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lunes, 8 de octubre de 2018

TODAS LAS MUJERES

Sala: Teatro Reina Victoria Autor: Mariano Barroso y Alejandro Hernández Director: Daniel Veronese Intérpretes: Fele Martínez, Lola Casamayor, Lucía Barrado, Nuria González, Mónica Regueiro y Cristina Plazas Duración: 1.30' 
(la función ya no está en cartel)


Lola Casamayor y Fele Martínez

EL HOMBRE GELATINOSO

Interesante ver Nine, el musical, inmediatamente antes de las vacaciones y Todas las mujeres justo al regreso. Este estereotipo del hombre gelatinoso que interpone a las mujeres entre los problemas y su confort da para mucho. ¿Será tan frecuente? Me temo que sí. El protagonista de Nine podría argumentar que tanta manipulación le ha permitido consagrarse al arte (si tal argucia cuela todavía), pero este Nacho de Barroso y Fernández es un patán sin excusa, un adulto que no ha hecho frente a nada. Para eso estaban ellas: su madre, su mujer, su amante… Y, al primer apuro serio, se le dispara el automatismo: a ver si pican la cuñada o la psiquiatra.

    Veroneses hay dos. Uno, el del teatro de riesgo. Me parece que su último salto mortal fue la excelente versión de Tío Vania que tituló Espía a una mujer que se mata. El otro es un eficaz director de teatro comercial. Aquí firma el segundo, y el resultado –aunque lejos de sus creaciones de campanillas- se sostiene, divierte y hasta sugiere al espectador algunas líneas de reflexión. Hubiera sido interesante desarrollar algo más el batacazo final de Nacho contra la realidad, pero el reparto cumple al completo, la función fluye con ritmo y no es menor el aliciente de ver a Lola Casamayor y Nuria González dar todas las puntadas con hilo. Y que no se me olvide citar a Mónica Regueiro.


Sobre esto del Veronese comercial, les dejo enlaces a una que le salió mal (Invencible) y otra que le salió superlativa (Bajo terapia, donde también estaba Fele Martínez). Dentro de nada les colgaré 7 años, que parece que he vuelto a pillar el ritmo perdido hace un año. 

A Mónica Regueiro no la tenía yo controlada, pero pisa el escenario con mucha autoridad. Me encanta descubrir estas cosas.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 7 de octubre de 2018

PERFECTOS DESCONOCIDOS

Sala: Teatro Reina Victoria Autor: Paolo Genovese (versión de David Serrano y Daniel Guzmán) Director: Daniel Guzmán Intérpretes: Alicia Borrachero, Antonio Pagudo, Olivia Molina, Fernando Soto, Elena Ballesteros, Jaime Zataraín e Ismael Fritschi  Duración: 1.35' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Es la única foto que encuentro en la que se aprecie la escenografía. Pagudo, Ballesteros, Molina y Fritschi.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


PERFECTOS IDIOTAS

Bajo nuestra escena subyacen prejuicios inmortales: el circo es un antro de leones piojosos; la zarzuela, una colección de chulapos viejunos; el teatro comercial, una cosilla que da de comer pero que no puede toser a la intelectualidad. Errores como elefantes. Hay vanguardia infame y teatro comercial excelente –como al contrario- y el género no significa nada a priori. Perfectos desconocidos es un ejemplo de este antiaxioma.


   Estos siete idiotas siguen, como todos, el consejo de Voltaire (Hay que mentir como un diablo, no tímidamente, no por un tiempo, sino con arrojo y siempre), pero olvidan su corolario: no hay mentira digna de tal nombre si no se oculta. Poner los móviles –lo más parecido al alma- a disposición de los amiguetes sólo podía provocar una catástrofe. Catástrofe bien graduada en el texto y que Guzmán ha montado con momentos de virtuosismo: siete son multitud, pero los mueve con tal destreza que anduve buscando un asesor coreográfico en los créditos. Las intervenciones están muy equilibradas y el resultado es franca y logradamente coral, pero hay un tenue hilo conductor que llevan Borrachero y Soto, y un personaje-bombón que aprovecha Elena Ballesteros. Entre todos, nos ponen ante las narices nuestra propia idiotez. Lo pasé en grande.

