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domingo, 3 de febrero de 2019

LOS OTROS GONDRA (UNA HISTORIA VASCA)

Sala: Teatro Español Autor: Borja Ortiz de Gondra Director: Josep Maria Mestres Intérpretes: Sonsoles Benedicto, Fenda Drame, Jesús Noguero, Borja Ortiz de Gondra, Lander Otaola y Cecilia Solaguren Duración: 1.35'  
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SI VA MUY LENTO CON EXPLORER, INTÉNTELO CON CHROME

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


COMPARACIONES

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero sólo conocemos por comparación. El autor se enfrenta, necesariamente, a Los Gondra, su obra anterior. Escritas con igual talento dramatúrgico, Los otros Gondra  gana por su proximidad temporal y, por tanto, emocional. Algunos conocimos bien de cerca estos paisajes. Pero gana también al envolver la intención descriptiva con una calidad de escritura que yo no veo –a pesar de tanto premio- en una obra como Patria (otra insoslayable comparación), que describe magistralmente, pero que no le llega a la suela en lo literario. Con el añadido de la autoficción, que todo lo tiñe con la duda del espectador respecto a lo que será verdad literal, reconstrucción verosímil o pura fantasía, y engrosa el espesor de la narración. Es lo que justifica al autor representándose a sí mismo en el escenario.

Mestres ha creado, para una historia más recogida, una pieza más recogida en todos los aspectos: espacial, interpretativo, de intensidades. Conmueve, arrastra, logra un efecto de inmersión y de profunda comprensión de todos los personajes, y eso era lo difícil. Lo sencillo es señalar al malo con el dedo; lo interesante, y lo sanador, entender qué lleva en la cabeza. Me imagino a Cecilia Solaguren y Sonsoles Benedicto en un drama clásico americano y se me ponen los pelos de punta.


Y alguna cosilla que no cabía allí:


0.- Mininota añadida. La música de Iñaki Salvador, muy bien puesta.

1.- Les sugiero que se lean lo que escribí a propósito de Los Gondra. Me ahorran así unas cuantas consideraciones sobre lo del lío vasco en la ficción (si escribo "problema", "conflicto" o cualquier otra cosa, en seguida habrá alguien sacando punta al término para encontrar una postura emboscada, y censurable, detrás). Sólo añadiré algo que me parece que ya les he dicho en otra ocasión. La ausencia de lo vasco -no del asunto de la violencia, sino de lo vasco en bloque- de la cultura española en los últimos decenios ha sido doblemente anormal. Doblemente, porque ya hay una ausencia de todo lo periférico en la cultura española que no es comparable a la de otros estados multiculturales. Por decirlo en caricatura: no es normal que un andaluz no sepa decir "buenos días" en gallego. O que jamás de los jamases (excepto, claro está, cuando se habla del conflicto) se oiga una canción en catalán en la radio hecha desde Madrid. Las causas de esto las conocemos todos. Alto: todos los que hayamos leído más de cinco líneas sobre el Santiago y cierra España que suponen la expulsión de los judíos, la de los moriscos, la obsesión por la limpieza de sangre, el rechazo visceral de cualquier cosa que oliera a reforma, la consiguiente fobia a las lenguas extranjeras... En fin, siglos de construcción de una cultura monolítica que, cuando apenas se abría a respirar, entró otra vez en el túnel de los cuarenta años (de franquismo, quiero decir; estas últimas semanas los "cuarenta años" se han convertido en los de poder socialista en Andalucía). Ésa es la causa histórica por la que las culturas "periféricas" (entiéndanlo en su sentido puramente topográfico) no existen en España. La causa por la que, por ejemplo, vemos en Madrid teatro en ruso con sobretítulos, mientras las compañías catalanas tienen que remontar las funciones en castellano en vez de hacerlas en la lengua original.

