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lunes, 11 de marzo de 2019

EL JARDÍN DE LOS CEREZOS

Sala: Teatro Valle Inclán Autor: Anton Chéjov (versión de Ernesto Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: Chema Adeva, Nelson Dante, Paco Déniz, Isabel Dimas, Karina Garantivá, Miranda Gas, Carmen Gutiérrez, Carmen Machi, Isabel Madolell, Fer Muratori, Tamar Novas, Didier Otaola y Secun de la Rosa Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Isabel Madolell, Secun de la Rosa, Carmen Machi, Miranda Gas, Tamar Novas y Nelson Dante

SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

NO SON DISPARATES

Esta vez entenderé a quien difiera de mi opinión y me diga que esto no va a ninguna parte. Yo mismo podría estar escribiendo que la puesta en escena va de disparate en disparate, pega bandazos en cada curva, acumula recursos escénicos (casa de muñecas, trenecito, proyecciones, vestuario, giratorio, músicas varias y mucho etcétera) como quien se aferra a lo que sea con desesperación… y estaría cerca de lo que me pareció ver.

    Pero, en este oficio de matices, la palabra clave en esa frase es “cerca”. Estuve a punto de ver eso, pero lo que vi fue otra cosa: que, por uno u otro lado, la catástrofe se orilla y, hasta cuando el hundimiento parece inminente (escena campestre, rotación del giratorio, desmantelamiento final), la tensión sube y concentra la atención en ese caleidoscopio de dramas personales superpuestos que es El jardín de los cerezos. No me aburrí ni un segundo. Yo diría que el chaleco salvavidas es, de principio a fin, la consistente dirección de actores que sabe encauzar el mucho talento interpretativo desparramado por el escenario. Imposible citar a todos, pero uno de los grandes aciertos de la función es el criado en travestí de Isabel Dimas, extraño eco del Mouton que Palmira Ferrer está haciendo en el Nekrassov de la Abadía (casualidades de la cartelera). Qué ternura, qué tristeza, qué gran final.


No recuerdo un montaje reciente que haya suscitado más unanimidad de opiniones, tanto entre las publicadas como entre las que me comentan por ahí. En rigor, lo que les he copiado más arriba. De los dos extremos (aaaaaay que se va la cosa / huuuuuy que vuelve a su sitio) hay quien pone más énfasis en lo primero (mal) y quien se queda con lo segundo (bien). Con intervalos un poco confusos, a veces poco hilvanados, decía Doncel en ABC. Liz Perales se despacahaba un poco más a gusto en El Cultural, pero rematando con un afortunadamente hay buenos trabajos interpretativos. También se ha dicho mucho algo que sugerí de pasada, pero en lo que no abundé por falta de espacio: la hipertrofia escenográfica (yo hablaba de elementos heterogéneos y casi todo el mundo ha mencionado la distancia excesiva que, a ratos, la escenografía impone a los intérpretes, y a la que yo aludía con lo del "desparrame"). Así que poco más voy a decir.

Uno: detallito sonoro. No sé si he oído alguna vez un efecto mejor logrado de fiesta en el salón de al lado. Ya saben, la reverberación de los graves. Le ha quedado perfecto a Luis Miguel Cobo. He oído lo mismo hace menos de dos semanas en otro sitio y no consigo recordar dónde. Pero nada como lo de Cobo.

Dos: texto del programa de mano. En el 90% de los casos (y me quedo corto) estos textos son infumables. Banalidades, declaraciones de intenciones que no vienen a nada, elucubraciones de individuos/as que como tienen que expresarse es con la pieza, y no con un texto anejo. No hace falta decir que el de la dirección de escena o la creación dramatúrgica (aunque este segundo un poquito más), son talentos que no tienen nada que ver con el de pergeñar un comentario atractivo y/o inteligente. El de Caballero en esta ocasión es interesante y tiene vida propia. Otra cosa es lo que les voy a decir en el párrafo siguiente.