Y alguna cosilla que no cabía allí:

Para empezar: hay un error en lo que publiqué. Debía decir: hay un tenue hilo conductor que llevan Borrachero y Soto, y escribí Pagudo mientras pensaba en Soto. Lo que se llama un lapsus calami. Ambos (Borrachero y Soto), con una profundidad de personaje poco corriente en este tipo de producción. Aunque fuera de lugar, tampoco estaba de más la mención a Pagudo. Los siete tienen sus momentos de gloria, y él la ocasión de lucirse cuando, para evitar una catástrofe mayúscula, tiene que hacerse pasar por lo que no es, provocando una aparentemente igual de devastadora pero que tiene caducidad (precisamente, porque no es lo que en ese momento parece que es). Comprendo que esto les parezca un trabalenguas, pero no quiero espoilerizar más de lo debido. No voy a detenerme en lo que cada uno de los siete hace bien, pero hacen bien muchas cosas.

El tenue hilo conductor es la pareja anfitriona, que abre y cierra la historia, provocando un leve parentesco con Los vecinos de arriba. Comparten género casi al milímetro, así que si vieron aquélla, la comparación es muy ilustrativa: cómo la dirección puede destrozar (allí) o exprimir (aquí) un buen texto. Justo cuando la crítica en papel -en la que hago alguna consideración genérica sobre el teatro comercial- debía de estar en prensa, me fui a ver otro ejemplo "comercial", signifique eso lo que signifique, estrechamente emparentado con Perfectos desconocidos. Tienen 7 años en los Teatros del Canal: también teatro comercial de gran calidad, también un elenco coral con todas las piezas muy bien ajustadas... y también con origen audiovisual. Las dos han sido cine antes que teatro. Y las dos entretienen que da gusto.


En tiempos analógicos hubo una catástrofe atribuida a una máquina de escribir. Es un fotograma de La ley del deseo. Algunos de ustedes son tan indecentemente jóvenes que me veo en la obligación de recomendarles que la vean.
Últimamente me da por imaginar alternativas a lo que veo, voy a tener que vigilarme, no vaya a ser el primer síntoma de deslizamiento hacia ese odioso tipo de crítico al que no le gusta así, porque él lo hubiera hecho asá. Como el que enmienda la plana al seleccionador nacional de fútbol acodado en la barra del bar. Pero se lo voy a contar. Eché de menos una escena catártica de venganza contra el móvil. ¿Recuerdan a Eusebio Poncela tirando la máquina de escribir por el balcón en La ley del deseo? [¿He dicho la máquina de escribir? ¿Qué siglo era?] Cae en un contenedor de ésos de obras y provoca una explosión. Pues hubo un momento en que me pareció que Molina iba a tirar su teléfono a la calle y otro en que imaginé a Borrachero poniendo algún líquido inflamable en una ensaladera y quemando todos los aparatejos causantes del estropicio. Pero no.

Ahora les cuento mi vida. Un fragmento de ahora mismo, no se asusten. Iba a explayarme sobre las mentiras y la sobrevaloración de la sinceridad, cuando he recordado que eso ya está en la crítica de La mentira. Incluida la cita completa de Voltaire que menciono en la Guía. Me he ido para allá para copiarles el enlace y... ¡tacháaaan! ¿Quién adaptó aquello? David Serrano, el mismo que adapta esto. Y me ha golpeado de pronto el intelecto la constatación de que gran parte de la obra de Serrano gira, precisamente, en torno a lo que se simula y lo que se hace, lo que se muestra y lo que se lleva por dentro. No estaba aquí por casualidad. Les dejo los enlaces a La Venus de las pieles, Lluvia constante, Buena gente y Los universos paralelos. Por si alguien se aburre esta tarde de domingo y le apetece investigar.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 25 de marzo de 2017

UNA GATA SOBRE UN TEJADO DE ZINC CALIENTE

Sala: Teatro Reina Victoria Autor: Tennessee Williams (no consta el autor de la versión) Directora: Amelia Ochandiano Intérpretes: Eloy Azorín, Juan Diego, Begoña Maestre, José Luis Patiño, Ana Marzoa y Marta Molina Carolina Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no esté en cartel)


Diego, Marzoa, Molina, Patiño, Azorín y Maestre.
Para el resumen bastan dos palabras: menudo desastre. Voy a intentar reflejar la gradación del horror.

