Mostrando entradas con la etiqueta Marta Ribera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marta Ribera. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de octubre de 2015

CABARET

Sala: Teatro Rialto Autores: Joe Masteroff y John Kander Director: Jaime Azpilicueta Intérpretes: Cristina Castaño, Edu Soto, Daniel Muriel, Marta Ribera, Víctor Díaz, Enrique R. del Portal, etc. Duración: 2.30' (entreacto de 20')
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

En su tránsito de la novela al teatro y de éste al cine, Cabaret ha dejado huella profunda en nuestro imaginario. Difícil encontrar alguien que no recuerde imágenes y canciones de la película. A través de las sucesivas versiones, la historia ha mantenido el aura del relato de Isherwood y una melancolía inherente a dos subgéneros a menudo solapados: andanzas de anglosajones en el continente europeo y nostalgia por el mundo que la guerra mundial se iba a tragar en un huracán de destrucción.


    Tan presente en nuestra memoria que cualquier intento por montarlo de nuevo nace condenado a la comparación. La sombra de Liza Minnelli no es alargada, es monstruosa, y contamos con una versión local reciente (la de Natalia Millán y Asier Etxeandia) que es imposible no traer a colación. 

Quizá por ello, Azpilicueta opta por una salida original y asigna los papeles principales a tres actores como sendas copas de pino sin –que yo sepa- gran experiencia como cantantes. Eso, y una producción relativamente modesta para estos fines, define un espectáculo que quizá no quiera competir con augustos precedentes, pero que cumple sobradamente ofreciendo un rato de diversión segura. Yo lo pasé bomba. Claro, que adoro a los tres: ¿puede haber algo que no funcione con Cristina Sánchez, Edu Soto y Daniel Muriel? Marta Ribera, Enrique del Portal y Víctor Díaz, habituales del género y estupendos.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 21 de abril de 2013

AY CARMELA

Sala: Teatro Reina Victoria Autor: José Sanchis Sinisterra (adaptación de José Luis García Sánchez) Director: Andrés Lima Intérpretes: Inma Cuesta, Javier Gutiérrez, Marta Ribera, Javier Navares, Álvaro Morte, Pablo Raya y Javier Enguix. Duración: 2.10' (diez minutos de entreacto)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Como dice la Wikipedia, que casi siempre tiene razón, "José Sanchis (sí, es sin acento) Sinisterra es uno de los autores más representados y premiados del teatro español contemporáneo y un gran renovador de la escena española, siendo también conocido por su labor docente y pedagógica en el campo teatral". Se puede decir más alto, pero no más claro. Pues ahí lo tienen, a sus setenta y tres, llevando un local en Lavapiés, el Nuevo Teatro Fronterizo, en el que ocurre de todo, y que gestiona con su proverbial generosidad.


La peli.
Con ¡Ay, Carmela! (1986) dio en uno de esos clavos en los que es tan difícil acertar. Es mucho más fácil darse en el dedo. Pero le salió un melodrama redondo que se instaló casi de inmediato en el imaginario colectivo de los españoles. Digamos de paso que es sobre todo a su generación  a la que debemos la recuperación sentimental del drama de la Guerra Civil, después del tenebroso silencio impuesto por la dictadura: Saura (1932) con su adaptación para el cine de esta función (1990); Fernán-Gómez, (1921) Chávarri (1943) y Lola Salvador (1938) con Las bicicletas son para el verano (1984)... Ellos son los que casi cincuenta años después comenzaron a recuperar la memoria, no de los fríos hechos históricos, sino del dolor y de las peripecias, entre trágicas y grotescas, de millones de víctimas. Representadas aquí por las andanzas de Carmela y Paulino, dos de esos personajes que nunca se olvidan una vez conocidos. Creo que parte del éxito de la historia radica en que Carmela es un personaje instalado en un arquetipo reconocible: la mujer que no se siente parte implicada  en el conflicto principal, pero que actúa movida por la piedad. Hay pelis de vaqueros a patadas con ese personaje incluido. Y un ejemplo de la cartelera reciente: la misma Antígona, a la que le da igual todo, excepto los deberes respecto al cadáver de su hermano. En este sentido, La niña de tus ojos, misma época, protagonista cantante, peligrosos fascistas, idéntica motivación de la protagonista, casi parece una ramificación de ¡Ay, Carmela!. Preciosa, por cierto.

