La Casa de la Portera.


           

martes, 14 de mayo de 2013

ELEPÉ


Sala: La Casa de la Portera Autor y director: Carlos Be Intérpretes: Fran Arráez; Carmen Mayordomo e Iván Ugalde. Duración: 1.20'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Arráez, Mayordomo y Ugalde.
No parece que se vayan a dejar encasillar. Estos tres de la foto, más el autor y alguno más, son The Zombie Company. Les vi primero Exhumación, un thriller histórico-sentimental que, con un retoque de corte y confección, daría perfectamente para una telemovie alemana de ésas de misterio que ahora se ven tanto en la tele. Después, Peceras. Esa vez tocaba drama hiperrealista con final de fábula moral. Y ahora... ¿saben lo que se han marcado ahora? Un musical juke-box entre la comedia y el melodrama. Engaña a primera vista, puede pasar por una cosilla cómica. Pero lo cierto es que tiene aliento, incluso para pasar a mayores. Aunque parece escrita expresamente para este espacio -y lo cierto es que funciona- permitiría un desarrollo con elenco más amplio y en escenario grande. O, quizá sobre todo, una película. Todo esto subraya la habilidad de Carlos Be para nadar en las aguas de todos los géneros sin ahogarse en ninguna. En otras palabras: manteniendo siempre una distancia prudencial respecto a la sumisión a sus convenciones.


Ambientada en los ochenta, la trama desarrolla una especie de historia sentimental de la época con tres personajes arquetípicos cuyas vidas orbitan alrededor de un bar gay, el Elepé. Con un aura de nostalgia cuya verosimilitud sorprende. Dada la edad del autor, parece difícil que pueda sentirla. Aunque estas cosas... Yo también siento nostalgia de lugares y tiempos en los que nunca he estado. En cualquier caso, parece escrita por alguien que hubiera vivido entonces lo mejor de su vida (yo mismo, sin ir más lejos). La selección de canciones contribuye lo suyo a ese ambiente melancólico. Una selección hecha sin prejuicios, desde luego: desde el Por qué a mí de Mari Trini al Vogue de Madonna o el You are not matador de Las Deblas (!Quién se acuerda de Las Deblas! Yo. Yo estuve allí. Ya he puesto "yo" cuatro veces en esta entrada, debería empezar a cuidar el estilo). Con una preciosa versión de Qué sabe nadie, lenta y melancólica, de Carmen Mayordomo mientras se toma el último café de la madrugada e intercala diálogo con Fran Arráez. Es, quizá, la escena más lograda de la función: el regreso a casa a las tantas de la mañana. Ay, juventud, a dónde te habrás ido, cuántas veces me pasaron cosas calcaditas a ésta que ya casi ni recordaba. Arráez,  travestido, es un excelente contraejemplo de cómo el cambio de género puede integrarse en las tripas de una función, y no quedarse en un simple disfraz, como en La monja alférez. 

Estos tres tipos son unos todoterreno. Es impresionante verlos darse la vuelta como un calcetín respecto a lo que hacían en Peceras hace solo un mes, y construir en ochenta minutos tres caracteres verosímiles -y entrañables- a pesar de la trama disparatada y de las dosis de melodrama. Lo siento, pero no hay más remedio que invocar al tópico Almodóvar, esta vez como elogio. Por cierto: si pagan entrada tendrán derecho a ver a uno/a de ellos completamente desnudo/a. No pienso decirles a quién



Una cosa más tengo que agradecerle a Elepé: me ha hecho recuperar Miel en la nevera, una maravilla de Tino Casal (ese tipo que sería universalmente conocido si llega a nacer en Minnesota). Elepé se ha escrito para convertirla en un remate que parece compuesto ex profeso. Me voy a dormir. A ver si sueño que tengo veinticinco años y que Madrid es, otra vez, un lugar mágico en el que buscar sorpresas; y las sorpresas, todavía, buenas noticias.
P.J.L. Domínguez
           

miércoles, 3 de abril de 2013

PECERAS

Sala: La Casa de la Portera Autor y director: Carlos Be Intérpretes: Fran Arráez, Carmen Mayordomo e Iván Ugalde. Duración: entre hora y hora y media, opinable.
La función ya no está en cartel 


Iván Ugalde, Carmen Mayordomo y Fran Arráez.

