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lunes, 10 de noviembre de 2014

UN HOMBRE CON GAFAS DE PASTA

Sala: La Pensión de las Pulgas Autor y director: Jordi Casanovas  Intérpretes: José Luis Alcobendas, Markos Marín, Inge Martín y Olga Rodríguez Duración: 1.15'
(la función ya no está en cartel)

Inge Martin. Desenfocado en primer término, José Luis Alcobendas.

Durante semanas, marqué Un hombre con gafas de pasta en la cartelera de la Guía del Ocio. Durante semanas, pensé "voy la semana que viene". Decido ir y me entero después de que es la última función: tan crítico, tan bloguero, tan alto, tan guapo y tan rubio (quiten los últimos tres elementos, que están sólo por motivos de estilo)... y parezco idiota. Menos mal que a veces es como si hubiera orden en el cosmos y repiten en el Lara en unos meses. Ojalá. Si no la han visto, podrán verla entonces. ¿Mantendrá la fuerza que le daba con la proximidad, casi promiscuidad, de La Pensión de las Pulgas?
* * *
Jordi Casanovas es un autor prolífico, pero una de dos: o he estado yo especialmente despistado con él o es una de las tantas víctimas de la distancia teatral entre Barcelona o Madrid (bueno, tan víctimas nosotros como él). Sólo le conocía Ruz-Bárcenas, una función que acredita un considerable talento dramatúrgico, pero en la que no metió pluma. Me explico: los textos son los recogidos por las actas de los encuentros entre juez y reo. Casanovas no escribió, se limitó a recortar y pegar. Así, siendo rigurosos, Un hombre con gafas de pasta es lo primero que veo con textos salidos de su impresora.

Jordi Casanovas
También lo ha dirigido él. Llevo una racha de autores-directores. Además de Casanovas, Román con LuciérnagasPadilla con Haz clic aquí, Sanzol con La calma mágica, Miró con El principio de Arquímedes, Cair con Eva ha muerto (de la que ya les hablaré). Salga bien o mal, una función dirigida por su autor aporta siempre algo interesante: es un testimonio irrecusable de la intención que tuvo al escribirla. Yo diría que el rasgo más pronunciado de ésta, puesto de relieve por la puesta en escena, es el baile de géneros que se produce a medida que avanza. Al comienzo, parece una comedia. Aina (sin tilde, debe de ser un nombre catalán) es una chica dulce, sin mucho carácter, fácilmente influenciable. Como suele suceder, ha atraído a una pareja que lo pasa bomba dirigiéndole la vida. "Tienes que hacer tal", "no puedes hacer cual", "Aina chica, es que así la fastidias" (no son citas). Conozco bien el paño, porque tenía una tía idéntica. Qué digo, YO soy idéntico. Afortunadamente, en mi caso no han funcionado los mecanismos que atraen a los mangoneables hasta el alcance de los mangoneadores, y todos los que me rodean muerden en cuanto se les toca la autonomía. Mejor para ellos y para mí. En fin, que comprendo perfectamente a estas dos alimañas bienintencionadas que son Óscar y Laia. Que los comprenda no quiere decir que no los odie, claro. La misma noche en la que Aina se entera de que su novio se la pega, e inmediatamente después de que la abandone por teléfono, organizan una cena para animarla con un invitado estrella: el hombre de las gafas de pasta.


Alcobendas, enfocado.
Todo discurre al comienzo como en esas comedias francesas que ganan el Molière y vemos indefectiblemente traducidas en Madrid. La situación no puede ser más tópica, LA CENA es quizá el entorno social más representado en el teatro. Ahora mismo hay en cartelera dos funciones que tienen cena hasta en el título: La cena de los idiotas y La cena del rey Baltasar (maravillosa reposición en la Kubik), aunque el título así, a secas (La cena) ya se lo pilló Brisville. Y si tengo un rato luego, me miro la lista de las críticas en el blog y les extracto las que contienen cenorrio. En esto de comedia-francesa-con-cena-y-Molière por ahí sigue El nombre girando (creo). Y lo de Casanovas se dirige a toda vela hacia ese tipo de comedia hilarante y, en este caso, cruel: las caras de Aina (Inge Martín) a cada nueva embestida del tipo "sí mujer, para animarte" provocan la carcajada, por mucho que esta pobre chica esté siendo anímicamente descuartizada ante nuestras narices por la pareja de pajarracos y el invitado. El invitado es muy pedante, muy pagado de sí mismo, TAN-muy que el espectador sospecha que la comedia se encamina hacia alguna grotesca catástrofe que lo derribará del pedestal en el que vive subido para general goce y regodeo en alguna ridícula peripecia. El espectador sospecha mal. El invitado es TAN-muy que empieza a parecer raro, raro.