Los personajes tuvieron suerte. Los estrenaron José Luis Gómez y Verónica Forqué. Relevados en la película por Carmen Maura y Andrés Pajares. Toma del frasco. Los más jóvenes no lo sabrán, pero ahí fue donde mucha gente empezó a reconocer que Pajares es un gran actor. Los que creen que hacer de cómico en sainetes costumbristas es fácil.  


Estrellita Castro.
Alguien ha tenido ahora la idea de fabricar un musical con esta historia. Gran idea. Y gran enfoque. Un doble enfoque, para ser exactos. Carmela y Paulino -variedades a lo fino- se ganan la vida como artistas de los caminos. Las canciones de Carmela están, por tanto, servidas en la narración. Es lo que se llama música diegética. Esa música es, con alguna excepción, la de los años treinta: Café de chinitas, por ejemplo, o Suspiros de España. Esta última es prácticamente el hilo conductor de la función, otro gran acierto. Dice la leyenda que los dos bandos oían la versión de Estrellita Castro en las trincheras. Yo mismo, que tengo superpuestas dos identidades nacionales y pico, me siento instantáneamente más español que un sombrero cordobés si me la ponen. Quiiisoo Diooos / een suu podeeer... Virgen Santa, se me abren las carnes. No tengo mérito, le pasaría lo mismo a un malgache. Este pasodoble de Antonio Álvarez Alonso, con la letra de su sobrino Juan Antonio, y un poema de Cernuda que empieza (más o menos, cito de memoria) En un bar del viejo Temple... son las dos evocaciones de España que más aprecio. 


Concha Piquer
Suspiros de España fue en su día objeto de una operación que es extrañísima en el ámbito de la música popular. Es citada explícitamente en una de las canciones más populares de Concha Piquer: En tierra extraña. Es prueba de su extraordinario poder de arrastre. Creo recordar que tenía también presencia en la película de Saura. Aquí, vuelve una y otra vez a poner de punta los pelos del público. Pero estábamos con que el musical tenía un enfoque doble. A estas músicas que el relato trae cosidas a sus tripas se les han sumado canciones firmadas por Víctor Manuel, Joan Valent, Pedro Guerra y Vanesa Martín. Todas bien escritas, bien traídas al hilo argumental, bien interpretadas. A grandes rasgos, aunque no en todos los casos, la música tradicional la interpreta Carmela dentro del relato, y la reciente la narradora, situada fuera de la historia.


Marta Ribera.
Ésa es la otra apuesta estructural que ha salido bien: el añadido de una narradora-comentadora. Ha salido bien porque está bien encajada en el conjunto, pero también porque la hace Marta Ribera, con gran presencia escénica y derroche de eso que llamamos tablas. Le toca, en el doble enfoque, la parte más de musical actual de la función, tanto en lo que canta como cuando actúa: se dirige al público desde el proscenio (por cierto: qué bien aprovechado el proscenio), marcando un estilo interpretativo cercano, para que me entiendan, a Cabaret o Chicago. Pero como, por fortuna, también le cae alguna de las canciones históricas, da en Pobrecita yo una lección de picardía tradicional, puesta al día por la inteligente coreografía de Teresa Nieto. Ciertamente, la función no se sostendría sin el talento de esta mujer, que asegura la continuidad dramatúrgica. Y cómo canta. Estaba  estupenda en el mayor pestiño de los últimos tiempos (El último jinete, por si no lo han pillado), con eso está todo dicho.

Inma Cuesta. Jopé, qué guapa.
Comparte escenario con Inma Cuesta: dos excelentes cantantes de potente personalidad, colocadas en dos planos (dramatúrgicos, interpretativos, de imagen) tan distantes, que no compiten, sino que suman. Todo lo que en  Ribera se ajusta a los estándares internacionales del musical (incluso el Pobrecita yo citado se puede enmarcar ahí) es en Cuesta tradición española, muy bien digerida. Como actriz, eché en falta un pelín de fondo, casi diría de doble fondo. Aunque JM, que sabe más que yo, disiente: la vio de miedo. Ahora que lo pienso, quizá el personaje está bien así: es una mujer que no parece pensarse mucho las cosas, hace y dice lo que le sale de las tripas. (¿Se saben la de Lola Flores? "A mí me salen las cosas del corazón, y antes de llegar a la cabeza se me escapan por la boca"). En cualquier caso, el papel está suficientemente bien defendido.