MALO MALISÍSIMO DE TODA SOLEMNIDAD: Los efectos de sonido, Madre del Amor Hermoso. Los niños gritando parecen una manada de chihuahuas. Hay un primer relámpago con efecto "Dios mío, ha estallado una bomba en el hombro derecho". Los silbidos de los fuegos artificiales en bucle, horrorosos. Sucesión de relámpagos acompañados de efecto de luz que preludian la salida de Drácula (en momentos así, me acordaré de Langa mientras viva). Largo (larguísimo) aullido Hammer, como si Drácula fuera a ser sustituido por el hombre lobo. Tremendo, de verdad. ¿No hay librerías gratuitas con efectos de todo tipo?

MALO MALISÍSIMO:  ¿Qué le ha pasado a Felipe Ramos? Si les digo que iluminó Incendios o El señor Ye ama los dragones no me hacen falta adjetivos. Por un momento, me ha pasado por la cabeza si será un homónimo. No, a ver si vamos a tener dos Felipe Ramos iluminadores. Pues debe de ser que un mal día lo tiene cualquiera, porque esto está horroroso. Más de media función con una luz blanca y uniforme que casi parece de ensayo. Así se tiene que cascar la pobre Maggie el primer acto. Me recordó a la misma orfandad bajo la luz cegadora de Aitana Sánchez-Gijón en otro fiasco: La rosa tatuadaMala suerte últimamente la de Tennessee en Madrid. La escenografía (de Sánchez Cuerda, que también ha hecho cosas estupendas como Lúcido o El lenguaje de tus ojos) también guarda un cierto parentesco con aquélla: el mismo desparrame arbitrario de muebles, como en el almacén trasero de una tienda del Rastro. Sin orden ni concierto.

MALO MALÍSIMO: La interpretación. No creo que Begoña Maestre sea una mala actriz, me pareció más bien una actriz huérfana de toda indicación. Como si le hubieran dicho "estás enfadada porque tu marido pasa de ti", y punto. Durante todo ese primer acto, Maggie debe oscilar entre la frivolidad fingida, el miedo a cruzar la línea definitiva de la ruptura, la osadía, el enfado... Es una maravilla de papel completa y perfectamente desaprovechado. 

La escena cumbre de la función -la larga conversación entre Brick y su padre- se va arrastrando amorfa de frase en frase de manera que parece que, en cualquier momento, Juan Diego va a decir "paramos un momento para un bocadillo". No dan una. Patiño (que tampoco es mal actor) parece llegar siempre de otra función. Una de clowns, para ser exactos (el vestuario le ayuda bastante en esto, vean en la foto de más abajo cómo no es preciso disfrazar de tonto al hermano tonto; que de tonto, nada, tampoco está en una situación fácil).

MALO: La versión, que no sé de quién es. Llena de calcos del inglés, que pueden ser gramaticalmente correctos en castellano, pero cuyo signifcado resbala y que, sobre todo, no se usan con frecuencia. Como las frases que comienzan con “a man”. “Un hombre no puede comprar vida” (la cita no es exacta) da en castellano “uno no puede comprar vida” o “nadie puede comprar vida”. “A man” puede tener en inglés la connotación de género (“un hombre no debe maltratar a una mujer”) pero otras muchas veces, como en el ejemplo de la compra, es una simple forma impersonal. “Comida campestre” es en castellano –como en el cuadro de Manet- una comida que se hace en el campo. He mirado el diccionario, por si era una apreciación subjetiva, y así lo dice exactamente: “Dicho de una fiesta, de una reunión, de una comida, etc.: Que se celebra en el campo”. Y la comida casera que la abuela ha cocinado -"country dinner"- se la han zampado en casa. Ya que hablamos de la abuela: en el original todo el mundo se refiere a la pareja mayor como Big Daddy y Big Mammy. Traducirlo al castellano como abuelo y abuela produce una extrañísima impresión cuando son sus hijos quienes los llaman así. Es una práctica frecuente si los nietos están delante (“abuelo, dale su regalo al niño”), pero en mi vida he oído a nadie llamar así a sus padres en otra situación. Rarísimo.

