Mostrando entradas con la etiqueta Teatro Maravillas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teatro Maravillas. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de octubre de 2016

LA MENTIRA

Sala: Teatro Maravillas Autor: Florian Zeller (versión de David Serrano) Director: Claudio Tolcachir Intérpretes: Carlos Hipólito, Natalia Millán, Armando del Río y Mapi Sagaseta Duración: 1.20' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)


Encuentro la foto en el twitter de Atención, obras
La crítica de una función que habla de la verdad y la mentira sólo puede ser encabezada por la madre de todas las citas en esta cuestión. Es de Voltaire y aparece en una carta a Thiriot del 21 de octubre de 1736. Si algo cultivaban las élites francesas del XVIII -aparte de la opresión del prójimo y el lujo sin medida- era el estilo epistolar.

Le mensonge n'est un vice que quand il fait du mal; c'est une très grande vertu, quand il fait du bien. Soyez donc plus vertuex que jamais. Il faut mentir comme un diable, non pas timidement, non pas pour un temps mais hardiment et toujours.

(no se fíen mucho, que la traducción es mía)

La mentira sólo es un vicio cuando hace el mal; es una muy gran virtud cuando hace el bien. Sed pues más virtuoso que nunca. Hay que mentir como un diablo, no tímidamente, no por un tiempo, sino osadamente y siempre.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

 Florian Zeller debe de ser el autor francés vivo más representado fuera de Francia. José Carlos Plaza y Héctor Alterio traerán al Bellas Artes este mismo mes El padre, su obra más premiada. Flotats montó en 2012 La verdad, una pieza que –ya desde el título- hace juego con La mentira, como dos candelabros en la repisa de la misma chimenea. Aquélla quizá más juguetona, ésta a lo mejor un pelín más reflexiva; ambas centradas en los puntos tangenciales y las intersecciones entre la sinceridad y la hipocresía, un despliegue de esprit francés sobre un asunto –el amor y el engaño- que fascina a nuestros vecinos del norte por lo menos desde el XVIII.


    La mentira amontona réplicas ingeniosas, usa con habilidad el contraste entre lo que los personajes dicen y lo que sabemos que piensan, está escrita para funcionar con la mecánica de la risa. Sin embargo, Tolcachir no ha optado por la carcajada constante, sino por un humor más sosegado. No por ello es la función carece de ritmo; avanza con decisión y procura un buen rato. Es posible que Carlos Hipólito y Natalia Millán hubieran dominado también esa alternancia constante de frase y risotada del público que es prácticamente un subgénero –el que termina provocando dolor en las costillas- pero se desenvuelven perfectamente en un registro que ha querido escorarse hacia la alta comedia.

Y lo que no cabía allí:

1.- Voy a soltarlo cuanto antes. La crítica en papel mencionaba sólo a la pareja protagonista: Hipólito y Millán. Siempre estupendos. No pío de la otra, porque esto que voy a decir no puede condensarse en el espacio del que allí dispongo, so pena de herir injustificadamente. Mapi Sagaseta es un error de casting. La culpa no es suya, sino de quien la eligió. Me explico. Mencionemos una actriz indiscutible. La Espert, que está demostrándolo otra vez todas las tardes en la Abadía. ¿Podría interpretar a Heidi? No, no podría. Es una reducción al absurdo, ya lo saben ustedes que son muy espabilados. ¿Quién es su tenor favorito? ¿Domingo, Kraus, Carreras, Pavarotti...? Da igual, todos patinaban cuando se ponían a cantar repertorio popular. Por un motivo muy simple: la técnica del bel canto les impedía radicalmente adoptar el estilo que exige un tango o lo que fuera. En fin, no seguiré diciendo tonterías. Este papel no era para Sagaseta que, entre otras cosas, compone una pareja completamente in-ve-ro-sí-mil con Armando del Río. La entrada de ambos es estrepitosamente turbadora, saca al espectador de la ficción de golpe. Cuanto más se achuchan más salta a los ojos la ausencia de lo que suele llamarse química (estomagante metáfora, pero seguro que la entienden). Esto no quiere decir que sea una actriz buena, mala o regular, no es fácil saberlo tras verla en el Maravillas. Yo diría que las coloca bastante bien, pero no soy capaz de asegurarlo. Por cierto, vi a Armando del Río en la reposición de la versión dirigida por Mariano de Paco de Danny y Roberta en la Mirador, y estaba estupendo. No tuve tiempo de contarlo. Mayor y más peligroso que Álex García en el mismo papel. Otra visión, ambas posibles.