Inma Cuesta y
Javier Gutiérrez.
El tercer protagonista, Javier Gutiérrez, va creciendo, como exige el texto. Le voy a hacer el mayor elogio que puedo hacerle: en la gloriosa escena del monólogo frente al auditorio del teatro (del teatro de la historia), hay momentos en que parece Pajares. Pero ése no es su único mérito, claro está. El personaje de Paulino está impregnado de ternura, y no se pasa de payaso, que es el riesgo. No me gustó nada, pero nada, en ese Woyzeck en el que Vera lo mantuvo a piñón fijo en el escenario con cara de bobo. Aquí dosifica esas caras a la perfección. Emocionante.

El resto de intérpretes no desmerece. Javier Navares compone un Ripamonte memorable. Otro que no se pasa de payaso y que sabe aprovechar esa característica tan peculiar de la imagen exterior de los italianos: parecen inofensivos, y simpáticos, hasta los fascistas. Morte, Raya y Enguix bien. La verdad es que no suele ser frecuente ver un reparto de siete personas donde no pinche nadie. No pinchan.

Recapitulemos. Veníamos mencionando algunos de los puntales de la función. La música (Suspiros), la narradora. Falta mencionar la iluminación y las proyecciones. Sería ilustrativo visitar el teatro con luz de trabajo para ver la escenografía sin iluminar: cuatro bastidores, unos telones, un carro y un teatrillo. El rendimiento que Valentín Álvarez le ha sacado a eso (la magia del teatro...) es admirable. Hay muchas proyecciones y, ¡oh, albricias!, no sobra ninguna. Artistas de época y escenas de guerra. Imprescindibles, junto a los efectos de sonido de Javier Almela, para situar la percepción del espectador. Algunos momentos impresionan, o al menos me impresionaron a mí, que no soporto esas imágenes de civiles huyendo en las que veo a mi propia familia. Supongo que también les ocurrirá a algunos de ustedes. Por cerrar este apartado del aspecto visual del espectáculo, voy a poner la única pega: el teatrillo de la última escena es horroroso. La decoración a base de Klimt (o similar) le pega al resto como a un Cristo dos pistolas. Cámbienla, que no cuesta nada.


Andrés Lima
Esto -y dos pequeñas zarzuelas: De Madrid a París y El bateo- es lo mejor que le he visto a Lima. Alguno ya se estará escandalizando. Lo siento, pero es así (ojo, que tampoco he visto todo lo que ha hecho, ¿eh?). Aparte del mérito de seleccionar, coordinar y dirigir todo lo que llevo mencionado, hay detalles de altura: el uso del espacio completo de la cazuela del teatro (contraejemplo: A quién le importa); el momento onírico del teatrillo con nazi incluida y tres personajes tras una gasa marcándose un chotis (el infame Ya hemos pasao de Celia Gámez, fascistona pero maravillosa, la mujer); la escena de Carmela con el brigadista, que podría quedar escondida allí atrás, pero que termina resaltando por escondida... En fin, ha conseguido, con José Luis García Sánchez, que Andrés Vicente Gómez se saque la espinita del citado Último Jinete. Me alegro. Es lo que tiene buscarse buenas compañías.


Supongo que, a estas alturas, ya sospecharán que me encantó el espectáculo. Por muchos motivos. No sólo por la calidad del montaje, sino también porque no podemos olvidar este horrible pasado, que está ahí, a la vuelta de la esquina. Sobre todo ahora, cuando muchos empiezan a preguntarse si no va siendo hora de hacer que reviente todo de una vez, y que salga el sol por Antequera. No tengo ni idea del cómo, pero quizá es posible extraer ejemplos para resistir frente a la violencia estructural que sufrimos sin llegar a la otra violencia, la de los tiros. Mi función estaba repleta, era evidente, de gente mayor con ideas republicanas (esperemos que se entere de su existencia la gente joven con ideas republicanas, porque van a alucinar en colores). El estremeciento era patente cuando Inma Cuesta (véase foto de arriba del todo) sale con la bandera, o cuando suena El ejército del Ebro / rumba la rumba la rumba la. Aunque, si no son republicanos, no se corten: a mí me encanta El triunfo de la voluntad, un engendro ideológicamente impresentable. O Celia Gámez. A ustedes puede encantarles esto. Si yo fuera el productor, colocaría una pancarta en el vestíbulo del teatro, para que el público la viera a la salida: 



