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lunes, 29 de mayo de 2017

FUENTE OVEJUNA

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Lope de Vega (versión de Alberto Conejero) Director: Javier Hernández-Simón Intérpretes: Jacobo Dicenta, Marçal Bayona, Mikel Aróstegui, Alejandro Pau, Paula Iwasaki, Ariana Martínez, Loreto Mauleón, Pablo Béjar, Carlos Serrano, Kev de la Rosa, Aleix Melé, Raquel Varela, Miguel Ángel Amor, etc. Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




No hacía ni cuarenta y ocho horas que estaba yo pidiendo a los dioses que no encomendaran a Viana y al redactor del programa de mano de la Zarzuela el repertorio por el que se supone que debe velar la Compañía Nacional de Teatro Clásico, cuando me encontraba con la operación de censura practicada sobre Lope de Vega. Se avecinan malos tiempos, si no lo tienen asumido, más vale que se caigan del guindo.

Alberto Conejero, el autor de la estupenda La piedra oscura, recibe el encargo de realizar la versión de Fuente Ovejuna (así, separado, como Lope tituló originalmente) que la Joven Compañía de Teatro Clásico representará. Entonces, lee lo siguiente:
               Gallinas, ¡vuestras mujeres
               sufrís que otros hombres gocen!
               Poneos ruecas en la cinta.
               ¿Para qué os ceñís estoques?
               ¡Vive Dios, que he de trazar       
               que solas mujeres cobren
               la honra de estos tiranos,
               la sangre de estos traidores,
               y que os han de tirar piedras,     
               hilanderas, maricones,
               amujerados, cobardes,
               y que mañana os adornen
               nuestras tocas y basquiñas,
               solimanes y colores!          
               A Frondoso quiere ya,
               sin sentencia, sin pregones,
               colgar el comendador
               del almena de una torre;
               de todos hará lo mismo;          
               y yo me huelgo, medio-hombres,
               por que quede sin mujeres
               esta villa honrada, y torne
               aquel siglo de amazonas,
               eterno espanto del orbe.      

Y decide que nuestra sensibilidad no puede sufrir los términos "maricones", "amujerados" y "medio-hombres". Como harían Viana, los jesuitas autores de versiones edulcoradas de los clásicos o la mismísima Reina Victoria, los censura, y se carga el monólogo.

Voy a repetir lo obvio, lo voy a repetir todas las veces que haga falta ante esta oleada de reacción, censura e hipocresía de la corrección. Usted y yo no concebimos que se pueda insultar a un hombre llamándole mujer, porque creemos en la igualdad de géneros. Quien insulta a un hombre llamándole "medio-hombre" o "amujerado" o "maricón" -y usando esos términos con su significado primero y no, como se hace a menudo, des-semantizados- muestra una repugnante ideología sexista (digamos de paso que aquí "maricón" quiere decir seguramente "afeminado" y no "homosexual", pero esto es secundario). Ahora bien, Lope pone estas palabras en boca de una campesina castellana del siglo XV, una campesina que comulga a pies juntillas con el sexismo. Cree que los hombres deben ser valientes, y si no lo son parecen mujeres, porque las mujeres son menos valientes que los hombres. Esto es lo que el personaje -y, con toda probabilidad, también Lope, aunque esto es también secundario en este caso- cree, y es absurdo censurarlo, como si la operación de censura hiciera desaparecer el sexismo del mundo. Repitámoslo, por si no ha quedado claro: ni usted ni yo ni Conejero pensamos así, pero tanto Laurencia como sus interlocutores, sí. [Laurencia es feminista, en la forma en que su bagaje cultural le permite, al pedir que vuelvan las amazonas, únicas mujeres que sabe se hayan comportado alguna vez igual que los hombres en esto del valor]

El resultado es que el monólogo, una de las cumbres dramáticas de nuestro siglo de oro, queda absurdamente disminuido, porque cercena la realidad y la verosimilitud de la identidad del personaje. Acaban de violarla, está llamando medio-hombre y maricón a su propio padre (convertido aquí en hermano), quitar esos insultos equivale a prohibirle arbitrariamente el grado máximo de violencia verbal que ella es capaz de ejercer desde su universo de referencias. Me recuerda esto poderosamente a una cosa que creo que le oí una vez a Cela (y Cela sabía mucho de censura): que el guión de Raza no era malo por fascista, sino porque los combatientes decían cáspita. Pero no se fíen de mi memoria, podrían ser perfectamente Torrente Ballester, En Flandes ya se ha puesto el sol y córcholis.