2.- La cuestión de la carcajada. Les contaba a propósito de Serlo o no que quien ha hecho La mentira en Francia es el muy popular Pierre Arditi. Por los pocos fragmentos de vídeo que encuentro, y como en el caso de Serlo o no, me parece que la versión original está más orientada hacia la risa que la de Tolcachir. Y, después de pensarlo un poco más desde que escribí la crítica en papel -y a diferencia quizá de Serlo o no- creo que iría mejor así, bien trufada de carcajada, pausa de la acción para esperar a que el respetable recupere el silencio, y adelante. Hemos visto a Hipólito hacer de todo, hasta cantar. Seguro que también lo haría bien. ¿Por qué me parece que la función puede rendir más así planteada? Simplemente, porque diría que es un texto construido con ese fin. È la morte sua, en imagen culinaria italiana. Aunque les aconsejo que dejen todo esto que digo en el cajón de las hipótesis: yo he oído el texto una vez y quienes lo han puesto en pie lo han leído mil veces. Es muy posible que me equivoque. 

3.- Es un pasatiempo inocente, sí, pero no sólo eso. Comulgo con Voltaire tanto como Voltaire mismo. Cuando el personaje de Flotats en La verdad (también fue Arditi quien lo hizo en Francia) defendía con orgullo el mérito que entraña esforzarse por mentir a quienes desean que les mientan, yo pensaba "qué gran verdad" mientras el público se partía de risa. Vamos, que no me parecía un chiste. Pues bien, a pesar -o quizá por eso- de mis convicciones en este asunto, mientras veía La mentira no hacía más que ponerme en la piel de quienes creen sinceramente no sólo que es preciso decir la verdad siempre, sino que además están honradamente convencidos de hacerlo. Supongo que la pueden ver o tronchados de risa porque todo va de broma o quizá un poco soliviantados por alguna ráfaga de indignación. En cualquier caso, en medio de un vendaval de ardides y trampas, y de giros en la argumentación de los protagonistas (llega un momento en que uno ya no sabe quién miente ni para qué), en medio de estas risas, hay una interpelación bastante seria a la moral del espectador.

4.- Excelente traducción de David Serrano. No creo que, a oído gentil, fuera posible adivinar de qué lengua proviene el texto. Está en castellano-castellano, algo que no pasa casi nunca. Hasta a Mauro Armiño (uno de mis héroes) / Flotats se les cuela alguna en Serlo o no. Los pongo con barra porque no sé si es galicismo del traductor o catalanismo-galicismo del actor.

5.- Supongo que está claro como el agua clara, pero por si acaso lo digo: la comedia está correctamente dirigida, pero NADA hace ver que detrás de esto esté Tolcachir, el de la trilogía o el de, mismamente, Emilia.
P.J.L. Domínguez

          

jueves, 12 de marzo de 2015

H EL PEQUEÑO NIÑO OBESO QUIERE SER CINEASTA

Sala: Teatro Maravillas Autores: Sexpeare Director: David Ottone Intérpretes: Santiago Molero y Rulo Pardo Duración: 1.30'
Información práctica (el enlace no operativo puede significar que no está en cartel)


Rulo Pardo y Santiago Molero.
Si han alcanzado los cuarenta ya se habrán dado cuenta de que la memoria juega a veces malas pasadas. Hecha esa salvedad, sepan que H, el pequeño niño obeso quiere ser cineasta, que vi en el Alfil hace nueve años, se yergue en mi imaginario como una comedia que casi me tira de risa de la butaca. Como está felizmente de vuelta (por segunda vez, ya entonces la reponían), he decidido copiarles aquí la crítica que hice entonces. Ahí va:


SE MUERE HASTA EL APUNTADOR (DE RISA)

Es tan variado el humor como las formas de inteligencia. Nos tronchamos con un chiste y el vecino se queda frío. Lo que nos parece la monda en un idioma no tiene la menor gracia en otro. Así proliferan las variantes escénicas, desde el humor físico de las tartas del payaso hasta la sátira política, el escarnio a costa del personaje público o las formas más refinadas de la parodia.

Esto de Sexpeare, que se repone en el décimo aniversario de la compañía, es humor puro. Meta-humor en algunos momentos, porque uno se acaba riendo más del enfoque que de la cosa en sí. Dos esperpénticos estudiantes de cine, personajes perfectamente delineados, pergeñan un guión para un concurso que impone la frase “Galletas Niki, oé, oé, oé” en cada secuencia. Hay que ver el juego que da esto que parece una bobada, porque la frasecita acaba insertada nada menos que en el viaje que un cinéfilo gordo (una especie de Ignatius Reilly) realiza a un manicomio de Praga para visitar a un realizador demente al que idolatra. 