Todo el que pueda perdonar, que perdone. Y el que no pueda, que apriete los dientes y se calle, que todavía tiene más mérito. Es lo que llevo haciendo yo toda la vida cada vez que veo esas imágenes de bombardeos y recuerdo a mi abuela mirando a los aviones alemanes que bombardeaban Gernika, o echándose a rodar ladera abajo con un hijo en cada brazo cuando la ametrallaban. Me pasé media función intentando que mi vecino de asiento no se diera cuenta de que me tenía que secar las lágrimas.
P.J.L. Domínguez

           

jueves, 20 de diciembre de 2012

EL ÚLTIMO JINETE

Sala: Teatros del Canal Música: Albert Hammond y Barry Mason (colaboraciones de John Cameron y Chris Egan) Libreto: Ray Loriga Letras de las canciones: Hammond, Mason, Clark y Bolt (traducidas al castellano por Alicia Serrat) Director de escena: Víctor Conde Director musical: Julio Awad Intérpretes: Miquel Fernández, Julia Möller, Marta Ribera, Toni Viñals, etc. Duración: 2.10' (veinte minutos de entreacto)
Información completa (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Ministros saudíes y españoles con Reina. Creo que 
es la foto más significativa de todo el asunto.
Menudo tomate, a ver por dónde empiezo. Detrás de esto hay nueve millones de euros de dinero saudí. Este pastizal termina en manos de Andrés Vicente Gómez, un conocido productor de cine del que se rumoreaba hace algún tiempo que se pasaba al teatro con armas y bagajes. En mi tierna ingenuidad, se me ocurre pensar que si yo fuera un productor de cine enfrentado a un reto semejante, saldría zumbando a buscar un compositor y un libretista que supieran de qué va la cosa. Pero ni he tenido ni tendré nunca cantidad semejante, así que supongo que se me escapan los cauces por los que el dinero se crea, se destruye o se transforma. Los elegidos fueron Albert Hammond y Ray Loriga, que no tienen la menor experiencia escénica (y si la tienen, que me perdonen, por más que busco no la encuentro). Esto abona la hipótesis de que este enorme barullo (escénico y de marketing) sea sólo una operación de imagen saudí, y que la hipotética recuperación de la inversión sea un parámetro despreciable. Desde luego, ni a teatro lleno en todas las funciones del Canal se pagarían siquiera los bigudíes. Digamos de paso que, en efecto, los saudíes están más que necesitados de operaciones de imagen. Pero ya se sabe: acaban de comprarnos un AVE, y hay que ponerles alfombra roja por donde pasen. El estreno convocó a la Reina y a los ministros de Defensa y de Educación y Cultura, muy populares ambos. En cualquier caso, si yo fuera el saudí que ha aflojado la mosca, estaría pidiendo explicaciones a voces.

Segundo acto. Algo se aprecia de las proyecciones. Bien puestas, algo infrecuente.
No hemos terminado con el preámbulo. Se supone que esto estaba destinado a Londres, y que el hábil Andrés Vicente ha conseguido que la versión española se adelante en Madrid. Sólo hay dos posibilidades de que termine en la capital europea del musical: o se llama a un libretista y un compositor para que arreglen el desaguisado y salven los muebles (literalmente: la escenografía y el vestuario); o seguimos con el talonario, y el pagano alquila un teatro a fondo perdido. Así que ya lo saben: si dentro de unos meses ven en el telediario que The last horseman triunfa en Londres, piensen que le han dado la vuelta como a un calcetín, o que la platea se llena con los invitados de las dos embajadas hermanas.

