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miércoles, 27 de marzo de 2019

JUGUETES ROTOS

Sala: Teatro Español Autora y directora: Carolina Román Intérpretes:  Nacho Guerreros y Kike Guaza Duración: hace un año, no lo recuerdo
(la función ya no está en cartel)

Nacho Guerreros y Kike Guaza
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Escribiendo sobre La geometría del trigo, me he dado cuenta de que no colgué Juguetes rotos. No quiero que falte este título, fundamental en la trayectoria de Carolina Román. Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

NO SÓLO CON PALABRAS

Tristán Ulloa dirigió una pequeña joya de Carolina Román que se tituló En construcción. Ella misma se encargó después de montar otro texto propio: Adentro, segundo ejemplo de orfebrería fina, de bordado sutil.  Repite ahora como autora y directora de Juguetes rotos, que tiene las mismas características de teatro hecho sin aspavientos, con modestia y con enorme sabiduría. Parece mentira, pero se olvida con gran frecuencia que se puede narrar no sólo con palabras, sino con todos los elementos puestos a disposición de los sentidos del espectador. En Juguetes rotos, casi dicen tanto como el texto y el trabajo de los intérpretes, el vestuario de Cristina Rodríguez y el espacio sonoro de Nelson Dante, más la luz y la escenografía de Picazo y Meloni. Todo se ha ensamblado sabiendo que la capacidad del público para entender las cosas sin tener que dárselas trituradas como un potito es inmensa.

    A ese trabajo de construcción de un relato con elementos diversos, Román añade una espléndida capacidad de dirección de actores. Kike Guaza y Nacho Guerrero están como para que les caiga algún premio. Dado el asunto, tan de moda, de la identidad de género, le parece a uno en algún momento que la cosa podría derivar hacia el panfleto, pero nada de eso. Es, como las otras historias de su autora, un retrato pleno de compasión de unos seres humanos como nosotros. Para no perdérsela.

P.J.L. Domínguez

          

sábado, 9 de febrero de 2019

EL SUEÑO DE LA VIDA

Sala: Teatro Español Autor: Federico García Lorca y Alberto Conejero Director: Lluís Pasqual Intérpretes: Dafnis Balduz, Ester Bellver, María Isasi, Raúl Jiménez, Daniel Jumillas, Jaume Madaula, Juan Matute, Antonio Medina, Chema de Miguel, Koldo Olabarri, Sergio Otegui, Juan Paños, Luis Perezagua, César Sánchez, Nacho Sánchez, Emma Vilarasau  Duración: 1.40' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que ya no está en cartel)


La foto es de Sergio Parra.
SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

ORGÁNICAMENTE LORQUIANO

Cuando Conejero se arriesgó a completar la Comedia sin título (de nuestro autor más universal) y Lluís Pasqual (lorquiano entregado) decidió dirigir su texto treinta años después de montar el original, había algo previsible: las mil lupas que se iban a aplicar al resultado. No cabe duda de que ese escrutinio minucioso encontrará aspectos discutibles. Pueden sobrar, por redundantes y por restar universalidad, las referencias a los “cuarenta años” o –creo recordar- al “caudillo”. Puede objetarse que los gritos empiezan demasiado pronto. O que hay un bache de tensión al comienzo del segundo acto, quizá superable con el rodaje. 

    Pero todo esto no oscurece el hecho de que el formidable reto se supera con muchas más luces que sombras. Para empezar, y esto es un gran elogio, el texto de Conejero se integra de forma tan orgánica con lo escrito por Lorca que preveo también mucho bisturí aplicado a la tarea de si esto o aquello es más o menos lorquiano. Y, en cuanto al montaje, se trata de un gran espectáculo que lleva al espectador por donde quiere y que, a pesar de las dificultades de optar por un escenario vacío; por integrar platea, palcos y pisos; por mantener al público iluminado… no deja ver las costuras. No hay espacio para más menciones, pero citar a Nacho Sánchez y Emma Vilarasau es inevitable.


Se hace uno mayor, y su punto de vista se va deslizando por la escala temporal. Decía ayer un amigo en el grupo de whatsapp de los compañeros de carrera que la primera vez que vio Mujeres al borde de un ataque de nervios los personajes le parecieron mayores. Ahora le parecen muy jóvenes. Inevitable. Por ese efecto distorsionador que produce el ir entrando en el campo brumoso de la próxima senectud, Conejero me había parecido hasta ahora mismo un jovencísimo escritor, y acabo de darme cuenta de que cuando yo tenía su edad me hubiera ofendido que me llamaran "jovencísimo". Afinemos. Desde un punto de vista meramente humano y observado desde donde estoy, ES, efectivamente, muy joven: una vida por delante. Suerte que tiene. Pero desde los estándares de análisis de lo que es una carrera pública, es un artista que entra en la madurez.