Todo esto son errores de traducción, pero aún hay cosas peores. Por ejemplo, de la famosa conversación con el padre se ha eliminado la referencia a la pareja gay que -hace mil años- lo acogió y le dio trabajo en su plantación. Una cosa muy tierna en la que cuenta que cuando murió el primero, el otro se dejó morir. La mención tiene un valor dramatúrgico de primer orden, primero porque es un paso importante en un momento en el que el padre está tratando por todos los medios que su hijo le confiese lo que él cree que ocurre en el fondo: que es homosexual. Pero, sobre todo, porque es el modo que tiene de decirle que la homosexualidad puede ser una cosa noble, que a él le va a importar un rábano que le confiese (si es que tiene que hacerlo) que tuvo un romance con Skipper. No sé a los demás, pero a mí me resulta difícil entender el giro de la historia hacia un final más bien esperanzador sin que la catarsis que produce en Brick la confesión de su dramática falta de comprensión hacia su amigo justo antes de su muerte se complete con este descubrimiento de que su padre lo hubiera aceptado incluso (y es un incluso muy gordo en ese momento histórico y en ese lugar) si hubiera sido gay. Puestos a cortar, hay docenas de réplicas de muchísima menor trascendencia.


Jack Carson y Madeleine Sherwood en la película de Brooks.
Marta Molina, en el mismo papel
DECENTE: Marta Molina, la cuñadita. De su papel, y del de su marido, dice Villán en la crítica que salió el jueves "son esos personajes diseñados para hundir a una actriz y un actor". En general, uno diría que Villán y yo hemos visto funciones distintas, porque a él le ha parecido estupendo incluso ese remedo de Juan Diego que se mueve por el escenario diciendo cosas inconexas. (Casi) todo es opinable, pero esto de los papeles lo llevo rumiando dos días y no consigo entender lo que ha querido decir (algo habrá que no pillo, porque Villán no tiene un pelo de tonto). Y es que a mí me parece que ambos tienen grandes posibilidades de lucimiento y que concretamente el de ella es simplemente maravilloso. Una mezcla del peor sentido común (por eso tiene algo de razón en sus mezquindades), resentimiento, pequeñez... de profunda verosimilitud y que hay sacar adelante sin que sea una caricatura, de forma que el espectador entienda también su corazoncito. Basta recordar a Madeleine Sherwood en la peli. Es un poco el reverso de Birdie, contrapunto bondadoso de la pérfida protagonista en La loba. Aquí la gata nos cae bien (cuánta zoología) y la cuñada (concuñada, para ser precisos) canta la contraparte. Marta Molina la hace bastante, pero bastante bien, cosa que tiene su mérito en este desbarajuste. 

BUENO: Sólo hay una cosa bien en esta función: Ana Marzoa. Exactamente igual que la Conesa sale sin un rasguño de Festen, exactamente igual que la Conesa pone de pronto Festen en pie cuando abre la boca, cada vez que Marzoa habla se produce el mágico efecto de que todo el mundo le da al on de sus mecanismos receptores. Vaya oficio, qué cantidad de tablas hay que tener para lograr esto. 

En mi función pasó una cosa horrorosa: al público le dio la risa en dos momentos profundamente dramáticos. La cosa no precisa de más comentarios.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 2 de diciembre de 2013

EL GRAN FAVOR

Sala: Teatro Reina Victoria Autores: Carolina Noriega y Mauro Muñiz de Urquiza  Director: Manuel Gancedo  Intérpretes: José Luis Gil y Mauro Muñiz de Urquiza  Duración: 1.40'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




No siempre sé explicarme las cosas, supongo que les pasará igual. No encuentro en esta comedia nada que esté estrepitosamente mal. Otra versión más de extraña pareja (hay una en el Galileo ahora mismo, La banqueta, de la que les hablaré en cuanto me lo permita el ritmo de publicación de la Guía del Ocio), tirando a sainete. No es peor que muchas otras que han tenido una vida satisfactoria. Los actores están bien, no veo tacha por ese lado. Gil, tan eficaz como siempre. El creador del arquetipo del señor Cuesta, instalado en el imaginario colectivo quién sabe hasta cuándo, es un gran actor de teatro (estaba estupendo en Tres versiones de la vida). Y Muñiz de Urquiza no desentona, se les ve compenetrados. La dirección es correcta, la escenografía no está mal, los personajes son cercanos y hasta entrañables...