Vamos con el libreto. El trasfondo ideológico, mejor no menearlo mucho: en esta glorificación del sueño del beduino por conseguir un caballo el benéfico donante es nada menos que el creador del moderno (es un decir) estado saudí, Abdelaziz bin Saud. Un estado, como es bien sabido, ejemplo universal de democracia y derechos humanos. Sólo otro apunte: el protagonista quiere "caballo, espada y mujer", por ese orden (en otros momentos se sustituye "espada" por "gloria"). El papelón asignado al tercero de estos objetos es notable: vive con papá, está prometida a un chico bien, y... ¿creerán que termina con el prota por un arranque de voluntad o tras alguna gesta memorable? No. El rival renuncia elegantemente. El rival es varón, claro, ya se sabe que, en estas cosas, las mujeres deben ser adecuadamente guiadas por mentes más sensatas.

Me temo que no seré capaz de dar idea del gigantesco desaguisado de la trama. Tirad quiere un caballo. Una poetisa-maga del desierto le recomienda que libere a Abdul Aziz (es el mismo de antes, con otra grafía) de la prisión en que lo mantiene un amigo por motivaciones nunca desveladas. El amigo entrega al preso la llave con la que podrá huir. Llega Tirad, que debe abrirle la puerta. ¿Para qué, si ya tiene la llave? Llegados a este punto, existe un repertorio obligado de tópicos: tres pruebas, un objeto mágico, "sigue a tu corazón", "ábrete sésamo", "usa la fuerza...". En fin, desde la épica babilónica hasta los tebeos de Supermán, está todo inventado. Bueno, pues en un alarde de libertad creativa (que les den morcilla a los tópicos) Tirad llega y empuja la puerta, que se abre sin más problema. Normal, ¿no?; el preso ya tenía la llave, lo raro sería que no se abriera. Fin de la aventura. A cambio, el liberado le regala el soñado caballo. Aquí se cruza un malvado y, tras zarandajas varias, el caballo termina en poder de la señorita que enamora a Tirad. El chico se va Inglaterra detrás del caballo y de la dama (por ese orden, me temo). Allí no hace nada digno de mención. Termina en la cárcel, acusado de los crímenes de Jack el Destripador (sí, sí, han leído bien, y estoy sobrio: eso es lo que ocurre), mientras ella acude a su boda con el pijo. Y entonces.... Entonces no sé lo que ocurre. Ni yo, ni nadie. Tirad sale del circo en el que había entrado en la primera escena, escena de la que, a estas alturas, no se acuerda ni el libretista. Aquí todos pensamos: "ah, ¿pero es un sueño, o algo así?". Nadie responde a la pregunta. Entre la salida del circo, una tormenta de arena en pleno Londres y un cambio de actitud mental (no sé si en ese orden)... ¡ZAS! ¡PUM! Estamos en el desierto con chico, caballo y chica, todo ha terminado bien. Probablemente no se han enterado de nada. No se preocupe, nos ha pasado a todos. Eso que les he ahorrado las langostas bailonas, el camello cantante y a Phileas Fogg con su novia y Picaporte. Ah, todo esto se va contando a base de diálogos previsibles y carentes de gracia.

Ni héroe, ni villano (hay un malo de tres al cuarto cuyo peso narrativo es nulo), ni trama comprensible. Intentaré, para rematar, un resumen de tres líneas: a un beduino le dan un caballo por abrir una puerta que ya estaba abierta, luego no pasa nada heroico, pero cuando todo va mal hay un cambio de escena, y el héroe se queda con el caballo y la chica. Sí, me parece que es un buen resumen. Lo único peor que recuerdo es A, aquello de Nacho Cano.

Julia Möller, Marta Ribera y Miquel Fernández. Guapos y buenos cantantes. Lástima de función.
Un musical de gran formato con libreto endeble se arregla con una buena música y una escenografía espectacular. Pero la música es poco mejor que el libreto. Hay dos canciones que podrían salvarse (Vuelve a soñar y Lo que lloré) y una, digamos, eficaz (El mundo en la pared). Lo demás es un puré como para salir del paso. Con algún agravante. A la salida del espectáculo, y en el andén del metro, oigo decir a una jovencita: "a mí me sonaba todo como a Rocío Jurado". Con razón. La célula inicial del tema de amor, una de las que más suenan durante las dos horas largas, es (transportada a Do) Sol-Do-Si-Re-Do. Mis lectores músicos ya la habrán reconocido: Como una ola. El fantasma de la más grande recorre el teatro creando un notable efecto de contraste alucinógeno. Sinceramente, no llegué a apreciar la mano de John Cameron más que, quizá, en Él jamás llegará a ser inglés, que, con otro tratamiento escénico (ver más abajo) daría más rendimiento.

