martes, 17 de octubre de 2017

SMOKING ROOM

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autores: Julio Walovitz y Robert Gual Director: Robert Gual Intérpretes: Secun de la Rosa, Edu Soto, Miki Esparbé, Manuel Morón, Pepe Ocio y Manolo Solo Duración: 1.25'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Edu Soto y Manolo Solo

Hay algún compañero bloguero que puntúa, en cada función, diversos apartados. Es una técnica que me ha tentado alguna vez, porque tiene la ventaja de que el lector asimila el resumen de un vistazo. Pero, sin embargo, se topa de bruces con lo inefable. Esta semana he visto dos funciones - la otra es La dama duende- en las que casi todo está bien e, incluso, algunas cosas están muy bien (la interpretación, por ejemplo, en ambas). Y algo les falta, no despegan. ¿Cómo lo llamamos? ¿Chispa? La tentación de llamarlo, lorquianamente, duende es muy fuerte, porque da pie a cambiar el título que acabo de citar por el de La dama sin duende, como perversamente me apuntó JM a la salida. 

Les voy a decir algo que un crítico no debería decir: por muchas vueltas que demos a todo, por muy divertido (o soporífero) que sea glosar, analizar, descuartizar y someter al microscopio un espectáculo, a fin de cuentas, y como decía Unamuno, todo se reduce a justificar racionalmente una opinión que sale de las tripas y que es casi siempre binaria: sí o no. Al máximo, ternaria: sí, no, más o menos. Una opinión de vistazo global que, en la mayoría de los casos, es metafísicamente imposible de justificar. Nos damos aquí de bruces con el callejón sin salida de toda crítica basada en el gusto: el je-ne-sais-quoi, el non-so-che. Todas las ramas críticas posteriores (social, sicológica, económica, formal-estructural, política...) rompieron la baraja y olvidaron el asunto. Y los que andamos chapoteando en la crítica cotidiana (que, como decía un amigo mío, corre siempre el riesgo cierto de acabar en crítica taurina) ponemos un poco de esto y un poco de aquello. Siempre con la obsesión de intentar evitar el no-sé-qué.

Pues bien, no sé qué le falta a Smoking room. Es un buen texto, son óptimos intérpretes, no me atrevería a decir que nada desentone... pero la cosa no alza el vuelo. Me aburrí, y eso es lo único imperdonable en un teatro. Me exprimí las meninges durante toda la función, preguntándome qué ocurría. Y el único atisbo de explicación me lo dio el monólogo de Edu Soto (el de "mi mujer me ha cambiado la cerradura de la puerta"). A pesar de que hay escenas muy logradas -la primera, sin ir más lejos- es el único momento en el que uno se deja llevar y la función invade al espectador. ¿Por qué? Creo que porque es la interpretación más teatral de todas. El resto es casi naturalismo. Muy bien escrito, repleto de esas vacilaciones, repeticiones, solapamientos que constituyen una conversación real. Una puesta en escena de realismo extremo se sostiene con facilidad en el cine; en el teatro, corre el riesgo de aproximarse a las cámaras 24 horas de Gran Hermano.

El realismo (sí, no, cuánto) es la cuestión central del teatro. El hiperrealismo representa -con Gran Hermano 24 horas acechando siempre- una opción extremadamente difícil, necesitada de un pulso de dirección que no puede desbarrar ni un milímetro. Puesto a excavar en el baúl de los recuerdos, se me ocurren dos acertados: el de la Trilogía sobre algunos asuntos de familia o el de Cenizas a las cenizas de Cortizo (también sus Últimas cintas de Krapp, ingesta de plátano incluida). Dos proezas. Es verdad que Smoking room no llega a ese nivel de naturalismo, que se desliza levemente hacia el sainete costumbrista en algunos tramos. Pero me parece (todo esto es sólo una hipótesis) que el exceso de intención realista es el lastre que no deja despegar. Algo de tijera en los diálogos, un poco más de teatralidad y quizá tuviéramos un bombazo, con esos intérpretes.

Sea eso o sea el je-ne-sais-quoi, algo falta. Vayan al Pavón. A ver Barbados.
P.J.L. Domínguez
          

lunes, 16 de octubre de 2017

CONTRA LA DEMOCRACIA

Sala: Teatro Galileo Autor: Esteve Soler (traducción del propio autor) Director: Antonio C. Guijosa Intérpretes: José Vicente Moirón, Meme Tabares, Gabriel Moreno y Marina Recio Duración: 1.30'
La función ya no está en cartel


Vaya bluf. Me voy al Galileo perdiendo el flato y tropezándome con los adoquines como todo fiel seguidor de la novedad, la vanguardia, lo alternativo y -en resumen- el dernier cri debe hacer, a ver POR FIN en castellano la obra de este -así dicen- nieto de Kafka, sobrino de Beckett... y yo qué sé qué más, traducido a todas las lenguas de nombre pronunciable y con estos título que auguran al contestatario, al rebelde, al autor de textos corrosivos que dejarán temblando nuestras más íntimas convicciones: Contra el progreso, Contra el amor y Contra la democracia. Si pasó por allí y aquello le pareció una broma, no se fustigue: en mi función casi todo el mundo salió con la cara larga hasta el suelo. Aunque también había una chica que aseguraba haber ido por tercera vez, el gusto es libre.