La versión catalana
Y hasta aquí puedo escribir. Porque el espectador empieza ahora a sospechar -sospecha mucho en esta función- que la cosa girará al drama. Y gira, y parece que gira hacia un dramita de asunto trillado y requetetrillado, y uno se dice "jopé, para esto tanto lío". Pero después, ¡ay después! Detalle por aquí, detalle por allá, "¿a dónde va esto?; ay Dios, pero ¿qué pasa?". Y va, y resulta ser la primera función que veo en mi vida que es capaz de simultanear -durante bastante rato- las risas y el mal rollo. Risas, risas. Mal rollo, mal rollo. ¿Cómo? Pues ya me gustaría a mí saber cómo hay que combinar un texto y una dirección para que el resultado sea ése, algo que constituye la característica, y el logro, más reseñable de la pieza. Lo lógico en el teatro es que una carcajada destroce cualquier efecto truculento. Aquí, no. Aquí, el respetable se ríe, pero, a la vez, está en un aire, porque la historia va teniendo muy, pero que muy mala pinta. A todo esto, los actores tienen interiorizadas las risas, no importan, siguen empujando la cosa hacia un fétido pantano cuyos miasmas terminan sofocándolas.

¿Les ha parecido un trabalenguas? No me extraña, pero me agradecerán no haber sido más explícito cuando la vean en el Lara.


Olga Rodríguez y Markos
Marín.
Creo que no hace falta decir nada más de la dirección, no se me ocurre nada que pudiera mejorarla. Sobre todo la dirección de actores, que es un primor. Ya les he dicho que Inge Martín consigue tumbar de risa con sus caras de estupor y sufrimiento, una habilidad sofisticada. Olga Rodríguez está perfectamente pajarraca, aguilucha chupa-auras. Habremos visto docenas de tipas de éstas ejerciendo su ascendiente sobre incautas presas tan desprotegidas como su amiga Aina y su marido. El marido es Markos Marín, que comienza en ese registro bobalicón que tan bien le sale y que ya usaba, con menor intensidad, en Maribel y la extraña familia, y al que le toca después un cambio radical de tono que resuelve con convicción. José Luis Alcobendas, excelente: primero debe estar repelente, y está tan repelente que el personaje provoca vergüenza ajena; después hace creíble la evolución hacia el horror a pesar, como decíamos, de las carcajadas entreveradas. Bien es cierto, como decíamos también, que apoyado en la consistente base del texto, la dirección y los compañeros. Una cosilla más: si van al Lara a ver la reposición -creo que estará a partir de enero, pero no me hagan mucho caso: he comenzado esta crítica confesando mis limitaciones en el control de la cartelera- fíjense también en cómo se ajustan los físicos de los cuatro actores a los cuatro personajes: como guantes.



Después de las muy logradas Verónica, Sótano y Un hombre con gafas de pasta, mis ideas sobre la (im)posibilidad de provocar horror en un teatro están cambiando a marchas forzadas.
 P.J.L. Domínguez
           

sábado, 20 de julio de 2013

MARIBEL Y LA EXTRAÑA FAMILIA

Sala: Teatro Infanta Isabel Autor: Miguel Mihura Director: Gerardo Vera  Intérpretes: Alicia Hermida, Abel Vitón, Chiqui Fernández, Sonsoles Benedicto, Markos Marín, Lucía Quintana, Javier Lara, Elisabet Gelabert y Macarena Sanz. Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Lucía Quintana, Macarena Sanz, Elisabet Gelabert y Chiqui Fernández. Excelente foto de Antonio Castro.


Estaba yo a punto de dar el blog por suspendido hasta la rentrée (vaya palabreja cursi, ¿eh?), cuando caí en la cuenta de que me quedaba un fin de semana que exprimir, si le echaba ganas. Y se las estoy echando: el jueves Frankenstein, el viernes Maribel, y me quedan los renovados Sofocos y la de Washington y Díaz-Aroca en el Calderón. Cuelgo primero a Mihura, porque... ¿qué les voy a explicar? Lo que yo tengo por este hombre es veneración. Así, de memoria, creo que los dos últimos Mihuras que he visto son El caso de la mujer asesinadita (de la Ochandiano, con la Ordaz) y La decente (de Pérez Puig, con Victoria Vera). Me gustaron los dos, ya saben que soy de gustos amplios. Les adelanto, sin más suspense, que esta Maribel de Gerardo Vera está muy, muy bien.