Decía más arriba que la ausencia de los vasco era doblemente anormal. A esos añejos motivos históricos se les vino a sumar el terrorismo, que allá por donde pasa deja, entre otros muchos rastros, el del silencio. Hasta entonces había un lugar común de "lo vasco" en España. Acabo de leer "Juerga flamenca" y "Juerga vasca" de Álvaro de Laiglesia, escritas en 1948, cuando su autor debía de ser todavía perdidamente falangista. Ahí tienen a Jardiel escribiendo en La tournée de Dios, en el 32, que los amigos de Perico Espasa se reunían a hablar de decoración y marineros vascos (cito todo de memoria, vaya usted a saber si patino). Y todo el que esté al menos en los cincuenta pudo oler, al menos en su infancia, todo el poso que aún quedaba de los veraneos en San Sebastián, de los estereotipos del "industrial vasco", el "aldeano", el "pelotari" (hasta en las pelis de Sara Montiel)... Los estereotipos, y su presencia cultural, atravesaron indemnes incluso el primer franquismo, enemigo furibundo del nacionalismo vasco, pero admirador poco secreto de las virtudes asociadas tradicionalmente a los vascos: nobleza, industriosidad, religiosidad, pureza de costumbres, amor a la tierra... Llegaron las pistolas, y todo esto quedó como borrado de la faz de la tierra. El penúltimo vestigio debió de ser Txomin del Regato, un trasunto vasco del gallego Xan das Bolas. Las excursiones en este terreno sembrado de minas provinieron durante decenios de francotiradores (Eloy de la Iglesia, Imanol Uribe...) dispuestos a afrontar los venablos de tirios y troyanos. En esa órbita seria de la reflexión en torno al "conflicto" (perdón) alguien estará pensando en Soinujolearen semea (El hijo del acordeonista) que Bernardo Atxaga publicó en 2003. No me atrevo a decirlo muy alto, porque la leí hace mucho y -cosas de la vida- en italiano, detalle que quizá contribuyó a hacérmela más lejana. Pero me pareció café aguado y yo diría que no ha dejado nada. Medem estrenó el mismo año La pelota vasca, que sí que fue un aldabonazo, pero aquí estamos hablando de ficción.

Llevaba yo años profetizando (es algo que me encanta, y cada vez me sale mejor) que la desaparición de esas pistolas propiciaría que los estereotipos (que se quedan enterrados en las mentalidades colectivas como esos peces que pueden pasar años aletargados en el barro húmedo) salieran otra vez a flote. "Cese definitivo de la actividad armada" de ETA: 2011. Ocho apellidos vascos: 2014. "Tampoco había que ser muy listo para predecir eso". Vale, a posteriori, todo parece cantado. Antes de eso, y hablando siempre de la industria del entertainment, hubo un precursor que -como el Bautista- comenzó a clamar en el desierto de la ficción asociada a lo vasco: Vaya semanita, un programa de humor de ETB que, en prodigiosa carambola, hacía reír a españolistas y nacionalistas, a demócratas y proviolentos, y que se terminaba por ver -en fragmentos- en toda España. Era el profético anuncio de Burundanga, que no abundaba especialmente en esto del estereotipo, pero con la que Galcerán tuvo el olfato de percibir que ya había llegado, creo que en 2011, el momento de reírse de ETA. Tuvo arrestos, si llega a adelantarse en un cuarto de hora al instante adecuado, lo hubieran crucificado por hacer humor con las cosas de matar.

2.- Leo mil cosas y luego no sé de dónde saco cada información. No sé si es el mismo Ortiz de Gondra el que ha dicho por ahí que el tan controvertido "relato" sobre lo ocurrido en Euskadi no dependerá de los historiadores, sino de la ficcion. Qué gran verdad. Basta fijarse en el nombrecito de marras: relato. Yo diría que la primera piedra de la construcción del pasado a base de ficción la puso la ya mencionada Burundanga. Y vuelvo a las profecías: se nos avecina un aluvión creativo en todos los ámbitos. Vamos a tener novelas, obras de teatro, películas, series de televisión, piezas de danza... y todo lo que les ocurra, en un movimiento cultural dirigido a metabolizar lo ocurrido. Creen los políticos que ese recuerdo colectivo se construirá a base de lo que a los niños les contemos en los colegios, y tengo mis serias dudas. Recuerden su propia infancia, recuerden lo que les contaron allí (si es que lo recuerdan) y compárenlo con su visión del mundo. En cualquier caso, quien tenga intención de influir en esa construcción colectiva hará bien en conjugar más el verbo explicar que el verbo condenar. Condenar es fácil, todos somos capaces. Explicar es lo complicado. Pero, además, los receptores terminarán por desechar lo panfletario y consagrar aquello que explica y alcanza altura artística. No me hagan amontonar ejemplos, esto vale para los conflictos con los persas en el teatro griego, para el 48 en La educación sentimental y para el 36 en Incerta glòria.  Y si no han leído mi crítica de Los Gondra, háganlo ahora, por favor, y me ahorran contar por enésima vez que quienes confunden la necesidad de explicar con la tentación de justificar jamás distinguirán una churra de una merina.