Les diré que esto le parece la octava maravilla a, por ejemplo, alguien con tanto talento como Carlos Be. Y a otros miles, pero me resulta incomprensible. Los textos son banales-banales-banales. Si la cosa va de especulación, la idea de los malvados para despistar a la opinión pública es recurrir al fútbol. Una denuncia de absoluta novedad, ya me lo decía mi padre antes de que muriera Franco. Así, todo. En cuanto a la capacidad revulsiva de los textos, me troncho. Estas caricaturas de especulador, por ejemplo, podían resultar iluminadoras en las vanguardias del siglo XX (cuando los ricos gordos con puro y chistera), estas fábulas con insecto podían golpear cuando llegaron... pero me parece de aplicación aquello de que el primero que comparó a la mujer con una flor fue un poeta y el segundo un imbécil (dado que los tiempos van como van, me apresuro a subrayar que esto es una cita de Voltaire y que no pretendo llamar imbécil a nadie; si la frase fuera mía diría "la primera comparación era poesía y la segunda una tontería", que es muy distinto). ¿Dick Cheney y Leopoldo II abusando de una camarera en un bar? ¿De verdad que esto les parece rompedor? Pues lean el texto y a ver dónde ven la gracia o si encuentran algo que no se les hubiera ocurrido también a ustedes (que no tienen por qué ser dramaturgos). La escena que mayor interés pareció suscitar en mis compañeros de función fue la de la musulmana, que se desarrolla en árabe, y que -aparte de cargarse la unidad estilística de la obra, porque viene de otra galaxia- es melodrama del facilón (y menos mal que la intérprete, Meme Tabares, es estupenda). Las otras seis, puestas una detrás de otra, pase: una cosilla aburrida y mal resuelta. Con ésta, un colosal despropósito.

De las siete escenas... Ah, no, esperen. Aquí quiero detenerme. Como les he dicho muchas veces, el verdadero reto de un texto no lineal (no convencional o como quieran llamarlo, lo he llamado en algún sitio teatro de lo imprevisible) es la duración. De ahí el espectacular logro de Esperando a Godot, que mantiene la atención en vilo (si se monta bien, claro) sin avance lineal del relato. Ahí tienen la fantástica Cenizas a las cenizas, en la que incluso un cerebro privilegiado como el de Pinter se detiene a los cincuenta minutos. Estas piececitas duran una media de trece minutos. Así cualquiera, si me permiten la odiosa expresión. Los trece minutos permiten plantear una situación sin necesidad de rematarla. Y no me refiero al remate de "se casaron y comieron perdices" o "el asesino era el mayordomo", sino a un remate formal (o a-formal, o ni esto ni lo otro sino todo lo contrario) satisfactorio. Volvamos al hilo.

De las siete escenas que componen la obra hay una que tiene algo más de chicha, que no cae en lugares comunes y que no avanza a base de diálogos más o menos descontados desde el planteamiento inicial: la del desaparecido número... ¿seis? Ahora no recuerdo si era el seis o el siete, pero poco importa. Entre el costumbrismo de escalera de vecinos y el absurdo, tiene su gracia. Sería muy interesante ver esto extendido hasta la horita de duración. Ahí está lo difícil.

Como en estos casos en los que mi percepción choca contra el aplauso universal, me he ido a ver la opinión de otros. Vallejo aplaude. García Gazón se reserva. ¿Saben lo que creo yo? Que esto es el Paulo Coelho de las vanguardias. Lo alternativo y lo contestatario explicado a los niños en cómodas píldoras. Les aseguro que el día que pasen por Madrid Contra el progreso y Contra el amor volveré a ir deseando encontrar algo que justifique la carrera.

Dicho todo esto, Carlos C. Guijosa ha hecho maravillas con la puesta en escena. No creo que se pudiera hacer mejor, incluida la música de Charada, que yo hubiera utilizado en exclusiva. Pero no hay quien levante el texto, el aburrimiento no es mortal única y exclusivamente porque son siete historias distintas, y eso da un poco de aire.
P.J.L. Domínguez
          

SOUVENIR

Sala: Teatros Luchana Autor: Pablo Díaz Morilla Director: Fran Perea Intérpretes: Steven Lance, Ángel Velasco y Esther Lara Duración: 1.00'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Pocas veces me he aburrido tanto en sesenta minutos. Sólo añadiré, en descargo de la compañía, que este texto no se levanta ni con gato hidráulico.
P.J.L. Domínguez
          

domingo, 15 de octubre de 2017

LOS UNIVERSOS PARALELOS

Sala: Teatro Español Autor: David Lindsay-Abare (versión de David Serrano) Director: David Serrano Intérpretes: Malena Alterio, Daniel Grao, Carmen Balagué, Belén Cuesta e Itzan Escamilla Duración: 1.50
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Cuesta, Balagué, Alterio y Grao, intentando recomponer los pedazos después de la catástrofe.
Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


REGENERACIÓN

David Serrano se ha especializado en la importación de piezas norteamericanas, y ha demostrado tener ojo clínico. Puede parecer fácil esto de seleccionar, pero la cantidad de ladrillos que vemos traducidos demuestra que no lo es. Tras Buena gente, repite ahora con Lindsay-Abare, y acierta otra vez. Como en aquel, en este texto hay poco del meollo de la cuestión, menos aún que en el de Buena gente. La vida cotidiana fluye escena tras escena, la procesión va –casi exclusivamente- por dentro y deja así un amplísimo margen de confianza a los intérpretes, que deben hacer comprender qué está ocurriendo detrás de sus reacciones. Como en aquel, es imprescindible una protagonista femenina a la altura de la exigencia.