Tres: tanto de ese texto como de alguna entrevista leída por ahí, se deduce que la intención era devolver El jardín de los cerezos a la supuesta intención cómica original de su autor. Dos cosas respecto a eso. La primera, que yo no he visto ni rastro de comedia en el montaje. Un dramón de tomo y lomo, que no se aligera ni por los acentos cubano y argentino, el tono ligero en algún pasaje o el travestí del anciano sirviente (como me ha parecido entenderle a Vallejo). A mí, por lo menos, me generó la misma opresión angustiosa que me ha generado siempre que la he visto. Celebro que, si era ésa la intención de Caballero, no haya llegado a puerto. (O sea, que el interesante texto del programa de mano, aporta, pero poco ilustra respecto al par intenciones/resultado, como ocurre prácticamente siempre). La segunda, que la intención original del autor nos importa, a estas alturas de capas y más capas de connotaciones añadidas, un bledo. Y les voy a contar dos historietas.

Hace muchísimo tiempo, conocí de primera mano los intentos de dos personajes por reconducir la música del siglo XIX (o parte de ella) a su brillo original. Uno sostenía que las indicaciones metronómicas de las obras de Beethoven estaban falseadas en bloque, y proponía una ejecución acorde con las intenciones del compositor. El otro defendió con ardor que la emisión vocal de los tenores se había alterado completamente a lo largo del siglo XX, y planteaba una interpretación distinta y -supuestamente- fiel a la historia. ¿Creen ustedes que a alguien le importó si las respectivas tesis eran históricamente acertadas? No. Lo único que contaba era si el resultado colaba o no colaba. Y no coló. A la "recuperación" de la música preclásica (lo pongo entre comillas, porque vaya usted a saber) le pasó al revés. Moló mucho el resultado. Lo mismo que a la reconstrucción del gregoriano partida de Solesmes, que es hoy en día la única interpretación posible que reconocemos. Y "reconocer" es verbo que viene al pelo, porque ¿reconocerían su música los monjes del siglo IX o los compositores del XIV en estas exquisitas interpretaciones "históricas"? Me temo que no lo sabremos nunca y, además, no nos importa. ¿Preferiría Chéjov que nos partiéramos la caja con las desventuras de sus personajes? A mí, la verdad, me importa poco.

Cuatro: no, no me puse a diseccionar interpretaciones. Sí, Dante está que se sale, como ya ha dicho todo el mundo. Ya se salía en En construcción y en Adentro. Me alegro de que haya llegado a los escenarios grandes. Machi no yerra una, ya se sabe. Nos acostumbramos, y ya no les damos mérito. Me gustó mucho, muchísimo, Miranda Gas, una actriz que interpreta tan en el sitio del personaje, tan a ras de tierra del calco de la realidad, tan... ESTUPENDAMENTE BIEN por decirlo de forma clara, que tiene siempre un tremendo hándicap (¿cómo castellanizo eso?) que arrastrar: todo el mundo recuerda el personaje, pero se le escapa la actriz. Lean eso que acabo de decir con atención, porque es un elogio inmenso. No crean que una observación tan sutil se me ocurrió a mi solo: me la sopló JM, que sabe más que yo de todo esto. Los que me parecieron fuera de onda: Secun de la Rosa y Carmen Gutiérrez. ¿Serán los únicos que se creyeron de verdad que esto iba de hacer reír? Buenos ambos (¿la vieron a ella en Un marido de ida y vuelta?), pero perdidos como pulpos en este inmenso garaje. El tío Gáyev es uno de los personajes más tristes de la historia del teatro, un filón del que aquí no se aprovecha nada.

Chéjov es el maestro de la nostalgia. Escribir esto me ha hecho añorar el Teatro del Arte y La Casa de la Portera (En construcción y El huerto de Guindos).
P.J.L. Domínguez

          

lunes, 22 de mayo de 2017

LA TERNURA

Sala: Teatro de la Abadía Autor y director: Alfredo Sanzol Intérpretes: Paco Déniz, Elena González, Natalia Hernández, Javier Lara, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón Duración: 1.15'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)

Trancón, Déniz, Hernández y Lara

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

DE CARNE Y HUESO

Sanzol ha tomado las comedias de Shakespeare, ha deducido sus leyes y reproducido (que no parodiado) el estilo, y le ha salido La ternura. Podría esperarse un engendro ortopédico sin alma o, a lo sumo, un ejercicio de estilo, un pastiche culto. Es mucho más, porque, antes de esta operación, Sanzol compartía ya con su modelo una fecunda capacidad para el dibujo de los caracteres con el pincel de la comedia. Unos toques con ese instrumento le bastan para generar criaturas de carne y hueso que se agitan en sus pequeños dramas bajo la mirada compasiva de su creador. Y de la nuestra, porque nos reconocemos en las mismas manías y obsesiones de la trama sencilla, llena de magia y humanidad, en la que resuenan La tempestad, Cuento de invierno o El sueño de una noche de verano.


