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miércoles, 27 de febrero de 2019

LA CULPA

Sala: Teatro Bellas Artes Autor: David Mamet (versión de Bernabé Rico) Director: Juan Carlos Rubio Intérpretes: Pepón Nieto, Ana Fernández, Miguel Hermoso y Magüi Mira Duración: 1.10'   
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que ya no está en cartel)


Pepón Nieto, Ana Fernández y Miguel Hermoso. Lo mejor es la escenografía de Wilmer. Con diferencia. Foto de Sergio Parra.
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Desde luego, no es el mejor Mamet. A La culpa (The penitent, en el original). Le dieron hasta en el carné en su estreno. Les dejo los enlaces a las críticas del New York Times, Variety, Hollywood Reporter y TimeOut). Ésta es una de las cosas que nos diferencian de los países cultos. Un genio patina, y la crítica no se corta un pelo. Me asalta la tentación de empezar a poner ejemplos de lo que ocurre aquí cuando un grande del teatro pare un pestiño. Me la voy a aguantar.

Desde luego, no está a la altura ni siquiera de Muñeca de porcelana , que creo que es lo último que le hemos visto por aquí (Oleanna está escrita mucho antes), y que ya fue juzgada sensiblemente inferior a sus mejores títulos. Todo lo abarca y no aprieta nada. La deontología profesional, la homofobia, los medios de comunicación como fieras sedientas de sangre, la pareja en crisis, la amistad en crisis, la culpa, la religión como asidero... ¿Cabe todo eso en apenas ochenta minutos? No. No cabe. El resultado es una historia deshilachada, que parece ir por aquí y luego gira, y antes de que nos demos cuenta vuelve por el mismo lado, pero tampoco cuaja... etcétera. Aún así, tampoco diría yo que es un texto imposible. Puesto en escena con el hiperrealismo extremo que demandan estos textos americanos quizá hubiera dado otro fruto.

Pero Juan Carlos Rubio no ha dado ni una. Desde la primerísima frase, Pepón Nieto parece primo del Ahab de Pou. Una cosa impostada, gritona, carraspeada, tirando la voz a los graves en esos efectos supuestamente dramáticos que todo el mundo asocia al teatro decimonónico (sin haber estado nunca allí, claro). Y así toda la función. Ana Fernández -estupenda actriz- es arrastrada al mismo limo, porque dialogar con ese personaje es tarea imposible. Algo mejor parados salen Hermoso y, sobre todo, Magüi Mira, que me parece a mí que ha hecho lo que le ha salido del moño. Y menos mal, porque cada vez que abre la boca respira uno un poco más a gusto.

El colmo del asunto llega con la revelación final. Esta mina para la interpretación, este momento álgido en el que el protagonista revela a su mujer el dato que faltaba y que lo hace culpable... se dice mirando a la platea. Sí, lo han leído bien, ni siquiera se miran. Es un buen resumen de la puesta en escena.


Ahí tienen la escenografía completa. Y a Magüi Mira. Foto de Sergio Parra.
La escenografía de Curt Allen Wilmer es memorable, lo mejor del montaje, muy por encima de todo lo demás. Es el mismo de La cocina, Consentimiento... y El mago, que recuerde ahora. No todo el mundo tiene la costumbre de leer los créditos de la escenografía en el programa de mano, pero les recomiendo que estén atentos a lo que van firmando Wilmer y Boromello.
* * *
Cada vez que cuelgo una entrada me doy cuenta de que olvidé colgar otra. Ya que estamos con Mamet, voy a copiar la crítica de la versión de Oleanna que dirigió Luis Luque en el Bellas Artes en 2017. Me gustó mucho la de Manuel de Benito, vista en el Español en 2011 (con Irene Escolar y José Coronado), pero creo que no escribí nada. Ahí va:

Ya decía Mamet que su obra era pertubadora. Estamos perfectamente de acuerdo. El público lo pasa en grande mientras lo pasa de pena. Dice también que ambos personajes tienen puntos de vista sólidos, en los que él mismo cree por igual, y creo que el texto admite una puesta en escena equilibrada. Pero ésta –como la de Manuel de Benito hace seis años- no muestra ese equilibrio. Hay una discreta prepotencia machista  entreverada en la bonhomía del profesor, pero las reacciones de ella –insisto, en la puesta en escena- parecen por momentos tan desquiciadas que provocan murmullos de asombro entre el respetable.

    Esto no le quita interés a la versión de Luis Luque. Es quizá el montaje más académicamente estático que le he visto, con un lenguaje coreográfico (dónde se ponen, a dónde se mueven cuando cambiamos de acto) bastante más sencillo de lo que acostumbra. ¿Ha querido privilegiar la interpretación de un texto en el que intenciones y emociones toman curvas peligrosas casi a cada frase? El resultado puede no ser para aplaudir con las orejas, pero supera con holgura la corrección. Guillén Cuervo cumple y Natalia Sánchez clava el tipo de una muchacha con mucho lastre a cuestas y que, entre todas las salidas para su dolor, elige la de la imposición a ultranza de lo que considera ideológicamente insoslayable. Se ve mucho en estos tiempos. 

