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sábado, 27 de mayo de 2017

LAS BRUJAS DE SALEM

Sala: Teatro Valle Inclán Autor: Arthur Miller (versión de Eduardo Mendoza) Director: Andrés Lima Intérpretes: Míriam Alamany, Nausicaa Bonnín, Marta Closas, Borja Espinosa, Miquel Gelabert, Núria González i Llausí, José Hervás, Lluís Homar, Carles Martínez, Anna Moliner, Nora Navas, Albert Prat, Carme Sansa, Yolanda Sey y Joana Vilapuig Duración: 2.35'
(la función ya no está en cartel)


La muy efectiva, y preciosa, escenografía de Beatriz San Juan.
Ésta fue mi crítica (hace cuatro meses) en la Guía del Ocio:

PLEGADO AL ESTILO


¿Es éste el mismo Lima que hace unos meses montaba una Medea con todos los sacrificios exigidos por la diosa modernidad a sus seguidores? Esta vez esconde su presencia –y no me refiero a su propia presencia física, que en ocasiones ha usado, sino a la mano del director- y muestra un talento impecable para la construcción clásica. Texto de repertorio puesto en escena con tal sobriedad canónica que, grabado en blanco y negro, podría presumir de ser cuarenta años más joven. Esto, que a veces puede ser reproche, es aquí elogio a la modestia de saber plegarse a un estilo. Aparte de algunas intervenciones didácticas (breves, gracias a los dioses) y de una jovencita cantarina, todo sigue el mismo cauce, todo sirve a un texto en el que no sobra una coma y que se precipita impetuoso a su final.

Grandes aciertos en el elenco. La función sube dos palmos desde que Homar, que ya está en esa categoría en la que empieza a importar poco incluso lo que dice, entra en personaje (ha hecho antes algunos de esos comentarios explicativos). Espinosa compone un Proctor cuya lejanía del heroísmo estereotipado lo hace verosímil. Carles Martínez consigue dotar a John Hale de una pálida llama de simpatía incluso al principio, abriendo el camino al giro del personaje. Excelente la joven Anna Moliner en el agradecido papel de Mary Warren.

Sólo añadiré que me encantaría que Anna Moliner, que ha hecho bastante teatro en Cataluña, se dejara ver por Madrid.

La escenografía de Beatriz San Juan, una auténtica preciosidad. La aprecio más con la perspectiva de los cuatro meses que han pasado desde que la vi.

P.J.L. Domínguez
          

miércoles, 27 de abril de 2016

EL JURADO

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: Luis Felipe Blasco Vilches Director: Andrés Lima  Intérpretes: Josean Bengoechea, Víctor Clavijo, Cuca Escribano, Pepón Nieto, Isabel Ordaz, Canco Rodríguez, Luz Valdenebro, Eduardo Veasco y Usun Yun Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Usun Yun, Clavijo, Escribano, Bengoetxea, Velasco, Ordaz, Valdenebro y Canco Rodríguez. De espaldas, Pepón Nieto.


El parentesco es tan evidente que hasta lo menciona el director en el programa de mano. La huella de Doce hombres sin piedad en España fue enorme (muy superior a la que le hubiera correspondido a una película de Lumet) gracias a un Estudio 1 de gran impacto en 1973. Pensando ahora en ese impacto me viene a la memoria mi padre, que dijo de pronto, una vez que Kennedy salía en la tele, "cómo nos engañaron a todos con éste". Ya saben, Kennedy era el presi bueno como Juan XXIII era el Papa bueno. La obra original (concebida para la televisión) se emitió en 1954. Puede (digo "puede", ese año el Oscar a la mejor película se lo llevó La ley del silencio, no todo el mundo estaba en la inopia) que entonces el público mayoritario recibiera de buen grado un relato que parecía demostrar que el sistema democrático (americano) funcionaba. Bastaba que un hombre entre doce (olvídense de las mujeres, tan ninguneadas como en Mesopotamia) tuviera la conciencia limpia y la mente despejada para hacer que todos reconocieran la verdad. Cuando Televisión Española emitió su versión en 1973, los americanos (del norte) ya sabían que la guerra de Vietnam era un inmundo vertedero en el que habían tirado su conciencia a que se pudriera y habían entrado en el fango del Watergate. No me parece a mí que estuvieran ya para estos idílicos cantos. Pero aquí, ¡ay aquí!. En pleno final del largo túnel esto parecía el séptimo cielo de la democracia. Doce hombres (insisto, sin mujeres) debatiendo en libertad para llegar a la conclusión justa. Como dijo mi padre, "cómo nos engañaron a todos".