3.- Desde un punto de vista histórico-cultural, ése es el mayor mérito del díptico de Ortiz de Gondra. Usted y yo podremos opinar lo que sea sobre el carlismo, el liberalismo, el franquismo, el nacionalismo vasco, el terrorismo de ETA en cada de sus fases o la democracia del 77, lo que hace Gondra es explicar. Ya nos supone mayorcitos para extraer nuestras propias conclusiones.

4.- Desde un punto de vista de construcción dramatúrgica, lo más sorprendente de ambas piezas (y, sobre todo, de esta última) es el aprovechamiento de los mecanismos de autoficción. Conceptualmente no hay la menor pega: en todos los órdenes de la vida, ha ocurrido lo que recordamos que ha ocurrido. Pongan ustedes a la familia a discutir qué pasó aquel día en la playa y ya verán qué desparrame de recuerdos contradictorios. Le reconstrucción de un suceso, a veces anodino, desde distintas ópticas ha sido un procedimiento muy utilizado, y universalmente admirado, desde aquella obsesión por la posmodernidad que nos atacó en los ochenta. Baste citar Soldados de Salamina de Cercas. Aquí no se trata de comparar lo que éste o aquél recuerdan (no de un suceso anodino, sino de decenios y generaciones de enfrentamientos) ni de enfrentar distintos géneros para contar lo mismo (como hace Cercas). Es un diálogo entre lo que el propio autor sabe que pasó, lo que cree que pasó y lo que imagina que pudo haber pasado. O entre lo que DICE saber, DICE creer y DICE imaginar, claro, ahí está la gracia. Como ven, la vieja conversación entre la verdad y lo verosímil, siempre en el centro del teatro y de cualquier forma de narración. Estas operaciones corren siempre el riesgo de resultar frías, de producir objetos de estructura admirable pero demasiado evidente, de no despertar la emoción. Pero Ortiz de Gondra ha tenido la habilidad de verter la emoción en un contenedor que, aunque complejo y autorreferencial, no se la come. Como decía en la crítica en papel, esto es lo que justifica que -no siendo un actor profesional- esté presente en el escenario.

* * *
Le queda ahora lo más difícil, que es salir de ésta. Siempre es complicado para un creador dar un paso más allá de aquello que le ha salido bien. Tanto más en este caso, con dos piezas con igual tema, procedimiento constructivo, director e intérpretes (en parte) saldadas con éxito y que han ocupado varios años de su actividad. A ver qué se le ocurre para la próxima.

Vi ayer Matrioska, que tiene su gracia, en Nave 73, y me voy ahora al Teatro del Barrio a por Marikones de mierda. Ya les contaré.
P.J.L. Domínguez

P.S. Justo antes de publicar esto, enciendo la radio (¿se dice aún "encender"?). Ya se sabe, los domingos, fútbol. Y entre conexión y conexión, en el momento de los chistes, sale un tipo exagerando el acento vasco y contando cosas como que Ainara cogió el coche en brazos y lo escondió en el baño de señoras. Txomin del Regato, de regreso. Lo que yo les decía. Lo que son las casualidades
          

martes, 24 de abril de 2018

EL BURLADOR DE SEVILLA

Sala: Teatro de la Comedia Autor: Tirso de Molina (versión de Borja Ortiz de Gondra) Director: Josep Maria Mestres  Intérpretes: Elvira Cuadrupani, Raúl Prieto, Ricardo Reguera, Pedro Miguel Martínez, Samuel Viyuela González, Egoitz Sánchez, Mamen Camacho, Pepe Viyuela, Paco Lahoz, Irene Serrano, Juan Calot, Ángel Pardo, José Juan Rodríguez, Lara Grube y José Ramón Iglesias Duración: 1.50' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Ya les digo más abajo que hay tres escenografías con ADN diverso (mesitas, Formica imitación mármol, arcos realistas). Tipos de vestuario los hay como para cuatro cinco funciones distintas.
[Si quiere llegar directo al meollo de la crítica, sáltese los primeros párrafos y empiece donde están las tres estrellitas]

