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lunes, 29 de mayo de 2017

FUENTE OVEJUNA

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Lope de Vega (versión de Alberto Conejero) Director: Javier Hernández-Simón Intérpretes: Jacobo Dicenta, Marçal Bayona, Mikel Aróstegui, Alejandro Pau, Paula Iwasaki, Ariana Martínez, Loreto Mauleón, Pablo Béjar, Carlos Serrano, Kev de la Rosa, Aleix Melé, Raquel Varela, Miguel Ángel Amor, etc. Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




No hacía ni cuarenta y ocho horas que estaba yo pidiendo a los dioses que no encomendaran a Viana y al redactor del programa de mano de la Zarzuela el repertorio por el que se supone que debe velar la Compañía Nacional de Teatro Clásico, cuando me encontraba con la operación de censura practicada sobre Lope de Vega. Se avecinan malos tiempos, si no lo tienen asumido, más vale que se caigan del guindo.

Alberto Conejero, el autor de la estupenda La piedra oscura, recibe el encargo de realizar la versión de Fuente Ovejuna (así, separado, como Lope tituló originalmente) que la Joven Compañía de Teatro Clásico representará. Entonces, lee lo siguiente:
               Gallinas, ¡vuestras mujeres
               sufrís que otros hombres gocen!
               Poneos ruecas en la cinta.
               ¿Para qué os ceñís estoques?
               ¡Vive Dios, que he de trazar       
               que solas mujeres cobren
               la honra de estos tiranos,
               la sangre de estos traidores,
               y que os han de tirar piedras,     
               hilanderas, maricones,
               amujerados, cobardes,
               y que mañana os adornen
               nuestras tocas y basquiñas,
               solimanes y colores!          
               A Frondoso quiere ya,
               sin sentencia, sin pregones,
               colgar el comendador
               del almena de una torre;
               de todos hará lo mismo;          
               y yo me huelgo, medio-hombres,
               por que quede sin mujeres
               esta villa honrada, y torne
               aquel siglo de amazonas,
               eterno espanto del orbe.      

Y decide que nuestra sensibilidad no puede sufrir los términos "maricones", "amujerados" y "medio-hombres". Como harían Viana, los jesuitas autores de versiones edulcoradas de los clásicos o la mismísima Reina Victoria, los censura, y se carga el monólogo.

Voy a repetir lo obvio, lo voy a repetir todas las veces que haga falta ante esta oleada de reacción, censura e hipocresía de la corrección. Usted y yo no concebimos que se pueda insultar a un hombre llamándole mujer, porque creemos en la igualdad de géneros. Quien insulta a un hombre llamándole "medio-hombre" o "amujerado" o "maricón" -y usando esos términos con su significado primero y no, como se hace a menudo, des-semantizados- muestra una repugnante ideología sexista (digamos de paso que aquí "maricón" quiere decir seguramente "afeminado" y no "homosexual", pero esto es secundario). Ahora bien, Lope pone estas palabras en boca de una campesina castellana del siglo XV, una campesina que comulga a pies juntillas con el sexismo. Cree que los hombres deben ser valientes, y si no lo son parecen mujeres, porque las mujeres son menos valientes que los hombres. Esto es lo que el personaje -y, con toda probabilidad, también Lope, aunque esto es también secundario en este caso- cree, y es absurdo censurarlo, como si la operación de censura hiciera desaparecer el sexismo del mundo. Repitámoslo, por si no ha quedado claro: ni usted ni yo ni Conejero pensamos así, pero tanto Laurencia como sus interlocutores, sí. [Laurencia es feminista, en la forma en que su bagaje cultural le permite, al pedir que vuelvan las amazonas, únicas mujeres que sabe se hayan comportado alguna vez igual que los hombres en esto del valor]

El resultado es que el monólogo, una de las cumbres dramáticas de nuestro siglo de oro, queda absurdamente disminuido, porque cercena la realidad y la verosimilitud de la identidad del personaje. Acaban de violarla, está llamando medio-hombre y maricón a su propio padre (convertido aquí en hermano), quitar esos insultos equivale a prohibirle arbitrariamente el grado máximo de violencia verbal que ella es capaz de ejercer desde su universo de referencias. Me recuerda esto poderosamente a una cosa que creo que le oí una vez a Cela (y Cela sabía mucho de censura): que el guión de Raza no era malo por fascista, sino porque los combatientes decían cáspita. Pero no se fíen de mi memoria, podrían ser perfectamente Torrente Ballester, En Flandes ya se ha puesto el sol y córcholis.