Todo el mundo sabe que el texto es una joya. Hasta tal punto que, después de que la historiografía teatral haya derramado durante decenios torrentes de lágrimas por el vanguardista perdido de Tres sombreros de copa, se pregunta uno si no mereció la pena lo que perdimos de vanguardia por lo que ganamos de género. Recurramos a ese tópico que tanto me gusta: si Mihura hubiera nacido en Wisconsin, Elisabeth and the strange family tendría una versión cinematográfica de 1962 con Shirley MacLaine y Jack Lemmon y, por lo menos, un remake de 2001 con Nicole Kidman y Ewan McGregor. Siendo su autor madrileño, tampoco le ha ido mal. Ha conocido versiones de cine y televisión, y el público teatral le guarda fidelidad: mi función de ayer estaba a reventar. Pero cualquier día pasará algo -por ejemplo, una versión americana- y el mundo se pondrá de rodillas ante Maribel.  Es una pura maravilla. Una fábula atemporal y universal sobre la posibilidad de redención y la fuerza de la bondad y la ilusión. Con eso que nos gusta tanto tantísimo a los seres humanos de sufrir durante tres actos el suspense relativo a si la protagonista saldrá de la vida infame que aspira a superar. Y con los mejores personajes secundarios jamás vistos sobre las tablas: las tres pilinguis amigas de Isabel y las dos inefables, inmensas ancianas. 

Las ancianas se las traen. Primer apunte: les aseguro que esto es puro realismo. JM me decía "pero si son tus tías". En efecto, lo son. Sólo que mis tías son TRES. Me pregunto siempre si Mihura pudo cruzárselas alguna vez, porque el grado de coincidencia es realmente asombroso. Por supuesto, Mihura no se las cruzó, ni siquiera eran ancianas cuando él escribía, pero la cosa no deja de ser sorprendente. Para lo que aquí nos interesa, la conclusión es que estos personajes son reales y bien reales. Ahí a la izquierda tienen a Julia Caba Alba y Guadalupe Muñoz Sampedro en la versión de José María Forqué (1960). Si ahora les digo que la Caba Alba se parece notablemente a mi abuela, van a pensar que se me va la olla. En fin.


Este humor de las ancianas, este humor de Mihura hecho de la cotidianeidad más llana, y en el que la comicidad brota de la propia llaneza (me estoy acordando del cerrajero de Ponferrada en La decente), no es nada fácil de decir. Si no se suelta con la intención justa, lo que puede ser hilarante pasa perfectamente desapercibido. Sonsoles Benedicto y Alicia Hermida son el primer acierto de la función. No dan punto sin puntada, si están en escena uno no puede mirar a otra parte. Es como si hubieran nacido así, en ese escenario, y llevaran toda la vida soltando esas perlas por la boca. El público las adora sin remisión, y desea -por Dios- que Hermida siga hablando.

Alicia Hermida y Sonsoles Benedicto.

Las pilinguis: otro bombazo. Retratadas con derroche de ternura por este hombre al que le encantaba frecuentar prostitutas. En las antípodas del glamour de la perdición o el abismo: tres muchachas lisa y llanamente normales, con un oficio que tiene sus peculiaridades. Chiqui Fernández es una Pili fantástica ("¿No es muy raro..?"), lamento no haberla visto antes en teatro, seguro que me he perdido cosas interesantes. En mi función salió airosa -con  habilidad circense y el capote de la Hermida- de uno de esos lances que la suerte depara a veces al espectador: se rompió una silla. Elisabet Gelabert estaba bien en Maridos y mujeres, y muy bien en Veraneantes. Completa con Macarena Sanz (la maravillosa revelación de Munchausen) un trío al que Vera ha otorgado perfecta homogeneidad. 

Markos Marín y Lucía Quintana.

Lucía Quintana, que hasta ahora me había parecido que rendía más dirigida por Sanzol que por Vera, compone una Maribel cercana, como de andar por casa en zapatillas, con apenas unos minutos iniciales en pose de fulana. Se lleva la empatía del espectador, que mataría al vecino de butaca por que a esta chica le salgan bien las cosas. Muy eficaz en la contención: pierde los nervios casi una única vez ("lo raro sería que salieran hombres del piano", cita aproximada), con el consiguiente efecto hilarante. Me recuerda muchísimo a alguien, pero no caigo. Ya les contaré si consigo dar con el parecido. Marín hizo un personaje alejadísimo de éste en el Agosto de Vera, y funcionó igual de bien allí que aquí. Éste de Marcelino -siempre les digo las mismas cosas- tiene el peligro de parecer tonto del bote, pero Marín sortea el peligro estupendamente. 

Ahora, pónganse a sumar lo que funciona. Andújar ha conseguido, yo diría que con el menor gasto posible, una escenografía muy resultona. Firma también un vestuario irreprochable. Los modelitos de las señoritas deben de haberle divertido tanto a él cuando los diseñaba, como a las actrices cuando se los ponen. Todo bien y discretamente iluminado. Muy bien traída a cuento la proyección. La música justa. En resumen: que a Vera, que venía del dramón de Agosto, le ha quedado esto muy atractivo, muy en Mihura y lo necesariamente cómico para que tengamos Maribel para meses. Eso espero. No dejen de llevar a sus madres y tías.
P.J. L. Domínguez