    Malena Alterio ha afrontado el retrato de esta madre que ha perdido un hijo (y no hay que asustarse, la función es todo menos lacrimógena) como una formidable composición de equilibrio entre la devastación del dolor y la fuerza regeneradora de los afectos, a los demás y a sí misma: una especie de análisis de la economía de los sentimientos. Estuve en el estreno, cosa que suelo evitar cuidadosamente, y me pareció que falta algún ajuste de tiempos: la escena entre ella y el jovencito, por ejemplo, se dilata en exceso. Supongo que el rodaje limará algunos minutos de aquí y de allá para dejar una gran función.


Y lo que no cabía allí:

Me ha costado más que nunca volver a la rutina después del verano. Una semana colgada de vacaciones en septiembre, y todos los intentos de volver a marcar el paso saltaron por los aires. A ver si esta vez es la buena. Ya tengo vistas un porrón de funciones, retrasadas ahí, en el maldito almacén de las cosas pendientes que a todos nos amarga la vida.

David Serrano tiene ahora mismo en cartel -me di cuenta hace poco, voy siempre muy por detrás de la realidad- Los universos paralelos, Cartas de amor y el musical sobre Billy Elliot. Estoy deseando ver este último, porque es una buena prueba de la versatilidad de cualquiera dirigir texto-texto (como creo que ha hecho hasta hora) y pegar un salto de género de este calibre. (Nota posterior: ya vi Billy Elliot, la crítica sale el viernes)

Les dejo primero los enlaces a funciones anteriores de Serrano: La venus de las pieles, Lluvia constante, Buena gente. Es evidente no sólo la vista para elegirlos, sino también que le gustan las historias con... no quiero decir moraleja, que queda simplón, digamos conclusión moral. Las cuatro plantean conflictos morales que atacan directamente a los principios básicos y de las cuatro sale uno preguntándose qué hubiera hecho en la mismas. La Venus roza incluso el territorio de la fábula moral.

Que repita con Lindsay-Abare es comprensible, porque Serrano es, sobre todo, director de actores, y -como decía en la crítica en papel- estos textos lo libran todo a la capacidad de interpretación de lo que no se dice. Cuando esta familia (la pareja que ha perdido a su hijo; la madre y la hermana de ella) habla de los regalos de cumpleaños o de la bronca en el supermercado, no están hablando de eso, están hablado de la ausencia, del dolor y, sobre todo, están haciendo esfuerzos enormes por salvar lo que queda, por seguir queriéndose a base de evitar todas las trampas de las responsabilidades posibles -"si yo no hubiera...", "si tú no hubieras..."- y de los resquemores que, a falta de diana, pueden estrellarse contra quien esté más cerca. La madre es una mujer rota por el dolor, pero no es sólo eso: es una mujer rota por el dolor que quiere seguir adelante y que va a esforzarse por seguir. Ahí tienen a la madre cuyos dos hijos asesinó su marido hace unos meses, asistiendo hace unas semanas a la sesión del Congreso que cambió la normativa para extender la protección social a casos como el suyo. Hay que tener cuajo, ¿eh? Como decían los de Aquarius, el ser humano es formidable.

Tampoco la madre que compone la Alterio está dispuesta a que sólo sea el dolor lo que gobierne el resto de su vida. En una escena memorable, pregunta a su madre -que perdió un hijo también- qué le espera, para que le ilumine el camino que va a tener que recorrer.

Sólo cité a la Alterio y sé por experiencia que las omisiones en las críticas suelen interpretarse como censura o con aquel famoso "es que le tiene manía a Fulano". Olvidando que el demonio jefe de la prensa es el espacio disponible. Para citar a Carmen Balagué tienes que dejar de recordar al espectador los antecedentes del director, y así con todo. Grao, que tiene recursos para llenar un escenario, está estupenda y acertadamente discreto, con un perfil estudiado para dejar espacio a la Alterio, lo que creo que se elogia en los futbolistas -no me hagan ni caso si hablo de fútbol, que no tengo ni idea- cuando pasan el balón generosamente para que el gol lo meta el compañero mejor situado. Carmen Balagué (a quien yo pondría a hacer ¿Qué fue de Baby Jane? con Lola Casamayor, pero yo no soy director de escena) está como dibujada para el papel. Ya les decia en la Guía que fui al estreno, algo que es siempre un error (por muchos motivos que ya les contaré otro día) y ella estaba algo despistada, dio la sensación de que se le iba la pinza en un par de momentos, pero no me cabe duda de que su composición final va a ser memorable, y así me lo confirman varios espectadores de representaciones posteriores.

Otra sensación que me confirman varios amigos es que no deben fiarse de la primera impresión que produce el personaje de Belén Cuesta, que en sus frases iniciales parece estereotipada, un poco en caricatura de la hermana locatis. De eso nada, monadas. Va creciendo en cada intervención y se monta un personaje con rango de persona, un tipo de persona que todos hemos conocido alguna vez y de cuya veracidad no queda la menor incertidumbre mediada la función. Escamilla tiene un papel corto que hace como debe. Ya es mucho no desentonar en medio de los otros cuatro. Es un papel maravillosamente escrito, con la reacción esperable -bienintencionada pero lejos de la comprensión cabal de la hondura de lo ocurrido- en alguien de esa edad. 