Saltando del lugar en el que se escribe la historia al supuesto cortometraje, el disparate se basa en la madeja formada por los nexos entre los guionistas y sus personajes, la repetición de escenas que incorporan modificaciones sucesivas y las jocosas dificultades de los dos actores para encarnar varios papeles, amén de los gags propios de una charlotada.

Lo mejor de la función es la maraña de referencias engarzadas en el argumento; concretas como las de Matrix o El silencio de los corderos, o genéricas, como el tufillo expresionista (pasado por la trituradora) que todo el asunto de Praga despide con la ayuda estelar del Decano Depocos, un personaje que me costará olvidar. Un pelo en esa dirección le falta a la obra para pasar de buena a excepcional en su género. Aviso: final sorpresa.

P.J.L. Domínguez
          

domingo, 1 de febrero de 2015

SMILEY

Sala: Teatro Maravillas Autor y director: Guillem Clua Intérpretes: Aitor Merino y Ramón Pujol Duración: 1.25' 
La función ya no está en cartel


Me pongo a escribir sobre Smiley y me doy cuenta de que ya no está en cartel. Vaya plancha. En fin, a veces me despisto, y llevo un cierto desfase desde el desbarajuste navideño. Espero que no me pase lo mismo con las que tengo pendientes: La piedra oscura (que vi ayer y que es magnífica, lástima que no queden entradas), El eunuco (que veré mañana) y Héroes (que veré pasado). [Para saltarse mis divagaciones y llegar directos a la crítica, sáltense cuatro o cinco párrafos]

Creo que me pedía el cuerpo ponerme a hablar de una comedieta ligera, y conseguida, después de la tunda que me han dado un par de amables lectores por la crítica del Tenorio. Se han pillado un enfado monumental y, como es tristemente habitual, no oponen una opinión a otra. Esto es: tal cosa que le parece a usted inmunda es en realidad formidable. No. Aparece el antiguo recurso ad hominem y lo que es horrible soy yo. En fin, me acuerdo siempre de lo que el protagonista de El misántropo consigue decir para apaciguar el ego herido de un poeta (ojo: con esto no quiero decir, ni por asomo, que los comentarios anónimos provengan de los creadores del espectáculo, estoy seguro de que unos profesionales de esa categoría están perfectamente preparados para aceptar que las opiniones son libres y variopintas): 

"Señor, lamento ser tan difícil y por consideración hacia vos, querría de buena gana haber encontrado mejor vuestro soneto, hace un momento."



Creo que el colmo de los reproches aparece en el último comentario, porque es inconsciente y, por tanto, indudablemente sincero. La última comentadora parece creer que cuando digo "sale una muchacha embarazada" yo, que debo de ser algo mucho peor que idiota, tomo por embarazada a la persona y no al personaje (algo que, además, sería irrelevante, ya que lo cuenta es su aspecto, y no su ser). Cuando digo "Fernando Cayo está sobrehumano en la transformación en rinoceronte"... ¿ustedes creen que yo creo que se transforma en realidad? Porque sería preocupante. He oído decir varias veces a Juan José Millás que la gente cada vez entiende menos la ironía y siempre me ha parecido una exageración, pero va a ser que sí. En cualquier caso, la cuestión de fondo que subyace casi siempre en estos asuntos de libertad de opinión es nuestra enorme dificultad para aceptar que los demás opinen distinto. Si opina lo contrario, es imbécil. No hay más.



* * *

Todavía no llegamos a Smiley. Quiero hacer una excursión por el asunto del título, que me fascina. Juan Luis Moraza escribió hace tiempo una tesis doctoral sobre el marco y el pedestal. Supongo que las habrá también sobre los títulos. Leí una vez que Umberto Eco había dicho (reconstruyo, nunca he encontrado la cita directa) que un ensayo titulado Restos fósiles del cretácico en los Dolomitas está condenado al fracaso, mientras que si se titula Un caracol de piedra puede llegar a best-seller. Algo sabía él sobre la importancia del título: el que lo consagró como escritor de fama universal reunía reminiscencias de la filosofía medieval, de Shakespeare, de Gertrude Stein...