Y no sólo cronológicamente. He sido más crítico con su labor de adaptador, versionador o, dicho brevemente, con las piezas que parten de labor ajena (me gustó una cosita breve sobre El banquete y me pareció correcta la versión de la Odisea hecha para La Joven Compañía, pero no me convencieron ni Fuenteovejuna ni Rinconete y Cortadillo; creo que tiene bastantes más). Es en su labor como autor en primera instancia -por decirlo brevemente- donde está labrándose una trayectoria notable. Ya saben que no soy de elogio fácil, pero estoy un poco hartito (¿No se dice "ofendidito"? Pues hala) de tanto meteoro rutilante que atraviesa la cúpula celeste de la creación dramatúrgica suscitando coros de arcángeles (a)críticos, y me parece importante dejar las cosas claras. Estoy de buen humor, así que no pondré ejemplos, pero seguro que se les ocurren varios. Conejero es un dramaturgo consolidado que se merece una mirada atenta sobre lo que hace.

Foto de Marcos G Punto
¿Y qué hace? Resumen. Húngaros: ni la he visto ni la he leído. Cliff: buena. Ushuaia: buena. La extraña muerte de una cupletista contada por su perro: ni la he visto ni la he leído. Eso sí, vaya título. Uno de los proyectos que acaricio para cuando me jubile es un ensayo sobre los títulos. En medio de tanta gente que titula como si lo hiciera adrede para cargarse su propia obra, éste de la cupletista brilla con fulgores entre Mendoza y González Ledesma (y no me refiero a los títulos, sino a las atmósferas de ambos). En fin, volvamos al hilo. La piedra oscura: un bombazo. Todas las noches de un día: muy buena. Puñeta, no la colgué. (Ya la he colgado)

El resultado hasta ahí es envidiable. Ya me gustaría a mí que, en la modestia de mi dedicación a la crítica, la calidad de lo que escribo alcanzara esas medias. Y en esto llegó Lorca.

Decía más arriba que he sido más crítico con la parte de Conejero que arranca de otros autores. Aquí, el duelo era nada menos que con Lorca y, ya lo puse en lo publicado en papel, la unión estrechísima que ha conseguido entre lo propio y lo ajeno es, sin duda, lo más admirable. Estrena hoy La geometría del trigo. Ya les contaré.


Foto de David Ruano
Me quedo sin tiempo y me temo que, a estas alturas, lo que les va a interesar del otro protagonista -Pasqual- será su aventura en Málaga, más que esto estrenado ya hace la enormidad de tres o cuatro semanas. Sólo voy a añadir un pequeño apunte paranormal. Vilarasau tiene un curriculum teatral potente. Me parece una fantástica actriz y, desde luego, no tiene que parecerse a nadie para serlo. Pero durante la función me pareció que la poseían, sucesivamente, la Espert, la Sardá y la Velasco. ¿Estoy loco? Pues se diría que no, porque tres -igualmente sucesivos- conocidos, me dijeron que les había recordado a alguna de las tres. A mí, a las tres a la vez. Es un extraño elogio, pero es un elogio.

Hay muchísimo buen hacer desparramado por todo el elenco. Sobre Nacho Sánchez (uno de los valores emergentes más evidentes del panorama) puedo dejarles los enlaces a La piedra oscura He nacido para verte sonreír. No les daré el de Iván y los perros, porque (ay) tenía entonces el blog a medio gas y nunca colgué nada al respecto. Aquí -ya lo decía en la Guía- Pasqual lo pone a vociferar excesivamente pronto, pero sus capacidades interpretativas no dejan de ser evidentes por ello. No tengo tiempo (ah, que ya lo he dicho más arriba) para ponerme a escribir sobre ellos (ahora mismo estoy haciendo varias cosas a la vez, "ya se le nota en la prosa", dirán ustedes) pero al menos me gustaría mencionar a Otegui -que me gusta siempre, siempre- y a Jumillas, que me parece un tipo con mucho peso. Las suelta con un aplomo, casualidades, parecido al de Otegui. Me acaba de pasar algo que me deja siempre estupefacto y contento. Me he ido a ver la crítica de Ushuaia, por repasar lo que dije de Jumillas. Y resulta que usé la misma palabra: aplomo. Qué sensación de bienestar ésta (siempre ilusoria) de la coherencia con uno mismo. Lo cierto es que el resto del elenco merecería un repaso detallado, pero no me da la vida.

Sí quiero terminar con una consideración general. Por una vez, mi aprecio es superior al del consenso del resto de la crítica. Aventuro una hipótesis, ya apuntada en lo que publiqué en papel. La apuesta era muy alta: Lorca, Pasqual, el recuerdo de La comedia sin título, el arrojo de Conejero... En estas circunstancias, se invierte la dificultad de la opinión. Me explico. Habitualmente, es mucho más fácil, agradable y rentable tener una buena opinión. En este caso sucede lo contrario, lo jorobado es reconocer la altura del resultado, porque el aprecio puede hacer quedar al opinador como un indocumentado. Todos -yo también, por supuesto- nos ponemos más puntillosos. De no ser por ese factor, es muy posible que a mí se me hubiera escapado una estrella más (le puse cuatro). Pero cuanto más lo pienso, más redondo me parece lo conseguido.
P.J.L. Domínguez

          

domingo, 3 de febrero de 2019

LOS OTROS GONDRA (UNA HISTORIA VASCA)

Sala: Teatro Español Autor: Borja Ortiz de Gondra Director: Josep Maria Mestres Intérpretes: Sonsoles Benedicto, Fenda Drame, Jesús Noguero, Borja Ortiz de Gondra, Lander Otaola y Cecilia Solaguren Duración: 1.35'  
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que ya no está en cartel)





SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


COMPARACIONES

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero sólo conocemos por comparación. El autor se enfrenta, necesariamente, a Los Gondra, su obra anterior. Escritas con igual talento dramatúrgico, Los otros Gondra  gana por su proximidad temporal y, por tanto, emocional. Algunos conocimos bien de cerca estos paisajes. Pero gana también al envolver la intención descriptiva con una calidad de escritura que yo no veo –a pesar de tanto premio- en una obra como Patria (otra insoslayable comparación), que describe magistralmente, pero que no le llega a la suela en lo literario. Con el añadido de la autoficción, que todo lo tiñe con la duda del espectador respecto a lo que será verdad literal, reconstrucción verosímil o pura fantasía, y engrosa el espesor de la narración. Es lo que justifica al autor representándose a sí mismo en el escenario.

Mestres ha creado, para una historia más recogida, una pieza más recogida en todos los aspectos: espacial, interpretativo, de intensidades. Conmueve, arrastra, logra un efecto de inmersión y de profunda comprensión de todos los personajes, y eso era lo difícil. Lo sencillo es señalar al malo con el dedo; lo interesante, y lo sanador, entender qué lleva en la cabeza. Me imagino a Cecilia Solaguren y Sonsoles Benedicto en un drama clásico americano y se me ponen los pelos de punta.


Y alguna cosilla que no cabía allí:


0.- Mininota añadida. La música de Iñaki Salvador, muy bien puesta.

1.- Les sugiero que se lean lo que escribí a propósito de Los Gondra. Me ahorran así unas cuantas consideraciones sobre lo del lío vasco en la ficción (si escribo "problema", "conflicto" o cualquier otra cosa, en seguida habrá alguien sacando punta al término para encontrar una postura emboscada, y censurable, detrás). Sólo añadiré algo que me parece que ya les he dicho en otra ocasión. La ausencia de lo vasco -no del asunto de la violencia, sino de lo vasco en bloque- de la cultura española en los últimos decenios ha sido doblemente anormal. Doblemente, porque ya hay una ausencia de todo lo periférico en la cultura española que no es comparable a la de otros estados multiculturales. Por decirlo en caricatura: no es normal que un andaluz no sepa decir "buenos días" en gallego. O que jamás de los jamases (excepto, claro está, cuando se habla del conflicto) se oiga una canción en catalán en la radio hecha desde Madrid. Las causas de esto las conocemos todos. Alto: todos los que hayamos leído más de cinco líneas sobre el Santiago y cierra España que suponen la expulsión de los judíos, la de los moriscos, la obsesión por la limpieza de sangre, el rechazo visceral de cualquier cosa que oliera a reforma, la consiguiente fobia a las lenguas extranjeras... En fin, siglos de construcción de una cultura monolítica que, cuando apenas se abría a respirar, entró otra vez en el túnel de los cuarenta años (de franquismo, quiero decir; estas últimas semanas los "cuarenta años" se han convertido en los de poder socialista en Andalucía). Ésa es la causa histórica por la que las culturas "periféricas" (entiéndanlo en su sentido puramente topográfico) no existen en España. La causa por la que, por ejemplo, vemos en Madrid teatro en ruso con sobretítulos, mientras las compañías catalanas tienen que remontar las funciones en castellano en vez de hacerlas en la lengua original.

Decía más arriba que la ausencia de los vasco era doblemente anormal. A esos añejos motivos históricos se les vino a sumar el terrorismo, que allá por donde pasa deja, entre otros muchos rastros, el del silencio. Hasta entonces había un lugar común de "lo vasco" en España. Acabo de leer "Juerga flamenca" y "Juerga vasca" de Álvaro de Laiglesia, escritas en 1948, cuando su autor debía de ser todavía perdidamente falangista. Ahí tienen a Jardiel escribiendo en La tournée de Dios, en el 32, que los amigos de Perico Espasa se reunían a hablar de decoración y marineros vascos (cito todo de memoria, vaya usted a saber si patino). Y todo el que esté al menos en los cincuenta pudo oler, al menos en su infancia, todo el poso que aún quedaba de los veraneos en San Sebastián, de los estereotipos del "industrial vasco", el "aldeano", el "pelotari" (hasta en las pelis de Sara Montiel)... Los estereotipos, y su presencia cultural, atravesaron indemnes incluso el primer franquismo, enemigo furibundo del nacionalismo vasco, pero admirador poco secreto de las virtudes asociadas tradicionalmente a los vascos: nobleza, industriosidad, religiosidad, pureza de costumbres, amor a la tierra... Llegaron las pistolas, y todo esto quedó como borrado de la faz de la tierra. El penúltimo vestigio debió de ser Txomin del Regato, un trasunto vasco del gallego Xan das Bolas. Las excursiones en este terreno sembrado de minas provinieron durante decenios de francotiradores (Eloy de la Iglesia, Imanol Uribe...) dispuestos a afrontar los venablos de tirios y troyanos. En esa órbita seria de la reflexión en torno al "conflicto" (perdón) alguien estará pensando en Soinujolearen semea (El hijo del acordeonista) que Bernardo Atxaga publicó en 2003. No me atrevo a decirlo muy alto, porque la leí hace mucho y -cosas de la vida- en italiano, detalle que quizá contribuyó a hacérmela más lejana. Pero me pareció café aguado y yo diría que no ha dejado nada. Medem estrenó el mismo año La pelota vasca, que sí que fue un aldabonazo, pero aquí estamos hablando de ficción.