Pero en teatro dos más dos no siempre son cuatro, y El gran favor no se sostiene por ninguna parte. Hora y media de aburrimiento, mitigado por los aciertos de los actores al colocar alguna línea. Ah, el video de Eduardo Gómez, incomprensible.
P.J.L. Domínguez
           

jueves, 26 de septiembre de 2013

POR LOS OJOS DE RAQUEL MELLER

Sala: Teatro Reina Victoria Autor y drector: Hugo Pérez Intérpretes: Maribel Per / Amanda Puig / Nené Pérez-Muñoz (alternándose), Carmen Rodríguez de la Pica, Chelo Vivares, Rocio Osuna, Belén González, Badía Albayati, Pablo Rossi e Iván oriola. Duración: 2.15' (diez minutos de entreacto)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Como observa el autor en el programa, el contraste entre el éxito universal de Raquel Meller y su desaparición de nuestro imaginario actual resulta estrepitoso. Cuando el mundo comenzaba a inventarse un star-system, allí estaba la muchacha de Tarazona.

  Hugo Pérez es un maestro de la atmósfera y la recreación histórica. Secundado en la Sala Tribueñe por un extraordinario grupo de artistas, salta por segunda vez a espacios más convencionales de la capital. La primera fue con Donde mira el ruiseñor cuando cruje una rama, uno de los más rotundos éxitos de la temporada pasada y, desde luego, el más sorprendente. 

También Por los ojos de Raquel Meller nació en la Tribueñe, en un montaje que ha estado años en escena y que cautivó a la crítica sin excepciones. Algo pierde en el trasvase a sala grande: sobre todo, la magia de los reducidos telones, las transparencias y las proyecciones. Pero lo que queda está muy bien sostenido por los puntos fuertes habituales de la casa: excelentes iluminación (Llorens) y vestuario (Pérez), excelente tratamiento de la música (Studgonov), perfecta coherencia interpretativa de la compañía. Destacan el encuentro con Pastora Imperio, la larga escena de Flor de Te –Sarah Bernhardt incluida- y la exquisita parodia de cine mudo. El alarde de recreación va desde el modo de  impostación de la voz hasta el guiño en los créditos del programa de mano

Y añado ahora (cuatro meses más tarde): devuelvan al Conservatorio de Tarazona el nombre de Raquel Meller con el que se inauguró.
P.J.L. Domínguez
           

domingo, 21 de abril de 2013

AY CARMELA

Sala: Teatro Reina Victoria Autor: José Sanchis Sinisterra (adaptación de José Luis García Sánchez) Director: Andrés Lima Intérpretes: Inma Cuesta, Javier Gutiérrez, Marta Ribera, Javier Navares, Álvaro Morte, Pablo Raya y Javier Enguix. Duración: 2.10' (diez minutos de entreacto)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Como dice la Wikipedia, que casi siempre tiene razón, "José Sanchis (sí, es sin acento) Sinisterra es uno de los autores más representados y premiados del teatro español contemporáneo y un gran renovador de la escena española, siendo también conocido por su labor docente y pedagógica en el campo teatral". Se puede decir más alto, pero no más claro. Pues ahí lo tienen, a sus setenta y tres, llevando un local en Lavapiés, el Nuevo Teatro Fronterizo, en el que ocurre de todo, y que gestiona con su proverbial generosidad.