Alguna tontería más incluye la versión. Por ejemplo, que el juez pesquisidor, incapaz de obtener durante la sesión de tortura otra respuesta distinta a la proverbial "Fuenteovejuna", ordene con un simple "mátalo" la muerte de Mengo. Innecesario y muy poco verosímil, incluso fuera de estilo. Peor aún por lo que prepara: su resurrección en la escena final con los reyes, cuando se levanta a preguntar para qué murió. Mucha licencia me parece. Como la de que Jacinta se niegue a participar en el asesinato colectivo del Comendador, reprochando a las mujeres que la dejaran a su suerte cuando le tocó padecer. Es que la función trata de eso, precisamente: de cuánto le cuesta a una comunidad reaccionar ante la violencia que sufre. Lope analiza minuciosamente ese proceso (la situación pre-motín en la que se tolera el sacrificio de este o aquel individuo), y subrayar un punto concreto de esa evolución dramática es minusvalorar la capacidad de comprensión del espectador. En conjunto, me parece una versión floja y que introduce cambios arbitrarios que no se justifican por su rendimiento. Garzón la ha llamado soberbia, no entiendo qué le ha visto. Villán ha dicho que la versión "deja a Lope en su época, en su contexto histórico". ¿Cómo? El gusto es el gusto, y me parece estupendo que a Garzón le haya gustado, nada hay más legítimamente opinable. Pero, por todo lo que he expuesto, me parece que lo que la versión hace es exactamente lo contrario de lo que dice Villán: saca a Lope de su contexto y se lo lleva a otro donde no se pueden decir ciertas palabras y donde los campesinos -siquiera resucitados- no acatan el poder real.

Después de escribir todo eso de una tacada me ha vuelto a la memoria lo que decía el otro día a propósito de Enseñanza libre: si no será que la libertad de expresión ha sido un breve paréntesis que apenas ha durado cuarenta años y que los miembros de mi generación podemos dar gracias por haberlo disfrutado. Que yo sepa, hay dos películas sobre Fuenteovejuna, y me he ido a investigar. La de 1947 es de Antonio Román. Laurencia es Amparo Rivelles, nada menos: en este enlace tienen el monólogo, en versión de José María Pemán. Llama a los hombres mujeres, comadres, amujerados y medio-hombres. Pero ojo: de maricones, nada. 1947 era mucho 1947 como para pronunciar palabras malditas. La de 1972 es de Juan Guerrero Zamora. Laurencia es Nuria Torray, también canela fina: aquí tienen el monólogo. 1972 era la víspera de la libertad, con la dictadura en descomposición, así que puede permitirse largar maricones, como el texto original pide. En resumen: Conejero se comporta en 2017 como Pemán en 1947, los del medio se atrevían. Por cierto, ya de paso, fíjense un poco en cómo están dirigidas estas dos mujeres, y pasen luego al párrafo siguiente.
* * *
La puesta en escena es opaca, mortecina. Mi acompañante me susurró a media función "no sé si estoy yo rara, porque no me llega nada". No es que aburra, pero deja Fuente Ovejuna -y ya es mérito- a medio gas. Es como si la dirección estuviera mucho más preocupada por las felices ideas (los golpes acompasados en el pecho, los cánticos a boca cerrada, el constante abre y cierra del portón de entrada desde el foro con efecto sonoro incluido) que de la dirección de actores. A Hernández-Simón le pasó exactamente lo mismo en Los justos: se hizo tal lío con las cuerdas que se le olvidaron los actores (eso sí, se llevó un premio ADE, el mundo en ansí). Por no cansarles con ejemplos, vuelvo al del monólogo de Laurencia. Es un fragmento que pone los pelos de punta, pero aquí pasa con poca gloria -además de por la poda del texto- porque no parece que nadie haya indicado a la actriz (que es una estupenda actriz) la necesidad de modular registros, introducir matices, subir, bajar... En suma, ser una persona y no un altavoz. 