En esto, estoy con Villán. Me gusta más el de Zorrilla que el de Tirso. Tienen muy mala prensa estas afirmaciones: es como preferir la ópera italiana a la alemana o proclamar que te gusta la poesía de Gloria Fuertes. Si uno ventea su especial querencia por las cosas de apariencia sencilla (ojo, he dicho apariencia) frente a las de complejidad evidente, se autoexcluye del club cool, de la secta chic, de la crema de la intelectualidad, por usar de una vez una expresión castiza (mexicanamente castiza, para ser exactos, pero dejémoslo correr). Si le gusta más el Cascanueces que las sinfonías de Bruckner quedará siempre la duda de si ha entendido éstas. ¿No podemos postular, siquiera como hipótesis, que deglutida, digerida y asimilada una forma de elevada complejidad externa pueda alguien preferir la sencillez (repito, externa)? Vi el domingo Chitty Chitty Bang Bang por segunda vez en mi vida, y confirmó la primera impresión: una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Claro que a los seis años, momento del primer contacto, no había pasado yo por Bergman ni por la Coixet ni por... ¿cómo se llamaba aquel tipo con el que desayunabas, comías y cenabas y del que ahora sólo quedan esas líneas de las enciclopedias que lo califican como uno de los grandes cineastas de la historia? Ah sí, Kiéslowski, que en paz descanse. Pues ahora que ya he pasado por todo eso, y que incluso he MILITADO en todo eso, arribo por fin a la paz de los portales de la senectud con la tranquilidad de espíritu necesaria para juzgar las cosas como creo que son y no como los demás me cuentan que son: igual que a los seis años, considero Chitty Chitty Bang Bang una joya que lo mantiene a uno entretenido sin interrupción durante dos horas y media (!), que ya es decir.



¿Volvemos a lo nuestro? A riesgo de ser tomado por mentecato, repito: me gusta más el de Zorrilla. ¿Por qué lo van a tomar por mentecato?, se preguntaran ustedes. Pues porque el de Zorrilla es más fácil de asimilar, de verso más simple (admiro su capacidad de detenerse a un milímetro del ripio), de trama más aventurera (menudo hallazgo lo de ir a por la novicia, el top de la depravación), de caracteres más culebroneros (la rapta para lo que la rapta... ¡y va y se enamora! Valdría para el Chavo Guzmán). Tirso no sólo le lleva la desventaja de 238 años más de lejanía respecto a nosotros, sino que, además, no es Lope. Me explico: no tiene la prodigiosa fluidez del verso del Fénix, con lo que la impresión general es más arcaica. En resumen: tiene una recepción más complicada, y por lo tanto más guay, que Zorrilla. Pues bien, viva Zorrilla, dispárenme, moriré abrazado a Villán.
* * *
Vamos a bosquejar una píldora de historia del teatro español en caricatura. Las caricaturas son siempre mentira, pero ayudan a llegar a la verdad. Llegó Marsillach y sacó la puesta en escena del teatro clásico del baúl en el que estaba: el del polvo, la capa y la espada. Ahí seguimos.