    Me veo al final rodeado de caras sonrientes que buscan las miradas ajenas, y es que La ternura provoca exactamente eso: una corriente de ternura hacia los personajes y –de rebote- hacia nosotros mismos. Sanzol ha escrito para sus intérpretes, y se nota: no hay uno que no tenga varios momentos de gloria. Pero son quizá los dos personajes de más edad los que más jugo sueltan, por su mayor contraste de sentimientos. Elena González da una lección magistral titulada “cómo hacer un papel cómico sin perder la seriedad un instante” y Lumbreras compone un payaso admirable.

Y lo que no cabía allí:


Mientras nadaba esta mañana pensando en la función, se me aparecía refulgente una cosa que ha pasado desapercibida. Esto no se podía hacer con otros actores. Estoy siendo irónico (mejor advertir): lo ha dicho todo el mundo. Es una manera de hablar, claro está, siempre se puede hacer con otros. Lo que queremos decir con esa expresión es que la pieza parece parida expresamente para los seis, porque los intérpretes se amoldan tan bien al texto que parece que sea el texto el que se les amolda. Bueno, en este caso, hasta probablemente será así, siquiera en parte. Sanzol ha trabajado con gente que conoce muy bien. En cualquier caso, escriba con los actores en mente o perfectamente a su bola, el efecto es muy intenso esta vez. Como si la pieza les perteneciera.

Se me ha ocurrido que tendré lectores a los que les apetecerá echar un vistazo a cosas que hayan hecho con anterioridad, así que voy a dejarles los enlaces a las entradas que los mencionan.

Paco Déniz: Jardiel, un escritor de ida y vuelta, Vida de Galileo, Esperando a Godot (lo único que no le he visto redondo a Sanzol).

Elena González: Serena apocalipsis, Enrique VIII . Como apunto en la crítica en papel, esta mujer se las ha arreglado para representar con la misma majestad la Catalina del Enrique VIII y la Reina Esmeralda de esta comedia. Sólo que aquí se las arregla para hacer reir sin mover una ceja. ¿Cómo? Misterios de la interpretación. Suelta lo de "Tengo un plan" como para convertirla en una de aquellas frases del Un, dos, tres que todo el país repetía el lunes.

Natalia Hernández: Carlota, El lindo Don Diego. La mujer de la voz mágica. Como Esperanza Pedreño, se la puede llevar a un registro casi grotesco de efecto cómico o a la modulación aterciopelada de las dobladoras de Lo que el viento se llevó. Si hubiera nacido en Wisconsin, la conocería todo el planeta. Una reina de la comedia esperando todavía -me temo- un grandísimo papel protagonista. ¿La Mujer asesinadita? Algo así.

Javier Lara: Todo el tiempo del mundo. Vaya, estoy seguro de haberlo visto en más cosas, pero he debido de olvidar etiquetarlo. No encuentro un maldito curriculum en red. Snif.

Juan Antonio Lumbreras: Esperando a Godot. Lo vi en El inspector, pero tengo esas críticas sin subir (qué pereza). También en Locos por el té -la pieza no estaba a su altura- y en la estupenda, extraña y desapercibida Canícula. Juraría que he visto más cosas suyas, pero no las encuentro ahora... qué desastre.

Eva Trancón: Estaba a punto de decir "no conocía a Trancón" cuando he pasado por Canícula. Miren lo que escribí sobre ella: "Las dos están de muerte, no me explico cómo no había visto nunca a Eva Trancón. Actúa en el Edipo de Sanzol, que evito desde antes del verano, porque me da una pereza tremenda una función que -por lo que me han dicho ya varios chivatos de mi confianza- no pasa de ser una lectura dramatizada. En fin, a lo mejor voy por confirmar esta excelente impresión sobre la actriz. Perdonen el tópico, pero no puedo evitar verlas a ambas en unas Criadas entre siniestras y bufas". No vi el Edipo, así que La ternura me ha servido para la confirmación: esta mujer es la bomba, qué aplomo.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 2 de febrero de 2017