Los hay de todo tipo, un neurótico como yo adoraría contar con una clasificación lógica. Los que crepitan con un sólo cañonazo: Misericordia (Galdós), Expiación (McEwan), Seda (Baricco). Los que son, por sí solos, un estallido de poesía: Almas muertas (Gógol), Divinas palabras, Luces de bohemia (Valle-Inclán), Entre tinieblas (Almodóvar), El tormento y el éxtasis (Stone), Gata sobre un tejado de zinc caliente (Williams). Y los que sólo adquieren espesor en el diálogo con la obra a la que preceden: La tempestad (Shakespeare), Hoy es fiesta (Buero). Algunos son un claro adelanto atmosférico: Los diamantes de la corona (Camprodón), El fantasma de la ópera (Leroux), La Jerusalén liberada (Tasso), La loca de Chaillot (Giraudoux), Un enemigo del pueblo (Ibsen). Otros son casi un enigma: El rojo y el negro, La cartuja de Parma (Stendhal), Los sótanos del Vaticano (Gide), Chitty Chitty Bang Bang (Fleming), Farenheit 451 (Bradbury). Paradójicos: Los espárragos y la inmortalidad del alma (Campanile), El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin (Baricco otra vez). Discursivos: De qué hablamos cuando hablamos de amor (Carver), El mundo es ancho y ajeno (Alegría), ¿Existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de salvar lo nuestro? (título desechado, dicen, para La flor de mi secreto de Almodóvar). Algunos, una promesa de complejidades en la trama: El abanico de lady Windermere (Wilde), Los siete contra Tebas (Esquilo). Otros, complejos en sí mismos: Cuatro corazones con freno y marcha atrás (Jardiel), Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba (García). Tremendos: Bajo el volcan (Lowry), La reina muerta (Montherlant), Don Álvaro o la fuerza del sino (Rivas). Citas populares: El perro del hortelano (Lope), Diez negritos (Christie). O cultas: Plegarias escuchadas (Capote), Ciego en Gaza (Huxley). Están los de "me lo pillé", títulos de una simplicidad apabullante que funcionan de miedo y que ya están ocupados para lo que le quede de historia al planeta porque un listo llegó primero: Crimen y castigo (Dostoievski), Guerra y paz (Tolstoi), Dublineses (Joice), La madre (Gorki), Los novios (Manzoni), Los miserables (Hugo), La traviata (traduzcan "descarriada" o "perdida", Piave). Deben de ser miles los que se limitan a un nombre, y cientos los que han conseguido instalarlo en nuestro imaginario: Miguel Strogoff (Verne), Rebeca (du Maurier), Papá Goriot (Balzac), Juan José (Dicenta), Lucia de Lammermoor (Scott-Cammarano), Oliver Twist (Dickens), Ana Karenina (Tolstoi), Madame Bovary (Flaubert), Robinson Crusoe (Stevenson), Ernani (Hugo), Macbeth (Shakespeare), Marianela (Galdós), Guillermo Tell (Schiller), Gilda (cualquiera sabe)...   Y, por último, algunos de los que más me gustan: De repente el último verano (Williams); Tierna es la noche (Fitzgerald); Arte, amor y todo lo demas (golpe de genio del traductor al castellano de Those barres leaves de Huxley); Fervor de Buenos Aires (Borges), La hora de los niños (aunque aquí algún asesino la tradujo como La calumnia, Hellman), Los trabajos y los días (Hesíodo). El título es un arte en sí mismo.


* * *
Hay grandes obras con títulos ramplones y títulos maravillosos de obras prescindibles. Pero nadie que esté en el negocio (del libro, del cine, del teatro...) les negará la importancia de esta enseña que el producto exhibe en todo lo alto. Les contaré lo que dicen de El club de los poetas muertos. Terminada la exposición de quien presentaba el proyecto, alguna lengua pérfida de la productora aprovechó el silencio subsiguiente para soltar: "Bueno, ya puestos, podríamos llamarlo El club de los poetas muertos... en invierno". Se equivocó, pero tenía razón.