"Economía de los sentimientos" decía en la Guía, y creo que debí titular así, porque de eso va todo. Los cinco personajes calculan constantemente qué deben y no deben sentir, qué deben y no deben dejar salir al exterior -e incluso dejar entrar en el círculo interior de las cosas de las que somos plenamente conscientes- para salvar lo fundamental, para conseguir salir de la catástrofe con la nervadura central de la personalidad en estado capaz de seguir manteniéndolos en pie. La escena final, en la que la pareja prevé lo que ocurrirá al día siguiente, cuando por fin se encuentren de nuevo con los amigos a los que no ven desde la tragedia, está magistralmente escrita e interpretada.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 14 de octubre de 2017

TARTUFO

Sala: Teatro Infanta Isabel Autor: Molière (versión de Pedro Víllora) Director: José Gómez-Friha Intérpretes: Alejandro Albarracín, Lola Baldrich, Vicente León, Nüll García, Ignacio Jiménez y Esther Isla Duración: he perdido el maldito apunte (¡lo encontré! 1.40')
La función ya no está en cartel




Comienza flojo, errático. Con Vicente León, un actor excelente, desmañado, y una evidente intención de la dirección de que nos partamos la caja, sin resultado. Con el vestuario que ya promete el desastre, y no hemos hecho más que empezar. La cosa se va a arrastrando, pero un Tartufo se salva con un gran protagonista, así que esperamos. Y, por fin, sale el protagonista, vestido con una túnica de terciopelo -o similar- entre el Barón Ashler, un pope ortodoxo y la madrastra de Blancanieves, incluida una cruz pectoral digna de mejor causa. Sería muy sencillo descuartizar a este hombre, pero sería cruel e injusto, porque la culpa es de quien le ha dado este pedazo de papel endemoniado a alguien que no es actor. Y ya está todo dicho. La función cae estrepitosamente a función escolar cada vez que abre la boca o mueve -insistemente- las manos.

Sorprende todo esto en quien firmó -e interpretó en buena parte, se repiten actores- una cosa tan cucamente puesta en estilo como Los desvaríos del veraneo. También es la misma la autora del vestuario, y tampoco se entiende. Porque me había propuesto ahorrarles detalles -como la iluminación o la incompresible tablet en escena- pero esto no me lo callo. Ahí, en la foto de arriba, tienen al pobre Ignacio Jiménez con ese botón de la americana que asciende hacia el gaznate (y me salto lo de la camiseta revelada en un momento álgido) o el incomparable efecto de la falda en la rodilla con los calcetines de Nüll García. Pero la cosa llega a juzgado de guardia con Lola Baldrich, que debió de aceptar  ponerse algunas de las piezas invocando a los númenes de la profesionalidad y que es la única que sale bien parada del naufragio general. Premio Horror Venido de Otra Función Distinta para el atavío ya mencionado de Tartufo y del que les dejo foto.



Estas cosas suelen avanzar hasta algún estrepitoso momento de carcajada, y aquí también sucede. En la escena final, el protagonista sale -con la endeble excusa de que acaba de ducharse en la que ya es su casa- con una toalla en la cintura (¡y micrófono!). Apoteósico. Como me decía alguien que sabe mucho de teatro, hubiera sido más de recibo que saliera en pelota picada, una provocación. Pero esto de la toallita traslada de pronto al resto del elenco, como una panda de extraterrestres que se han equivocado en el salto cuántico, a una performance sexy en plan discoteca gay. Que me parecen muy bien, es también todo un arte, pero para eso ahorrémnos todo el Molière que está de adorno alrededor.
P.J.L. Domínguez
          

jueves, 7 de septiembre de 2017

EN LA LEY

Sala: Cuarta Pared Autor: Sergio Martínez Vila Director: Juan Ollero Intérpretes: Carmen Mayordomo, Ángela Boix, Begoña Caparrós, Carlos Troya y Fabián Augusto Gómez Bohórquez Duración: 1.25
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

REDENCIÓN

Pasé los primeros diez minutos esperando la catástrofe: panorama postapocalíptico -y feísta-, texto espeso, pistas inconexas sobre lo sucedido y tres personajes atenazados por unas normas férreas que supuestamente aseguran su su supervivencia física y emocional. Diez minutos, pero no más: este plantamiento que ha dado lugar a tantos naufragios avanza firme durante hora y media y sin que se oiga respirar al público.

Es una alegoría, aunque como pasa a menudo (yo diría que casi siempre) sea imposible establecer con seguridad la realidad a la que remite. Cada uno leerá lo que le parezca. Yo vi una excelente proyección del recorrido interior que culmina en la redención de las tres mujeres. Una ilustración dramática de lo que tantos espectadores habrán vivido, a tortas consigo mismos o de la mano de un terapeuta. El espanto del mundo exterior que rodea a la minúscula comunidad es sólo metáfora y marco necesario para el drama interior, como en los cuentos de hadas con lobos o dragones.

Ollero y Martínez Vila consiguen un espectáculo que, sin dar facilidades al espectador, sabe guiarlo hasta el núcleo de la propuesta. Los intérpretes aciertan con el registro justo que les permite mantenerse en un sugestivo lugar equidistante entre el realismo sicológico y la fábula oscura. Un trabajo de gran interés.