Llevaba yo años profetizando (es algo que me encanta, y cada vez me sale mejor) que la desaparición de esas pistolas propiciaría que los estereotipos (que se quedan enterrados en las mentalidades colectivas como esos peces que pueden pasar años aletargados en el barro húmedo) salieran otra vez a flote. "Cese definitivo de la actividad armada" de ETA: 2011. Ocho apellidos vascos: 2014. "Tampoco había que ser muy listo para predecir eso". Vale, a posteriori, todo parece cantado. Antes de eso, y hablando siempre de la industria del entertainment, hubo un precursor que -como el Bautista- comenzó a clamar en el desierto de la ficción asociada a lo vasco: Vaya semanita, un programa de humor de ETB que, en prodigiosa carambola, hacía reír a españolistas y nacionalistas, a demócratas y proviolentos, y que se terminaba por ver -en fragmentos- en toda España. Era el profético anuncio de Burundanga, que no abundaba especialmente en esto del estereotipo, pero con la que Galcerán tuvo el olfato de percibir que ya había llegado, creo que en 2011, el momento de reírse de ETA. Tuvo arrestos, si llega a adelantarse en un cuarto de hora al instante adecuado, lo hubieran crucificado por hacer humor con las cosas de matar.

2.- Leo mil cosas y luego no sé de dónde saco cada información. No sé si es el mismo Ortiz de Gondra el que ha dicho por ahí que el tan controvertido "relato" sobre lo ocurrido en Euskadi no dependerá de los historiadores, sino de la ficcion. Qué gran verdad. Basta fijarse en el nombrecito de marras: relato. Yo diría que la primera piedra de la construcción del pasado a base de ficción la puso la ya mencionada Burundanga. Y vuelvo a las profecías: se nos avecina un aluvión creativo en todos los ámbitos. Vamos a tener novelas, obras de teatro, películas, series de televisión, piezas de danza... y todo lo que les ocurra, en un movimiento cultural dirigido a metabolizar lo ocurrido. Creen los políticos que ese recuerdo colectivo se construirá a base de lo que a los niños les contemos en los colegios, y tengo mis serias dudas. Recuerden su propia infancia, recuerden lo que les contaron allí (si es que lo recuerdan) y compárenlo con su visión del mundo. En cualquier caso, quien tenga intención de influir en esa construcción colectiva hará bien en conjugar más el verbo explicar que el verbo condenar. Condenar es fácil, todos somos capaces. Explicar es lo complicado. Pero, además, los receptores terminarán por desechar lo panfletario y consagrar aquello que explica y alcanza altura artística. No me hagan amontonar ejemplos, esto vale para los conflictos con los persas en el teatro griego, para el 48 en La educación sentimental y para el 36 en Incerta glòria.  Y si no han leído mi crítica de Los Gondra, háganlo ahora, por favor, y me ahorran contar por enésima vez que quienes confunden la necesidad de explicar con la tentación de justificar jamás distinguirán una churra de una merina.

3.- Desde un punto de vista histórico-cultural, ése es el mayor mérito del díptico de Ortiz de Gondra. Usted y yo podremos opinar lo que sea sobre el carlismo, el liberalismo, el franquismo, el nacionalismo vasco, el terrorismo de ETA en cada de sus fases o la democracia del 77, lo que hace Gondra es explicar. Ya nos supone mayorcitos para extraer nuestras propias conclusiones.

4.- Desde un punto de vista de construcción dramatúrgica, lo más sorprendente de ambas piezas (y, sobre todo, de esta última) es el aprovechamiento de los mecanismos de autoficción. Conceptualmente no hay la menor pega: en todos los órdenes de la vida, ha ocurrido lo que recordamos que ha ocurrido. Pongan ustedes a la familia a discutir qué pasó aquel día en la playa y ya verán qué desparrame de recuerdos contradictorios. Le reconstrucción de un suceso, a veces anodino, desde distintas ópticas ha sido un procedimiento muy utilizado, y universalmente admirado, desde aquella obsesión por la posmodernidad que nos atacó en los ochenta. Baste citar Soldados de Salamina de Cercas. Aquí no se trata de comparar lo que éste o aquél recuerdan (no de un suceso anodino, sino de decenios y generaciones de enfrentamientos) ni de enfrentar distintos géneros para contar lo mismo (como hace Cercas). Es un diálogo entre lo que el propio autor sabe que pasó, lo que cree que pasó y lo que imagina que pudo haber pasado. O entre lo que DICE saber, DICE creer y DICE imaginar, claro, ahí está la gracia. Como ven, la vieja conversación entre la verdad y lo verosímil, siempre en el centro del teatro y de cualquier forma de narración. Estas operaciones corren siempre el riesgo de resultar frías, de producir objetos de estructura admirable pero demasiado evidente, de no despertar la emoción. Pero Ortiz de Gondra ha tenido la habilidad de verter la emoción en un contenedor que, aunque complejo y autorreferencial, no se la come. Como decía en la crítica en papel, esto es lo que justifica que -no siendo un actor profesional- esté presente en el escenario.