* * *
Lleguemos, por fin, a Smiley. Su título es, sin duda, -y aunque no el único- uno de sus mayores aciertos. En primer lugar, por sí mismo: conciso, simpático, fácil de recordar, en boga. ¿Algo de mayor actualidad universal que los emoticonos? Pero también, y sobre todo, por su relación con el contenido de la pieza, a varios niveles. Es una comedia sonriente, perfectamente representada por el icono. Si no fuera porque el título en palabras es casi absolutamente necesario, se podría haber prescindido de él y encabezar la función sólo con la carita amarilla. Además, y como no puede ser de otra forma a estas alturas, la presencia de la comunicación escrita a través de móvil es constante en la función. Todo muy smiley, también a un nivel más profundo. Ah, que todavía no les he dicho que es una historia gay. Si recordamos que gay quiso decir en origen alegre ya está todo dicho. Es obvio que la orientación sexual no hace que nadie sea más o menos divertido o más o menos huraño o más o menos lo que sea. Pero, entre otros muchos indicios, éste de la denominación indica que la percepción general de la subcultura homosexual es la de algo alegre y divertido, por contraposición a otro estereotipo: el de las aburridas obligaciones familiares del heterosexual. O sea, smiley. Y más. En la relación de la trama de la pieza con esta carita amarilla y naif subyace otro tópico: el mito de Peter Pan, la vejez postergada, esos cuerpos de gimnasio y esas vidas supuestamente oscilantes entre playas mediterráneas y fiestas en áticos que se prolongan hasta los treinta, los cuarenta, los cincuenta… Niños eternos. El tópico, para que entiendan por dónde voy, tiene otra concreción muy repetida en la famosa pregunta: ¿por qué los heteros tienen barriga y los gays no? Pues eso. Si ven Smiley después de leer esto -algo que puede pasar, porque dará vueltas todavía- fíjense: la actitud de los personajes no se corresponde con su edad, son más ingenuos, más niños de lo esperable en un heterosexual estándar (o yo me estoy haciendo viejo a toda velocidad, y ahora resulta que todo el mundo es así, pero no creo que tan así).

Enésima variación de lo que se conoció siempre por chico-encuentra-chica / chico-pierde-chica / chico-recupera-chica, argumento propio del noventa por cien de las comedias que en el mundo han sido. Ahora la cosa puede ser chico-encuentra-chico (y, con menor frecuencia, chica-encuentra-chica), y llevo tiempo preguntándome si esta novedad hace que nos resulten novedosas (esto no es una redundancia, es un homenaje al inefable José Blanco) tramas que, en versión heterosexual, nos parecerían trilladísimas. Y me sigo haciendo la pregunta, porque no conozco la respuesta. Aunque quizá la respuesta sea intrascendente: si nos parece novedoso, ¿qué más dará el motivo? Los críticos somos así, nos encanta establecer relaciones de causa-efecto para asignar las etiquetas correctas a todo lo que se mueve. Por supuesto, usar una trama trillada no es un demérito. Tendríamos que tirar a la basura la mitad de los clásicos, y me quedo corto. Clua demuestra que sabe jugar con las convenciones del género y tiene una escritura hábil, que divierte, provoca la risa y mantiene el interés. Ha sabido sacar partido de esta novedad de lo gay incidiendo en ella. La acción se detiene unas cuantas veces para que los personajes expliquen al público heterosexual presente algunas particularidades de su subcultura, necesarias para la correcta comprensión de la trama: aplicaciones de ligoteo, drogas relacionadas con el sexo… Grandísimo acierto. Hay determinado público que adora que le cuenten estas cosas: añaden una dosis, moderada e inocente, de morbillo y abonan el citado tópico de la divertidísima vida loca. Se revela -sigo hablando de Clua- como un autor muy versátil: poco tiene que ver este juguete de diversión intrascendente con, por ejemplo, Invasión, que La Joven Compañía montó el año pasado (estrenan esta semana espectáculo nuevo: Hey boy, hey girl, a ver si puedo organizarme para verla).

Los intérpretes parecen haber sido encargados a fábrica para el papel. Entiéndanme bien: esto es una boutade y debe ser leída como un elogio. O sea, algo así como: los intérpretes se amoldan como un guante a los personajes. Perdonen que me ponga así de explicito, no quiero minusvalorar a mis lectores, pero después de que una amable comentarista de la ya citada crítica del Tenorio pensara que cuando digo “chica embarazada” creo que está embarazada de verdad, tengo un punto de estrés postraumático. Ahora que lo pienso, igual la misma comentarista piensa ahora que yo estoy convencido de que los heteros tienen barriga y los gays no, etcétera. Por si acaso: tópicos, son tópicos.

Regresemos: encargados para el papel. El esquema es el de extraña pareja: uno monísimo, carne de gimnasio, frivolón, dicharachero; el otro de físico normalito, de carácter formalito e intelectual. A Ramón Pujol lo conocía por un breve papel en la gran Tierra de nadie de Albertí, y nada mejor para juzgar a un actor que verlo en dos cosas tan dispares. Este chico es muy bueno. Era allí un extraño macarra en un extraño contexto, y calca aquí un tipo humano de simpaticote realmente existente. Abusa quizá un pelín de una cadencia muy catalana, muy pijorrotona, muy mariquita, aunque es verdad que es también una cadencia realmente existente en el mencionado tipo humano. No es un tic del actor –ni rastro en Tierra de nadie-, es una decisión de interpretación. Puedo equivocarme yo, porque es cierto que se trata de un rasgo coherente y que, si me apuran, presta cierto encanto bobalicón al personaje, pero creo que quedaría mejor recortándolo un poco. A Aitor Merino sólo lo he visto esta vez, y da muy bien un personaje bastante más joven que su edad real, cosa en la que uno está siempre a centímetros del ridículo y de la que sale perfectamente airoso.