Alguna tontería más incluye la versión. Por ejemplo, que el juez pesquisidor, incapaz de obtener durante la sesión de tortura otra respuesta distinta a la proverbial "Fuenteovejuna", ordene con un simple "mátalo" la muerte de Mengo. Innecesario y muy poco verosímil, incluso fuera de estilo. Peor aún por lo que prepara: su resurrección en la escena final con los reyes, cuando se levanta a preguntar para qué murió. Mucha licencia me parece. Como la de que Jacinta se niegue a participar en el asesinato colectivo del Comendador, reprochando a las mujeres que la dejaran a su suerte cuando le tocó padecer. Es que la función trata de eso, precisamente: de cuánto le cuesta a una comunidad reaccionar ante la violencia que sufre. Lope analiza minuciosamente ese proceso (la situación pre-motín en la que se tolera el sacrificio de este o aquel individuo), y subrayar un punto concreto de esa evolución dramática es minusvalorar la capacidad de comprensión del espectador. En conjunto, me parece una versión floja y que introduce cambios arbitrarios que no se justifican por su rendimiento. Garzón la ha llamado soberbia, no entiendo qué le ha visto. Villán ha dicho que la versión "deja a Lope en su época, en su contexto histórico". ¿Cómo? El gusto es el gusto, y me parece estupendo que a Garzón le haya gustado, nada hay más legítimamente opinable. Pero, por todo lo que he expuesto, me parece que lo que la versión hace es exactamente lo contrario de lo que dice Villán: saca a Lope de su contexto y se lo lleva a otro donde no se pueden decir ciertas palabras y donde los campesinos -siquiera resucitados- no acatan el poder real.

Después de escribir todo eso de una tacada me ha vuelto a la memoria lo que decía el otro día a propósito de Enseñanza libre: si no será que la libertad de expresión ha sido un breve paréntesis que apenas ha durado cuarenta años y que los miembros de mi generación podemos dar gracias por haberlo disfrutado. Que yo sepa, hay dos películas sobre Fuenteovejuna, y me he ido a investigar. La de 1947 es de Antonio Román. Laurencia es Amparo Rivelles, nada menos: en este enlace tienen el monólogo, en versión de José María Pemán. Llama a los hombres mujeres, comadres, amujerados y medio-hombres. Pero ojo: de maricones, nada. 1947 era mucho 1947 como para pronunciar palabras malditas. La de 1972 es de Juan Guerrero Zamora. Laurencia es Nuria Torray, también canela fina: aquí tienen el monólogo. 1972 era la víspera de la libertad, con la dictadura en descomposición, así que puede permitirse largar maricones, como el texto original pide. En resumen: Conejero se comporta en 2017 como Pemán en 1947, los del medio se atrevían. Por cierto, ya de paso, fíjense un poco en cómo están dirigidas estas dos mujeres, y pasen luego al párrafo siguiente.
* * *
La puesta en escena es opaca, mortecina. Mi acompañante me susurró a media función "no sé si estoy yo rara, porque no me llega nada". No es que aburra, pero deja Fuente Ovejuna -y ya es mérito- a medio gas. Es como si la dirección estuviera mucho más preocupada por las felices ideas (los golpes acompasados en el pecho, los cánticos a boca cerrada, el constante abre y cierra del portón de entrada desde el foro con efecto sonoro incluido) que de la dirección de actores. A Hernández-Simón le pasó exactamente lo mismo en Los justos: se hizo tal lío con las cuerdas que se le olvidaron los actores (eso sí, se llevó un premio ADE, el mundo en ansí). Por no cansarles con ejemplos, vuelvo al del monólogo de Laurencia. Es un fragmento que pone los pelos de punta, pero aquí pasa con poca gloria -además de por la poda del texto- porque no parece que nadie haya indicado a la actriz (que es una estupenda actriz) la necesidad de modular registros, introducir matices, subir, bajar... En suma, ser una persona y no un altavoz. 