JARDIEL, UN ESCRITOR DE IDA Y VUELTA

Sala: Teatro María Guerrero Autor: Enrique Jardiel Poncela (versión de Ernesto Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: Chema Adeva, Felipe Andrés, Raquel Cordero, Paco Déniz, Jacobo Dicenta, Luis Flor, Carmen Gutiérrez, Paco Ochoa, Paloma Paso Jardiel, Lucía Quintana, Cayetana Recio, Macarena Sanz, Juan Carlos Talavera y Pepa Zaragoza Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

REGATE A LA MELANCOLÍA

Un Jardiel montado con los medios necesarios es siempre motivo de alborozo. Incluso si se le agregan unos flecos al comienzo, al final y en los entreactos que maldita falta que le hacen y que dan pie al cambio de título. Porque, como todo el mundo adivina, la función es Un marido de ida y vuelta. Afortunadamente, son modestos y cortitos, y apenas molestan.

Apartada esa distracción, ahí está Jardiel, intacto en su salsa: un humor refinadísimo que oscila en­tre la pata de banco y el regate a la melancolía y el cinismo. La carcajada salta aquí o allá, pero el pla­cer se parece más a unas cosquillas suaves en el intelecto. Nunca terminaré de admirarme ante esta explosión de inteligencia.

Caballero acierta en la puesta en escena y, sobre todo, en la dirección de actores, perfectamente en estilo. Lucía Quintana ya lo estaba en la Maribel de la Extraña familia de Gerardo Vera, prima carnal de este teatro. Los maridos, Ochoa y Dicenta, y el mayordomo, Déniz, no dan una fuera. La amiga un poco torcidilla de Carmen Gutiérrez me recordó a Mónica Randall, y con eso están todos los elogios dichos. Paloma Paso Jardiel milimetra cada síla­ba en su lugar, una maravilla. La escenografía de Azorín no viene a nada, pero funciona que da gus­to, milagros del teatro. El vestuario de Domínguez, notable. Estupenda función.

Y alguna cosilla que no cabía allí:

1.- Supongo que algunos de mis lectores me imaginarán como el espíritu de la contradicción, disfrutando cada vez que algo me parece el exacto contrario de lo que todo el mundo dice, pero resulta que no, que me encanta coincidir. Según y con quién, claro. Hoy he leído la crítica de Ordóñez en Babelia a este Jardiel y me ha puesto de excelente humor comprobar que él y yo (que es como decir Dios y un hámster) hemos visto lo mismo: una excelente reconstrucción del modo en que estas comedias deben decirse. Él sabe más que yo de esto, desde luego, pero ¿es literalmente cierto que "la tradición se ha perdido", como dice? Elogia, y no es para menos, la certera puntería de Paloma Paso Jardiel para colocarlas todas, y me pregunto si la tradición no está ahí vivita y coleando. Ya que hablamos de tradiciones más o menos vivas, y después de verla en el Alfil en La madre que me parió me pregunto cómo estaría la Ayuso en un Jardiel después de que mostrara en aquel espanto de Los caciques que hay quien recuerda cómo se hacían las cosas. Escribo esa frase, me pongo a buscar diez segundos y -por supuesto- la Ayuso no sólo ha hecho a Jardiel, ¡sino que ha protagonizado Un marido de ida y vuelta! En la tele, el 69, aquí la tienen joven y guapa.

2.- Un montaje que se pliega a un estilo es el síntoma de la modestia del director. Una modestia bien invertida. Es lo mismo que ha hecho Lima en Las brujas de Salem, y también le ha salido bien. El viernes lo publico.

3.- La pieza es un bombón para un buen figurinista y una trampa mortal para uno malo, con ese montón de disfraces del primer acto que, si no se resuelven bien, se convierten en un carnaval barato. Juan Sebastián Domínguez, un tipo de gusto certero -y que no es primo mío- ha sabido aprovechar el fondo escenografico neutro. ¿Neutro?, se dirá más de uno. ¿Neutro, unos palcos y galerías calcadas del historicismo sui generis del María Guerrero? Pues sí. En cualquier otro sitio (por ejemplo, el escenario del Valle Inclán) sería un cañonazo visual, pero aquí no cabe imaginar nada más neutro que este espejo tridimensional. Es un decorado de camuflaje. Los trajes lucen como si estuvieran enmarcados. 