* * *
Le queda ahora lo más difícil, que es salir de ésta. Siempre es complicado para un creador dar un paso más allá de aquello que le ha salido bien. Tanto más en este caso, con dos piezas con igual tema, procedimiento constructivo, director e intérpretes (en parte) saldadas con éxito y que han ocupado varios años de su actividad. A ver qué se le ocurre para la próxima.

Vi ayer Matrioska, que tiene su gracia, en Nave 73, y me voy ahora al Teatro del Barrio a por Marikones de mierda. Ya les contaré.
P.J.L. Domínguez

P.S. Justo antes de publicar esto, enciendo la radio (¿se dice aún "encender"?). Ya se sabe, los domingos, fútbol. Y entre conexión y conexión, en el momento de los chistes, sale un tipo exagerando el acento vasco y contando cosas como que Ainara cogió el coche en brazos y lo escondió en el baño de señoras. Txomin del Regato, de regreso. Lo que yo les decía. Lo que son las casualidades
          

domingo, 4 de noviembre de 2018

LOS CUERPOS PERDIDOS

Sala: Teatro Español Autor: José Manuel Mora Directora: Carlota Ferrer Intérpretes: Carlos Beluga, Julia de Castro, Conchi Espejo, Verónica Forqué, David Picazo, Paula Ruiz, Cristóbal Suárez, Jorge Suquet, José Luis Torrijo y Guillermo Weickert Duración: 2.00' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Les juro por la Ley de Procedimiento Administrativo que estuve media hora larga creyendo de buena fe que aquel batiburrillo iba a terminar por dibujar una dirección definida, que el conjunto de elementos heterogéneos terminaría por encajar en un rompecabezas de admirable armonía final, que el barco a la merced de cualquier brisa se revelaría capaz de llegar a puerto. Mi convicción se debía a que el piloto al timón era Carlota Ferrer, a la que le vi nada menos que Blackbird. 

Pues bien, nada de nada. El revoltijo inicial se queda en eso: en una cosa desflecada, un invento al que no se le ven ni las intenciones. Porque, a menudo, hasta en los mayores desastres ve uno a dónde se quería llegar. En este caso, no tengo la menor idea. Algo leo por ahí (los textos en prensa que suelen fusilarse de los que la compañía o el teatro envían) sobre el análisis de cómo alguien puede integrarse en el horror (el tenue hilo conductor de la pieza es la llegada de un profesor universitario español a Ciudad Juárez, en cuyo sistema de muerte encaja de inmediato). El término "inmediato" puede darles idea de la profundidad del análisis. El tipo se baja del avión y le da encantado una paliza al chófer del coche del baranda universitario que lo lleva a comer, en cuanto éste le propone el plan. Esto es todo lo que se nos cuenta sobre el proceso interior que conduce a alguien desde una vida normal a moler a alguien a golpes en el desierto mexicano o, después, a convertirse en proveedor de vírgenes para el martirio.

El textito, ni bien ni mal. Digo "textito", porque se podría pensar que las dos horas de duración pueden dar idea de su extensión, pero no es así. No consigo entender por qué, pero los tiempos están estirados hasta el bostezo a base de silencios incomprensibles y de números musicales más incomprensibles aún. Digamos de paso que lo mejor de la función son esos números, pero que más valía dar un concierto que ponerlos allí donde no venían a cuento. Sin hablar de las igualmente incomprensibles, banales y ramplonas coreografías que no sé quién firma, porque el programa solo menciona una "asesora de danza". Pero volvamos al hilo: a ojo de buen cubero, yo diría que el texto interpretado de manera convencional no llegaría ni a la hora de función. Todo lo demás es un relleno aleatorio. Igual daba poner esta canción aquí que aquel bailecito allá, que las pantomimas acullá (hay una especialmente lentorra y gratuita, que recuerde ahora: la de los animales comiéndose el cadáver). Boromello, que ha diseñado algunas de las mejores escenografías vistas en Madrid en los últimos años, está completamente ausente. La caja escénica se cierra por sus tres lados por una elegante drapería y una cuadrícula de focos cuelga desde arriba. Sumen un par de elementos móviles (el altar de la Forqué y el -perdonen el abuso del término- incomprensible cactus).

Como ven, todo espantoso, pero hay algo peor: el vestuario. Pretencioso, feo, inútil. Son importantes los tres adjetivos, porque, por ejemplo, un vestuario puede ser feo, pero absolutamente necesario en su fealdad para construir la dramaturgia y/o los personajes. Éste lo único que hace es despistar. ¿Recuerdan lo de los elementos heterogéneos que decía al principio? El vestuario y el ridículo monólogo inicial (micrófono incluido) se llevan la palma. ¿Por qué? ¿Para qué? se pregunta el espectador. A feo e inútil le he sumado pretencioso, porque es evidente la intención de "epatar" (el verbo se usaba mucho hace años), de que cada pieza llame la atención, que uno se fije bien en cada una. Con el único resultado de despistar y confundir. El vestuario, como todo, debe remar a favor del espectáculo, no hacia donde le apetezca. Es como eso que dicen de los futbolistas que trabajan para el equipo o solo quieren meter goles. Este vestuario mete varios, pero en propia puerta.