* * *
Algo así debió de pensar Luis Felipe Blasco Vilches cuando decidió ponerse a escribir El jurado. Sólo puedo seguir hablando si desvelo cuál es el carácter de la pieza (algo de lo que el espectador no está seguro hasta el final), así que

ATENCIÓN: SPOILER 
(si no quiere que le reviente el suspense, no siga leyendo)
El jurado da la vuelta como un calcetín a Doce hombres sin piedad. Donde hubo sinceridad pongan doblez. Donde había búsqueda desinteresada de la verdad pongan defensa despiadada del interés. Desde ese punto de vista, es un interesante ejercicio: jugar con una referencia instalada en la memoria colectiva para despanzurrarla en sintonía con los tiempos de corrupción que vivimos. ¿Qué tal ha salido?

Bueno, no ha salido mal, pero tampoco para echar cohetes. Como me dijo una amiga, quitándome la expresión de la boca, "es un texto un poco tramposo". ¿Qué quiere decir que es un texto tramposo? 

Nada más atractivo ni que funcione mejor que una revelación. Esto lo sabemos desde los griegos (y desde antes, sólo que nos hemos empeñado en acordarnos de todo desde ahí). Qué subidón cuando nos enteramos de quién era Edipo. Pero hay una cosa muy delicada: el número de revelaciones tiene un peso importante en la determinación del género. El thriller (también el subgénero del thriller judicial, en el que podríamos enmarcar El jurado) suele exigir una al final, la que resuelve el enigma. Admite alguna más en el desarrollo de la trama. Pero si resulta que, de uno en uno, prácticamente todos los personajes van revelando unas circunstancias personales tan específicas que afectan directamente a la resolución del caso, es que hemos saltado al Asesinato en el Orient Express. Yo diría que El jurado no quería parecerse al Cluedo, sino que pretende ser otra cosa. Leo ahora mismo que Lima dice en el programa de mano que "te mantiene pegado al texto como los clásicos thrillers judiciales de Hollywood". De acuerdo, eso es lo que quería ser. Pero sobran revelaciones. Demasiadas coincidencias sembradas en este grupo de nueve personas para facilitar el desenlace. Eso quería decir con "un poco tramposo".

* * *
Lima ha dirigido un drama convencional, y se agradece. Se agradece que no aparezcan las ocurrencias de Medea o, tanto peor, de Capitalismo, hazles reír. Se aprecia al buen organizador de tiempos y al director de actores. Las transiciones -efectos de iluminación, giratorio en marcha, intérpretes moviéndose a cámara lenta- están bien, oxigenan un poco el relato. El mencionado giratorio hace su papel. Estos nueve están gran parte del tiempo sentados a una mesa (vean la foto), y ya saben el lío que supone eso en el teatro. Sentar a cenar a un grupo de personas es una de las pesadillas del director de escena. O se sientan dejando un lado libre (como en el cuadro de Leonardo), cosa que produce un espantoso efecto de artificiosidad, o alguien tiene que quedar de espaldas al público. La solución de Beatriz San Juan funciona a la perfección: dan vueltas, así que terminamos viendo a todos desde todos los angulos. Paradójicamente, el efecto final es un poco cinematográfico. Es como si tuviéramos muchos tiros de cámara. 
* * * 
Todos tienen su momento excepto, diría yo, Eduardo Velasco. No por su culpa, sino porque le ha caído el personaje más plano y con menos atractivo: es el presidente del jurado y se pasa la función reclamando orden. Todos los demás tienen algún atractivo que explotar. Algunos, modestos -como el suave resbalar del personaje de Usun Yun por encima de cualquier cosa- y otros bien jugosos, como el tipo que encarna Víctor Clavijo, imbuido de su posición de triunfadorcillo (quizá el mejor vestido por Paloma de Alba, algún centímetro más allá de donde empieza el pijo hortera). Me gustó mucho Clavijo en Sótano, me siguió gustando en Fausto y me ha gustado aquí. Es un actor versátil que administra muy bien las intensidades. También muy bien vestido Bengoetxea, que acierta -con la ayuda de ese traje, las gafas y el pañuelo- en la composición de ese  pobre hombre que de creerse en la zona de seguridad ha pasado al deshaucio, como tantos.  De la Ordaz, me parece que ya no puedo decir mas de lo que he dicho otras veces: soy un rendido admirador. Se lleva, además, uno de los papeles bombón: el de la insignificancia -estirada hasta rozar lo ordinario- que termina siendo último refugio de la dignidad. Está como siempre, estupenda en esos andares a que obligan las articulaciones que duelen de tanto limpiar por ahí, estupenda en las espontáneas solidaridades que despiertan los demás en esta mujer a la que el sufrimiento ha sumado rabia sin restarle bondad. OJO QUE VA OTRO SPOILER: Su reverso, el villano, lo va dejando salir Pepón Nieto poco a poco. En esa graduación está todo el mérito: en que quien parece ser al principio pueda contener en su interior -sin fingimiento de cartón- a quien revela ser en realidad al final.