Digo "ahí seguimos", porque nos atrevemos a despanzurrar cualquier clásico menos los nuestros. Con notables excepciones, por supuesto. Por ejemplo, El burlador que Facal despanzurró. Lástima que el resultado fuera nefasto. En cualquier caso, vaya por delante que esto de Mestres sigue en el enfoque mainstream post-Marsillach. No es ningún baldón: en esa categoría hay cosillas correctas y semiaburridas como El perro del hortelano de la Pimenta y grandes maravillas como La vida es sueño, mira tú por dónde, también de la Pimenta (que sabe ser muy buena). O sonoros patinazos como éste. Pero aviso de entrada lo del mainstream, porque es posible que el amontonamiento de despropósitos que voy a intentar describir les lleve a la falsa idea de que la intención era, como la de Facal, reventar la función colocando una bomba en sus tripas, y no. Es todo formalito, quiere ser todo correctito. El resultado es simplemente feíto.

No voy a desmenuzar paso a paso la función, como alguna vez he hecho y me consta que les divierte. Bueno, divierte a algunos. Todos estos años de experiencia me han enseñado que lo que más furibundo pone a un fan (un creador inteligente con el ego domado no se encabrita por una crítica negativa) es, precisamente, que se le explique con detalle dónde están los errores de su adorado maestro. Respecto al carácter general de la puesta en escena, me parece que me voy a limitar a glosar la introducción. 


Como tantos millones de veces últimamente (está esto de moda), la compañía entra por el pasillo central del patio de butacas. Alegres atavíos de época: les dejo foto para ahorrarme la descripción. Llegan al escenario y bailan, bailan, bailan. Bailan mucho rato. Con esos fragmentos de imágenes en las manos. Todos esperamos que las evoluciones terminen, a modo de exhibición ginmástica en Pyongyang, con los panelitos formando una imagen y revelando algo que los justifique y constituya una introducción a la función. Pues no: terminan de bailar y se largan. Fin. Jaja, ahora me da la risa recordando mi propia estupefacción y la de mis vecinos. Entonces, desciende desde los cielos un retrato fragmentado del héroe (en marco blanco que no tiene parentesco con todo lo demás ni en sexto grado de consanguinidad, por lo menos) que se va armando como un rompecabezas. ¿Para qué llevaban ese estorbo en las manos? Misterio. ¿Por qué están vestidos de una forma que no tiene absolutamente nada que ver con el resto de la función? Misterio. Tomo pasacalles y danza iniciales como ejemplo, porque anuncian perfectamente lo que va a suceder durante toda la función (y en este sentido, son una perfecta introducción): incoherencia, arbitrariedad, desbarajuste.

Lo peor, con diferencia, está en la orfandad de los actores. Tengo la sensación de que sale cada uno por donde puede, y el que no ha podido solo... pues eso. Siguiendo en esta línea de mencionar un solo ejemplo, la que más chirría es Tisbea, que suelta el monólogo ¡Fuego, fuego que me quemo, que mi cabaña se abrasa! con tales berridos guturales que apenas se entiende el sentido. Son cuarenta y cinco líneas de texto, no puede uno quedarse en el alarido a piñón fijo.  Tampoco se entendió la mitad del Yo, de cuantas el mar (hasta tal punto que comienzo a dudar si lo dijo). Y es que del verso, mejor no hablamos (ahora no me refiero sólo a Tisbea, sino a la función entera). No llega a la estrepitosa ignorancia de la versión de Facal, pero en los mejores momentos no pasa del aprobado. Imposible no decir algo del protagonista. Prieto es muy bueno, salvo algún traspiés de los que nadie se libra (pueden mirarse Refugio y Antígona y, pinchando pinchando, seguir su carrera hacia atrás). Sale airoso, excepto del tremendo trance de gritar Me abraso en pose de crucifijo y subido a la balaustrada del fondo (ahora les cuento), cuando ya hace muchos minutos que cualquier verosimilitud ha saltado por los aires.

Tres parrafitos sobre vestuario, escenografía y vídeo, y cerramos.