Otro grupo, The zombie company, que parece una secta. Se lo decía el otro día a propósito de la Sala Tribueñe y Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama, y algunos más hay en Madrid, como los reunidos en torno a Rodolfo Cortizo y La Puerta Estrecha. Explico el apelativo cariñoso de secta: se trata de colectivos empeñados en hacer lo que les gusta, como les gusta, sin la menor preocupación a priori por intereses comerciales o, si me apuran, de difusión. Esto que se llamaba antes trabajar por amor al arte. 

Los zombies llevan un trantrán que roza el delirio: estrenaron en 2012 nada menos que Exhumación, Muere Numancia muere y Peceras. La primera es un curioso juguete que mete en la misma caja a Shakespeare y a Tycho Brae (desde hace unos años, es espectacular el desarrollo de un subgénero shakesperiano con todo tipo de variaciones sobre su vida u obra). Si el autor tuviera algún interés en ello -no parece que tenga mucho, ya les he dicho que esta gente tiene otras motivaciones- no costaría mucho convertirla en una función comercial con suspense y drama humano (ese género que llamo comercial-con-plus, como Deseo). Muere Numancia muere me la perdí, ya lo saben, no llego a todo. Sigue el trantrán: acaban de estrenar ahora en La Casa de la Portera Elepé, también de Carlos Be. Intentaré no perdérmela para mantener informados a mis amables (¡y cada vez más numerosos, glups!) lectores.

Normalmente redacto estas cosas de un tirón, y cuanto antes. Ésta la escribo con casi una semana de retraso respecto al día que vi la función, porque no sé por dónde salir. Es condenadamente difícil decirles algo sin destriparla. Esto suele ser un obstáculo referido a la resolución (¿quién era el asesino?) o incluso a la trama, pero esta vez no debo revelar ni siquiera el tema (ni los retos de interpretación a los que se enfrentan los actores). Así que quizá les parezca que los comentarios son menos extensos que de costumbre. A mí me hicieron el favor de no contarme nada, y lo agradecí, porque gana uno un rato largo de completa perplejidad sobre lo que allí se cuece. Un rato largo difícil de medir. Si miran los datos de arriba del todo, verán que no puedo decirles ni cuánto dura el espectáculo, porque no se sabe muy bien en qué momento empieza. Y hasta aquí puedo leer. Si quieren un consejo, no miren otras críticas (por ejemplo la de Javier Villán), porque les espoileriza el asunto. Háganme caso y vayan vírgenes. 

Bueno, también se la perdieron en el Lara. No tienen ustedes remedio.

Peceras se llevó el premio del Indifestival este año en Santander (y Carmen Mayordomo el de interpretación). No faltan motivos. Sólo les digo que lo que cuenta es sobrecogedor y, además, verosímil. Es algo que se ha hecho siempre en círculos del alcantarillado social o de los áticos más encumbrados, pero que en un momento en el que estamos pasando de la economía de mercado a la sociedad de mercado (Ramoneda dixit) podría ofrecerse cualquier día en los centros comerciales para la clase media. Tiene una prolongada fase introductoria, en la que ni se olerán lo que está pasando, pero la intensidad dramática de lo que viene después justifica esa duración. Sin embargo, yo diría que una vez llegados al meollo habría materia para un desarrollo de mayor extensión. Eché en falta un poco más de regodeo en  la fantástica situación en la que... ¿cómo lo digo sin reventar? ...en la que ella asume intuitivamente el personaje que se le demanda, y sigue la corriente con destellos de creatividad. Una auténtica profesional. ¿Han entendido algo? Espero que no.


Muy bien dirigida: realismo desaforado con alguna ligera licencia bailona. Muy bien interpretada. Fran Arráez e Iván Ugalde (actor con una sorprendente facilidad para cambiar de aspecto) dan miedo. Mentes criminales nos tiene entrenados en las tipologías de psicópata dominante y psicópata sumiso, lo que son estos dos. Carmen Mayordomo es, siempre, la bomba. Aquí también. La he visto hacer comedia con el mismo rendimiento (Por lo menos no sufrió, un estupendo microteatro de Juan Morali) y levantar por sus narices alguna cosa de medio pelo que sólo brillaba cuando ella abría la boca. Le basta una mirada para fulminar al espectador.
P.J.L. Domínguez