No va a ser la función de la temporada, pero se deja ver. Me parece que lo próximo de lo que voy a hablarles (Tierra del fuego de Tolcachir) va a terminar con la misma frase. Lo que me ha sorprendido muy agradablemente, porque a todo el mundo le da mucho miedo el texto de Cervantes aunque no lo confiesen, es la Numancia de Pérez de la Fuente. Ya les contaré.
P.J.L. Domínguez
          
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domingo, 23 de noviembre de 2014

DESDE BERLÍN

Sala: Matadero (Naves del Español) Autores: Juan Cavestany, Pau Miró y Juan Villoro Director: Andrés Lima  Intérpretes: Pablo Derqui y Nathalie Poza Duración: 1.15''
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que la función ya no esté en cartel)



Como en el caso de El juego del amor y del azar, hacía meses que esperaba verla. Como en el caso de El juego del amor y del azar, la decepción ha sido proporcional a la espera, aunque con notables diferencias. Flotats lo ha hecho casi todo bien, y no ha sabido recortar el texto hasta dimensiones masticables. Lima tenía unos textos mucho más resultones (con altibajos, son tres autores), pero lo ha hecho casi todo mal.

Ese "casi todo mal" puede resumirse en una frase: no sale ni un segundo del escenario. No, no se asusten, no es que aparezca él mismo en carne mortal (como, por ejemplo, en aquel engendro de Capitalismo, hazles reír). Es que no hay un momento en el que la mano del director no se vea. Les digo a menudo que el mayor elogio que cabe hacer de una dirección es que no se perciba. El espectador debe estar metido en la función, sin que ningún pensamiento del tipo "mira esto que hace ahora" lo saque de ella. Desde Berlín es un constante "mira esto que hace ahora", un sin vivir de amontonamiento de recursos, un dale que te pego de "antes muerto que dejarles actuar tranquilos". El amontonamiento pasa por ponerla a ella a cantar y tocar el piano fuera de escena, proyectando su silueta sobre los bastidores que acotan el lugar de representación; por mandarlos a dar vueltas por ahí detrás de los bastidores; por agotar los efectos de iluminación; por tenerlos yo no sé cuánto tiempo en bolas simulando un coito que ya me dirá usted lo que aporta... En pocas palabras: Lima tiene dos excelentes actores en escena, pero se esfuerza constantemente por ensuciar su trabajo interpretativo. Yo diría que el ejemplo más sangrante es el excelente monólogo que Poza suelta sentada en el suelo, delante de la cama (veo tu cara...). Es un fragmento conmovedor, que ella borda. Pues bien: es interrumpida constantemente por un efecto repetido de sonido e iluminación. ¿Para qué? Me pasé la función recordando una gigantesca pintada que vi en Caracas en 2012 que decía  "DÉJENLO TRABAJAR" (respecto a Chávez, claro). ¿Y si hubiéramos dejado trabajar tranquila a la actriz? Aunque, quizá, el recurso más grotesco sea el que les voy a desvelar ahora, si se dejan. Porque, antes, aviso:


ATENCIÓN, SPOILER

La cama se traga a Natalie Poza. Como lo oyen. A veces me pregunto si los directores de escena no han sido nunca espectadores. Es im-po-si-ble que, si la cama se traga a la chica, el espectador no recuerde Pesadilla en Elm Street, con el consiguiente cortocicuito destrozaclímax. Todos esperamos que vomite a continuación un géiser de sangre. Tranquis, eso no sucede. Pero lo que sucede es que el género muta de improviso del drama a un inesperado gore risible.

Todo el mundo sabe que cuando las camas comen personas, terminan
vomitando sangre.
Pero olvidemos Elm Street. Supongamos que los espectadores son marcianos que no la han visto. Sabemos que Poza se ha quedado dentro del mueble, debajo del colchón. El mueble tiene ruedas. Derqui lo desplaza contra uno de los bastidores. Adivinen para qué. Acertaron: para permitir otro efecto (por el que la sombra proyectada de Poza parece sentarse en el borde de la cama). Por supuesto, mientras el mueble se mueve, todos y cada uno de los espectadores piensan "ay, ay, pobre chica encerrada y zarandeada a oscuras en ese angosto compartimento". Toma sopapo destrozaclímax.

"Cualquiera va a ver esto", se dirán. Bueno, se lo dirán si se fían de mí incluso después de leer a Ordóñez (cosa improbable), que dijo que Lima "firma aquí su mejor trabajo de los últimos años, el más hondo, medido y cuajado". Ya han visto que estoy en ligero desacuerdo, pero me apunto a todos los elogios que dedica a los actores. Es más: les recomiendo que vayan a verlos.

La función no es un desastre, exclusivamente porque Pablo Derqui y Nathalie Poza son dos intérpretes excepcionales que aprovechan todos y cada uno de los resquicios que la dirección de escena les deja para prestar carne y hueso a estos dos seres destrozados por su propia incapacidad para vivir. El primero deslumbró, también en el Matadero, en el Roberto Zucco de Julio Manrique. La segunda estaba de muerte en A cielo abierto con Pou y salía indemne (algo casi milagroso) de Capitalismo, hazles reír. Especialmente brillante la escena de la desaparición del supermercado, en la que creo adivinar la humanidad y el humor de la escritura de Villoro. Pero están perfectos cada vez que abren la boca e incluso cuando no la abren (exceptuada la mencionada escena de sexo, de planteamiento imposible). No voy a glosarlo todo (tienen el trabajo interpretativo muy bien descrito en la crítica de Ordóñez), me limitaré a mencionar un detalle: la violencia es muy difícil de reproducir en escena; si te pasas de naturalismo; repele; si te pasas de estilización, parece mimo. También en eso están en un infrecuente punto justo. 

Me gustaría sugerir un experimento: dejar a estos dos grandes en un escenario vacío -sin piano en off, sin proyecciones, con una cama sin aparato digestivo, una iluminación modestita y el acertado vestuario de Beatriz San Juan- y que dijeran los textos sin interferencias. Yo creo que se nos comían crudos.
P.J.L. Domínguez

No quiero ocultarles que también a García Garzón le encantó. Contra tanta autoridad, encuentro sólo un par de compañeros en el bando de los aguafiestas: Sergi Doria en El Mundo y Juan Carlos Olivares en Time Out. Ya juzgarán ustedes. A fecha de hoy, los ocho votos que figuran en la web de la Guía del Ocio arrojan un 2'4 sobre 5.
           

miércoles, 7 de mayo de 2014

LOS MÁCBEZ

Sala: Teatro María Guerrero Autor: William Shakespeare (versión de Juan Cavestany) Director: Andrés Lima Intérpretes: Javier Gutiérrez, Carmen Machi, Jesús Barranco, Chema Adeva, Laura Galán, Rebeca Montero y Rulo Pardo.  Duración: 2.00' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Ahí tienen a las meigas. Estas tangentes de puro visualismo son
lo mejor de la función.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