A pesar del forzoso torero que parece que el autor puso para hacer el empeño imposible, los disfraces iniciales (véase foto) evitan el tradicional efecto de función de instituto. ¿Y cómo? Muy simple. Engañando, que es como hay que hacerlo todo en el teatro. En el primer acto hay una fiesta de disfraces. ¿Cuál es la primera regla del vestuario teatral? Que no debe parecer disfraz, sino traje. Si pongo un montón de disfraces que parecen disfraces, es el horror. "¡Pero si tienen que ser disfraces!", dirán ustedes. Da igual. No puede ser. Así que llega Domínguez y hace unos señores trajes (vean ahí a Macarena Sanz de Catalina de Médicis arrodillada o a Lucía Quintana de Cleopatra) y añade alguna cosilla para sugerir el efecto disfraz, como los detalles dorados en el juglar o plateados en la dama (o el remate del peinado de la japonesa, que no me resisto a reproducir en fotografía).


En otras palabras: unos buenos trajes pueden hacer las veces de disfraces en la fiesta de disfraces representada en el escenario. Unos reales disfraces de baratillo parecen en escena... simplemente un horror. Estas paradojas de lo real y el engaño saltan constantemente en el teatro, a ver si esta semana les cuento la de El cartógrafo.

Después del baile hay que seguir vistiendo a un montón de gente, incluidos señores en pijama, bata y zapatillas. Con un par de piezas de résistance, el negligé y el vestido plisado final de la protagonista, Domínguez no da punto sin puntada (así lo decía mi abuela, y era modista, así que a callar).

4.- Repasando el archivo (una de las ventajas de la edad, estoy haciendo una lista para superar todas las desventajas que se encargaron de refregarme por los morros en La velocidad del otoño) me encuentro lo que escribí cuando Mara Recatero dirigió este mismo título, y se lo copio ahora para ahorrarme unas líneas:
    Como en cualquier forma de teatro cómico, lo esencial aquí es dar con el tono. La sutileza de la comicidad de Jardiel se apoya en eso o se diluye en la nada; pasa tan desapercibida que es como si las frases no se oyeran. Y me parece, después de vista la versión, que uno de los puntos cruciales de este teatro es que los personajes no son caracteres sino tipos. Esto es: la protagonista debe ser la coqueta frívola (si ésa es la decisión adoptada sobre el personaje, caben otras) todo el tiempo y por encima de cualquier obstáculo, por mucho que la frase se preste al drama o al sentimiento.
En los diez años que han pasado desde entonces mi pensamiento se ha hecho más rígido (claro, ¿qué esperábamos?) y me arrepiento ahora del "caben otras". Dudo de que quepan muchas interpretaciones, tanto de la protagonista como del resto de personajes. Son tipos, como los de la Comedia del Arte o los estereotipos de los teatros orientales. Más se acerca la interpretación al tipo, más hilaridad produce. Ése es todo el secreto de Paloma Paso Jardiel y la tía Etelvina: es la vieja tía faltona que ha hecho toda la vida lo que le pasaba por la peineta.

5.- Me encantó Carmen Gutiérrez. Miro su curriculum y veo que  es prácticamente como si la hubiera ido esquivando. Tengo que repasar mañana las notas sobre La condesa de Malfi a ver si la señalé. Espero topármela de vez en cuando. Imposible terminar sin citar el enorme encanto de Lucía Quintana, que sabe dosificarlo, ahí está la gracia.

NOTA DEL DÍA SIGUIENTE: Es maravilloso cuando a la realidad le da por ser coherente. Miro mi crítica de 2003 de La condesa de Malfi y me encuentro lo siguiente: Sólo se salvan en alguna medida las dos actrices y, sobre todo, Carmen Gutiérrez que, en el papel protagonista, consigue dar réplicas cabales a pies imposibles. Ya me gustó entonces.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 22 de febrero de 2016

VIDA DE GALILEO

Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Bertolt Bercht (traducción de Miguel Sáenz, versión de Ernesto Caballero) Director: Ernesto Caballero Intérpretes: Chema Adeva, Marta Betriu, Paco Déniz, Ramón Fontserè, Alberto Frías, Pedro G. de las Heras, Ione Irazabal, Borja Luna, Roberto Mori, Tamar Novas, Paco Ochoa, Macarena Sanz, Alfonso Torregrosa y Pepa Zaragoza  Duración: 2.05'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Ahí tienen el giratorio.
Ésta fue mi crítica en la Guía:

Prefiero empezar por lo que me sobra: alguna espumilla que flota sobre la sustancia. Primero, eso de “¿Dónde está Fontseré?” (se supone que el primer actor ha desaparecido y que es el propio Brecht el que actúa). Luego, el interludio, cantado con desparpajo por una pareja a la que no se sabe muy bien qué se le ha perdido en la función. Y no estoy muy seguro de que la música en directo aporte gran cosa.