Y algunas cosillas que no cabían allí:

Ahora que ha pasado más de un mes desde que la vi -sí, me ha costado MUCHO arrancar el blog esta temporada- veo con más claridad el aspecto de cuento de hadas. Ya saben que el fondo de los cuentos populares es a menudo idéntico: te enfrentarás a todo tipo de peligros durante tu vida, pero saldrás victorioso. Lo sabemos desde Bettelheim. Los dragones, las brujas y los ogros como encarnación de lo que nos aterroriza en los demás y en nosotros mismos. Estas historias de horror after bomb o after lo que sea levantan el vuelo, precisamente, cuando dejan de parecerse a las pelis de carreras de coches o tiroteos y ahondan en la reacción interior de los personajes. Y hay dos salidas: o la sociedad tiránica, violenta e inhumana (correlato exterior de una personalidad dominada por el ello) o el compromiso con la libertad y la humanidad (reflejo de una psique con un yo equilibrado).  Hay un ejemplo relativamente reciente que iba, en parte, por el mismo camino: Serena apocalipsis.

Les he aconsejado alguna vez una novela que no es un prodigio de literatura pero que, sin embargo, describe muy bien cómo, ante los mismos estímulos, una persona puede reaccionar encerrándose en el resquemor y destrozando cualquier posibilidad de una relación armónica con el mundo o aprendiendo a ser cada vez más... humana, no me sale otra palabra. La part de l'autre, cuyos protagonistas son Hitler y lo que Hitler hubiera podido ser si hubiera encajado sus fracasos con humildad y espíritu de superación. Hay traducción castellana.

Ya me perdonarán la terminología freudiana de más arriba, pero mientras hordas innumerables de iletrados se ríen de Freud a carcajadas seguimos esperando que alguien refute, no las descabelladas conclusiones de detalle a las que a veces se entregaba, sino el núcleo duro de su explicación de la personalidad que debería estar escrito en letras de platino iridiado en el frontispicio del saber humano. (Me encanta cuando me salen frases decimonónicas, a veces fantaseo con la posibilidad de escribir un libraco con ese estilo de pastiche). Las tres mujeres de la historia tienen, cada una, un nudo atascado en lo más profundo de su ser. El texto añade dos personajes (el hijo de una y un tipo extraño que viene a simbolizar los conflictos internos de las otras dos) puramente auxiliares. El hijo despista, porque es más de carne y hueso que el otro, pero no es menos auxiliar. Las tres, enfrentadas a Furias y Lestrigones, se han refugiado en la rigidez de la norma, algo que conocemos bien todos los que intentamos combatir la ansiedad con la rutina y las reglas (como la protagonista de La lista, vista también en la Cuarta Pared). En la ley es la historia de cómo es posible agarrar por los cuernos el toro de nuestros miedos y vivir de otra manera. No les estoy hablando de Disneylandia, ¿eh?, nadie ha dicho que sea fácil ni que el resultado nos lleve a Oz, pero siempre es posible encontrar un poco más de serenidad. Eso sí, les aconsejo un buen terapeuta que les acompañe.

La puesta en escena está llena de aciertos, pero quiero resaltar uno: contiene el acto sexual mejor resuelto que recuerdo. Es dificilísimo representar el sexo en escena, porque ocurre como en la siete y media de La venganza de Don Mendo: "Y el no llegar da dolor, / pues indica que mal tasas / y eres del otro deudor. / Mas ¡ay de ti si te pasas! / ¡Si te pasas es peor!" Cuando no se llega es ridículo, cuando te pasas todo se trastoca. Aquí, la ubicación, la iluminación, el vestuario, la interpretación... colaboran para que el resultado se integre perfectamente en lo que está ocurriendo.

A la Mayordomo sólo cabe comentarla con vítores. Me gustó mucho Carlos Troya, en un papel ingrato en el que se mantiene muy centrado. También Ángela Boix y Bohórquez, que está en otro planeta interpretativo, entre duende y demonio. Estupendo vesuario de David Orrico.

Nota final: las interpretaciones son libres. Para que relativicen la mía, las cuento la de una espectadora en comentario que pesqué al vuelo a la salida: es una crítica al comunismo. Lo que les decía, interpretar es libre. Aunque si piensan un poco, el parentesco es evidente. El comunismo -o la planificación llevada al límite- como proyección social de la necesidad de control frente al miedo. ¿Les ha gustado la finta?
P.J.L. Domínguez
          

martes, 18 de julio de 2017

BARBADOS, ETCÉTERA

Sala: Teatro Pavón Kamikaze Autor y director: Pablo Remón Intérpretes: Fernanda Orazi y  Emilio Tomé Duración: 55' (creo recordar, pero hace más de un mes que la vi y no tomé nota)
(la función ya no está en cartel)

No encuentro fotos de la función. Ésta es la que más idea da del aspecto escenográfico.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Remón, que llegaba del cine, avanza con cada título en el camino de contruirse una voz muy personal en el teatro. La abducción de Luis Guzmán y 40 años de paz (no sé si Muladar se ha montado) ya mostraban la capacidad de crear mundos coherentes a base de alusiones, una ligereza engañosa, Pinter al fondo. También metáforas inesperadas y arranques líricos sin apariencia de artificio. Barbados etcétera está constituida por tres fragmentos breves cuya coherencia estilística termina por armar una pieza compacta. Su autor ha llegado a un estilo sugerente, de gran potencia expresiva, en el que conviven el humor y el vuelo poético. Ecos de construcción pospinteriana, estructura de (falso) taller de improvisación, las mismas parejas que podría observar Rodrigo García desde otro lugar, con una radical diferencia: hay compasión en la mirada.
También ha avanzado Remón en la dirección y logra aquí un acabado de teatro de cámara que roza la exquisitez. No menor el avance de Emilio Tomé desde que lo vi en La abducción hace dos años. Es ahora antagonista de talla suficiente para no quedar oscurecido por el fulgor ininterrumpido de Fernanda Orazi que, quién sabe cómo, ostenta naturalidad hasta cuando se mueve de forma casi bailada. Lo de esta mujer es prodigioso.