La fama de nuestros políticos está en niveles tales que esto de trasponer las fechorías de Macbeth a la Galicia actual no parece descabellado de entrada. Mutatis mutandis. Que, en un remoto pasado, el rey de Escocia liquide a sus rivales es una cosa. Que lo haga el presidente de la Xunta… Se podría digerir bajo un enfoque de farsa o de franca vanguardia (Lima parece deslizarse hacia la vanguardia estetizante a ratos, entre Lynch y Pandur), pero se ha pretendido hacer convivir la hipérbole con los parlamentos de Shakespeare en tono convencional, y la cosa no se mantiene. Un Macbeth tradicional sólo avanza si la sucesión de horrores conmueve al espectador, y aquí la oscilación entre la tragedia, el disparate tragicómico y los añadidos en clave puramente visual, produce alejamiento y una mirada gélida sobre lo que debería espantarnos, de manera que las dos horas terminan por hacerse excesivas.

    Hay, sin duda, aspectos atractivos en la puesta en escena. Algunas de las imágenes tienen una cierta potencia: las meigas con liguero y cabeza de cerdo recortadas sobre el fondo traslúcido, por ejemplo, o la aparición de Banquo. Y, sobre todo, buena parte de las interpretaciones, con Carmen Machi llevándolo todo al lugar adecuado con cada simple inflexión de voz. Muy bien Pardo, Montero y Adeva, y excelente Jesús Barranco, tanto de Banquo como de Mayordomo.

Uno.- Vaya, todos de acuerdo, qué aburrimiento: Villán, García Garzón, Ordóñez... todo el mundo ha dicho lo mismo. Con lo que a mí me gusta discrepar. Como esto se repita a menudo tendré que hacérmelo mirar. Los Mácbez no funciona. No funciona en absoluto, quiero decir. Como gustéis no funciona, pero digamos que tiene una falla, una quiebra, que la parte en dos y destroza el efecto de conjunto. Los primeros cien minutos van de muerte y al final remonta otra vez. Aquí, es que la cosa no va para ninguna parte. Que me perdone el consenso de los entendidos, pero es algo que me encuentro recurrentemente en Lima, al que sólo le he visto una cosa redonda: De Madrid a París y El bateo, un programa doble que dirigió en la Zarzuela y que le quedó como para mojar pan. A todo lo demás ya le pasaremos revista otro día, que tengo mucho trabajo atrasado. 


De  Madrid a París, lo mejor que le he visto a Lima.
El problema de Los Mácbez es que no se ha querido elegir género: se abandona la tragedia original (pero no del todo) y se organizan excursiones por los campos de la farsa (ese "me voy a Castellón" roza a Jardiel; por no hablar del pretexto para acercar la Carballeira al palacio de la Xunta; o de la patética, por ridícula, escena del asesinato de la familia de Macduff, o como aquí se llame; etcétera), pero no mucho; o del puro visualismo (caja iluminada, meigas, coreografías de conjunto), pero tampoco mucho. Después de tanta excursión, el patetismo estándar de la angustia de Macbeht-Gutiérrez nos importa un pepino. Hay que tener un pulso formidable para mantener semejante indefinición de género: Ni siquiera Pandur osaba, en su formidable Hamlet tanto desparrame. Por contra, el mejor Macbeth visto por aquí en los últimos tiempos (el de Martret) se quedaba perfectamente pegado a la intención trágica del original.

Dos.- Sí, escenográficamente es interesante, con el proscenio adelantado sobre el patio de butacas y la caja traslúcida encajada como una pecera en una pared negra. Extrema cercanía (la corbata está casi sobre los espectadores) y extremo alejamiento de la caja al fondo. Todo eso es de Beatriz San Juan, muy bien iluminado (y no era fácil) por Valentín Álvarez. Sin embargo, el efecto final, en el que la escenografía adquiere protagonismo, no funciona. ATENCIÓN: SPOILER ESCENOGRÁFICO. La caja se deshace, en transparente metáfora del derrumbe de la causa de Macbeth, pero se deshace de forma más bien fea. De acuerdo, la metáfora ampara también que a la monísima caja se le vea la realidad de los cuatro paneles de chichinabo. Da igual, no cuela. 