Hay una cosa que me gustó mucho. Los reyes están en otro mundo. Se mueven como espectros, están vestidos como si llegaran de Andrómeda y parecen muñecos perversos, alternando una jeta hierática de acero inoxidable, la sonrisa de madera y la carcajada sardónica de película de terror. Se subraya así el artificio que suponen en el texto original: vienen de un mundo dramatúrgico distinto al del resto de la acción. Eso es teatro. Matar a Mendo [a Mengo, como me señala amablemente @josefeval] para que resucite y pueda reprochar al pueblo su sumisión, recalcando así lo artificioso del lieto fine, es didactismo y subestima al espectador.

A Carlos Serrano, Paula Iwasaki, Marçal Bayona, Kev de la Rosa, Pablo Béjar y Alejandro Pau (y, seguramente, a alguno más) se les nota el talento en cuanto les dejan un resquicio (no les dejan muchos). Jacobo Dicenta es siempre una garantía, pero tampoco crean que el montaje lo arropa: sale adelante con sus propias fuerzas.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 10 de noviembre de 2015

LOS DESVARÍOS DEL VERANEO

Sala: Teatro Fígaro Autor: Carlo Goldoni Director: José Gómez Intérpretes: Ana Mayo, Borja Luna, Macarena Sanz, Antonio Lafuente, Vicente León, Kevin de la Rosa, Andrés Requejo, Juanma Navas y Helena Lanza Duración: 1.45'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)

Lafuente (ahora lleva barba), de la Rosa (que no estuvo en mi función), alguien que no reconozco en la foto (y que en mi función era Ana Mayo), Luna (ahora no lleva barba), Requejo, Sanz, León y Navas.


Le smanie della villeggiatura es un delicioso texto de Goldoni, tan bien urdido que resiste la dolorosa operación de sacarlo del italiano, su contenedor natural. Pierde finura, pero aguanta.

Con estas cosas me pasa siempre lo mismo, supongo que como a todo el mundo. Entro al teatro un lunes a las ocho y media (cuando ya llevo un rato pensando en el momento de felicidad suprema de irme a dormir); dejo ahí fuera un mundo grotesco (véase el gigantesco lugar que la patada de Rossi o la conversación de Benzema ocupan en la plaza pública de los medios), pavoroso (la irreversibilidad del calentamiento global se anuncia al mundo el lunes 9 de noviembre de 2015) y deprimente (45 mujeres muertas a manos de los hombres que se suponía que las amaban) y me encuentro con una gente ociosa y feliz como nadie fue ocioso y feliz después de 1789 (Talleyrand dixit: "Quiconque n’a pas vécu avant 1789 ne connaît pas la douceur de vivre"), una gente tan alejada de nuestro planeta que, durante unos minutos, sufro la sensación de que me van a interesar poco o poquísimo. Luego, Goldoni despliega tal conocimiento sobre sus semejantes, tal habilidad para retorcer hasta el infinito una ligerísima trama... que me vuelve a atrapar. Una delicia.

Me fastidió perderme La isla de los esclavos de Venezia Teatro. Tenía buena pinta. "Qué será buena pinta", se preguntarán. Se parece bastante a comprar unas naranjas por el mismo motivo. Luego, pueden salir estupendas o incomestibles, pero la pinta previa siempre está ahí, no hay quien se la salte. Encuentro opiniones favorables, pero tiendo a no fiarme ni de mi sombra. En cualquier caso, me dije que ésta no me la perdía. A veces, el esfuerzo (¡un lunes a las ocho y media!) se ve premiado por la recompensa. El montaje merece la pena.