Hay una cosa que me gustó mucho. Los reyes están en otro mundo. Se mueven como espectros, están vestidos como si llegaran de Andrómeda y parecen muñecos perversos, alternando una jeta hierática de acero inoxidable, la sonrisa de madera y la carcajada sardónica de película de terror. Se subraya así el artificio que suponen en el texto original: vienen de un mundo dramatúrgico distinto al del resto de la acción. Eso es teatro. Matar a Mendo [a Mengo, como me señala amablemente @josefeval] para que resucite y pueda reprochar al pueblo su sumisión, recalcando así lo artificioso del lieto fine, es didactismo y subestima al espectador.

A Carlos Serrano, Paula Iwasaki, Marçal Bayona, Kev de la Rosa, Pablo Béjar y Alejandro Pau (y, seguramente, a alguno más) se les nota el talento en cuanto les dejan un resquicio (no les dejan muchos). Jacobo Dicenta es siempre una garantía, pero tampoco crean que el montaje lo arropa: sale adelante con sus propias fuerzas.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 19 de octubre de 2014

LOS JUSTOS

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: Albert Camus (versión de José A. Pérez y Javier Hernández-Simón) Director: Javier Hernández Simón Intérpretes: Lola Baldrich, Álex Gadea, Ramón Ibarra, Rafael Ortiz, José Luis Patiño y Pablo Rivero Madriñán Duración: 1.35' 
Información práctica (el enlace a un callejón sin salida puede significar que la función ya no está en cartel)


Ojito a las cuerdas.
Sobre ETA y contra ETA.


Dice el programa de mano que Los justos es una obra sobre ETA y contra ETA. Ni lo uno ni lo otro. No es sobre ETA, porque no podía serlo. El texto de Camus no es sobre los revolucionarios rusos -protagonistas originales de la pieza- sino sobre la violencia política ejercida con la intención de liberar a los oprimidos. Una versión que se limita prácticamente, aparte de otras mutilaciones, a cambiar justo lo necesario para que los personajes sean etarras, difícilmente puede convertirse por arte de magia en algo sobre ETA. Vamos, que no lo es. 

Tampoco es una obra contra ETA. Quizá esa frase del programa de mano sea un simple grito de ordenanza, porque están las cosas como están, y si no se profieren a tiempo se corre el riesgo de ser linchado por el menor malentendido. Pero si era una intención real, alguien se equivocó de medio a medio con la elección del texto. Los justos es una reflexión crítica sobre la violencia, pero en modo alguno es el rechazo de la misma su eje central, ni se deduce de modo inmediato e inequívoco. Lo que, a fin de cuentas, más resalta es la contraposición entre quien la ejerce sin la menor consideración ética, manteniendo que los fines lo justifican todo, y el sufrimiento moral de quien, aborreciéndola, se obliga a sí mismo a practicarla por considerarlo su deber hacia los oprimidos. El espectador termina por empatizar con este último, llamémoslo el terrorista bueno que es precisamente quien ha activado la bomba. Es conocida la postura antiviolenta de Camus, es conocido el debate que lo enfrentó a Sartre por este motivo (y que, ahora mismo, hubiera terminado probablemente con Sartre en los tribunales), pero no son menos conocidas sus contradicciones. "La violencia es a la vez necesaria e injustificable", escribió alguna vez.

Si yo fuera un dirigente etarra, estaría mucho más preocupado por Burundanga
que por Los justos.

No es de extrañar. La legitimidad de la violencia es un asunto que lleva preocupando a nuestra civilización desde sus primeros balbuceos, y no es cuestión que se deje encerrar en fórmulas sencillas o en soluciones de prontuario. Desde luego, Los justos no era reductible a una pieza contra ETA. En ese sentido, es mucho más eficaz Burundanga, y lo digo completamente en serio.