Morgan Large, el escenógrafo, y uno de los
pocos implicados que salen airosos.
¿Un libreto incompresible y una música sin atractivo pueden redimirse? No. En esas condiciones, ya no hay quien salve nada. Pero es que la cosa no termina ahí. La coreografía es ramplona (menos mal que venía avalada por una coreógrafa de cierto curriculum): sólo alcanza el aprobadillo en el número en que se agarra a los códigos estandarizados del claqué (tap dance) con cuerpo de baile y chistera (El mundo en la pared). La iluminación tiene considerables errores de bulto: el crimen del destripador por el que Tirad termina en la cárcel se produce sobre una plataforma giratoria (están de moda) y, al menos en mi función, le puede tocar quedar perfectamente a oscuras. Yo no lo vi, me lo contó JM, sentado a mi lado, y que miraba en esa dirección por pura casualidad. La sonorización no ha hecho el menor esfuerzo por proporcionar al oído del espectador la referencia del punto de procedencia de las voces: la escena del boxeo, por ejemplo, que ya es un caos infernal de por sí, es incomprensible, no hay manera de saber quién abre la boca. La dirección pasa al lado de bocados tan apetitosos como la escena de Él jamás va a ser inglés, en la que un coro de doncellas asiste a los intentos de Tirad por vestirse british... y en vez de aprovechar la ocasión pintada para que le pongan y quiten prendas, las dejan cantar solas con el protagonista cambiándose... detrás de un baúl abierto. El esfuerzo de disponer una linterna mágica, un dispositivo óptico que, bien usado, provoca efectos maravillosos, se derrocha en dos minutos y con caballo mal ajustado a la escala del actor: un caballo enano, vamos. Desastre sobre desastre.

Todo lo desmesurado se resume en un símbolo supremo. París en la Torre Eiffel. El comunismo en la hoz y el martillo. La Disney en las orejas de Mickey. El último jinete encuentra su síntesis en el horrendo engendro inventado para tener un caballo en escena. Cabeza de caballo de utilería que no se sabe si da más pena o más miedo, encajada en el brazo de un bailarín al que sigue, agarrada a sus caderas, otra bailarina. Ambos vestidos y coreografiados por su peor enemigo, pobres. Ahora que me fijo, el resultado tiene un inquietante parecido con Loco Mia. Para mi pasmo, el texto introductorio de la web del musical se atreve a mencionar el mayor prodigio equino de la historia del teatro. ¿Se puede uno gastar nueve millones de euros después de War Horse y terminar sacando a escena semejante cosa? 

Marta Ribera
Y ahora salvemos a quienes debemos salvar. La escenografía de Morgan Large se adapta como anillo al dedo al kitsch arábigo-victoriano que la historia demandaba, da mucho juego, y tiene la rara virtud de colocar bien las proyecciones, que no se comen al resto como suele ser habitual. Contiene, además, un par de pequeños artefactos (el bar del camello, el carromato del cinematógrafo ambulante) muy resultones. El vestuario de Ivonne Blake (con algunas excepciones en semejante océano de trajes: los bailarines-caballo, el coro de langostas, el camello...) es en líneas generales fastuoso, con alguna pieza de antología, como la capa de la maga, el personaje mejor vestido. También los intérpretes salen bien parados. Todos vocalmente irreprochables, y muy bien en su papel todos los que tienen un papel con alguna consistencia dramática: o sea, Marta Ribera. El único personaje con algún atractivo es el de Al Khansa, la poetisa del desierto, y le saca partido. El coro también se porta, pero en su aspecto de cuerpo de baile estaba, al menos en mi función, evidentemente falto de ensayos.

Miquel Fernández como Tirad.
Si alguien cree que he exagerado un poco, puede leer la crítica de Nacho Gay en Vanitatis. Más destroyer.
P.J.L. Domínguez