Tiene estilo. Tiene también algo en escena que les voy a dejar que adivinen. ¿Ya? Al menos la mitad de mis lectores crónicos -perdón- habrá acertado. ¡Hay micrófonos! ¡Es un capítulo de Expediente X! ¿Algún fabricante surcoreano ha colocado todos sus excedentes en los teatros de Madrid? ¿Qué está pasando? ¿Lo saben la Unión Europea, el Consejo Regulador de Denominaciones de Origen, la Asociación de la Prensa? Les confieso mi estupor. Ya me parecía suficientemente extraño lo de los jóvenes con moño como para que ahora llegue esto. En fin, sigamos. Aquí hay un micrófono en cada extremo del proscenio, pero su uso -afortunadamente- es fácil de comprender: los apartes se dicen desde ahí, con cañón sobre el intérprete. Vale. No molesta. Otro tributo a la moda: los intérpretes se sientan alrededor del escenario, a la vista, cuando no les toca. ¿Les va sonando? Sí, las dos cosas suenan a Stockman. Stockman, a su vez, sonaba a otra cosas. Pero esto son detalles de entomólogo, no tienen mayor importancia. Ni los micrófonos ni los actores a la vista ni sus ocasionales y breves intervenciones (en algún momento apoyan al que está actuando) distraen de lo fundamental. Lo fundamental es decir bien un texto que sin estilo en la interpretación no es nada. Tengan en cuenta que todo son naderías: que si me pone celoso que vayas en la carroza con ese tipo, que si no te fías de mí y eso ofende, que si quiero un vestido nuevo, que si vigile usted de cerca a su hija porque todas las mujeres son iguales... Estas naderías vienen dando de comer a miles de personas desde hace siglos, las tenemos tan archiconocidas que no encierran en sí mismas ningún atractivo: toda su capacidad de diversión se sustenta en el estilo con que se dicen. Cambie el estilo y le sale Goldoni o Arniches, Marivaux o los Quintero, todo depende de cómo haga que los actores se muevan y digan las cosas. Y Gómez ha dejado la cosa bastante cercana a lo que sería una interpretación canónica, sin pasarse de arqueológico. No olviden que los personajes de la Comedia del Arte están apenas un centímetro debajo de la piel de estos nobles del XVIII y de sus criados, y que eso impone una cierta dosis de estereotipo en la que reside toda la gracia del asunto.

Para hacer esto son necesarios intérpretes inteligentes, que sepan de qué les están hablando cuando les cuentan esta copla. Y la verdad es que me sorprendieron. No me hubiera pasado si llego a hacer los deberes antes y me estudio bien quién era cada cual, pero llevo la vida que llevo. Mírenselos si quieren en este enlace. Para empezar, hay dos veteranos que están sembrados: Vicente León y Juanma Navas, anciano estricto y cascarrabias, y padre marioneta de su hija. Las dan todas en su sitio. Andrés Requejo y Helena Lanza son criado (incluido breve doblete, porque la versión se carga un par de ellos, prescindibles) y criada; también bien los dos. El tercero en discordia -amigo molesto de la jovencita- es un papel breve, pero Borja Luna lo coloca bien, con las dosis precisas de tontorrón y simpático. El sustituto de Kev de la Rosa, que creo que hacía la función por primera vez, era el único que no terminaba de encajar. No creo que sea el amaneramiento con que encaraba el papel, porque el papel lo pide a gritos. Quizá una dicción masticada y lenta.

El trío en (ligera) discordia: el chico, la chica, la hermana del chico. Antonio Lafuente, estupendo. Difíciles siempre estos papeles de galán toreado a conciencia por una jovencita más lista que él. Sale bien librado, es -con los dos mayores- el más cercano a la interpretación tradicional del género.

Me he dejado para el final a las dos chicas. Siempre más interesantes: en el género, las mujeres son manipuladoras y torcidillas; los hombres tontuelos o huraños, sin doblez. Así que son los dos papeles más divertidos. La escena entre ambas, llena de pequeñas envidias, mentirijillas y roces cubiertos por el barniz del trato social (y curiosamente podada en la versión audiovisual que les he enlazado más arriba) es una de las cumbres de la pieza que uno espera desde el principio. Muy bien ambas. Ana Mayo ya me gustó en Stocmann. Y me llevé la gran sorpresa de la noche (¡no había leído su nombre antes de verla en escena!) al reencontrarme a Macarena Sanz. Si su curriculum está al día, he visto todo lo que ha hecho en teatro: Munchhausen, El inspector y Maribel y la extraña familia. Todo lo hace bien: abre la boca y se queda con el escenario, se mueve y sólo se puede mirar en su dirección. Vaya pedazo de carisma. Esta chica tiene un futuro estrepitoso por delante.