El vestuario lo firma María Araujo, cualquier cosa menos desconocida. Premios por aquí, éxitos por allá. Creo que le he visto bastantes cosas, pero me basta citar la preciosa coleccion de trajes para El lindo Don Diego de Carles Alfaro. Esta vez se le ha ido la olla. El vestuario no tiene ni pies ni cabeza. Parte de esas alegrías con base de época y aires de carnaval napolitano o sevillano del cortejo inicial. Sigue parecido en los primeros minutos, en lo que piensa uno que será el estilo de la función hasta que la pasma entra con monos azules contemporáneos con la leyenda GUARDIA en la espalda. A partir de ahí, el despiporre: a veces llevan trajes y corbatas actuales, a veces la cosa se va hacia atrás, como si oteara el XIX desde su cornisa superior. Menudo desbarajuste, Dios mío. Pobre Pedro Miguel Martínez, un actor que aprecio, al que le han colocado un collar en la pechera que no abandona un momento y que se parece mucho más a los de la cofradía de la tostada o, teniendo que ser rey, a uno de opereta. Si los demás también estuvieran en una opereta, muy bien, pero es el único en ese género. No voy a seguir citando ejemplos.

La escenografía no es una, son tres. La primera, una serie de mesitas de aspecto escandinavo, con estructura de cuadradillo negro (parece, a mi distancia) y tablero de madera clara. Creo que las hay parecidísimas en Ikea. Entran salen, sirven de banqueta, de mesa, de tarima... Podrían ser la escenografía de cualquier función alternativa. La segunda, unos paralelépidos de regular altura (más que la humana) montados en carras y de fácil movimiento que también entran, salen, giran y bailan, acabados con un aspecto de Formica imitación mármol que para sí quisieran muchas zapaterías de barrio allá por los ochenta. Mismo acabado en los dos paneles laterales del fondo y en la escalinata central. Sólo falta una fuentecilla con hiedra de plástico verde botella para caer en las pesadillas de Moreno (José Luis, quiero decir). La tercera -oh, pasmo- una espectacular galería con tres arcos de arenisca dorada de gran realismo y balaustrada incorporada. Eso, al fondo. Detrás, vídeo. Hay que sumar flor de cortinajes que suben y bajan y hasta se transforman en las olas del mar (claro, no vamos a tener una tela y no usarla para que figure el mar). Tres escenografías distintas tres. No pegan ni con cola, por usar la castiza expresión. La galería realzada al fondo (que es donde está la arcada) guarda una sorpresita final: los escalones que la unen con el nivel del escenario avanzan conformando una pasarela, en plan concurso de misses, para que me entiendan. Es todo horrible. También Notari debió de tener un mal día: me gustó mucho lo que hizo en La cortesía de España para el mismo Mestres. Todo el equipo era el mismo, y aquello salió redondo. Cosas del teatro.

El vídeo es de Álvaro de Luna. Álvaro de Luna es muy bueno. Esto es un desastre. Creo que el resumen son esas tres frases, y supongo que es que no habrá recibido indicaciones excesivamente claras, por ser suave. Lo proyectado es, simplemente, incomprensible.

Para terminar: la aparición del Comendador, tremenda. En mi función hubo carcajadas. Y no esas carcajadas malintencionadas del público resabiado, sino carcajadas ingenuas de gente que entendió que tocaba reírse. Horrible. El aspecto del pobre hombre es espantoso, ataviado como para una fiesta de disfraces. ¿Vas de zombi? No, de Comendador. Mal movido, mal dirigido, mal iluminado. El remate de la función termina de hundirla.

Si quieren leer prácticamente lo mismo, pero escrito con elegancia, vean lo de Kritilo.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 12 de abril de 2014

LA CORTESÍA DE ESPAÑA

Sala: Matadero (Naves del Español) Autor: Lope de Vega Director: Josep Maria Mestres Intérpretes: Elsa González, Sole Solís, Manuel Moya, Jonás Alonso, Alba Enríquez, Natalia Huarte, Borja Luna, Guillermo de los Santos, Francisco Carril, Álvaro de Juan, Júlia Barceló, Laura Romero, Ignacio Jiménez y José Gómez Duración: 1.50'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Francesco Carril, Manuel Moya, Natalia Huarte y Julia Barceló, la revelación
de la función. Ya se la veía venir en la Gerarda de La noche toledana, pero aquí

está de muerte.


Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Es un secreto a voces que estamos familiarizados con una parte muy pequeña del ingente legado de Lope. Tan infrecuente La cortesía de España que resulta difícil encontrar el texto. Hay que agradecer su exhumación, porque es la bomba. Testimonio de la espantosa condición femenina de… iba a decir “de la época”, pero me lo ahorro. Se pregunta uno siempre hasta dónde llegaba la intención crítica de Lope, velada por finales conformistas. Aquí, se agradece que Mestres modifique levemente ese conformismo: Lucrecia no le dice “a tus brazos” a su marido, sino que le pregunta “¿a tus brazos?”,  como quien exclama “pero, ¿qué dices?” Valiente canalla.




Sencilla, bonita y efectiva escenografía de Notari, con los vídeos de Luna bien integrados y la iluminación de Llorens a favor. Momentos plásticamente muy logrados con cuatro detalles. Serios altibajos de interpretación. Natalia Huarte es muy solvente, ya se vio en La noche toledana. La contraparte masculina, algo menos. El malo, un papel jugoso, bastante verde por ahora. Destacan el gracioso de Álvaro de Juan y, sobre todo, Júlia Barceló, que se lleva la función en cuanto abre la boca o mueve una mano. ¿A quién me recuerda esa voz?

Y lo que no cabía allí:

1.- Si, el texto es la bomba. El vuelo habitual del verso de Lope se combina con una narración vertiginosa que, no sin fundamento, todo el mundo ha comparado con una road-movie. Road-movie acelerada, diría yo, que también las hay lentas. La cuestión femenina es lo que primero salta a los ojos contemporáneos. No voy a hacer una lista de todos los retorcidos principios de conducta que estos seres humanos del siglo XVII aplican en ese campo, pero voy a resaltar el que fundamenta el hilo argumental de la pieza: el chico (Don Juan) rescata a la chica (Lucrecia) cuando es objeto de una agresión en un bosque solitario. A partir de ahí, pasa a estar bajo su custodia, de manera que las decisiones que afectan a su vida las toma él, algo que le parece bien a todo el mundo. ¿Saben cuándo se deduce eso de manera evidente? Cuando la hermana del chico (Leonarda) le dice a éste "¿no estarás pensando meterla en un convento?" (o similar, cito de memoria). O sea, el de las buenas intenciones se convierte en su amo. No vamos a deternos en detallar lo que le hacen, o le quieren hacer, los de las malas. Estas piezas de nuestro Siglo de Oro serían excelentes materiales didácticos para abordar contenidos de igualdad de género en los centros educativos. En Finlandia, claro, a ver quien va a financiar aquí eso ahora mismo. Y mientras, llevamos 22 muertas (el 25 de abril, a saber hoy que es 29).


2.- En las tres fotos que llevamos se hacen una idea de la escenografía: fondo proyectado, galería elevada, puertas, estrado (ah, y una alfombra: parece mentira lo que puede ayudar un elemento tan simple). Sencilla, barata, transportable; bonita, funcional, efectiva... y hasta efectista en algún momento. Las proyecciones indican dónde estamos, una ayuda que no resulta gratuita en una función que cambia de ubicación a enorme velocidad. En esta foto de abajo ven el recurso para representar el bosque: unas telas que se desenrollan de techo a suelo.


3.- Me gustó Manuel Moya en el papel cómico de La noche toledana, pero está aquí -en un dramón- rígido a más no poder. O al menos lo estuvo en mi función. Bastante por debajo de la media de rendimiento de la compañía. Daba la sensación de estar muerto de miedo; si era eso, quizá se le haya pasado después. Carril mejor, pero por debajo de ellas. Huarte, que es muy buena, un poco lastrada por los oponentes (nunca mejor dicho) masculinos. Salí del Matadero dispuesto a fundar el club de fans de Júlia Barceló, pero no hay tiempo para todo. Aquí abajo la tienen, a la izquierda.


De ellos, además de Álvaro de Juan, me gustó Claudio, el villano villanísimo de la historia (los otros son impresentables, pero mantienen los códigos de honor) que interpreta Jonás Alonso. Bien la pareja de la subtrama cómica, Ignacio Jiménez y... creo que José Gómez, pero son tantos que ya no estoy seguro.

Nota adicional: se me olvidaba señalar que, al menos en la Compañía Nacional de Teatro Clásico, hay que saber pronunciar la elle. Digo yo.
P.J.L. Domínguez