En pocas palabras, Smiley es un modo de pasar un rato excelente. Una comedieta divertida y tierna que cumple todo lo que su publicidad promete. Así le va de bien.
P.J.L. Domínguez
          

sábado, 31 de mayo de 2014

EL NOMBRE

Sala: Teatro Maravillas Autor: Mathieu Delaporte y Alexandre de la Patelière (versión de Jordi Galcerán) Director: Gabriel Olivares Intérpretes: Amparo Larrañaga, Antonio Molero, César Camino, Jorge Bosch y Kira Miró  Duración: 1.35'
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:


Aunque Locos por el té le birló el Molière en 2011, El nombre me parece la mejor de las muchas comedias francesas que nos han visitado últimamente (salvada La verdad, que es otra cosa). Impecablemente trasvasada por Galcerán al castellano, tanto al idioma como al sentido del humor. El público, encantado: nada más gratificante que partirse de risa con algo que no parece sólo una payasada –con todos los respetos a las payasadas- sino que deja la sensación de vida real. “Es que todas las familias son así”, decía una señora a la salida de mi función.


    Olivares ha montado una comedia que sigue los cánones al pie de la letra. Es lo que había que hacer. Antonio Molero, Jorge Bosch (Felgood) y César Camino (Burundanga), estupendos. Al último lo han colocado, quizá, un pelín demasiado serio en la explicación que todo lo corona. Larrañaga, resultona, simpática, bien en el giro del personaje. Kira Miró, agradabilísima sorpresa. ¿Es la misma de Fuga y La verdad? El momentazo de la función es su golpe contra el sofá.


Y lo que no cabía allí

El extraño caso de los muebles rotos
(o Las Paradojas del Realismo)

Creo que se lo conté alguna vez, pero me viene tan al pelo que voy a repetirlo. Hace mucho tiempo, cuando se discutía por aquí y por allá si el Príncipe (el de Asturias, no el de Bekelaer) podía o no podía casarse con una plebeya, le pregunté a mi hermana qué le parecía a ella. Su respuesta me sigue iluminando. Me dijo que hay preguntas sin respuesta posible, porque se plantean en marcos que excluyen a priori cualquier salida lógica. Es imposible mantener la lógica de las cosas dentro de un sistema, el de la jefatura del estado por vía uterina, perfectamente ilógico.

Esto mismo le pasa al realismo. El realismo es la pretensión de reproducir la realidad. Pero este paso de la dad al ismo es, por decirlo en una sola palabra, imposible. La realiDAD no tiene nada que hacer en el arte. Graben hora y media seguida de realidad en cualquier sitio y proyéctenla. Ya no es realiDAD, porque ha pasado por la elección de lugar, encuadre, etcétera, y porque la hemos reducido nada menos que de tres a dos dimensiones, pero en fin, es lo más próximo que podemos conseguir. Por supuesto, es perfectamente insoportable. Cualquier realISMO debe introducir enormes distorsiones a la realiDAD para ser soportable, pero sobre todo, y aquí viene la pasmosa paradoja, para PARECER real. Y como esas distorsiones, el conjunto de las cuales podría ser llamado estilo, pueden ser de distinto tipo, resulta que puede haber muchos realISMOS distintos, pretendiendo todos reproducir la realiDAD.

¿Por qué me da ahora por endilgarles esta homilía? Porque, como en el caso de la boda principesca, esta premisa imposible a la que llamamos realismo produce consecuencias desprovistas de lógica, como el caso de los muebles rotos. En El nombre se rompe una mesa. Se rompe de manera admirable, produciendo en el espectador un segundo de terror tipo "Dios mío, se ha roto la mesa". Pero, inmediatamente, uno entiende que es un efecto perfectamente conseguido, muy realista, se relaja, y sigue disfrutando de la narración realista. En Como gustéis se rompe una hamaca. Produce un segundo de admiración tipo "caray, qué bien se ha roto la hamaca". Pero, inmediatamente, uno entiende que se ha roto de verdad, y eso da completamente al traste con la percepción del espectáculo, que sufre una violenta discontinuidad, con el señor de atrás diciéndole a su esposa (o similar), "pero... ¿se ha roto de verdad?". 