José Gómez ha dirigido con discreción y sin tonterías (ya les decía que los micrófonos no molestan), añadiendo aquí y allá algún detallito: las intervenciones en off de los actores que no tienen parte; la mano de León que rubrica lo que dice mientras Lafuente sigue hipnotizado su recorrido arriba y abajo; Luna que se queda en absoluto primer plano de "he hecho el canelo" mientras el final feliz se relega al fondo; el mismo Luna en el efecto de mimo de la maleta flotante; el idílico epílogo mudo de los criados... No está mal, todo ayuda, da a la función un aire simpático. Pasé un rato estupendo. 
P.J.L. Domínguez
          

martes, 15 de abril de 2014

LA CENA DEL REY BALTASAR

Sala: Kubik Fabrik Autor: Pedro Calderón de la Barca (versión de Carlos Tuñón) Director: Carlos Tuñón Intérpretes: Jesús Barranco, Enrique Cervantes, Rubén Frías, Alejandro Pau, Antonio Rodríguez y Kev de la Rosa. Duración: 1.40' (aproximadamente, ni empieza ni acaba en un momento concreto, ya les contaré)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)





¿De dónde sale Carlos Tuñón? Busco por ahí y, en artes escénicas, le encuentro sólo labores de gestión o producción. Ha podido dirigir algo previamente, pero no me sale por ninguna parte. Si es una aparición ex novo, es una aparición sorprendente. ¿Un gran valor que se hace notar desde la primera campanada? ¿O una serie de aciertos casuales? Expliquémonos.

Hay cosas en negativo que son muy fáciles de juzgar a la primera. Un actor nefasto se delata a los tres minutos de interpretación. Un director nefasto, también, aunque no falten funciones que pueden parecer un completo desastre durante un buen rato, para revelar después a dónde iba la cosa y justificarla ex post facto. Sin embargo, es arriesgado sacar conclusiones de un único buen resultado. La chiripa, la suerte del novato… Lo que no puede ser chiripa de ninguna de las maneras en La cena del rey Baltasar es la perfecta dosificación de tiempos. O sea, la cuestión básica y central de lo que llamamos teatro. Tuñón es, por tanto, de forma clara e inapelable un excelente director. Por mucho que en la siguiente pueda pifiarla, que eso le pasa a cualquiera (véanse El inspector de Miguel del Arco, Llama un inspector de Pou –vaya, cuántos inspectores- o Quién teme a Virginia Woolf de Veronese, sólo a título de ejemplo).

Carlos Tuñón
Pero, además de haber solventado este asunto del ritmo con gran resultado, Tuñón ha sumado en la función una serie de valores añadidos que sorprenden mucho en un director novel. Ya saben lo que dice el tópico: el problema inicial de los creadores suele ser el amontonamiento. Tantas ideas, tantas ganas de poner cosas, que al final sólo les falta el neperiano (si quieren saber de qué hablo con esto del neperiano, sigan este enlace). Como casi siempre, el tópico formaliza una verdad, pero aquí las ideas son las justas. Casan. Encajan. Arman el rompecabezas. Si se las cuento, les parecerá que acompañan a Calderón como a un Cristo dos pistolas. Si las ven, comprobarán que son un guante a la medida de un género que, a primera vista (a primera vista miope), puede parecer tan trasnochado como el auto sacramental. Digamos de paso que, cada vez que alguien defiende la actualidad de estas creaciones barrocas, se desliza la hipótesis de que nuestro tiempo vive una especie de neobarroco. Tonterías. Lo que vive nuestro tiempo es una especie de neo-todo, una época en la que cualquier tiempo pasado respira y colea en nuestra sensibilidad cotidiana, a la que lo mismo le da el conceptismo que el pop (etcétera). Una situación que puede indicar tanto una voraz, fagocitadora y re-creativa ansia de comprensión estética del mundo, nunca antes vista en la historia de la humanidad, como todo lo contrario: un presente estéril, que se vuelve al pasado buscando alimento. Sin olvidar la tentación de Spengler que, no sé a ustedes, pero a mí me asusta. El tiempo lo dirá (premio al lector/a que acierte dónde se suelta esta frase de forma gloriosa en una peli de Buñuel).