La peli.
Con ¡Ay, Carmela! (1986) dio en uno de esos clavos en los que es tan difícil acertar. Es mucho más fácil darse en el dedo. Pero le salió un melodrama redondo que se instaló casi de inmediato en el imaginario colectivo de los españoles. Digamos de paso que es sobre todo a su generación  a la que debemos la recuperación sentimental del drama de la Guerra Civil, después del tenebroso silencio impuesto por la dictadura: Saura (1932) con su adaptación para el cine de esta función (1990); Fernán-Gómez, (1921) Chávarri (1943) y Lola Salvador (1938) con Las bicicletas son para el verano (1984)... Ellos son los que casi cincuenta años después comenzaron a recuperar la memoria, no de los fríos hechos históricos, sino del dolor y de las peripecias, entre trágicas y grotescas, de millones de víctimas. Representadas aquí por las andanzas de Carmela y Paulino, dos de esos personajes que nunca se olvidan una vez conocidos. Creo que parte del éxito de la historia radica en que Carmela es un personaje instalado en un arquetipo reconocible: la mujer que no se siente parte implicada  en el conflicto principal, pero que actúa movida por la piedad. Hay pelis de vaqueros a patadas con ese personaje incluido. Y un ejemplo de la cartelera reciente: la misma Antígona, a la que le da igual todo, excepto los deberes respecto al cadáver de su hermano. En este sentido, La niña de tus ojos, misma época, protagonista cantante, peligrosos fascistas, idéntica motivación de la protagonista, casi parece una ramificación de ¡Ay, Carmela!. Preciosa, por cierto.

Los personajes tuvieron suerte. Los estrenaron José Luis Gómez y Verónica Forqué. Relevados en la película por Carmen Maura y Andrés Pajares. Toma del frasco. Los más jóvenes no lo sabrán, pero ahí fue donde mucha gente empezó a reconocer que Pajares es un gran actor. Los que creen que hacer de cómico en sainetes costumbristas es fácil.  


Estrellita Castro.
Alguien ha tenido ahora la idea de fabricar un musical con esta historia. Gran idea. Y gran enfoque. Un doble enfoque, para ser exactos. Carmela y Paulino -variedades a lo fino- se ganan la vida como artistas de los caminos. Las canciones de Carmela están, por tanto, servidas en la narración. Es lo que se llama música diegética. Esa música es, con alguna excepción, la de los años treinta: Café de chinitas, por ejemplo, o Suspiros de España. Esta última es prácticamente el hilo conductor de la función, otro gran acierto. Dice la leyenda que los dos bandos oían la versión de Estrellita Castro en las trincheras. Yo mismo, que tengo superpuestas dos identidades nacionales y pico, me siento instantáneamente más español que un sombrero cordobés si me la ponen. Quiiisoo Diooos / een suu podeeer... Virgen Santa, se me abren las carnes. No tengo mérito, le pasaría lo mismo a un malgache. Este pasodoble de Antonio Álvarez Alonso, con la letra de su sobrino Juan Antonio, y un poema de Cernuda que empieza (más o menos, cito de memoria) En un bar del viejo Temple... son las dos evocaciones de España que más aprecio. 


Concha Piquer
Suspiros de España fue en su día objeto de una operación que es extrañísima en el ámbito de la música popular. Es citada explícitamente en una de las canciones más populares de Concha Piquer: En tierra extraña. Es prueba de su extraordinario poder de arrastre. Creo recordar que tenía también presencia en la película de Saura. Aquí, vuelve una y otra vez a poner de punta los pelos del público. Pero estábamos con que el musical tenía un enfoque doble. A estas músicas que el relato trae cosidas a sus tripas se les han sumado canciones firmadas por Víctor Manuel, Joan Valent, Pedro Guerra y Vanesa Martín. Todas bien escritas, bien traídas al hilo argumental, bien interpretadas. A grandes rasgos, aunque no en todos los casos, la música tradicional la interpreta Carmela dentro del relato, y la reciente la narradora, situada fuera de la historia.


Marta Ribera.
Ésa es la otra apuesta estructural que ha salido bien: el añadido de una narradora-comentadora. Ha salido bien porque está bien encajada en el conjunto, pero también porque la hace Marta Ribera, con gran presencia escénica y derroche de eso que llamamos tablas. Le toca, en el doble enfoque, la parte más de musical actual de la función, tanto en lo que canta como cuando actúa: se dirige al público desde el proscenio (por cierto: qué bien aprovechado el proscenio), marcando un estilo interpretativo cercano, para que me entiendan, a Cabaret o Chicago. Pero como, por fortuna, también le cae alguna de las canciones históricas, da en Pobrecita yo una lección de picardía tradicional, puesta al día por la inteligente coreografía de Teresa Nieto. Ciertamente, la función no se sostendría sin el talento de esta mujer, que asegura la continuidad dramatúrgica. Y cómo canta. Estaba  estupenda en el mayor pestiño de los últimos tiempos (El último jinete, por si no lo han pillado), con eso está todo dicho.