Estaba por terminar, pero me quedan dos cositas. La primera, que hay que tener mucho arrojo para atreverse con este asunto después del 2666 Bolaño-Rigola, que duraba cinco horas largas de las que no sobraba ni un minuto. Ya sé que las comparaciones son odiosas, pero, como les digo siempre, por muy lamentable que sea, sólo conocemos por comparación, y cualquiera que se atreva con Ciudad Juárez en un escenario sabe que tendrá que lidiar con ésa. Aquello era sobrecogedor. Aquí no hay un solo momento en que el dolor traspase el proscenio. Si les apetece, mi crítica de entonces está reproducida en la de El públicoLa segunda: yo estoy muy lejos de ser un especialista en México, pero no hace falta ni haber estado para percibir que lo que aquí se construye viene a ser el equivalente de una España de paella, sangría y toreros. Una ristra de lugares comunes.

En resumen: dos horas soporíferas.
P.J.L. Domínguez
          

martes, 30 de octubre de 2018

MUNDO OBRERO

Sala: Teatro Español Autor y director: Alberto San Juan Intérpretes: Alberto San Juan, Luis Bermejo, Marta Calvó y Pilar Gómez  Duración: 1.30' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)



Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


LA IDEOLOGÍA Y EL TEATRO

Todo tiene debajo una ideología que lo sustenta: de los títeres de cachiporra a la gran ópera. Mucho más peligrosa la subliminal, por cierto. Pero cuando alcanza la categoría de evidente, nos resulta difícil separar la tesis de su plasmación escénica. Vemos, así, aplaudir a rabiar montajes con muy loables principios y horrorosos resultados. Hay muchos, y dedicados a todas las causas.


    Algo así me esperaba yo de Mundo obrero, la verdad.  Claro que hay ideología. Mucha. Pero nadie ha dicho que su sobrecarga deba anular por fuerza el peso de la experiencia teatral. Que se lo digan a Calderón. Mundo obrero está, para empezar, hábilmente escrita: es una colección de flashes sobre el movimiento obrero (y su represión) en España desde comienzos del siglo XX. Alguien comenta que sin matices. Por supuesto, es una sátira con un pie en la farsa, qué matiz va a necesitar. La música de Auserón -que desgrana el estilo de moda en cada momento, del pasodoble al pop y sumando- aporta una ligereza que se agradece. Y, sobre todo, las interpretaciones acaban perfilando una pieza bien equilibrada entre lo uno (la ideología) y lo otro (el teatro). Los cuatro funcionan a una. Calvó me hipnotiza siempre, Pilar Gómez tiene arranques soberbios y Bermejo… Bermejo no es de este mundo.


Les dejo, de propina, los enlaces a las apariciones en el blog de Luis Bermejo (Los mariachis, El minuto del payaso, Jugadores, Maridos y mujeres), Marta Calvó (La pechuga de la sardina, Marca España, Encierros) y Pilar Gómez (Cuando deje de llover, Emilia). Por cierto: Pilar Gómez salvó lo poco que se podía salvar de la función de Un roble que me tocó ver.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 8 de junio de 2018

CRONOLOGÍA DE LAS BESTIAS

Sala: Teatro Español Autor y director: Lautaro Perotti Intérpretes: Carmen Machi, Pilar Castro, Santi Marín, Patrick Criado y Jorge Kent Duración: (a saber dónde está el apunte)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Marín, Castro y Criado. La foto es de Antonio Castro para madridiario.com
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

DIFÍCIL EQUILIBRIO

El crítico termina deformado bajo el peso de su profesión. Su mirada se inclina -quizá demasiado- hacia las técnicas de la construcción dramatúrgica, en vez de quedarse en el puro resultado final. Dice Perotti en el programa de mano que Cronología de las bestias trata sobre la mentira, y a mí me parece –la deformación- que trata sobre la posibilidad de contar una historia velando y desvelando, como convenga, este o aquel detalle. Es un procedimiento que la habilidad de quien lo use hace rentar más o menos, pero aquí presentaba una dificultad añadida: según tengamos o no el dato fundamental (que no voy a revelar), lo que sale es un melodrama de tomo y lomo o un relato negro a base de relaciones prohibidas y economía mafiosa.

     ¿Suena difícil? Lo es. Lo asombroso es que Perotti ha conseguido que esa oscilación se mantenga en equilibrio, apoyándose en una exquisita dirección de actores. A Pilar Castro debería caerle un premio por esto: una mujer en el borde de la discapacidad, asustadiza, voluntariosa, que estorba siempre. Carmen Machi mantiene al espectador más de media función dudando de si es la buena o la mala; si la amargó la vida o se la amargó ella sola. ¿Da miedo o pena? Santi Marín, entre ambas, es el tercer sólido apoyo del invento. Bien Criado y Kent. Pocas veces aconsejaría esto: ver la función como un experimento narrativo puede ser muy interesante.

Mis lectores habituales se estarán preguntando por qué las entradas se van refiriendo, progresivamente, a títulos cada vez más antiguos. La respuesta es simple: voy hacia atrás, en una carrera inversa -e imposible- contra el tiempo perdido. Proust en versión neurótica y remendada. A estas alturas, lo único que les voy a añadir es un enlace a Invencible, donde me explayaba un poco sobre Pilar castro. Esta mujer es de lo mejorcito. 