Kev de la Rosa y Jesús Barranco. Consejo: pongan más fotos en red, sólo
les puede beneficiar.
Volviendo a las ideas integradas por Tuñón, que nos vamos por los atajos, enumeremos. Enumerar es una actividad cara al intelecto y cara, sobre todo, a las personalidades ansiosas, entre las que me cuento.

1.- La elección de actores. Aquí es donde me asalta con más intensidad la sospecha del acierto casual, precisamente porque es un acierto clave. Dirán ustedes “qué injusto, cuanto mejor lo hace menos se lo cree”. No olviden que estoy aquí para sospechar y desconfiar por mis lectores. Yo hago el trabajo sucio, y ustedes se aprovechan. Bromas aparte, que estoy hoy muy dicharachero, el aspecto de los seis intérpretes es crucial en la puesta en escena. El heterogéneo aspecto, quiero decir. Aspecto físico (puesto de fábrica) y actitudinal (adoptado para la función, no se confundan: hablo de los personajes en ese caso, no de las personas). Paso a describir (las edades tampoco son, quizá, las de las personas, sino las de su caracterización):

    a) Alejandro Pau. Jovencito entre angelical y lúbrico, cabello largo de moda, barbita (apenas tiene) descuidada, musculación contenida antes de la exageración, modales incitadores a lo que sea, independientemente del género del espectador. Es la Vanidad, claro.
    b) Enrique Cervantes. Jovencito viril entre poli de éstos que se camuflan ahora en Lavapiés y predicador mormón, barbita y pelo de la misma (corta) longitud estilo cabeza geyperman, complexión cuidada, modales trascendentes. Es el profeta Daniel, claro.
    c) Kev de la Rosa. Aspecto algo menos jovencito que los anteriores, drag frivolona, pelo y barba teñidos de blanco y espolvoreados de polvos plateados (mal) llamados purpurina, modales entre simpáticos y pasados de rosca. Es la Idolatría, claro.
    d) Antonio Rodríguez (no puede uno llamarse así en la red, no encuentro nada). Joven maduro negro, serio, rostro exótico, cabello crespo, supermusculado, modales algo más naturales que el resto. Es la Muerte, claro.
    e) Rubén Frías. Joven maduro un poco a su bola, pelo corto teñido de colores, muy delgado, modales tipo ya sé yo lo que me digo y de qué me río con un pelín de desdén. Es el Pensamiento. Aquí no digo “claro”, porque este personaje podía ser casi cualquier cosa. Póngase usted a adjetivar “el pensamiento humano” para darle un aspecto visual.
    f) Jesús Barranco. Adulto ausente, volado, rapado al cero, muy delgado, modales estoy más allá de todo esto. Es Baltasar, claro.

Alejandro Pau
Me he parado a pensar un rato, en medio de los campos de Castilla la Nueva, y no sé si he visto alguna vez tal grado de heterogeneidad bien integrada. Es posible, pero no lo recuerdo. Como les decía, no sólo funciona, sino que es, además, uno de los motores de la función. Los actores están bien todos. Rubén Frías tiene el rol más ingrato, toda la función de pie sujetando la cabeza a Baltasar, y poco texto, así que es el menos visible, por así decir. Pero es un apoyo imprescindible, y no en el sentido literal. Alejandro Pau, Enrique Cervantes y Kev de la Rosa me gustaron mucho, mucha energía que algo tendrá que ver, quizá, con su paso por La Joven Compañía. Ya saben, si se invierte en la cantera, acaban por llegar las medallas olímpicas. Los dos primeros tienen físico para esos productos televisivos con target adolescente. Ojalá, dan de comer y no matan el talento de nadie. Antonio Rodríguez, impresionante. Espero que nadie entienda esto como un prejuicio racista: por pura estadística, estamos acostumbrados a que un físico como el suyo se corresponda con un acento exótico. Es positivamente chocante que el aspecto de guardia de corps negro del Dux de Venecia se combine con un acento que podría ser de Valladolid. E infrecuente que tal cantidad de músculo no haya dañado irremediablemente la capacidad intepretativa. Jesús Barranco, Baltasar, se casca aquí un currazo de Max. Fui a ver la función por un vídeo en el que no hace nada (es un decir), pero hipnotiza. ¿Quieren apostar a que no se lo dan? No creo que tenga lobby.