Inma Cuesta. Jopé, qué guapa.
Comparte escenario con Inma Cuesta: dos excelentes cantantes de potente personalidad, colocadas en dos planos (dramatúrgicos, interpretativos, de imagen) tan distantes, que no compiten, sino que suman. Todo lo que en  Ribera se ajusta a los estándares internacionales del musical (incluso el Pobrecita yo citado se puede enmarcar ahí) es en Cuesta tradición española, muy bien digerida. Como actriz, eché en falta un pelín de fondo, casi diría de doble fondo. Aunque JM, que sabe más que yo, disiente: la vio de miedo. Ahora que lo pienso, quizá el personaje está bien así: es una mujer que no parece pensarse mucho las cosas, hace y dice lo que le sale de las tripas. (¿Se saben la de Lola Flores? "A mí me salen las cosas del corazón, y antes de llegar a la cabeza se me escapan por la boca"). En cualquier caso, el papel está suficientemente bien defendido.


Inma Cuesta y
Javier Gutiérrez.
El tercer protagonista, Javier Gutiérrez, va creciendo, como exige el texto. Le voy a hacer el mayor elogio que puedo hacerle: en la gloriosa escena del monólogo frente al auditorio del teatro (del teatro de la historia), hay momentos en que parece Pajares. Pero ése no es su único mérito, claro está. El personaje de Paulino está impregnado de ternura, y no se pasa de payaso, que es el riesgo. No me gustó nada, pero nada, en ese Woyzeck en el que Vera lo mantuvo a piñón fijo en el escenario con cara de bobo. Aquí dosifica esas caras a la perfección. Emocionante.

El resto de intérpretes no desmerece. Javier Navares compone un Ripamonte memorable. Otro que no se pasa de payaso y que sabe aprovechar esa característica tan peculiar de la imagen exterior de los italianos: parecen inofensivos, y simpáticos, hasta los fascistas. Morte, Raya y Enguix bien. La verdad es que no suele ser frecuente ver un reparto de siete personas donde no pinche nadie. No pinchan.

Recapitulemos. Veníamos mencionando algunos de los puntales de la función. La música (Suspiros), la narradora. Falta mencionar la iluminación y las proyecciones. Sería ilustrativo visitar el teatro con luz de trabajo para ver la escenografía sin iluminar: cuatro bastidores, unos telones, un carro y un teatrillo. El rendimiento que Valentín Álvarez le ha sacado a eso (la magia del teatro...) es admirable. Hay muchas proyecciones y, ¡oh, albricias!, no sobra ninguna. Artistas de época y escenas de guerra. Imprescindibles, junto a los efectos de sonido de Javier Almela, para situar la percepción del espectador. Algunos momentos impresionan, o al menos me impresionaron a mí, que no soporto esas imágenes de civiles huyendo en las que veo a mi propia familia. Supongo que también les ocurrirá a algunos de ustedes. Por cerrar este apartado del aspecto visual del espectáculo, voy a poner la única pega: el teatrillo de la última escena es horroroso. La decoración a base de Klimt (o similar) le pega al resto como a un Cristo dos pistolas. Cámbienla, que no cuesta nada.


Andrés Lima
Esto -y dos pequeñas zarzuelas: De Madrid a París y El bateo- es lo mejor que le he visto a Lima. Alguno ya se estará escandalizando. Lo siento, pero es así (ojo, que tampoco he visto todo lo que ha hecho, ¿eh?). Aparte del mérito de seleccionar, coordinar y dirigir todo lo que llevo mencionado, hay detalles de altura: el uso del espacio completo de la cazuela del teatro (contraejemplo: A quién le importa); el momento onírico del teatrillo con nazi incluida y tres personajes tras una gasa marcándose un chotis (el infame Ya hemos pasao de Celia Gámez, fascistona pero maravillosa, la mujer); la escena de Carmela con el brigadista, que podría quedar escondida allí atrás, pero que termina resaltando por escondida... En fin, ha conseguido, con José Luis García Sánchez, que Andrés Vicente Gómez se saque la espinita del citado Último Jinete. Me alegro. Es lo que tiene buscarse buenas compañías.