Lo último. Algunos de ustedes se habrán dado cuenta hace tiempo que soy de entendederas lentas (que no es exactamente lo mismo que lento de entendederas, el lenguaje tiene estas sutilezas). Acabo de ver el término CRONOLOGÍA en el título. Vamos, que todo esto que yo creía pejigueras de crítico (esto del "velar y desvelar", esto de la relevancia de los flashbacks en la construcción dramatúrgica) estaba -más o menos claro o consciente- en el cerebro de Perotti. Pues ya me ha costado verlo.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 7 de junio de 2018

OLVIDÉMONOS DE SER TURISTAS

Sala: Teatro Español Autores: Josep Maria Miró Directora: Gabriela Izcovich Intérpretes: Eugenia Alonso, Lina Lambert, Esteban Meloni y Pablo Viña Duración: (no la apunté, y mi memoria flaquea)
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Pablo Viña y Eugenia Alonso
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

EL FINO PINCEL DE MIRÓ

Después de treinta años de convivencia, ¿es más fácil el odio o el amor? El odio es simple, basta dejarse resbalar por la pendiente. El amor es la más rentable de las inversiones a largo plazo, pero nadie le quita el esfuerzo de subir cada día el tramo de cuesta que toca. Esta pareja que ha dibujado Miró con pincel digno de la caligrafía china tuvo que escalar una montaña rocosa y abrupta con las manos desnudas, y las laceraciones son evidentes. El dibujo pasa por unos diálogos que parecen transcripciones de conversaciones grabadas: puro hiperrealismo, del mejor.

    El estilo de la puesta en escena de Olvidémonos de ser turistas es el característico del teatro de texto de siempre pasado por sala alternativa (viene de la Beckett de Barcelona): inmersión a pulmón. Los intérpretes, un mueble, breves proyecciones y ráfagas de música. Ni puñetera falta que hacían más añadidos. Gabriela Izcovich lleva el asunto con rigor y austeridad, perfilando la historia casi a golpe de machete, sin ninguna piedad en las transiciones. Conoce la capacidad de absorción del espectador frente a una ficción bien construida, confía en ella y hace bien. Lambert y Viña se pelean a brazo partido contra dos personajes endemoniados a los que vencen por rotundo K.O. Alonso y Meloni tienen el bombón de varios personajes de trazo breve, pero considerable vuelo, y se lucen en el despliegue de semejante abanico.

Fiándome exclusivamente de mi memoria, yo diría que, a diferencia de Barcelona, vemos poco o poquísimo de Miró en Madrid. Lo último de cierto relieve debió de ser El principio de Arquímedes

[La realidad es siempre una maraña de líneas entrecruzadas: Esteban Meloni, presente en Olvidémonos de ser turistas, hizo Arquímedes en Argentina y Rubén de Eguía (que fue su protagonista aquí) acaba de terminar en el Galileo la reposición de Beatrice, título elegido por Venezia Teatro para L'osteria della posta de Goldoni. No he escrito sobre eso, pero algo les caerá] 

Vi hace un par de semanas lo último de Miró en el Teatre Nacional de Catalunya: Temps salvatge. Gran formato y gran elenco para otro texto... iba a decir "casi naturalista", pero lo voy a dejar en naturalista a secas. El teatro tiene siempre un componente de antinaturalismo intrínseco, pero ese mismo texto puesto en celuloide (¿se usa todavía?) daría un calco exacto de la realidad. Las habilidades de Miró son varias y se complementan. En primer lugar, esta capacidad de escribir diálogos que parecen grabados en contexto real. La discusión de pareja en el hotel es prodigiosa: sobreentendidos, reproches, indignaciones, saltos sin lógica aparente, basados en ese gran festival del subtexto que es siempre una conversación entre dos personas que llevan decenios de convivencia. Sin rastro de esa insufrible convención, inexplicablemente frecuente, de obligar a los personajes a intercambiar información con el único fin de que la oiga el espectador.

En segundo lugar, sabe dialogar con neutralidad de género (de género teatral, quiero decir), en la medida en que eso sea posible. Me explico. La vida no tiene etiqueta de género, en la misma conversación con tu madre saltas del suicidio de la vecina a la mayonesa que se le ha cortado, y de ahí a troncharte con las sempiternas manías del tío Manolo. Pero pónganse a escribir, y ya verán qué juerga para conseguir que les salga algo que no sea ni claramente dramático ni claramente cómico ni claramente... algo. Miró limita este sesgo de género a las escenas en las que, en el tono de la función, es prácticamente imposible evitarlo. Si estamos hablando de un muerto podemos saltar a la farsa, claro está, el teatro y el cine españoles son maestros en eso, pero en el tono de la función en la explicación final entre la madre y la caritativa señora que acogió a su hijo sólo cabe el drama. Cuando eso no es así, las conversaciones pueden rozar lo cómico, bordear el costumbrismo o sugerir aromas de melodrama, pero nunca se sumergen en este o aquel charco. 