    Ni el texto ni la puesta en escena necesitan tales distracciones ni para contraste con la manifiesta austeridad de todo lo demás: la escenografía es muy poco más que el plano del suelo, el vestuario no se sale del negro, la interpretación no despliega grandes alharacas, especialmente en lo que atañe al protagonista. Está bien así: un marco más que adecuado para el nervio narrativo de un texto perfectamente estructurado (no sé cuántas versiones le costó a su autor) y dicho impecablemente por un elenco que parece creérselo. Pocas veces más justificada la metafórica escenografía de simetría central, muy bien usada en entradas y salidas y en el movimiento general de actores.

Fontseré, que a muchos nos costaba ver en el papel, da en el clavo con una interpretación que dosifica heroicamente las ganas de retranca que el actor y el personaje llevan dentro. Me gustaron todos, pero sobre todo Torregrosa, Déniz, Irazabal y Macarena Sanz.

Y alguna cosilla que no cabía allí:

1.- En primer lugar, ya tenía yo ganas de coincidir con el sentir mayoritario, después de tanta discrepancia en los últimos días. Parece que las alabanzas a este Galileo son unánimes. Alguien creerá que me encanta ir contra corriente, ser el pitufo gruñón y poner a caldo a cuanto profesional consagrado me caiga entre las garras, y no: me quedo mucho más tranquilo cuando las cosas me gustan. Como les voy a propinar en nada la crítica sobre el Hamlet de Miguel del Arco que es un fiasco notable -y bien que lo siento- dejen que me regodee un poco en esta armonía galileica.

2.- Alguna vez les he dicho esto de que Brecht debe de ser el autor que más influye -después de muerto- en las puestas en escena de sus obras. Tanto teorizar con el extrañamiento, a ver quién es el guapo que se ponga a montar sin demostrar que se sabe la lección. Las opiniones de Shakespeare, de Molière o de Lope traen perfectamente al fresco a los directores que usan (y pongo "usar" adrede) sus textos, pero ojo con Brecht. En esta versión, es él mismo quien aparece (representado por Fontserè) y quien tiene que asumir el papel protagonista, porque Fontserè ha desaparecido. También la música en directo obedece, en la estética brechtiana, a la intención de que el espectador tenga bien claro en todo momento que se trata sólo de teatro y evite sumergirse emocionalmente. Muy bien, la teórica aprobada. Pero esto al espectador le importa, y debe importarle, un bledo, y sólo cuenta el resultado en su conjunto. Aparte del valor de oír la música original de Eisler, creo que la función ganaría en ritmo sin los interludios, y se acortaría en esos quizá diez minutos que aún me parece que le sobran (ya le hicieron algún corte antes de que yo la viera). Digo esto respecto a las transiciones cantadas. En cuanto a la irrupción de la pareja, ya glosada en la crítica en papel, sería más tajante: no viene a nada. Me parece que logra el efecto de extrañamiento, precisamente cuando no era buscado (ya que está integrada en el flujo narrativo). Pero al crítico le pasa como al director: si dice que le sobra la música en escena, parece que nunca se enteró de qué va la copla histórico-estética. Un ignorantuelo. Más de uno pensará eso si sólo ha leído la crítica en papel.