Y alguna cosilla que no cabía allí:

1.- Si se la perdieron, no se preocupen. Está reprogramada para octubre de este año. Cuanto más tiempo pasa, más gana en mi recuerdo, y es conveniente tener a Remón controlado, lleva una trayectoria muy interesante. [También a su hermano Daniel, con el que ganó el Lope de Vega en 2014 por Muladar y que ha ganado en 2017 el Calderón en solitario por El diablo] Tanto el texto como la dirección de Barbados suponen un experimento orientado a lo esencial, una apuesta por prescindir de lo superfluo que le ha salido bien a un autor que ya mostraba un cierto carácter ahorrador en sus dos primeros montajes. Ahí arriba tienen una foto de la escenografía que refleja a las claras esta intención de limitar los recursos puestos en juego al mínimo de los mínimos. Quizá el único elemento que escapa a estas tijeras radicales es el movimiento corporal de Orazi, que durante sus parlamentos mueve los brazos -y creo recordar que también el torso en cierta medida- de manera antinatural, en contraste con el naturalismo con que se larga el texto. El resultado es impecable. El entorno destaca ese efecto como en las joyerías de lujo: se coloca el diamante privilegiado sobre un terciopelo negro y un ambiente de media luz.

Ojo, no vayan a deducir que el ahorro es mejor que el derroche. Esto va en gustos, y ambas cosas se pueden hacer bien o mal. Barbados es un excelente ejemplo de ahorro, como The great tamer es un pésimo ejemplo de derroche. Pero hay contraejemplos para todo. El éxtasis de los insaciables derrochaba a maravilla y Un obús en el corazón aburría con el ahorro. Por poner sólo ejemplos recientes. Quizá la única generalización que puede hacerse en este asunto es que, a mayor abundancia de recursos, más gordo puede ser el batacazo (lo siento, pero no puedo dejar de citar otra vez El último jinete, una cosa tan fastuosa, tan desaforada y tan horrorosa, que la recuerdo como uno de los mejores ratos de teatro de mi vida; ayer aprendí que a esto se le llama ser metafán). Mientras que un planteamiento comedido a lo más que llega -en negativo- es al sopor.

2.- Digo arriba que la pieza está estructurada como un falso taller de improvisación. Las acotaciones que centran cada situación las hacen los mismos interpretes, a la manera de los niños que cuando juegan dicen "yo era el astronauta y llegaba con mi nave espacial para rescatarte del planeta en el que estabas". Van contándose mutuamente dónde están y quiénes son. El tono que han conseguido hace que fluyan indiferentemente estos comentarios al margen de la acción -que son muy numerosos- y el diálogo dramático. El peligro era la ortopedia, una exhibición descarnada de un procedimiento alternativo (ay las palabras, vanguardista ya queda catetil) que alejaría sin remedio del fondo emocional de la cosa. Porque hay mucha emoción en todo esto, mucha empatía con esas dificultades crónicas para amar que nos dejan contracturas en el alma. Decía en la crítica en papel que estas parejas podrían ser exactamente las mismas que aparecen en los textos de Rodrigo García (aún les debo el comentario a Humain trop humain, un desastre), pero donde García es invariablemente despiadado, Remón mira con piedad.


3.- No voy a desvelar a nadie a estas alturas que Fernanda Orazi es una actriz de tomo y lomo. Infrautilizada, como tantos actores y actrices de talento a los que no  más que de ciento en viento. Por la simple razón de que no hay teatro suficiente para tantos. Lo que hace aquí pasa liviano, dando la falsa sensación de facilidad que dan las cosas hechas con virtuosismo. Pero era misión poco menos que imposible. Esta mujer dice todo esta zarzuela de diálogos y acotaciones moviéndose de tal manera que busqué en el programa el crédito del coreógrafo (Que no está, eñ movimiento debe de ser de su cosecha o fruto del trabajo creativo del conjunto de la compañía La Abducción que, al parecer, ha dado como resultado la pieza. Un buen resultado tras un proceso de este tipo es infrecuente). Quiero decir con esto que se mueve tanto que hay momentos en los que prácticamente podríamos llamarlo danza. 