Enrique Cervantes
2.- El vestuario y la caracterización (Antonio Jiménez, otro nombre imposible en la red). Primero les diré que “caracterización” parece consolidarse en castellano como las operaciones operadas sobre el cuerpo del intérprete para convertirlo en el personaje. O sea: peluquería y maquillaje. Con una cierta competencia por parte del uso en inglés, que hace referencia al proceso actoral de construcción del personaje (character). Ya les he explicado un poco qué pasa con los pelos de cada uno, vamos con el vestuario:

a) Polito sesentero ceñido, tirantes, zapatos rojos de charol (?).
b) Pantalón y camisa formalitos.
c) Chaquetón de piel, corsé, pecho descubierto, mallas.
d) Americana negra sin nada debajo, tórax descubierto a ratos, chaleco cruzado amarillo al final.
e) Pantalón corto de deporte.
f) Desnudo.

Esta descripción les estará produciendo ese “efecto dos pistolas” al que aludía más arriba. Olvídenlo, todo son aciertos.

3.- La música. En este blog, la música es el arte de combinar los sonidos, y éstos con el tiempo (dice mi amiga T. que la definición es de Hilarión Eslava). O sea, que el término se refiere tanto a una sinfonía de Brahms como al goteo de las camisas mojadas en Tinieblas de Cortizo (la vi anteayer, ya les contaré). En La cena no hay música grabada, todo lo hacen los intérpretes. Bien percutiendo la mesa –con notable habilidad, más de uno debe de tener formación musical-, bien cantando. De todo: Le plus beau du quartier (canta con gusto este chico -Pau-, mejor que la susurradora Bruni, desde luego, y con más doblez perverso), I get a kick out of you, Quand je bois du vin clairet… y hasta el Dies Irae tarareado, entre otras cosas. La función dramatúrgica de estos insertos musicales es diáfana y opera a maravilla.

Jesús Barranco
4.- El espacio escénico (parece deducirse de los créditos que es creación colectiva). Ustedes dirán, “se titula la cena, parece obvio montar una mesa y, dado que se lleva tanto lo de poner al público supercerca, sentar a la mesa a los espectadores”. Sí, después de visto, todo el mundo listo (el ritmo exige leer “toelmundo listo”). Verán, hay una función que se titula, precisamente, La cena, con dos tipos (Fouché y Talleyrand, más bien dos tiparracos) cenando. Allá por el 96 la vi en Roma en una sala minúscula, seríamos pocos más de los doce que pueden asistir a la que ahora nos ocupa. Pues bien, a nadie se le ocurrió sentarnos a la mesa. Estábamos pegaditos a la pared con nuestras sillas. No sólo se te tiene que ocurrir. Luego tienes que lidiar con el asunto: dónde sentar a los actores, levantarlos o no levantarlos (Baltasar se levanta en un único momento de clímax), moverlos o no moverlos (el Pensamiento prácticamente no se mueve de su sitio, en pie), sacarlos o no sacarlos del círculo de luz, subirlos o no subirlos a la mesa… Todo eso se hace para sacar provecho de la mesa, de la posición (todos alrededor de ella), del espacio que la rodea (gradas, entrada, almacenes), de la elemental y exprimida iluminación… Todo eso, como la música, puntúa el fluir de la historia, son sus puntos y sus comas.