3.- Escenográficamente, el diseño de Paco Azorín apenas se despega del suelo. Incorpora un giratorio; algo que estuvo muy de moda hace unos pocos años. Aparecían donde menos se lo esperaba uno, pero éste está más que justificado, con Tolomeo, Copérnico y Galileo en danza. Aunque también hay quien ha dicho que da demasiadas vueltas (creo que La razón, es curioso, a mí me pareció que giraba más bien poco). La combinación de diseño y uso dramatúrgico (los dos aspectos de toda escenografía) es un acierto. El par sirve de curioso contrapunto (a veces parece que las casualidades las orquesta alguien) al Sócrates de Gas. Sobre el plano, dos simetrías centrales sin tacha. Si me apuran, más central la de Azorín, ya que la otra tiene unas gradas al fondo sin contrapartida simétrica. Pues bien: el uso de Gas se limita al aburrido ensalzamiento del centro, en el que se ubica el asiento para el protagonista, que se pasa ahí quietecito buena parte de la función, pontificando. Casi el cien por cien del tiempo las figuras que el resto de intérpretes combina son simétricas. Estático y estéril. Caballero ha usado la centralidad con cintura, orquestando un diálogo dinámico entre las evoluciones de los actores y la corriente de atracción del centro, que alcanza los espacios fuera del círculo central, por donde entran y salen los actores. Es uno de los principales atractivos de la función.

4.- Si tengo que decir de verdad de la buena cuál es la interpretación que me llevaría a casa, creo que sería la de Torregrosa como cardenal Barberini -lleno de suficiencia y aristas-, pero subrayando que el doblete con el amigo de Galileo (Sagredo) le da fantástica oportunidad de lucimiento. Otro paralelismo, esta vez positivo en ambos términos de la comparación, de Fontserè y Torregrosa con Pou y Canut. Me gustó la escena de los cardenales Barberini y Bellarmino. Este último es Paco Déniz, al que recuerdo muy bien plantado en el Godot de Sanzol. Juraría haberlo visto en algo más, pero no caigo ahora. Repasando mentalmente la función, casi diría que me van gustando más todos a medida que el tiempo decanta el recuerdo. Roberto Mori, el monje astrónomo, un humilde saber estar en escena; Tamar Novas, el discípulo, también muy en su sitio en las conversaciones con Fontserè, receptivo y escuchando de verdad lo que Galileo dice (¿Les parece esto una tontería? ¡Ja! Escuchar es una de las cosas más difíciles de hacer bien en un escenario; Ione Irazabal, qué buena la tía. La interpretación de esta última es buen ejemplo del estilo, muy coherente, de todo el elenco: de andar por casa (que es por donde anda el personaje durante toda la función). Desprenden tranquilidad, como si supieran en todo momento dónde apoyan los pies. ¿Me siguen? A veces no me entiendo ni yo mismo (como en Qué sabe nadie). 

5.- Sale una esfera armilar, y la llaman astrolabio. Minucias de crítico picajoso.

A ver si mañana soy capaz de colgar Hamlet. Creo que el viernes saldrá, por fin, la crítica en papel de De algún tiempo a esta parte, pero no esperen y saquen entradas.
P.J.L. Domínguez
          
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sábado, 11 de mayo de 2013

ESPERANDO A GODOT


Sala: Teatro Valle-Inclán Autor: Samuel Beckett (versión de Ana María Moix) Director: Alfredo Sanzol  Intérpretes: Miguel Ángel Amor, Paco Déniz, Juan Antonio Lumbreras, Juan Antonio Quintana y Pablo Vázquez. Duración: 1.55'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Juan Antonio Lumbreras, Pablo Vázquez y Paco Déniz.


Cuando no se está de acuerdo con Marcos Ordóñez, mejor pensárselo dos veces. Ya me lo he pensado. El Godot de Sanzol no me gusta, a pesar de la excelente versión de Ana María Moix. Para que tengan más opiniones a mano, les pongo abajo del todo los enlaces a las críticas de Ordóñez (a favor) y Verdú (en contra).