Otra: la caja es un paralelepípedo con las aristas inclinadas, de forma que se acentúa la ilusión de fuga. Lo aprecian en esta foto de encima. Pues bien: a la izquierda hay una puerta cuyo dintel NO sigue esa inclinación hacia el punto de fuga central. Es un efecto visual insoportable. Digo yo que para comprar una puerta estándar y no tener que construirla, no se me ocurre otro motivo. Digamos, de paso, que construir expresamente una puerta que cierre de verdad, con el efecto de peso de una puerta de verdad y no de un panelito de morondanga, tiene su aquel (puesto que no hay pared real en la que anclarla). Fíjense si no en la cantidad de puertas de papel que se ven siempre en los escenarios. Son como las maletas que no pesan en las películas.

Vestuario, ni fu ni fa, excepción hecha para el vestido oscuro con moño alto, botas y pieles de la Machi. Lujo de parvenue. Asqueroso, por lo verosímil. Lo tienen en la foto de arriba.

3.- De la Machi ya les he hablado otras veces, y ya ha hablado todo el mundo esta vez. Sobrenatural. Javier Gutiérrez es un gran actor, no cabe duda. Lo último que le he visto, la versión musical de ¡Ay, Carmela!, bastaría para corroborarlo. Pero le pasa un poco como a Raúl Prieto, hay que controlarlo. Si no, le da por abusar de esa cara de estar completamente perdido en el hiperespacio, con la boca abierta y la mirada angustiada. Resulta que esto no lo dice nadie, pero el gesto es tan característico que sale en la PRIMERA FOTO que da Google para su nombre.


          

Es la de la izquierda. A la derecha, una de Los Mácbez. La cabeza inclinada hacia abajo, la mirada de abajo hacia arriba, la boca entreabierta. Se pasó así medio Woyzeck de Vera. Cierto que Woyzeck y Paulino son papeles de perro apaleado. Pero Macbeth, no. Además, se puede hacer de perro apaleado cambiando de cara: Diego Martín, La Venus de las pieles, ya les contaré. 

El hallazgo de estas semanas es Jesús Barranco (foto de la derecha). Compruebo a posteriori que lo había visto en varias cosas, sin que me llamara la atención. Me dejó boquiabierto en La cena del rey Baltasar. Consulto a mi jefe del V.F. y me viene a decir, traduciendo, que de qué guindo me caigo, que es un pedazo de actor. Aquí está de muerte, nunca mejor dicho en el caso de Banquo. La unánime crítica reseñada en la primera línea parece no valorarlo mucho en ese papel (hace dos), pero me gustaría a mí ver la deslavazada escena de la aparición del fantasma, si el fantasma no fueran él y su impresionante jeta de mármol. Si se empeña, no es que no mueva un músculo, es que no mueve una célula. Unánimes, por contra, las alabanzas al mayordomo entregado e impotente ante la debacle de su amo. Se llama Senén, y los que lo vean no lo olvidarán.


Adeva y Rulo Pardo se reparten otro puñado de papeles. Los dos me gustan, aunque a Pardo le ha dejado Lima resbalar un poco en algún momento hacia su proverbial comicidad, que aquí sobra. Aunque quizá sean mis ojos los que se la prestan, es un tipo que me troncha con sólo mover una ceja. Los dos funcionan tan bien en las figuras gemelas de lameculos (perdonen el término, pero me parece el más ajustado) que pierden la propia individualidad y se convierten en una especie de Hernández y Fernández difíciles de discernir. Adeva está de miedo, tanto de presidente como de chófer. Y también Rebeca Montero, tanto de delfina -una burra imbuida de poder, me recuerda mucho a alguien que se ha hecho famoso estos días, pero no voy a mencionar su nombre, permítanme un mínimo de prudencia de vez en cuando- como de chacha: hay momentos en que su mutismo asustado da la medida de las lindezas que los demás largan. Siento decirlo tan claro, pero Laura Galán no llega al mínimo exigible; puede que tuviera un mal día o no sea ésta la función de su vida.
P.J.L. Domínguez