4.- El verso. Ah, el verso. Les contaré una historia, que hoy tengo tiempo. Hace muchos, muchos años, en una galaxia muy lejana por la que ahora mismo pasa el tren que me lleva (la Galaxia Aragón) un político nos enseñaba a mi amiga T. (la misma de más arriba) y a mí un edificio recién restaurado, que incluía una sala de conciertos. T. dio una palmada y, escuchando atenta el eco producido, dijo “tiene una acústica excelente para hacer música de cámara”. Al político casi le da un ataque de satisfacción. Yo, perplejo. Que me conste, conozco una sola persona capaz de hacer cosas de ese jaez con solvencia. Como quizá sepan, la percepción acústica es una facultad de los ángeles, no de los hombres, como dicen que Gaudí decía de la percepción espacial. Ya solos, pregunté a mi amiga: “Pero, ¿tú eres capaz de predecir así cómo va a sonar una sala?” Respuesta: “Ni de coña, pero ya has visto lo contento que se ha ido”.

Que me perdonen, pero esto del verso es parecido. No pongo en duda (bueno, a veces sí) que haya UNA forma correcta de decirlo. Pero creo que hay tan poca gente capaz de distinguir la correcta de las no canónicamente correctas como de distinguir un buen vino de uno excelente. O un foie Lidl DeLuxe de uno a riñón los cien gramos. O sea, poquísima gente. A mí me parece que en el teatro es correcto todo lo que funcione. Fin de la norma. Es evidente que aquí no se dice el verso como en La vida es sueño de la Pimenta. Hay un claro regodeo en la rima que llega a lo percutivo en algunos momentos. Algo que, supuestamente, es la propia antítesis de cómo se debe hacer. Me da igual. Funciona. Se suma a una puesta en escena que, en todos sus elementos, es… ¿cómo lo diría? Machacona, energética, intensa. Que se impone, en suma, casi a golpes al espectador.

Lenz rifrazioni.

5.- El comienzo, el final. Comienzo, lo que se dice comienzo, no hay. Los espectadores entran de uno en uno y los actores los van entreteniendo con su conversación. Si es usted uno de mis fieles lectores ya sabrá lo que me mola el buen rollo. Cero. Estoy en esto entre el crítico gastronómico de Ratatouille y el abuelo de Heidi antes de Heidi. Me tocó un buen rato de cháchara con los actores, porque fui de los primeros, algo que normalmente me pondría enfermo, pero esto no es buenrollismo. La actitud de Baltasar –que está todo ese tiempo como ido del todo, con la cabeza sujeta por el Pensamiento- bastaría para desmentirlo. Si están de simple charleta, ¿por qué parece que uno está vegetativo? Pero no es sólo esto. Un cambio brusco de actitud señala sin lugar a dudas que la función comienza, se entiende que lo anterior ha sido una especie de prólogo, algo así como la obertura.

Final, final, lo que se dice final, tampoco hay. Por eso no les doy más arriba una duración precisa. Me pregunto qué hará la sala el día que un espectador decida quedarse un rato con Baltasar, que termina como ha empezado: ido, vegetativo, muerto o premuerto, pero ahora solo. Uno de los mejores finales de mi vida.

No deberían perderse este Calderón. Es una perla rara en el marco actual de eclosión escénica de los clásicos. Sólo le veo parentesco con el trabajo de una compañía italiana que se llama Lenz Rifrazioni, que a veces hace cosas algo parecidas y que también estuvo en Almagro, como estará esto, con un Calderón. Si yo tuviera la cuenta corriente de Bill Gates, organizaría representaciones dobles gratuitas para ver primero La vida es sueño de la Pimenta y, después, La cena del rey Baltasar de Tuñón. Creo que eso dejaría claras un par de cosas:

A) Dicho en plan cheerleader, Calderón es la pera limonera. Las literaturas del centro y el este europeo lo tienen más claro que nosotros.
B) Todo vale en teatro, la lectura tradicional y cualquier otra.

Esto se hace sólo los lunes y sólo para doce personas. A nada que llame el diez por ciento de los que lean esta crítica, ya no habrá entradas. Así que espabilen.
P.J.L. Domínguez