Parece que ambos están de acuerdo en contra de la escenografía de Andújar. Un tipo versátil que, por ceñirnos a lo más reciente, ha hecho cosas tan distintas y tan logradas como el Dani y Roberta de Gual, la Orquesta de señoritas de Pérez de la Fuente o (con Esmeralda Díaz) la hermosísima Vida es sueño de Pimenta. Esta vez ha forrado la caja escénica del Valle-Inclán con una gasa de un azulón luminoso (no encuentro una sola foto que dé idea del color). Yo diría que ha dejado abierta toda la altura (o casi) que da la boca del escenario. Así que el espectador ve esa caja azul que se prolonga hasta muy, muy arriba. En algún punto de esa descomunal altura la vista se topa con un bosque de trusses que sostiene una infinidad de focos de distintos tipos (decimos "truss" para no decir "vigas tridimensionales de celosía" o algo peor, les he puesto una imagen para que me entiendan). Dice Ordóñez que parecen prisioneros en un colegio mayor donde acabara de celebrarse un congreso. Es verdad, pero es que ¿no podrían estarlo? Me parece que Andújar ha rodeado la acción con un contenedor que podría parecerse al auditorio de un colegio mayor o al San Carlos de Nápoles, da igual, porque no de deja de ser una preciosa caja que guarda una perla rara. Esta sensación se acentúa porque la escenografía a ras de tierra -el árbol, el sendero- se pliega perfectamente a las convenciones que suelen usarse para representar la pieza. A mí, la caja me gusta. El vestuario, también de Andújar, impecable.



No tengo objeciones a la interpretación, más bien al contrario. Sanzol ha procurado darle un tono divertido a todo lo que ha podido, y no me parece un enfoque errado a priori. Los actores están bien seleccionados para eso. Juan Antonio Lumbreras borda ese registro liviano, un poco de chiquilicuatre juguetón (hacía casi lo mismo en El inspector, el único intento conseguido sólo a medias que le he visto a Del Arco). Paco Déniz da perfectamente el estereotipo de hombre grandote y bienintencionado. Ambos casi en papeles de carácter. 


La expresión "de carácter" se presta a constantes equívocos, he encontrado por ahí hasta una definición que deja al actor de carácter en "el que representa papeles de personas de edad". En realidad, se trata de la oposición entre un papel complejo, en el que un personaje muestra las variadas facetas de una personalidad retratada en su poliedria, y otro que se centra un uno sólo de los aspectos que lo definen. Como los enanitos de Blancanieves: éste siempre gruñe y el otro siempre tiene sueño. Los papeles de carácter se encuentran entre los secundarios del teatro clásico (el gracioso, por ejemplo), pero también entre los principales: Don Diego, el lindo, es vanidoso por encima de todo. Tartufo es fundamentalmente hipócrita. Etcétera. Y el resultado final de muchas obras de vanguardia, al menos desde el Ubú, que reducen al personaje a una especie de marioneta de madera, es también parecido. No está mal, por este último motivo, que Vladimir y Estragón, Lumbreras y Déniz, sean más bien unidimensionales en esta versión de Sanzol. Pozzo se ha planteado con mayor riqueza de registros, así que Pablo Vázquez (el de la foto) tiene más posibilidad de lucimiento. La aprovecha.


Juan Antonio Quintana está simplemente maravilloso. Maravilloso en toda la gestualidad del decrépito, exhausto e imprevisible Lucky, y maravilloso en el monólogo -cumbre del teatro del absurdo- que casi me tira de la butaca a base de carcajadas. En la foto, lo tienen caracterizado de Nono en una Noche de la iguana más bien mediocre, creo que de 2007, de la que salía indemne. Lo mejor de la función, con diferencia, era su famosa poesía final: Con qué serenidad la rama del olivo...

Vázquez, Déniz y Quintana.

Buena versión, buenos escenografía y vestuario, buena iluminación (de Pedro Yagüe), buena interpretación... ¿Qué es entonces lo que no va?, se preguntarán. Verán, Beckett sólo se sostiene en equilibrio.  Exige una escrupulosa medida de parlamentos, silencios, gestos... que aquí no he visto más que muy aisladamente (en ese sentido, me parece mucho más becktiano el Strindberg de Cortizo, ahora en cartel). Por ejemplo: Pozzo hace restallar el látigo, Vladimir deja caer el sombrero... y habla. Quince segundos de malabarismo teatral, milimetrado. Se supone que todo debe ser así. Sí, es un currazo infame, pero no hay más tutía. Además, se han estirado bastante los tiempos, a veces con elementos gestuales (silencios para voltear los ojos, pelea rodando por el suelo), de manera que mi función duró una hora y cincuenta y cinco minutos. Tras un vistazo a la red, confirmo mi primera impresión de que, normalmente, la función es bastante más breve. A mí, y a quienes me rodeaban, se nos hizo eterna, y bastante pesada a ratos. Lo dicho: el equilibrismo tiene que ser constante y patente, si no, no hay nada que hacer.