La versión

La versión es un desastre. Si ya ha visto la función y quiere comparar, AQUÍ tiene el original y AQUÍ una traducción. A lo que se oye en el Matadero le han podado casi toda la poesía, para dejar la peripecia en los huesos. No hay manera de reconocer a Camus en lo que queda. Hay otro problema, no menor: en la pieza original los terroristas justifican la violencia por su deseo de liberar al género humano de las cadenas que lo oprimen. Creo que cualquiera, incluso un independentista, reconocerá que cambiar esa justificación (o pretexto, llámenlo como quieran, no me voy a enredar yo ahora en el debate de fondo) por la de crear un estado vasco independiente es una diferencia de rango suficiente como para alterar los equilibrios dialécticos. En otras palabras: todo lo que los terroristas alegan en la pieza a favor del uso de la violencia pierde una parte considerable de su capacidad de hacernos dar vueltas al cacumen. Que es el objetivo de una pieza de teatro intelectual de este tipo, claro está.

[P.S. del 26 de octubre: a veces el cosmos, compasivo, me demuestra que, al menos, parte de las elucubraciones que mi mente atolondrada produce en la soledad de mi cavern... perdón, de mi hogar, tiene algún asidero en la realidad. Aurelio Arteta en El País: “ETA y los abertzales gozaban de cierto prestigio. Creíamos que la izquierda abertzale luchaba por la justicia social, más allá del pensamiento ideológico nacionalista, y no solo por la independencia. Esta confusión la pagamos muy cara, después de darnos cuenta de que no era así. Tardé mucho tiempo de darme cuenta de su maldad". Traducción: la violencia se perdona con mayor facilidad cuanto más alto es su propósito. Ojo: que no lo digo yo, que lo que estoy diciendo -y hablando de teatro, no de otra cosa- es que los equilibrios de la función se sostienen si las bombas son para terminar con la opresión zarista y, de paso, mundial, pero no si están destinadas a poner una frontera en Valmaseda / Balmaseda.]

El montaje

No está bien dirigida. La ocurrencia de mantener a los actores atados a unas cuerdas que arrancan del centro de la escena ha debido de exigir tal inversión de esfuerzo que no ha debido de quedar energía para nada más. Vean la foto de arriba del todo: estos pobres tienen que evolucionar sin hacerse un lío mayúsculo con las cuerdas y, sobre todo, procurando no tropezar. Parece mentira que, en estos casos, no se mida el efecto de alejamiento que estas felices ideas producen en el espectador. En cuanto uno se dice "ay, que se va a tropezar" ya nos hemos cargado la suspensión de la incredulidad y todo el monario. A ver quién levanta eso. Tampoco está bien interpretada. Enormes altibajos de calidad en el elenco. Muy por encima de la media, Ramón Ibarra (el de la foto). Lo vi, hace casi diez años, muy solvente en Yo, Satán. Se salva de la quema Rafael Ortiz, y están bien Lola Baldrich y Álex Gadea. Mejor hubiera sido concentrar esfuerzos en la dirección de actores y olvidar las cuerdas de marras.

¿Se salva algo?

Sí. Se salva la iluminación de Cornejo, elegante y de efecto. También funciona la escenografía, con un cuadrado central en el que se desarrolla casi toda la acción y el uso de la puerta del foro. La foto les da una pequeña idea (el prisma metálico que ven a la derecha está bonito, pero la insistencia en ponerlos a todos a lavarse con el agua que contiene tampoco va a ninguna parte). Se salvan también alguna escena de Baldrich y Gadea y, con diferencia, las de la cárcel: los mejores actores SIN CUERDAS, gracias sean dadas a los dioses. Además, yo diría que el texto se ha respetado más en esa sección, aunque no puedo jurarlo.

La hora y media se me hizo eterna. A mi acompañante, que sabe más que yo de teatro, también.
P.J.L. Domínguez