Aquí viene la paradoja. En realidad, yo no sé con certeza si la mesa de El nombre ha sufrido una rotura fingida y si la hamaca de Como gustéis una real. Es lo que parecía. Y si parece un truco el realismo no sufre, mientras que si parece real el realismo se va al traste. O sea: la invitada menos apreciada en el realismo es la realidad. Es como cuando uno entiende que la Liddell se está cortando de verdad con esa cuchilla, y aquello deja de ser teatro para ser vaya usted a saber qué.

* * *

Ustedes ya saben que Antonio Molero y Jorge Bosch son excelentes actores. Quizá no, si no lo vieron en Burundanga, que César Camino también lo es, así que se lo comunico formalmente. Ha sido un acierto elegirlo para el papel, porque es un tipo que resulta en seguida adorable, que es lo que hacía falta. Es posible que sepan que Amparo Larrañaga es, a veces, un poco impostada, un poco chica Gilmore; es, pues, oportuno, señalar que en El nombre modera considerablemente esa tendencia y está mucho mejor. Y no sé si tendrán idea de que Kira Miró parece aquí -y nunca la había visto ni remotamente tan bien colocada- una consumada actriz de comedia. En ese encontronazo contra el sofá que menciono en la Guía, el golpe se convierte -como suele suceder- en el detonante de una explosión que lleva un rato reteniendo: ni la señora de delante ni yo podíamos dejar de reírnos. El nombre es lo mejor que le he visto a Gabriel Olivares, exceptuada Verónica, que es un trabajo codirigido.
P.J.L. Domínguez
           

sábado, 12 de octubre de 2013

EL CRÉDITO

Sala: Teatro Maravillas Autor: Jordi Galcerán Director: Gerardo Vera Intérpretes: Carlos Hipólito y Luis Merlo Duración: 1.10' 
Información práctica (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)




Si quieren ver fotos que dan más idea del aspecto de la función, las tienen aquí.

Ésta fue mi crítica en la Guía del Ocio:

Las comedias de Galcerán se suceden, como en los tiempos en los que el teatro lo era todo, en estrecha sintonía con la actualidad. El método Gronholm llegó cuando no sólo teníamos trabajo, sino hasta entrevistas para conseguir otro mejor. Burundanga, en el último minuto del terrorismo. Fuga, aunque escrita bastante antes, se estrenó en castellano cuando comenzábamos a ver en el horizonte la ola de corrupción que hoy nos ahoga. Pocos títulos podrían encontrarse más al día que éste de ahora, pero no hay que engañarse: la dichosa escasez, eso que los tertulianos llaman “el grifo” del crédito, no es más que el paisaje de la comedia.

  Galcerán aplica esta vez a la pieza para dos actores –el formato rey de la comedia de ingenio- la técnica de llevar al espectador de sorpresa en sorpresa. El resultado no es una cumbre del género, pero entretiene, con un aire en su argumento que recuerda, ya lo ha señalado alguien, a Black Mirror.


    Vera –que tiene una maravillosa Maribel y la extraña familia también en cartel- ha acertado en tono y ritmo y deja explayarse a su aire a Luis Merlo y Carlos Hipólito. Ambos sostienen el pulso sin interrupción de principio a fin, con algún momento memorable, como el que yo llamaría El Hipólito desencadenado. A juzgar por el entusiasmo del público, tenemos función para rato.

Y lo que no cabía allí:

Digo en la crítica que Vera ha dejado bastante a su aire a los actores, y eso es siempre aventurarse mucho si uno no ha visto los ensayos, pero es la sensación que me da. Hay cosas que hay que amarrar más, que son más estilizadas (y la Maribel del mismo Vera es muy buen ejemplo de eso), y otras que ganan dejando al intérprete que sea él mismo. Hay que ser un buen director para decidir cuándo meterse por un camino o por el otro. 

Merlo venía de bordar su papel en Deseo de Miguel del Arco (una función que creo que ha tenido menos éxito del que merecía), un papel abiertamente dramático, en atrevido contraste con el que el gran publico le conoce en la tele. Hipólito es, sin medias tintas, uno de nuestros más grandes actores. Así que merecía la pena ponerlos a echar un pulso dirigiéndolos con suavidad. Ha salido bien la cosa.