Viene después la habilidad del despiece, que comparten el dramaturgo y el carnicero. No se puede poner en escena el tiempo real, eso sólo lo hacen (o lo hacían, no tengo ni idea) las cámaras 24 horas de Gran Hermano (y me aseguran que tenían audiencia). Perdón, ya estoy generalizando: poder, se puede, pero les ahorro ahora la lección de las tres unidades clásicas, que ya se la saben. Y se sigue haciendo: se acaba de ir Muñeca de porcelana, tiempo real sin elipsis. Pero la opción mayoritaria de nuestros tiempos es la otra, la de recoger esta escena, aquella conversación, saltando de tiempo y lugar (eso que los sesudos investigadores dicen que se universalizó, o casi, en el teatro a partir del cine). Miró es muy hábil también en esto. Pincelada por aquí, pincelada por allá. Y sin que usted se dé cuenta ya le he explicado el personaje y le he narrado la peripecia en su meollo. Ésta es más simple -aunque tiene su sorpresa escondida-, en Temps salvatge se las arregla con la misma soltura para dar cuenta de numerosas, complejas y entrelazadas tramas. Algo tendrán que ver con esta habilidad sus tareas de guionista en series de televisión, el género de las subtramas enlazadas por excelencia.

Cuarta destreza: la capacidad de dejar traslucir "aquí está pasando algo gordo". Nadie lo dice, nadie lo insinúa, pero flota en el ambiente. La magia no existe (siento tener que ser yo quien se lo revele) y, por tanto, el materialismo nos enseña que eso que flota tiene que estar en el texto (y en la interpretación). A base de medias explicaciones, preguntas sin respuesta, reticencias, silencios... a base, fundamentalmente, de lo que no se dice y de cómo no se dice (toma frase). El ejemplo de los ejemplos es Otra vuelta de tuerca, repasen la versión cinematográfica antigua. Hay que saber hacerlo, porque si no termina uno en Los habitantes de la casa deshabitada, que es un obrón, pero de otro género. O en La valentía, ahora que caigo, que sobre el papel es de género sanzoliano (le copio el término a Raquel Vidales, que ha publicado hoy una crítica tan parecida a la mía que lo mismo me hago fan) y que en la puesta en escena se ha olvidado de elegir género. Si han visto Olvidémonos de ser turistas y les ha gustado ese rasgo de huyhuyhuyquépasaaquí, háganse un viajecito a Barcelona para ver Temps salvatge, donde el procedimiento se eleva al cubo. 
* * *
Creo que todo el mundo ha puesto por las nubes a Eugenia Alonso, así que poco más tengo que añadir. No sé si ha trabajado mucho por aquí, no recuerdo haberla visto. Pero es, junto a Meloni, la demostración viva de ese realismo que tan extremadamente real nos parece en los intérpretes argentinos. El conductor de autobús de Meloni es para quedarse embobado. Y el contraste que Alonso se marca entre la mujer que sube a la habitación del protagonista y la de la escena final, para caerse de espaldas.

Casi nunca funciona poner a españoles y argentinos juntos, si cada uno se mueve en su proverbial registro (digamos) nacional. Pero Izcovich, que creo que es argentina, ha sabido ver que la situación de la pareja central era vitalmente tan distinta de la de todos los demás personajes con los que se van rozando, que esta diferencia de estilo interpretativo no se percibe como tal, sino como mero reflejo de esa diferencia de fondo. ¿Se me entiende? Sean indulgentes, es muy difícil hablar de estas cosas sin ser Javier Cercas (es que estoy releyendo Anatomía de un instante).

Si a la función le queda gira y les cae cerca (que ya sé que me leen también fuera de Madrid), no se la pierdan. (Me acaba de señalar el Teatro Español que está hasta el domingo, aún pueden verla en Madrid).
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 27 de octubre de 2017

EVA PERÓN / EL HOMOSEXUAL O LA IMPOSIBILIDAD DE EXPRESARSE

Sala: Teatro Español Autor: Copi Director: Marcial Di Fonzo Bo Intérpretes: Carlos Defeo, Rodolfo de Souza,  Hernán Franco, Gustavo Liza, Juan Gil Navarro, Rosario Varela y Benjamín Vicuña Duración: 2.20' (El homosexual o la imposibilidad de expresarse 50' + entreacto 20' + Eva Perón 1.10')
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Benjamín Vicuña, Juan Gil Navarro y Carlos Defeo (grandioso).
Me voy a saltar la gigantesca lista de espera -con no sé cuántas cosas de las que no les he contado nada- para advertirles in extremis:

SAQUEN ENTRADAS YA

porque les queda sólo la función de mañana para poder verla.

La escasísima presencia de Copi en nuestros teatros es una anomalía. Hace pocos meses pasó El frigoríco por los Teatros del Canal en un montaje con algunas penas y algunas glorias, pero esto que ha dirigido Marcial di Fonzo Bo -además de una ocasión perfecta para acercarse a la obra del argentino- es una excelente puesta en escena. Si quieren que les diga la verdad, bastante por encima de la también argentina Terrenal. Pequeño misterio ácrata que, tras exhibirse en La Abadía, ha incendiado las redes con llamas dignas de mejor causa. Ya les contaré, no es que esté mal, pero tampoco es la octava maravilla.

A la espera de tener un rato para ampliarles el comentario, repito: mañana (sábado) es la última función. Yo no me la perdería. 
P.J.L. Domínguez