Supongo que, a estas alturas, ya sospecharán que me encantó el espectáculo. Por muchos motivos. No sólo por la calidad del montaje, sino también porque no podemos olvidar este horrible pasado, que está ahí, a la vuelta de la esquina. Sobre todo ahora, cuando muchos empiezan a preguntarse si no va siendo hora de hacer que reviente todo de una vez, y que salga el sol por Antequera. No tengo ni idea del cómo, pero quizá es posible extraer ejemplos para resistir frente a la violencia estructural que sufrimos sin llegar a la otra violencia, la de los tiros. Mi función estaba repleta, era evidente, de gente mayor con ideas republicanas (esperemos que se entere de su existencia la gente joven con ideas republicanas, porque van a alucinar en colores). El estremeciento era patente cuando Inma Cuesta (véase foto de arriba del todo) sale con la bandera, o cuando suena El ejército del Ebro / rumba la rumba la rumba la. Aunque, si no son republicanos, no se corten: a mí me encanta El triunfo de la voluntad, un engendro ideológicamente impresentable. O Celia Gámez. A ustedes puede encantarles esto. Si yo fuera el productor, colocaría una pancarta en el vestíbulo del teatro, para que el público la viera a la salida: 



Todo el que pueda perdonar, que perdone. Y el que no pueda, que apriete los dientes y se calle, que todavía tiene más mérito. Es lo que llevo haciendo yo toda la vida cada vez que veo esas imágenes de bombardeos y recuerdo a mi abuela mirando a los aviones alemanes que bombardeaban Gernika, o echándose a rodar ladera abajo con un hijo en cada brazo cuando la ametrallaban. Me pasé media función intentando que mi vecino de asiento no se diera cuenta de que me tenía que secar las lágrimas.
P.J.L. Domínguez

           

lunes, 10 de diciembre de 2012

LA CENA DE LOS IDIOTAS

Sala: Teatro Reina Victoria Autor: Francis Veber Director: Juan José Afonso Intérpretes: Agustín Jiménez, Josema Yuste, Félix Ávarez “Felisuco”, etc. Duración: 1.55' Información completa (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)
ATENCIÓN: Esta crítica se escribió en 2010. La producción ha sufrido variaciones, por ejemplo de elenco.   

Comedia de éxito universal, no parece que el tiempo haga perder a La cena de los idiotas el favor del público: mi función estaba abarrotada. No hay peligro, a estas alturas, de desvelar a nadie la trama, así que puedo contar que un individuo culto, acomodado y con pocos escrúpulos, pesca a un idiota al que quiere convertir en el objeto de burla de un grupo de amigos dedicados a esta actividad poco edificante. Olvidando una de las leyes fundamentales de la estupidez humana de Carlo Maria Cipolla (irrefutables y definitivas, cuya consulta recomiendo a quien no las conozca): las personas inteligentes subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Aun señalando que el tipo de idiota de la función no se corresponde exactamente con el “estúpido” que define Cipolla.

Felisuco, David Fernández y 
Josema Yuste.
La brillantez del texto estriba en que, naturalmente, todo el mundo se identifica con el idiota (excepto, supongo, algún sicópata). Por muy listo que se crea uno, ahí en el fondo sabe cuántas veces en la vida ha hecho el canelo. Y, además, este idiota bonachón y encantador no se merece la que le están jugando. El conflicto no se pierde de vista un segundo en una obra que, además, está escrita con enorme sabiduría teatral. Un bombón para quien sepa aprovecharla.

Afortunadamente, está Agustín Jiménez para soportar con brío todo el peso de la función. Yuste y Felisuco son más humoristas que actores. Es una opción legítima y ambos cumplen: Yuste contenido, dejando juego al idiota, y Felisuco apayasado, con momentos felices. El potencial del texto daría para mucho más pero, a pesar del grave lastre del resto de secundarios, y de que se echa de menos un pulso de dirección más firme, el resultado es agradable y todo el mundo pasa un buen rato.
  P.J.L. Domínguez