Lo de Orazi no es sorpresa, pero lo de Tomé, sí. Los dos papeles en los que lo había visto (las dos piezas de Remón citadas arriba del todo) eran de personajes peculiares: el primero un disminuido síquico, el segundo un carácter en la frontera de la normalidad (sea eso lo que sea). Los sacaba adelante con acierto, pero uno no termina de juzgar bien a un actor hasta que no lo ve hacer de alguien normal (sea otra vez lo que sea eso). No derrocha un gesto, apenas si tiene una inflexión de voz más marcada que otra, y no le hace ninguna falta. Otro al que habrá que seguir la pista. Que él esté en esta postura de señor de traje gris mientras Orazi se mueve, y que ambas actitudes casen, es mérito tanto de ellos como de Remón.
P.J.L. Domínguez
          

viernes, 14 de julio de 2017

THE GREAT TAMER

Sala: Naves del Matadero Autor: Dimitris Papaioannou Directora:  Pilar Castro Intérpretes: Pavlina Andriopoulou, Costas Chrysafidis, Ektor Liatsos, Ioannis Michos, Evangelia Randou, Kalliopi Simou, Drossos Skotis, Christos Strinopoulos, Yorgos Tsiantoulas y Alex Vangeli​ Duración: 1.45' 
(la función ya no está en cartel)


La foto es de Julian Mommert
El teatro (y la danza, y el circo, y la ópera, y el guiñol...) es un arte del tiempo, como la música. Esta frasecilla puede parece banal o inocente, pero es -nada menos- que la madre del cordero. Sirve para separar el grano de la paja, los justos de los réprobos, las churras y las merinas. Para que me sigan bien, les voy a poner un ejemplo de otra disciplina. La arquitectura es el arte del espacio. Hay que leer a Zevi para imbuirse bien de ese concepto. Todo lo que leemos sobre los estilos arquitectónicos griego, barroco, morisco o lo que quieran de un edificio, son consideraciones sobre su piel. Lo que cuenta realmente en la habilidad de un arquitecto es la organización de los espacios. El resto de habilidades que posea son comunes a la escultura: la disposición de las formas de la materia. Si les interesa este asunto, busquen un libro que se titula Saber ver la arquitectura.

Lo mismo cabe decir de las artes escénicas y el tiempo. No es el único factor, claro está, pero es el fundamental. Las artes escénicas consisten en contar algo de manera que el tiempo esté medido para producir un efecto formal satisfactorio. Ese efecto es muy fácil de detectar cuando está bien: nos parece que el tiempo ha pasado más rápido de lo habitual. El principio vale absolutamente para todo lo que sucede sobre un escenario, sea texto en estado puro, sea acción sin texto. Cuanto menos narrativo sea el invento, más difícil, claro está. Quiten el texto. Nos quedamos en el Cascanueces. Hay historia y son fragmentos cortos. Relativamente fácil. Ahora quiten el texto y quiten también la narración lineal convencional. Tienen varias opciones. Una es una música con una potencia formal tal, que apenas le hacen falta más apoyos para garantizar la organización del tiempo. Es el Bolero de Béjart-Ravel. Béjart no tuvo que aportar nada en absoluto a esa organización que ya tomó hecha. Otra cosa es la belleza visual de su aportación, que no tiene discusión. La otra opción, la verdaderamente difícil, es la de conseguir la construcción formal-temporal a base de elementos plásticos. Es un problema parecidísimo al que afrontó la llamada música contemporánea: organizar el tiempo sin recurrir a la tonalidad y a las formas clásicas convencionales. Ya saben cómo terminó, lleva unos decenios agonizando.

Eso es lo que Papaioannou ha intentado, y eso es lo que no ha sabido hacer. Si alguien tiene algo que contar y no sabe manejar los tiempos, debe escribir una novela. O, si tampoco tiene capacidad para la ficción, un ensayo. Si alguien tiene un talento plástico sobresaliente (concedo que en The great tamer hay talento plástico, aunque tampoco lo calificaría de sobresaliente) pero no sabe manejar los tiempos, debe dedicarse a la escultura (por ejemplo en forma de tableau vivant) o buscarse un colaborador que le asesore dramatúrgicamente. No es ningún desdoro, hay muchos coreógrafos que lo hacen, igual que muchos directores de escena se hacen ayudar por un coreógrafo. 

Asistí sorprendido al espectáculo de medio teatro puesto en pie aplaudiendo. Esta sorpresa se ha visto mitigada porque aquéllos de mis conocidos cuyo criterio respeto me han dicho unánimente que apreciaron la belleza plástica, pero que "no hay relato", "no hay dramaturgia", "sobra media hora", "no hay emoción", "es bonito pero aburrido". Concedamos que es bonito. Si es aburrido, no alcanza el aprobado, como les decía en los párrafos anteriores. Y, si la han visto, les recomiendo un ejercicio sorprendente. Vean las fotos del espectáculo en la página de su autor. El resultado fotografiado es mucho más hermoso que el visto en escena.