P.J.L. Domínguez

          

miércoles, 5 de octubre de 2016

ARTE NUEVO

Sala: Teatro Español Autores: Alfonso Sastre (Cargamento de sueños) / Medardo Fraile (El hermano) Director: José Luis Garci Intérpretes: Miguel Ángel Muñoz, Gary Piquer, Ana Carlota Fernández y Ana Fernández Duración: 1.35' (40' + 20 de entreacto + 35')
La función ya no está en cartel


Miguel Ángel Muñoz, Ana Fernández, Carlota Fernández y Gary Piquer
Tercera entrega de las funciones perdidas de la temporada pasada. Ahí va la crítica publicada en la Guía del Ocio:


La programación de Pérez de la Fuente al frente del Español puede calificarse de todo menos de convencional. Propone ahora un programa doble sobre la antevíspera de nuestro teatro y se lo encarga a Garci. La idea es estrepitosa. El resultado es otro asunto: las tres estrellas que acompañan a esta crítica son la media entre las dos para Cargamento de sueños y las cuatro para El hermano.

El director emparenta, en el programa de mano, a la primera con Beckett. Etiqueta incomprensible para un texto metafísico de aroma simbolista al que le falta un milímetro para ser abiertamente religioso. El patinazo en escena, quizá por este enfoque errado, es notable. Serios errores de costura.

De El hermano ya dijo Marquerie en su día que no pasaba de primer acto. Apenas un trompetazo que anuncia la inminente llegada de Historia de una escalera. Pero muy bien escrito. Este realismo minucioso de lentejas y gritos en el patio es el reino de Garci, su ámbito natural, así que lo borda. No sé si sobra alguna actitud equívoca entre los hermanos, que nos deja la mosca tras la oreja, pero el resultado es un excelente rato de teatro a la antigua, una interesante experiencia arqueológica. Aquí sí, Gary Piquer, Miguel Ángel Muñoz y Carlota Fernández revelan toda la eficacia velada en la primera parte. Estupenda, como siempre, Ana Fernández. 


Y añado ahora: los intérpretes estaban realmente bien en El hermano. Es un prejuicio absurdo, pero a los jóvenes que saltan a la fama desde la televisión les pedimos siempre un plus de exigencia respecto a los que no están manchados por semejante baldón infamante (por si acaso: ironía). Pues bien, Muñoz muy centrado y muy templado. Está haciendo una cosita curiosa estos días en el Valle-Inclán, pero me temo que no voy a poder verlo. Ana Carlota Fernández, la otra joven del reparto, también en su sitio; dulce, vulnerable, confusa, como me parece que la dibujó Fraile. Estaré atento.
P.J.L. Domínguez

          

miércoles, 27 de febrero de 2013

LASTRES

Sala: Teatro Bellas Artes Autor: Jorge Roelas Directora: Heidi Steinhardt Intérpretes: Anabel Alonso, Marta Belenguer, Ana Fernández Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la obra ya no está en cartel)


Ana Fernández, Anabel Alonso y Marta Belenguer.


La idea está bien. Fueron al mismo colegio, donde ya se odiaban cordialmente. Siguieron relacionándose de mayores, convertidas en tres mujeres egoístas, torcidillas y pasablemente incultas, algo entre sainete de barrio bajo y clase media de quiero y no puedo. Hasta que el tópico embrollo entre tópicas mujeres de tópica vida mediocre las llevó a dejar de hablarse. Siete años después, una de ellas organiza una cita en su casa, sin aclarar intenciones. Sí, la idea da para una comedia entretenida, que es lo que parece buscarse. Incluso el desarrollo -o sea, lo que va ocurriendo- está correcto. Lo que no da es el diálogo. La comicidad está basada, en su mayor parte, en la repetición estentórea y obsesiva de cosas como "puta vaca gorda", y en tonterías del tipo "tú y yo / ¿tú y yo? / no, va a ser yo y yo / ¿yo y yo? / ¿cómo va a ser tú y tú? yo de yo y tú de tú". Por supuesto, la cita no es literal, no sé ni cómo han memorizado las actrices semejantes intercambios de memeces que quizá sostienen diez minutos de gag televisivo, pero que no pueden derramarse sin cuento sobre hora y media de espectáculo. El texto sólo se redime durante el ratillo en el que las tres, una tras otra, se explican en sendos monólogos. Es el único momento de descanso.

Encima, esto está dirigido como empiezan ustedes a sospechar. Desde el primer momento, y hasta el final, las actrices vociferan completamente pasadas de vueltas, representando no ya caracteres grillados, sino caricaturas grotescas. Sólo se salva, en cierta medida, Ana Fernández, que ha tenido la suerte de verse adjudicar un registro algo más comedido. Esta magnífica actriz -muy bien en Regreso al hogar, allá por 2009- da la pauta de lo que hubiera podido hacerse: va más bien tranquilita, excepto cuando le toca soltar las risas de psicópata, muy bien colocadas. Anabel Alonso y Marta Belenguer son excelentes actrices de comedia, por las que tengo especial debilidad. Todo el mundo las conoce de la tele, así que poco hay que explicar. A la primera no la he visto en teatro; Belenguer estaba estupenda en Terapias del gran Durang, montada por La Pavana. Aquel personaje estaba también considerablemente descacharrado, pero la interpretación no se desparramaba como en Lastres. Le han asignado un registro imposible, se la ve completamente fuera de lugar, como si no entendiera lo que hace (cosa que no me extraña). Alonso, que debe de estar más acostumbrada al tono apayasado, sale algo mejor parada de los repetidos trompazos tras el sofá y de su parte de griterío ininterrumpido. No sé cómo le aguanta la voz las dos funciones del sábado, y no lo digo en broma. Una duda en favor de la dirección: el texto es tan flojo, que quizá la única salida era este enfoque desaforado. Quizá.

En fin, se habrán dado cuenta de que la función me pareció un desastre imposible. Así es. Sin embargo, tengo que decir que el público que llenaba el teatro, incluida mi señora madre, no paró de reírse con todos y cada uno de los gags de medio pelo. Y, como saben, el público tiene siempre razón. Estaría bueno.

P.J.L. Domínguez