El aire de familia del argumento con Black Mirror lo señalaba Begoña Barrena, y yo tuve la misma impresión. Creo que podría contarles perfectamente la premisa de la función sin destriparla (porque aparece muy al principio), pero me dice JM que ni se me ocurra, así que me limitaré a revelar que Merlo amenaza con algo más bien grotesco a Hipólito si éste no le concede el crédito. Ése es el arranque...
P.J.L. Domínguez
           


sábado, 15 de diciembre de 2012

AGONÍA Y ÉXTASIS DE STEVE JOBS

Sala: Teatro Maravillas Autor: Mike Daisey (versión de Nacho Artime) Director: David Serrano Intérprete: Daniel Muriel Dúración: 1.20'
Información completa (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

El texto ha conocido un éxito universal, y lo cierto es que es hábil y entretenido. Aunque a mí me recuerda una noticia leída hace tiempo: no sé qué universidad anglosajona había demostrado, vaya usted a saber con qué coste, que la siesta era una cosa estupenda. ¿Alguien lo dudaba? Desde luego, el cacharraje de Apple ha logrado un aura de modernidad y glamour, una capacidad de convencer a sus usuarios de que son lo más cool del barrio, que debe de hacer rechinar los dientes a Nescafé, a McDonalds y a todo lo que se les ocurra. Es como si tuviera que darnos vergüenza aparecer con un smartphone de la competencia, qué cosa más vulgar. Y puede que ese prestigio intangible ayude a difuminar algo que nadie ignora: que tras cualquier multinacional se esconde una cantidad de basura proporcional a su tamaño. Actualización de la conocida máxima de Balzac:  "detrás de cada gran fortuna se esconde un gran crimen". Se quedó corto al dejarlo en uno. De eso va Agonía y Éxtasis: de sacar a la luz las miserias de la producción en China de esos mágicos aparatitos. Echo de menos un epílogo con la candente cuestión de los impuestos que Apple aporta al bien común. Ops, perdón: al desastre común. Al bien ya no se lo encuentra por ninguna parte.

Daniel Muriel, Daniel Ortiz y Helio 
Pedregal en "La mecedora"
La función está dirigida con corrección y, aunque es evidente que el texto podía rendir más, el público se divierte. Aparte de sacar los colores a la empresa de la manzanita, me parece que su mayor virtud radica en que es otro pasito para ir ubicando a Daniel Muriel, ese chico que se hizo popular con Escenas de matrimonio (serie que todo el mundo execraba, pero que todo el mundo veía), en el lugar que parece merecer. Lo vi en La mecedora (Le fauteuil à bascule, de Brisville, nada menos) dirigido por Flotats y haciendo de joven amante de un tipo con más conchas que un galápago: estaba suelto, fresco, convincente y, sobre todo, medido. Aquí la cosa es más coloquial, hay un menor riesgo de excesiva impostación, pero le he visto las mismas cualidades. Le acompaña el físico, es un rato guapo, y está en buena edad para ir construyendo una carrera. 
P.J.L. Domínguez
 


lunes, 10 de diciembre de 2012

SHIRLEY VALENTINE

Sala: Teatro Maravillas Autor: Willy Russell (versión de Nacho Artime) Director: Manuel Iborra Intérprete: Verónica Forqué Duración: 1.55' (entreacto de 15 minutos)
Información completa (el enlace inactivo puede significar que la función ya no está en cartel)

Todo a favor. El texto original es tan inteligente, tan medido, tan equilibrado, que produce esa sensación de extrema simplicidad que, prácticamente siempre, es fruto de mucho trabajo. Demuestra una vez más, y por si hiciera alguna falta, que el realismo siempre está de moda: es de 1986 y se conserva fresco como una lechuga. A la versión de Nacho Artime sólo le veo virtudes: un castellano natural y fluido, sin un anglicismo (parece una tontería, pero es algo excepcional), con el punto justo entre un lenguaje teatral culto y el registro popular del personaje, y que salta con desparpajo sobre las dificultades de traducción repartidas aquí y allá. Afortunadamente, a nadie se le ha ocurrido inventarse la menor modernidad en la puesta en escena: se nos sirve la función con lo que precisa, y punto

Verónica Forqué
Y, dicho todo esto, ahora llegan el director y la actriz. La Forqué ha cultivado durante años un personaje que el público conoce y adora. Ojo, esto no es un reproche: hay grandísimos actores que se pasan toda una vida puliendo el mismo registro. Pero al espectador le queda siempre la duda de si está viendo al personaje, o a la persona, as herself. Shirley Valentine viene a dejar claro que no es el caso: la Forqué es una apisonadora de la interpretación con un oficio y una capacidad de interiorización del papel realmente formidables, y durante cerca de dos horas lleva al teatro de la carcajada a las lágrimas como le da la gana. Es evidente que el mérito debe de estar compartido con Iborra, pero la dirección es tan buena que no se nota. Algo que es el mayor elogio que cabe hacer a un director de escena. Estuve fijándome en las caras de disfrute a mi alrededor: auguran mucha vida por delante al espectáculo. Para no perdérselo.
P.J.L. Domínguez