Papaioannou trabaja en contra de su propia dramaturgia. Les pongo algún ejemplo. Bonito arranque, con dos personajes que tapan y destapan un cuerpo desnudo (una evidente alusión al Cristo muerto de Mantegna, hay mucha cita de ese tipo). Lo tapan y destapan MUCHAS veces. Tantas, que uno espera la resolución dramatúrgica del conflicto planteado: uno quiere taparlo, otro quiere destaparlo. Nada, no hay resolución. La cosa vuelve mucho después, pero tampoco se remata. Es un tic, nada se resuelve, regresa más tarde igualmente insatisfactorio. Otra. Un bailarín cubierto de escayolas y con muleta. Otro intérprete rompe una de las escayolas. Luego otra. Morosamente, regodeándose en la acción. A la tercera, ya hemos entendido que le va a quitar TODAS las escayolas. Y esta situación, en la que el espectador sabe lo que va a ocurrir durante los siguientes cinco o diez minutos, se repite constantemente. Otra. Hermoso el hallazgo del torso de mujer a caballo de dos piernas de hombres (de dos hombres distintos). Medio minuto de sorpresa lograda, porque después no hay el menor aprovechamiento del recurso. Va para aquí, va para allá. Ambos pies se calzan con zapatos de tacón. Pues bien, cuando el recurso reaparece, otra vez aparece el zapato de tacón. La intuición dramatúrgica exige dar alguna conclusión a esa reaparición del monstruo y de su coletilla del zapato. Nada, nos quedamos como antes. Otra. La música es el célebre Danubio azul sometido a diversas distorsiones, la más radical de las cuales es reducir el tempo a menos de la mitad del habitual. Esto es una ocurrencia. Puede funcionar un ratillo, pero para hacerlo discurrir los cien minutos largos del espectáculo necesitaba algún tipo de desarrollo. O sea, pasar de la ocurrencia a la idea. La palabra clave de todas las carencias es desarrollo. Todo se reduce a un muestrario de efectos hermosos o ingeniosos que se suceden sin trama.
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Papaioannou es mainstream puro. La gira internacional del espectáculo, impresionante. Es muy difícil meterse con esto si uno tiene su vida (y, sobre todo, sus garbanzos) en este cocido de la danza contemporánea. Para mi sorpresa, en el gigantesco clamor crítico universal, cuyos ditirambos no bajan de "genial", he encontrado unos cuantos espíritus libres que, con algo más de tacto que el mío, vienen a decir lo mismo. Así que como mi corazoncito me exige compensar de alguna manera ese mal rato que pasé oyendo "bravos" a mi alrededor, les voy a copiar algún extracto (tienen los enlaces para leer las críticas completas).

Cuestiones universales como qué hacemos aquí, de dónde salimos y hacia dónde vamos, marcan el fundamento de este trabajo en el que Papaioannou parece querer responder: ni idea, pero mientras lo averiguamos, busquemos la excelencia artística entre tanta pesadumbre. Y en lo formal, la encuentra: con un gran dispendio imaginativo alrededor del recurso escénico (fundamental la escenografía marcada por un suelo móvil y orgánico que es también elemento para la dramaturgia) y con la impecable labor de los 10 intérpretes que configuran este trabajo de teatro físico (7 hombres y 3 mujeres, ellas con una presencia más anecdótica, casi ornamental, a veces). Pero la admiración a la que se predispone al espectador, en este fantástico ejercicio de apreciación de la belleza, e incluso identificación de la misma en conocidas obras de la historia del arte, que los intérpretes, criaturas de lo sublime, recrean en su supervivencia, no siempre conlleva a la emoción, y ésta última se encuentra solo por momentos. La mera contemplación de lo excepcional también contiene un tiempo de caducidad en su acción, y la hora y cuarenta minutos de duración de este trabajo (no ayudó el calor que se respiró en la sala), ensombrece el resultado escénico final.
Mercedes López Caballero

El creador griego -de una teatralidad dominada por su formación plástica- es un maestro en vender la estética como un todo absoluto. ¿Pero es de verdad suficiente? ¿Qué ocurre cuando la belleza muestra sus límites, entrando en un bucle infinito? ¿Qué pasa cuando se agota el juego de identificar cuadros de la Historia del Arte o personajes de la mitología griego-romana (Ceres, Atlas, Saturno, Deucalión y Pirra)? Mientras el espectador está entretenido y funciona el efecto sorpresa se pasa por el alto que el movimiento es en muchos momentos un mero elegante gesto de transición hacia otra composición escénica. Hay excepciones, como la fuerza física aplicada sobre una coraza de yeso o la levedad de un soplo sobre un cuerpo flexible como un tallo, pero es un recurso en minoría.
Juan Carlos Olivares Padilla

En The Great Tamer (El gran domador), Papaioannou ofrece un festín de imágenes que con su abrumadora belleza subyugan al espectador... aunque el hecho de que no haya trama que seguir puede convertirlo en un banquete de comida china: muy vistosa pero poco nutritiva. Hay constantes referencias a la mitología griega, guiños al Kubrick de 2001: una odisea en el espacio (desde los acordes del Danubio Azul de Strauss a ese astronauta flotando con increíble ingravidez), o a lienzos de Mantegna, Courbet y Rembrandt. Respecto a este último, impresiona cómo convierte su lección de anatomía en un fiesta de vísceras.

Más momentos impagables: el lirismo con el que un bailarín rompe con sus abrazos una armadura de escayola; la lluvia de espigas que caen como si fueran flechas; las carreras desbocadas de hombres que se hunden en el escenario lunar o esos zapatos de los que crecen raíces... Pero, como se demostró con el divorcio de Brad Pitt y Angelina Jolie, hasta la extrema belleza puede cansar y la conexión entre todos estos inspiradísimos cuadros tiene un ritmo moroso y la cadencia del espectáculo más que hipnótica puede llevar a la somnolencia. 
José Luis Romo

Nota final sobre el talento plástico. Hay dos o tres momentos de gran belleza visual, es cierto. Pero no es menos cierto que también hay momentos Yllana: como el tubo flexible de aluminio o las piedras voladoras. Me gustaría hablarles de muchas más cosas, como el uso que se hace del desnudo, la proporción (y la asimetría) de hombres y mujeres en escena o los mecanismos de formación de la opinión estética y del gusto dominante entre los programadores. Pero hace -otra vez- mucho calor.

Ah, se me olvidaba algo: la escenografía de Tina Tzoka sí que es espectacular. Lástima que no se aproveche.
P.J.L. Domínguez